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Anteanoche recibí un llamado de La Habana que me dejó
sin aliento. Un compañero argentino me avisaba:
“Parece
que Fidel está mal”,
y de inmediato la conversación se cortó, generando un
insoportable suspenso. A los pocos minutos la CNN
informaba que Fidel Castro había sido operado y que por
primera vez en 47 años transfería transitoriamente sus
responsabilidades de Estado a su hermano Raúl.
De inmediato comencé
a llamar a todos los amigos de La Habana sin resultado.
Las líneas estaban saturadas. Recién a las doce de la
noche logré establecer contacto telefónico con uno de
los colaboradores más cercanos del Comandante.
“Las
cosas son así
—me
dijo—
como se ha informado. Tú conoces nuestra ética y la del
Jefe: jamás le mentiríamos ni le ocultaríamos nada al
pueblo.”
Es cierto. Recordé a
Fidel, sentado en una silla, aguantando el dolor de su
terrible caída al finalizar un acto, cuando anticipó el
diagnóstico de los traumatólogos y le explicó al pueblo
cubano (y al mundo) que se había fracturado la rodilla y
el hombro derecho.
Antenoche, en el
comunicado que leyó su secretario Carlitos Valenciaga,
resplandecía la misma seriedad, la misma responsabilidad
política, la misma precisión al hablar de radiografías,
endoscopías y hasta filmaciones del inquietante sangrado
que lo llevaba al quirófano. Era el estilo inconfundible
del hidalgo que ha cedido transitoriamente la jefatura
del Estado cubano.
El colaborador de
Fidel agregó que la operación había sido exitosa y que
comenzaba un proceso de recuperación. Sus palabras y el
tono de su voz me tranquilizaron. El episodio era serio,
grave, pero el amigo confiaba, como yo, en la fortaleza
del paciente, en ese dominio extraordinario que ejerce
sobre la realidad su cerebro privilegiado.
Pensé:
“Fidel
se va a morir cuando él lo decida y todavía no lo ha
decidido.”
Recordé una
conversación que habíamos tenido en el Palacio de
Convenciones, hace siete u ocho meses. Parecía
abstraído, lejano, pero súbitamente me miró como si
regresara del futuro y confesó:
“Lo
que necesito es tiempo.”
Tiempo para completar
lo que él llama
“la
revolución energética”
y le va a significar a la isla un ahorro anual de dos
mil millones de dólares; tiempo para que
“Cuba
sea económicamente invulnerable, como ya lo es
militarmente”;
tiempo para reconstruir el movimiento de Países No
Alineados; tiempo para operar de cataratas y
pterigium a seis millones de latinoamericanos en los
próximos seis años; tiempo para que los educadores
cubanos del programa
“Yo
sí puedo”
ayuden a desterrar el analfabetismo de toda América
latina; tiempo para que prospere la integración
latinoamericana y el ALBA.
Tiempo, en suma, para
consumar una gigantesca empresa humanística que parece
descomunal, imposible, para una pequeña isla sitiada de
once millones de habitantes y ciento diez mil kilómetros
cuadrados, que sobrevive a fuerza de dignidad, a noventa
millas náuticas del monstruo. Que nadie espere encontrar
aquí una
“nota
objetiva”:
tengo el extraordinario privilegio de contarme entre los
amigos personales del Comandante Fidel Castro. Es un
honor que me concedió hace poco más de tres años. Antes
lo miraba como todos los de mi generación desde una
respetuosa distancia. Lo veía instalado en la cima de la
historia mundial, pero ignoraba sus rasgos de humor, sus
provocaciones y travesuras, su fidelidad de Fidel hacia
los amigos, su desbordada curiosidad por todo lo humano,
su imaginación de navegante y sus hábitos inveterados de
conspirador. Su real ternura por los desvalidos.
Una madrugada
charlábamos en la sala de reuniones del Palacio de la
Revolución y empezó a pronosticar lo que ocurriría a
causa del gran terremoto que acababa de producirse en
Pakistán. “Pronto vendrán los grandes fríos —me dijo— y
los habitantes de los pueblos destruidos comenzarán a
vagar sin destino en la ladera de las montañas. Habrá
fracturas expuestas, gangrenas, y dolor, un indecible
dolor humano. Tenemos que hacer algo.”
Pocos días después,
médicos y paramédicos cubanos comenzaban a viajar a
Pakistán hasta completar una generosa brigada de 2 500.
Que en cuatro meses atenderían a 700 mil pacientes. Que
permanecerían con temperaturas bajo cero cuando los
Médicos Sin Fronteras y los médicos de todas las ONG de
este extraño mundo hubieran liado ya sus petates.
En febrero, diez días
antes de que mi compañera Ana de Skalon muriera de
cáncer en La Habana, él la visitó, como lo hacía con
frecuencia. Se iba ya, cuando se dio vuelta en la sala y
le dijo inesperadamente:
“Yo sé que tú luchas,
Anita, y me parece muy bien que lo hagas, porque tú y yo
pertenecemos a la misma clase de seres humanos.”
Ana, desde su agonía,
le devolvió una sonrisa.
El día de sus
funerales, cuando la condecoró post mortem como
“amiga de Cuba”, me llevó a comer con él. No habló de
Ana durante el almuerzo, pero mientras me acompañaba a
los ascensores, me dijo con una voz inaudible:
“Imagínate lo que
sufres tú, lo que sufrió Anita, y multiplícalo a nivel
universal por los millones que sufren.”
Entendí, entonces, lo
que le había dicho alguna vez a su amigo Hugo Chávez,
que él no creía en la trascendencia del alma, pero
aceptaba que el presidente venezolano lo incluyera entre
los cristianos.
Hace pocos días
estuve con él aquí, en Córdoba, en la Cumbre del
Mercosur. Lo acompañé en el acto, en la visita a la casa
familiar del Che en Alta Gracia y en un almuerzo tardío
el mismo día de su partida.
Hablamos de todo un
poco, junto con otros amigos cubanos y argentinos. Hasta
de vinos. De tintos que él saboreó con nosotros.
No soy clínico, pero
lo vi bien. Animado, optimista. Contento porque a solo
24 horas de finalizada la Cumbre ya le había comprado a
nuestro país cereales y alimentos por 100 millones de
dólares. En el palier del hotel saludó a todos los
miembros de la embajada cubana y a los policías
federales y de Córdoba que lo habían custodiado y
querían retratarse con él.
Luego se fue,
envuelto como siempre en multitudes. Así lo quiero ver,
muy pronto, arropado en el cariño y la admiración que se
merece. |