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El caldo de las vanidades
Amado del Pino La Habana


Ayer cené con unos amigos y otros que no lo son tanto. Se trataba de uno de esos encuentros profesionales que mezclan la familiaridad con el trabajo. La suelo pasar bien, aunque casi todos los presentes sabemos que pisamos terreno delicado y resbaladizo. La de la víspera fue una “comelata” bastante normal y risueña. De todas formas, en esos casos el piso de la casa debe estar fuerte para aceptar la carga de las vanidades reunidas.

El amor propio, la pasión, la susceptibilidad son casi inseparables de los circuitos artístico-literarios y también de otros medios. En la ciencia el legítimo prestigio o la gloria individual adquieren menos resonancia porque —como precisaba Kundera con su lenguaje de príncipe en El telón— la fama de un cirujano se limita a sus pacientes y familiares, mientras en el artista operan resortes casi morbosos como la dudosa pero probable inmortalidad de la obra de arte.

Una broma, una comparación o un comentario pueden generar malas caras o situaciones enojosas. Sonrisas y palmadas suelen prodigarme los teatristas a los que he celebrado desde mi columna de crítico. Pero puede ocurrir que, a la hora de los postres, llegue otro intérprete que salió mal parado en la reseña más reciente. Entonces sobrevienen silencios incómodos y hasta alguna frase disonante, casi grosera. El ejercicio del criterio pasa también por esos ratos enojosos. Si hay ética y buenas normas de convivencia, la conversación volverá a su curso, el dulce será devorado en compañía y —mientras la música y las voces se animan— musitaré un rezo laico para que este mismo actor sobresalga en la próxima temporada y se convenza de que siempre reinaron la buena fe y la vocación de justicia.

Lo mejor en este tipo de reuniones profesionales es procurar otros temas que nos aparten de las pasiones artísticas. En el mundo del teatro, el que no acude con frecuencia a los espectáculos de los demás suele pasar momentos engorrosos. Sucede que aquel compañero que hace un par de décadas salió de la escuela de arte en su misma promoción se ha convertido en un profesional de mucho mérito; pero si nuestro comensal no atiende más que a su propia obra, no podrá participar del diálogo cuando —como al descuido— salga a relucir alguna escena o todo un montaje de su condiscípulo que media ciudad aplaudió o comentó.

Otras veces un buen potaje o un par de copas atenúan asperezas, sellan reconciliaciones y hasta se convierten en semilla de nuevos proyectos. Siempre resulta aconsejable cuando se aclaren situaciones o se esclarezcan equívocos mencionar lo menos posible a terceras personas. Merece desconfianza el que necesita acudir a denigrar a zutano para elevar a fulanito. Si la comida deriva —más allá de las cantidades prudentes y casi inevitables— en habladurías, sobrevendrá una especie de acidez capaz de propiciar futuros recelos, resentimientos.

Con todo, me sigue gustando sentarme a la mesa con mis compañeros de oficio, aunque deba ponerle parches a mi propia vanidad y colaborar en la búsqueda de un clima fraternal y humilde. Tengo la certeza de que los barrenderos, los lecheros y electricistas también reciben la visita del celo profesional, el peligro de la autoestima lesionada y otros fantasmas, pero esas profesiones no suelen estar bajo la luz de un seguidor ni beben tanto en la deliciosa pero adictiva fuente del aplauso.

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