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En el marco de los festejos del carnaval santiaguero del
año 2004, se le entregó a la conga de los
Hoyos la Bandera de la Ciudad. A los congueros les
sobraban razones para hacerse acreedores de la máxima
distinción que otorga el gobierno de la Ciudad Héroe,
pero el hecho de cumplir un siglo de existencia,
justamente por esos días, fue el argumento más
convincente.
La conga de los Hoyos fue creada en 1902. En sus
inicios adoptó el nombre de Los Hijos del Cocoyé,
para rendirle así tributo de recordación a una
homóloga desaparecida cuyo prestigio e influencia
en el carnaval oriental, durante la época de la
colonia, era realmente destacado. Así sus cantos
iniciales se distinguían por el siguiente
estribillo:
Abre que ahí viene el Cocoyé
Cuidao que te arrollo
Abre que ahí viene el Cocoyé
Cuidao que te arrollo.
Al compás de este estribillo también en los tiempos
actuales arrolla el pueblo santiaguero y toda Cuba de
ser posible, sin embargo, el nombre de la conga desde
hace mucho tiempo dejó de ser el de Los Hijos del Cocoyé
para adoptar, como es usual en Santiago de Cuba, el del
barrio donde fue creada y en el cual residen, si no
todos, casi todos sus integrantes. Asimismo, en ese
lugar se encuentra la sede de la conga que ahora se
conoce simplemente como la conga de los Hoyos.
El barrio de los Hoyos es tan antiguo como la propia
Ciudad de Santiago. Se llamó así “en razón de las
excavaciones hechas en la zona para extraer tierra y
desecar la parte baja de la villa... que estaba cubierta
por las aguas del mar en amplios tramos”.
Como es de suponer aquella zona era totalmente
inhóspita. No obstante, en ella comenzaron a levantarse
algunos bohíos, los cuales fueron habitados, como es
lógico, por la gente más humilde de la ciudad que no
eran otros que los negros.
Lentamente el barrio se fue poblando, convirtiéndose muy
pronto en el lugar donde se encontraba asentado el
grueso de la población negra y mestiza de Santiago. Eran
africanos y sus descendientes, que habían logrado
liberarse de la esclavitud utilizando los medios más
disímiles. A ellos llegó también la influencia
franco-haitiana cuando, a causa de la revolución de
Toussaint Louverture, se produjo el éxodo de habitantes
de la hermana región de Santo Domingo a Cuba.
Como creadores al fin y al cabo del barrio, los negros
lo adecuaron siguiendo sus propias costumbres. Así, no
era extraño escuchar saliendo por entre las rendijas de
las paredes de un bohío o por la puerta del mismo, el
toque de uno que otro tambor con el cual se pretendía
alabar a los dioses. En otras oportunidades, los toques
evidenciaban la nostalgia por los ancestros, por la
familia dejada al otro lado del mar y por la tierra de
la cual habían sido arrebatados. Por el contrario, en
más de una ocasión, podían escuchárseles frenéticos,
airados y desafiantes en señal de rebeldía. Y como ya
desde principios del siglo XIX en los corazones de casi
todos los santiagueros, como en el de la mayoría de los
cubanos, latían sentimientos patrios y, por
consiguiente, de abominación por la metrópoli española,
el barrio de los Hoyos se fue haciendo cada vez más
popular, al tiempo que sus pobladores iban organizándose
en agrupaciones culturales de trasfondo político.
De este modo no es extraño que formaran parte de la
conga hombres del calibre de Guillermón Moncada, quien
por su arrojo y valentía mereció el grado de general
dentro de las filas insurrectas, durante la primera
gesta emancipadora cubana.
Precisamente fue Moncada uno de los directores de la
conga de los Hoyos, narrándose en una leyenda muy
generalizada que poco tiempo antes de comenzar la
guerra, el propio Moncada, conduciendo la conga por las
calles santiagueras, se burlaba de las autoridades
españolas al entonar: Choncholí se va pa el monte.
Cógelo que se te va.
En aquel momento la sátira pasó desapercibida para las
autoridades, o al menos no quisieron tenerla en cuenta,
por lo que la conga continuó su marcha arrolladora sin
mayores contratiempos. Pero no tendrían que pasar muchos
años para que fuera seriamente censurada.
La censura, sin embargo, no obedecería a razones
políticas, sino que estaban relacionadas más bien con
los patrones éticos y estéticos de aquella sociedad,
exactamente de su clase dominante quien miraba con muy
malos ojos la existencia de las congas, por
considerarlas como un "atraso social". Los alcaldes de
turno en la ciudad de Santiago debían responder, como es
lógico, a quienes los financiaban y por esa razón,
aunque no muy a gusto, prohibieron en los carnavales la
presencia de las congas.
Esta medida provocó un profundo malestar en la gente
humilde de Santiago y muy particularmente en la que
residía en los Hoyos, la cual no tardó en protestar
abiertamente y no siempre recurriendo a los mejores
modos. Pero la burguesía era la dueña del poder y
también de todas las fuerzas represivas, que no tardaron
en poner en funcionamiento los métodos aprendidos. Así
tuvieron que pasar algunos años para que la conga de los
Hoyos y otras de igual género, volvieran a recorrer las
calles santiagueras.
Cuando reaparecieron, sobre todo la conga de los Hoyos,
fue el acabose, porque si antes de prohibirla tocaban
bien, después lo hicieron mucho mejor.
Y efectivamente, así fue sin lugar a dudas. Durante el
tiempo que no salieron a la calle los congueros se
dedicaron a prepararse, aun cuando lo hacían a
escondidas no solamente de las autoridades, sino también
del pueblo, el cual con su presencia lejos de ayudar
empeoraba la situación. De este modo perfeccionaron los
instrumentos ya usados e introdujeron algunos nuevos
como el uso de campanas cilíndricas de hierro, las
cuales sustituyeron a los originales sartenes. Asimismo,
fue la época en que se consolidó en la conga el uso de
la corneta china, comoquiera que ya esta venía usándose
desde 1916 aproximadamente.
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La maestría con que los cornetistas de la conga de los
Hoyos han tocado este instrumento a lo largo de los
años, hace pensar a muchos que fue allí donde tuvo su
origen. Sin embargo, el debut de la corneta china se
produjo en la conga del Tivolí alrededor de 1915, y
constituyó un hermoso legado de los chinos traídos a
Cuba en condición de esclavos, los cuales la unieron a
los tambores de los negros africanos, también esclavos,
para dotar entonces a las congas de ese ritmo sabroso,
frenético y abrasador que las caracteriza.
Algún tiempo después introdujeron el clarinete y el
saxofón, completándose con ellos los instrumentos
necesarios para las actuaciones de la conga en los
salones. Cuando realizan estas presentaciones, en un
desdoble magistral, la conga se convierte en una
exquisita agrupación, cuyo repertorio incluye hasta
interpretaciones de la llamada música culta. La calidad
se impone en cada melodía y el público asistente lo
aprecia y reconoce, por supuesto, pero no falta quien
aclame por el toque frenético de los tambores y el
sonido agudo y estridente de la corneta china llamando a
la parranda, a la invasión, como se conoce al recorrido
de la conga por las calles santiagueras llevando tras
sí una inmensa multitud, que arrolla enardecida al ritmo
de los inconfundibles toques masón, columbia y pilón.
Así pues, deudores de la conga de los Hoyos serán
siempre los santiagueros en particular y también todo el
pueblo cubano en general, no siendo nunca exiguos los
reconocimientos que puedan hacérsele. Cierto es que
adornando las paredes del local donde realizan sus
ensayos, el cual es tan humilde que
linda
con lo
maltrecho por sus pésimas condiciones, pueden verse
infinidad de diplomas, distinciones y trofeos ganados
por esta agrupación a lo largo de su existencia. Entre
ellos sobresalen la Medalla José María Heredia y el
Premio de la Popularidad ganado en reiteradas ocasiones,
así como también el Premio de Mejor Agrupación en los
festejos del carnaval. Todas estas condecoraciones
hablan por sí solas del prestigio y la calidad artística
de la centenaria agrupación. Creo, a mi juicio, que
todavía le faltan muchas otras, algunas de las cuales no
puedan materializarse porque van muy dentro de los
corazones de todos los cubanos, quienes valiéndose de
las páginas de La Jiribilla, hacen llegar a la
tradicional conga de los Hoyos el respeto y la
admiración que por ella se siente en cada rincón de
Cuba, deseándole al propio tiempo muchas centurias de
existencia
más.
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