1. Introducción
En 1889, en Washington, tuvo lugar una reunión,
organizada por el Senado de los Estados Unidos de
América, que se recordaría como la primera
conferencia panamericana. El tema principal fue
cuestiones monetarias. Al proponer la reunión, el
objetivo del gobierno estadounidense era hacer un
pacto monetario; por entonces, como hoy día, los
gobernantes eran bien conscientes de los efectos
benéficos de una unión monetaria con países con
poder económico más débil. Mientras en aquella
época, en Europa una unión parecía impracticable, en
América, la idea parecía más realizable. En
aquellos días, de hecho, los Estados Unidos ya eran
la principal potencia de la región, y desde 1845
habían intervenido mucho en la política
latinoamericana.
A esa conferencia
también asistió Jose Martì quien en esa época era
corresponsal en los Estados Unidos de varios
periódicos
latinoamericanos. Su discurso fue el que con más
lucidez reveló los objetivos de los Estados Unidos
de controlar la realidad social y económica de todo
el continente, y mostró las repercusiones
financieras que ello tendría para los países más
débiles de la región. Hoy día, el nombre de Martí
se ha asociado de nuevo al debate sobre los
problemas económicos, políticos y monetarios de
América Latina, y del “Tercer Mundo” en general, en
muchas reuniones internacionales sobre
globalización, en Cuba y en todo el mundo.
Con esta memoria
intento presentar, a modo de introducción, las ideas
de Martí acerca del imperialismo, los acuerdos de
comercio y los obstáculos al desarrollo que resultan
de la interacción entre estas dos variables.
Examinaré la solución de Martí: un partido
revolucionario.
En la sección 2,
se presenta el pensamiento de José Martí y se
relaciona con Marx y Lenin.
La sección 3
trata la globalización neoliberal y el tercer mundo,
poniendo de relieve los principales cambios
ocurridos en el proceso capitalista en los pasados
25 años.
En la sección 4
se examinan las consecuencias imperialistas de lo
que se describe en la sección precedente.
En la sección 5
se analiza el papel de los acuerdos de comercio en
América Latina en la actual coyuntura
internacional.
En las
conclusiones se aborda la importancia de las ideas
de Martí en la concepción de soluciones de izquierda
para los problemas examinados.
2. José Martí y
el Partido Revolucionario
José Martí no era
un marxista, aunque hay razones para creer que había
leído al menos algunos trabajos de Marx,
particularmente el Manifiesto. Encontramos
referencias a Marx (“ese alemán con alma de seda
y puño de hierro”, según lo expresó Martí) y su
obra en tres de los escritos periodísticos de
Martí. Sin embargo, en esos artículos, el nombre de
Marx se suele encontrar junto al de los socialistas
utópicos o al de Bakunin. Esto, además de revelar
falta de interés o superficialidad, irritaría mucho
a los marxistas y al propio Marx. En consecuencia,
no podemos evaluar la importancia que para José
Martí tenía el pensamiento de Marx, pero no podemos
dejar de observar paralelismos y elementos comunes a
los dos pensadores, resultantes de lo que ambos
sentían por las masas trabajadoras y los pueblos
oprimidos. No obstante, lo más importante es que se
encontrarán elementos comunes y semejanzas con el
marxismo-leninismo y con revolucionarios
marxista-leninistas.
Es lógico
plantearse la hipótesis de que el reproche que se ha
hecho a Marx, aludido con frecuencia (e inexacto),
de que su obra no contempló al Tercer Mundo, en esto
la clase revolucionaria fundamental, el
proletariado, estuvo ausente, sirve para explicar de
manera parcial, aunque sólida, la falta de atención
de Martí al pensamiento de Marx. Lamentablemente,
Martí murió demasiado pronto, y no pudo ver cómo, de
modo natural y fácilmente, sus “discípulos” de
América Latina y el resto del Tercer Mundo, solo
cincuenta años después de su muerte, adaptaron las
obras de Marx y de Engels (vale la pena subrayar que
recibieron esa influencia principalmente por la
interpretación de Lenin) a la causa de la
independencia y el desarrollo. Ché Guevara y Ho Chi
Minh son los nombres más obvios que podemos dar como
ejemplo.
El
aspecto en común más importante (y es muy triste que
esto siga siendo válido hasta nuestros días) entre
el marxismo y el pensamiento de Martí es el tema del
imperialismo. La importancia de Lenin como lazo de
unión entre Martí y Marx es crucial en este caso.
Debemos reconocer a Martí como la primera persona
que entendió, no solo la importancia del
imperialismo y el colonialismo, sino el papel que en
esos dos campos los Estados Unidos iban a
desempeñar, a pesar de algunos cambios, desde el
decenio de 1850. Martí vivió en los Estados Unidos
en sus años de exilio, aprovechando bien sus
estancias y su trabajo como corresponsal extranjero
de varios periódicos. Así fue que estudió el papel
que este país iba a tener en América Latina, la que,
por aquellos días, ya estaba en vías de ser el
“traspatio” de la potencia militar y comercial
estadounidense.
Como consecuencia
de ello, Martí tenía muy clara la importancia de
oponer resistencia al poder y la arrogancia de las
potencies imperialistas y colonialistas, en general,
y al expansionismo estadounidense, en particular.
No solo tenía muy claro, y esto se observa en todos
sus escritos, y en todas las etapas de su vida y de
su desarrollo político e intelectual, que Cuba
ocupaba un lugar especial en la lucha contra el
imperialismo estadounidense. Las razones políticas,
económicas, militares y geográficas de ello son
todavía más claras hoy día, y no nos detendremos en
ellas en este trabajo. En 1953, la declaración de
Castro de que el autor intelectual del ataque al
Moncada era Martí está lejos de ser una boutade
teatral.
En la obra de
Martí encontramos también referencias explícitas a
África y Asia, y a la lucha común que tenían por
delante.
La preocupación
de Martí por el imperialismo será analizada y
desarrollada por Hobson pronto después de la muerte
de Martí, y, después de Hobson, por Lenin, en su “El
Imperialismo, etapa superior del capitalismo”.
Vale la pena
subrayar también que Martí se refería a lo que
brillantemente llamó
“Nuestra
América multirracial”, un mundo nuevo no
determinado por las razas. En este sentido, es
triste observar que las desigualdades originadas por
la distribución de la riqueza, determinada por la
raza en América Latina e incluso en los propios
Estados Unidos de América, todavía existen en
nuestros días. El sueño de Martí de una América
aborigen todavía no ha sido descubierto ni
explotadas sus potencialidades.
Dicho todo esto,
y habiendo señalado, a modo de introducción, los
paralelos y las semejanzas entre Martí y los
revolucionarios marxista-leninistas del siglo XX,
debemos abordar ahora otro de los aspectos que Martí
previó el del partido revolucionario, pieza central
de la mayoría de las luchas anticolonialistas con
sesgo marxista en el siglo XX. A pesar de no ser un
marxista-leninista, Martí tuvo muy clara la absoluta
necesidad no solo de sacudirse el yugo colonial,
sino también de emanciparse verdaderamente, de
iniciar reformas políticas económicas y democráticas
profundas. En este contexto es que debemos entender
su idea del partido revolucionario. Martí, quien
había sido testigo del funcionamiento de la política
de partido en los países “desarrollados”, no se pudo
contentar con simplemente replicar esa clase de
organización. Un partido “revolucionario” debe usar
métodos diferentes, y no debe complacerse en solo
conquistar el poder. La idea era trabajar en pro de
un cambio de la manera más efectiva, para ser un
ejemplo para las otras luchas de liberación: él
veía la revolución como una misión
internacionalista.
El partido
revolucionario de Martí fue concebido como un
partido de miembros activos, verdaderos activistas
revolucionarios dedicados a la causa. Los miembros
debían también apoyar al partido desde el punto de
vista financiero, para demostrar su compromiso en la
práctica. Del mismo modo, y en cuanto a esto hoy
día muchos se quedarían con razón perplejos, debía
ser un partido para la lucha armada: la insistencia
en la organización y en la importancia de que los
miembros obedecieran a los líderes indica
precisamente esta tendencia de carácter militar.
Sin embargo, el
partido también había sido concebido para que fuera
una organización verdaderamente “popular”: Martí
creó su Partido Revolucionario Cubano con los
trabajadores tabacaleros, los obreros inmigrantes y
los artesanos cubanos. En ese partido, la base
tenía que saber que estaba integrada a una
organización insurreccional, como claramente lo
demuestra el
Segundo de los Deberes de los Delegados:
“Una
organización revolucionaria por fuera, y todavía más
por dentro”.
Vale la
pena citar también el Primero de esos Deberes:
“Tratar de concretar por todos los medios posibles y
necesarios, sin concesiones ni vacilaciones, los
objetivos del programa”.
En este caso, la
semejanza con los partidos leninistas es
sorprendente. Tomemos la Resolución de Lenin sobre
la Lucha Armada (1905), en la que declaró que solo
el proletariado podía dirigir su revolución bajo las
banderas del partido socialdemócrata, que encabezaba
la lucha, no solo ideológicamente, sino también en
la práctica. Es en esto precisamente en lo que
Martí pensaba cuando en enero de 1892 definió las
bases del Partido Revolucionario Cubano, en Cayo
Hueso.
Sin duda, hay
tensión entre el sentimiento verdaderamente
democrático y popular de Martí y la estricta
organización militarista que trató de dar al
partido. No debemos sentir temor de explorar este
aspecto, que gira en torno al alcance del apoyo
popular dado a la causa revolucionaria. Cuanto
menor es el apoyo popular, más estricto y
militarista el partido está obligado a ser para
lograr sus objetivos. De hecho, el enemigo está
militarmente organizado y es despiadado: no
obstante, si el pueblo se une, no se necesita una
organización militar, como en Portugal, en 1974, y
como nos enseñó la Argentina recientemente.
Martí era
dolorosamente consciente del poderío militar de los
Estados Unidos, y esto seguro justifica su postura
militarista. Y lo que es más importante aún, se
mantenía inflexible en lo que respecta a que la
lucha anticolonialista y antiimperialista era
latinoamericana, no solamente cubana ni caribeña.
Por ultimo, vivió el periodo en que los Estados
Unidos estaban afanosamente enfrascados en la
conquista militar de nuevos territorios. Esto
distancia esencialmente a Martí de los
marxista-leninistas, quienes presenciaron la
importancia del aspecto económico del imperialismo,
y pudieron producir análisis teóricos más claros y
matizados.
Pero Martí
también se dio cuenta de algo más importante, es
decir, de que la lucha no se circunscribía de
ninguna manera a un solo continente: el Tercer
Mundo todo estaba en las garras del imperialismo y
del colonialismo. El artículo que escribió en 1889,
“Un Paseo por la Tierra de los Annamitas”
examina la situación en Indochina y reflexiona sobre
ella. Esto también es importante, porque si en el
siglo XX alguien se asemejó a Martí ese fue Ho Chi
Minh, quien nació, así lo quiso el destino, el mismo
año que Martí escribió su artículo.
3.
La
globalización neoliberal y el “Tercer Mundo”
Para explicar el
actual desarrollo del capitalismo, debemos analizar
la gestión de la crisis del modelo fordista. Las
crisis están dirigidas a evitar una devaluación
importante del capital y a mantener el predominio en
todo el mundo. La globalización en el sentido de
dominación geopolítica y geoeconómica y, por ende,
de control del sistema competitivo, es parte de este
juego.
Contra este telón
de fondo, Hong Kong, Singapur, Taiwán y los otros ex
“Tigres asiáticos”, así como algunos países de
América Latina, se han visto obligados a cambiar
incorrectamente sus procesos de desarrollo
económico. Estos procesos están ahora directamente
subordinados a las necesidades de los mercados
europeo y estadounidense. De hecho, la demanda
externa de estos dos grandes polos occidentales es
lo que determina la dimensión y orientación del
proceso de acumulación de capital en Asia y América
Latina que se ha convertido en una función del
paradigma de “acumulación flexible” que rige a
Occidente.
Además, hay que
tener en cuenta el poder de las empresas
multinacionales estadounidenses, que expulsan de la
actividad comercial a muchas pequeñas y medianas
empresas industriales y agrícolas en América Latina,
aumentando la necesidad de importar alimentos
básicos de los Estados Unidos y debilitando la
autarquía de América Latina.
A menos que se
rompa de manera radical con la estructura de
dependencia planteada anteriormente, los países que
tengan un nivel medio de desarrollo, y los del
llamado Tercer Mundo, se ven obligados a desarrollar
su industria y su agricultura como convenga a los
proyectos de dominación mundial de las potencias
imperialistas, que no tienen escrúpulos y tratan de
cosechar los mayores beneficios posibles de esa
desigual relación.
En el decenio de
1970, algunos países hicieron experimentos con
formas de crecimiento económico en el sector
industrial combinando capital financiero occidental
y capital financiero controlado por sus burguesías
nacionales. El capital financiero occidental pudo
ejercer su acción dominante con el fin de paralizar
cualquier proceso económico conducente a una
relativa autonomía y a la independencia económica y
financiera. Se dio un nuevo impulso a un tipo de
industrialización que dependía sobremanera de las
importaciones. Este tipo de desarrollo también ha
determinado que se mantenga un sistema de control
total sobre la fuerza de trabajo.
En el caso de
países con importantes recursos financieros, como
los países productores de petróleo (Venezuela,
Colombia, México, Chile y otros), o que tienen gran
abundancia de recursos naturales y están dotados de
“capital humano” calificado, de bajo costo y
preparado para la dinámica económica impuesta por
las grandes potencias occidentales, los mercados
internos se expanden de manera significativa. Esto
también favorece el tipo de industrialización que
depende completamente del capital financiero de los
Estados Unidos y la Unión Europea.
El crecimiento
económico de estos países ha generado un nuevo y
sólido modelo de dependencia financiera y
tecnológica de estos dos grandes polos
occidentales. La reproducción en gran escala del
moderno aparato industrial, agroindustrial y
agrícola se ha basado, de hecho, en la importación
de maquinaria, herramientas y, en general, de
tecnologías, y en la más total dependencia
financiera. El alto nivel de exportaciones típico
de este modelo de crecimiento, con el simultáneo
escaso dinamismo del sector de las exportaciones en
sí, las relaciones de intercambio desigual, las
utilidades enviadas al extranjero a las casas
matrices nacionales de las firmas extranjeras, el
completo control debido a la codiciosa actitud de
los acreedores en el tema de la deuda externa son
algunos de los elementos que han causado, en solo
unos pocos decenios, un desequilibrio
macroeconómico.
La omnipresente
tendencia al déficit en la balanza comercial, y que
esto se combata, siempre y cada vez con más
frecuencia, recurriendo a la deuda externa, junto
con el constante deseo de aumentar la entrada de
capital financiero extranjero, explican muy bien la
dinámica de lo que podemos llamar una completa
sumisión política y económica, disimulada alegando
que se trata de equilibrar la balanza comercial.
La liberalización
del intercambio, junto con la desregulación y la
eliminación de las leyes que solían proteger los
salarios, ha permitido a las empresas
multinacionales, en particular estadounidenses,
explotar las ventajas tanto de la libre circulación
de productos básicos como de la profunda división
entre países. Las políticas monetaristas y
económicas neoliberales no cambian las profundas y
verdaderas causas de los desequilibrios en la
estructura productiva, y aumentan el déficit
comercial a que nos hemos referido antes.
Muchos gobiernos
de países dependientes (casos recientes son México,
Brasil, Indonesia, Malasia, Rusia, Argentina),
siguiendo las indicaciones del Banco Mundial y del
Fondo Monetario Internacional, continúan aplicando
esas políticas. Esas preferencias no son meramente
coyunturales, sino que revelan un carácter
estructural. Las consecuencias directas son
reducción de salarios reales, aumento del desempleo,
desindustrialización y falta de inversiones
productivas financiadas por capital nacional y, por
tanto, el acrecentamiento de la dependencia de los
dos grandes bloques económicos de Occidente: los
Estados Unidos y la UE.
Esta
homogeneización de las políticas neoliberales DIVIDE
el ex colonizado “Tercer Mundo”, con la misma
celeridad que, al mismo tiempo, INHIBE e impide la
lucha de clases en el “Primer Mundo” imperialista.
En los últimos 25 años, el modelo de democracia
capitalista consolidado, surgido en los Estados
Unidos con el fordismo, se esfumó, poniendo en
entredicho el concepto de sociedad civil y de
civilización en sí, y marcando el inicio de la
modernidad capitalista, que causó el derrumbe de
toda la estructura productiva antes existente,
destruyendo así la coexistencia civil misma
debido al modo de mediación social keynesiano.
Como consecuencia de esto, la hegemonía
estadounidense fue destruida. Pero no solo la
hegemonía estadounidense: en general, la hegemonía
del capital encaró un serio reto.
4. Consecuencias
Imperialistas
Como Hobson y
Lenin plantearon, la historia del sistema
imperialista continúa, en parte con formas nuevas,
que sirven para los mismos fines y funciones. Para
mantener su papel hegemónico, en los decenios de
1960 y 1970, los Estados Unidos se trazaron tres
objetivos económicos y militares principales: el
primero fue frenar el poder de la Unión Soviética;
el segundo consistió en poner obstáculos a las
transformaciones políticas y sociales de los países
más pobres y con nivel de desarrollo medio, como la
América Latina; el tercero ha sido mantener un
control estricto sobre los aliados occidentales.
El primer
objetivo se alcanzó con la caída del muro de Berlín,
que, sin embargo, creó un nuevo tipo de problema.
Los países de Europa oriental, al liberarse de la
dominación soviética, empezaron a desarrollar sus
intercambios comerciales principalmente con la Unión
Europea. Esto trajo por consecuencia la presencia
de una nueva zona monetaria dependiente del euro que
podría ser una amenaza para el predominio
internacional del dólar estadounidense.
En cuanto al
segundo objetivo, impedir el desarrollo de los
países del Tercer Mundo, podemos decir, a primera
vista, que ese objetivo ha sido alcanzado también,
por la enorme carga de su deuda externa, estos
países están, de hecho, bajo el control de los
organismos internacionales, principalmente el FMI y
el Banco Mundial, que, a su vez, están dominados por
los Estados Unidos.
Pero si está
claro el papel que ha desempeñado el imperialismo
estadounidense en estas zonas, también es cierto
que, especialmente en América Latina, algunas
contradicciones han llegado a un punto propicio para
nuevos cambios. Además de Cuba, algunos otros
países latinoamericanos tienen gobiernos y
movimientos de oposición marcadamente
antiimperialistas (tomemos como ejemplo a Venezuela,
Colombia, Brasil), y la oposición organizada crece
en toda América Latina contra las políticas y los
dictados de la economía estadounidense, prueba de la
amplia base que sustenta el movimiento en contra del
ALCA. América Latina ha dejado de ser el tranquilo
“traspatio” de los Estados Unidos. Otra dificultad
para los estadounidenses es que, en esa zona, el
interés europeo imperialista es cada vez más
insistente.
El tercer
objetivo, mantener a los países aliados bajo
control, está tropezando, de hecho, con la
constitución del nuevo polo de la Unión Europea, que
mediante la creación de la moneda única, el euro,
constituye un desafío para el imperialismo
estadounidense. Los Estados Unidos se encuentran
ante un nuevo y bien organizado polo con fuertes
características imperialistas, aun cuando la falta
de una estructura política completa y de una fuerza
militar central concreta y bien articulada en cierta
forma lo ha debilitado.
También en el
terreno político-militar, los designios geopolíticos
y geoeconómicos expansionistas de la Unión Europea
hacen peligrar la hegemonía estadounidense (véase la
situación en los Balcanes, la expansión económica de
la UE en los países de Europa central y oriental (CEEC),
la creación de un ejército de la UE independiente,
las contradicciones operativas entre los países de
la UE y los Estados Unidos en el seno de la OTAN).
Los Estados
Unidos también han hecho frente a enormes
dificultades políticas y económicas, ya que estaban
atrapados en una verdadera recesión tras
aproximadamente 10 años de desarrollo económico
forzoso, basado en un gran gasto deficitario
nacional, desequilibrio en la balanza de pagos, una
gran deuda externa, la reducción de su participación
en el comercio internacional y la disminución de
las inversiones extranjeras directas.
Desde principios
del decenio de 1990, la situación interna de los
Estados Unidos dejó traslucir algunos problemas: en
1992, la deuda nacional sobrepasaba los 4.000
trillones de dólares, la asistencia sanitaria era
inadecuada y una gran parte del pueblo
estadounidense carecía de suficiente protección
social[2],
las inversiones y los ahorros eran más bajos
comparados con los países de la UE, y la tasa de
crecimiento de la producción era muy baja. Si a
esto se añade un fuerte endeudamiento externo,
comparado con el resto del mundo, y déficit
comerciales cada vez mayores, entendemos la
importancia que adquirió la debilidad de la economía
estadounidense en el decenio de 1990[3].
Para mantener y,
en verdad, fortalecer su posición predominante, los
Estados Unidos han seguido adelante con el Tratado
de Libre Comercio de América del Norte (TLC),
eliminando derechos de aduana e integrando los
diversos sectores industrial y agrícola bajo la
hegemonía de los Estados Unidos, con lo que se
reafirma su predominio sobre México y Canadá. No
obstante, el TLC no es respaldado por un verdadero y
amplio proceso de consulta, mientras que existen
también considerables desventajas comerciales y
productivas para México: la movilidad de la mano de
obra se ha dejado fuera de las negociaciones, el
control de los EE.UU. sobre el mercado agrícola
mexicano aumentó, y los servicios nacionales
financieros y de transporte están subordinados al
control extranjero. Por tanto, en general, el TLC
tiene importantes limitaciones y el dilema está en
si aumentará el crecimiento de América Latina. Está
claro que América Latina, en general, ha padecido
las desventajas de políticas monetarias,
privatización de empresas estatales, eliminación de
derechos de aduana y tratados, y políticas para
luchar contra la inflación, y el aumento de sectores
de la población que se empobrecen. Todos los países
han sido testigos de la drástica reducción de
salarios reales, la pérdida de muchos empleos y el
agravamiento de la crisis agrícola.
Aparte de los
cambios que se están produciendo en América Latina,
otro importante acontecimiento ocurrido en los
últimos decenios fue el desplazamiento del centro de
gravedad económico de Asia de Japón hacia China. En
los últimos 15 años, China ha mostrado
extraordinarias tasas de crecimiento, el PIB indica
un aumento medio anual del 9,7% comparado con el
2,9% de ciertos países del Tercer Mundo.
Dado este
panorama, la construcción de la Europa de Maastricht
ha sido considerada por algunos gobiernos
continentales como una oportunidad para crear un
poderoso polo geopolítico y geoeconómico con la
finalidad de hacer frente a los Estados Unidos y
Asia. Sin embargo, para los estadounidenses, la
mejor Europa debe estar suficientemente unida, pero
bajo la dominación de los Estados Unidos. De ahí
que traten de mantenerla dividida solo lo suficiente
para impedir que emerja como una superpotencia
competidora[4].
Pero las
aspiraciones imperiales de la UE no son un tema del
que los políticos estén dispuestos a hablar.
Prefieren hacer hincapié en el otro objetivo de la
UEM: la estabilidad monetaria. Esto ha dado la
oportunidad de aplicar una política monetaria
dirigida principalmente a mantener la tasa de
inflación a raya y reducir el déficit público de los
países de la Unión Europea. Como se ha demostrado
ampliamente en otros estudios[5]
anteriores, esto ha conducido al desmantelamiento
del estado benefactor y al aumento del desempleo
(que oscila entre 10% y 15%). Los empleos, salarios
y, en general, las condiciones sociales se han hecho
“flexibles” y precarias para ajustarse al tratado de
Maastricht.
Las políticas
neoliberales, y no contrarrestarlas, pueden tener
substanciales consecuencias políticas. Se corre el
riesgo real de que las democracias den un paso hacia
atrás por la des-socialización y la propagación de
la “cultura empresarial” en la que el afán de lucro
y el egoísmo que trae aparejado son lo primordial[6].
En los países dependientes, ya se han iniciado
procesos de inestabilidad política, social y
económica y regiones enteras han sido
desestabilizadas. Las crisis en México, Brasil,
Tailandia, Corea, Indonesia, Rusia y Argentina, pero
también las ‘guerras étnicas’, el fundamentalismo
religioso, la fragmentación de los Estados-naciones
y tipos de delincuencia cada vez más complejos, todo
al servicio del Nuevo Orden Mundial, son un signo de
advertencia.
Lo que más
necesitan los países de América Latina y, en
general, los países en desarrollo, es reducir o
cancelar su deuda pública, reorganizar en su favor
el proceso de adopción de decisiones de los
organismos financieros internacionales (como el
Banco Mundial, el Banco Panamericano y el FMI), y
eliminar la condición de “nuevo colonialismo”
impuesta por esas organizaciones. Otras medidas
son: regular y controlar el capital extranjero,
establecer nuevas reglas para la protección del
medio ambiente, realizar inversiones socialmente
útiles, gravar las transferencias internacionales de
capital, en especial los movimientos especulativos.
Asimismo, es indispensable que negocien tratados
para la migración internacional de trabajadores a
fin de impedir la violación de los derechos humanos,
sociales y económicos de los trabajadores
migratorios quienes de manera sistemática son
sometidos a formas cada vez más crueles y retorcidas
de explotación en los países desarrollados[7].
En lo que a la
Izquierda respecta, transformaciones tan
trascendentales como esas deben forzosamente
conducirla a reevaluar sus categorías
socioeconómicas de análisis, reanalizar políticas
económicas y reconsiderar modelos de democracia
política y económica. La pertinencia de las ideas
de Martí para esos objetivos es fundamental en este
caso.
5. Acuerdos
comerciales en América Latina.
La mayoría de los
países de América Central y del Sur tienen aparatos
políticos, económicos y productivos débiles. Debido
a la despiadada brutalidad del colonialismo y el
imperialismo, nunca han estado en condiciones de
impulsar procesos de industrialización autónomos y
avanzados, dirigidos a asegurar una independencia
económica efectiva. En consecuencia, estas esferas
son completamente funcionales para los procesos de
verdadera “nueva colonización” promovidos por los
dos polos occidentales, Europa y los Estados Unidos
de América.
Los países
latinoamericanos de nivel de desarrollo medio y bajo
tienen en muchos casos grandes potencialidades
económicas en sus territorios y poblaciones. Poseen
tanto recursos naturales como valioso capital
humano, a pesar de las grandes desigualdades
sociales y económicas que existen dentro de cada
país y entre sí. Sin embargo, han aceptado
sobrecargarse de deudas con los países
desarrollados. Es precisamente la dependencia
causada por la enorme carga de la deuda la que
permite a las potencias imperialistas explotar los
recursos de estas regiones, manteniéndolas bajo
control.
Examinaremos
ahora, con una visión idealmente cercana a la visión
de José Martí, las consecuencias que tienen los
acuerdos comerciales para América Latina, y la
relación con la UE[8].
Los positivos
resultados económicos obtenidos por la UE han
motivado la imitación en el resto del mundo. Los
diversos tipos de asociaciones internacionales
regionales creadas en los últimos decenios tienen el
objetivo explícito de hacer realidad la integración
económica. Esto es una manifestación concreta de la
llamada globalización: entidades comerciales
regionales ayudan a hacer frente a la apertura y
expansión de mercados. Existen distintos niveles de
integración que van desde “zonas de libre comercio”
hasta “uniones aduaneras” y formas complejas de
integración económica que acaban creando “mercados
comunes” y uniones económicas y monetarias.
José Martí nos
enseñó que para que funcionaran, ese tipo de uniones
debían crearse entre países con nivel de desarrollo
y potencialidades económicas semejantes. En América
Latina, toda forma de asociación en que los Estados
Unidos participen, igual que toda forma de
asociación que los excluya, está condenada en gran
medida a estar condicionada a los intereses y al
poder económico de los Estados Unidos, la única
potencia regional sin rival
Existen diversas
asociaciones y acuerdos regionales: (TLC, ALCA,
Mercosur, Pacto Andino, el Mercado Común
Centroamericano, CARICOM y AEC). Analizaremos con
alguna profundidad el TLC, el Mercosur y el ALCA,
que son los más importantes para las posibilidades
de desarrollo de América Latina en su conjunto.
El TLC es un
acuerdo de libre comercio firmado en 1992 entre
Canadá, EE.UU. y México, ratificado in 1993, y
puesto en marcha en 1994. Su objetivo principal es
eliminar, de manera progresiva, durante los
siguientes 15 años, los aranceles de importación y
reducir los controles aduaneros entre los Estados
miembros. El acuerdo regula la reducción de los
aranceles aduaneros, la disminución de los
obstáculos no arancelarios, las certificaciones de
origen, la solución de controversias, las
condiciones de competitividad, inversiones
extranjeras directas y derechos de financiación y de
propiedad intelectual. No incluye ninguna forma de
preparación para la entrada de los países atrasados,
ni tampoco incluye ninguna forma de unión política,
esta es una diferencia importante con la UE. En el
marco del TLC encontramos disposiciones relativas a
la contaminación ambiental y la protección de los
trabajadores (Protocolo Naal). A diferencia de la
UE, el TLC no contiene disposiciones para aranceles
comunes respecto del mundo exterior.
El volumen de
actividades del TLC puede evaluarse en unos 250.000
millones de dólares anuales. En la época en que se
ratificó el acuerdo, se habrá pensado que el país
que tendría más ventajas sería México. De hecho,
contaba con una fuerza de trabajo de bajo costo y
tenía numerosas medidas fiscales y no fiscales para
atraer a los inversores extranjeros. No obstante,
en los nueve años que tiene el TLC, el crecimiento
económico de México ha sido de 0,95%, y el costo
ambiental del daño ocasionado por actividades
relacionadas con el TLC de un 10%. En otras
palabras, ha habido una disminución de la riqueza
del 9%. La explotación laboral ha aumentado, y el
poder adquisitivo de los salarios ha mermado.
Muchas empresas locales pequeñas y medianas han
quebrado, lo que ha favorecido a las empresas
multinacionales.
El TLC ha traído
a México un progresivo aumento de las inversiones,
originado por bajos costos de producción y la
reducción de salarios, ventajas que han sido
disfrutadas, principalmente, por las empresas
multinacionales. La agricultura mexicana ha sufrido
un rudo golpe, pues los agricultores estadounidenses
tienen un alto nivel de subvención y emplean
avanzadas tecnologías. México, antiguo exportador
neto de productos agrícolas, hoy día importa de los
Estados Unidos el 50% de lo que consume. Seis
millones de campesinos han perdido sus tierras y
viven en las favelas de la capital.
La experiencia
mexicana demuestra que la apertura del comercio con
un país que tiene mayor nivel de desarrollo causa
desindustrialización, pérdida de todos los sectores
de la agricultura tradicional y aumento de
injusticias sociales. México no ha podido explotar
los aspectos de esos tratados y uniones que han sido
beneficiosos para otros países, ni ha podido
contrarrestar el empobrecimiento de su economía.
Todo esto ha sucedido porque la abolición de las
barreras arancelarias ha tenido lugar de forma
desequilibrada. Las empresas estadounidenses
pudieron contar con su subvención nacional, y, por
tanto, reducir los aranceles externos de los
productos exportados fuera del TLC. Las firmas
mexicanas no eran suficientemente competitivas, y no
pudieron exportar sus productos, y hasta se vieron
obligados a importar de sus socios comerciales.
Mientras en
Europa todo el sistema fue concebido para beneficiar
al consumidor final, el TLC se ha convertido en otra
red comercial para mercados que ya eran ricos,
vulnerando la única economía que ya era incapaz de
crecer.
El Mercosur
(Mercado Común del Sur) fue creado en 1991 mediante
el Tratado de Asunción, firmado por Argentina,
Brasil, Uruguay y Paraguay, suscrito más tarde por
Chile y Bolivia. Desde el punto de vista del PNB y
población, el Mercosur constituye el cuarto mercado
mundial, después de la UE, los Estados Unidos y
Japón. Los objetivos de este acuerdo son libre
circulación de productos, servicios y factores entre
los Estados miembros, establecimiento de un arancel
externo común, coordinación de políticas
macroeconómicas y sectoriales para asegurar la
competencia regular entre los sistemas económicos de
los Estados miembros y modificación de las
legislaciones internas que obstruyan la
integración. El objetivo final es la integración
progresiva de las legislaciones nacionales de sus
miembros.
En 1994, con el
Protocolo firmado en la Conferencia de Ouro Preto,
en Brasil, la estructura institucional del Mercosur
se ha fortalecido; los cuatro países miembros han
decidido adoptar una estructura intergubernamental y
no supranacional, como la de la UE. Los objetivos a
largo plazo son similares a los de la UE: la
creación de un mercado común y el futuro nacimiento
de una unión económica y monetaria.
La organización
jurídica del Mercosur, a diferencia de la UE, no
tiene un sistema normativo autónomo ni un sistema
jurisdiccional supranacional efectivo; además, no
hay señales de políticas de coordinación económica y
social, con medidas que apoyen las regiones
atrasadas y pobres.
Entre la UE y el
Mercosur se han establecido Importantes relaciones
comerciales. La UE es el principal socio comercial
del Mercosur (33% de todas las importaciones y 30%
de todas las exportaciones en 1997). En 1994, se
concertó un acuerdo de asociación interregional que
incluye la cooperación política entre las dos
organizaciones, la progresiva liberalización del
comercio y el aumento de la colaboración en diversos
sectores económicos. Las negociaciones para dar
seguimiento a este acuerdo se iniciaron en 2000 y ya
en 2006 Mercosur recibirá de la UE importantes
intervenciones financieras.
El ALCA es un
acuerdo comercial propuesto en 2003 a 34 países de
América y el Caribe, excluida Cuba. Está dirigido a
crear una zona de libre circulación de productos
básicos; inversiones y capital, sin obstáculos ni
derechos aduaneros. Las negociaciones deben
terminar en enero de 2005 para dar tiempo a que cada
parlamento ratifique el acuerdo el 31 de diciembre
de ese mismo año. El ALCA fue concebido para crear
la zona de libre comercio más grande del mundo.
En la actualidad
9 grupos coordinados trabajan en las negociaciones,
en los temas siguientes: abolición de derechos
arancelarios, exportación y agro-exportación,
libertad de inversión, privatización de servicios
públicos, oportunidades para inversores privados
extranjeros en ofertas públicas, protección de la
propiedad intelectual, perfeccionamiento de la
legislación sobre vertimiento y asuntos similares,
desarrollo de mecanismos que favorezcan el libre
comercio en todo el mundo, regulaciones sobre
controversias entre estados e inversores. Tres
comités se ocupan de las pequeñas economías,
comercio por correo-e y sociedad cívica. No existe
ningún grupo que se ocupe de los temas relacionados
con derechos humanos, medio ambiente, género y
asuntos laborales.
La
superioridad económica y política de los Estados
Unidos y sus bien conocidos fines imperialistas
determinan una importante asimetría en las
negociaciones, igual que en el caso del TLC. En
consecuencia, el proyecto del ALCA es muy criticado,
especialmente porque permite el predominio
estadounidense.
Los economistas y
activistas del continente que se reunieron en La
Habana para asistir a la segunda reunión de lucha
contra el ALCA han elaborado una lista de los
mayores peligros que éste podría entrañar: la
liberalización del comercio y los servicios,
incluidos los servicios sanitarios, sociales y de
educación, y el fin del control gubernamental sobre
sectores clave de la economía, libertad para los
inversores para moverse sin control ni injerencia
gubernamental; liberalización de contratos de
suministro gubernamental en las administraciones
públicas; imposibilidad de aplicar medidas de
protección en favor de producciones tradicionales y
el sector de la exportación, total garantía de la
propiedad intelectual sobre patentes de ingeniería
genética, limitada soberanía de los estados en
controversias internacionales.
Los sectores más
severamente afectados por este básico desequilibrio
serán la agricultura, servicios, inversiones y
propiedad intelectual. La apertura del mercado
agrícola sudamericano significará que la agricultura
tradicional dependerá cada vez más de las empresas
multinacionales, tanto para cultivos tradicionales
como para producciones genéticamente modificadas, y
que la agroindustria progresivamente predominará.
La liberalización
de los servicios afectará a diversos sectores como
la salud, suministro de agua y energía, transporte,
telecomunicaciones y medio ambiente. Con toda
probabilidad los sectores que pronto tendrán
problemas serán los de abastecimiento de agua y
energía. Estos sectores tienen el mayor margen
potencial de utilidades.
Y llegamos al
tema de la propiedad intelectual y las inversiones,
el propósito que se persigue con el ALCA es la
extensión de las regulaciones del TLC; estas
comprenden el reconocimiento por empresas
comerciales de derechos exclusivos sobre productos
patentados, la posibilidad de invertir grandes
cantidades de capital extranjero en el mercado
latinoamericano, la posibilidad de que inversores
extranjeros demanden a un estado en caso de pérdidas
debidas a la aplicación de leyes de protección
ambiental.
Las intenciones
que se tienen con los diversos tipos de uniones
analizadas en el presente trabajo son evidentes.
Debemos prestar atención a la advertencia de Martí.
“Si dos
naciones no tienen intereses comunes, es probable
que los elementos peligrosos de la nación que
convida se desarrollen al unirse, con gran peligro
para el convidado”.
Sin salirnos del
marco inspirado por José Martí hace más de cien
años, es instructivo comparar la UE y América Latina
desde el punto de vista del desarrollo económico, lo
que explica las sustanciales diferencias económicas,
históricas, geográficas y sociales existentes entre
las dos regiones. Además de los países del Mercosur,
también analizaremos a Colombia y Venezuela. Los
datos fueron tomados de “Indicadores del Desarrollo
Mundial para 2003”. Los datos corresponden al año
2001, y para las comparaciones con el pasado hemos
seleccionado el año 1990, a fin de estudiar un
periodo que comprenda los tratados comerciales
examinados anteriormente, y sus efectos en las
economías de los países estudiados.
Permítasenos
empezar por los principales indicadores del
desarrollo. En los años 1990-2001, la UE
experimentó un aumento de su PNB a una tasa de 9,4%,
mientras la cifra de Brasil era de 7,4%. Todos los
demás países latinoamericanos duplicaron su PNB en
esos once años (Venezuela realmente lo triplicó).
Las economías de ambas regiones están experimentando
un crecimiento del sector de los servicios, aunque,
en los PNB de América Latina, la participación de la
agricultura es mayor que en los países de la UE.
Sin embargo, en Paraguay, miembro del Mercosur, el
75% de su PNB corresponde al sector de los
servicios, a pesar de que su ingreso per cápita es
muy bajo.
Los países
latinoamericanos tienen un crecimiento demográfico
más rápido que la UE. El aumento de la fuerza de
trabajo es más rápido que el crecimiento demográfico
en sí, mientras en la UE estas dos cifras están
parejas. Esto se resume obviamente en un grave
problema de empleo. En los años que se examinan el
desempleo aumentó solo en 0,3 en la UE, mientras,
por ejemplo, la cifra de Brasil aumentó del 3,9% al
9,6%. Parte de este aumento generalizado en el
desempleo en América Latina se puede explicar por
los problemas que estos países tienen en la
transición de una economía agrícola a una economía
de servicios. Esto reviste particular importancia
en Colombia, pues es una formidable limitación desde
el punto de vista de las políticas macroeconómicas.
El desempleo, si no se toman medidas, podría acabar
constituyendo una amenaza para la estabilidad
política. Sus causas deben buscarse no solo en el
crecimiento demográfico, sino también en la
transición de una economía agrícola a una economía
basada en los servicios (en este caso la cuestión de
capacidad es primordial), y en lo inadecuado de la
legislación en el campo de la administración laboral
y la protección respecto de la apertura de la
economía brasileña.
En cuanto a la
relación de intercambio de las dos regiones, lo más
importante es que la UE puede ostentar cifras no
negativas en los años comprendidos entre 1990 y
2001, mientras los resultados en América Latina
empeoran, y las importaciones crecen más rápido que
las exportaciones. Paraguay, Brasil y Venezuela han
experimentado una reducción de sus exportaciones.
Las inversiones extranjeras directas se han
incrementado en Brasil, igual que en toda la región
de la UE, aunque a un ritmo mucho más rápido en esta
última. En general, en América Latina, ha habido un
aumento de la presencia de capital extranjero, en
ocasiones, ese aumento ha sido marcado. Al analizar
la estructura de intercambio con la UE y los Estados
Unidos, la UE parece convenir mucho más a la América
Latina. Las empresas multinacionales
estadounidenses han demostrado que pueden asfixiar a
la industria y la agricultura locales, como lo
experimentó México y también Argentina, Paraguay y
Uruguay.
En el periodo que
se analiza tanto Brasil como la UE aumentaron sus
importaciones en 7%, mientras las exportaciones
aumentaron en 9% en la UE y solo el 5% en Brasil.
Este es un importante indicador de una diferencia en
las posibilidades de desarrollo de las dos regiones,
y de la capacidad de éstas para hacer frente a las
fuerzas predominantes de la globalización. Ambos
países han podido atraer inversiones extranjeras
directas, pero mientras Brasil pasó del 0,4% al 5,1%
como porcentaje del PNB, la UE ha pasado del 2,9% al
14,8%.
Desde 1994, con
la puesta en marcha del Mercosur, los países
miembros experimentaron un cambio en el patrón de
actividades comerciales respecto de otras zonas
geográficas, como, por ejemplo, los Estados Unidos.
En los años 2000 y 2001, Brasil invirtió realmente
la balanza de exportaciones-importaciones con los
Estados Unidos: mientras antes solía exportar más
que lo que importaba, ahora sucede lo contrario, lo
que indica que el comercio con la UE parece ser más
conveniente para los intereses económicos de
Brasil. El flujo del comercio con la UE siempre ha
sido mayor que con los Estados Unidos.
Ese es un sólido
argumento contra la integración en el ALCA. De
hecho, esta aumentaría más las perjudiciales
relaciones económicas con los Estados Unidos,
mientras reduciría las lucrativas con la UE.
La apertura al
libre mercado y la globalización ha producido un
cambio en la relación de intercambio que de positiva
ha pasado a negativa. El desempleo también ha
aumentado. Varios países no han podido impedir los
problemas ocasionados por el tránsito de una
economía rural a una economía de servicios. La
continua pérdida de empleos se puede explicar por el
proceso de reestructuración industrial provocado por
el aumento de la competencia internacional originado
por la apertura de la economía. La apertura de
Brasil ha tenido lugar sin preparación desde el
punto de vista de la adopción de disposiciones
jurídicas para la reorganización del mercado
laboral.
No obstante, de
alguna manera, la crisis económica de 1995 no ha
afectado a los países del Mercosur, que han adoptado
una política comercial similar a la de la UE Los
países que no eran partes en ningún tratado o unión
comercial experimentaron, en ese periodo, una
reducción de su ingreso per cápita, y de los
empleos. En Colombia, por ejemplo, una quinta parte
de los trabajadores están desempleados. Mientras
todos los principales datos macroeconómicos muestran
un empeoramiento en toda América Latina, los países
del Mercosur se las han arreglado mejor que los
otros, lo que demuestra que el camino que han
emprendido es el correcto. Esto ha ocurrido a pesar
de una aplicación extremadamente rápida de los
objetivos del Mercosur de abrir las economías, con
todas las consecuencias negativas que trae la
ejecución acelerada de reformas.
Al Mercosur le ha
llegado gran ayuda de la propia UE, y el intenso
intercambio comercial que ha tenido lugar ha traído
beneficios económicos y financieros. El ingreso per
cápita de los países del Mercosur es 40% mayor que
el promedio latinoamericano. Entre los países
miembros, en los últimos seis años, el comercio ha
aumentado a una tasa media de 27%. El PNB ha
crecido en 3,5% anual. El impacto negativo de la
crisis mexicana de 1995 (provocada por la ausencia
de beneficios derivados de la entrada de México en
el TLC) surgió y desapareció.
El surgimiento
del ALCA ralentizaría el natural desarrollo del
Mercosur, interrumpiendo un proceso que no solo ha
demostrado que puede promover el crecimiento
económico equilibrado y la colaboración
internacional con otras zonas, sino que también
contiene la semilla de un proceso a largo plazo de
unificación política y monetaria similar al de la
UE. Asimismo, impediría la incorporación al
MERCOSUR de otros países latinoamericanos. La
aceptación del ALCA también traería todas las
consecuencias negativas de una indiscriminada
apertura del mercado.
6. Conclusiones
La contradicción
entre el centro y la periferia se produce en gran
escala al nivel del sistema mundial. De hecho, en
el sistema mundial, los países que no pertenecen al
grupo dominante son mantenidos en las funciones
económicas, geográficas y políticas que se les ha
asignado, y esto limita sus posibilidades de
desarrollo. La elemental elección para el
desarrollo entre la autosuficiencia y el crecimiento
orientado hacia la exportación es, en otras
palabras, tergiversada por la influencia de las
necesidades y los dictados del sistema
internacional. Esta situación contribuye a
conformar y mantener una estructura mundial que
permite a los países desarrollados desempeñar una
función dominante en los sectores agrícola,
industrial, financiero, militar y tecnológico. Esto
se agudiza debido a la lucha que los mercados de
capital libran contra (en particular, aunque no
exclusivamente) América Latina y gran parte de
Asia. Como resultado de todo esto, la periferia
entera, el Tercer y Cuarto mundos, padecen hambre,
subdesarrollo y guerras de todo tipo que suelen ser
de carácter militar, pero que también pueden ser de
naturaleza económica, comercial y financiera. Eso
significa que millones de vidas son destruidas cada
año de diferente manera.
Los temores de
Martí parecen haber sido confirmados.
Martí, como ya
dije anteriormente, no se consideraba solo el
paladín de la liberación de Cuba y Puerto Rico, su
punto de vista era verdaderamente
internacionalista: se sentía responsable por toda “Nuestra
América”, esta nueva entidad con la que él
soñaba. Ho Chi Minh también tenía un vivo interés
en toda Indochina, en los países coloniales, en
general, y en las clases populares de las
metrópolis. Ambos hombres perseguían el objetivo de
liberar también a las clases pobres y oprimidas de
las metrópolis: la lucha antiimperialista y
anticolonialista no fue más que un paso hacia ese
fin. Para mostrar el persistente papel desempeñado
por los Estados Unidos en la historia moderna del
colonialismo y el imperialismo, debemos señalar
también que ambos hombres tuvieron precisamente que
luchar contra ejércitos e intereses económicos y
políticos estadounidenses.
La vida de Martí
es aleccionadora para los que participamos en el
mismo tipo de lucha. Nunca debemos olvidar que
Martí era la clase de hombre, como inteligentemente
señaló Bertrand Russell, que pensaba que presenciar
un crimen sin sentir la necesidad de actuar contra
él es como cometerlo. Las características
reservadas y militaristas del concepto de Martí de
un partido revolucionario son solo una de las
posibles formas de inducir cambios determinados por
las necesidades de la lucha revolucionaria. La
táctica de Martí era adecuada a un conjunto de
circunstancias históricas. Todos debemos meditar
sobre la necesidad de organizarnos contra el
imperialismo, y analizar las ideas de Martí y el
tipo de acción política, sus aciertos y sus errores,
es, sin duda, útil Sin embargo, sobre todo,
deberíamos reconocer, a través de sus ideas y
acciones, su inquebrantable compromiso con la causa
de la libertad, la democracia y la justicia social.
Hay pues rezones
para esperar que un cambio en la triste situación
presente tal vez no esté tan lejos.
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*Profesor, Facultad de
Ciencias Estadísticas, Univ.”La Sapienza”,
Director Científico de CESTES y de la revista
PROTEO.
José Martí nació en La Habana, Cuba, en 1853, y fue
muerto en combate, en Cuba, en 1895. Su familia era
de origen español, y él pasó parte de su vida en
España cuando niño. Pronto se sumó a la causa de la
revolución por la justicia, el desarrollo y la
independencia de América Latina, y pasó largos
periodos en el exilio, incluso en los Estados Unidos
de América. Cuando regresó fundó el Partido
Revolucionario Cubano, luchando por sus ideas
hasta su desaparición física.
La penosa situación descrita antes, y los
sufrimientos que acarrea, tienen consecuencias
paradójicas que empeoran el mutuo entendimiento
entre las culturas del mundo. Tomemos como ejemplo
el desastre del 11 de septiembre, considerado con
justeza por los occidentales como un acto de
barbarie. Por el contrario, los pueblos de los
países explotados y muy heridos por Occidente lo
podrían interpretar como un desastre menor. De
hecho, la atrocidad que tuvo lugar en Nueva York
parece nimia comparada con las atrocidades que han
venido ocurriendo diariamente en el Tercer Mundo
durante más de doscientos años.
La diferencia entre ricos y pobres en los EE.UU.
aumentó mucho en los pasados 30 años; si en 1969 el
1% de toda la población poseía el 25% de la riqueza
nacional, en 1999 el porcentaje aumentó a un 40%.
El inventario de desequilibrio financiero nacional
aumentó de
12
a 22 billones de dólares entre 1995 y 2000.
En los EE.UU. el desempleo registró un enorme
aumento. Se ha observado una disminución del
consumo de más de 0,5%. El PIB en el segundo
semestre de 2001 aumentó solo en 0,2% mientras que
fue negativo (-0,4%) en el tercer trimestre, lo que
indica la fase recesiva.
La subordinación de la UE a los
EE.UU. fue patente durante la Guerra de la OTAN en
Yugoslavia. El impacto negativo que tuvo en el euro,
que cayó, comparado con el dólar en ese periodo,
cerca de un 12%, y en las economías de los 15 países
de la UEM.
Véase: R.Martufi, L.Vasapollo, "EuroBang…..",
Op. cit.
Véase: R.Murray, "Flexible Specialization In The
<Third
Italy>",
Capital and Class, 34, 1988.
Véase: R. Martufi, L. Vasapollo, "EuroBang…",
Op. cit.; D. Harvey, "The Geopolitics Of
Capitalism", en D. Gregory, J. Urry, "Social
Relations and Spatial Structures", Londres, 1985.
Que muchos de los fenómenos que aquí se examinan
llevan la firma del imperialismo no hay que
decirlo. Para otros análisis del tema del
imperialismo, véase Arriola/Vasapollo (2004),
Vasapollo/Casadio/Petras/Veltmeyer (2004), Casadio/Petras/Vasapollo
(2004).