Año V
La Habana
2006

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El sopón de Apolonia
El Guajiro de El Crucero


He tenido muchas discusiones sobre la cocina criolla con gente del patio, y todavía más, con los que se apean un buen día del avión y enseguida creen que se lo saben todo acerca de Cuba. Claro que no tengo estudios para saber en detalle la vida y milagros de las ancestrales conquistas de la gente sabia, en estos menesteres de Japón, o de Francia; pero de lo que sí estoy seguro es que la comedera nuestra es más que un congrí, un trozo de lomo ahumado, vianda frita y una ensalada de lechuga y tomate. Si usted le ha venido metiendo ojo a esta columna, como dicen los periodistas, se habrá dado cuenta de que desde un principio ando en estos afanes. Por eso ahora le quiero recomendar una sopa —sopón le gustaba decir a ella— que en meses de invierno, ponía a la mesa Apolonia Pérez.

Pude conocer de la existencia de esta receta por un nieto suyo, que siempre anda fajado por salvar esos elementos de la cultura que van más allá de los libros, la bailadera, la pintura, el cine… ya usted me comprende.

Esto lleva proteína animal. Como es habitual, la cocina popular no está sujeta a ingredientes rígidos. Podría usar el cerdo, la gallina y hasta el pollo; pero como de verdad queda redondo este plato es usando de unas buenas costillas de vaca. Tal y como las tenía el animal cuando andaba corriendo por el potrero, es decir, con toda su carne.

Meta unas tres libras troceadas en una cazuela amplia con agua suficiente, póngale un poquito de sal y un par de hojas de laurel. Déle fuego hasta que la carne se esté desprendiendo del hueso. Saque las costillas y póngalas a refrescar en una fuente. Cuele el caldo y póngale cebolla, unos tomates placeros, ajo, orégano y pimienta negral. Todo ello según su gusto. Y para lograr aroma y sabor particular, tíreles dos o tres hojas de cilantro. Ponga a fuego lento la cuestión y cuando empiece a hervir, ráyele un par de plátanos machos, que previamente debe haber pelado y a decir verdad, discúlpeme, debía haberle dicho que pelara cuatro, para lo que vendrá.

No se olvide de que tiene que mantener el fuego lento, para que no se le cuaje tan rápido la sopa y le de tiempo a hacer, con los otros dos, unos tostones crujientes, que nada más sacados de la sartén puede ir tirando al caldo. Cuando haya acabado de tirarle los tostones, imagino que esté suficientemente espesa. Es el momento de puntear definitivamente de sal y apagar el fuego. Deje el asunto unos minutos en reposo y luego pa’ la mesa.

Sí, ya se que se estará preguntando a dónde ha ido a para la carne de las costillas de vaca. Pues nada, la limpia bien, y justamente esperando que repose la sopa de plátano, se hace usted una espléndida ropa vieja, que a la hora de la verdad, si le aparea un arroz blanco, puede servir de plato fuerte después que se haya zampado, un hondísimo cuenco de sopa de plátano.    

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