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En la calle, la lluvia, y el cristal, en la ventana.
Mañana de abril. Sol y barro. Federico García Lorca se
asoma a un paisaje de chimeneas muertas y de nubes
paralizadas. Es un cuarto piso de la calle de Alcalá,
donde no llegan los gritos de vendedores ni la emoción
de las aventuras.
-Federico, ¿qué es la
poesía?
(La habitación es
pequeña. En un rincón se muere sin remedio una maceta de
flores rojas.)
-La poesía es algo
que anda por las calles. Que se mueve, que pasa a
nuestro lado. Todas las cosas tienen su misterio, y la
poesía es el misterio que tienen todas las cosas. Se
pasa junto a un hombre, se mira a una mujer, se adivina
la marcha oblicua de un perro, y en cada uno de estos
objetos humanos está la poesía.
(El poeta se ha
metido más dentro de sí mismo. Sus ojos, vistos por mí
en el espejo de la pared de enfrente, miran sin mirada.)
-Por eso yo no
concibo la poesía como abstracción, sino como cosa real
existente, que ha pasado junto a mí. Todas las personas
de mis poemas han sido. Lo principal es dar con la nave
de la poesía. Cuando más tranquilo se está, entonces,
izas!, se abre la llave, y el poema acude con su forma
brillante. No se puede hablar de si el hombre es un
objeto más sugeridor que la mujer. Con ello respondo a
tu pregunta. No, no se puede hablar.
-Naturalmente que en
la poesía vive un problema sexual, si el poema es de
amor, o un problema cósmico, si el poema busca la
batalla con los abismos. La poesía no tiene límites. Nos
puede esperar sentada en el quicio de la puerta en las
madrugadas frías, cuando se vuelve con los pies cansados
y el cuello del abrigo subido. Puede estar esperándonos
en el agua de una fuente, subida en la flor de un olivo,
puesta a secar en la tela blanca de una azotea. Lo que
no puede hacerse es proponerse una poesía con la
rigurosidad matemática del que va a comprar litro y
medio de aceite.
(Federico García
Lorca tiene el rostro sombreado de una tristeza de la
que él mismo no se ha dado cuenta. En sus poemas pueden
reír el alhelí y la albahaca; pero de su frente ancha se
deducen canciones de patios angostos, llenos de ventanas
pequeñas. Es el poeta de una tribu, porque jamás podrá
ser el poeta de una raza. Canta a Preciosa y al aire, al
carabinero valiente, a “la sangre que gime muda canción
de serpiente”; pero si dice del inglés, lo pone
borracho, y si alude a la Benemérita, le pone de plomo
la calavera.)
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-Mi primera poesía
fue la cosa menos andaluza que se puede esperar de un
andaluz. Fue el producto de mis escritos en prosa. Mi
primer libro —todo el mundo lo sabe— fue un libro en
prosa. Y cuando me decidí a hacer el verso, obedeciendo
a unas órdenes categóricas del espíritu, abandoné el
propósito del tema andaluz y canté “Las cigüeñas de
Ávila”. Esto puede estar razonado por el hecho de que
durante mis ausencias de España, cuando me separa de
ella el mar y la tierra, yo concreto mi nostalgia no en
mi tierra de Granada, no en la extensión de los
olivares, sino en una mañana de marzo profunda al pie de
las murallas profundas de Ávila. Cuando miro a España
desde lejos. España en Castilla es el silencio de la
plaza sola y abandonada, de la viejuca que cruza para el
rosario.
-¿Y el teatro?
(García Lorca en pie,
García Lorca de arriba abajo, García Lorca íntegro.)
-El teatro fue
siempre mi vocación. He dado al teatro muchas horas de
mi vida. Tengo un concepto del teatro en cierta forma
personal y resistente. El teatro es la poesía que se
levanta del libro y se hace humana. Y al hacerse, habla
y grita, llora y se desespera. El teatro necesita que
los personajes que aparezcan en la escena lleven un
traje de poesía y al mismo tiempo que se les vea los
huesos, la sangre. Han de ser tan humanos, tan
horrorosamente trágicos y ligados a la vida y al día con
una fuerza tal, que muestren sus traiciones, que se
aprecien sus olores y que salga a los labios toda la
valentía de sus palabras llenas de amor o de ascos. Lo
que no puede continuar es la supervivencia de los
personajes dramáticos que hoy suben a los escenarios
llevados de las manos de sus autores. Son personajes
huecos, vacíos totalmente, a los que solo es posible ver
a través del chaleco un reloj parado, un hueso falso o
una caca de gato de esas que hay en los desvanes. Hoy en
España, la generalidad de los autores y de los actores
ocupan una zona apenas intermedia. Se escribe en el
teatro para el piso principal y se quedan sin satisfacer
la parte de butacas y los pisos del paraíso. Escribir
para el piso principal es lo más triste del mundo. El
público que va a ver cosas queda defraudado. Y el
público virgen, el público ingenuo, que es el pueblo, no
comprende cómo se le habla de problemas despreciados por
él en los patios de vecindad. En parte tienen la culpa
los actores. No es que sean malas personas, pero...
“Oiga, Fulanito —aquí un nombre de autor—, quiero que me
haga usted una comedia en la que yo... haga de yo. Sí,
sí; yo quiero hacer esto y lo otro. Quiero estrenar un
traje de primavera. Me gusta tener veintitrés años. No
lo olvide”. Y así no se puede hacer teatro. Así lo que
se hace es perpetuar una dama joven a través de los
tiempos y un galán a despecho de la arterosclerosis.
-¿Y tu teatro?
-Yo en el teatro he
seguido una trayectoria definida. Mis primeras comedias
son irrepresentables. Ahora creo que una de ellas,
Así que pasen cinco años, va a ser representada por
el Club Anfistora. En estas comedias imposibles está mi
verdadero propósito. Pero para demostrar una
personalidad y tener derecho al respeto he dado otras
cosas. Escribo cuando me place. No soy de los autores al
uso que siguen la teoría de una obrita todos los años.
Mi última comedia, Doña Rosita, o el lenguaje
de las flores, la concebí en el año mil novecientos
veinticuatro. Mi amigo Moreno Villa me dijo: “Te voy a
contar la historia bonita de la vida de una flor: La
rosa mutabile, de un libro de rosas del siglo
dieciocho”. Venga. “Había una vez una rosa...” Y cuando
acabó el cuento maravilloso de la rosa, yo tenía hecha
mi comedia. Se me apareció terminada, única, imposible
de reformar. Y sin embargo, no la he escrito hasta mil
novecientos treinta y seis. Han sido los años los que
han bordado las escenas y han puesto versos a la
historia de la flor.
(Federico García
Lorca dice que Córdoba y Granada y la feria de Sevilla.
Lo dice constantemente con su acento ceceante.)
-Ahora estoy
trabajando en una nueva comedia. Ya no será como las
anteriores. Ahora es una obra en la que no puedo
escribir nada, ni una línea, porque
se
han desatado Y andan
por los aires la verdad y la mentira, el hambre y la
poesía. Se me han escapado de las páginas. La verdad de
la comedia es un problema religioso y económico-social.
El mundo está detenido ante el hambre que asola a los
pueblos. Mientras haya desequilibrio económico, el mundo
no piensa. Yo lo tengo visto. Van dos hombres por la
orilla de un río: Uno es rico, otro es pobre. Uno lleva
la barriga llena, y el otro pone sucio al aire con sus
bostezos. Y el rico dice: “¡Oh, qué barca más linda se
ve por el agua! Mire, mire usted, el lirio que florece
en la orilla”. Y el pobre reza: “Tengo hambre, no veo
nada. Tengo hambre, mucha hambre”. Natural. El día que
el hambre desaparezca, va a producirse en el mundo la
explosión espiritual más grande que jamás conoció la
humanidad. Nunca jamás se podrán figurar los hombres la
alegría que estallará el día de la Gran Revolución.
¿Verdad que te estoy hablando en socialista puro?
-Y ahora, a México.
-Espero un cable de
Margarita Xirgu. Será en este mes. Pienso marchar
directamente a Nueva York, donde ya estuve viviendo un
año. En Nueva York quiero saludar a antiguos amigos, que
son yanquis amigos de España. Nueva York es terrible.
Algo monstruoso. A mí me gusta andar por las calles,
perdido; pero reconozco que Nueva York es la gran
mentira del mundo. Nueva York es el Senegal con
máquinas. Los ingleses han llevado allí una civilización
sin raíces. Han levantado casas y casas; pero no han
ahondado en la tierra. Se vive para arriba, para arriba.
Pero así como en la América de abajo nosotros dejamos a
Cervantes, los ingleses en la América de arriba no han
dejado su Shakespeare.
(Hay una
pausa.)
-Desde Nueva York voy
directamente a México. Cinco días de tren. ¡Qué
felicidad! En el tren veo cambiar las cosas, sucederse
los paisajes y las vacas tristes. Pero nadie me habla.
Tú te habrás fijado que en el tren no cabe el diálogo.
Te preguntan algo, y tú dices: “¡Hum!”, con la cabeza, y
ya está. Lo contrario que en el barco, donde siempre te
encuentras acodadas en la borda a todas las personas que
te son antipáticas. En México presentaré mis estrenos y
daré una conferencia sobre Quevedo.
¡Ah! ¡Qué gran
injusticia se ha cometido con Quevedo! Es el poeta más
interesante de España. Mi amistad con Quevedo data de
pocos años. Fue un acercamiento melancólico. En un viaje
por la Mancha, me detuve en el pueblo de Infantes. La
plaza del pueblo, desierta. La Torre de Juan Abad. Y muy
cerca, la iglesia oscura, con carátulas de los Austrias.
En la iglesia sin luz se oían los aullidos de una niña
del pueblo que cantaba a los dioses. Entré sobrecogido.
Y allí estaba Quevedo, solo, enterrado, perpetuando la
injusticia de su muerte. Me parecía que acababa de
asistir a su entierro. Sí; yo le había acompañado en una
comitiva de golillas y golfainas. Hablaré en México de
Quevedo, porque Queyedo es España.
Como final, el poeta
nos habla de su obra, de su próxima producción.
-Tengo cuatro libros
escritos que van a ser publicados: Nueva York,
Sonetos, la comedia sin título y otro. El libro de
Sonetos significa la vuelta a las formas de la
preceptiva después del amplio y soleado paseo por la
libertad de metro y rima. En España, el grupo de poetas
jóvenes emprende hoy esta cruzada.
(Todo esto nos decía
García Lorca asomado a su ventana. En la calle, sucia
por el agua y peinada por el viento, unos hombres pasan,
acompañados por el misterio de sus propias poesías.)
1936 |