|
Cierta mañana,
finalizando 1982, me encontré con Nicolás Guillén en la
Unión de Escritores y el poeta, particularmente
comunicativo ese día, me pidió que le acompañara a su
oficina para mostrarme la edición de una de aquellas
crónicas publicadas, por entonces, en varios periódicos
del mundo. Aún tengo fresco en la memoria su entusiasmo
al referirse a la libertad que sentía al escribir sobre
las cosas, en apariencia, menos trascendentes de la
vida. Las reflexiones acerca de lo trascendental o no de
las cosas y los hechos nos llevaron, en aquella
conversación casual, al tema de la Guerra Civil Española
y de la visión diversa que de ella dieron en su momento
los poetas. Los nombres de Alberti, Vallejo, Neruda,
Machado, Miguel Hernández, unidos al de Pablo de la
Torriente Brau, animaron los recuerdos de Nicolás. En
algún momento me confesó, y cito de memoria:
Habría que hacer una
antología en Cuba de los poemas que se escribieron al
calor de esa lucha, a veces en la misma trinchera, por
poetas de reconocida obra y también por anónimos
juglares miliciano s que nos dejaron canciones y
romances inolvidables. Es algo que tendremos que hacer
algún día como homenaje a los combatientes de la
República.
Han pasado los años y
llegada es la ocasión de cumplir ese mandato. Puesto a
la obra, descubrí que la decisión de compilar y comentar
una antología poética de la Guerra Civil Española no era
tarea simple. Reconozco no haber estado totalmente
consciente de la magnitud del reto. Según fui avanzando
en la consulta de los diversos textos, imprescindibles a
evaluar, me di cuenta de la enorme multiplicidad de
enfoques que ha generado y sigue generando ese hecho
histórico, tanto en España como en otras latitudes. Para
los españoles está claro: es un asunto no resuelto
todavía. Las lecturas realizadas sobre ese período por
los historiadores, sociólogos, poetas, novelistas y,
aún, el común de los ciudadanos de la Península son muy
disímiles. Hay una marcada intención de unos por
señalarlo como un evento superado ya por la España de
hoy; otros insisten en demostrar la culpabilidad de
ambos bandos en la contienda y, por tanto, se impone
«superar esa memoria» para poder construir una sociedad
distinta, no urgida por los «odios» que hicieron posible
el enfrentamiento «incivil» de unos españoles contra
otros; existe también la lectura de los vencidos y de
sus descendientes naturales e ideológicos, insatisfechos
con el rumbo que marcó el proceso de transición a la
muerte de Franco. Para estos últimos, «la sombra del
general» sigue tendida sobre la actual realidad
española.
Hace poco más de una
década, en uno de mis viajes a España, pude confirmar
ese sentimiento de frustración y miedo generado por la
derrota en aquellos que vivieron y padecieron la defensa
del ideal republicano. Permítaseme la anécdota: Una
noche de agosto de 1994, en una velada inolvidable,
varios poetas y músicos cubanos nos reunimos con un
grupo de amigos y vecinos de un pequeño pueblo de la
Alpujarra granadina para compartir poemas y canciones
convenientemente aderezados con buen vino y carnes de la
tierra y la mar. Entre los presentes, esa noche, estaba
una anciana silenciosa, sentada en un rincón, vestida de
negro. Las infinitas arrugas de su cara eran el
testimonio de una vida intensa y sus ojos, pequeños y
distantes, aparentemente inexpresivos, daban la
sensación de que miraban como si el horizonte no
existiera. Yo me sentí atraído por la densidad de su
silencio en medio de aquella fiesta, le ofrecí una copa
de vino y aceptó gustosa; me atreví a tocar su cabeza
menuda en un arranque justificado de ternura. La
«descarga», como calificamos los cubanos a esos
encuentros jubilosos, llegó a su clímax; entonces, José,
el dueño de la casa, el maestro de la escuela del
pueblo, le pidió a la anciana nos can tara algunas
canciones de la guerra. Su reacción me resultó
inesperada: Primero miró hacia todas partes con recelo y
algo de temor; después, dirigiéndose inexplicablemente a
mí preguntó: « ¿Se puede?». Cuando asentimos para darle
confianza, comenzó a cantar, tímidamente primero, y
luego, con toda la fuerza que le permitía su pecho
breve. En aquella voz se podía reconocer la lozanía de
otros tiempos, y a través de ella empezaron a tomar
cuerpo las coplas y melodías de las canciones que
acompañaron las esperanzas y los sueños de tantos
hombres y mujeres a los cuales, aquella antigua
combatiente, iba poniendo frente a nosotros.
« ¿Se puede?»
La pregunta de
aquella anciana sigue en mi memoria, porque brotaba, no
de sus labios, sino de una herida no cicatrizada todavía
o que cerró mal.
En 1936 comenzó una
guerra como resultado de muchas circunstancias
históricas; implicaba no solo a la convulsa España de
entonces sino al mundo todo. Ese conflicto bélico fue,
al mismo tiempo, una guerra civil y un intento de
revolución social incentivada por una aguda
confrontación de carácter clasista. Se enfrentaban
fuerzas que pugnaban por conquistar para la Península
Ibérica un puesto en el ámbito de las libertades
democráticas de carácter socialista y las que defendían,
con saña explicable, el derecho a mantener a los
españoles al margen de tales aspiraciones. Pero también
en los campos y ciudades de España se combatió por el
mundo. Fue el primer enfrentamiento contra el fascismo
alemán, que aprovechó esa guerra como campo de
entrenamiento para sus unidades aéreas y terrestres, las
mismas que, años después, multiplicarían el horror de
Guernica a lo largo y ancho de la geografía europea. Esa
guerra no fue solo, para de cirio con Vallejo, «cosa de
españoles». Y el indudable carácter internacional del
conflicto no está dado, solamente, por la participación
de las tropas ítalo-alemanas a favor de Franco, o por la
presencia de las brigadas internacionales que
combatieron en defensa de la República; «España -como
señala Víctor Currea-Lugo-1- significó para el
mundo un desgarramiento entre posturas irreconciliables:
la democracia o la dictadura, el fascismo o el
antifascismo». Alrededor de estas disyuntivas se generó
un enorme movimiento internacional. Por un lado promovía
la solidaridad con la República a través de
organizaciones de izquierda y lo mejor de la
intelectualidad mundial, a la que se sumaron, además,
algunos gobiernos, como el caso emblemático de México y,
por el otro, el abierto apoyo de Hitler y Mussolini a
Franco, así como el practicado, de manera encubierta por
algunos países que se sumaron al acuerdo de no
intervención, mientras comerciaban combustible y otros
avituallamientos de guerra con las tropas nacionalistas.
La no intervención y la llamada búsqueda de «una salida
consensuada» favoreció, sin duda alguna, a los que
terminaron por derrotar la República e imponerle a
España una larga y feroz dictadura cuyas consecuencias
aún son palpables.
No podemos pasar por
alto otras consideraciones. En muchos de los gobiernos,
especialmente europeos, aunque también de otras
latitudes, existía el temor de que la guerra española se
transformara en una revolución comunista cuyo posible
triunfo establecería en la Península una punta de lanza
soviética. El miedo a Stalin y la no adecuada valoración
de los alcances de Hitler estuvieron presentes en todas
las mesas de negociaciones europeas, no solo en las que
llevaron a la creación del Comité de Londres. En este
sentido resultan estremecedoramente profético s los
versos del poema «La insignia» de León Felipe, referidos
a la posición de la Inglaterra de entonces. Dice allí el
poeta:
. . . tienes desde
hace mucho tiempo las llaves de todos los postigos de
Europa
y puedes dejar
entrar y salir a quien se te antoje.
Y ahora, por
cobardía,
por cobardía nada
más,
porque quieres
guardar tu despensa hasta el último día de la Historia,
has dejado meterse
en mi solar
a los raposos y a
los lobos confabulados del mundo
para que se sacien
en mi sangre
y no pidan
enseguida la tuya.
Pero ya la
pedirán...
El pacto de no
intervención, cuyo fracaso práctico reconoce, en octubre
de 1937, la Sociedad de Naciones, contribuyó no solo a
dilatar y prohibir cualquier apoyo real a los luchadores
republicanos, sino que, en uno de los momentos más
críticos de la guerra, noviembre del 38, consigue
concretar la retirada de las Brigadas Internacionales,
debilitando con ello, aún más, las defensas republicanas
en un momento donde estas se encontraban librando la
histórica Batalla del Ebro.
El reclamo de apoyo a
los defensores de la República era unánime en los
sectores más progresistas del mundo. La advertencia
sobre el peligro fascista era constante. No intervenir
para evitado constituía un crimen. Tal vez nadie mejor
que Miguel Hernández supo expresar ese dramático
reclamo:
Hombres, mundos,
naciones,
atended, escuchad
mi sangrante sonido,
recoged mis
latidos de quebranto
en vuestros
espaciosos corazones,
porque yo empuño
el alma cuando canto.
Cantando me
defiendo
y defiendo mi
pueblo cuando en mi pueblo imprimen
su herradura de
pólvora y estruendo los bárbaros del crimen.
. .
Me gustaría señalar
también, sin pretender ser exhaustivo, que la República
se caracterizó por una pluralidad de tendencias
ideológicas y políticas, una falta de unidad para
establecer estrategias únicas frente al movimiento
nacionalista, y todo ello contribuyó decisivamente a su
derrota. Mientras Franco consolidaba su poder
decretando, en abril de 1937, la unión de carlistas y
falangistas en un partido único, el bando republicano se
desangraba en conflictos internos entre socialistas,
anarquistas, partidarios del sindicalismo radical,
comunistas y otras tendencias.
Como no es el
propósito de estas líneas hacer una detallada valoración
del hecho histórico, sino el de comentar y organizar una
antología poética de la obra escrita alrededor del tema
de la Guerra Civil Española, pasaré de inmediato a
cumplir ese propósito, no sin antes indicar que en las
insuficientes reflexiones históricas antes expuestas
solo intento subrayar las consecuencias de aquel
conflicto y cómo muchas de las I heridas de la guerra
siguen sin cicatrizar.
La Guerra Civil
Española generó una enorme producción artística y
literaria, no solo en los propios campos de batalla o su
retaguardia, sino a todo lo largo y ancho del planeta.
Pintores, músicos, dramaturgos, cineastas y poetas
dejaron testimonio en sus obras de tan significativo
acontecimiento. Obras maestras, cuyo mayor emblema es el
Guernica de Pablo Picasso, y otras, marcadas por
la impronta de lo circunstancial, forman parte hoy del
copioso patrimonio artístico que motivó esa gesta.
Apoyaron a la República y nos dejaron su particular
visión del hecho histórico, nombres tan significativos
como los de los alemanes exiliados Albert Einstein,
Thomas Mann, Bertolt Brecht; los franceses André Breton,
Paul Éluard, André Malraux, Antoine de Saint-Exupéry,
Jacques Prévert, Jean-Paul Sartre y Albert Camus; los
norteamericanos Ernest Hemingway y John Dos Passos y los
latinoamericanos Pablo Neruda, César Vallejo, Nicolás
Guillén, Alejo Carpentier, Pablo de la Torriente Brau
(muerto en combate), Juan Marinello, Félix Pita
Rodríguez, Vicente Huidobro, Raúl González Tuñón y
Octavio Paz. La lista podría ser más extensa, pero
basten estos para simbolizar el apoyo de lo mejor de la
intelectualidad del mundo.
En España, la
República contó con la simpatía y entrega leal de la
mayoría de los creadores, simbólicamente representados
por Federico García Lorca (fusilado por los partidarios
de Franco), Antonio Machado (muerto camino del exilio) y
Miguel Hernández, cuya vida terminó entre las rejas de
las cárceles franquistas, y nos dejó como despedida este
dramático ruego:
¡Adiós hermanos,
camaradas, amigos:
Despedidme del sol
y de los trigos!
La poesía generada
por este conflicto resulta muy diversa. La mayoría de
los temas y problemas tratados y otros, no tomados en
cuenta en nuestras reflexiones, se hallan, con mayor o
menor acierto, en los poemas escritos entre 1936 y 1939
y los años inmediatamente posteriores.
Como nuestro interés,
ya expreso en las primeras líneas de estas notas, es
cumplir con el deseo de Nicolás Guillén, en el sentido
de homenajear a los defensores de la República en el 70
aniversario del inicio de la Guerra Civil Española, las
páginas siguientes solo recogen una selección de la obra
en verso de los poetas españoles y latinoamericanos
partidarios de ese ideal republicano.
Lo anterior no
presupone desconocer la producción poética de creadores
españoles que formaron parte, o dieron su apoyo, en un
momento determinado, al movimiento nacionalista. En esa
nómina hay nombres que permanecen en la literatura por
derecho propio como son: Manuel Machado, Luis Rosales,
Álvaro Cunqueiro y Gerardo Diego, y otros que el
implacable y a veces justiciero devenir ha ido borrando.
Se impone una primera
consideración cuando tenemos delante la poesía escrita
durante la guerra por los poetas que combatieron como
soldados o apoyaron con su obra la causa republicana,
esta es, su voluntad de acomodar la voz a la
circunstancia.
Muchos venían de los
predios ya superados de la vanguardia y eran poseedores
de las innegables ganancias formales con las que este
movimiento fundacional y de ruptura dotó a la creación
artística y literaria de las primeras décadas del siglo
XX; otros se mantenían fieles a las escuelas o
movimientos donde se formaron, e incluso hubo quienes
llegaron a la poesía impulsados por la guerra, pero
todos sintieron el apremio de ponerse a disposición de
una causa que los implicaba, sumándose a ella desde sus
múltiples perspectivas estéticas e ideológicas. La
selección que ofrecemos al lector es un ejemplo de esa
diversidad.
La búsqueda de una
comunicación inmediata con los soldados en las
trincheras o con las poblaciones del campo o la ciudad,
el imperativo de un mensaje directo, la urgencia de una
convocatoria en defensa de los ideales republicanos y
otras exigencias propias de la guerra, explican la
preferencia por algunas de las estrofas tradicionales,
demostrada por la mayoría de estos poetas, especialmente
los españoles. Entre esas formas estróficas es el
romance es el mas prestigiado, aunque también abundan
los sonetos y, en menor medida, coplas, cuartetas,
ciertas letrillas y algunas décimas.
Hay un
romancero de la Guerra Civil española. Sin embargo,
afirmar que su corpus es bastante diverso, porque uno es
el anónimo, más cercano al romancero tradicional, a la
canción de gesta y el otro es el de autor donde podemos
encontrar tanto una voluntad de acercamiento a la
tradición (ver el texto de Félix Paredes) como la de
mantener las ganancias ya conquistadas por la modernidad
y, en particular, por los poetas de la generación del
27, incluidos mayoritariamente en esta antología.
Además del romancero,
que constituye, como sabemos, una de las expresiones más
sólidas de la tradición tanto oral como escrita de la
literatura española, existe un abundante cancionero
donde se encuentra, sin lugar a dudas, la más acabada
expresión poética de carácter popular generada por este
conflicto bélico.
Como ya indiqué
anteriormente, esa preferencia por la estrofa
tradicional, por el verso métrico y la rima, la
encontramos, de manera muy explícita, en los poetas
españoles de las distintas generaciones que se sumaron a
la lucha por la defensa de la República. No es frecuente
en la poesía de Neruda, González Tuñón y, sobre todo, de
César Vallejo. Estos últimos asumieron esos ideales con
el mismo desvelo de sus contemporáneos peninsulares,
pero respondieron a ellos sin buscar acomodo en la
tradición popular, sino arriesgando la misma voz que ya
habían conquistado en su paso por la vanguardia, y nos
dejaron una poesía de la guerra donde la vocación
social, e incluso la política, está expresada con el más
alto rigor literario.
Insisto, la urgencia
de la guerra, la conciencia de un ideal de lucha,
exigían sumar todos los esfuerzos en aras del triunfo y
reclamaban de los poetas una poesía que se convirtiera
en un «arma cargada de futuro». No olvidar: el primer
destino de los versos durante la contienda eran la
trinchera, la radio, el altoparlante o la voz múltiple
del pueblo que los iba repitiendo hasta conferirles la
permanente eternidad de lo anónimo.
Lo dicho hasta ahora,
puede dar la impresión de que estamos justificando a
priori, con la nobleza de los ideales republicanos, una
poesía cuyo único mérito sea el de dar testimonio de las
circunstancias en que fue escrita. Nada más lejos de la
realidad. En la antología hemos procurado incluir, de
cada poeta, aquellos textos donde se conjugan tanto la
voluntad expresa de responder a una circunstancia
específica, como la responsabilidad de entregar una obra
de verdaderos valores poéticos.
No hemos hecho
concesiones y el tiempo nos ha favorecido, porque muchos
de estos poemas realizaron ese tránsito difícil que les
permite permanecer, cuando ya los acontecimientos que le
dieron vida, son historia.
Seguramente no están
aquí todos los poetas que arriesgaron su vida y su canto
en defensa de la república española, pero los que hemos
incluido nos dan la medida de los afanes, las
esperanzas, la entrega heroica, los conflictos
ideológicos y el grito desesperado de los que advertían,
y no fueron escuchados, que la derrota de España era la
derrota de todos.
1- Médico por la Universidad Nacional de
Colombia, Máster en temas de América Latina por la
Universidad de Salamanca y Doctor en temas de América
Latina por la Universidad Complutense de Madrid. El
trabajo suyo que citamos: AmmcaLatinay la Guerra
Civil Española. Puede consultarse en las páginas de
Internet.
Prólogo. |