|
REFRIGERADORES “MUSEABLES”,
DIOS,
MAYITO,
Y UN MANUAL PARA ESTUDIO 61
La
puerta está cerrada, pero desde afuera puede verse tras
la alambrada una rampa ancha que se amplía hasta
convertirse en un gran patio donde tres decenas de
personas se hallan dispersas o en pequeños grupos.
Pareciera una fiesta de no ser porque hay bastantes
hombres que están en plena faena. Dos rottweilers
negrísimos se aproximan enormes, jadeantes a la entrada,
afortunadamente estamos a salvo, del otro lado de la
puerta de metal.
|

|
|
Un viernes de creación, amistad y
fiesta en Estudio 61. |
—¡Rumba!, hacia atrás, ¡Rambo!, ven conmigo —grita un
hombre joven que se aproxima, viene en short y pullover,
y me muestra una amplia sonrisa mientras abre la puerta
de metal que culmina la alambrada.
José Antonio Hecheverría, el escultor y pintor que me ha
traído me presenta al promotor y artista Mayito
(Mario Miguel González) que, rodeado por sus hermosos
ejemplares caninos, me saluda con solicitud en medio del
chirrido infernal de las sierras eléctricas, la música
bailable, el sonido de las fichas del dominó en una mesa
cercana, la agitación de la gente que conversa, ríe o
canta acompañando la melodía que escuchan.
|

|
|
Mayito trabaja en su
refrigerador-muro del malecón habanero. |
Para llegar a la puerta lateral del Estudio caminamos
pegados a la pared
a través de un pasillo lateral que colinda con el área
de trabajo,
está pintada con siluetas negras, algunas son
reconocibles porque frente mismo se encuentran sus
respectivas réplicas reales trabajando en sus
refrigeradores, observo que entre ellas sobresale una
más gruesa que el resto, y no tengo que voltearme porque
justo a mi lado tengo su similar en mi sonriente
anfitrión.
El zumbido de las pulidoras es incesante, unos cuantos
obreros en mono de trabajo acompañados por los artistas
chapistean una decena de refrigeradores, algunos han
sido cercenados, otros están siendo envueltos en
hojalatería, varios sirven de caballete a pintores que,
con mucha paciencia, trabajan con sus pinceles sobre sus
relucientes chapas ya pulidas, unos pocos ya casi
terminados han sido transformados en objetos
inimaginables. (¿Quién dijo que el surrealismo se había
inventado en Europa?). Por ejemplo, a la izquierda un
refrigerador empaquetado se extiende en torre y a la vez
en paquete de regalo sorpresa del que sale una supuesta
pequeña caja-torre, tras su alta ventana, “alguien” se
mueve inquieto como vigilándome desde allí cada vez que
me muevo. A la derecha dos chapistas finalizan en medio
de un debate sobre mecánica, un refrigerador-lata de
cerveza Cristal enorme, un muro del malecón parece haber
sido trasladado aquí, si lo abrimos, está vacío y a toda
máquina, a su lado otro refrigerador está siendo
refuncionalizado, ¿es posible?, nada menos que en la
parte delantera de un Chevrolet de los cincuenta, y así
sucesivamente...
|

|
|
Choco y Reinerio
Tamayo uno de los viernes de Estudio 61. |
Taller Estudio 61 está en lo alto de una de esas pocas
empinadas calles del municipio Marianao, es el fin de
una loma pavimentada —la calle 76 desde 41— que culmina
en un barrio tranquilo, donde los vecinos han
presenciado una suerte de escenario surrealista, en el
que los refrigeradores que sobreviven en muchas
viviendas cubanas de antes de mediados del siglo XX han
sido re-creados, refuncionalizados y convertidos en obra
de arte por creadores cubanos.
“Manual de instrucciones”, el proyecto de exposición
lidereado por Mario Miguel González, Mayito, ha
desbordado las perspectivas iniciales de quienes, una
tarde, lo crearon en medio de otra iniciativa
curatorial. Se ha convertido enuno de los más
significativos exponentes de la capacidad del arte
cubano actual, en una convocatoria que ha unido a 54
artistas de distintas generaciones, estéticas, y
proyectos de creación.
|

|
|
Refrigerador de Mayito. |
Durante un par de meses tuve la posibilidad de asistir a
este proceso de creación peculiar donde decenas de
artistas trabajaban en su obra literalmente uno al lado
del otro, en medio de un intercambio franco de
criterios, pleno de sugerencias espontáneas.
En
este sentido, aún más que el resultado de la producción
artística en los refrigeradores que ha sorprendido tanto
al público como a la crítica y recibido varias
atractivas propuestas de itinerar por el mundo, el
taller de Mayito y “Manual de instrucciones” ha sido una
convocatoria peculiar que ha propiciado el reencuentro
de los artistas cubanos, se ha vuelto un territorio para
estudiar el comportamiento sociológico del arte en la
contemporaneidad de la Isla, y que trascenderá, además
de por su versatilidad, por haber sido fragua de
fraternidad de la comunidad artística. Mas sin duda, no
constituye una reedición de los encuentros de los
míticos años ochenta, porque el contexto a inicios del
segundo lustro del siglo XXI es ciertamente muy distinto
un cuarto de siglo después, caracterizado por el
repliegue del artista hacia lo individual. Y es
precisamente en este panorama que tiende a favorecer más
la privacidad en las condiciones de la producción y de
la vida artística que la propuesta de Mayito ha
engendrado un levantamiento, cambio a favor del flujo de
concepciones plurales en arte, del bienestar que
propicia la relación fluida entre creadores de tan
diferentes edades, tendencias artísticas y
personalidades.
Roberto Fabelo que ha vivido tres décadas sin dejar de
ser contemporáneo con su tesis artística, califica de
atractivo el suceso porque “efectivamente se extraña en
general, esa posibilidad de trabajar en grupo, en un
escenario y con un propósito común” —me dice en
entrevista que aprovecho realizar al encontrarle en el
taller mientras intentamos alejarnos de la algarabía de
una rueda de casino improvisada dentro de la planta
baja, donde al mismo tiempo que se baila, también otros
laboran. Aún más, Fabelo lo define como “un proyecto de
participación, de interrelación subjetiva y de disfrute
en el sentido más amplio porque pintamos, jugamos
pintando, recuperamos, efectivamente —no para el medio,
pero sí entre nosotros— el hecho de reunirnos, de vernos
unos a otros trabajando, y generar de conjunto ideas y
soluciones, alimentar el hecho con esa suma, con esa
integración de fuerzas y de propuestas”.
|

|
|
El prestigioso
realizador Roberto Chile filma en Estudio 61 a los
artistas en activo. |
Pero no solo asisten a Estudio 61 los artistas que
radican en la Isla. Otros que desde hace mucho viven
fuera de esta, al hallarse de visita en Cuba no han
dejado de acudir al llamado. Pepe Franco, conocido por
su ya historiada producción en los ochenta, ha llegado
de Argentina donde vive con su familia desde hace doce
años, y me hace una observación sobre el dinamismo que
existe porque “no se puede comparar la creatividad de
los artistas jóvenes cubanos con ningún país del mundo
latino, creo que tiene que ver con toda la educación y
los movimientos” asevera. También ha sido un detonante
para una movilización de la conciencia de la identidad y
motivación para otros artistas más jóvenes que han
vivido unos años fuera, y retornan.
Reinerio Tamayo llevaba casi una década yendo y viniendo
del norte de España, y confiesa
que
“este país es un misterio”.
—¿Quién lo dijo? —le pregunto, porque pienso avalar esa
frase si es una “cita”.
—Lo dijo Dios —afirma, y de pronto se detiene como si
fuera a explicarme algo muy trascendente con su cerveza
bucanero en mano—. Él no puede con los cubanos —se ríe—.
Los quiere cantidad, pero no puede, porque el cubaneo es
muy fuerte. El costumbrismo también —me dice, y acto
seguido junto a Rubén Alpízar, comienza a trabajar en
los patrones de corazoncitos que cubiertos de pintura
roja, serán atravesados por una flecha en el “ruboroso”
refrigerador —toda una propuesta al kitsch— que
trabaja con su colega.
En el conjunto del medio centenar de refrigeradores en
pleno funcionamiento se aprecian tres variantes: una, en
la que los artistas han trasladado su obra pictórica,
escultórica o instalativa ya distintiva de su quehacer
al objeto, es el caso de Ballard, Aziyadé Ruiz, Alicia
Leal, Zaida del Río, Águedo Alonso, Javier Guerra, Ever
Fonseca, Ernesto García Peña, Kcho, Abel Barroso,
Rigoberto Mena, Roberto Fabelo, Flora Fong, Choco, René
Peña, José Rodríguez Fúster (et al.). Otra en la
que han reconvertido el electrodoméstico en otro objeto
diferente, y ha sido refuncionalizado simbólicamente,
por ejemplo, Eduardo Abela (ref-jaba), Li Domínguez Fong
(ref-paquete-torre), Luis Enrique Camejo (ref-auto),
Roberto Chile (ref-casa-video), Carlos Omar Estrada (ref-bafle),
Irene Sierra (ref-vivienda colonial), o en una figura
retórica que se diferencia del discurso habitual del
artista, Rancaño (ref-caja fuerte), Douglas Pérez (ref-huevera)
Nelson Domínguez (ref-silla-humidor), Niels Moleiro (ref-cárcel),
David Rodríguez (ref-reloj), Mario Miguel González,
Mayito (ref-muro del malecón), Espinosa (ref-librero-biblioteca)
entre otros, y una tercera que es aquella en la que el
llamado “frío” (en el campo cubano) no solo ha sido
cambiado en su utilidad simbólica, sino que ha
invertido o cambiado su funcionalidad, José Antonio
Hechevarría (ref-Caballo de Troya- tanque), Ángel
Ramírez (ref-confesionario), Osneldo García (ref-termo
de jugo), Juan Suárez Blanco (ref-obra-paquete de arte
al MOMA), y el sugestivo trueque
semántico/funcional/simbólico que hizo Frank Martínez
con su transformación de un refrigerador en horno.
A su vez no sería posible deslindarlos porque tanto en
su simbólica, su refuncionalización como en su
reinversión objetual todos los refrigeradores, además de
tener el denominador común de haber formado parte de la
familia de esos más de dos millones que muy pronto serán
cambiados en los hogares cubanos, por otros que
impliquen más ahorro energético, son indudablemente
obras de arte, algunos performances congelados
como la de Perugorría, que no pudo asistir a la
inauguración para leer lo que iba a ser la despedida de
duelo de Rocco, el refrigerador del mítico filme
Fresa y Chocolate por el que se dio a conocer
mundialmente como actor y que era un homenaje al cine
cubano de Titón.
Todas las ideas tienen un inicio y esta también tuvo el
suyo. Mayito ya estaba en otra empresa curatorial, la de
dípticos en los que él como artista invita a un pintor
figurativo para que realice abstracción y vivencie esta
tendencia al pintar, cuando se le ocurrió, en medio del
propio taller, pintar “uno de los pequeños
refrigeradores, el único que había entonces en el
taller, y dibujó en este algo alegórico a Dalí, unos
bigotes grandes, como una especie de sombrero y Fabelo
con un creyón graso primero, y después con un plumón
permanente le hizo una figuración y firmó las tres
caras, aquello me sugirió la idea, y después se la
propuse de hacer una exposición aprovechando que se
estaban recogiendo estos aparatos porque eran unos
monstruos que consumían mucha energía”.
Centro de la vida de la familia cubana, símbolo de la
sobrevivencia en Período Especial, de la del uso de
efectos de más de medio siglo que nos ha acompañado
durante este período histórico en la Isla, el
refrigerador-arte en sus múltiples e infinitas
variantes, realizado por artistas cubanos ha devenido
con el proyecto expositivo “Manual de Instrucciones” un
sitio para el encuentro de los creadores, un momento
para expandir nuestra visión del imaginario del arte
cubano y, finalmente, pero no por ello menos importante,
un acontecimiento que la historia del arte se encargará
de examinar, con la necesaria distancia del paso del
tiempo, como reflejo de nuestra cultura contemporánea.
|