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¿Fue en la noche del
18 o en la del 19 de agosto de 1936? Día más, día menos,
a fin de cuentas lo mataron. Silvio Rodríguez, con la
lucidez y el dolor de su canto, vio aquel acto bárbaro
con estas palabras: “Dicen que al filo de la una / un
angelote compasivo / pasó delante de la luna,
sobrevolando los olivos. / Y cuentan que con mala maña /
fue tiroteado su abanico, / justo a la hora que en
España / se nos mataba a Federico".
El 16 sacaron a
Federico García Lorca de la casa del poeta Luis Rosales,
en Granada, y lo condujeron a la sede del Gobierno
Civil. Uno o dos días después, salió de allí esposado
junto al maestro Dióscoro Galindo y los banderilleros
Joaquín Arcollas y Francisco Galadí. Se sabe que a estos
dijeron que "iban de paseo" y quizá dieran una mano en
la reparación de una carretera. Extraño paseo de
madrugada: nocturnidad y alevosía. Unos cuantos
kilómetros más allá, en el barranco de Viznar, se hizo
evidente la intención. Alguien recordó después que uno
de los soldados le pidió a Lorca que rezara y el poeta
quedó perplejo, en ese minuto olvidó las palabras de
cualquier plegaria. Dispararon a matar a hombres
indefensos. Hay versiones de que a Federico le dieron un
tiro en la nuca, pero uno de los asesinos, Juan Luis
Trescastro, se jactó en los días siguientes de haberle
disparado dos pistoletazos "en el culo". A los cuatro
los sepultaron en una fosa común que no se ha abierto
todavía.
Lorca era demasiado
conocido, sumamente popular, como para silenciar su
muerte. Entonces trataron de adornarla: que si fue una
equivocación, que si el error provino porque los
falangistas pensaron que los republicanos habían matado
a Jacinto Benavente en Madrid, lo cual era una infame
mentira; que si no tuvieron que ver motivos políticos,
que si se trató de una venganza familiar, que si un
triste azar en tiempos convulsos. Mas bien hay que creer
en lo que dice ahora mismo, cuando todavía llueven
justificaciones, el escritor granadino José Abad en
cuanto a que Lorca y sus compañeros fueron víctimas de
"la puesta en práctica del programa de exterminio con el
que las fuerzas nacionales [franquistas] pretendían
borrar del mapa a los opositores de una España
anacrónica que implantaron, aún, su buen medio siglo".
Con Lorca también
trataron de matar un símbolo: el de la poesía, que es
decir la imaginación. Entonces, después y ahora, el
fascismo ha actuado contra el pensamiento, contra los
sueños, contra la belleza.
Las palabras de Lorca dolían a los seres oscuros: “Yo
soy la libertad porque el amor lo quiso, (...) Yo soy la
libertad herida por los hombres”, había dicho en boca de
la protagonista del drama Mariana Pineda.
Esos seres no podían obviar el énfasis auténticamente
libertario y democratizador de un autor que concebía el
arte con estas palabras: “Yo arrancaría de los teatros
las plateas y los palcos y traería abajo el gallinero.
En el teatro hay que dar entrada al público de
alpargatas. ¿Trae Vd, señora, un bonito traje de seda?
Pues ¡afuera!”
Queipo del Llano, el
hombre fuerte de Franco en Andalucía, vociferaba
diariamente arengas vulgares por la radio que alentaban
al crimen: “Por cada uno de los nuestros que muera, yo
fusilaré por lo menos diez. Los
sacaré de bajo
tierra si es preciso, y si ya están muertos, los volveré
a matar”.
Los nazis quemaron
libros y rasgaron cuadros, y enseñaron a las hordas
pinochetistas esa práctica. ¿Por qué las dictaduras del
Cono Sur mataron a Víctor Jara, a Paco Urondo, a Rodolfo
Walsh?
¿Cómo explicar los
irreparables daños al patrimonio de la humanidad
causados por la invasión norteamericana a Iraq? Se
conoce que en enero de 2003, antes de la agresión, un
grupo de intelectuales y directores de museos
advirtieron a oficiales del Pentágono acerca de los
peligros que amenazaban a los tesoros culturales
iraquíes en caso de guerra. Nadie los tuvo en cuenta.
¿Cómo entender por
estos días los bombardeos indiscriminados israelíes
sobre Tiro y otras reliquias arquitectónicas libanesas?
Mientras escribo esta nota leo en las noticias que la
UNESCO se apresta a enviar una misión evaluadora de los
daños causados a Tiro, Biblos y Baalbeck por los
proyectiles del ejército sionista. Presumo que harán un
informe técnicamente detallado que caerá en saco roto.
Tal parece que los
halcones de hoy han hecho suya aquella terrible frase
que se le atribuye a Goering: "Cuando escucho la palabra
cultura, me llevo la mano a la pistola".
Federico muere en
cada niño muerto de hambre o enfermedad curable en el
Tercer Mundo y aún dentro de ese mundo que derrocha
lujos y asiste impávido a los destrozos de la pandemia
del VIH en África. Federico recibe un nuevo disparo
letal por cada hombre y mujer dejados a la mala de Dios
por quienes únicamente entienden el lenguaje de la
especulación financiera y la música de las ganancias de
los bancos y las corporaciones.
Que no se nos pierda
la memoria podría ser un buen homenaje a Lorca a setenta
años del crimen de Viznar. Mejor aún sería conjurar de
una vez y para siempre esa furia homicida que nos sigue
matando a Federico. |