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1
Hoy
no se
necesitan argumentos para probar que nos movemos en un
ámbito de intertextualidades. Los signos dispersos o
articulados de la paz, la guerra y la escritura nos
remiten inexorablemente a alguna máxima latina, a
Tolstoi o al discurso del Quijote sobre las armas y las
letras. Pero también a demandas y conflictos que
implican cuestiones de ética, tanto individual como
social. Situado, por ejemplo, entre la sevicia de unos y
el profundo desamparo de otros —como ocurrió tan a
menudo en la guerra de España—, el intelectual comprende
que lo que está en juego es la condición humana y, por
consiguiente, su propia dignidad como persona. De ahí
que la vieja noción de una ética de la escritura
recobrara vigencia entre los intelectuales extranjeros
que se vieron involucrados en aquella guerra, ya fuera
como combatientes o como meros simpatizantes del bando
republicano. Aquí me propongo hablar de los
latinoamericanos y, entre ellos, de los cubanos muy en
particular. Fueron el rostro visible de una
impresionante toma de conciencia que se produjo en toda
nuestra América y que podría ilustrarse con opiniones
como las de Eduardo Chibás —ex dirigente estudiantil de
la lucha contra el dictador Machado— y Juan Marinello.
Chibás no estuvo en la Península pero, como tantos
otros, se hallaba plenamente identificado con la causa
republicana. En un artículo publicado en la revista
Bohemia, de La Habana, a principios de 1937,
afirmaba:
Sobre la tierra de España se están decidiendo los
destinos del mundo. Quizá ninguna guerra civil haya
tenido nunca mayor trascendencia que la actual contienda
española. Ella es la escaramuza preliminar de la próxima
lucha mundial entre el fascismo y la democracia.
Y Marinello, en Barcelona, dirigiéndose a sus colegas
durante la última sesión española del segundo Congreso
Internacional de Escritores para la Defensa de la
Cultura: “Ya no caben dudas de que España es el punto
culminante del mundo y que en sus campos y ciudades se
está decidiendo no solo el destino de un pueblo, sino la
liberación definitiva del hombre.” Fueron esas
convicciones las que suscitaron aquel vasto movimiento
de solidaridad encarnado en las Brigadas
Internacionales, a uno de cuyos veinticinco batallones,
el Abraham Lincoln, pertenecían los anglo y los
latinoamericanos. Desde el inicio de la guerra hasta su
retirada del país, pasaron por España cerca de treinta y
cinco mil voluntarios, cinco mil de los cuales,
aproximadamente, murieron en los frentes de batalla. Del
total de voluntarios, más de mil eran cubanos. Al
despedir a los doce mil que en septiembre de 1938 aún
permanecían en España, dijo la Pasionaria:
Madres, mujeres, cuando pasen los años y las
heridas de la guerra hayan cicatrizado [...]; cuando los
sentimientos de odio hayan desaparecido y cuando todos
los españoles sientan el orgullo de una patria libre,
entonces hablad a vuestros hijos. Habladles de estos
hombres de las Brigadas Internacionales.
No sé si podremos exigirles a las madres de hoy que
les hablen efectivamente a sus hijos de aquellos hombres
—cuyos rasgos se pierden en la bruma de tiempos que ya
nos parecen remotos—, pero podríamos recomendarles que,
en el momento oportuno, les hagan leer algunos poemas, o
relatos, o crónicas escritas al calor rugiente y
militante de la guerra. Eso les permitirá conocer,
vívidamente, cómo opera la famosa relación del hombre y
su circunstancia, en este caso sobre personas que opinan
que este mundo está mal hecho y que por tanto debiera
cambiar.
En la despedida de los voluntarios, el dirigente
italiano Pietro Nenni dijo que aquellos hombres, sin
proponérselo, “habían vivido una Ilíada”. La
alusión es justa, pero requiere una importante
precisión. Los héroes de la epopeya clásica procedían de
estratos sociales elevados y sus códigos de conducta
eran los propios de su linaje. Ya Auerbach señaló el
enorme contraste que existía entre los personajes de
Homero y los del Evangelio, por ejemplo, plebeyos en su
mayoría. A su juicio, la dimensión que adquiere de
pronto el drama de Pedro, cuando niega tres veces a
Cristo, se debe a que, siendo Pedro un humilde pescador,
pasa a ocupar de pronto el centro de un escenario
histórico trascendental —el del surgimiento del
cristianismo— y a protagonizar un conflicto que remite a
valores universales (le integridad moral, la valentía,
la posible negación de ambas), papel que hasta entonces
estaba reservado a otros. Homero no podía imaginar que
un simple pescador de Galilea pudiera ser situado a esa
altura. Lo que se les reveló a muchos intelectuales
extranjeros, al entrar en contacto con los combatientes
españoles, fue que sí se podía. El heroísmo
—cierta forma callada de heroísmo— parecía ser en ellos
un estado natural. En este sentido, no conozco
testimonio más elocuente que el de Octavio Paz, en un
pasaje de El laberinto de la soledad; vale la
pena citarlo in extenso:
Recuerdo que en España, durante la guerra
[dice Paz], tuve la revelación de “otro hombre” y de
otra clase de soledad: ni cerrada ni marginal, sino
abierta a la trascendencia. Sin duda, la cercanía de la
muerte y la fraternidad de las armas producen, en todos
los tiempos y en todos los países, una atmósfera
propicia a lo extraordinario, a todo aquello que
sobrepasa la condición humana y rompe el círculo de
soledad que rodea a cada hombre. Pero en aquellos
rostros —rostros obtusos y obstinados, brutales y
groseros, semejantes a los que, sin complacencia y con
un realismo, acaso encarnizado, nos ha dejado la pintura
española— había algo como una desesperación esperanzada,
algo muy concreto y al mismo tiempo muy universal. No he
visto después rostros parecidos.
Paz añade que lo tiene sin cuidado la posibilidad de
que su testimonio sea “tachado de ilusorio”; esa
experiencia, dice, “ya forma parte de mi ser”. No
quisiera simplificar una visión tan compleja y
sugerente, pero me atrevería a decir que aquellos
rostros “obtusos y obstinados” no eran sino el rostro
del pueblo, tal vez una sobreimposición, como se diría
en la jerga fotográfica, de los rasgos faciales de
Sancho y el Quijote. De ahí que los modernos aedos
—César Vallejo, en este caso— no tengan empacho en
cantarle a un obrero ferroviario, a aquel Pedro Rojas,
por ejemplo, que escribía “¡Viban los compañeros!” con
“b” de buitre y cuyo cadáver “estaba lleno de mundo”; o
a aquel Ramón Collar, yuntero, “paladín de Madrid y por
cojones”...
Cuando los términos “España” y “pueblo” se
fundieron, para los hispanoamericanos, en una entidad
indivisible, llegó a su clímax el proceso de
reconciliación con la antigua metrópoli que había
empezado casi cuarenta años antes, en 1898. Se produjo,
en suma, lo que José Carlos Rovira ha llamado “una
resemantización de la palabra España”, que implicó
—como fue el caso de Neruda y el de otros muchos— “un
momento de viraje”, tanto ideológico como político y
literario. Y es que en el imaginario histórico
latinoamericano los rasgos fantasmales del pasado habían
sido lúcidamente reemplazados por los del futuro, es
decir, los del Conquistador por los del Trabajador.
Nadie lo expresó mejor que Nicolás Guillén, en la
primera de sus “Angustias”: ni Corteses ni Pizarros,
advirtió, sino milicianos “con sus callosas, duras
manos”; y en lugar de cascos y viseras, metal que sirva
a los soldados, obreros y artistas para fundir “balas de
ametralladoras”. Poco después, en un artículo publicado
en la revista Mediodía, de La Habana, Carpentier
retomaría la antítesis cargándola de connotaciones
clasistas: de un lado, los terratenientes andaluces, los
dueños de minas asturianos, los business men
catalanes...; del otro, ese pueblo —clase media
incluida— que bajo pésimas o precarias condiciones de
vida había creado “todo lo que nos hace admirar a
España: su música, su plástica, su arquitectura, su
hidalguía moral”.
Este primer paso —el descubrimiento del pueblo,
con la consiguiente transformación de los paradigmas
heroicos— implicaba la recuperación de la memoria
colectiva, que en el caso de las clases populares era
una memoria saturada de agravios. Carlos Montenegro —uno
de los dos grandes gallegos de la narrativa cubana,
junto con Lino Novás Calvo— publicó en La Habana en
1938, coincidiendo con el artículo de Carpentier,
Tres meses con las fuerzas de choque (División
Campesino), libro en el que reivindica esa memoria
en nombre de la justicia social.
Yo he estado en Guadalajara [dice]. Toda esa
provincia era de un solo hombre, el conde de Romanones;
pues la he visto seca, a sus habitantes viviendo en
cuevas, la miseria en todas partes, el polvo hasta
dentro de los ojos de los niños campesinos, agitanados y
macilentos. Y lo mismo en Murcia, y lo mismo en Teruel,
donde los hombres de la tierra han labrado hasta los
montes más altos, modificando el aspecto del paisaje en
una inútil obra de gigantes. Por eso el pueblo español
ha ido espontáneamente a la resistencia. Aún me acuerdo
yo de Galicia, donde mi padre tenía una fábrica de
salazón. Mi padre se acostaba con las obreras más
jóvenes, les hacía un hijo y les pagaba con un costal de
harina. Y mi padre era un hombre de ley, militar y
carlista de medalla, cruz y boina roja. No lo detracto:
era un producto legítimo del régimen que ahora quiere
regresar y contra el cual luchan los españoles con la
decisión de pagar todos los precios.
A esa indignación que pudiéramos llamar clasista o
justiciera, se suma la que produce el horror desnudo de
la guerra. Dice Neruda, en su archiconocido “Explico
algunas cosas”, de Tercera residencia:
“¿Preguntaréis por qué su poesía/ no nos habla del
sueño, de las hojas, / de los grandes volcanes de su
país natal?// ¡Venid a ver la sangre por las calles,
/venid a ver/ la sangre por las calles, / venid a ver la
sangre/ por las calles!” En el relato Aviones sobre
el pueblo (1937), Montenegro dramatiza la toma de
conciencia de un humilde zapatero remendón que asfixió a
sus propios nietos tratando de protegerlos de las
bombas, y Guillén, en el poema citado, nos conmina con
esta imagen brutal, que parece una transcripción
verbalizada del “Guernica”, de Picasso: “¡Miradla, a
España, rota!/ Y pájaros volando sobre ruinas,/ y el
fachismo y su bota/ y faroles sin luz en las esquinas,/
y los puños en alto,/ y los pechos despiertos,/ y obuses
estallando en el asfalto/ sobre caballos ya
definitivamente muertos...” “Cuando empezaron los
bombardeos sistemáticos de Madrid” —diría muchos años
después Carpentier, por boca de uno de sus personajes—,
“cada obús nos retumbó en las entrañas”.
2
Tal vez el primer testimonio cubano sobre la guerra de
España sea el “Diario íntimo” escrito entre julio y
octubre de 1936 por José María Chacón y Calvo, primer
secretario de la Embajada de Cuba en Madrid, texto que
permaneció inédito durante 70 años. En medio de la
“barbarie” desatada por un conflicto donde, según sus
propias palabras, media España se empeñaba en destruir a
la otra mitad, Chacón no tardó en descubrir que la
República liberal y democrática había respondido a
aquella sublevación militar sin precedentes en la
historia española, con “una verdadera revolución
social”. Como ferviente cristiano y sincero defensor de
la “neutralidad de la cultura” Chacón se preguntaba,
horrorizado, si no sería posible “humanizar esta guerra
atroz”, pero como “hombre de pueblo”[sic],
folclorista, con vocación esencial”, veía con simpatía,
según anotó ocho días después de iniciado el conflicto,
“esta masa popular, vibrante, propicia al rasgo heroico
o al sacrificio total”. “Hay en este movimiento
desgarrado y violento” —escribió más tarde, al evocar a
las mujeres que un día desfilaron bajo su balcón
cantando La Internacional— “un fondo místico
indudable”.
Permítanme ahora abolir un año para referirme a la
participación cubana en aquel gran Congreso de
intelectuales antifascistas inaugurado a principios de
julio de 1937 en Valencia, continuado en Madrid y
Barcelona, y clausurado en París a mediados de mes. Al
ciclo español asistieron por Cuba Juan Marinello —quien
presidiría el bloque hispanoamericano—, Alejo
Carpentier, Nicolás Guillén, Félix Pita Rodríguez y
Leonardo Fernández Sánchez. Fue —ha dicho Marinello—uno
de los Congresos “más interesantes a que he asistido,
porque se produce dentro de la pelea diaria [...]
Mientras se discutía una tesis en el Congreso, sabíamos
que se estaba peleando afuera, y nos traían banderas
ensangrentadas del último combate”... Es decir, se vivía
en un espacio de situaciones límite, que parecía exigir
definiciones en todos los planos de la vida social e
intelectual. Pita Rodríguez, por ejemplo —que entonces
residía en Francia— podría sumarse a la lista de
aquellos para quienes la experiencia viva de España
supuso un vuelco decisivo:
Regresé de España a Francia poco después del
Congreso [recordaba muchos años después] con una
transformación ideológica completa. Cuando aquello, yo
era políticamente un revolucionario emocional, sin base
teórica... Pero mi estancia en España, la experiencia
del evento, lo que observé de la guerra me maduraron por
dentro y penetraron en lo más hondo de mi corazón, y
empecé a devorar libros, periódicos y revistas
marxistas.
3
Con los textos de los asistentes cubanos al Congreso
que daban cuenta de las actividades del mismo o de sus
propias andanzas por tierras españolas, podría hacerse
una conmovedora antología. Iría precedida tal vez por
las sinfónicas estrofas de España, poema en cuatro
angustias y una esperanza —algunos de cuyos versos
he citado—, que Guillén escribió y publicó en México, en
mayo de 1937, y cuya segunda edición no tardó en
aparecer en Valencia. (Cronológicamente, el poema
encabeza ese gran tríptico hispanoamericano que forman,
además, España, aparta de mí este cáliz,
de Vallejo, y España en el corazón, de Neruda.)
Como preámbulo de nuestra imaginaria antología podría
incluirse también el manifiesto que firmaron varios
intelectuales cubanos en julio de 1936, apenas un mes
después de lo que entonces se llamaba "la sublevación
militar-falangista". Su importancia estriba en que por
primera vez sitúa la epopeya española en su dimensión
verdadera; se trata —dice el manifiesto— de "un episodio
nacional de la gran pugna en que se hallan empeñados
todos los oprimidos de la tierra en el camino de su
manumisión, y ello le comunica un trágico interés
universal". A través de los artículos y crónicas de
aquellos días turbulentos estamos en condiciones de
seguir, como sobre la coloreada superficie de un mapa,
la trayectoria política y emocional de los atrevidos
viajeros. Rumbo a Cataluña, por ejemplo, el 3 de julio
de 1937, podemos cruzar la frontera con Guillén.
Cuando el viajero de París penetra en España es como si
amaneciera en otro mundo [escribe el poeta]. El pequeño
túnel que a través del macizo de los Pirineos comunica
Cerbere con Port Bou, no hace más que llevarnos, en
realidad, de la vida a la muerte, del sereno y egoísta
equilibrio francés a la desmesurada tragedia española.
Ya en el mismo Port Bou, la destrucción nos sale
brutalmente al paso.
Asistamos ahora a la llegada del grupo a Valencia,
cuatro días después, y al insólito clima en que se
desarrollaron en Madrid las sesiones del Congreso. Es
Marinello quien cuenta:
A la madrugada [en Valencia] nos
despertó la sirena de alarma [...], el ruido de los
aviones enemigos, y, enseguida, el estruendo del cañón
antiaéreo limpiando el cielo de alas siniestras. Los
días que el Congreso trabajó en Madrid fueron escogidos
por los facciosos para demostrar a los intelectuales de
toda la tierra la medida de su crueldad. No hubo
discurso que no fuese acompañado del repique de las
ametralladoras y coreado por el aullido grave de los
cañones sitiadores. [...] Entre ataque y ataque salíamos
a la calle; el mismo horror de siempre: casas ardiendo,
pavimentos horadados, mujeres destrozadas, niños
agitándose entre la muerte...
(Por cierto, esas imágenes que aletean como pájaros
siniestros sobre todas y cada una de estas crónicas,
escritas hace casi 70 años, nos traen a la memoria las
que todavía atraviesan a menudo, como jinetes
apocalípticos, las pantallas de nuestros televisores. La
historia no siempre se repite como farsa.)
Al igual que a sus colegas de otras partes del mundo,
a los viajeros cubanos les resultaba imposible contener
el tono irritado y patético que brotaba al simple
contacto con la realidad española de 1937. Fue algo que
no tardarían en descubrir quienes se habían propuesto,
como táctica persuasiva adoptada por cierta escuela de
periodismo, narrar sus experiencias en un tono objetivo
y mesurado. Véase el caso de Carpentier. Voy a detenerme
en el conjunto de cuatro textos que publicó entre
septiembre y octubre de 1937 en la revista habanera
Carteles. El primer problema que se le plantea es un
dilema de escritura —diría yo—, entendiendo por
escritura, a la manera de Barthes, una "moral de la
forma", o si se prefiere, un "lenguaje literario
transformado por un destino social", que es de hecho lo
que hemos venido llamando una ética. Desde el punto de
vista práctico el asunto parecía limitarse a un problema
metodológico, pero Carpentier percibió de inmediato su
verdadera magnitud y se sintió obligado a ventilarlo en
un preámbulo que escribió para la serie. Se trataba, en
suma, de lo siguiente: pensaba él dar cuenta de su
periplo escribiendo artículos y no reportajes,
porque a su juicio el reportaje, por exigir determinadas
concesiones a lo puramente anecdótico y descriptivo,
resultaba inadecuado para reflejar en su compleja
intensidad la situación de España. Pero tan pronto como
atravesó el túnel de Port Bou —ese pequeño túnel que ya
conocemos, con toda su carga alegórica, y que
reaparecería años después en el capítulo inicial de
La consagración de la primavera— su propósito sufrió
una mutación. "Me di cuenta [dice] que para hablar de
la España que contemplaban nuestros ojos de hombres, era
imposible permanecer en un plano meramente crítico o
especulativo". De ahí que decidiera convertirse en
testigo-participante desechando sus pruritos académicos
y siguiendo, por el camino de Pascal, "la lógica del
corazón". El resultado fue "España bajo las bombas",
título genérico con el que aparecieron sus
colaboraciones en Carteles y que constituyen
—con las crónicas de Pablo de la Torriente Brau, a las
que volveremos más adelante, y las ya citadas de Carlos
Montenegro— un modelo del mejor periodismo cubano del
siglo.
¡Estamos en España! [escribe Carpentier]. A cualquier
hora, en cualquier instante, los aviones pueden dejar
caer sobre estas viejecitas, sobre estos niños, sobre
estos modestos empleados ferroviarios, feroces cargas de
explosivos. Aldea fronteriza, Port Bou conoce un
terrible privilegio: el de poseer una estación terminal
importante. Los franquistas han tratado de destruirla
varias veces. Hasta ahora no lo han logrado.
"Hasta
ahora"..., un sintagma que basta para mostrarnos la
abismal diferencia que marca el latido de la vida a
ambos lados de la frontera. Esa diferencia consiste,
simplemente, en la intensidad con que se vive. Situada
bajo la constante amenaza de muerte, ante la permanente
posibilidad de no ser, la vida, del lado español,
adquiere "una conciencia total de sí misma". Como se ve,
el autor viola por momentos las leyes internas del
"reportaje" para dar un espacio a la reflexión y al
análisis político. De hecho, "España bajo los bombas" es
un curioso ejemplo de reportaje autorreflexivo,
por decirlo así, en el que su autor no cesa de
inmiscuirse con oportunas acotaciones en la trama de su
propio discurso. Después de soportar, en el desamparado
vestíbulo de su hotel de Valencia, una hora y media de
bombardeos nocturnos
—los
aeroplanos fascistas tienen sus bases en las Baleares y
les sobra el combustible—,
Carpentier llega a la conclusión de que el bombardeo de
las poblaciones civiles es contraproducente:
Podéis estar convencidos de esto [dice]:
muchos apolíticos, muchos hombres tibios, irresolutos,
sin convicciones definidas, han sido conquistados por la
ideología republicana... gracias a los aviones de
Franco. En Madrid he visto gentes [...] que antes de la
guerra tenían ideas levemente conservadoras, y que hoy
son las primeras en alzar los puños y en proferir
palabras de odio cuando comienzan los bombardeos
cotidianos y sistemáticos de Madrid... ¡La carne grita!
Fue —y
permítanme la digresión—
lo que le ocurrió al viejo zapatero del relato de
Montenegro, quien intuyó oscuramente que las bombas
también servían para desenmascarar: “Solo fuera
de allí, lejos de allí, eran posibles el engaño de la
diplomacia y la mentira de las encíclicas. Pero allí no,
allí las bombas lo arrasaban todo: las casas hasta los
cimientos, y la vida, y los escapularios y los
crucifijos...” Vuelvo ahora
—si
así puede decirse, aunque las fronteras del horror sean
las mismas—
a “España bajo las bombas”.
Mientras se dirigían en caravana de autos a la capital,
Carpentier y sus compañeros habían creído tener la más
profunda y conmovedora experiencia de todo el recorrido
en una aldea de Castilla donde algunas docenas de niños,
huérfanos de guerra, les dieron la bienvenida cantando a
coro bajo las ventanas del lugar donde descansaban.
Horas después, al término del viaje, descubrirían que,
en contraste con Valencia, Madrid ya no podía ser
sorprendida por los ataques enemigos, porque allí el
cañoneo no cesaba nunca. El poeta Emilio Ballagas había
ridiculizado la arrogancia de los fascistas evocando al
Madrid de 1936 que, “con su puño de luz” en alto, les
había impedido entrar a la ciudad bajo “un arco de
triunfo de cadáveres”. Pero ahora, mucho más que
entonces, la población vivía perennemente en el filo de
la muerte [anota Carpentier]. En cualquier instante los
obuses enemigos pueden penetrar en vuestra casa,
llevarse vuestro balcón, abrirle un nuevo hueco a la
torre de la Telefónica [...], matar al pobre empleado
que sale de una estación del Metro, echar abajo una
iglesia, llenar vuestra sopera de cristales rotos... En
tales circunstancias, los madrileños han optado por la
más heroica solución: viven como si nada ocurriera.
Han abolido el luto.
En
"tales circunstancias", ¿qué puede hacer el escritor
sino dar testimonio de esa fría barbarie y esas
insospechadas formas de heroísmo? Por los ojos de
Carpentier vemos a algunos de los ciento cincuenta
autores de veintiséis países que asisten al Congreso
—Huidobro
y Vallejo, Alexei Tolstoi y Tristán Tzara, Rafael
Alberti, el anfitrión solícito...—
convertidos ahora en personajes de uno de ellos, el que
a su vez, en algún momento del viaje, observado por unos
ojos implorantes, se verá obligado a verse como
personaje a sí mismo. Ahí están Marinello, Guillén y los
demás cubanos junto a Octavio Paz y Carlos Pellicer
apretujados en un autobús que los lleva de Port Bou a
Gerona por los ondulados caminos de la Costa Brava;
ahora escuchamos a André Malraux disertando sobre la
responsabilidad social del escritor, y a Marinello, en
una pequeña estación de radio provincial, despidiéndose
de los oyentes en un catalán impecable, privilegio que
debía a su padre y a sus maestros de Villafranca del
Panadés, donde pasó parte de su infancia; allí está
Guillén ante el micrófono proclamando, sin pelos en la
lengua, las verdades de José Ramón Cantaliso; allí está
Neruda, en la añeja casona de Madrid donde se había
alojado años antes, descubriendo entre sus abandonadas
pertenencias una voluminosa edición de la obras de
Góngora, ahora atravesada por una bala; y allí, en el
Paseo de Rosales, sembrado de trincheras y milicianos,
esquivando escombros y cristales rotos, vemos deambular
a Pita, Neruda, Paz y Vallejo por los rumbos del
Manzanares y de la Moncloa, casi a la vista del enemigo.
Como el lente impasible de una cámara, la mirada de
Carpentier va desplegando ante nosotros esa galería de
personajes, consciente de que merecen un trozo de
posteridad, pero sin poder olvidar del todo la pregunta
que se vio obligado a hacerse en la aldea de los
huérfanos: ¿Qué puede la literatura? En efecto,
al despedirse de los vecinos, en la placita del pueblo,
se le acercó una anciana de arrugas minuciosas y negro
pañuelo a la cabeza y le susurró, implorante, tomándolo
como vocero del grupo: "¡Defiéndannos, ustedes que saber
escribir!" "Nunca
—confiesa
Carpentier—
me sentí tan humillado", porque "¿qué significa el
saber escribir ante ciertos desamparos
profundos...?” Quizá signifique, entre otras cosas, dar
voz a quienes no la tienen, que era exactamente lo que
la anciana les pedía. 4
Fue lo
que hicieron en aquellos momentos ciertos corresponsales
de guerra cubanos como los ya mencionados Carlos
Montenegro y, sobre todo, Pablo
—Pablo
de la Torriente Brau—,
quien un 6 de agosto de 1936, después de año y medio de
estar cargando bandejas y lavando platos en Nueva York,
anunció:
He tenido una idea maravillosa; me voy a España, a la
revolución española. Allá en Cuba se dice, por el canto
popular jubiloso: “No te mueras sin ir antes a España”.
Y yo me voy a España ahora, a la revolución española, en
donde palpitan hoy las angustias del mundo entero de los
oprimidos. La idea hizo explosión en mi cerebro, y desde
entonces está incendiando el gran bosque de mi
imaginación.
Le
quedaban cuatro meses de vida. En el vórtice del
torbellino revolucionario fue comisario político y
escribió las estupendas crónicas recogidas más tarde en
el volumen Peleando con los milicianos. Murió
combatiendo en Majadahonda, no lejos de Madrid, en
diciembre de 1936. Ahora
—apenas
siete meses después, a punto ya de salir de España—,
el grupo de los cubanos visita su tumba, en el
cementerio de Barcelona.
El paraje y la hora [evoca Marinello] llenaban
de sentido el recuerdo del muchacho excepcional. La
tumba estaba en un montículo y frente al mar. Caía la
tarde y, al tender la vista desde sus restos, al
descansar la pena sobre el suave declive de trigos y
olivares, pensábamos en cómo hubieran contemplado sus
ojos aquel recodo del Mediterráneo, con todas las
resonancias de la aventura y de la historia, sus dos
grandes pasiones.
Nos cabe la suerte de contar con dos semblanzas de
descubrimiento mutuo, la de Pablo, con respecto a su
joven zapador, y la de éste con respecto a su jefe. Al
parecer, Pablo altera ligeramente los hechos cuando
evoca el encuentro:
Descubrí un poeta en el batallón [dice], Miguel
Hernández, un muchacho considerado como uno de los
mejores poetas españoles, que estaba en el cuerpo de
zapadores. Lo nombré jefe del Departamento de Cultura, y
estuvimos trabajando en los planes para publicar el
periódico de la brigada y la creación de uno o dos
periódicos murales, así como la organización de la
biblioteca y el reparto de la prensa. Además planeamos
algunos actos de distracción y cultura.
Miguel Hernández, por su parte, le contaría a Nicolás
Guillén, en 1937 (testimonio que, como vemos, modifica
la información sobre el primer encuentro):
Conocí a Pablo en Madrid, en la Alianza de
Intelectuales Antifascistas, esperando yo a María Teresa
León... Esa noche, recién amigos, bromeamos como
antiguos camaradas. El sentido humorístico de Pablo era
realmente irresistible. Quien estaba a su lado tenía que
reír siempre, siempre, porque él sabía encontrar como
pocos el costado grotesco de las cosas más solemnes...//
Yo le quise mucho. Después de aquella noche que les
digo, nos separamos durante varios meses. Nos volvimos a
encontrar en Alcalá de Henares, a pesar de que habíamos
estado juntos, sin saberlo, en los combates de Pozuelo y
Boadilla del Monte. “¿Qué haces?”, me preguntó
alegremente al abrazarnos. “Tirar tiros”, le contesté
yo, riéndome también. Pablo era entonces Comisario
Político del Batallón del Campesino, hoy división. Me
ofreció hacerme también Comisario de Compañía, con lo
que estábamos juntos otra vez...
El poeta dedicará a su jefe caído una conmovedora
elegía en la que aquel aparece como involuntario oráculo
de sí mismo: “Me quedaré en España compañero/ me dijiste
con gesto enamorado/ y al fin, en tu edificio tronante
de guerrero/ en la hierba de España te has quedado.”
Otra elegía de Hernández, por cierto, esta vez la
dedicada a García Lorca —que el autor le mostró a Novás
Calvo justamente en el velorio de Pablo— nos ofrece una
relampagueante caracterización que de pronto sentimos
más ajustada al héroe que al mártir: “Tú el más firme
edificio destruido./ Tú el gavilán más alto derribado./
Tú, el más grande rugido,/ callado y más callado y más
callado.” Confiesa Novás: “Me leí una y otra vez aquel
poema. Así yo hubiera querido escribir uno a la muerte
de Pablo.” Y volviendo a este, a aquel rasgo tan suyo
—el sentido del humor, presente en casi todos sus
textos, como humor negro inclusive— detengámonos un
momento en los que forman Peleando con los
milicianos. Se trata de un conjunto de crónicas y
cartas escritas en un lapso aproximado de tres meses
entre Barcelona, Madrid y Buitrago de Losoya, pueblito
situado a menos de cien kilómetros al norte de la
capital. Aparecieron póstumamente en México, en 1938,
bajo el título con que han llegado a nosotros. Una de
las crónicas más conocidas es la que se titula “En el
parapeto”, de octubre de 1936, en la que súbitamente la
guerra, por decirlo así, se humaniza, y no porque
sea menos cruenta sino porque —a diferencia de lo que
ocurre en tantas otras crónicas, en las que vemos llover
la muerte de lo alto— aquí se anuncia cara a cara, entre
desafíos y burlas mordaces. En este sentido, los
personajes parecen estar más cerca de los héroes de la
Ilíada que aquellos que son presa de la muerte
tecnificada, la que acecha en los campos minados o cae
rugiendo sobre las cabezas indefensas como una maldición
bíblica. (A mí, la insólita controversia que narra Pablo
siempre me ha recordado aquel pasaje del Discurso de las
Armas y las Letras en que Cervantes deplora la aparición
de la artillería, esos “endemoniados instrumentos” que
le permitían a un cobarde matar a un valiente sin tener
que medirse con él, y aquellos versos de El son
entero, terribles en su simplicidad: “Mátame al
amanecer/ o de noche, si tú quieres,/ pero que te pueda
ver/ la mano [...], pero que te pueda ver/ los ojos,/
pero que te pueda ver”.) “En el parapeto” —la crónica
de Peleando con los milicianos a la que nos
venimos refiriendo— es, como reza el subtítulo, el
minucioso recuento de una “polémica con el enemigo” que
tiene algo de torneo caballeresco, pese a su contexto
inocultablemente plebeyo. Ocurrió en la noche del 4 de
octubre de 1936, en la llamada Peña del Alemán, en
Buitrago de Losoya. Los principales contendientes eran
Pablo y un “cura guerrillero”, quienes, para hacerse oír
—las tropas de ambos bandos estaban separadas por una
distancia de entre trescientos y quinientos metros—
debían gritar a voz en cuello.
—¡Rojillos! —exclamaban de un lado—
¿habéis comido hoy? ¿Habéis fumado?
—Sí, fascista, nos sobró pollo, hombre.
Ven por él —respondían del otro.
—Eh, rojillos, ¿desde cuándo no vais a
Madrid?
—Fascista, hablad claro, que no tenéis
espíritu ni para gritar. [...]
—¡Hijos de la Pasionaria! ¿Os habéis
enterado de lo de Toledo? ¿Por qué si vais a Madrid
tanto no os llegáis a Toledo, que está más cerca?
—Fascista, es que no tenemos tiempo.
Tantas palizas como os damos no nos dejan tiempo para
todo. [...]
Claro que los retos e insultos
iban subiendo de tono a medida que el debate avanzaba,
pero puede decirse que pese a todo se mantenía —si me
permiten la paradójica expresión— un cierto “espíritu de
diálogo”. Refiriéndose al suceso en carta a un amigo de
La Habana, comentaba Pablo, con su ironía habitual:
Tuve el honor de endilgarles tres
discursos en una sola noche. Y acabaron por gritar: “Que
hable el cubano”. Ya ves tú qué honor, que los
“camaradas fascistas”, como les llamaba, tuvieran gusto
en oírme. [...] Donde llegó mi elocuencia a la cúspide
fue cuando, recogiendo mi alusión de que les
disparábamos con balas mexicanas, me plantearon el
problema de cómo yo me atrevía a reprocharles a ellos
usar aviones italianos si (nosotros) empleábamos balas
mexicanas. Y he aquí que mi “poderosa” dialéctica dejó
definitivamente aclarada la diferencia que existe entre
un avión de Mussolini y una bala de los trabajadores de
México.
En Pablo de la Torriente Brau ya
no es posible aislar los componentes de eso que hemos
venido llamando una ética de la escritura: la
ética se ha hecho etopeya, una manera de ser y de
actuar llevada al nivel de la palabra, de los signos.
Entre nosotros, Pablo representa el vínculo más
entrañable y permanente de la intelectualidad cubana con
la causa de la República en la Guerra Civil española.5
Permítanme volver a Carpentier
para concluir la crestomatía y el anecdotario. A través
de la picaresca y del padre Cervantes –padre de todos
los que escribimos en esta lengua, salvando las
respectivas distancias— la obra de Carpentier se
inscribe por igual en la historia de las literaturas
cubana, hispanoamericana y española. Luisa Campuzano ha
podido hablar de “la españolidad literaria” de
Carpentier —como antes lo hizo Marinello refiriéndose a
Martí— y llamar la atención sobre el hecho, nada casual,
de que España aparezca en dos de sus relatos y cinco de
sus novelas, “con lo que constituye, fuera de Cuba, el
más frecuentado de los espacios y los tiempos narrados
por Carpentier”. El vínculo más profundo, desde luego,
se da por la vía del idioma, pues siendo Carpentier
perfectamente bilingüe —el español, además, no era la
lengua materna de ninguno de sus padres biológicos— lo
escogió por considerarlo un instrumento de trabajo
sumamente flexible; solía bromear diciendo que en
francés era imposible decir, por ejemplo, “no por mucho
madrugar amanece más temprano”. Pero se me antoja pensar
que otro de sus vínculos con España —el político, que
con tanta intensidad se había establecido en medio de la
Guerra Civil— vino a sellarse definitivamente al
escuchar a la anciana de la aldea de huérfanos que lo
había humillado, sin proponérselo, haciéndole temer que
escribir nada significara ante tanto sufrimiento, ante
aquellos “desamparos profundos”. Puesto que una de mis
obligaciones o pasatiempos, como crítico, es cazar
veladas alusiones, descubrir o establecer
correspondencias —lo que hoy llamaríamos nexos
intertextuales— entre situaciones o personajes
supuestamente desvinculados entre sí, me atrevo a
insinuar que pudiera haber un punto de contacto entre
dos pasajes escritos a una distancia recíproca de casi
cuarenta años: el de la anciana de marras y el de La
consagración de la primavera en el que
Enrique, el protagonista, residente a la sazón en
Caracas, se reprocha no haber participado en la lucha
insurreccional que condujo al triunfo de la Revolución
Cubana. En los primeros días del año 59 los barbudos
cubanos han sido recibidos triunfalmente en la plaza de
El Silencio, en Caracas, y mientras la multitud se
dispersa, Enrique se refugia en una taberna cercana. Y
reflexiona. Lo que ocurrió en los últimos años —piensa—
es que se fue quedando solo. O tal vez fuera mejor
decir, al margen. En efecto, otros habían hecho
lo que era necesario que se hiciera; otros habían
llevado a la acción lo que yo, a veces, hubiese
anhelado, sin pasar del anhelo; otros habían
actuado, combatido, sufrido, caído, vencido, en mi
lugar; otros habían pensado por mí; otros
habían logrado una victoria, dejándome fuera de esa
victoria. Yo era el hombre parado en la acera que asiste
a un desfile triunfal, avergonzado al pensar que hubiese
podido ser uno de los que marchan entre aplausos en vez
de ser uno de los que aplauden.
Conociendo, como conocemos, el cuidado con que
Carpentier escogía los escenarios y los nombres, no
puede resultarnos indiferente el hecho de que esas
recapitulaciones estén teniendo lugar en una “tasca
española” del centro de Caracas llamada “La Pilarica”.
¿Una tasca española en el centro de Caracas? Como lo
oyen. Y es allí, justamente, donde Enrique reflexiona
sobre su soledad mientras saborea “un vino blanco
aragonés”. El núcleo de su reflexión —el de la
responsabilidad social del individuo, el de la deuda
moral con quienes se sacrifican por los demás, aun al
precio de la vida— había sido expuesto en Cuba el
mismísimo primero de enero de 1959 por Roberto Fernández
Retamar en un poema titulado, precisamente, “El otro”:
“Nosotros, los sobrevivientes/ ¿a quiénes debemos la
sobrevida?”... Es una reflexión que en cualquier caso
precede a la escritura y cuyo desafío sólo puede
afrontarse en la práctica, ya sea mediante la acción
directa o mediante un esfuerzo por rescatar la memoria
colectiva, lo que bien podríamos llamar una operación
contra el olvido histórico. Puesto que no era escritor,
Enrique optará por la primera vía insertándose (“¡Como
en Brunete!”), en una batería de morteros durante la
batalla de Playa Girón, acto del que quedará constancia
escrita en una novela que conocemos muy bien.
En 1959 Carpentier, como su personaje, residía en
Caracas. Años después, al tratar de explicar por qué él
también decidió regresar a Cuba, respondió
escuetamente: “Había voces que me llamaban”. Son esas
voces las que llenan, con su polifónica textura, el
monumental espacio de La consagración de la
primavera. Quiero creer que ellas también intentan
responder, a su modo, al reclamo de la anciana, aquella
implorante y categórica anciana de la aldea de los
huérfanos.*
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Agradezco el dato a Roberto Fernández Retamar.)
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[2ª.ed., Sada-La Coruña, Ediciós do Castro, 2004.
Agradezco la información a Jorge Domingo Cuadriello.]
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