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La independencia
de Cuba, su libertad y soberanía total, no es solo una
cuestión de candente actualidad debido a las presiones y
amenazas graves con que nos hostiga y castiga el
Imperio, directamente o mediante el apoyo a su visceral
aliado, la heterogénea contrarrevolución cubana, cuyo
centro principal está justamente (¿casualidad o
causalidad?) en Miami, territorio estadounidense. El
diferendo, según afirman ellos, en esta etapa de lucha
contra nuestra independencia se debe a “su desacuerdo”
con el tipo de democracia que rige en Cuba y a nuestra
opción definitiva por el socialismo. Sin embargo, tal
posición en contra de la libertad y soberanía de la
nación cubana, de apoyo a los elementos internos
antinacionales, no puede reducirse al ahora, porque es
un grave problema histórico.
Desde las décadas
iniciales del siglo XIX, al justo anhelo de
independencia de los cubanos más avanzados se opusieron
tenazmente fuerzas poderosas, desde afuera y adentro.
Una de dichas fuerzas es bien conocida: el pensamiento
político estadounidense acerca de su expansionismo en
América y su hegemonía mundial; la otra ha sido menos
atendida por los estudiosos y analistas: la
constituyeron las ideas conservadoras
—antiindependentistas— de los criollos blancos y ricos
fieles, ante todo, en última y real instancia, a sus
propios intereses económicos.
Las corrientes
políticas contra de la fundación de una nueva
nacionalidad, nación y estado republicano, independiente
y soberano, en la Cuba colonial —todavía no existían los
partidos políticos— se sustentaron en los programas
reformistas, los cuales abarcaron desde cambios
económicos puntuales —por ejemplo el libre comercio—
que, ante todo, propugnaron un estrecho, duradero y
firme vínculo con la metrópoli española, hasta, en el
mejor de los casos, la autonomía amparada
en 1811 por las ideas conservadoras y sus actores
sociales. Entonces, la autonomía significaba libertad
económica moderada, fundamentalmente, a más de una
cultura elitista que reflejaría en sus manifestaciones
algunas particularidades de nuestra idiosincrasia que
nos distinguían de los españoles, sin llegar a expresar
la esencia de la cubanía (el mestizaje cultural) como la
forma predilecta de nuestra identidad cultural y
nacional. En asuntos políticos, los primitivos
autonomistas restringieron sus ambiciones a ejercer el
dominio provincial y municipal alrededor de cuestiones
de interés estrictamente local. La nación, la madre
patria, continuaba siendo España y sus reyes nuestros
“señores”.
La solución pacífica
de las contradicciones colonia vs. metrópoli mediante la
autonomía parecía adelantada en exceso a los gobernantes
de las potencias colonialistas. Ceder o compartir una
parte del poder con sus vasallos era inconcebible; les
olía a guillotina revolucionaria, al estilo francés de
1789. Solamente Inglaterra, décadas más tarde, llegó a
aplicar esa alternativa como un desafío posible de
enfrentar y superar. En 1867 se implantó la autonomía en
Canadá, bajo el dominio absoluto de sus representantes
ingleses (Ley de Norteamérica británica de 1867).
La otra alternativa
antinacional era separatista, pero, aún así, contraria
al logro de la independencia nacional. Emergió en la
colonia antillana hacia la cuarta década del siglo XIX y
se denominó anexionismo, porque sometía a la Isla
al gobierno de los EE.UU, de lo que hablaremos más
adelante. Estímulos principales para los anexionistas,
de fuera y dentro de la Isla, fueron la cercanía
geográfica de la joven nación estadounidense, sus
ideales de modernidad, el fortalecimiento acelerado de
su economía y su poder militar en incremento constante,
como estado guerrerista aspirante a potencia hegemónica
universal. La subsistencia de la esclavitud en los
estados del Sur y la Doctrina Monroe (1823), “destinada
a excluir la intervención europea en América”, con su
corolario acerca de la isla de Cuba, influyeron mucho en
la conformación del pensamiento anexionista, sobre todo
entre los burgueses esclavistas criollos.
El origen del debate
político interno en las colonias españolas —a favor o en
contra de la independencia— fue provocado por el avance
de las ideas liberales en Europa y América, que unidas a
las anteriormente enunciadas por la Ilustración,
rechazaban los férreos límites impuestos a las colonias,
al progreso del capitalismo industrial, al mercado
libre, y enfatizaban la tendencia hacia un nuevo orden
en la política mundial mediante las revoluciones
burguesas.
Sin embargo, la
Revolución Francesa y sus efectos en el Caribe, en
particular la insurrección de los esclavos en la colonia
francesa de Saint Domingue, en 1791, liderada por un
negro ex esclavo, Toussaint Louverture, alertó a los
criollos habaneros muy tempranamente de la gran amenaza
que podía representar para sus intereses acceder a una
posición radical dentro de sus aspiraciones liberales.
La plantación azucarera esclavista se hallaba en pleno
ascenso en el occidente de la isla de Cuba, debido
precisamente a la oportunidad extraordinaria que le
ofrecía, a la producción cubana, la insurrección
antiesclavista en la isla vecina y su autoeliminación
como competidor en ventaja dentro del mercado mundial.
El líder del
pensamiento económico de los plantadores habaneros
ricos, casi todos pertenecientes al ilustrado grupo de
la nobleza criolla titulada, era don Francisco de Arango
y Parreño (La Habana, 1765-Güines, 1837), que en aquel
momento se percibía por sus compatriotas como un joven y
talentoso abogado, recién nombrado en 1788 Apoderado del
Ayuntamiento de La Habana en Madrid. Él fue encargado
por la Corona de analizar aquella ventajosa coyuntura,
sus posibles beneficios y afectaciones para la
metrópoli. Los comentarios de Arango fueron aceptados y
tuvieron un peso decisivo en el rumbo económico y
político del desarrollo de la mayor de las Antillas.
Sobre el origen de la
insurgencia en Saint Domingue sentenció el Apoderado:
“Los amos han enseñado a sus siervos, y por su propia
mano han fabricado su ruina. Autores de la anarquía, no
se deberían quejar de verla reinar en los negros...”
(obvio los comentarios acerca de su pertenencia
clasista). Dos podían ser los territorios españoles
directamente afectados: Santo Domingo y la zona oriental
de Cuba; hacia ellos se dirigieron de inmediato con sus
familias los franceses que huían de las consecuencias
del levantamiento revolucionario, y en ciertos casos con
la servidumbre esclava que aún le era fiel. La magnitud
de ese movimiento migratorio era impredecible.
En cuanto a las
ventajas, refiriéndose especialmente al Ayuntamiento de
La Habana, Arango exponía un criterio definitivo:
“...esta es la preciosa ocasión de aumentar su
agricultura”. Y anunciaba sin ocultar su entusiasmo:
“...la ocasión y los medios de dar a nuestra agricultura
de las islas ventaja y preponderancia sobre la de los
franceses”. Añadía una importante reflexión: “Solamente
en este caso pudiéramos ir a su alcance. Un átomo al
lado de un coloso era lo que figurábamos respecto de
nuestros vecinos. ¿Cómo podríamos igualarnos ni llegar a
dar nuestros frutos con la comodidad que ellos? Por más
que nos esforzásemos nunca llegaríamos a su punto”.
(...) “Ahora sí, que devastada la gran masa de ese
coloso y destituido de movimiento por el desconcierto de
sus miembros le podemos alcanzar; más para esto, Señor,
es menester andar mucho y aprovechar por entero el
tiempo de la inacción del vecino”.
Condición
imprescindible para que se alcanzasen los fines
propuestos era el incremento e intensificación de la
esclavitud africana, “el libre comercio e introducción
de esclavos” en la isla de Cuba. La Real Cédula del 22
de noviembre de 1791 concedía este favor a los
esclavistas cubanos, quienes de inmediato pusieron manos
a la obra de la trata y la reorganización del trabajo
esclavo en la plantación azucarera a gran escala, para
satisfacer aceleradamente las demandas del mercado
mundial.
La entrada masiva de
esclavos africanos negros alteró profundamente la
demografía isleña en occidente, a favor de la población
esclava; además, tuvo una influencia negativa en la
cultura criolla blanca (jurídica, ética y moral) de la
región occidental. Los patrones tradicionales (siglos
XVI al XVIII inclusive) de la esclavitud “patriarcal” o
“blanda”, quedaron atrás en brevísimo tiempo; la
necesidad de extraer el máximo de ganancia del trabajo
esclavo obligó a sustituir aquellos por el trato
inhumano y despiadado, casi el mismo que Arango había
criticado en el Discurso sobre la agricultura en La
Habana y medios de fomentarla (Madrid, 1792),
cuando comparaba el trato que se daba a los esclavos en
La Habana con lo que sucedía en las colonias inglesas y
francesas.
Los vínculos de
dependencia hacia la metrópoli española también se
fortalecieron notablemente en esta etapa. En 1803, la
derrota del ejército francés enviado por Napoleón contra
el General Toussaint y sus seguidores, y la posterior
fundación en 1804 de la República de Haití, primera
república negra en el mundo, aumentaron al máximo el
pavor de los hacendados cubanos. Se había demostrado
suficientemente la capacidad de lucha y la tenacidad
para lograr los objetivos por parte de los negros ex
esclavos haitianos, tan despreciados, humillados y
maltratados históricamente por la cultura occidental
eurocentrista, a la que perteneció con todo rigor el
ilustre cubano Arango y Parreño.
La situación de la
isla de Cuba como posesión española no podía ser más
arriesgada. A pesar de ello, los peligros aumentaron en
el período de 1808 – 1812. La disolución de la monarquía
española, la invasión de la Península por una parte del
ejército napoleónico, el ascenso al trono de José I,
hermano de Napoleón, y el inicio de la guerra de
independencia española con sus momentos de
radicalización constitucionalista, llevada adelante al
calor de estas circunstancias, una vez más pusieron a
prueba la fidelidad de los habaneros. Ellos se
pronunciaron a favor del Rey Borbón y mantuvieron la
autoridad del Capitán general y gobernador, Salvador del
Muro y Salazar, marqués de Someruelos, quien gobernó
desde 1799 hasta 1812. Arango (alrededor de 1811)
propuso su memorial autonomista, mientras que en el
resto de Hispanoamérica el “movimiento juntista” se
convirtió a poco en la chispa que encendió la lucha por
la independencia y por la fundación de las repúblicas
americanas continentales. La Habana fue el principal
bastión de la reacción antiindependentista, ¡fue una
activa base logística española!
La sumisión,
prácticamente incondicional, del país a España estuvo
estrechamente vinculada con la defensa a ultranza de la
esclavitud africana, tan recientemente ampliada en la
Isla. Con más detalles volveré sobre este trascendental
tema de la historia americana en una próxima ocasión.
“Representación hecha a Su Majestad con motivo de la
sublevación de esclavos en los dominios franceses de
la isla de Santo Domingo”, noviembre 20 de 1791.
Madrid. Esta Representación se dirigió
simultáneamente y sin intermedio, a cada uno de los
señores ministros de Estado, reunidos en Junta
Suprema. Todas las citas que se hacen en este
trabajo se extraen del mismo documento, que aparece
en: Francisco de Arango y Parreño. Obras. Ensayo
introductorio, compilación y notas Gloria García
Rodríguez. 2005. La Habana, Editorial Ciencias
Sociales, Vol. 1, pp. 140-142.
Íbidem, pp. 144-180. En la Nota 1 se hace referencia
a la Representación que se hizo para elevar a S.M.
por medio de la Suprema Junta de Estado el Discurso
sobre la agricultura en La Habana, está fechado en
Madrid el 24 de enero de 1892.
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