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Ayer cené con unos amigos y otros que no lo son tanto.
Se trataba de uno de esos encuentros profesionales que
mezclan la familiaridad con el trabajo. La suelo pasar
bien, aunque casi todos los presentes sabemos que
pisamos terreno delicado y resbaladizo. La de la víspera
fue una “comelata” bastante normal y risueña. De todas
formas, en esos casos el piso de la casa debe estar
fuerte para aceptar la carga de las vanidades reunidas.
El amor
propio, la pasión, la susceptibilidad son casi
inseparables de los circuitos artístico-literarios y
también de otros medios. En la ciencia el legítimo
prestigio o la gloria individual adquieren menos
resonancia porque —como precisaba Kundera con su
lenguaje de príncipe en El telón— la fama de un
cirujano se limita a sus pacientes y familiares,
mientras en el artista operan resortes casi morbosos
como la dudosa pero probable inmortalidad de la obra de
arte.
Una
broma, una comparación o un comentario pueden generar
malas caras o situaciones enojosas. Sonrisas y palmadas
suelen prodigarme los teatristas a los que he celebrado
desde mi columna de crítico. Pero puede ocurrir que, a
la hora de los postres, llegue otro intérprete que salió
mal parado en la reseña más reciente. Entonces
sobrevienen silencios incómodos y hasta alguna frase
disonante, casi grosera. El ejercicio del criterio pasa
también por esos ratos enojosos. Si hay ética y buenas
normas de convivencia, la conversación volverá a su
curso, el dulce será devorado en compañía y —mientras la
música y las voces se animan— musitaré un rezo laico
para que este mismo actor sobresalga en la próxima
temporada y se convenza de que siempre reinaron la buena
fe y la vocación de justicia.
Lo mejor
en este tipo de reuniones profesionales es procurar
otros temas que nos aparten de las pasiones artísticas.
En el mundo del teatro, el que no acude con frecuencia a
los espectáculos de los demás suele pasar momentos
engorrosos. Sucede que aquel compañero que hace un par
de décadas salió de la escuela de arte en su misma
promoción se ha convertido en un profesional de mucho
mérito; pero si nuestro comensal no atiende más que a su
propia obra, no podrá participar del diálogo cuando
—como al descuido— salga a relucir alguna escena o todo
un montaje de su condiscípulo que media ciudad aplaudió
o comentó.
Otras
veces un buen potaje o un par de copas atenúan
asperezas, sellan reconciliaciones y hasta se convierten
en semilla de nuevos proyectos. Siempre resulta
aconsejable cuando se aclaren situaciones o se
esclarezcan equívocos mencionar lo menos posible a
terceras personas. Merece desconfianza el que necesita
acudir a denigrar a zutano para elevar a fulanito. Si la
comida deriva —más allá de las cantidades prudentes y
casi inevitables— en habladurías, sobrevendrá una
especie de acidez capaz de propiciar futuros recelos,
resentimientos.
Con todo, me sigue gustando sentarme a la mesa con mis
compañeros de oficio, aunque deba ponerle parches a mi
propia vanidad y colaborar en la búsqueda de un clima
fraternal y humilde. Tengo la certeza de que los
barrenderos, los lecheros y electricistas también
reciben la visita del celo profesional, el peligro de la
autoestima lesionada y otros fantasmas, pero esas
profesiones no suelen estar bajo la luz de un seguidor
ni beben tanto en la deliciosa pero adictiva fuente del
aplauso. |