Año V
La Habana
2006

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Acteón se salva: el espectáculo de la revelación intercultural
Alberto Garrandés La Habana


Después de la muerte de Tiziano fue hallada en su estudio una tela que se conserva hoy en la National Gallery de Londres. En la obra, una interpretación cinemática del mito de Diana y Acteón, Tiziano utilizó en principio una gama única de colores —en lo esencial negro, marrón, naranja y amarillo— que mueve a pensar en el carácter irresuelto de la obra. Sin embargo, se afirma que esto es por completo intencional, pues Tiziano quiso, al parecer, que la respiración y el sentido del paisaje colaboraran, sombría y cálidamente, con la tragedia que el mito pone en escena.

Casi una modelo topless a causa del brusco movimiento —acaba de dispararle a Acteón una flecha y un seno se le descubre con la gracia de un pezón erizado—, Diana remacha con un tiro de arco lo que los propios perros de Acteón han comenzado a hacer: devorarlo. El joven príncipe Acteón se halla en el inicio de su metamorfosis en ciervo. Los perros no reconocen a su amo, se le echan encima furiosos, y la diosa dispara.

No hay más que ver la sobrevida de Acteón cuando forzamos el mito hacia una relectura interesada. Una relectura —parodia, homenaje, comentario, apropiación— donde Acteón se salva dentro de un doble rol: el de testimoniante y el de creador (o recreador ficcional) del secreto revelado. Acteón como objeto del mito y sujeto que observa y modela. Acteón en el interior del mito, como personaje constitutivo, y fuera del mito, como constructor de un relato visual que nos habla de la intimidad del otro, de la fascinación del yo a causa del otro, del entendimiento del entorno del otro, y de la necesidad, consciente o no, que el otro tiene de transformarse en referencia del yo, es decir, en un punto de vista a partir del cual el yo se hace más real para sí mismo al tiempo que se autocompendia y difumina.     

Por otra parte, me doy cuenta a posteriori de que el carácter hirsuto del título de este ensayo es algo así como un correlato irónico del modus operandi de ciertas reflexiones que complican el juego de espejos del pensamiento intercultural. Leemos los textos que se ocupan del problema de las hibridaciones —los textos de la teoría cultural y los “textos empíricos”, es decir, los documentos emanados de ese audiovisual que se origina en dichos textos, o que muchas veces les sirve a ellos mismos de certificación— y nuestra sensibilidad cobra conciencia otra vez de su índole referencial, para tropezar luego, qué remedio, con la manipulable explosividad de las mezclas latentes, la invisibilidad de algunas vacuolas reproductoras del yo en su trato más o menos continuo con las coloraturas étnicas (por así llamarlas), la hiperventilación de la diferencia en tanto atractivo erótico, las proposiciones subliminales de intercambio, el “tirijala” del enunciado que disimula su naturaleza utilitaria y diferencial y, desde luego, la derogación de los relatos juzgados periféricos, ejecutable por medio de un ensalzamiento imaginal que alude a la belleza segregada y terrible —casi una obra de arte dentro de la obra artística— de aquello que el deber ser de las llamadas sociedades democráticas separa a veces de su cuerpo cultural (y a veces integra en él), o de lo que entiende como tal.

Todo esto posee un garbo axiológico tan linajudo y sólido como débil e ilusorio. Porque el audiovisual que dialoga con el pensamiento intercultural prospera de cierto modo en la representatividad de un orbe de conceptos lleno de cortes epistemológicos —entre objetos de cultura, saberes específicos y entornos de producción—, pero al mismo tiempo enuncia ficciones dependientes de la lógica y las convenciones de la textura fílmica, que es, en términos contemporáneos, una manera de hablarle a la vida desde modelos vibrátiles pertenecientes al rizoma de lo real.

Desde el punto de vista de la lógica, hay una dimensión clásica del cine que se arma con las estructuras más sólidas y probadas de la narrativa y, en específico, de lo novelesco. Ahora bien, como el ademán intercultural se localiza muchas veces en sujetos inmersos dentro de la excepción sociosomática de sus vidas, o que están varados (en condiciones de naufragio o fuera de ellas) en la excepcionalidad de lo común o de la falta de excepción —ya que, en estos casos, relatar es relatar algo que se desvía de lo usual, o algo que por sí mismo se constituye en lo inusual—, sucede que las historias, como ha dicho alguna vez Wim Wenders, extraen la sangre de las imágenes, crean un estado de vampirización relativo, un estado que el ademán intercultural procura abolir para que el sujeto y las imágenes que se le asocian establezcan una interlocución ni sobrentendida ni exhibicionista, sino simplemente atenta al verosímil artístico y a la testificación activa de lo otro.

El discurso antrópico propuesto por el audiovisual desde la perspectiva del debate intercultural, tiene en el otro, en la otredad, una referencia contrapuntística (como anota Edward Said) que lo recontextualiza constantemente y que mediatiza sus pronunciamientos. Incluso se podría decir que hoy, ahora mismo, cualquier apuesta estética pasa, en lo que toca al relato audiovisual per se, por la otredad antes de que se produzca el disparo de sus significados (los electivos y los no electivos) que alimentan la sospecha sistemática en torno a la acreditación de una o varias poéticas.

Hace cincuenta años Roger Caillois dijo que en el mundo había un exceso de pensamiento. Lo dijo para aludir a las operaciones devoradoras y de mixtificación de cierto logos de la cultura, cuando la doxa posmoderna empezaba a asentarse como supuesto creativo desde una escritura artística que jamás abandonaría su condición de lectura, o su condición de gesto autotélico. Hoy esto podría ser acaso una verdad. El logos de la cultura se expansiona junto al logos de la tecnología para alumbrar un puñado de ideas genuinamente universales en las que descansa toda elaboración cultural. ¿Qué quiere decir esto? Pues, sencillamente, que la naturaleza de la cultura es a la larga fonocéntrica y que el volumen de los productos culturales, así como su tejido y su ejecución, se deben cada vez más a los rendimientos lingüísticos que les dan origen y a la larga los explican. 

Cuando el audiovisual entra en resonancia con la flexión intercultural el concepto de lo sagrado, por ejemplo, podría reacomodarse e iluminarse, y entonces comparecerían esos tejidos vitales sacros que admiten la reverencia porque subrayan la tangibilidad inmediata de lo vital, su carácter de experiencia no ilusoria. Dichos tejidos se vuelven zonas del secreto, o de la restauración de lo real. Se transforman en territorios que el audiovisual revela o subraya. Se trata de segmentos vitales que tienden a lo infinitesimal y que se asemejan mucho al artificio por el mero hecho de que manufacturan o se refieren a lo insólito, o más bien a lo utópico. A una utopía defectuosa, rara, pero sin los peligros (¿de veras que sin los peligros?, me gustaría preguntar) de la ilusoriedad o la evanescencia del yo. A una especie —llamémosle así— de Arcadia sitiada por las constantes de la vida contemporánea: velocidad, irresolución, hiperinformación y recelo global.

Actualmente lo sagrado germina en medio de numerosas mediaciones, o simplemente se ausenta de la vida inmediata y cotidiana para florecer en espacios socioculturales autoprotegidos, ocultos o semiextintos. Y aunque lo inmediato y lo cotidiano son también un constructo, no es menos cierto que la visualidad intercultural (y hablo tan solo en términos de lógica de la producción artística) tiende a objetualizar lo sagrado y convertirlo en imágenes o metáforas narrativas. Lo que presenciamos es un proceso, y lo que el cine intercultural produciría o revelaría es también (a pesar de las lógicas fijaciones textuales, gráficas, sonoras) un proceso. Diana es un cuerpo transgénico, es una mediación de lo divino, es la belleza de un territorio utópico y, con todo y ser un personaje mítico, se afinca en el poderío de lo terrestre. Pero encarna un ideal que debe protegerse, una sacralidad oculta cuyas razones se alimentan de la mirada de Acteón al par que la movilizan y cambian.  

Pero saquemos a Acteón de los bosques del Citerón y pongámoslo, junto a Diana, en cierta Arcadia. Susan Sontag ha dicho que la meditación cultural se encuentra implicada con el poder hechicero de las imágenes artísticas, entendido este como la capacidad de movernos entre la quimera y la realidad de la ilusión. Supongamos que, muy atomizada, hay una Arcadia intercultural que el cine expresa y discute. Pues bien, esa Arcadia podría ser hoy, en términos de imagen cinematográfica, una provincia del espíritu, un paisaje interior que intenta armarse en lo externo y lo visible (y en lo cotidiano) a pesar de hallarse, tal vez, en estado de sitio, o en la diseminación de los exilios individuales. Antes, en los umbrales de la modernidad, se decía Arcadia y enseguida aparecía el no-lugar donde la regencia de lo natural (léase lo real) era un poderoso símbolo capaz de subrayar el conflicto entre lo natural y el artificio del arte y los sistemas de pensamiento. En la imaginación contemporánea la Arcadia, forzosamente intercultural, acoge los discursos laterales, el pensamiento que se autoemplaza para ganar un espacio (más interior que exterior) y continúa siendo una opción del ideal opuesta a la experiencia de las grandes sociedades urbanas.

Arcadia anómala, irresoluta, vigilada, lateral, de los intervalos culturales. Arcadia interior, sobre todo interior, y sin embargo exteriorizable. El audiovisual que grafica la revelación intercultural opera con relatos no consensuados y que tienden a densificarse en sus apelaciones a lo ecuménico. Graficar la Arcadia, o las Arcadias, implica que determinados gestos audiovisuales mantengan o cobren una solvencia apelativa en relación con el hombre despierto que se nombra arcádico, pero también en relación con el diseminador por excelencia del mensaje lateral. En forma de observador, de público, de voyeur, y también en forma de creador, Acteón sobrevive a Diana. Se me antoja que el intervalo intercultural, con su dosis de secreto e hipervitalidad, con su fisiología contaminante y su lectura activa de la tradición, es femenino. Rinde culto a la Diosa, a la proliferación arborescente, a la tierra y lo nutritivo.

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