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¿Quiénes eran?
Un grupo de escritores. Los principales representantes
del grupo son Pedro Salinas, Jorge Guillén, Gerardo
Diego, Federico García Lorca, Rafael Alberti, Dámaso
Alonso, Vicente Aleixandre y Miguel Hernández.
¿Por qué ese nombre?
El acontecimiento que los unió y les dio el nombre fue
el homenaje que el grupo hizo a Luis de Góngora en el
año 1927 en Sevilla, al conmemorarse el tercer
centenario de su muerte.
¿Qué tenían en común?
Tradición y
vanguardismo.
Aunque desean
encontrar nuevas fórmulas poéticas, no rompen con
nuestras tradiciones y sienten admiración por el
lenguaje poético de Góngora, por nuestros autores
clásicos y por las formas populares del Romancero.
A la par que lo
tradicional, las corrientes de vanguardia, sobre todo el
surrealismo, ejercen gran influencia en el grupo del 27.
Los escritores surrealistas exploran el mundo de lo
inconsciente y pretenden alcanzar la belleza absoluta,
que está por encima de la realidad.
Intención estética.
Intentan encontrar la
belleza a través de la imagen. Pretenden eliminar del
poema lo que no es belleza y, así, alcanzar la poesía
pura.
Quieren representar
la realidad sin describirla; eliminando todo aquello que
no es poesía.
Temática
Especial interés por
los grandes asuntos del Hombre, como el amor, la muerte,
el destino... y los temas cargados de raíces populares.
Estilo
Se preocupan fundamentalmente de la expresión
lingüística y buscan un lenguaje cargado de lirismo.
Versificación
Utilizan
estrofas tradicionales (romance, copla...) y clásicas
(soneto, terceto...). También utilizan el verso libre y
buscan el ritmo en la repetición de palabras, esquemas
sintácticos o paralelismo de ideas.
Rafael Alberti.
Rafael Alberti nace
en el Puerto de Santa María (Cádiz), en 1902. A los
quince años se traslada con su familia a Madrid. Hasta
1923 su actividad principal es la pintura, que cambiará
pronto por el quehacer poético. En 1925 obtiene el
Premio Nacional de Literatura por Marinero en tierra.
A partir de 1931, y ya afiliado al Partido Comunista,
empieza a trasladar a la poesía sus preocupaciones
político-sociales. Como consecuencia de la Guerra Civil
se exilió primero en Argentina
—hasta
1962—
y, después, en Italia
—en
Roma desarrolló tanto su vertiente creativa de pintor
como de poeta-, hasta que en 1977 regresa
definitivamente a España. Los avatares políticos, los
cambios de residencia y el paso de los años en ningún
momento han condicionado la continuidad de su labor
poética y literaria.
La primera obra de Alberti, Marinero en tierra (1924),
refleja la nostalgia de su tierra natal, recordada desde
Madrid; y fue acogida con gran entusiasmo por Juan Ramón
Jiménez ("Poesía popular, pero sin retorno innecesario:
nueva, fresca y acabada a la vez; rendida, ágil,
graciosa, parpadeante: andalucísima"). Los temas y las
formas populares continúan en los siguientes libros:
La amante (1925), El alba del alhelí (1927).
Y si con Cal y canto (1926-1927) Alberti rinde
homenaje a Góngora y cultiva además los motivos de la
vida moderna en una lírica claramente vanguardista, con
Sobre los ángeles (1927-1928) logra una de las
obras maestras de la poesía surrealista. A sus últimos
años de estancia en España previos al exilio
corresponden varios libros de inspiración
revolucionaria: El poeta en la calle (1931-1935),
De un momento a otro (1934-1939), etc.
En su exilio americano, Alberti sigue publicando libros
de extraordinaria belleza lírica, muchos de los cuales
revelan la nostalgia de su patria: Entre el clavel y
la espada (1939-1940), Pleamar (1944), A
la pintura (1945-1952)
—bellas
glosas líricas de la obra de célebres pintores—,
Retornos de lo vivo lejano (1948-1956), Coplas
de Juan Panadero (1949-1953), Ora marítima
(1953), Baladas y canciones del Paraná
(1953-1954), etc. De su estancia en Roma sobresale la
obra Roma, peligro para caminantes (1968).
Alberti es, asimismo, autor de un sugestivo libro de
memorias
—
La arboleda
perdida—
y de algunas obras de teatro: El hombre deshabitado,
El adefesio, etc.
Vicente Aleixandre.
Nació en Sevilla, en 1898. Su infancia transcurrió en
Málaga, ciudad y litoral mediterráneos que tanto habían
de influir en la poesía de Sombra del paraíso.
Desde 1909 vivió en Madrid
—que
fue su lugar habitual de residencia—,
en donde estudió Derecho y Comercio. En 1925, una grave
dolencia
—
tuberculosis renal que traería como consecuencia, en
1932, la extirpación de un riñón—
le aleja de cualquier actividad profesional o social y
le fuerza a llevar una vida de reposo y cuidados
clínicos que favorecerá su dedicación por entero a la
poesía, al convertir el placer de escribir en auténtica
necesidad. En 1933 obtuvo el Premio Nacional de
Literatura con La destrucción o el amor, uno de
los más hermosos libros de toda la poesía surrealista,
que confirmó a Aleixandre como un maestro de la poesía
contemporánea. En 1949 es elegido miembro de la Real
Academia Española. Con la obra Poemas de la
consumación (1968) logró el Premio Nacional de la
Crítica. En 1977 recibe el Premio Nobel de Literatura.
Muere en Madrid, en 1984.
Dámaso Alonso.
Nació en Madrid, en 1898. Fue Catedrático de la
Universidad de Valencia y de la de Madrid, en la que
desempeñó, desde la jubilación de Menéndez Pidal
—de
quien fue discípulo y colaborador—
y hasta 1968, la Cátedra de Filología Románica. Ese
mismo año fue elegido Presidente de la Real Academia
Española. En 1978 recibió el Premio Cervantes. Muere en
Madrid, en 1989, tras una fecunda vida dedicada a la
docencia
—fue
profesor y conferenciante en las principales
universidades de Europa y América—,
a la investigación y crítica
—autor
de rigurosos estudios de Lingüística y de trabajos de
análisis estilístico de nuestra lírica medieval y
contemporánea—,
así como a la creación poética, que cultiva "a rachas",
según su propia expresión.
Solo la producción
inicial de Dámaso Alonso
—Poemas
puros.
Poemillas de la ciudad (Madrid, editorial Galatea,
1921)
—
queda adscrita a la Generación del 27, con cuyos
miembros le une una fraternal amistad. La madurez
poética de Dámaso Alonso se produce tras la Guerra
Civil, con Oscura noticia (Madrid, editorial
Hispánica, 1944. Colección Adonais, núm. VII) y con
Hijos de la ira (Madrid, editorial Revista de
Occidente, 1944); libros a los que seguirán Hombre y
Dios (Málaga, colección El arroyo de los ángeles,
8; 1955), Gozos de la vista (Madrid, editorial
Espasa-Calpe, 1981. Colección Austral, núm. 1639) y
Duda y amor sobre el Ser Supremo (Madrid, editorial
Cátedra, 1985. Colección Letras Hispánicas, núm. 228.
Junto a esta obra se publica una selección poética
titulada Antología de nuestro monstruoso mundo).
Hijos de la ira
(Diario íntimo) es la obra más trascendental de la
poesía de posguerra, y representa una decidida ruptura
con la poesía esteticista y ajena a la realidad
histórica que venía imperando en España. La obra es un
claro exponente de la angustia que domina al hombre de
nuestro tiempo, que no se siente a gusto en un mundo en
el que reinan la crueldad, el odio y la injusticia. El
lenguaje desgarrado y deliberadamente prosaico
—que
no excluye palabras "antipoéticas"—,
los majestuosos versículos
—que
recuerdan el ritmo de los salmos bíblicos—,
las imágenes con influjos surrealistas y esa
preocupación constante por el corazón del hombre sitúan
a la poesía de Dámaso Alonso
—a
la que él mismo califica de "desarraigada"—
en una línea "existencial" que nada tiene que ver con el
anacrónico bucolismo renacentista en el que se habían
instalado algunos poetas imitadores de Garcilaso de la
Vega. El libro de Alonso ejercerá una un fuerte influjo
en la poesía española de posguerra y abrirá el camino a
una poesía más dramáticamente humana; y de su tono de
protesta ante la injusta realidad circundante derivará
posteriormente la poesía social de Blas de Otero y de
Gabriel Celaya.
Gerardo Diego.
Nació en Santander, en 1896. Su figura humana y su obra
literaria son extraordinariamente versátiles: poeta,
profesor, critico literario, articulista en la prensa
diaria, musicólogo, pianista, pintor...; y autor de
cuarenta libros poéticos originales que le convierten en
una de las figuras más destacadas de la poesía del siglo
XX.
Fue Catedrático de
Literatura en Institutos de Soria, Gijón, Santander y
Madrid. En 1932 apareció su famosa antología Poesía
española, obra de capital importancia en la historia
de la poesía española anterior a la Guerra Civil, y en
la que se recogen composiciones
—y
testimonios acerca del concepto de poesía—
de los poetas de la Generación del 27, de la que Diego
forma parte. En 1947 ingresó en la Real Academia
Española. Son numerosos los premios que ha recibido;
entre ellos, el Nacional de Literatura
—en
1925, por Versos humanos; premio que comparte con
Rafael Alberti y su Marinero en tierra—,
y el Cervantes
—en
1979. Murió en Madrid, en 1987.
La versatilidad de Diego le ha permitido simultanear la
poesía de vanguardia
—Diego
es el máximo representante español del Creacionismo—
y la poesía clásica o tradicional; y en ambas
direcciones poéticas se advierte una cualidad constante:
el dominio absoluto de la forma, cualquiera que sea el
tipo de verso elegido.
Diego se inicia en el mundo de la poesía con tres libros
—escritos
en 1918—
de gran sencillez y grata musicalidad: Iniciales,
El Romancero de la novia y Nocturnos de Chopin
—libro
este último que revela la capacidad del poeta para
relacionar música y poesía—.
El espíritu vanguardista del poeta está presente en
varios libros: Evasión
—escrito
entre 1918 y 1919, y considerado ultraísta—;
Imagen (1922) y Manual de espumas (1924)
—adscritos
al Creacionismo; libros de poesía originalísima, al
margen de toda lógica y de cualquier referencia a la
realidad inmediata. A este tipo de poesía alude el poeta
cuando afirma: "Creer lo que no vimos dicen que es la
Fe; crear lo que nunca veremos, esto es la Poesía.";
Fábula de Equis y Zeda
—obra
escrita entre 1926 y 1929, en pleno fervor gongorino;
sucesión de imágenes disparatadas, en sextetos de gran
musicalidad; y Poemas adrede
—en
donde se hace patente la influencia del surrealismo;
intento de aunar la expresión tradicional con la
vanguardista—;
surrealismo que alcanza también a algunos de los poemas
de Ángeles de Compostela (1940).
Los mejores libros,
dentro de la vertiente tradicional, son, sin duda,
Versos humanos (1925) y Alondra de verdad
(1941); obras que incluyen sonetos de insuperable
perfección técnica, como los titulados "El ciprés de
Silos", "Giralda", "Insomnio", "Revelación"...
En sus libros posteriores sigue manifestándose la aguda
sensibilidad para la belleza y el sentido musical que ha
presidido siempre el quehacer poético de Gerardo Diego.
Dentro de los libros de "paisajes" destacan
—además
de Alondra de Verdad y Ángeles de Compostela—
Soria
(1923), Paisaje con figuras (1956), Mi
Santander, mi cuna, mi palabra (1961) y Vuelta
del peregrino (1966). La lírica amorosa de Diego se
concentra en libros como Amazona (1956), Amor
solo (1958), Canciones a Violante (1959) y
Sonetos a Violante (1962). La lírica religiosa está
recogida en Versos divinos (1971)
—obra
que incluye el libro juvenil Viacrucis (1931),
donde hallamos décimas algo frías y demasiado
elaboradas, pero llenas de esencias populares—.
La afición de Diego por la música origina una de sus
grandes composiciones: Preludio, aria y coda a
Gabriel Fauré (1967), en la que Diego ha sido capaz
de transmitir con sus versos la fuerza expresiva de la
música. Y de su pasión por los toros dan testimonio los
libros La suerte o la muerte (1963) y El
cordobés dilucidado (1966).
Federico García Lorca.
Nació en Fuente Vaqueros (Granada), en 1898; y murió
asesinado en Víznar (Granada), víctima de la violencia
del 36, en agosto de ese mismo año. Es la suya una
personalidad extraordinariamente dotada para el arte:
musicólogo
—recopiló
y armonizó canciones tradicionales—,
dibujante, director teatral
—fundó
el grupo teatral "La barraca", para el que adaptó obras
de nuestro teatro clásico-, excepcional recitador...;
pero, ante todo, poeta de gran inspiración y profundo
conocimiento de la técnica literaria. García Lorca el
poeta contemporáneo que ha logrado mayor universalidad;
y aunque su fama se daba, a veces, a razones
extraliterarias, lo cierto es que sus magníficos y
bellos poemas justifican sobradamente esa popularidad.
En sus primeras obras
—Libro
de poemas, Canciones—
se advierte ya
un personalísimo empleo de la metáfora y una atracción
por los motivos folclóricos y tradicionales, así como
ciertos ecos vanguardistas. Obra fundamental de esta
primera época
—aunque
publicada en 1931—
es el Poema del cante jondo, cuyo núcleo central
lo constituye el profundo dramatismo de la canción
andaluza, sobre la que García Lorca ha proyectado su
dolor de vivir.
En 1928 se publica el
Romancero gitano, obra compuesta por 18 poemas,
en la que se hallan fundidos los motivos populares
andaluces y la técnica ultraísta más refinada, el
romance tradicional
—si
bien mezclando lo narrativo con lo lírico—
y la capacidad metafórica más insólita. “El Romancero
gitano en modo alguno es una andaluzada folclórica.
A este respecto, escribe García Lorca: ‘El libro en
conjunto, aunque se llama gitano, es el poema de
Andalucía, y lo llamo gitano porque el gitano es lo más
elemental, lo más profundo, más aristocrático de mi
país, lo más representativo de su modo y el que guarda
el ascua, la sangre y el alfabeto de la verdad andaluza
universal.’; un libro que su autor define como
‘antipintoresco, antifolclórico, antiflamenco, donde no
hay ni una chaquetilla corta, ni un traje de torero, ni
un sombrero plano, ni una pandereta’, y en el que los
gitanos aparecen como depositarios de la mejor tradición
andaluza”. La visión del mundo andaluz que ofrece García
Lorca en esta obra está cargada de patetismo: en el
Romancero gitano "hay un solo personaje
—dijo
el propio autor—,
que es la pena que se filtra por el tuétano de los
huesos"; y basta con leer, por ejemplo, el "Romance de
la pena negra” o el "Romance sonámbulo" para comprobar
el tono patético de una obra que, estilizando los
elementos populares a través de unas imágenes de
brillante colorido y musicalidad, alcanza una enorme
calidad poética.
Intensa fuerza dramática tiene también el Llanto por
Ignacio Sánchez Mejías (1935); larga elegía dividida en
cuatro partes, en honor y recuerdo del famoso torero
muerto en agosto de 1934 en la plaza de Manzanares;
poema en el que de nuevo se funden los elementos
populares y tradicionales con los cultos y
vanguardistas.
De 1935 es, asimismo, Poeta en Nueva York, libro
en el que García Lorca adopta la técnica surrealista ―el
versículo, la imagen alucinante... ― para expresar su
agrio desdén por la civilización moderna de
Norteamérica, deshumanizada y promotora de injusticias
sociales. El diván de Tamarit y Sonetos del
amor oscuro ―de los que se conservan once― completan
su obra lírica.
García Lorca es, además, un dramaturgo excepcional. Su
primer éxito teatral lo consiguió en 1927, con
Mariana Pineda; obra a la que siguieron La
zapatera prodigiosa (1930), Bodas de sangre
(1933), Yerma y La casa de Bernarda Alba
(1936), por citar solo sus obras de mayor interés. En
todas ellas hay extraordinarios pasajes líricos y una
intensa fuerza dramática que confiere a los personajes,
ambientes y conflictos una innegable dimensión real.
Miguel Hernández.
Nació en Orihuela (Alicante), en 1910. De humilde origen
campesino, recibió una escasa instrucción en el colegio
jesuita de Santo Domingo, que abandona muy pronto para
dedicarse a cuidar el rebaño de cabras de su padre. Sus
muchas lecturas ―especialmente de la lírica renacentista
y barroca, cuya influencia se advierte en su producción
poética― ampliaron su formación. La vocación poética de
Hernández es muy temprana: sus primeros versos se
publican en 1930 y 1931 en distintos diarios; su primer
libro de versos ―Perito en lunas― se edita en
1933; y, también se publican sus poemas en la revista
vanguardista El gallo crisis, fundada en su
ciudad natal y dirigida por su "compañero del alma" José
Marín ―que utilizó como seudónimo el anagrama de su
nombre, Ramón Sijé-. En 1934 se traslada a Madrid, donde
será entusiásticamente acogido por los mejores poetas de
la época. Ese mismo año formaliza su noviazgo con
Josefina Manresa, con la que se casará en 1937. Su
amistad con el poeta chileno Pablo Neruda es decisiva en
su evolución ideológica, que determinó su participación
en la guerra del lado republicano. En 1939, cuando
intentaba pasar de Huelva a Portugal, es detenido y
encarcelado, primero en Sevilla y luego en Madrid.
Condenado en consejo de guerra (1940) a la pena de
muerte, se le conmuta por la de treinta años. Tras pasar
por las cárceles de Palencia y Ocaña, es trasladado al
Reformatorio de Adultos de Alicante (1941), en cuya
enfermería morirá, como consecuencia del agravamiento de
una tuberculosis pulmonar aguda, en marzo de 1942.
En 1933 se publica en
Murcia Perito en lunas: el barroquismo aprendido
en Góngora canaliza en 42 octavas reales que describen,
en complejísimas metáforas, objetos de la vida
cotidiana. Y en 1936 aparece la obra maestra de
Hernández, El rayo que no cesa, conjunto de
poemas, en su mayor parte sonetos ―un total de 27, de
rigurosa factura clásica―, cuyo tema central es la
frustración amorosa del poeta. El extraordinario
equilibrio entre desbordamiento emocional y densidad
conceptual confiere a los poemas de este libro una
fuerza expresiva raras veces alcanzada en la lírica
castellana. La obra incluye la emocionada "Elegía" ―en
tercetos encadenados― a la muerte de Ramón Sijé, su gran
amigo de infancia y juventud, que tanto influyó en su
formación intelectual y literaria.
La poesía intimista
de El rayo que no cesa da paso a una poesía de
tono social en las obras Viento del pueblo
(1937), El hombre acecha (escrita entre 1937 y
1939) y Cancionero y romancero de ausencias (escrita en
la cárcel, entre 1939 y 1941). Y si en Viento del
pueblo y en El hombre acecha los motivos
bélicos y patrióticos se expresan en un lenguaje tan
directo como vigoroso, los versos de Cancionero y
romancero de ausencias reflejan la amargura de la última
etapa de su vida: su situación de prisionero, la
angustia por la suerte de su mujer e hijo (su primer
hijo, nacido en diciembre de 1937, murió a los diez
meses, víctima de una infección intestinal), las
consecuencias de la Guerra Civil, en definitiva,
originan sencillos poemas inspirados en las más sobrias
formas de la lírica popular y desnudos, por tanto, de
todo artificio retórico. Algunos de estos poemas, de
desolada emoción ―como, por ejemplo, las famosas "Nanas
de la cebolla", compuestas en septiembre de 1939― siguen
conmoviendo a los más variados lectores, impresionados
por su tono humanísimo; poemas de una simplicidad e
intimismo lírico sobrecogedor, muy distantes del
barroquismo de los poemas adolescentes.
Pedro Salinas.
Nació en Madrid, en 1891. Cursó Derecho y Filosofía y
Letras en la Universidad de Madrid (Licenciado en
Letras, en 1913; Doctor, en 1917). Estuvo en la
Universidad parisina de La Sorbona, como Lector de
Español, entre 1914 y 1917; y allí conoció directamente
la poesía francesa moderna, de la que recibirá cierta
influencia. Fue Catedrático de Literatura Española de la
Universidad de Sevilla (1918), y después en la de
Murcia. Durante el curso de 1922-1923 es nombrado Lector
de Español en la Universidad inglesa de Cambridge. De
vuelta a Madrid, trabaja en el Centro de Estudios
Históricos con el equipo de investigadores dirigido por
Menéndez Pidal, y en donde prepara ediciones de clásicos
y escribe ensayos de crítica sobre literatura española
contemporánea. Participó activamente en la creación ―en
1933― de la Universidad Internacional de Verano de la
Magdalena (Santander), lugar de encuentro de ilustres
profesores de diferentes países y un selecto grupo de
estudiantes. En Madrid, imparte clases en la Escuela
Central de Idiomas. Aunque no desarrolló actividades
políticas, sus ideas liberales le llevaron a exilarse
voluntariamente durante la Guerra Civil, y se trasladó a
los Estados Unidos de América, en donde ejerció la
docencia en distintas universidades. Desde 1942 hasta
1945 fue profesor de la Universidad de San Juan de
Puerto Rico. Recorrió otras muchas universidades de todo
el continente americano como conferenciante o profesor
visitante, y viajó, asimismo, por diversos países
europeos, aunque ya no volverá a pisar tierra española.
Murió en Boston, en 1951. Por voluntad propia, sus
restos descansan en San Juan de Puerto Rico, en el
cementerio de Santa Magdalena, frente a un mar de
incomparable belleza.
Los primeros libros
de Salinas ―Presagios (1923), Seguro azar
(1929), Fábula y signo (1931) ― se inscriben en
la línea de la poesía "pura", bajo la influencia de Juan
Ramón Jiménez; aunque no faltan en ellos,
particularmente en Fábula y signo, temas
futuristas, nuevos en la creación poética. Pero son
La voz a ti debida (1933) ―título tomado del verso
12 de la Égloga III, de Garcilaso de la Vega:
"pienso mover la voz a ti debida" ― y Razón de amor
(1936) las obras cumbres de Salinas, con las que el tema
amoroso, presente en los tres libros anteriores, irrumpe
en la poesía de la época desde posiciones claramente
antirrománticas. Pocos líricos castellanos han sabido
ahondar en la naturaleza misma del sentimiento amoroso
con la sutileza de Salinas, para quien el amor, en vez
de sufrimiento, es una prodigiosa fuerza que está
presente en la realidad de cada día y da sentido a la
propia vida y al mundo.
Con posterioridad a
la Guerra Civil, y ya en América, Salinas publicó dos
libros de poemas: El contemplado (1946) y Todo
más claro (1949); a los que hay que añadir otro de
aparición póstuma: Confianza (1955; poemas
inéditos 1942-1944). Los angustiosos poemas de Todo
más claro ―que surgen como resultado de sus largos
años de permanencia en Estados Unidos, en contacto con
sus estructuras socioeconómicas y con los progresos
tecnológicos― reflejan la profunda desolación en la que
vive el hombre de su época. El propio poeta declara en
el prólogo: "Conozco la gran paradoja: que en los
cubículos de los laboratorios, celebrados templos del
progreso, se elabora del modo más racional la técnica
del más infinito regreso del ser humano: la vuelta del
ser al no ser. Sobre mi alma llevo, de todo esto, la
parte que me toca; como hombre que soy, como europeo que
me siento, como americano de vivienda, como español que
nacía y me afirmo. Porque las angustias arremeten por
muchos lados. Y ahí están las mías, en este librito,
para el que no se quiera cerrar a verlas". Y, en efecto,
la actividad frenética, el tumulto ruidoso, el tráfico
intenso, los anuncios abigarrados de las grandes
ciudades norteamericanas... ―en definitiva, el
desbordamiento de la técnica frente a los eternos
valores de la Humanidad― están presentes en poemas como
los titulados "Hombre de la orilla", "Nocturno de
avisos", "Ángel extraviado"... La obra se cierra con el
estremecedor y largo poema ―de 389 versos― "Cero",
expresión horrorizada del poeta ante las primeras
explosiones atómicas norteamericanas que destruyeron ―el
6 y el 9 de agosto de 1945― las ciudades japonesas de
Hiroshima y Nagasaki. Con Todo más claro, Pedro
Salinas se incorpora plenamente a la poesía que refleja
el sentimiento de angustia que a menudo ha acompañado al
hombre del siglo XX, perplejo ante la deshumanización
del progreso tecnológico que ha conducido a catástrofes
dantescas, desconcertado ante tanta injusticia.
Salinas cultivó, además de la poesía, la narrativa, el
teatro. Su prosa narrativa está integrada por las obras
Vísperas del gozo (1926), La bomba increíble
(1950) ―muestra de su inquietud ante el trágico
genocidio provocado por la primera explosión atómica―, y
El desnudo impecable y otras narraciones (1951). Su
teatro, escasamente conocido en España, se representó en
universidades norteamericanas. Destacan las piezas
dramáticas en un acto La cabeza de la Medusa,
La estratosfera, La isla del tesoro (1952).
Pero Salinas es,
además, un excelente crítico literario y ensayista. Su
gran admiración por los escritores clásicos y
contemporáneos españoles ―que conoce perfectamente como
especialista y estudioso de nuestra literatura― y su
finísima sensibilidad para explorar los "valores
humanos" de sus textos se pone de manifiesto en libros
como Jorge Manrique, o tradición y originalidad (1947),
La poesía de Rubén Darío (1948). De especial
interés son el libro Literatura Española.
Siglo XX (1941) ―donde plantea los problemas
históricos y estéticos del Modernismo y la Generación
del 98, e incluye, asimismo, estudios sobre Unamuno,
Valle-Inclán, Baroja, Antonio Machado, Juan Ramón
Jiménez, así como sobre los demás escritores de su
propia generación poética―, y la publicación póstuma
Ensayos de Literatura Hispánica. Del Cantar de
Mio Cid a García Lorca (1958) ―obra en la que se
recogen estudios sobre el Cantar de Mio Cid", la
novela picaresca, El Quijote, el teatro y la
poesía del Siglo de Oro, el padre Feijóo, Meléndez
Valdés... ―. Y es denominador común de toda su obra
crítica, junto a su agudeza interpretativa, una
sencillez expositiva que le permite alcanzar unas altas
cotas de comunicabilidad. Como un extraordinario y agudo
prosista se muestra Salinas en la colección de cinco
ensayos que conforman El defensor (1948), nacidos
en el exilio puertorriqueño entre 1942 y 1946 El
titulado "Defensa del lenguaje" ―instrumento prodigioso
para la expresión del propio ser y la convivencia con el
prójimo― constituye un depurado ejemplo de sensibilidad
humana.
Pero, por encima de
cualquier otra actividad intelectual ―profesor con
verdadera vocación de enseñanza, novelista, dramaturgo,
crítico literario y ensayista―, Salinas, dentro de la
Generación del 27, es el gran poeta del amor. Y para
comprobarlo, bastaría con leer el poema de “La voz a ti
debida” que comienza con los versos "Qué alegría, vivir
/ sintiéndose vivido. / Rendirse / a la gran
certidumbre, oscuramente, / de que otro ser, fuera de
mí, muy lejos, / me está viviendo. / <...>".
http://www.capitalemocional.com/Trastero/gen27.htm
Luis Cernuda:
Su educación fue
rígida e intransigente debido al carácter de su padre y
a su condición de militar. Empezó a estudiar Derecho en
la Universidad de Sevilla en 1919, siendo uno de sus
profesores Pedro Salinas, quien lo ayudó con sus
primeras publicaciones. El año siguiente, muere su
padre. En 1923, deja la Universidad de Sevilla para el
servicio militar; ingresa en el regimento de Caballería
de Sevilla. En 1924, vuelve para seguir la carrera, la
cual terminará en 1926. Asiste a los actos celebrados
con motivo del tercer centenario de la muerte de
Góngora, pero solo como oyente, aunque ya había conocido
varios miembros de lo que sería denominado después la
Generación de 1927. En 1928, Salinas le ayuda a
conseguir un lectorado de español en la Universidad de
Toulouse. Se muda a Madrid en 1929. Allí trabaja en la
librería de León Sánchez Cuesta y se enamora de un tal
Serafín que no le hizo ningún caso. A este amor
corresponden los libros Donde habite el olvido y
Los placeres prohibidos. Aunque se suele llamar
"inadaptado" por su condición de homosexual, nunca la
negó y la asumió, al contrario de Federico García Lorca,
por lo cual a los demás les pareció siempre un rebelde.
En efecto lo fue, dada la mentalidad cerril y poco
abierta de la España de Posguerra, "un país donde todo
nace muerto, vive muerto y muere muerto", como dirá en
Desolación de la Quimera. Por eso se consideró siempre
un marginado, "como naipe cuya baraja se ha perdido".
Tras la proclamación
de la II República colabora en movimientos para lograr
una España más tolerante, culta y liberal. El mismo año
que estalla la Guerra Civil publica la primera edición
de su obra poética completa hasta entonces, bajo el
título de La realidad y el deseo (1936). Durante
el conflicto participó en el II Congreso de
Intelectuales Antifascistas de Valencia. En 1938, parte
al Reino Unido donde trabaja de lector de español en la
Universidad de Glasgow, la Universidad de Cambridge y el
Instituto Español de Londres, pasando los veranos en
Oxford en compañía del pintor Gregorio Prieto. En 1947
se inicia su exilio norteamericano, donde enseña
literatura y logra por fin la ansiada estabilidad
económica. Pasó a México en 1952, y allí se enamoró de
un culturista, a quien están dedicados los Poemas
para un cuerpo. Allí se trató con Octavio Paz y con
los Altolaguirre, en especial su mujer Concha Méndez, y
allí es donde murió.
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