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Rafael Rojas ha escrito un libro que interesa.
Ambicioso, en su proyecto de reconversión de la memoria
nacional. Bien documentado, al modo agotador de los
nuevos letrados. Actual, porque revela mejor que ningún
otro la crisis intelectual en que se debaten el autor y
varios de sus colegas. Y aunque no logró que los jurados
lo asumieran como modélico, el libro fue bendecido con
el Premio Anagrama de Ensayo, y eso cuenta.
Estructurado en una
introducción y tres grandes momentos, Tumbas sin
sosiego nos propone una lectura de la memoria
cultural cubana desde un principio interesado: el
pensamiento liberal de la República, no decantado sino
cancelado por la Revolución de 1959 y superior en si
mismo a otras tradiciones (sean comunistas o católicas o
en cualquiera de sus variantes nacionalistas) es visto
aquí como la piedra angular de la reconstrucción
intelectual poscomunista. Previamente se nos ha hecho
ver (académicamente, se nos ha demostrado) que en la
República todos los debates eran posibles (superiores) y
se realizaban con total respeto por el otro y en pie de
igualdad para su legitimación pública.
Esa tesis de partida hace fallar a Rojas, en tanto lo
sitúa en dos perspectivas equivocas: una de origen y
otra de destino. Y lo lleva a cometer gazapos
conceptuales en profundidad, intentando fundamentar su
punto de vista.
Un ejemplo, puntual y extremo: sus perfiles intermedios
son más favorables a autores de importancia bastante
relativa como Raúl Rivero, que a pensadores de
significación indiscutida para Cuba (pero culpables,
ante los ojos del autor, de mantenerse e incluso liderar
intelectualmente el campo político opuesto), como Cintio
Vitier o Roberto Fernández Retamar.
Otro ejemplo, más en el entorno generacional del autor:
pretende erigir en paradigma de nueva civilidad poética
a recién llegados a trompicones del tipo de Pablo de
Cuba Soria, desconociendo (¿por pecado de lesa
ignorancia?) autores como Reinaldo García Blanco, Pedro
Llanes, León Estrada o Rigoberto Rodríguez Entenza, por
señalar solo algunos de los muchos nombres que los
ochenta y noventa del pasado siglo aportaron a la poesía
cubana en materia de conciencia ciudadana. O se esfuerza
en consagrar desde su autoridad (poder) a refinados
vocales entusiastas del parricidio intelectual, como
Duanel Díaz.
Porque el pecado original de Rafael Rojas, que en
Tumbas sin sosiego adquiere categoría de escándalo
(Kundera dixit) es derrochar su indudable
capacidad de análisis y el alto nivel de información que
siempre nos muestra, en sustentar una idea política
preestablecida: la Revolución fracasó hace tiempo
(finalmente en los noventa) y para Cuba no hay
alternativa viable fuera de la transición al modélico
pasado, tantas veces anunciada.
Rojas escamotea hábilmente la presencia y peso
específico de la política norteamericana en los
proyectos de esa transición (por ejercicio del mando o
por imposibilidad de contención a las fuerzas
imperiales), el modo en que históricamente esa presencia
se hizo injerencia, intervención y ocupación del espacio
público cubano siempre que fue necesario y el hecho de
que si algo tiene tradición intelectual y popular en
Cuba es el rechazo mayoritario a la política
intervencionista del gran vecino.
Quizá ningún libro desarrolla mejor, en lo específico,
la idea última que la revista Encuentro de la Cultura
Cubana viene proponiendo desde hace diez años: la
construcción intelectual de una memoria otra para Cuba,
distinta y opuesta a la que las mayorías del país han
percibido como su memoria desde el triunfo mismo de la
Revolución de 1959, pero muy peligrosamente deslindada
también de valores patrios arraigados en la memoria
nacional previa a ese proceso histórico y que en mucho
lo fundamentaron en sus orígenes y lo sostienen en su
devenir actual.
Más allá de esos improcedentes puntos de partida, el
libro revela el engarce apresurado de ideas y textos
quizá pensados o escritos en momentos cronológicamente
cercanos, pero diferentes en su esencia. De modo que
ciertos síntomas de la creación artística o de la
realidad social, que podían ser manifestación de algo en
un tiempo, ya no lo son, o no lo son exactamente como el
autor los maneja, y utiliza largamente a su favor.
Errata o gazapo menor, pensando en la distancia desde la
cual escribe, pero que revela también que algunos otros
de sus argumentos son traídos a empellones hasta las
páginas que aquí se nos presentan con el gozoso lustre
de academia.
Hay, sin dudas, zonas
bien interesantes en este libro, como en otros del
autor. Pero una vez más peca Rafael Rojas en el análisis
y valoración de lo esencial en un proceso histórico de
largo alcance. Y es que no se puede pretender un
análisis influyente del siglo XX cubano (y es a lo que
aquí se aspira), pasando intelectualmente la mano a la
frustración y descomposición republicana y al así
llamado “gobierno autoritario” de Fulgencio Batista para
unas cuantas páginas después emprenderla sin
contemplaciones contra “la dictadura de Fidel Castro”.
Ningún clásico de las libertades ni estudio social
contemporáneo alguno, por más legítimos o prestigiosos
que sean sus autores (y Rojas se extiende en citas que
prueban su manejo de fuentes muy pertinentes en el
análisis de otras realidades) puede servir de sustento
teórico a un dislate conceptual de ese tipo, pues en
Cuba está demasiado vivo aún el recuerdo de lo real en
la memoria sangrante de la nación. |