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Resumen.
El
presente trabajo discute de que modo, en el contexto
neoliberal, la “reforma del Estado” fue concebida y
sigue siendo estimulada por el Banco Mundial. Aborda,
inicialmente, la secuencia histórica de las reformas
estructurales, enfatizando los contornos generales de
las políticas de ajuste y de las reformas de “segunda
generación” abogadas por el Banco. A continuación,
presenta la evolución de las posiciones del Banco con
respecto al tema de la reforma del Estado durante la
década de 1990. Después, analiza las propuestas gestadas
en el seno del Banco a favor de una agenda política que
fuera más allá del “Consenso de Washington”. Finalmente,
son discutidas la naturaleza y las implicaciones de la
forma por la cual el Banco trata el tema.
Palabras-clave: Estado, reformas estructurales,
neoliberalismo.
El objetivo del presente trabajo es discutir de que
modo, en el contexto neoliberal, la “reforma del
Estado” fue concebida y sigue siendo estimulada por el
Banco Mundial. Aquí se defienden cuatro hipótesis:
-
El tema sólo fue tomado en cuenta específica después
de la crisis de México de 1994. En el centro del
debate estuvo la necesidad de una “segunda generación”
de reformas estructurales, centrada no más en la
“minimización” del Estado y sí en el montaje de un
Estado “eficiente”. Sin embargo, las políticas de
ajuste estructural ya habían provocado en la práctica
una drástica transformación del Estado, en la medida
en que reorientaron sus acciones y establecieron
nuevas prioridades estratégicas.
-
Desde el inicio, el asunto fue tratado por el Banco
Mundial con un enfoque “administrativista”, que sirve
para ocultar dos procesos simultáneos: por una parte,
la institucionalización de una nueva configuración de
poder, materializada en la supremacía del capital
financiero y, por la otra, el ataque a los derechos
sociales vinculados al mundo del trabajo.
-
De la forma en que fue concebida por el Banco Mundial,
la “reforma del Estado” debe realizar un doble
movimiento: por un lado, el “blindaje” de las agencias
estatales encargadas de conducir la política
macroeconómica contra reivindicaciones democráticas;
por el otro, la “ampliación selectiva” del propio
Estado, por medio de la creación de un conjunto de
“arreglos público-privados” ahora responsables por
desarrollar funciones que antes sólo eran desempeñadas
por instituciones públicas.
-
La agenda de reformas estructurales preconizadas por
el Banco Mundial continúa basada en los marcos
fundamentales del “Consenso de Washington”, a pesar
del discurso a favor de su superación.
El
texto está organizado en cuatro puntos. El primero
aborda la secuencia histórica de las reformas
estructurales, haciendo énfasis en los contornos
generales de las políticas de ajuste, del Consenso de
Washington y de las reformas de “segunda generación”
patrocinadas por el Banco Mundial. El segundo presenta
la evolución de las posiciones del Banco Mundial con
respecto al tema de la reforma del Estado durante la
década de 1990. El tercero analiza las propuestas
gestadas en el seno del Banco Mundial a favor de una
agenda política que fuese “más allá” del Consenso de
Washington. El cuarto
discute la naturaleza y las implicaciones de la forma
como el Banco Mundial viene tratando el tema de la
reforma del Estado.
1.
Neoliberalismo y reformas estrutucturales de primera y
segunda generación
El tema de la “reforma del Estado”, tal como fue
elaborado por el Banco Mundial, tiene como premisas la
ascensión de la plataforma político-ideológica
neoliberal y la crisis del Estado social-demócrata y de
sus variantes nacional-desarrollistas (Vilas, 1997). Los
cambios profundos en el régimen de acumulación
capitalista y en el sistema interestatal han redefinido
paulatinamente la correlación de fuerzas materializada
en el Estado, tanto en el centro como en la periferia,
dando origen a una nueva expresión institucional de
intereses y prioridades. Impulsada por las acciones de
los gobiernos Reagan y Thatcher, así como por la
creciente gravitación de los organismos financieros
internacionales ¾ sobre todo después de la crisis de la
deuda externa de América Latina a principios de los años
1980 ¾, ganó fuerza la visión en favor del libre mercado
como condición necesaria y suficiente para el
crecimiento económico (Anderson, 1995; Fiori, 2001, 1997
y 1995). Para ello, urgía reducir al mínimo la presencia
del Estado en la economía, garantizando al mercado la
primacía en el destino de recursos y en la fijación de
precios.
La crisis del endeudamiento externo de los países
latinoamericanos surgida a principios de los años 80
fue tratada en un inicio con un enfoque circulacionista,
basado en el control de la oferta monetaria y en la
contracción de la demanda mediante “terapias de choque”.
Los resultados desastrosos de esas experiencias, unidos
a un mayor reconocimiento de la influencia de problemas
estructurales en el desequilibrio macroeconómico,
introdujeron modificaciones en las recetas pregonadas
por el mainstream (Ríos, 1997:3). De esta forma,
la renegociación de la deuda externa y el acceso a
nuevas fuentes de financiamiento fueron condicionadas a
la adopción de una serie de políticas de ajuste, cuyo
objetivo era no sólo asegurar el pago del servicio de la
deuda, sino también promover la transformación
estructural de las economías nacionales rumbo al modelo
neoliberal que, a finales de los años 1980, predominaba
en una gran parte del sistema internacional. En el
lenguaje del Banco Mundial (2001:61-2), se trataba de
superar un tipo de desarrollo “dirigido hacia dentro” y
“liderado por el Estado”. La esencia de ese pensamiento
era que la mayor parte de las dificultades de los países
endeudados se debía, sobre todo, a la “rigidez” y al
“cierre” de sus economías, directamente asociadas al
modelo de industrialización por sustitución de
importaciones y a la “intervención estatal”.
El discurso que atribuía la quiebra fiscal del Estado a
sus supuestos excesos en la distribución y en el
proteccionismo se convirtió,
entonces, en una especie de verdad dominante. El
cambio operado en las instituciones económicas de los
países periféricos pasó a ser considerado más importante
que la reducción de la deuda externa, cuyo servicio
aumentó enormemente en los años 80, permitiendo que los
acreedores privados saneasen sus carteras. Incluso
estando muy endeudada, América Latina transfirió
recursos por un monto de 500 mil millones de dólares
estadounidenses entre 1983 y 1992, aunque su deuda
externa, en el mismo período, creciese de 360 mil
millones de dólares a 450 mil millones de dólares
estadounidenses (Soares, 2003:23-5). En aquel momento,
la acción del Banco Mundial y del Fondo Monetario
Internacional en favor del “ajuste” demostraba su
alineamiento orgánico con los intereses del capital
financiero internacional (Lichtensztejn & Baer, 1987;
Araújo, 1991).
La política económica entonces hegemónica en los
círculos internacionales a finales de los años 1980
consistía en un conjunto de diez medidas, conocidas como
“Consenso de Washington”: a) disciplina fiscal rígida;
b) redireccionamiento del gasto público hacia áreas de
elevado retorno económico y potencial para mejorar la
renta; c) reforma tributaria; d) tasas de intereses
positivas fijadas por el mercado; e) cambio competitivo
y liberalización financiera; f) liberalización
comercial; g) apertura a la inversión extranjera; h)
privatización; i) amplia desregulamentación; j) estímulo
y protección a la propiedad privada (Williamson, 1992).
Según su organizador, el Consenso de Washington no debía
exponerse a la polémica del debate político democrático
para que la “economía” no sufriese cualquier tipo de
“contagio”. También se sugería a todo el espectro
político que lo adoptasen, principalmente los partidos
de izquierda, dejando abierta a la discusión sólo el
problema de cómo alcanzar el equilibrio entre la
eficiencia económica ¾ definida como la soberanía del
mercado ¾ y la equidad social (Williamson, 1993).
Por
otra parte, las tesis a favor del “Estado mínimo” fueron
rechazadas por Williamson (1992:45), alegando que la
“liberalización existe para reforzar el mercado” y no
para “debilitar al Estado”. Ya estaba claro ¾ al menos
para algunos formuladores de políticas a nivel
internacional más atentos ¾ que el discurso a favor de
la reducción del Estado no podría materializarse, ya que
un Estado debilitado no lograría supervisar debidamente
el sistema financiero, lo que podría amenazar el
funcionamiento de la propia economía capitalista.
Todavía, el autor reconocía que no existía “una forma
sencilla de resumir los cambios en el papel del Estado,
necesarios para sustentar una economía de mercado” (ibid:45).
En la misma época, el Banco Mundial también rediscutía
el papel del Estado en la economía, en una dirección un
poco diferente de las visiones más ortodoxas sobre el
“Estado mínimo”, como se discutirá en el próximo punto.
En
aquel período, el ataque al debate democrático y al
Estado desarrollista implícitos en el discurso
neoliberal fueron resueltos con la creación de la figura
de las “democracias de mercado”. De ese modo, la
promoción del programa económico sistematizado en el
Consenso de Washington se convirtió en condición de
reconocimiento y parámetro de evaluación de la calidad
del régimen político y de la vida institucional de los
países periféricos (Vilas, 2001:9). La consecuencia de
ese arreglo fue que, cada vez más, las decisiones
estratégicas para diseñar una nueva forma de acumulación
del capital deberían ser impenetrables a las
reivindicaciones de los sectores populares.
Esa fase de ajuste estructural se prolongó hasta 1993 y
abarcó prácticamente a toda América Latina, aunque de
diferentes formas según las especificidades de cada país
(Edwards, 1977:18). En la práctica, esa “primera
generación” de reformas se concentró en controlar la
inflación y en retomar el crecimiento, a partir de un
conjunto de acciones dirigidas al ajuste de la política
macroeconómica, a la apertura comercial y financiera, a
la desregulamentación de la economía, al ajuste fiscal y
a las privatizaciones (Naím, 1996). Al contrario de lo
prometido, esa receta no logró revertir la tendencia al
estancamiento de las economías latinoamericanas que
abarcó toda la década de 1980. Sin embargo, la nueva ola
de liquidez internacional vivida a principios de la
década siguiente parecía no sólo garantizar las
condiciones para el crecimiento económico y el avance de
las reformas, sino también corroborar su rumbo y
intensidad.
Las políticas de ajuste estructural produjeron diversos
resultados. Sin embargo, hay evidencias muy claras que
muestran la reproducción de un círculo vicioso de crisis
y estancamiento económico, un aumento general de las
desigualdades sociales y un aumento de los niveles de
pobreza en muchas sociedades (SAPRIN, 2002; Stiglitz,
2003; Borón, 2005 y 2001). Por esta razón, resulta más
correcto no denominarlas reformas y sí efectivas
contra-reformas (Borón, 2004). Evidencia mayor de
ese resultado es la consolidación de una nueva
configuración de poder económico y político
materializada en la supremacía del capital financiero,
en la aceleración de la concentración y centralización
del capital, en el debilitamiento de las instituciones
democráticas y en la destrucción de derechos sociales
vinculados a la protección del mundo del trabajo (Fiori,
2001a y 2000a; Vilas, 2000 y 1997).
A pesar de las señales anteriores de descontento popular
con los resultados socialmente regresivos de las
reformas, la euforia liberal sólo fue rota en el seno de
los círculos dirigentes internacionales por la doble
crisis de México: la insurrección zapatista en enero ¾
justamente cuando se iniciaba el Tratado de Libre
Comercio de América del Norte (NAFTA) ¾ y la crisis
financiera a finales de 1994 (cf. Edwards, 1997b:2-3).
Las contradicciones generadas por el proceso de
liberalización se expresaron de forma condensada en
aquella coyuntura, suscitando en el seno de los
organismos financieros internacionales una reevaluación
sobre el curso de las reformas. La necesidad de esa
revisión se hizo aún más evidente por el desgaste
político de los gobiernos neoliberales y, sobre todo,
por el duplo fracaso en la retomada del crecimiento
económico y en la reducción de la pobreza, observado
hasta entonces en la mayoría de los países que adoptaban
las recetas del Consenso de Washington (especialmente en
América Latina). El contraste con el elevado desempeño
económico del este de Asia, que no seguía estrictamente
aquella receta, era evidente. De ese modo, comenzó a
debatirse más seriamente la idea de que el crecimiento y
la prosperidad no podrían lograrse tan sólo mediante
reformas macroeconómicas y que sería necesario realizar
una “segunda generación” de reformas estructurales, ya
no de carácter macroeconómico y sí “institucional” (Naím,
1996). Lo que antes era visto como meta pasó a ser
considerado como condición previa para el crecimiento y
el desarrollo.
Salió a relucir, de manera decisiva, el debate sobre el
papel del Estado. Según altos directivos del Banco
Mundial, esa nueva etapa debería, de una forma u otra,
ir “más allá” del Consenso de Washington, con la
finalidad de crear las condiciones para el crecimiento
económico a largo plazo (Burki & Perry, 1998; Stiglitz,
1998). En que pese a la relativa diferencia de
propuestas en debate en el mainstream
internacional y las especificidades del proceso de
implementación de las reformas en cada país, es posible
comparar ambas etapas a partir de cinco criterios: a)
prioridades; b) estrategia; c) instrumentos; d) forma y
velocidad de implementación; e) costos y riesgos
políticos para sus operadores y visualización de
resultados. La tabla a continuación resume las dos
etapas.
Síntesis comparativa de las reformas
estructurales de 1ª y 2ª generaciones
|
Ejes de comparación |
Reformas de 1ª generación |
Reformas de 2ª generación |
Prioridades
|
Reducir la inflación y reactivar el
crecimiento económico. |
Mantener el control de la inflación,
acelerar el crecimiento, consolidar la apertura
económica, aumentar la competitividad internacional,
estimular el ahorro interno y aliviar la pobreza. |
|
Estrategia |
Modificar las reglas macroeconómicas,
reducir el tamaño (gasto público/PIB) y las esferas
de acción del Estado, desmantelar el proteccionismo
y el estatismo. |
Promover la reestructuración
institucional necesaria para el funcionamiento de la
economía de mercado e impulsar la competitividad del
sector privado. |
|
Instrumentos |
Cortes presupuestarios drásticos,
reforma fiscal, liberalización de precios
(incluyendo tasas de interés y de cambio),
liberalización comercial y financiera,
desregulamentación del sector privado y
privatizaciones. |
Reestructuración institucional,
entendida como reforma de la administración pública
(reducción de la maquinaria estatal y modernización
técnica), descentralización, arreglos
público-privados y nuevos marcos legales y
regulatorios; independencia del Banco Central;
reforma de la legislación laboral; mantenimiento del
ajuste fiscal; fortalecimiento de la capacidad de
recaudación, principalmente mediante la reforma de
la seguridad social; reforma educacional;
privatizaciones más “difíciles”; fortalecimiento del
sector financiero; reforma del Poder Judicial,
estímulo a mercados financieros rurales;
dinamización de los mercados de compra y venta y de
arrendamiento de tierras; focalización de los
programas sociales en los segmentos más pobres.
|
|
Forma y velocidad de implementación |
Relativamente sencilla, rápida y
drástica, mediante un mayor aislamiento del
Ejecutivo con respecto al sistema político
partidista y el desmantelamiento de agencias
públicas que no son reemplazadas por otros órganos. |
Más lenta y compleja debida a la
gestión más compartida y al estímulo a mecanismos de
concertación social, que agregan un número mayor de
agentes políticos y tienden a introducir más
tensiones en las políticas. |
|
Naturaleza de los costos y de los
riesgos políticos para sus operadores |
Riesgos inmediatos y significativos,
con impacto directo en la economía. Costos diluidos
por grupos dispersos de la población. |
Riesgos más diluidos y con menor
visibilidad pública (excepto en caso de
privatizaciones específicas, de la flexibilización
de la legislación laboral y de la reforma de la
seguridad social). Los costos recaen sobre grupos
específicos capaces de mayor resistencia y
vocalización política. |
|
Visualización de los resultados |
Aparecen con mayor rapidez. |
|
Fuentes: Naím (1996),
Burki & Perry (1998 y 1997), Banco Mundial (2001 y 1997)
y Williamson (2004a).
Para el Banco Mundial el mérito de esa agenda de
reformas estructurales es, bajo cualquier criterio,
incuestionable. No es casual que recientemente se
afirmara que “como promedio, donde esas reformas
favorables al mercado fueron bien implementadas,
acabó el estancamiento económico y recomenzó el
crecimiento” (Banco Mundial, 2001:62, JMMP). Por
eso se trata de profundizarlas, finalizando las reformas
de primera generación que habían quedado pendientes o
incompletas, y de ampliarlas, implementando las de
segunda generación. En otras palabras, para el Banco
Mundial, las líneas centrales de la agenda
político-económica que deben adoptar los países
periféricos ya fueron íntegramente definidas, a pesar de
su estrepitoso fracaso en retomar el crecimiento,
reducir la pobreza y minimizar las asimetrías entre los
países (Rodrik, 2002; Stiglitz, 2003; Borón, 2004). El
problema sólo radica en como proseguir las reformas de
acuerdo con las especificidades “nacionales”, de manera
que se neutralicen las resistencias y encuentren mucho
más rápido las condiciones para su consolidación (Banco
Mundial, 2001:61).
Sin embargo, el Banco Mundial reconoce que las políticas
de ajuste estructural provocaron o agravaron el
empobrecimiento de segmentos sociales más o menos
expresivos en los países donde fueran implementadas. En
su opinión (2001: 7 y 66-7), esto es inherente al
proceso de ajuste y debe compensarse selectivamente
donde el nivel de tensión social pueda alcanzar niveles
más altos. Por ello, los programas de “alivio a la
pobreza” son la contracara necesaria del mantenimiento y
de la profundización de las políticas neoliberales. No
es casual que en el informe más reciente del Banco
Mundial (2001) referente al tema de la reducción de la
pobreza, se reiteren las políticas de ajuste y todo el
paquete de reformas de segunda generación como el camino
a seguir por los países “en desarrollo”.
De hecho, el énfasis puesto por el Banco Mundial en el
alivio de la pobreza tiene un carácter instrumental, con
el objetivo de garantizar el soporte político y la
funcionalidad económica que necesita el nuevo modelo de
acumulación (Soares, 2003; Leher, 1998). En el caso de
América Latina, la reproducción de ese conjunto de
orientaciones político-económicas podría consolidar una
estructura social mucho más regresiva que aquella
producida por el nacional-desarrollismo (Borón,
2004:36-7).
2.
Los cambios de posición del Banco Mundial:
del Estado “mínimo” al Estado “eficiente”
Como se vió, es en el
marco del debate más amplio sobre los rumbos de las
reformas neoliberales que se sitúa la discusión sobre el
papel del Estado. El carácter inadmisible cada vez más
evidente de las tesis a favor del Estado “mínimo” se dió
por una serie de razones, entre las que se destacan: a)
la evidente concentración del poder en el marco del
gobierno central necesaria para promover las propias
reformas neoliberales; b) la consciencia social cada vez
mayor
¾
en cierto modo ratificada en las deliberaciones de
diversas reuniones y conferencias mundiales
¾
sobre problemas vitales para el presente y el futuro de
la humanidad (como medio ambiente, educación, pobreza,
hambre, desigualdades sociales, salud pública, etc.),
cuya solución depende de acciones más contundentes por
parte de los Estados nacionales; c) la propia dinámica
de las políticas de ajuste estructural, que requiere el
fortalecimiento de la acción estatal no sólo para
iniciarlas sino también para regular la esfera de acción
de los agentes económicos, de forma que se eviten las
prácticas condenables por sus propios promotores
(“riesgo moral” empresarial, patrimonialismo, corrupción
en el sector público, monopolios privados); d) la
necesidad de construir mecanismos de respuesta a la
aparición de crisis financieras; e) las bajas tazas de
crecimiento económico de los países que implementaron
políticas de ajuste estructural, incluso con
respecto a las metas fijadas por los propios organismos
internacionales (Borón, 2005 y 2004; Vilas, 2001 y
2000).
De cierta forma, ese
conjunto de factores se tradujo en el reconocimiento de
la necesidad de crear una red sólida y eficiente de
instituciones públicas que mejorase el funcionamiento de
la economía de mercado, previniendo o contrarrestando su
tendencia a la inmediatez, al desequilibrio y a la
recurrencia de crisis (Williamson, 2004; Naím, 1996).
Aunque la fé en la auto-regulación de los mercados no
fuese abandonada, en la práctica se reconocía, por
diferentes vías, su falacia (Vilas, 2001:10). Sin
embargo, esto no implicó cualquier tipo de autocrítica
con respecto a los fracasos y distorsiones de las
políticas de ajuste estructural, que fueron imputados a
problemas de ejecución y a la falta de una autoridad
estatal desvinculada de intereses particularistas (Vilas,
2000:4).
El “descubrimiento” de la
importancia de las “instituciones”
(Naím, 2000) para el desarrollo trajo para el primer
plan de la formulación de la agenda neoliberal la “Nueva
Economía Institucional”. Esta rama del conocimiento
ambiciona construir una teoría sobre la formación y la
evolución de las instituciones que pueda incorporarse a
la economía neoclásica y ser compatible con ella (Medeiros,
2001:78). La adopción de esa estructura teórica permitió
al Banco Mundial aceptar la introducción de una
dimensión política para promover la economía de mercado,
pero la política quedó reducida al aspecto técnico y
instrumental. De ese modo, lo “institucional” fue
instrumentado y subordinado a la liberalización
económica, construida a partir de relaciones de poder
aceptadas como algo dado, naturalizado (Vilas, 2001:10).
Desde finales de los años 1980 estudios del Banco
Mundial ya destacaban que las reformas orientadas hacia
el mercado requerían la creación de un marco
institucional adecuado, de modo que la reducción de la
presencia directa del Estado en la economía tuviese como
contrapartida la constitución de reglas e instrumentos
que optimizasen el funcionamiento de los mercados y
disminuyesen sus fallas. Pero fue con el Informe sobre
el Desarrollo Mundial de 1991 que el Banco Mundial, por
primera vez, sistematizó el nuevo enfoque “amistoso con
el mercado” (market-friendly approach), según el
cual el Estado debería apoyar, fortalecer y complementar
el mercado en régimen de libre competencia. Ya no se
trataba más de condenar la intervención estatal en la
economía como algo indeseable y sí de reconocer el marco
de acción del Estado que se “armoniza” con el mercado,
permitiendo el máximo de competencia entre los agentes
económicos. En ese sentido, la acción estatal debe estar
totalmente al servicio de los mercados ¾ léase, de la
acumulación privada del capital ¾, dejando que
“funcionen por sí solos, a menos que se demuestre la
conveniencia de tomar parte en el asunto” (Banco
Mundial, 1991:6). En otras palabras, “para justificar la
intervención no basta saber que el mercado no está dando
buenos resultados; además de eso, es necesario estar
convencido de que el gobierno lo hará mejor” (ibid:153).
El informe señala que Asia Oriental y Japón se
desarrollaron mediante intervenciones estatales en el
mercado, como protección a la naciente industria y la
concesión selectiva de subsidios ¿Esto no invalidaría la
tesis según la cual el crecimiento depende de la
disminución de la intervención estatal? No, responde el
Banco Mundial, porque esos gobiernos: a) sometieron su
acción a la competencia interna y externa,
favoreciéndola (al contrario de los países
latinoamericanos); b) tuvieron el cuidado de no
distorsionar los precios relativos en demasía; c)
practicaron una intervención más moderada que la
existente en el resto de los países “en desarrollo” (ibid:4-5).
De acuerdo con el Banco Mundial, el Estado siempre
debería cumplir siete funciones fundamentales:
garantizar la estabilidad macroeconómica y el ambiente
propicio para la competencia capitalista, mantener el
orden público, invertir en “capital humano” (educación
primaria y salud básica), construir una infraestructura
productiva, proteger el medio ambiente, controlar la
natalidad y administrar la seguridad social. En materia
económica se afirma que el Estado es siempre propenso al
fracaso. Como resultado, se señalan los contornos
generales de una reforma del Estado que permitiese crear
instituciones públicas más eficaces. Las recomendaciones
eran: a) racionalizar la burocracia estatal
(modernización técnica, reducción de personal, aumento
de salarios, formas de control del trabajo); b) promover
un ajuste fiscal y una
reorientación general del gasto público; c) perfeccionar
la estructura administrativa y legal necesaria para
privatizar las empresas del sector productivo estatal;
d) transferir la prestación de funciones y servicios
públicos diversos a organizaciones no gubernamentales
(ONGs), vistas como vehículos más eficaces en promover
la participación popular y la lucha contra la pobreza;
e) reformar el poder judicial, a fin de abaratar los
costos judiciales, facilitar el acceso a la Justicia,
acelerar la atención de las demandas y optimizar las
relaciones de mercado; f) supervisar la banca privada
por medio de una legislación favorable
al desarrollo del capital financiero; g)
garantizar los derechos de propiedad. Se defiende una
apertura económica radical, ya que “los gobiernos tienen
que dejar que la competencia interna e internacional se
desarrolle sin dificultades” (ibid:10), así como un
programa de reformas rápidas y generales, combinadas con
políticas paliativas para aliviar la pobreza. Con
respecto a la distribución de la renta, se estima que
“cuando los mercados son eficientes, por lo general
aumenta la equidad de forma espontánea” (ibid:161).
Al año siguiente el Banco Mundial (1992) publicó un
informe específico sobre la importancia de la gestión
pública para la eficacia y la eficiencia de las reformas
neoliberales. Se reiteran todas las premisas del enfoque
“amistoso con el mercado”, pero se enfatiza la noción de
“gobernanza” (governance),
definida como la “forma mediante la cual el poder es
ejercido administrando los recursos sociales y
económicos de un país para el desarrollo” (ibid:1). Ya
no bastaba garantizar las condiciones para un buen
gobierno. Era necesario crear un ambiente de reglas y
instituciones bien definidas y consensualmente
aceptadas, propicias para los negocios, así como
desarrollar una gestión compartida de la autoridad
pública en diferentes áreas. De nuevo, el objetivo era
propiciar las condiciones más adecuadas para la libre
competencia.
También adquirió contornos mejor definidos la tesis de
que una gestión pública eficiente depende de cuán
profunda sea la relación entre las agencias estatales,
las asociaciones voluntarias y ONGs. Sobre la base de la
distinción liberal clásica entre Estado y sociedad, la
estrategia de promoción de la “sociedad civil” entonces
preconizada tendría como objetivo fortalecer el poder de
los agentes sociales y reducir el poder del Estado. El
camino sería el estímulo a la “participación
comunitaria” en la gestión de las políticas públicas.
Esto favorecería la asignación y uso eficiente de los
recursos públicos, la transparencia de la administración
y la responsabilidad y la rendición de cuentas de la
burocracia sobre sus actividades (accountability).
A partir de este razonamiento se preconiza la creación
de una estructura de “gobernanza” basada en un programa
de transformación institucional en tres niveles. En el
nivel macro, el montaje de un núcleo estatal
protegido de presiones privadas
“particularistas”, pero inexplicablemente comprometido
con las reformas neoliberales. En el nivel individual o
microeconómico, el estímulo a comportamientos asociados
con la racionalidad moderna individualista y
utilitarista propia de un supuesto modo capitalista de
ser de validad universal.
En el nivel intermedio o social, la organización
de una amplia esfera pública no estatal responsable por
el vínculo entre los niveles macro y micro, pero de
manera localista y
corporativa (ibid:13-27). De acuerdo con Vilas (2000:6),
ese documento tuvo un fuerte impacto en la formulación
de políticas del Banco Mundial y de otros organismos
internacionales, así como en la literatura académica
estadounidense, introduciendo en la agenda de
discusiones sobre las reformas el tema de la “ingeniería
institucional”.
En 1993 el Banco Mundial publicó su versión sobre el
desarrollo industrial acelerado y prolongado del este de
Asia en las décadas siguientes al fin de la segunda
guerra mundial.
Insistiendo en la primacía del libre mercado, el
documento sugiere que el desarrollo de aquella región se
debió a la implementación de una combinación sui
generis entre los fundamentos de la teoría
neoclásica y el enfoque “amistoso con el mercado”, lo
que, de cierto modo, ya había sido dicho en el informe
de 1991. Se admitió, con numerosas reservas, la
importancia estratégica de la planificación y de la
acción estatal en la orientación y sustentación del
crecimiento industrial mediante políticas sectoriales
activas, concesión selectiva de crédito subsidiado,
acuerdos entre agencias gubernamentales y empresas,
proteccionismo comercial, control de la cuenta capital y
prioridad al ahorro interno como fuente de inversión. Si
esto evidentemente iba contra las premisas del
pensamiento neoclásico ¾ cuya primacía era reivindicada
insistentemente por el Banco Mundial ¾, al mismo tiempo
se destacaba el lado ortodoxo de la estrategia económica
de aquellos países, expresado en ciertas modalidades de
política económica y en la inversión pesada en la
formación de “capital humano” (educación y salud) y
infraestructura. En resumen, el “milagro” del este de
Asia no aparece como una vía de desarrollo capitalista
alternativa exitosa al neoliberalismo y sí como una
expresión más o menos heterodoxa del enfoque “amistoso
con el mercado”. Además, el Banco Mundial señaló la
naturaleza muy específica de aquella experiencia,
cuestionando no sólo si ella podría ser copiada en otras
regiones del mundo, sino también si su desempeño no
podría haber ocurrido mediante otras estrategias de
desarrollo.
Tres años más tarde, el Banco Mundial (1996) publicó un
informe específico sobre los problemas y dificultades
del Este Europeo y de la Comunidad de Estados
Independientes (ex Unión Soviética) en su transición
hacia el capitalismo. En lo referente a la reforma del
Estado, se reproducía el mismo enfoque diseñado en 1991:
“La presencia del Estado debe dejar de ser la norma para
ser la excepción. Su intervención sólo se justifica
cuando los mercados no bastan (…) y aún en ese caso sólo
en la medida en que mejore el funcionamiento del
mercado” (ibid:133).
Sin embargo, llama la atención la violencia del proceso
de liberalización que se proponía. Sin ningún tipo de
moderación, el Estado debería: a) reducir drásticamente
su presencia en la producción y distribución de bienes y
servicios; b) dejar de restringir y controlar
directamente la actividad comercial privada; c)
abstenerse de intervenir en el sector financiero; d)
concentrarse en fomentar la estabilidad macroeconómica y
en ofrecer un marco jurídico e institucional que
incentivase el desarrollo del sector privado y la
competencia capitalista; e) dejar de ser el proveedor
universal de las condiciones de vida de la población; f)
fomentar la ideología de que la renta y el bienestar
dependen exclusivamente del desempeño de los individuos
en el mercado; g) focalizar la asistencia social en los
segmentos más pobres de la población. Como la base sobre
la cual incidían los tributos se había reducido de modo
alarmante, en función de la caída de la actividad
económica y de la contracción de los salarios, el Banco
Mundial recomendaba el ahorro externo como fuente
principal de financiamiento de la economía.
En ese propio año, el Banco Mundial (1996a) publicó su
visión sobre la reforma del Estado en América Latina y
el Caribe. De nuevo se intentaba marcar la diferencia
entre la nueva propuesta y la tesis en favor del Estado
“mínimo”, afirmándose que si antes el Estado era visto
como “obstructivo y negativo para el desarrollo”, ahora
se reconocía que el mismo cumple “un papel especial y
innovador en la forma como se relaciona con los
mercados” (ibid:11). Según el informe, la reforma del
Estado en la región se había convertido en un imperativo
en razón de: a) la crisis fiscal de los años 80
vinculada a la crisis de la deuda externa; b) la
necesidad de elevar la competitividad de las economías
para que las empresas pudiesen ganar mercados en el
exterior; c) el aumento de la pobreza, de la desigualdad
y de la violencia; d) el aumento de la inquietud social
en lo referente al medio ambiente; e) la necesidad de
incorporar nuevos conocimientos económicos originados
por experiencias exitosas; f) la consolidación y
profundización de la democracia mediante la
descentralización (ibid:1-2).
Al intentar dar respuesta a los efectos de la crisis de
México, el Banco Mundial afirmaba que no bastaban
“buenas políticas” para consolidar la estabilidad
macroeconómica. Era necesario que los inversionistas
nacionales y extranjeros las considerasen estables y
creíbles. Correspondía al Estado asegurar las
condiciones para construir la confianza (confidence
building). De ese modo, se propuso una estrategia de
reforma en cinco frentes: a) aislamiento de la política
económica ante cualquier control democrático mediante la
independencia del banco central, un ajuste fiscal
riguroso y cambios en la elaboración y en el manejo del
presupuesto, con el objetivo de hacerlo más previsible y
vinculado al pago de la deuda pública; b) privatización
de bancos públicos y creación de agencias de supervisión
del mercado financiero doméstico para afianzar su
competitividad y “transferencia”, con el fin de
favorecer su integración al mercado global; c) creación
de una nueva estructura de producción de bienes públicos
(salud, educación, saneamiento, agua, etc) mediante
arreglos “público-privados”, sustituyendo “un sistema en
que el propio Estado produce y distribuye los bienes
públicos por otro donde el sector privado es quien los
produce y distribuye y el Estado diseña las políticas y
el marco regulatorio, supervisando su entrega” (ibid:5);
d) reforma del Poder Judicial con el objetivo de hacerlo
más barato, ágil, transparente, accesible a los pobres,
capaz de responder a los intereses del capital privado,
eficaz en la defensa de la propiedad privada y, sobre
todo, comprometido con dinamizar las relaciones de
mercado en la sociedad; e) y, finalmente, la reforma de
la administración pública, basada en la introducción
moderada de principios de mercado ya probados en la
burocracia estatal de los Estados Unidos y de algunos
países europeos.
En 1997, ya bajo la influencia de la llegada de James
Wolfensohn y Joseph Stiglitz a la presidencia y
vicepresidencia del Banco Mundial respectivamente, fue
publicado el informe sobre el papel del Estado en la
implementación, consolidación y avance de las reformas
estructurales (Banco Mundial, 1997). Si, por una parte,
los presupuestos del pensamiento neoclásico eran
nuevamente reiterados, por la otra también se
valorizaban acciones que lo contradecían, admitiéndose
que ciertos aspectos de la estrategia del este de Asia
podrían ser válidos para otros países. Por ejemplo, en
términos de política industrial se afirmaba que “cuando
los mercados son subdesarrollados, el Estado, en
determinadas ocasiones, puede reducir problemas de
coordinación y fallas de información y incentivar el
desarrollo de los mercados (ibid:6). A continuación se
afirmaba que “lo esencial (…) es la capacidad de escoger
la mejor intervención y utilizarla de manera eficaz” (ibid:6).
En el fondo, el informe no resuelve esos puntos de
tensión con el pensamiento neoclásico que él mismo
aboga. Aunque reprodujese las líneas centrales del
enfoque “amistoso con el mercado”, el informe acababa
ampliando un poco más el papel del Estado. De ese modo,
aunque repitiese la tesis básica de la complementariedad
entre Estado y mercado, se definió al Estado como un
“socio catalizador y facilitador” de la iniciativa
privada y del crecimiento económico (ibid:6). O sea,
ahora se admitía que el Estado no debería sólo
complementar el mercado, sino también corregir sus
fallas ¾ al menos cuando fuese “estrictamente
necesario”.
En términos de reforma del Estado, se proponía una
estrategia basada en dos directrices. La primera
consistía en ajustar la función del Estado a su
capacidad, lo que significaba definir el papel legítimo
de las acciones del Estado como siendo: a) garantizar la
estabilidad macroeconómica; b) asegurar un ambiente
económico no distorsionado (sin control de precios,
subsidios, etc.); c) establecer un marco legal claro y
adecuado a la libre competencia; d) invertir en
infraestructura y en servicios sociales básicos
(educación primaria y salud); e) proteger la propiedad
privada; f) proteger el medio ambiente; g) promover
programas sociales focalizados en los segmentos más
pobres. El mensaje era claro: “más allá de lo básico, no
es necesario que el Estado sea el único proveedor” (ibid:6).
La segunda directriz consistía en aumentar la capacidad
del Estado revitalizando las instituciones públicas, lo
que implicaba: a) crear normas y restricciones formales
que controlasen la acción arbitraria de la burocracia
estatal (por ejemplo, independencia y reforma del Poder
Judicial, creación de órganos fiscalizadores, etc.); b)
introducir mayor presión competitiva en el seno del
Estado, tanto mediante la creación de una burocracia
basada en el mérito, austera, corporativa y bien
remunerada, como por la competencia en el abastecimiento
de bienes y servicios entre el sector público, empresas
y ONGs; c) aproximar el Estado a la población, “dando
voz al pueblo” en la formulación y ejecución de
políticas sociales y aumentando la “participación
popular”. Se recomendaba avanzar en el proceso de
descentralización administrativa, pero de forma
escalonada y por sectores, con el objetivo de evitar la
desigualdad entre regiones, la indisciplina fiscal y la
“captura” del Estado por intereses locales.
A pesar de abogar por un Estado “más cerca del pueblo”,
el informe no dejaba de resaltar la necesidad de
concentrar la autoridad en determinadas agencias para
garantizar que permanecerían inmunes a presiones
“particularistas” y, de esa forma, pudiesen asegurar el
desarrollo de la libre competencia. Por otro lado, se
enfatizaba la importancia de una acción ideológica
intensa y bien encaminada para conquistar la adhesión de
un amplio sector de la población, pues, al final, “el
líder eficiente dá al público la sensación de que la
reforma pertenece al pueblo y que no fue hecha de afuera
para adentro. La reforma del Estado requiere la
colaboración de todos los grupos de la sociedad” (ibid:15).
En ese marco, nuevamente se reservaba un papel
importante a las ONGs, consideradas las formas
organizativas responsables por estimular la
participación popular y la responsabilidad social (accountability).
En su informe dedicado al “combate contra la pobreza”,
el Banco Mundial (2001) también prestó especial atención
al tema de la reforma del Estado, a partir de la
siguiente pregunta: ¿Cómo hacer para que las
instituciones del Estado sean “más sensibles con los
pobres”? Fundamentalmente, se reprodujo la misma
estrategia sistematizada en 1997: a) privatizar empresas
públicas, fomentar arreglos público-privados y reducir
el tamaño del Estado (gasto público con respecto al
PIB), con el objetivo de concentrar sus acciones en
prioridades básicas bien definidas e indispensables; b)
implementar nuevos modelos de gestión basados en la
competencia y en la meritocracia, reducir el número de
funcionarios y elevar salarios, con el objetivo de
aumentar la eficiencia técnica y combatir la
corrupción; c) articular la burocracia con el
empresariado para promover sinergias y estimular la
colaboración; d) simplificar el sistema tributario y
reducir costos de transacción; e) garantizar la primacía
de la ley; f) reformar el Poder Judicial; g) promover la
asistencia jurídica realizada por ONGs, con el objetivo
de proteger los intereses de los “pobres” y crear una
“filosofía de derechos”; h) avanzar en la
descentralización; i) apoyar la formación de amplias
“coaliciones pro-pobres”, con el fin de comprometer y
movilizar a toda la sociedad en la lucha contra la
pobreza; j) estimular la vinculación de asociaciones
voluntarias y ONGs a gobiernos locales y comunidades
para aumentar la “participación social” y las
“sinergias” entre el Estado y la población más pobre,
así como viabilizar programas sociales puntuales y
focalizados.
Por último, el Banco Mundial (2002) publicó un informe
que propone un marco teórico y empírico para crear y
perfeccionar las instituciones necesarias para el
desarrollo de los mercados, basado en la Nueva Economía
Institucional. Reiterando la necesidad de un “Estado
fuerte, capaz de respaldar un sistema jurídico formal
que complemente las normas existentes”, que “respete las
leyes y se abstenga de actuar en forma arbitraria” (ibid:5),
se volvió a enfatizar que para impulsar el crecimiento
económico y reducir la pobreza, no basta adoptar
políticas macroeconómicas correctas. También es
necesario asegurar el montaje y el funcionamiento de
instituciones adecuadas. Si esto ocurriese, las
oportunidades de mercado aumentarían y ambos objetivos
serían atendidos. Este es el punto central del
argumento: si los mercados no funcionan con “eficiencia”
¾ es decir, no incentivan la inversión y, en
consecuencia, no aumentan la productividad ni se dan
oportunidades de acumulación ¾, no habrá desarrollo
económico. De acuerdo con ese enfoque, lo que limita las
oportunidades de mercado son: a) los elevados costos de
transacción derivados de la falta de información
adecuada; b) los problemas de definición y observancia
de los derechos de propiedad; c) las “fallas” de
gobierno y de mercado que dificultan el ingreso de
nuevos competidores ¿Qué deberían hacer las
instituciones para solucionar estos problemas? En la
práctica, básicamente tres cosas: a) procesar y difundir
informaciones sobre situaciones de mercado, sus bienes y
participantes, de modo que los agentes económicos tengan
bien claro qué es lo que está siendo objeto de
transacción; b) definir y hacer observar los derechos de
propiedad y los contratos, determinando quien logra que
mercancías en que momento y garantizando la seguridad de
las transacciones; c) regular la competencia mercantil
siempre con el fin de extenderla a todos los ámbitos de
la vida social (de lo individual a lo colectivo, de lo
rural a lo urbano, de la agricultura a las finanzas).
-
¿Más allá
del Consenso de Washington? Posiciones en el seno del
Banco Mundial sobre el desarrollo económico y la
reforma del Estado
Como se puede
comprender en esta breve reseña, durante los años 90 la
agenda política del Banco Mundial enfatizó cada vez más
la reforma del Estado como condición para consolidar las
reformas estructurales y retomar el crecimiento
económico. El enfoque “amistoso con el mercado”,
diseñado en 1991, establecía como un imperativo mejorar
la eficacia del Estado, entendida como el
perfeccionamiento de la gestión pública, el
fortalecimiento de las instituciones públicas, la
delimitación de prioridades estratégicas y la ampliación
de los márgenes de libertad de los mercados. Ya no se
trataba de reducir el Estado al “mínimo” y sí de
construir un Estado “eficiente”. Se llegó a comprender
que la reforma institucional constituía la dimensión que
faltaba al Consenso de Washington (Williamson, 2004).
Durante la elaboración del informe de 1997 sobre el
papel del Estado en las reformas estructurales, tuvo
lugar un intenso debate en el seno del Banco Mundial
sobre la necesidad de sobrepasar el Consenso de
Washington y inaugurar una nueva generación de reformas.
Esa discusión se hizo pública en 1997-1998,
influenciando en mayor o menor medida a otros organismos
internacionales. Es posible distinguir dos vertientes
según el grado de adhesión a las premisas del
pensamiento neoclásico y a la formulación original del
Consenso de Washington (Vilas, 2000; Bustelo, 2003). La
primera y más ortodoxa defendía una agenda de reformas
institucionales considerada vital para complementar las
políticas inspiradas en el Consenso de Washington y
garantizar su eficacia. Sus exponentes más notorios
fueron Shahid Javed Burki y Guillermo Perry,
respectivamente vicepresidente y economista jefe del
Banco Mundial para América Latina y el Caribe. La
segunda, más heterodoxa, criticaba más directamente al
Consenso de Washington, preconizando la necesidad de
regulación estatal en ciertas áreas donde el libre
mercado no bastaría para asegurar el desarrollo. Su
exponente más conocido fue Joseph Stiglitz, ex-jefe del
Consejo de Consultores Económicos del gobierno de
Clinton y entonces economista jefe y vice-presidente
señor del Banco Mundial. A continuación ambas
vertientes son analizadas más detalladamente.
Burki y Perry (1998 y 1997) argumentaban que las
reformas de la primera generación habían sido exitosas
al controlar la inflación y desmontar los principales
instrumentos de sustentación del modelo
nacional-desarrollista, lo que era visto como
fundamental para aprovechar los posibles beneficios del
volumen creciente de intercambio comercial y de los
flujos de capital. Sin embargo, según ellos, esas
reformas no tuvieron la misma eficacia en lograr tasas
de crecimiento sostenibles, ni tampoco en reducir
significativamente la pobreza, cuyo “alivio”, en América
Latina y en el Caribe, se habría dado en función de la
“disminución de las tasas de inflación y de un modesto
crecimiento y no de las consecuencias redistributivas de
la liberalización financiera y comercial” (ibid,
1998:1). Para lograr ambos objetivos, recomendaban
completar el Consenso de Washington con reformas en
cuatro sectores considerados estratégicos: finanzas,
educación, justicia y administración pública.
En el primero, lo principal sería crear redes para
proteger al sistema bancario privado contra crisis
financieras, desviando de forma más equilibrada el
riesgo hacia el Estado. De este modo, esas redes
deberían suministrar informaciones adecuadas sobre la
calidad de las operaciones y la cartera de los bancos,
proveer seguros de protección a los depósitos, ofrecer
mecanismos de préstamo en última instancia, exigir
requisitos mínimos de capital para entrar en el mercado
financiero, supervisar las operaciones, garantizar
políticas de salida, proporcionar créditos para que los
“pobres” inicien un negocio (por ejemplo, compra de
tierras) y, por último, disminuir el “riesgo moral” (moral
hazard) y la especulación inseridos en la propia
existencia de mecanismos más sólidos de protección y
salvaguarda.
En la esfera educacional, la reforma debería avanzar en
la descentralización administrativa, estimular la
competencia entre escuelas públicas y privadas por
financiamiento, expandir la prestación de servicios
privados financiados por el Estado y vincular la
remuneración de los profesionales hacia metas de
desempeño. Enfatizan la necesidad de desarticular la
resistencia de los sindicatos de profesores,
principalmente por el estímulo a la competencia en el
seno de su base social (remuneración por productividad,
reconocimiento público, etc.), así como mejorar la
propaganda sobre los efectos “positivos” de las
reformas. El objetivo explícito era capacitar la fuerza
de trabajo para elevar la productividad de las empresas
en disputa por posiciones en el mercado internacional.
En el campo judicial, el eje del cambio estaría en
estandarizar el trabajo de los magistrados, en
introducir esquemas de remuneración condicionados a
metas de desempeño, informatizar los servicios,
simplificar los trámites procesales, reducir los costos
judiciales y en adoptar, por parte de los jueces, un
equilibrio entre el cumplimiento de la ley y la
obediencia a órdenes superiores. La reforma debería
centrase, sobre todo, en la base de incentivos que
orienta el comportamiento de la burocracia (jueces y
funcionarios), incorporando técnicas de reconocimiento y
mérito ya utilizadas en el sector privado.
En materia de
administración pública, aunque destacasen la ausencia de
un paradigma claro de reforma ¾ como el que surgió en
áreas de política macroeconómica, liberalización de la
economía y privatización ¾, Burki y Perry difundían una
agenda de cambios cuyo eje residiría en incorporar
métodos de gestión entonces empleados por el sector
privado. Esto exigiría opciones encaminadas a: a)
impulsar el proceso de descentralización y elevar el
grado de delegación en la toma de decisiones (sobre todo
para niveles de jerarquía inferiores); b) aumentar el
nivel de competencia en el seno de la burocracia,
vinculando todas las funciones a esquemas de
gratificación basados en el desempeño; c) implementar
formas de gestión orientadas a satisfacer al “cliente”,
concediéndole “voz” y “participación” en ciertas áreas y
etapas de la prestación de servicios; d) reducir el
aparato estatal, dimitiendo funcionarios, y reorganizar
la oferta de servicios públicos, transfiriendo diversas
actividades al sector privado; e) basar todas las
agencias y actividades de la administración pública en
la lógica mercantil mediante la competencia entre
órganos públicos por financiamiento. Ese conjunto de
acciones debería disminuir la “informalidad” en el seno
de la administración pública y “acercarla” al sector
privado y al “pueblo”, aumentando su capacidad para
responder a las demandas económicas y sociales. Quedaron
pendientes cuestiones vinculadas a la mejor continuidad
de las reformas y a la velocidad adecuada de
implementarlas.
Para complementar las reformas en las cuatro esferas
antes mencionadas, Burki y Perry (1997) recomendaban a
los gobiernos de América Latina y del Caribe que dieran
máxima prioridad a la liberalización de los mercados de
trabajo y a la tierra. En el primer caso, se trataba
fundamentalmente de modificar la legislación laboral y
toda la estructura de la justicia laboral con el fin de
reducir los costos de contratación y la dimisión de
trabajadores y disminuir el poder de negociación de los
sindicatos. En el segundo caso, se trataba, por una
parte, de modificar las legislaciones agrarias con el
objetivo de estimular al máximo las transacciones de
compra y venta y de arrendamiento de tierras (incluso
aquellas objeto de reformas agrarias pasadas) y así,
favorecer la entrada de productores rurales “eficientes”
y la salida de productores “ineficientes”, siempre en la
óptica del capital agroindustrial-financiero; por la
outra parte, se proponen acciones para aliviar de manera
focalizada la pobreza rural y, al mismo tiempo,
incrementar las transacciones del mercado de tierras
formal como, por ejemplo, la concesión de préstamos con
algún subsidio a trabajadores rurales para la compra de
tierras y el otorgamiento de títulos de propiedad a
poseedores informales.
Los trabajos de Burki y Perry no traen elementos
realmente nuevos al enfoque “amistoso con el mercado”,
pues se basan en las premisas fundamentales del
pensamiento neoclásico y reiteran todas las directrices
del Consenso de Washington, dedicándose a completarlo y
a profundizarlo. Como afirma Vilas (2000:8), su
contribución al debate reside tan sólo en organizar, de
una forma sistematizada y clara, las acciones pendientes
del ajuste estructural hasta entonces relativamente
dispersas.
La segunda vertiente expresada por la posición adoptada
por Stiglitz (1998 y 2000), afirmaba que el Consenso de
Washington tenía un foco muy estrecho, defendía
políticas incompletas y, en algunas ocasiones,
equivocadas, por: a) privilegiar en demasía el área
macroeconómica, descuidando completamente otros aspectos
vitales del desarrollo; b) enfatizar excesivamente la
reducción de la inflación, lo que habría llevado a la
defensa de políticas macroeconómicas que no
necesariamente eran las mejores para promover el
crecimiento; b) dejar a un lado otras fuentes de
inestabilidad macroeconómica, como la debilidad del
sistema financiero; c) privilegiar la liberalización
financiera sin el debido montaje de una estructura
institucional de regulación y supervisión que
fortaleciese el sector bancario y redujera su
vulnerabilidad externa; d) confundir medios y fines, de
modo que la triade liberalización comercial,
desregulación y privatización habría ocupado
indebidamente el lugar del fomento a la libre
competencia.
La propuesta de Stiglitz establecía dos grandes
objetivos intervinculados: ampliar la concepción del
desarrollo ¾ incorporando metas como equidad social,
educación, innovación tecnológica, protección ambiental,
participación y superación del “tradicionalismo” en la
vida social ¾ y mejorar el funcionamiento de los
mercados. Para alcanzarlos, sería necesario realizar una
segunda generación de reformas estructurales que
privilegiase tres grandes áreas. La primera sería la
creación de un marco
legal y instrumentos de regulación que fortaleciesen el
sistema financiero y estimulasen la competencia en todos
los sectores de la economía, pues sólo así tendría
sentido avanzar en el proceso de liberalización y
privatización. La segunda sería la
construcción del “capital humano” (dándole
educación básica), la promoción de la innovación o
transferencia (en el caso de países más atrasados) de
tecnología y el montaje de redes de protección social
para los segmentos más pobres de la población. La
tercera sería la creación de mecanismos de participación
social que articulasen y movilizasen toda la sociedad
hacia el proceso de cambio estructural.
Stiglitz recomendaba
algunas propuestas económicas específicas, por ejemplo:
a) establecer leyes antimonopolio efectivas y unificar
en un solo bloque las leyes de competencia o de comercio
justo a nivel internacional; b) abandonar el control de
la inflación como prioridad fundamental para más de la
mitad de los países en desarrollo, estableciéndose como
tope la tasa de 15% al año; c) buscar formas variadas
para mejorar el déficit presupuestario y en cuenta
corriente, y no la mera reproducción de fórmulas
esquemáticas de austeridad fiscal; d) abandonar las
altas tasas de intereses como medio por excelencia para
atraer capital extranjero.
Para Stiglitz, ese conjunto de medidas exigiría superar
visiones que establecen una división esquemática de
sectores y actividades que deben quedar bajo control del
Estado y del sector privado. Reconociendo que el Estado
debe, antes de todo, complementar los mercados,
recomendó que el Estado debería corregir fallas de
mercado cuando fuese necesario, actuando temporalmente
como un “catalizador” para resolver problemas de escases
de oferta de determinados bienes y servicios. Sin
embargo, en cuanto los problemas fuesen resueltos, la
actividad debería ser concedida o devuelta al sector
privado.
Stiglitz fue enfático al defender que el “nuevo
consenso” debería ser asimilado por los grupos
dirigentes nacionales y convertido en una plataforma de
cambios apoyada por una amplia coalición social. Sólo a
partir de esa “interiorización” se podría articular el
mejor formato y la mejor secuencia para las reformas de
segunda generación.
En lo referente a la reflexión sobre la relación entre
Estado y mercado en el desarrollo, la vertiente
encabezada por Stiglitz se distanció más del pensamiento
neoclásico que las propuestas de Burki y Perry (Bustelo,
2003; Vilas, 2000). Su objetivo era mejorar el
funcionamiento del mercado y ampliar su margen de
libertad, pero eso requería, según esa visión, un Estado
capaz de complementar sus actividades, corregir sus
fallas y orientar los agentes económicos en determinados
aspectos. Al parecer, la perspectiva de Stiglitz tenía
más puntos en común con la estrategia del Este Asiático
que con la ortodoxia neoliberal. En ese sentido, ella
implicaba un mayor cuestionamiento del Consenso de
Washington.
Sin embargo, mientras estuvo en el Banco Mundial,
Stiglitz no rompió con el programa básico de ajuste
estructural, ni tampoco abandonó premisas fundamentales
de la teoría neoclásica. Por esta razón,
sus intervenciones fueron poco innovadoras desde
el punto de vista teórico y no lograron ofrecer uma
salida para la camisa de fuerza de la restauración
liberal-conservadora (Fiori, 2000:40). De hecho,
sirvieron más para defender una propuesta pragmática de
regulación de los mercados, que para construir una
alternativa efectiva al Consenso de Washington (Vilas,
2000:17). Por otro lado, Stiglitz no aclaró cuáles
agentes sociales podrían llevar adelante ese tipo de
propuesta. Era como si el desarrollo consistiese
solamente en ampliar metas y emplear instrumentos
adecuados, sin realizar cualquier tipo de cambio en las
relaciones de poder político y económico vigentes a
nivel nacional e internacional. En resumen, Stiglitz no
indicó claramente “quien” debía ganar y perder, ni que
coalición de poder apoyaría su propuesta.
A juzgar por los informes sobre desarrollo mundial de
2001 a 2005, la vertiente de Burki y Perry es la que
viene distinguiendo las acciones del Banco Mundial desde
el acalorado debate de 1997-1998, principalmente después
de la salida de Stiglitz del Banco Mundial en enero de
2000. Se trata de la defensa de una segunda generación
de reformas estructurales, cuyo programa sería, al decir
de Rodrik (2002), un Consenso de Washington “ampliado”,
dirigido a construir las “instituciones económicas del
capitalismo” (Naím, 1996), más flexible en cuanto a los
instrumentos de política económica y con algunas
políticas “sociales”, más atento con respecto al modo de
implementación (continuidad y velocidad) y preocupado
con tener una mayor aceptación política y social. Vale
recordar que el Fondo Monetario Internacional continúa
siguiendo los postulados más neoliberales del Consenso
de Washington, como se evidenció por la forma como fue
tratada la crisis financiera argentina de 2001-2002 (Bustelo,
2003:7). Sin embargo, esto no impide que ambos (BM y
FMI) continúen trabajando juntos a favor de la
liberalización económica y la profundización de las
contra-reformas estructurales (cf. Banco Mundial, 1995,
1997a, 2000 y 2004a). Hasta ahora, no hay señales de que
la gestión de Paul Wolfowitz cambie el rumbo fundamental
que el Banco Mundial ya venía tomando.
4.
Despolitización del Estado, naturalización del ajuste
estructural y promoción del nuevo bloque de poder
capitalista
Por lo expuesto se puede ver claramente que el Banco
Mundial reduce el Estado a una maquinaria administrativa
y lo define como algo separado por completo de la
sociedad. Esta es la forma tradicional y más simplista
de abordar el tema, pues obscurece la comprensión de la
naturaleza política del Estado.
El registro teórico que informa este trabajo es otro.
Junto con Gramsci (2000:47), entiéndase aquí que la
diferencia entre Estado y sociedad no es de carácter
“orgánico” y sí “metodológico”, pues el Estado no es
algo fuera de la sociedad y sí a su propia organización,
en la medida en que combina cohersión y consenso,
dominación y dirección. En su sentido más amplio, el
Estado condensa, expresa e institucionaliza relaciones
sociales de clase en el territorio nacional,
articulándolas a la división internacional del trabajo y
a la gestión interestatal del capitalismo
(Poulantzas, 2000). Esta concepción permite
adoptar una perspectiva multidimensional según la cual
el Estado es concebido, simultáneamente, como: a) un
pacto de dominación mediante el cual una alianza de
clases construye un sistema hegemónico; b) un conjunto
de aparatos burocráticos capaz de transformarse, en
ciertas condiciones, en un actor corporativo; c)
una arena de lucha por el poder político en la
que se definen proyectos de organización y dirección de
la sociedad; d) el representante de los intereses
universales de la sociedad y de la nacionalidad (Borón,
1994:254-255). Limitar el análisis del fenómeno estatal
a una u otra dimensión implica dejar de comprender su
complejidad histórica. Asumir tal perspectiva es
importante, porque en la etapa actual de
reestructuración regresiva del capitalismo, el Estado
viene cumpliendo un papel activo para garantizar las
condiciones necesarias para la acumulación del capital,
la reducción del costo de reproducción de la fuerza de
trabajo, la conversión de derechos sociales en bienes
mercantiles privados y el control y la fragmentación del
mundo del trabajo (Wood, 2000; Borón, 2001). Por todo
eso, esta concepción coloca el problema de la reforma
del Estado en otro terreno, permitiendo analizar de
forma crítica la lógica y las implicaciones del enfoque
“administrativista” difundido por el Banco Mundial.
Así, se puede afirmar
que, contrariamente a lo que habitualmente se supone, el
Consenso de Washington no se limitó a un programa
económico. De hecho, sus orientaciones operaron una
profunda reforma del Estado, una vez que modificaron la
matriz de poder en las sociedades, sobre todo en América
Latina. Como bien afirma Vilas (2001:9), los procesos de
privatización, apertura comercial y desregulamentación
de la economía modificaron profundamente la
configuración de la propiedad y de la riqueza,
redefiniendo el peso económico e institucional de los
agentes y impulsando nuevas articulaciones entre grandes
grupos capitalistas locales y agentes más dinámicos de
la globalización financiera. En nombre de la
racionalidad técnica y de la observancia de los cánones
macroeconómicos, ese proceso llevó a la consolidación de
un bloque de poder substancialmente distinto del que
había existido en la era keynesiana/desarrollista del
capitalismo. Esto porque dejó de privilegiar a sectores
industriales vinculados al mercado interno, aumentó el
grado de mercantilización de la vida social, disminuyó
las concesiones al mundo del trabajo en términos de
derechos sociales y, sobre todo, garantizó las
condiciones para la acumulación ampliada del capital
financiero.
El
enfoque “administrativista” del Banco Mundial responde a
ese proceso y fue concebido para promoverlo (Vilas,
1997:150). Al privar la comprensión del Estado de su
dimensión política y de los nexos
histórico-estructurales entre la acción estatal y la
reproducción del capital, tal enfoque naturaliza el
arreglo de poder generado por dos décadas de
transformación neoliberal. De esta forma, a partir de
ese nivel ya dado, al Estado sólo le correspondería
manejar los instrumentos necesarios para mantener un
orden social que se supone constante y cuyos fundamentos
permanecen en el marco de lo indiscutible (Vilas,
2000:10). La “despolitización” del Estado sólo le
interesa a los agentes situados en el tope de la
estructura de poder capitalista internacional y
nacional, lo que revela íntegramente la naturaleza de
clase das propuestas del Banco Mundial.
Tampoco es por casualidad que la “Nueva Economía
Institucional” constituye la base teórica de las
posiciones del Banco Mundial a lo largo de los años
1990. Al definir las instituciones como normas y
mecanismos formales y informales que orientan y aseguran
el comportamiento de individuos y organizaciones, el
Banco (1993:7-8) establece como objetivo a alcanzar por
todos los países un modelo de desarrollo basado en una
lectura fetichizada de la trayectoria del mundo
anglosajón, cuyo presupuesto es una asociación abstracta
entre libre iniciativa, propiedad privada y progreso
económico
(Medeiros, 2001:86; Vilas, 2000:13). Se trata de una
visión profundamente etnocéntrica de desarrollo, que
replantea la idea de que el secreto del desarrollo
capitalista está en la capacidad, mayor o menor, de los
“pueblos atrasados” de reproducir las creencias y
instituciones que tuvieron “éxito” en los países más
avanzados (como en los tiempos de W.W. Rostow), no
reconociendo la legitimidad de otras trayectorias,
prácticas y experiencias (Fiori, 2000:39). Esto es
agravado por el hecho de que el Banco Mundial
universaliza como meta a alcanzar un modelo ficticio de
selección racional en el que individuos orientados por
una motivación utilitarista disponen de igual y libre
acceso a informaciones (Vilas, 2000:13-4).
Coherente con esa posición etnocéntrica, la cuestión del
desarrollo de los países periféricos parece resumirse
tan sólo en definir la mejor secuencia de las reformas
estructurales y el arreglo
institucional más adecuado para implementarlo,
pues los objetivos y el conjunto de instrumentos
propuestos son siempre los mismos. A los operadores
locales cabería tan sólo aplicar de la forma más
“nacional” posible una receta elaborada desde el
exterior.
Por otro lado, al reducir la problemática del desarrollo
al tema de la ingeniería institucional, el Banco Mundial
obvia una advertencia decisiva del propio North: “las
instituciones no fueron creadas para ser eficientes,
sino para servir a los intereses de los grupos con
suficiente poder de chalaneo para imponer reglas” (North,
1995:20 apud Fiori, 2000:40).
Las directrices preconizadas por el Banco Mundial
alimentan la mercantilización de bienes y servicios que
antes se consideraban públicos, es decir, inscriptos en
la lista de derechos que constituyeron la “ciudadanía”
resultante, por un lado, de un cierto equilibrio de
poder entre las clases sociales en la post-guerra y, por
otro, de la disputa ideológica durante la Guerra Fría.
En ese sentido, ellas contribuyen a aumentar el grado de
“desciudadanización” de la vida social (Borón, 2001 y
1995), evaluado por el quantum de la reproducción
de individuos y grupos dependientes de la simple compra
y venta de bienes y servicios. El avance de ese proceso
expresa la urgencia de nuevos frentes de acumulación y
nuevas relaciones de poder, cuya institucionalización
depende del Estado.
Por otro lado, el proceso de contra-reforma del Estado
también amplia selectivamente el propio Estado ¾
en el sentido gramsciano del término ¾, en la medida en
que incorpora a la prestación de servicios públicos y a
la formulación y ejecución de programas sociales una
gama seleccionada de asociaciones privadas (sobre todo
ONGs), que acaban dando funcionalidad a la política
social paliativa y filantrópica exigida por el ajuste
neoliberal (Fontes, 2005:114-5). Legitimada y estimulada
financieramente por el Banco Mundial, ese proceso de
“ONGuización” de la gestión de la política social
está asociado a un nuevo enfoque de alivio de la pobreza
“dirigido por las comunidades” (community-driven
approach). Por medio de fondos sociales de apoyo a
pequeños proyectos, los recursos son destinados
directamente a las “comunidades” o a las asociaciones
vinculadas a ellas. Así, la gestión descentralizada de
recursos aparece como forma de, a partir de las
“comunidades”, elevar la “participación” de los “pobres”
en las políticas públicas, lo que, a su vez, aumentaría
sus “oportunidades” de superar la pobreza vía inserción
más “calificada” en el mercado de trabajo o incluso como
“pequeños empresarios” (Banco Mundial, 2001).
Este tipo de
propuesta, aparentemente seductora, construye una imagen
de valorización de la autonomía y del protagonismo
individual y popular que, en rigor, no corresponde a la
realidad. Es verdad que el Banco Mundial estimula cada
vez más la participación de los “beneficiarios” en sus
proyectos, pero lo hace después de décadas de enorme
fracaso de los mismos, especialmente en el área rural. A
un alto precio, el Banco (1992) “descubrió” que el
exceso de centralización de decisión y ejecución
perjudicaba el desempeño de los proyectos que él mismo
financiaba.
Por otra parte,
investigaciones indican que en algunas ocasiones el
manejo de fondos sociales comunitarios, así como el
diseño de los proyectos, se orientan más en función de
la creación o retribución de lealtades políticas que
propiamente de acuerdo con la localización de los grupos
más pobres (Vilas, 1998). Esto es algo muy distinto a lo
que afirma el discurso del Banco Mundial sobre su
supuesta racionalidad técnica y neutralidad política.
Por último, la práctica efectiva de la “participación”
ocurre de forma instrumentalizada y selectiva, una vez
que: a) jamás se incorpora en las decisiones sobre
préstamos de ajuste estructural y reforma sectorial,
limitándose a proyectos sociales de carácter paliativo
y, en algunos casos, claramente asistencialistas; b)
discrimina a una amplia gama de sindicatos y movimientos
sociales (campesinos, indígenas, etc.), enfocando sólo a
ONGs y a asociaciones comunitarias, muchas veces creadas
apenas para tener acceso a los recursos; c) obedece al
propósito de favorecer la legitimización de los
programas implementados con frecuencia bajo fuertes
críticas de organizaciones del mundo laboral (Casaburi
et al., 2000). En resumen, de la forma en que es operada
por el Banco Mundial, la “participación social” incide
en el margen de las políticas de ajuste,
sirviendo más para legitimar y dar funcionalidad a su
reproducción que para fomentar el protagonismo y la
autonomía populares.
A pesar de reducir la crisis del Estado latinoamericano
a la dimensión fiscal, el Banco Mundial no apoya medidas
contundentes para combatir el “veto contributivo” que
ejercen las clases dominantes en la región desde el
período neocolonial, cuando “los conquistadores y
colonizadores no debían pagar impuestos y sí recibir
tributos de los nativos” (Borón, 2005:36). Las
propuestas de reforma tributaria del Banco difícilmente
tocan el tema de la tributación progresiva sobre la
riqueza y la propiedad, y cuando lo hacen, o bien
insisten en el argumento conformista de que no existe
“correlación de fuerzas” favorable, o simplemente
reiteran que bancos y empresas no pueden ser
“penalizados”, ya que eso comprometería la “estabilidad
económica”. Difícilmente se podrá hablar de una
verdadera reforma del Estado, sobre todo, en la tan
injusta América Latina, si este veto no fuera desafiado
con firmeza.
Sin dudas, es
fundamental combatir la corrupción y mejorar la
eficacia, la eficiencia y la transparencia de la
administración pública, especialmente en aquellas
sociedades en que la separación entre lo “público” y lo
“privado” siempre fue una pieza de ficción hacia los
grupos dominantes. Sin embargo, como bien afirma Vilas,
“una buena administración no mejora la calidad de los
objetivos de las políticas a cuyo servicio se
desarrolla” (2001:15). Sin tener en cuenta los objetivos
de la acción estatal, cualquier debate sobre el tema
tiende a garantizar la configuración de poder que
sustenta el orden social vigente.
Hasta aquí, la
“reforma del Estado” preconizada por el Banco Mundial
sirvió a este propósito fundamental: consolidar
institucionalmente una fase ultra-regresiva del
capitalismo, caracterizada por la supremacía del capital
financiero, por el aumento de la explotación de la
fuerza de trabajo y por la destrucción de derechos
sociales arduamente conquistados. La “equidad” propuesta
por el Banco Mundial queda restringida a los márgenes
del sistema. Cualquier política de carácter
redistributivo ¾ es decir, que alcance parcelas de la
riqueza acumulada por la burguesía y modifique las
relaciones de poder entre las clases sociales y
fracciones de clase ¾ es terminantemente rechazada por
el Banco Mundial.
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NOTAS
*Brasileño, nacido en 1977 en la ciudad
de Rio de Janeiro. Historiador, doctorando en Historia
por la Universidad Federal Fluminense, Niterói, Brasil.
Es autor de A reforma agrária
de mercado do Banco Mundial: fundamentos, objetivos,
contradições e perspectivas.
São Paulo, Hucitec, 2006 (en imprenta).
E-mail:
joaomarcio1917@yahoo.com.br |