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I.
España y Cuba
Se acaba el siglo XX y estamos volviendo sobre
uno de sus acontecimientos más descollantes. España en
guerra fue puesta en el ápice de la etapa de más agudo
enfrentamiento ideológico del siglo; parecía ser una
batalla decisiva para el mundo. Los más grandes poetas
la cantaron, el cine y la fotografía la volvieron
imágenes. A nadie le fue indiferente: atrajo desde las
angustias de las personas decentes hasta los manejos de
las grandes potencias. Después, sobre la Guerra de
España se decretaron largos, diferentes y sucesivos
olvidos. Y a pesar de que a ese olvido particular se le
suma hoy una tendencia general al olvido que pretende
ser ley, estamos aquí, aunque parezca extraño,
conmemorándola. El propósito de mis palabras se limita a
comentar con ustedes algunas de las reflexiones que
aquel evento me provoca, a la distancia de Cuba y de
1999, aunque seguramente de otros años previos también,
que eso sucede con todas las opiniones y argumentos, aun
con los que creemos más actuales.
Solo unas palabras sobre esa ubicación "desde
Cuba". Las relaciones tan íntimas y conflictivas entre
ambas sociedades culminaron en la terrible guerra de
independencia de 1895-98: Cuba tuvo que arrostrarla para
lograr ser una nación, en una gesta armada de
participación masiva, que fundió a las castas en que la
gran esclavitud moderna para el mercado capitalista
había dividido al país, y en un gigantesco holocausto.
No es sano manipular la historia: los colonialistas
impusieron su voluntad y llevaron a España a hacer
contra los cubanos una guerra muy cruel, que incluyó la
concentración forzada y el exterminio de poblaciones
civiles; murió más del 20% de la población. La sociedad
española aceptó esa política, y sacrificó en ella a
ochenta mil de sus jóvenes.
Pero los colonialistas fracasaron ante la firmeza de los
ideales patrióticos y la magnitud y organización de la
guerra revolucionaria. La mezquina salida autonómica que
ensayaron en 1898 solo podía convenir a los ricos de
Cuba y de España; el pueblo cubano en armas la rechazó.
La invasión norteamericana impuso entonces un final
imperialista a España y a Cuba, y el gobierno español no
tuvo ningún gesto postrero que favoreciera el derecho
del pueblo cubano a su independencia.
Treinta y ocho años después del fin de aquella
guerra, el país había recibido la más numerosa
inmigración española de su historia. Una parte muy
importante del comercio y la industria era controlada
por españoles, pero la mayoría de los inmigrantes
engrosó las filas de los trabajadores. Quiero destacar
que la nación cubana tuvo fuerza suficiente para
absorber una masa enorme de inmigrantes en tan breve
tiempo, sin desfigurarse ni dividirse en sectores por
procedencia nacional;
y llamo la atención sobre las nuevas visiones e ideas
acerca de las relaciones entre la nación y las luchas de
clases que se abrieron paso en el país de la primera
república.
Españoles tuvieron parte relevante en las organizaciones
de trabajadores, desde su origen; también fue así en la
difusión de ideas radicales y en la creación de
organizaciones combativas. Se comprende, por todo lo
dicho hasta aquí, que entre Cuba y España existían muy
grandes nexos, interés por los asuntos de cada cual e
influencias. Cuba vivió un profundo proceso
revolucionario en los primeros años 30, y ese fue el
medio que condicionó e incluso guió los sentimientos y
los juicios cubanos hacia la República y la Guerra de
España. Las mayorías apoyaron a la República, más de mil
combatientes cubanos participaron en esa guerra, y se
desarrolló en Cuba un enorme movimiento de solidaridad
con la República, que influyó además de manera muy
positiva en la reorganización del campo popular después
de las derrotas de 1935. Este Coloquio examinará varios
ángulos de esa relación, y también la herencia que dejó
en nuestra cultura política.
II.
La república y la guerra civil
En el siglo XX ha habido dos grandes ondas
expansivas de la "izquierda" o, para ser más preciso, de
un anticapitalismo actuante: la que se plasma en 1917 y
llega a los años 30, y la de la segunda postguerra, que
tuvo su centro en los años 60. La primera fue
básicamente europea: la gran revolución bolchevique y
las luchas e ideas de una izquierda radical intentaron
proyectar y realizar un cambio de las instituciones y
las personas que marchara hacia el comunismo, en Rusia
Soviética mediante el ejercicio de un nuevo poder, en
otros países tratando de establecerlo. Este movimiento
ensayó mundializar su polo, y encontrarse con las
rebeldías que agitaban a muchos países del resto del
mundo. Después, el capitalismo se fascistiza, y la URSS
se staliniza. John Maynard Keynes y Adolfo Hitler —cada
uno en lo suyo— ofrecen sus soluciones para conservar el
capitalismo en tiempos de crisis; la fascista lleva al
mundo a la guerra más devastadora de la historia.
La segunda gran onda fue básicamente
"tercermundista": triunfaron revoluciones de liberación
en China, Corea, Viet Nam, Argelia, Cuba; se extendieron
los movimientos revolucionarios por América Latina,
África y Asia. La perspectiva dominante acerca del mundo
abandonó la creencia en una relación
atraso-civilización, que sería resuelta por el
desarrollo del capitalismo en cada país, es decir, por
la "modernización". Se hizo visible una nueva
concepción: “subdesarrollo-desarrollo” es la expresión
de un sistema único de explotación y dominación, una
contradicción que debe ser resuelta contra el
capitalismo. El fin del colonialismo y la mundialización
adolescente del neocolonialismo, y el proceso de
centralización y transnacionalización del capital,
encuentran notable oposición en los propios centros
imperialistas, con las protestas obreras organizadas,
movimientos estudiantiles y el "movement"
norteamericano. La URSS y su campo europeo y de
influencia mundial son retados por las herejías de
liberación y socialistas que recorren el mundo.
(Por
cierto, ¿cuándo habrá una tercera onda? ¿Cómo será,
quiénes serán los protagonistas? Pero esto no forma
parte de nuestro tema de hoy).
La revolución y la guerra en España sucedieron
muy al final de la primera onda que referíamos. Factores
internos fueron los decisivos, como sucede siempre. El
orden de la dominación trató de pasar en 1931 de una
forma de gobierno —la monarquía— a otra —la república—,
haciendo los ajustes obligados, pero sin perder lo
esencial de su dominio. Sin embargo, aquel orden se
enredó en las tareas mismas de modernización capitalista
que el país no había realizado, y en las oposiciones,
agravios, intereses y sentimientos de sus grupos
componentes. Pero lo determinante no fue aquella pugna
entre los de arriba, sino el empuje de otros: los
dominados y explotados de España, que desde diferentes
grupos sociales, identidades, formas de protesta,
organizaciones y entidad regional, que al ponerse en
marcha fueron perdiendo la tradicional sujeción a la
hegemonía y al respeto al orden vigente, una condición
esencial del funcionamiento "normal" de las sociedades.
Veinte años de luchas sociales y políticas en España
habían sido el largo prólogo de la contienda que se
iniciaría en 1936, con sus alternativas de auge popular,
dictadura, caída de la monarquía, república reformadora,
explosión popular y represión republicana, frente
popular.
Bajo la república —en los últimos cinco de esos
años— se probaron numerosos métodos y equipos de
gobierno, y de acción social desde arriba, pero ellos
resultaron totalmente insuficientes ante los problemas
del país y la resistencia activa, las demandas y la
organización de los de abajo. Estos apelaron tanto al
peso de sus votos como al abstencionismo, a la huelga,
la ocupación de tierras y otras acciones legales e
ilegales de grupos o de masas, y hasta a una
insurrección. Esas acciones populares colectivas
expresaban claramente una beligerancia que exigía mucho
más que las modestas reformas proclamadas por la
república, y no podía tolerar que la forma de Estado y
los gobiernos que habían anunciado la libertad fueran
capaces de olvidarse de los campesinos y los obreros, e
incluso de reprimirlos. Los sucesos de octubre de 1934
marcaron con fuego la credibilidad de la república.
Toda la vieja derecha y la “acción popular”
católica se organizaron políticamente contra la
República. El par de elementos disímiles formado por la
vieja reacción aristocrática de castas privilegiadas y
las clientelas de pobres tradicionalistas, temía mucho
la emergencia de una revolución. Una nueva derecha se
levantó también con la Falange Española, que buscaba un
fascismo propio, que fuera español. Se preparaba una
conspiración militar antirrepublicana. Toda la España
que nunca aceptó el liberalismo consideraba cuestión de
vida o muerte acabar con un régimen que resultaba
sospechoso de abrir el camino a la subversión social.
Así se desgastó un sistema político ambiguo —que tampoco
tenía a su favor una tradición democrática del país—, al
no poder satisfacer ni a unos ni a otros.
El
triunfo electoral del Frente Popular en febrero de 1936
le dio, sin embargo, a la república un perfil de mayor
participación popular, y una aplastante ventaja en las
Cortes. Pero eran las vísperas de la guerra. La
acumulación de viejos rencores y rencores nuevos
multiplicó la actividad de ambos campos y caldeó los
enfrentamientos sociales, políticos y regionales, en un
país con una gran tradición de violencia política que
fue renovada con entusiasmo. Las masas forzaban la
amnistía y medidas sociales, en las calles, las huelgas
y el campo, y la izquierda organizada veía más cercano
un poder popular, o al menos avances concretos; un nuevo
Presidente de la República, liberal, parecía ser el más
indicado para satisfacer exigencias populares y
garantizar que no cambiara el sistema; y la reacción se
lanzó a una escalada de asesinatos, bombas y una gran
conspiración militar. Trabajadores y activistas
practicaban acciones directas y contragolpes.
Finalmente, el recurso a la guerra se volvió inevitable.
El
clásico pronunciamiento militar de fin de semana del 18
de julio no podía resolver la cuestión, porque lo que
estaba a la orden del día era una revolución. El
gran estallido de multitudes que rechazó el golpe en las
jornadas sangrientas de julio fue el certificado de la
fuerza del pueblo, que al revés de lo usual, fue capaz
de combatir y procurarse organización. Su actitud fue
decisiva incluso frente a indecisiones en las esferas
oficiales, y de sus activistas y juventudes organizadas
salieron gran parte de los cuadros militares de la
República. Por su parte, el éxito obtenido por los
sublevados iba más allá de las fuerzas militares que se
le sumaron; su capacidad de captar bases sociales mostró
también que a escala del país se ventilaba una oposición
fundamental. La guerra no consistió entonces, desde su
inicio, en el típico enfrentamiento político entre
minorías, sino en una movilización de las mayorías.
Desde el primer momento muchos lo entendieron así, y
llamaron por su nombre al acontecimiento: la revolución
española.
Otros se oponían a que hubiera una revolución, entre
ellos el propio presidente de la República, Manuel
Azaña. Se ha escrito y discutido mucho acerca de la
heterogeneidad, las actitudes y las motivaciones de las
fuerzas políticas que integraron el campo republicano;
quisiera solamente destacar que fue el protagonismo
popular quien le dio su mayor fuerza y alcance al campo
de la República.
El
gigantesco choque desencadenado entre el gobierno
legítimo y la exigencia de un nuevo poder que "salvara"
a España comenzó a opacar la profunda disyuntiva social
que estaba en su base. La violencia incontrolada y el
gran baño de sangre de los primeros meses de la guerra
fue el bautizo de una contienda terrible, pero hasta
estudiosos conservadores están de acuerdo en distinguir
entre la sed de venganza espontánea que motivó esos y
otros desmanes cometidos por el campo popular, y la gran
matanza organizada que ejecutaron los "nacionales"
—nombre que se daban a sí mismos los sublevados—, pronto
convertida en una represión sistemática en cada nueva
área que caía bajo su control.
La fría carnicería de la contrarrevolución se extendió
hasta mucho después del fin de la guerra.
III. La revolución y la guerra civil
Después de la primera etapa, se fue imponiendo
el orden detrás de los "frentes" de batalla, la guerra
dominó sobre la rebelión, y exigió a sus participantes
la virtud de la obediencia. Dos bloques muy heterogéneos
se enfrentaron en la contienda, y cada uno fue
reformulado, compuesto y disciplinado durante la propia
guerra. En el campo de la contrarrevolución, la unidad
era una necesidad que no afectaba a la naturaleza misma
de la causa defendida. Ayudado de inicio por las muertes
de sus pares militares y del joven líder José Antonio,
Francisco Franco maniobró con inteligencia, redujo sin
dificultad a su dominio el impulso falangista y lo
remitió al arsenal simbólico, y combinó el fascismo con
la tradición reaccionaria y la Iglesia. Para los
"nacionales" la guerra fue el esfuerzo supremo que se
hacía para alcanzar el triunfo; para sus oponentes, la
guerra era una instancia defensiva que les fue impuesta.
En el campo republicano la unidad también era
imprescindible, y nadie poseía una fuerza decisiva, pero
los factores a componer tenían intereses e ideales
demasiado diferentes, si de revolución se trataba. El
régimen aprovechó, promovió, ajustó, coordinó, disolvió
o reprimió a los impulsos diversos de la revolución
popular. De esta manera, la guerra se volvió central,
predominó sobre la revolución y ordenó el campo de la
República; se llamó “leales” a sus partidarios, y hasta
el nombre mismo del evento quedó fijado de otro modo:
Guerra Civil, o Guerra de España.
Desde un punto de vista radical podrían sacarse
apuradas conclusiones: la guerra mató a la revolución.
Las trágicas jornadas de mayo de 1937 en Barcelona, y
sus consecuencias, han sido expuestas muchas veces como
el momento definitorio de esa contradicción. Para
sacarle el mayor provecho posible a una experiencia que
costó tanto, me parece lo más acertado indagar sobre sus
circunstancias y hacerle las preguntas necesarias. Es
innegable que en las grandes encrucijadas históricas el
impulso libertario lleva adelante los procesos de cambio
social, muchísimo más lejos que lo que creían de inicio
los propios actores calificados, para no hablar de los
analistas de gabinete. Pero también es innegable que
solo una organización radical enérgica y unida,
identificada ideológicamente, puede acometer y vencer
con éxito las tareas de combate y de creación de un
nuevo poder que conlleva —de manera inexorable— toda
revolución. Los rasgos esenciales y la masa de problemas
que trae consigo ese binomio de las revoluciones
verdaderas, debería ser un elemento central del trabajo
intelectual acerca de ellas, porque es un elemento
central de su práctica. En esta breve comunicación solo
apunto el lugar de la fuerza, la naturaleza, las
contradicciones y los dilemas tremendos que siempre
entraña la dialéctica de ambos impulsos.
Cuando
examinamos desde hoy aquel gran evento histórico estamos
obligados a establecer las formas específicas en que se
dieron esos dos impulsos, el mundo espiritual de los
actores, la especificidad de los hechos históricos
mismos, los condicionamientos que le aportaron un gran
número de factores. Y no podemos olvidar que el material
que es hoy para nosotros fuente de estudio o
investigación porta las huellas de las distintas
posiciones políticas e ideológicas de entonces, y
también de los juicios y prejuicios que se han ido
acumulando por sucesivas generaciones, en países,
ideologías y circunstancias diferentes. El conjunto está
plasmado en una enorme suma de relatos, memorias,
investigaciones, creencias, pertenencias y polémicas.
No abordo los temas que proceden de la dimensión
internacional, porque los tratará aquí Aurea Matilde
Fernández, experta en la historia de España y en este
tema.
Pero necesito al menos anotar que la revolución y la
guerra de España tuvieron un fortísimo condicionamiento
internacional, de saldo desfavorable para la República.
Italia y Alemania fascistas aportaron a los sublevados
una enorme ayuda económica y de técnica militar, que
pesó demasiado en el teatro de operaciones; además,
Italia envió a gran cantidad de tropas regulares y
Alemania nazi sobre todo contribuyó con técnicos y con
la acción de su aviación. Fueron nazis los aviones que
destruyeron Guernica. La complicidad del régimen
portugués les facilitó mucho las vías, y una retaguardia
regional. Decenas de miles de soldados marroquíes — “los
moros” — pelearon en el ejército de los "nacionales". La
ayuda externa fue fundamental para Franco y, en algunos
momentos, decisiva.
La
política de oposiciones y alianzas entre las potencias
—usuales en el “concierto internacional” — estaba regida
en la segunda mitad de los años 30 por la expansión y
agresividad alemana, y esto fue más bien fatal para la
República española. Francia y Gran Bretaña no realizaron
de ninguna manera lo que se esperaría de dos grandes
democracias que auxilian a una democracia vecina frente
al totalitarismo, ni protegieron eficazmente sus propios
intereses de seguridad. La política de “No Intervención”
lanzada en agosto de 1936, ante un conflicto contiguo a
ellos y que les afectaba, preludió la del
“apaciguamiento” ante el nazismo. La República fue en la
práctica abandonada a su suerte, porque predominaron los
intereses burgueses que temían a la formación de un
verdadero poder popular en España, la ilusión de que el
denominador común de clase permitiría entenderse con el
régimen nazi, y las más mezquinas tendencias.
La
lejana URSS brindó a la república la única gran
asistencia estatal recibida, en armamentos y aviones, y
en técnicos militares. Pero la URSS vio a la República a
través del prisma de sus intereses estatales nacionales.
La “cruzada” franquista y la intervención fascista se
vestían de lucha contra el bolchevismo que supuestamente
trataba de imponerse en España. Que eso fuera falso —y
totalmente ajeno a la URSS— no era algo importante: unos
y otros procedieron en consecuencia. La URSS limitó
siempre su posición, priorizando sus relaciones en
Europa occidental y el equilibrio con relación a
Alemania; esa actuación tuvo consecuencias prácticas
negativas, y perjudicó a la ideología del movimiento
comunista en sus valoraciones de la revolución española.
Es justo recordar la gallarda posición del gobierno
mexicano de Lázaro Cárdenas. Y a nivel de las sociedades
la causa española tuvo una repercusión y una solidaridad
a escala europea, americana y mundial realmente
extraordinaria, que se examinará en este evento. En el
ápice de ese movimiento de solidaridad estuvieron las
Brigadas Internacionales, porque se ganaron las palmas
de la gloria y el sacrificio.
La revolución y la guerra en España no
coincidieron con un auge revolucionario europeo, sino
con el trágico final del ciclo revolucionario en la URSS
y con el avance impetuoso del fascismo en el continente.
Era un tiempo de endurecimiento de los poderes de cada
Estado, los que se aprestaban a librar o temían el
choque general que fue la Segunda Guerra Mundial. La
guerra en España fue también otro prólogo de esa
contienda. Aunque las dimensiones internas siempre son
las decisivas en los procesos históricos como el que
comentamos, los intereses externos, sus pugnas y la
política interna de varios países, y los grandes
enfrentamientos políticos e ideológicos de aquel
momento, influyeron notablemente en las posiciones y
actitudes de los contendientes en España.
Por lo
demás, a las ondas largas del anticapitalismo como la
que yo apuntaba arriba, o a las etapas generales que los
historiadores determinan después, no se les suele hacer
ningún caso cuando un pueblo o una organización
decididos se lanzan a luchar, y España no fue la
excepción. En realidad, ondas largas y etapas históricas
son solo tendencias ideales que se advierten y elaboran
durante los procesos de conocimiento. Sin desdeñar su
peso, es obligatorio analizar cada proceso singular como
una totalidad concreta en la que el entramado interno es
fundamental. Por otra parte, desconfío del recurso de
convertir en explicación histórica los argumentos que
fueron esgrimidos en un contexto determinado —por
ejemplo, el del "eslabón más débil"—, y constato el peso
que sobre la comprensión de las actuaciones y los
procesos concretos pueden tener las abstracciones
convertidas en dogma, como sucede, por ejemplo, con la
de "revolución democrático-burguesa". En general, no
comparto la posición que privilegia al determinismo en
la comprensión de los eventos sociales.
En lo tocante a concepciones generales, entiendo
que la tesis de Carlos Marx acerca de la creciente
internacionalización del capitalismo, y sus obligados
efectos sobre las luchas de clases que lo desafían, es
muy acertada, como tendencia de funcionamiento del mundo
social en esta época histórica. Pero no se trata de
"comprobarla", mediante el "ejemplo" de la guerra de
España. Todas esas “comprobaciones” y “ejemplos” de
“regularidades” y “singularidades” han perjudicado mucho
al marxismo, y lo que es peor, al movimiento práctico
contra la dominación capitalista. El trabajo de ciencia
social consiste más bien en tener muy en cuenta aquella
concepción de Marx al encontrar preguntas y elaborar
hipótesis para el análisis concreto, el duro trabajo
intelectual que es indispensable en cada investigación
social.
Volviendo a nuestro caso, salta entonces, entre
otras, la cuestión de lo posible. ¿Qué revolución era
posible para el campo popular en la España de 1936-38?
¿Qué era más razonable, exigir "victoria para la
revolución", o "revolución para la victoria"? ¿Qué era
lo acertado para congeniar la política y la ética, la
efectividad pragmática y los principios que dan su
naturaleza a una causa y motivan a los que luchan? ¿Qué
relación de beneficios y daños aportaba el recorte del
impulso libertario para adecuarlo a la razón política?
Las preguntas que un día estuvieron en el fondo de las
decisiones y de las angustias de los militantes, deben
regresar ahora al taller del estudio. Ellas no nos
darían solamente conocimiento histórico, sino alguna luz
hacia las situaciones actuales, porque una y otra vez se
presentan ante nosotros los dilemas de lo posible, de lo
que se puede salvar y lo que es lícito sacrificar, de la
conversión de lo inexistente en realidades mediante la
acción y la voluntad organizadas, y los problemas
—tremendos o sutiles— emergentes de los límites que
encuentran la voluntad y la actuación. El análisis
riguroso de las experiencias y los esfuerzos realizados
por otros pueblos ofrece a todos un laboratorio
valiosísimo.
IV.
Revolución, guerra, sociedad
Los referentes ideológicos y políticos de los
"rojos" y los "azules" en España eran los antagónicos
por excelencia en el mundo de 1936. La izquierda y la
derecha eran entonces los dos únicos puntos cardinales,
aunque dejarían de serlo muy pronto. Una vez más habría
que preguntarse qué relaciones guardaban los nombres que
usaron los adversarios para designarse a sí mismos y a
sus enemigos —esto es, las expresiones de sus
subjetividades—, con los contenidos prácticos de sus
respectivos campos y de su enfrentamiento. Digo
prácticos, y no reales —si me permiten una digresión de
método—, porque esas subjetividades también eran
realidades, y tenían tanto peso como las que se miden o
se palpan, o se creen medir y palpar.
Tal estudio nos asomaría a las motivaciones y
reacciones de los que actuaron, a sus representaciones,
imágenes del mundo, proyectos, ideales y valores. Fue
desde ellos que enfrentaron las contradicciones en que
estaban inmersos, y las resolvieron. Además de
adelantarnos mucho en el conocimiento de la historia de
aquel proceso español, la comprensión de los diferentes
órdenes de realidades y de sus interacciones, esto es,
de totalidades específicas, nos ayuda a construir
productos más profundos y más capaces de sugerirnos
nuevas preguntas. En la España de 1936-39, como en todas
partes, los cambios sociales, las luchas y
enfrentamientos políticos e ideológicos no se dan nunca
sobre un suelo vacío. Solo pueden suceder inscritos en
una cultura de signos contradictorios, compuesta de
elementos afines y discordes, cercanos y lejanos, pero
que ha sido equilibrada periódicamente en favor de un
tipo específico de dominación y hegemonía, y de una
forma de convivencia de características singulares. Esa
cultura, y las acumulaciones culturales contenidas en su
seno —que aportan, permanecen latentes o se reactivan—,
son el medio en el cual sucede la política real, las
ideas y sentimientos reales que mueven a las personas y
a sus agrupamientos sociales. Por consiguiente, siempre
se trata también de profundas luchas culturales.
La cultura de la dominación es por tanto un dato
básico al tratar de comprender los conflictos y los
intentos de cambios en una sociedad. Junto a las ideas y
actitudes de las minorías lúcidas y despiadadas formadas
por miembros de clases dominantes y por profesionales de
sus aparatos, entre los que lucharon del lado de Franco
o lo apoyaron existió una gama de actitudes individuales
y de grupos. Enumero varias que me parecen principales:
la sujeción al orden social vigente y al sentido de la
vida "que siempre ha existido" —y a las imágenes del
mundo correspondientes—; el deseo de ascenso social, o
el de asegurar la sobrevivencia en medio de un país en
crisis; las ideologías conservadoras alimentadas por la
educación religiosa y ética, tanto o más que por la
política; y también la creencia en una cruzada
renovadora que regeneraría a España y la encaminaría
hacia su destino. Jóvenes falangistas, pobres rurales y
urbanos ignorantes o emprendores, mesnadas católicas,
etc., formaron en las filas del "franquismo popular".
El material factual de una reflexión sobre la
España que luchó por la república en 1936-39 nos lleva
necesariamente al mapa social del país, a localizar a la
masa de los desposeídos y los explotados, a los
humillados y ofendidos; esto es, a la confluencia de la
situación en que se vive con las autoidentificaciones y
con la ubicación del enemigo, a los grados de
organización propia o de deseo y necesidad de
adscribirse. Pero conviene irnos también al mundo de las
descripciones de actitudes y de vivencias. Las emociones
no serán entonces asunto de anécdotas, sino materia de
conocimiento. ¿Cómo comprender la resistencia y el
formidable contraataque de masas de los primeros días,
sin analizar su entusiasmo y su desprecio al peligro, su
antigua cultura de motín, que se sobrepusieron a la
tradicional resignación con que tantos políticos
democráticos asisten al desenlace de un golpe militar? O
sin valorar la nueva representación física de poder y de
confianza que da a la gente del pueblo portar un arma,
algo que cambia a las personas, atrae nuevos reclutas y
crea nuevas imágenes significativas.
Es necesario incluir en los análisis otros
elementos. Los esfuerzos supremos en situaciones límite,
realizados por tantos individuos a los que la lucha
elevó y proyectó de nuevas maneras. El alcance y los
límites de la cultura de rebeldía de un pueblo,
expresada en comportamientos nuevos, que pueden a la vez
llegar a ser muy contradictorios. Los papeles que tuvo
la militancia en las actitudes individuales: la
abnegación, la disciplina, la voluntad, la conciencia,
la disposición al sacrificio, a servir como ejemplo y a
conducir a otros, la efectividad, el heroísmo. También
la extrema intolerancia que fue tan común, la ideología
cerrada de blanco o negro, incapaz de ver matices y
complejidades. La cooperación o la unión entre los
diversos —y hasta opuestos antes de la guerra— en unos
casos, y la falta en otros de fraternidad e incluso la
hostilidad entre miembros de las diferentes
organizaciones populares, que vivían la exclusividad de
sus creencias y de sus pertenencias.
La capacidad asociativa se había desarrollado en
las décadas anteriores, y sobre todo durante los años de
la República. Durante la guerra, la milicia y otras
formaciones armadas populares fueron organizaciones de
máxima importancia, por las tareas que cumplieron y por
las transformaciones que promovieron en sus miembros; en
la medida en que se logró, la profesionalización del
ejército canalizó esas expresiones populares en una gran
fuerza, y también las sometió y disolvió. Miles de
juntas y comités de trabajadores y de comunidades
pasaron a ejercer poder sobre empresas y territorios, a
distribuir alimentos, a sustituir el dinero por vales, a
imponer un orden propio, a darle porciones de autonomía
a la rica diversidad regional de España. Esos órganos
participaron en las regulaciones del sistema económico
en que coexistieron las colectivizaciones y
sindicalizaciones con la permanencia de la propiedad
privada y el mercado. Una nueva manera de vivir la vida
se asomó en las experiencias y los ensayos del campo
popular. La derrota de 1939 acabó con toda esa realidad
incipiente, barriendo por igual a los radicales y los
moderados, a la iniciativa popular y a sus críticos, e
impuso un orden reaccionario sin fisuras ni tolerancia.
Otra cosa que las realidades de aquel evento es
la leyenda de la Guerra de España. La leyenda no precisa
de la Historia, incluso puede desentenderse de ella si
le molesta. La leyenda de España ve pasar a civiles
armados que vencen a militares profesionales, a una
democracia de izquierda, una tradición de luchas
armadas, un mar de fotos, la legalidad que sobrevive en
el exilio como lección moral, y tanta emoción y mensajes
en poemas, canciones e imágenes que han recorrido el
mundo. España se tornó la causa más sentida de su época,
heredada por los que deseaban sociedades de convivencia
humana con justicia social, y un símbolo del
internacionalismo militante: la acción heroica de miles
de combatientes de numerosos países encarnó una
instancia popular y una dimensión humana, asible, de la
lucha contra la dominación y el capitalismo. La causa de
la revolución española sobrevivió en su leyenda, que ha
participado en la formación y la motivación de las
generaciones de jóvenes que han venido después.
V.
Final
Una nota personal. De niño leí la Guerra de
España ya sucedida, en una colección de la revista
Carteles abandonada en un traspatio. La viví semana
tras semana, expuesta en centenares de fotos, mapas,
noticias y reportajes, y ella tomó parte en la primera
formación de mis sentimientos políticos. Cuando al fin
fui a Madrid, hace unos pocos años, me hospedé en un
hotel frente a la Estación del Norte. De inmediato salí,
y al saber que estaba tan cerca del Cuartel de la
Montaña, decidí comenzar por el principio, por donde
subió el pueblo madrileño insurreccionado aquel 20 de
julio, y con ellos los dieciocho, los primeros
combatientes nuestros de la Guerra de España, los del
Comité de Revolucionarios Antimperialistas Cubanos. Pero
no encontré el cuartel. Le pregunté entonces al hombre
más anciano que vi en la calle: ¿dónde está el Cuartel
de la Montaña? Él me dijo: “esos terrenos pertenecen al
Duque de Alba, y como le gusta la cacería, tuvo que
echar abajo el edificio”. Pero comprendió que mi cara y
mi largo viaje necesitaban algo más que una respuesta
evasiva, y agregó que el Cuartel era muy fuerte, y que
resistió muy bien los bombardeos de la aviación durante
la Guerra Civil. Todavía preocupado por lo que acababa
de decir, añadió palabras rituales: “todo eso sucedió
después del Alzamiento Nacional”. Le agradecí mucho,
pero tuve que caminar un rato más por los alrededores
para quedar tranquilo.
Pero si la leyenda tiene su eficacia, tiene
también sus condicionantes. La de la guerra de España
fue estrechada por una ideología de izquierda que se fue
desgastando, y por el mundo mismo que fue cambiando. Hoy
estamos otra vez frente a aquel acontecimiento, pero
millones creen que las ideologías se han acabado antes
que el siglo XX. ¿Qué pueden ser, significar ahora, la
revolución y la guerra de España? No tengo respuesta
para esa pregunta. Pero abrigo la convicción de que es
imposible que la gente se resigne a vivir como si fuera
una maravilla la mezquindad del capitalismo de la vida
cotidiana, picoteando el suelo como las gallinas. Van a
volver entonces las necesidades de proyectos, y las
conductas regidas por ideales. Entonces volverá el
estudio de las revoluciones, porque ellas ofrecen
enseñanzas a los nuevos proyectos, ejemplo a los nuevos
revolucionarios, y el deseo de comenzar más allá del
punto al que ellas en su época lograron llegar. Y
también porque las revoluciones muestran a los que
poseen o buscan ideales que existe un tiempo en que lo
mejor de las personas se manifiesta y se multiplica, y
una vida nueva florece entre la muerte, un tiempo en que
la acción, la voluntad y la creatividad derriban las
barreras de lo imposible. Llegado el caso, la revolución
española seguirá ofreciéndonos lecciones y provecho.
NOTAS
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