Año V
La Habana

5 al 11 de AGOSTO
de 2006

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Mi papá está en el patio
Bladimir Zamora Céspedes La Habana
Fotos:
Richard Pérez de la Rionda

 

Hilda Moré es la única hija de Benny que puede dar fe de quién era él en su cotidianidad. Nacida en 1943, dejó de verlo cuando apenas tenía uso de razón, pero una vez que nuestro músico grande regresó de México, a inicios de la década del 50, se mantuvo bajo su mismo techo todo el tiempo que él vivió. Hace varios años que no la veía, por eso fue muy grato dar con ella en el lobby del cine Charles Chaplin el día de la premier de la película El Benny. Tenía el mismo semblante tímido y emocionado de aquel día que vio por primera vez a su padre haciendo de las suyas en un baile popular. Me confesó que a última hora no quería entrar a la sala de proyecciones. Tenía miedo de que entre su Benny particular y el que se representara en el filme hubiera contradicción. La conminaron familiarmente a entrar y salió con los ojos húmedos dando fe de que lo que se muestra en la cinta dirigida por Jorge Luis Sánchez reprenda el espíritu esencial de su padre, aunque por supuesto, Bartolomé Maximiliano Moré en intensidad y extensión hizo muchas más cosas que las que aparecen en El Benny. Justo por esa aseveración de ella acabo de visitarla en la casa del reparto La Cumbre, la misma donde su padre armara su conuco. Con la vista puesta entre las cañas y los plátanos nuevos que allí crecen, me pareció oportuno proponerle a Hilda la reaparición de la entrevista que le hice en el verano de 1999, para que los espectadores de la película, presuntos lectores de La Jiribilla, adviertan cómo dialoga su testimonio con El Benny que se mueve en los cines de estreno.

Todavía cuando visité las primeras veces la casa de Benny Moré en el reparto La Cumbre, de San Miguel del Padrón, ignoraba que además de sus dos hijas menores, Bárbara y Lázara, había otra hija de él viviendo en Cuba. Fue Pedro Moré, hermano de nuestro gran sonero, quien me habló de la hija mayor, Hilda, que vive en la ciudad de Cienfuegos. Poco tiempo después la conocí allí, en la misma casa en la cual vivió varios años al cuidado de su padre. Es una mujer a la par humilde y dulce. Seduce a su interlocutor con la sobrecogedora sencillez de su relato. Una tarde veraniega de 1999, ella me regaló un poco de su memoria, mientras nos cobijábamos bajo el frondoso mango del mismo patio donde el Bárbaro del Ritmo sembró viandas y canciones. 

Yo soy Hilda, la hija mayor de Benny Moré. Mi mamá se llamaba Celia Ponce. Nací el 23 de junio de 1943. Cuando mi papá se fue a México yo tenía dos años. Lo conocí personalmente cuando ya iba a cumplir nueve años. Hasta entonces solo lo conocía por fotos, que mi abuela Virginia me entregaba según él las enviaba de México, y yo las ponía en una pared de mi casa. 

La ausencia física de mi padre me causó una verdadera obsesión, que era alimentada por los continuos comentarios de mi abuela. Aunque nací en casa de mi bisabuela paterna, al separarse mis padres mi madre volvió para la casa de sus familiares y yo con ella, claro. Allí estaba yo un día y llegó muy apurada abuela Virginia. Corre Hildita, dijo. Llegó tu papá. Fuimos lo más rápido que pudimos a su encuentro. Llegamos a la casa y había una rueda en la sala: hombres, mujeres, familia, amigos... Mi abuela con picardía me miró: Mira a ver si tú sabes entre toda la gente que está aquí, cuál es tu padre. Yo corrí y me eché en los brazos de él. Me besó mucho y me apretó fuerte. 

Y después, aunque estaba en Cuba, no lo podía ver con frecuencia. Yo seguía viviendo en Lajas y él andaba lo mismo en Santiago que en La Habana, cumpliendo sus contratos. Después de su regreso tuvo un primer matrimonio, del cual nacieron dos varones, que hace muchos años viven en Venezuela. Se divorció y se volvió a casar con Eraida Castillo cuando yo tenía once años. Entonces fue y habló con mi madre para traerme a vivir con él. Ella, madre al fin, no quería. Pero a mí me dio un ataque de llanto tan grande que no se terminó hasta no escuchar a mi madre diciendo: Llévatela. El primer lugar donde viví aquí con mi papá y su esposa fue Centro Habana. En Oquendo 1051. Esto ocurrió en junio del 54, unos días antes de nacer Cuty, que es el hijo varón del último matrimonio de papi. 

En ese momento hacía muy poco que él había creado la Banda Gigante. Recuerdo a Cabrerita el pianista, Chocolate el trompeta, Musiquito el saxofón, y también Generoso, Corbacho y otros más que venían por la casa. Así conocí el ambiente que rodeaba a mi papá. Siempre estaba la casa llena de gente. Amanecía y ya estaban tocando. También vivimos en la calle 3ra del reparto Dolores, al lado del reparto La Cumbre, que es donde se encuentra esta casa. Después vinimos para acá y cumplí los quince años. 

Aquí en La Cumbre había mucho público a diario. A partir de las diez de la mañana comenzaba el desfile de músicos y compositores. Y eso que aquí no había teléfono. Creo que él nunca lo quiso poner para evitar más molestias todavía. 

Hay quienes piensan que mi padre, por razones de trabajo, se ocupó poco de los suyos. En particular de los hijos. Y fue todo lo contrario. Fíjate que nos llegó a tener, menos a la hija mexicana, a todos los demás en esta casa. Sería allá por el 60 ó 61.Trajo a los dos varones mayores de Marianao, Cuty que estaba muy chiquito y yo. Como era la mayor, cuidaba de ellos. Todavía no habían nacido ni Barbarita ni Lazarita. 

No creas que porque mi padre era hombre de música, de clubes, de la farándula, me permitía muchas cosas. Me llevaba bastante tenso. No me dejaba relacionarme fácilmente con otros muchachos de mi edad. Del portal para afuera no podía ir. Le pedía permiso para visitar una amiga que vivía en la otra cuadra, y otra en Dolores. Si era mi día de suerte me lo concedía. Entonces me embullaba y al otro día le volvía a pedir permiso. No, todos los días no puede ser y no puedes estar visitando casas ajenas. Por esto y por lo otro. Me sentaba en sus piernas y me daba unas charlas que me convencían. Él era muy celoso con la familia. 

Sí, también se preocupaba por nuestros estudios. Yo incluso estuve estudiando música. Por no escribir la dejé. Me gustaba la práctica, no la teoría. Cuty y yo íbamos a una escuelita que estaba en el reparto Dolores y la maestra apenas escribía en la pizarra, casi todo lo dictaba. Muy frecuentemente me quedaba atrás y cuando iba a mi libreta casi no tenía nada, mientras los demás tenían hojas y hojas. Ahí vino mi desencanto. No quiero volver, papi, le dije, es que siempre me quedo atrás. Él era un padre muy complaciente. Bueno, mijita, si tú no quieres, no sigas. Hoy me pesa mucho porque de verdad me encantaba el piano. A mis cuatro hijos, según han llegado a la edad, los he puesto a estudiarlo, pero tampoco he tenido suerte. 

Yo que estuve compartiendo con él como hija, bajo el mismo techo, durante diez años, te digo que es verdad, aunque algunos lo duden: en sus últimos dos años no bebió alcohol. Cuando se le produjo un gran ataque al hígado, el médico advirtió que para vivir un poco más tenía que dejar el trago. Y lo dejó. A partir de ese momento, cuando estaba en la casa, se concentró en su conuco, sembrando y recogiendo. Sin embargo, la casa siguió llena de gente. Titi, cocina bastante, le decía a Eraida, que todo el que llegue tiene que almorzar. Esta mesa de hormigón revestida de mármol se hizo aquí en el patio con el propósito de tener más amplitud para los invitados. En cuanto llegaban las visitas, sacaba las bebidas o las mandaba a buscar. Sacaba la guitarra como siempre, pero ni un trago.  

Imagínate, aquí venía mucha gente, pero yo recuerdo muy especialmente a Siro y Cueto, los del Trío Matamoros. Casi siempre que ellos venían, Siro y mi papá cantaban a dúo “Los Mirlos”. Era como para iniciar la reunión. Eso no fallaba. 

No pude ver a mi papá cantando tanto como me hubiera gustado. Antes de que viniera de México, mi abuela me hablaba de sus éxitos allá y me daba recortes de periódicos donde él salía, que también ponía en aquella pared junto a las fotos... Pero no lo había oído nunca antes de su regreso. La primera vez fue en un programa de televisión. Como no todos teníamos televisor, asistíamos a la Sociedad Unión Lajera, donde iban los negros. Tal vez tendría otro nombre, pero no lo recuerdo. Era un programa que patrocinaba el refresco Jupiña. Ay, yo sentí una emoción tan grande y un enorme orgullo de ser hija de él. Cantando ahí, que yo lo estuviera disfrutando en persona... La primera vez fue allá en nuestro pueblo, en las Fiestas del Lajero Ausente. Lo habían hecho Hijo Predilecto de Lajas y él estuvo allí con la Banda, fue por los días de mi cumpleaños y en la oportunidad que le pidió permiso a mi mamá, para traerme con él. Ya estando en La Habana, no fueron muchas veces que lo vi cantar en fiestas, porque a él no le gustaba llevarnos. 

Aunque no desconocíamos que estaba enfermo, los más cercanos a él no pensábamos que se nos moriría tan rápido. O para qué te voy a decir otra cosa, no pensábamos que se iba a morir. Eraida y yo nunca pensamos que papi estaba al borde de la muerte. El doctor Luis Ruiz, que era quien lo atendía, además de dejar el trago le había recomendado no pasar malas noches. Pero él, después de tantos años de fiesta en fiesta, tenía el día cambiado con la noche. Dormía hasta el mediodía y después era corrido hasta el amanecer del otro día.  En los últimos tiempos de su enfermedad veíamos que a diario el doctor Ruiz y Dominguito Ramírez, el enfermero, llegaban como a las ocho y pico de la noche a la casa. Allí ya estaban Israel Castellanos, el chofer, y mi tío Pedro (Papo, como le llamamos) que también vivía con nosotros, y al ratico se ponían a jugar dominó hasta muy tarde en la noche.

Eraida y yo sentíamos odio porque no dejaban dormir a papi  sabiendo que estaba enfermo, ya muy delgado, y no lo dejaban descansar. Aunque no le hacíamos ningún feo a esta gente, nos poníamos muy molestas con el asunto del dominó. Después que muere, el médico nos explicó: Ustedes sabían que él tenía el horario trocado. Para que él no sintiera el rigor de aquella enfermedad que lo había apartado de sus gustos y de su profesión (ya no trabajaba cabarés, sino un baile o algo así, porque se lo prohibí, nos recordó), el dominó fue lo único que se me ocurrió para entretenerlo. Yo sé que ustedes estaban molestas conmigo, concluyó con una sonrisa comprensiva.

Hubiera querido darme cuenta bien claro de la situación, para haber hecho, no sé, todo lo posible por él. Siempre me decía que lo único  que le faltaba para morirse tranquilo, era tener un nieto. Si yo llego a saber que estaba tan cerca de la muerte, se lo hubiera dado, pero era demasiado joven. Incluso por poco me caso antes de su muerte. Me iba a casar el 4 de diciembre del 62. El anuncio salió en periódicos y todo, pero mi novio y yo nos peleamos por un mal entendido. Él estaba allá en Cienfuegos y yo aquí. Venía cada quince días a visitarme. Entonces alguien me mandó a decir que tenía otra novia. Y ya, cogí la primera y me peleé, pero con ese mismo hombre me casé un año y pico después. Era el hombre de mi vida, como dicen en las novelas o en las películas.

Por los comentarios de aquellos días o por lo que después se ha escrito, se conoce ampliamente que mi papá estaba en Palmira, un pueblo muy cerca de Lajas, amenizando un baile, y tuvo que interrumpir la actuación porque se puso muy malo. Pero mucha gente piensa que al llegar a La Habana  inmediatamente lo internan en el Hospital de Emergencias. Y no fue así. Salieron de Palmira esa noche y él pidió que lo trajeran para aquí, para la casa, donde llegó al amanecer del 16 de febrero, si mal no recuerdo.

Te voy a contar algo que me sucedió unos quince días antes de esa fecha. Esto nadie me lo va a creer, pero la difunta Eraida Castillo fue testigo. Yo había soñado la muerte de mi padre, tal y como sucedió. En el sueño sentí que en la puerta de la casa, el chofer tocaba con una llave. Es un sonido muy característico, porque la puerta es de cristal. Y yo decía, eh y por qué papi no abre la puerta. Pensé que le pasaba algo y bajé corriendo las escaleras. Abrí la puerta y vi que a mi papá lo sacaban del carro medio desmadejado y lo sentaban en su sillón preferido al lado de la puerta. Se le veía muy mal y muere. Despierto sobresaltada y voy a la carrera a contarle el sueño a mi madrastra. No, Hilda, no llores, me trata de consolar ella. Eso es salud para él. Eso es lo que decían antiguamente los viejos cuando uno soñaba semejantes cosas. Entonces dejé de llorar y me olvidé de aquello. A los quince días del sueño, cuando sentí que tocaban en la puerta con la llave, como lo había soñado, ya no había que decirme nada más. Volé por las escaleras, ahora en realidad. Abrí la puerta y traían a mi padre medio desmadejado.

A partir de entonces no pudimos más con la angustia. Llegó muy decaído. Lo tuvieron que ayudar a subir las escaleras para subir a su cuarto. No obstante, estuvo todo el tiempo, hasta que perdió el conocimiento, haciendo chistes y cuentos. Todo el mundo riéndose, inclusive los que sabían lo que pasaba, sin querer, se reían. Mi papá tenía mucha gracia para los cuentos. Si imitaba a una persona que tú conocías, cuando lo veías reproducir los gestos, la manera de caminar... tú estabas viendo a esa persona. Como para quitarnos la preocupación, ahí ya en la cama, se mantuvo haciendo chistes y cuentos, hasta que se durmió. A pesar de mi inexperiencia me extrañó el ronquido. Del sueño pasó a la inconciencia y fue cuando se lo llevaron al Hospital de Emergencias, donde murió  el 19 de febrero de 1963.

Nos enteramos de su muerte por la gente. Enseguida se empezó a llenar la casa. Allí estábamos tía Esther, una hermana de Eraida, otros familiares que habían llegado de Lajas cuando se enteraron del ingreso... Al ver tanta gente,  pensamos lo malo. Yo no te sé decir cómo llegué a Emergencias. Salí por esa puerta... Mucho después recordé que una amiga consiguió un carro y me llevó hasta allá. Entré a una habitación donde lo tenían acostado sobre una mesa. Fue para mí terrible. La primera persona muy querida por mí, a quien viera hecha un cadáver.

Fue muy difícil adaptarse a la idea de su muerte. No podía oír su música. Aquí en la casa no poníamos nada de eso. Si de pronto  desde la casa de un vecino salía sonando su voz, eran horas y horas de llanto. Me costó mucho trabajo admitir que mi papá estaba muerto. Ya después, con el paso del tiempo, uno se resigna pero todavía sucede y la mayoría de las veces, si hablo de él, termino llorando. Ahora, en cambio, me gusta mucho oírlo, en la radio, en las casas, en las plazas abiertas como si él estuviera tocando allí... saber que no lo olvidan, que nunca pasa por alto la fecha de su nacimiento o de su muerte. Me llena de orgullo y estoy muy agradecida por eso. Cuando escucho a alguien (que no sabe quién soy yo) hablar de él, enseguida pongo asunto, a ver qué dicen de mi papá. Si es a favor o en contra. Siempre, por lo general, es a favor. Yo me sonrío cuando escucho esos comentarios y la gente no sabe la razón. Los menores de mi familia tampoco se cansan de escucharlo. Tengo, por suerte un nieto a quien, desde que se empezó a parar, le he dicho cada vez que se oye por la radio o sale en la pantalla: ese es tu abuelo, y ya él solo sabe identificarlo. Cuando lo escucha o lo ve, sale diciendo: abuelo, abuelo. Creo que después de poner a todos mis hijos en estudios de música, quien va a salir con una profesión como su abuelo es ese. Ya se sabe muchas de las canciones de mi padre y creo que tiene una voz potente.

Cada vez que regreso a esta casa me pongo a recordar las andanzas de mi papá por aquí. Aquí en el patio tenía unas cuantas jaulas de pájaros. Tenía negritos, tenía... te mentiría si te dijera ahora qué clase eran, pero había uno que silbaba un danzón. Cuando se levantaba bajaba las escaleras, pasaba al baño y después cogía sus pajaritos. Los sacaba, limpiaba las jaulas y les ponía comida.

Ya más tarde, aquí también en el patio, se ponía a entonar canciones, algunas que nunca salieron en discos. Durante los últimos tiempos se puso a grabar en un aparato que él tenía aquí, todos sus números, para que sus hijos los oyeran cuando él se muriera.

¿De verdad, te interesa saber cuáles eran las comidas preferidas de mi padre? Como a todos, le gustaban muchas cosas. Pero así, normalmente, le gustaba mucho la sopa, que Eraida le hiciera sopa y comérsela en una fuentecita honda. Una fuente llena de sopa. También le gustaba mucho la jutía, el conejo y las ancas de rana... el cerdo no lo comía mucho. Más bien lo hacía para los demás. Cuando esta casa estaba llena, plantaba allí dos bloques y encima un caldero inmenso, donde empezaba a freír chicharrones y masas de cerdo. El plátano burro lo freía entero dentro de la carne de puerco. Y de eso no probaba ni bocado.

Él tampoco almorzaba a la hora normal. Cuando se levantaba no comía nada. Ya después, estando enfermo, sí hacía una cosa que a él le gustaba,  o lo hacía por cuestión de salud: dos huevos pasados por agua, con un poquito de aceite, sal y unos dientes de ajo. Se los comía y ya. Hasta por la tarde, casi anocheciendo, almorzaba. Y muy tarde en la noche comía.

No, lo del conuco no es fantasía. Él tenía un hombre que le chapeaba, pero personalmente le gustaba sembrar el tomate y el ají. Tenía cañas sembradas y cuando estaban más lindas las cortaba, las pelaba y venía y me decía: mira Hildita, come. El plátano, si ya estaba a punto, él mismo cortaba el racimo.

Cuando Hilda, la hija mayor de Benny me estaba acabando de regalar esos valiosos trozos de su memoria, era el tránsito dramático de la tarde que no quiere despedirse,  a la noche, segura de que podrá en unos cuantos minutos hacerse dueña de todo. Allí vivían todavía entonces sus hermanas, que nos miraban a media distancia con interrogación.

Dos años después de la muerte de mi padre me fui de esta casa, a donde en realidad siempre querría vivir. Me casé y me fui. Regresar y no encontrarlo me costó mucha tristeza. Todavía es terrible. Yo llego a la casa, saludo a los que encuentro y vengo directo para el patio. El patio es lo que más me recuerda a mi papá. Mientras estoy en el patio es como si lo viera. Puedo encontrarlo dentro de la casa, pero sobre todo en el patio. Aquí mismo, atendiendo a las visitas, alrededor de esta misma mesa. Cantaba, cogía la guitarra, siempre en el patio. Aquí, o más allá, pero siempre en el patio. Las muchachitas, Barbarita y Lazarita, me dicen: El patio te hala. Siempre te vemos en el patio. Sí, el patio de esta casa me hala. Mi papá está en el patio. A veces me parece que lo voy a ver, pero todavía no he tenido la suerte.

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