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La
primera vez que Chucho Valdés supo que podía ganarse la
vida con la música sucedió en 1957, cuando una noche de
baile, a falta del titular, ocupó la plaza del piano en
la orquesta del viejo Revé (el padre de Elio, un
personaje sobre el cual habrá que contarse algún día).
“Ese día recibí mi primer pago”.
Pero su debut profesional se produjo el 13 de diciembre
de 1958 en el hotel Deauville, un albergue turístico que
se levanta a dos pasos de uno de los sectores del
Malecón habanero donde las olas invernales son más
impresionantes.
Noche tras noche, Chucho se entregó a un ejercicio
tenaz, únicamente interrumpido por aquel lúgubre fin de
año en que zozobraba el régimen de Fulgencio Batista y
los primeros días de 1959, trastocados por el júbilo de
la irrupción de las fuerzas rebeldes en la capital.
Hasta bien entrado febrero cubrió el repertorio de
boleros trepidantes, guarachas de salón y canciones
deliciosamente armonizadas por las voces de los Hermanos
Bermúdez.
Rubén, Armando y Alberto formaban uno de esos tríos
indispensables en la trama nocturna de La Habana y
gozaban por ese tiempo de una ascendente demanda en las
estaciones de radio y los canales de televisión. El
público los identificaba por la interpretación de un
bolero de José Domingo Quiñones, "Levántate", cuyo
registro definitivo quedaría fijado meses más adelante,
en marzo de 1959, en el disco del sello Duher que llevó
por título el propio nombre del trío.
Para Chucho fue importante el encuentro con los arreglos
que El Niño Rivera hacía para los Hermanos Bermúdez en
obras como la antes mencionada o en "Mi mejor canción",
de José Antonio Méndez, página emblemática de la trova
filin; Rivera, tresero excepcional, gustaba de
los giros armónicos jazzísticos más avanzados,
orgánicamente incorporados a la tradición musical
cubana, y desde entonces admiró las cualidades de fraseo
y dicción del bisoño pianista.
Un
día, ya estamos en la primavera de 1959, Bebo Valdés, su
padre, habló cara a cara con el joven de 18 años. “Es
hora de que entres a mi orquesta. Pienso que será una
buena escuela para ti”.
El
maestro se reservaba la dirección y los arreglos. El
vástago tendría que descifrar partituras hechas a la
medida del progenitor.
La
orquesta Sabor de Cuba paseaba, a gran altura, por todas
las estancias de la música popular cubana del momento.
Era la agrupación de planta de Radio Progreso, uno de
las más reconocidas radioemisoras del país, fundada el
15 de diciembre de 1929 y desde 1953 instalada en el
edificio de Infanta 105, en un nudo vial que funcionaba
como una especie de bisagra entre La Habana tradicional
y el flamante modelo urbanístico de La Rampa.
Por Radio Progreso, que contaba con un estudio para
grabaciones y programas en vivo con lunetario capaz de
acoger a 300 espectadores, pasaba la ceca y la meca del
arte musical. Sus espacios eran seguidos tanto en las
casas como por las personas que se disputaban un asiento
en el estudio para conocer de cerca de los artistas de
su preferencia.
Aunque acompañaba al talento artístico de la emisora,
Sabor de Cuba contaba en 1959 con tres cantantes
asiduos, Fernando Álvarez, Rolando Laserie y Pío Leyva,
e incluía en sus grabaciones a Orlando Guerra
(Cascarita), veterano de las lides de Julio Cueva; a
Reinaldo Henríquez y Ada Rex.
Oriundo de Santiago de Cuba, Fernando había alcanzado
singularidad por su manera muy especial de entonar los
boleros. Durante el primer semestre de ese año, el tema
principal de un disco suyo de 45 rpm clasificó entre los
más ejecutados en las victrolas: "Total", de
Ricardo García Perdomo. Era el comienzo de una carrera
individual, antecedida por estancias en las orquestas
santiagueras Armonía Tropical y las de Pancho Portuondo,
Reinaldo Dembay y Mariano Mercerón; y de la capital,
donde en 1953 había firmado un contrato con la naciente
Banda Gigante de Benny Moré. Su primer éxito estuvo
asociado a la difusión en 1957 del bolero
"Humo y
espuma", de Rolando Rabí, como solista del Conjunto
Casino.
De
pequeña estatura, con un sentido del humor criollo y
chispeante, Pío Leyva, un cantor espontáneo nacido en
Morón, le ponía un acento característico a las guarachas
y sones montunos. Más tarde se le conocería como El
Montunero de Cuba, pero ya entonces, desde que se
instalara en La Habana en 1957, comenzaba a labrarse ese
camino con sus versiones de "Chapaleando" y
"Nadie baila como yo".
El
villaclareño Rolando Laserie, sustentado por la orquesta
de Ernesto Duarte, en aquellos momentos acababa de
sorprender al mundo musical de la mano de la orquesta de
Ernesto Duarte. Despertaba en el público sentimientos
encontrados; unos le reprochaban una supuesta
vulgaridad, guapería, en el modo de cantar; otros
elogiaban ese sentido transgresor, esa dicción rumbera,
contaminada con el aciclonado tiempo de solar y bajos
fondos, que imprimía a sones y boleros. Lo cierto fue
que desde que sacó al aire su versión de
"Mentiras
tuyas", de Mario Fernández Porta, nadie quedó
indiferente, como tampoco ante la asimilación bolerística del tango
"Las 40" y aquello que decía
“A la Rigola yo no vuelvo más / matan a los hombres a
palo y pedrá”.
Pero, aún más que las voces habituales de la orquesta
Sabor de Cuba, lo que a Chucho le impresionaba era el
encaje entre la sección de viento y la rítmica. Había
gente de mucho talento y oficio en una y otra; desde
Chocolate Armenteros y El Negro Vivar en la primera y
Oscar Valdés (padre), Roberto García y Emilio del Monte
en la segunda.
Era una banda con todas las de la ley. El repertorio
incluía boleros, cha cha chás, mambos, merengues,
guarachas, guajiras, y toda clase de derivaciones
genéricas de esas especies básicas de la música cubana.
“Tocábamos a diario
―recuerda
Chucho―
y eso es fundamental para ganar en seguridad. La
variedad de ritmos no impedía que la orquesta tuviera un
sello particular, un estilo, a partir de los arreglos de
Bebo, quien, por su parte, no renunciaba a hacer jazz
cubano en algunos instrumentales”.
“Una de las obras de entonces que me marcó fue
"El
cumbanchero", por el arreglo tan dinámico que tenía.
Cuando mucho después lo retomé en mi repertorio como
solista, lo que hice, claro está, a mi manera, fue
tratar de que en el piano cupiera toda aquella riqueza
que se daba a nivel de orquesta. Eso es bonito, ¿no?,
hacer del piano una banda gigante, o, si quieres, hacer
que la banda se concentre en un piano”.
Con la salida de Bebo hacia México en 1960
―no
regresaría nunca―, Sabor de Cuba quedó un tanto a la
deriva. Siguieron trabajando algún tiempo, pero no fue
lo mismo. Sus músicos se trasladaron hacia otras
agrupaciones.
En
diciembre de ese año, Chucho entra a la orquesta del
Teatro Martí, la catedral del teatro vernáculo. Escena
de carácter sumamente popular, arraigada a la identidad
insular desde el siglo XIX, el repertorio del Martí, aún
cuando se renovaba al socaire de los argumentos
aportados por la nueva realidad del país, apelaba a un
lenguaje musical anclado en las fórmulas de la
tradición.
No
era, en verdad, muy estimulante para un joven pianista
que, por demás, componía e intentaba poner en orden un
fértil imaginario sonoro.
Chucho tomó el trabajo no por mucho tiempo. Casi de
inmediato se unió a la pequeña nómina que animaba las
noches del club Karachi, en El Vedado, con Puchungo en
la percusión y Joseíto Fernández en el bajo. Plantó
también campamento, durante largas noches, en el bar del
Hotel Saint John, donde tocaba todo lo que podía agradar
a los parroquianos, muchos estándares de música cubana e
internacional.
En
otro momento, a lo largo del plazo que transcurrió entre
1961 y 1962, fue fichado para la orquesta acompañante
del espectáculo del hotel Riviera.
Hasta que en aquel peregrinaje por La Habana de noche se
enteró que se estaba formando una compañía teatral sui
géneris, nada que ver con el bufo, y con muchos de sus
amigos en las filas de la orquesta.
Cuando le preguntaron si quería pertenecer a la orquesta
del Teatro Musical de La Habana, no lo pensó dos veces.
Allá fue. |