Año IV
La Habana

15
al 21 de ABRIL
de
2006

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Carina Pino-Santos La Habana
Fotos:
Aisel Arecibia y Fernando Vázquez
Cortesía de Mario Miguel González, Mayito.


REFRIGERADORES “MUSEABLES”,
DIOS,
MAYITO,
 Y UN MANUAL PARA ESTUDIO 61

La puerta está cerrada, pero desde afuera puede verse tras la alambrada  una rampa ancha que se amplía hasta convertirse en un gran patio donde tres decenas de personas se hallan dispersas o en pequeños grupos.  Pareciera una fiesta de no ser porque hay bastantes hombres que están en plena faena. Dos rottweilers negrísimos se aproximan enormes, jadeantes a la entrada, afortunadamente estamos a salvo, del otro lado de la puerta de metal.

Un viernes de creación, amistad y fiesta en Estudio 61.

—¡Rumba!, hacia atrás, ¡Rambo!, ven conmigo —grita un hombre joven que se aproxima, viene en short y pullover, y me muestra una amplia sonrisa mientras abre la puerta de metal que culmina la alambrada.

José Antonio Hecheverría, el escultor y pintor que me ha traído me presenta al promotor y artista Mayito (Mario Miguel González) que, rodeado por sus hermosos ejemplares caninos, me saluda con solicitud en medio del chirrido infernal de las sierras eléctricas, la música bailable, el sonido de las fichas del dominó en una mesa cercana, la agitación de la gente que conversa, ríe o canta acompañando la melodía que escuchan.

Mayito trabaja en su refrigerador-muro del malecón habanero.

Para llegar a la puerta lateral del Estudio caminamos pegados a la pared a través de un pasillo lateral que colinda con el área de trabajo, está pintada con siluetas negras, algunas son reconocibles porque frente mismo se encuentran sus respectivas réplicas reales trabajando en sus refrigeradores, observo que entre ellas sobresale una más gruesa que el resto, y no tengo que voltearme porque justo a mi lado tengo su similar en mi sonriente anfitrión.

El zumbido de las pulidoras es incesante, unos cuantos obreros en mono de trabajo acompañados por los artistas chapistean una decena de refrigeradores, algunos han sido cercenados, otros están siendo envueltos en hojalatería, varios sirven de caballete a pintores que, con mucha paciencia, trabajan con sus pinceles sobre sus relucientes chapas ya pulidas, unos pocos ya casi terminados han sido transformados en objetos inimaginables. (¿Quién dijo que el surrealismo se había inventado en Europa?). Por ejemplo, a la izquierda un refrigerador empaquetado se extiende en torre y a la vez en paquete de regalo sorpresa del que sale una supuesta pequeña caja-torre, tras su  alta ventana, “alguien” se mueve inquieto como vigilándome desde allí cada vez que me muevo. A la derecha dos chapistas finalizan en medio de un debate sobre mecánica, un refrigerador-lata de cerveza Cristal enorme, un muro del malecón parece haber sido trasladado aquí, si lo abrimos, está vacío y a toda máquina, a su lado otro refrigerador está siendo refuncionalizado, ¿es posible?, nada menos que en la parte delantera de un Chevrolet de los cincuenta, y así sucesivamente...

Choco y Reinerio Tamayo uno de los viernes de Estudio 61.

Taller Estudio 61 está en lo alto de una de esas pocas empinadas calles del municipio Marianao, es el fin de una loma pavimentada —la calle 76 desde 41— que culmina en un barrio tranquilo, donde los vecinos han presenciado una suerte de escenario surrealista, en el que los refrigeradores que sobreviven  en muchas viviendas cubanas de antes de mediados del siglo XX han sido re-creados, refuncionalizados y convertidos en obra de arte por creadores cubanos.

“Manual de instrucciones”, el proyecto de exposición lidereado por Mario Miguel González, Mayito, ha desbordado las perspectivas iniciales de quienes, una tarde, lo crearon en medio de otra iniciativa curatorial. Se ha convertido enuno de los más significativos exponentes de la capacidad del arte cubano actual, en una convocatoria que ha unido a 54 artistas de distintas generaciones, estéticas, y proyectos de creación.

Refrigerador de Mayito.

Durante un par de meses tuve la posibilidad de asistir a este proceso de creación peculiar donde decenas de artistas trabajaban en su obra literalmente uno al lado del otro, en medio de un intercambio franco de criterios, pleno de sugerencias espontáneas.

En este sentido, aún más que el resultado de la producción artística en los refrigeradores que ha sorprendido tanto al público como a la crítica y recibido varias atractivas propuestas de itinerar por el mundo, el taller de Mayito y “Manual de instrucciones” ha sido una convocatoria peculiar que ha propiciado el reencuentro de los artistas cubanos, se ha vuelto un territorio para estudiar el comportamiento sociológico del arte en la contemporaneidad de la Isla, y que trascenderá, además de por su versatilidad, por haber sido fragua de fraternidad de la comunidad artística. Mas sin duda, no constituye una reedición de los encuentros de los míticos años ochenta, porque el contexto a inicios del segundo lustro del siglo XXI es ciertamente muy distinto un cuarto de siglo después, caracterizado por el repliegue del artista hacia lo individual. Y es precisamente en este panorama que tiende a favorecer más la privacidad en las condiciones de la producción y de la vida artística que la propuesta de Mayito ha engendrado un levantamiento, cambio a favor del flujo de concepciones plurales en arte, del bienestar que propicia la relación fluida entre creadores de tan diferentes edades, tendencias artísticas y personalidades.

Roberto Fabelo que ha vivido tres décadas sin dejar de ser contemporáneo con su tesis artística, califica de atractivo el suceso porque “efectivamente se extraña en general, esa posibilidad de trabajar en grupo, en un escenario y con un propósito común” —me dice en entrevista que aprovecho realizar al encontrarle en el taller mientras intentamos alejarnos de la algarabía de una rueda de casino improvisada dentro de la planta baja, donde al mismo tiempo que se baila, también otros laboran. Aún más, Fabelo lo define como “un proyecto de participación, de interrelación subjetiva y de disfrute en el sentido más amplio porque pintamos, jugamos pintando, recuperamos, efectivamente —no para el medio, pero sí entre nosotros— el hecho de reunirnos, de vernos unos a otros trabajando, y generar de conjunto ideas y soluciones, alimentar el hecho con esa suma, con esa integración de fuerzas y de propuestas”.

El prestigioso realizador Roberto Chile filma en Estudio 61 a los artistas en activo.

Pero no solo asisten a Estudio 61 los artistas que radican en la Isla. Otros que desde hace mucho viven fuera de esta, al hallarse de visita en Cuba no han dejado de acudir al llamado. Pepe Franco, conocido por su ya historiada producción en los ochenta, ha llegado de Argentina donde vive con su familia desde hace doce años, y me hace una observación sobre el dinamismo que existe porque “no se puede comparar la creatividad de los artistas jóvenes cubanos con ningún país del mundo latino, creo que tiene que ver con toda la educación y los movimientos” asevera. También ha sido un detonante para una movilización de la conciencia de la identidad y motivación para otros artistas más jóvenes que han vivido unos años fuera, y retornan.

Reinerio Tamayo llevaba casi una década yendo y viniendo del norte de España, y confiesa que “este país es un misterio”.

—¿Quién lo dijo? —le pregunto, porque pienso avalar esa frase si es una “cita”.

—Lo dijo Dios —afirma, y de pronto se detiene como si fuera a explicarme algo muy trascendente con su cerveza bucanero en mano—. Él no puede con los cubanos —se ríe—. Los quiere cantidad, pero no puede, porque el cubaneo es muy fuerte. El costumbrismo también —me dice, y acto seguido junto a Rubén Alpízar, comienza a trabajar en los patrones de corazoncitos que cubiertos de pintura roja, serán atravesados por una flecha en el “ruboroso” refrigerador —toda una propuesta al kitsch— que trabaja con su colega.

En el conjunto del medio centenar de refrigeradores en pleno funcionamiento se aprecian tres variantes: una, en la que los artistas han trasladado su obra pictórica, escultórica o instalativa ya distintiva de su quehacer al objeto, es el caso de Ballard, Aziyadé Ruiz, Alicia Leal, Zaida del Río, Águedo Alonso, Javier Guerra, Ever Fonseca, Ernesto García Peña, Kcho, Abel Barroso, Rigoberto Mena, Roberto Fabelo, Flora Fong, Choco, René Peña, José Rodríguez Fúster (et al.). Otra en la que han reconvertido el electrodoméstico en otro objeto diferente, y ha sido refuncionalizado simbólicamente, por ejemplo, Eduardo Abela (ref-jaba), Li Domínguez Fong (ref-paquete-torre), Luis Enrique Camejo (ref-auto), Roberto Chile (ref-casa-video), Carlos Omar Estrada (ref-bafle), Irene Sierra (ref-vivienda colonial), o en una figura retórica que se diferencia del discurso habitual del artista, Rancaño (ref-caja fuerte), Douglas Pérez (ref-huevera) Nelson Domínguez (ref-silla-humidor), Niels Moleiro (ref-cárcel), David Rodríguez (ref-reloj), Mario Miguel González, Mayito (ref-muro del malecón), Espinosa (ref-librero-biblioteca) entre otros, y una tercera que es aquella en la que el llamado “frío” (en el campo cubano) no solo ha sido cambiado en su utilidad  simbólica, sino que ha invertido o cambiado su funcionalidad, José Antonio Hechevarría (ref-Caballo de Troya- tanque), Ángel Ramírez (ref-confesionario), Osneldo García (ref-termo de jugo), Juan Suárez Blanco (ref-obra-paquete de arte al MOMA), y el sugestivo trueque semántico/funcional/simbólico que hizo Frank Martínez con su transformación de un refrigerador en horno.

A su vez no sería posible deslindarlos porque tanto en su simbólica, su refuncionalización como en su reinversión objetual todos los refrigeradores, además de tener el denominador común de haber formado parte de la familia de esos más de dos millones que muy pronto serán cambiados en los hogares cubanos, por otros que impliquen más ahorro energético, son indudablemente obras de arte, algunos performances congelados como la de Perugorría, que no pudo asistir a la inauguración para leer lo que iba a ser la despedida de duelo de Rocco, el refrigerador del mítico filme Fresa y Chocolate por el que se dio a conocer mundialmente como actor y que era un homenaje al cine cubano de Titón.

Todas las ideas tienen un inicio y esta también tuvo el suyo. Mayito ya estaba en otra empresa curatorial, la de dípticos en los que él como artista invita a un pintor figurativo para que realice abstracción y vivencie esta tendencia al pintar, cuando se le ocurrió, en medio del propio taller, pintar “uno de los pequeños refrigeradores, el único que había entonces en el taller, y dibujó en este algo alegórico a Dalí, unos bigotes grandes, como una especie de sombrero y Fabelo con un creyón graso primero, y después con un plumón permanente le hizo una figuración y firmó las tres caras, aquello me sugirió la idea, y después se la propuse de hacer una exposición aprovechando que se estaban recogiendo estos aparatos porque eran unos monstruos que consumían mucha energía”.

Centro de la vida de la familia cubana, símbolo de la sobrevivencia en Período Especial, de la del uso de efectos de más de medio siglo que nos ha acompañado durante este período histórico en la Isla, el refrigerador-arte en sus múltiples e infinitas variantes, realizado por artistas cubanos ha devenido con el proyecto expositivo “Manual de Instrucciones” un sitio para el encuentro de los creadores, un momento para expandir nuestra visión del imaginario del arte cubano y, finalmente, pero no por ello menos importante, un acontecimiento que la historia del arte se encargará de examinar, con la necesaria distancia del paso del tiempo, como reflejo de nuestra cultura contemporánea.

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