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Hilda Moré es la
única hija de Benny que puede dar fe de quién
era él en su cotidianidad. Nacida en 1943, dejó
de verlo cuando apenas tenía uso de razón, pero
una vez que nuestro músico grande regresó de
México, a inicios de la década del 50, se
mantuvo bajo su mismo techo todo el tiempo que
él vivió. Hace varios años que no la veía, por
eso fue muy grato dar con ella en el lobby del
cine Charles Chaplin el día de la premier de la
película El Benny. Tenía el mismo
semblante tímido y emocionado de aquel día que
vio por primera vez a su padre haciendo de las
suyas en un baile popular. Me confesó que a
última hora no quería entrar a la sala de
proyecciones. Tenía miedo de que entre su Benny
particular y el que se representara en el filme
hubiera contradicción. La conminaron
familiarmente a entrar y salió con los ojos
húmedos dando fe de que lo que se muestra en la
cinta dirigida por Jorge Luis Sánchez reprenda
el espíritu esencial de su padre, aunque por
supuesto, Bartolomé Maximiliano Moré en
intensidad y extensión hizo muchas más cosas que
las que aparecen en El Benny. Justo por
esa aseveración de ella acabo de visitarla en la
casa del reparto La Cumbre, la misma donde su
padre armara su conuco. Con la vista puesta
entre las cañas y los plátanos nuevos que allí
crecen, me pareció oportuno proponerle a Hilda
la reaparición de la entrevista que le hice en
el verano de 1999, para que los espectadores de
la película, presuntos lectores de La
Jiribilla, adviertan cómo dialoga su
testimonio con El Benny que se mueve en
los cines de estreno. |
Todavía cuando visité las primeras veces la casa de
Benny Moré en el reparto La Cumbre, de San Miguel del
Padrón, ignoraba que además de sus dos hijas menores,
Bárbara y Lázara, había otra hija de él viviendo en
Cuba. Fue Pedro Moré, hermano de nuestro gran sonero,
quien me habló de la hija mayor, Hilda, que vive en la
ciudad de Cienfuegos. Poco tiempo después la conocí
allí, en la misma casa en la cual vivió varios años al
cuidado de su padre. Es una mujer a la par humilde y
dulce. Seduce a su interlocutor con la sobrecogedora
sencillez de su relato. Una tarde veraniega de 1999,
ella me regaló un poco de su memoria, mientras nos
cobijábamos bajo el frondoso mango del mismo patio donde
el Bárbaro del Ritmo sembró viandas y canciones.
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Yo
soy Hilda, la hija mayor de Benny Moré. Mi mamá se
llamaba Celia Ponce. Nací el 23 de junio de 1943. Cuando
mi papá se fue a México yo tenía dos años. Lo conocí
personalmente cuando ya iba a cumplir nueve años. Hasta
entonces solo lo conocía por fotos, que mi abuela
Virginia me entregaba según él las enviaba de México, y
yo las ponía en una pared de mi casa.
La
ausencia física de mi padre me causó una verdadera
obsesión, que era alimentada por los continuos
comentarios de mi abuela. Aunque nací en casa de mi
bisabuela paterna, al separarse mis padres mi madre
volvió para la casa de sus familiares y yo con ella,
claro. Allí estaba yo un día y llegó muy apurada abuela
Virginia. Corre Hildita, dijo. Llegó tu papá.
Fuimos lo más rápido que pudimos a su encuentro.
Llegamos a la casa y había una rueda en la sala:
hombres, mujeres, familia, amigos... Mi abuela con
picardía me miró: Mira a ver si tú sabes entre toda
la gente que está aquí, cuál es tu padre. Yo corrí y
me eché en los brazos de él. Me besó mucho y me apretó
fuerte.
Y
después, aunque estaba en Cuba, no lo podía ver con
frecuencia. Yo seguía viviendo en Lajas y él andaba lo
mismo en Santiago que en La Habana, cumpliendo sus
contratos. Después de su regreso tuvo un primer
matrimonio, del cual nacieron dos varones, que hace
muchos años viven en Venezuela. Se divorció y se volvió
a casar con Eraida Castillo cuando yo tenía once años.
Entonces fue y habló con mi madre para traerme a vivir
con él. Ella, madre al fin, no quería. Pero a mí me dio
un ataque de llanto tan grande que no se terminó hasta
no escuchar a mi madre diciendo: Llévatela. El
primer lugar donde viví aquí con mi papá y su esposa fue
Centro Habana. En Oquendo 1051. Esto ocurrió en junio
del 54, unos días antes de nacer Cuty, que es el hijo
varón del último matrimonio de papi.
En
ese momento hacía muy poco que él había creado la Banda
Gigante. Recuerdo a Cabrerita el pianista, Chocolate el
trompeta, Musiquito el saxofón, y también Generoso,
Corbacho y otros más que venían por la casa. Así conocí
el ambiente que rodeaba a mi papá. Siempre estaba la
casa llena de gente. Amanecía y ya estaban tocando.
También vivimos en la calle 3ra del reparto Dolores, al
lado del reparto La Cumbre, que es donde se encuentra
esta casa. Después vinimos para acá y cumplí los quince
años.
Aquí en La Cumbre había mucho público a diario. A partir
de las diez de la mañana comenzaba el desfile de músicos
y compositores. Y eso que aquí no había teléfono. Creo
que él nunca lo quiso poner para evitar más molestias
todavía.
Hay quienes piensan que mi padre, por razones de
trabajo, se ocupó poco de los suyos. En particular de
los hijos. Y fue todo lo contrario. Fíjate que nos llegó
a tener, menos a la hija mexicana, a todos los demás en
esta casa. Sería allá por el 60 ó 61.Trajo a los dos
varones mayores de Marianao, Cuty que estaba muy
chiquito y yo. Como era la mayor, cuidaba de ellos.
Todavía no habían nacido ni Barbarita ni Lazarita.
No
creas que porque mi padre era hombre de música, de
clubes, de la farándula, me permitía muchas cosas. Me
llevaba bastante tenso. No me dejaba relacionarme
fácilmente con otros muchachos de mi edad. Del portal
para afuera no podía ir. Le pedía permiso para visitar
una amiga que vivía en la otra cuadra, y otra en
Dolores. Si era mi día de suerte me lo concedía.
Entonces me embullaba y al otro día le volvía a pedir
permiso. No, todos los días no puede ser y no puedes
estar visitando casas ajenas. Por esto y por lo
otro. Me sentaba en sus piernas y me daba unas
charlas que me convencían. Él era muy celoso con la
familia.
Sí, también se preocupaba por nuestros estudios. Yo
incluso estuve estudiando música. Por no escribir la
dejé. Me gustaba la práctica, no la teoría. Cuty y yo
íbamos a una escuelita que estaba en el reparto Dolores
y la maestra apenas escribía en la pizarra, casi todo lo
dictaba. Muy frecuentemente me quedaba atrás y cuando
iba a mi libreta casi no tenía nada, mientras los demás
tenían hojas y hojas. Ahí vino mi desencanto. No
quiero volver, papi, le dije, es que siempre me
quedo atrás. Él era un padre muy complaciente.
Bueno, mijita, si tú no quieres, no sigas. Hoy me
pesa mucho porque de verdad me encantaba el piano. A mis
cuatro hijos, según han llegado a la edad, los he puesto
a estudiarlo, pero tampoco he tenido suerte.
Yo
que estuve compartiendo con él como hija, bajo el mismo
techo, durante diez años, te digo que es verdad, aunque
algunos lo duden: en sus últimos dos años no bebió
alcohol. Cuando se le produjo un gran ataque al hígado,
el médico advirtió que para vivir un poco más tenía que
dejar el trago. Y lo dejó. A partir de ese momento,
cuando estaba en la casa, se concentró en su conuco,
sembrando y recogiendo. Sin embargo, la casa siguió
llena de gente. Titi, cocina bastante, le decía a
Eraida, que todo el que llegue tiene que almorzar.
Esta mesa de hormigón revestida de mármol se hizo aquí
en el patio con el propósito de tener más amplitud para
los invitados. En cuanto llegaban las visitas, sacaba
las bebidas o las mandaba a buscar. Sacaba la guitarra
como siempre, pero ni un trago.
Imagínate, aquí venía mucha gente, pero yo recuerdo muy
especialmente a Siro y Cueto, los del Trío Matamoros.
Casi siempre que ellos venían, Siro y mi papá cantaban a
dúo “Los Mirlos”. Era como para iniciar la reunión. Eso
no fallaba.
No
pude ver a mi papá cantando tanto como me hubiera
gustado. Antes de que viniera de México, mi abuela me
hablaba de sus éxitos allá y me daba recortes de
periódicos donde él salía, que también ponía en aquella
pared junto a las fotos... Pero no lo había oído nunca
antes de su regreso. La primera vez fue en un programa
de televisión. Como no todos teníamos televisor,
asistíamos a la Sociedad Unión Lajera, donde iban los
negros. Tal vez tendría otro nombre, pero no lo
recuerdo. Era un programa que patrocinaba el refresco
Jupiña. Ay, yo sentí una emoción tan grande y un enorme
orgullo de ser hija de él. Cantando ahí, que yo lo
estuviera disfrutando en persona... La primera vez fue
allá en nuestro pueblo, en las Fiestas del Lajero
Ausente. Lo habían hecho Hijo Predilecto de Lajas y él
estuvo allí con la Banda, fue por los días de mi
cumpleaños y en la oportunidad que le pidió permiso a mi
mamá, para traerme con él. Ya estando en La Habana, no
fueron muchas veces que lo vi cantar en fiestas, porque
a él no le gustaba llevarnos.
Aunque no desconocíamos que estaba enfermo, los más
cercanos a él no pensábamos que se nos moriría tan
rápido. O para qué te voy a decir otra cosa, no
pensábamos que se iba a morir. Eraida y yo nunca
pensamos que papi estaba al borde de la muerte. El
doctor Luis Ruiz, que era quien lo atendía, además de
dejar el trago le había recomendado no pasar malas
noches. Pero él, después de tantos años de fiesta en
fiesta, tenía el día cambiado con la noche. Dormía hasta
el mediodía y después era corrido hasta el amanecer del
otro día. En los últimos tiempos de su enfermedad
veíamos que a diario el doctor Ruiz y Dominguito
Ramírez, el enfermero, llegaban como a las ocho y pico
de la noche a la casa. Allí ya estaban Israel
Castellanos, el chofer, y mi tío Pedro (Papo, como le
llamamos) que también vivía con nosotros, y al ratico se
ponían a jugar dominó hasta muy tarde en la noche.
Eraida y yo sentíamos odio porque no dejaban dormir a
papi sabiendo que estaba enfermo, ya muy delgado, y no
lo dejaban descansar. Aunque no le hacíamos ningún feo a
esta gente, nos poníamos muy molestas con el asunto del
dominó. Después que muere, el médico nos explicó:
Ustedes sabían que él tenía el horario trocado. Para que
él no sintiera el rigor de aquella enfermedad que lo
había apartado de sus gustos y de su profesión (ya no
trabajaba cabarés, sino un baile o algo así, porque se
lo prohibí, nos recordó), el dominó fue lo único
que se me ocurrió para entretenerlo. Yo sé que ustedes
estaban molestas conmigo, concluyó con una sonrisa
comprensiva.
Hubiera querido darme cuenta bien claro de la situación,
para haber hecho, no sé, todo lo posible por él. Siempre
me decía que lo único que le faltaba para morirse
tranquilo, era tener un nieto. Si yo llego a saber que
estaba tan cerca de la muerte, se lo hubiera dado, pero
era demasiado joven. Incluso por poco me caso antes de
su muerte. Me iba a casar el 4 de diciembre del 62. El
anuncio salió en periódicos y todo, pero mi novio y yo
nos peleamos por un mal entendido. Él estaba allá en
Cienfuegos y yo aquí. Venía cada quince días a
visitarme. Entonces alguien me mandó a decir que tenía
otra novia. Y ya, cogí la primera y me peleé, pero con
ese mismo hombre me casé un año y pico después. Era el
hombre de mi vida, como dicen en las novelas o en las
películas.
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Por los comentarios de aquellos días o por lo que
después se ha escrito, se conoce ampliamente que mi papá
estaba en Palmira, un pueblo muy cerca de Lajas,
amenizando un baile, y tuvo que interrumpir la actuación
porque se puso muy malo. Pero mucha gente piensa que al
llegar a La Habana inmediatamente lo internan en el
Hospital de Emergencias. Y no fue así. Salieron de
Palmira esa noche y él pidió que lo trajeran para aquí,
para la casa, donde llegó al amanecer del 16 de febrero,
si mal no recuerdo.
Te
voy a contar algo que me sucedió unos quince días antes
de esa fecha. Esto nadie me lo va a creer, pero la
difunta Eraida Castillo fue testigo. Yo había soñado la
muerte de mi padre, tal y como sucedió. En el sueño
sentí que en la puerta de la casa, el chofer tocaba con
una llave. Es un sonido muy característico, porque la
puerta es de cristal. Y yo decía, eh y por qué papi
no abre la puerta. Pensé que le pasaba algo y bajé
corriendo las escaleras. Abrí la puerta y vi que a mi
papá lo sacaban del carro medio desmadejado y lo
sentaban en su sillón preferido al lado de la puerta. Se
le veía muy mal y muere. Despierto sobresaltada y voy a
la carrera a contarle el sueño a mi madrastra. No,
Hilda, no llores, me trata de consolar ella. Eso
es salud para él. Eso es lo que decían antiguamente los
viejos cuando uno soñaba semejantes cosas. Entonces
dejé de llorar y me olvidé de aquello. A los quince días
del sueño, cuando sentí que tocaban en la puerta con la
llave, como lo había soñado, ya no había que decirme
nada más. Volé por las escaleras, ahora en realidad.
Abrí la puerta y traían a mi padre medio desmadejado.
A
partir de entonces no pudimos más con la angustia. Llegó
muy decaído. Lo tuvieron que ayudar a subir las
escaleras para subir a su cuarto. No obstante, estuvo
todo el tiempo, hasta que perdió el conocimiento,
haciendo chistes y cuentos. Todo el mundo riéndose,
inclusive los que sabían lo que pasaba, sin querer, se
reían. Mi papá tenía mucha gracia para los cuentos. Si
imitaba a una persona que tú conocías, cuando lo veías
reproducir los gestos, la manera de caminar... tú
estabas viendo a esa persona. Como para quitarnos la
preocupación, ahí ya en la cama, se mantuvo haciendo
chistes y cuentos, hasta que se durmió. A pesar de mi
inexperiencia me extrañó el ronquido. Del sueño pasó a
la inconciencia y fue cuando se lo llevaron al Hospital
de Emergencias, donde murió el 19 de febrero de 1963.
Nos enteramos de su muerte por la gente. Enseguida se
empezó a llenar la casa. Allí estábamos tía Esther, una
hermana de Eraida, otros familiares que habían llegado
de Lajas cuando se enteraron del ingreso... Al ver tanta
gente, pensamos lo malo. Yo no te sé decir cómo llegué
a Emergencias. Salí por esa puerta... Mucho después
recordé que una amiga consiguió un carro y me llevó
hasta allá. Entré a una habitación donde lo tenían
acostado sobre una mesa. Fue para mí terrible. La
primera persona muy querida por mí, a quien viera hecha
un cadáver.
Fue muy difícil adaptarse a la idea de su muerte. No
podía oír su música. Aquí en la casa no poníamos nada de
eso. Si de pronto desde la casa de un vecino salía
sonando su voz, eran horas y horas de llanto. Me costó
mucho trabajo admitir que mi papá estaba muerto. Ya
después, con el paso del tiempo, uno se resigna pero
todavía sucede y la mayoría de las veces, si hablo de
él, termino llorando. Ahora, en cambio, me gusta mucho
oírlo, en la radio, en las casas, en las plazas abiertas
como si él estuviera tocando allí... saber que no lo
olvidan, que nunca pasa por alto la fecha de su
nacimiento o de su muerte. Me llena de orgullo y estoy
muy agradecida por eso. Cuando escucho a alguien (que no
sabe quién soy yo) hablar de él, enseguida pongo asunto,
a ver qué dicen de mi papá. Si es a favor o en contra.
Siempre, por lo general, es a favor. Yo me sonrío cuando
escucho esos comentarios y la gente no sabe la razón.
Los menores de mi familia tampoco se cansan de
escucharlo. Tengo, por suerte un nieto a quien, desde
que se empezó a parar, le he dicho cada vez que se oye
por la radio o sale en la pantalla: ese es tu abuelo,
y ya él solo sabe identificarlo. Cuando lo escucha o
lo ve, sale diciendo: abuelo, abuelo. Creo que
después de poner a todos mis hijos en estudios de
música, quien va a salir con una profesión como su
abuelo es ese. Ya se sabe muchas de las canciones de mi
padre y creo que tiene una voz potente.
Cada vez que regreso a esta casa me pongo a recordar las
andanzas de mi papá por aquí. Aquí en el patio tenía
unas cuantas jaulas de pájaros. Tenía negritos, tenía...
te mentiría si te dijera ahora qué clase eran, pero
había uno que silbaba un danzón. Cuando se levantaba
bajaba las escaleras, pasaba al baño y después cogía sus
pajaritos. Los sacaba, limpiaba las jaulas y les ponía
comida.
Ya
más tarde, aquí también en el patio, se ponía a entonar
canciones, algunas que nunca salieron en discos. Durante
los últimos tiempos se puso a grabar en un aparato que
él tenía aquí, todos sus números, para que sus hijos los
oyeran cuando él se muriera.
¿De verdad, te interesa saber cuáles eran las comidas
preferidas de mi padre? Como a todos, le gustaban muchas
cosas. Pero así, normalmente, le gustaba mucho la sopa,
que Eraida le hiciera sopa y comérsela en una fuentecita
honda. Una fuente llena de sopa. También le gustaba
mucho la jutía, el conejo y las ancas de rana... el
cerdo no lo comía mucho. Más bien lo hacía para los
demás. Cuando esta casa estaba llena, plantaba allí dos
bloques y encima un caldero inmenso, donde empezaba a
freír chicharrones y masas de cerdo. El plátano burro lo
freía entero dentro de la carne de puerco. Y de eso no
probaba ni bocado.
Él
tampoco almorzaba a la hora normal. Cuando se levantaba
no comía nada. Ya después, estando enfermo, sí hacía una
cosa que a él le gustaba, o lo hacía por cuestión de
salud: dos huevos pasados por agua, con un poquito de
aceite, sal y unos dientes de ajo. Se los comía y ya.
Hasta por la tarde, casi anocheciendo, almorzaba. Y muy
tarde en la noche comía.
No, lo del conuco no es fantasía. Él tenía un hombre que
le chapeaba, pero personalmente le gustaba sembrar el
tomate y el ají. Tenía cañas sembradas y cuando estaban
más lindas las cortaba, las pelaba y venía y me decía:
mira Hildita, come. El plátano, si ya estaba a
punto, él mismo cortaba el racimo.
Cuando Hilda, la hija mayor de Benny me estaba acabando
de regalar esos valiosos trozos de su memoria, era el
tránsito dramático de la tarde que no quiere
despedirse, a la noche, segura de que podrá en unos
cuantos minutos hacerse dueña de todo. Allí vivían
todavía entonces sus hermanas, que nos miraban a media
distancia con interrogación.
Dos años después de
la muerte de mi padre me fui de esta casa, a donde en
realidad siempre querría vivir. Me casé y me fui.
Regresar y no encontrarlo me costó mucha tristeza.
Todavía es terrible. Yo llego a la casa, saludo a los
que encuentro y vengo directo para el patio. El patio es
lo que más me recuerda a mi papá. Mientras estoy en el
patio es como si lo viera. Puedo encontrarlo dentro de
la casa, pero sobre todo en el patio. Aquí mismo,
atendiendo a las visitas, alrededor de esta misma mesa.
Cantaba, cogía la guitarra, siempre en el patio. Aquí, o
más allá, pero siempre en el patio. Las muchachitas,
Barbarita y Lazarita, me dicen: El patio te hala.
Siempre te vemos en el patio. Sí, el patio de esta
casa me hala. Mi papá está en el patio. A veces me
parece que lo voy a ver, pero todavía no he tenido la
suerte. |