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Escribo abrigado y
con nostalgia. Desde hace varios días ando por España
tras las huellas del gran poeta Miguel Hernández,
soñando con que su vida triste y su deslumbrante obra
puedan subir alguna vez a un escenario cubano. En la
hermosa y amplia Universidad de Alicante conocí
—personalmente, como aclaramos, con cierto candor, los
de a pie para dejar constancia que estrechamos la mano
de una celebridad— a los dos grandes especialistas en la
obra de Miguel, que, junto a otro sabio de nombre
Agustín, lograron la proeza y el regalo que significan
los dos tomos de la obra del gran autor de Orihuela,
editados por Espasa Calpe en 1992. José Carlos Rovira y
Carmen Alemany —al pasar de la referencia libresca al
trato diáfano— han resultado dos esperanzas de avanzar
en mi faena y, aún más, dos sostenes espirituales para
esta temporada de invierno y lejanía.
Ahora trabajo en una
montaña que amenaza con helarse, frente a un árbol que
despide las últimas hojas. La residencia para artistas
de la Fundación Karrvaz se encuentra en lo alto de La
Manchuela, pertenece a la comunidad de Castilla La
Mancha, cerca de los molinos de viento que Don Quijote
confundió con gigantes. Al precioso paisaje se le conoce
como Hoz del Júcar, porque de verdad se asemeja a una
hoz (como la que empleaba mi abuelo para recoger el
arroz en viaje hacia nuestra mesa), la que describe el
paisaje con el río como protagonista. Muchas mañanas,
al darme de frente con las lentas y preciosas aguas,
recuerdo a Lorca, otro de los poetas del alma. En uno de
los sonetos llamados del amor oscuro (que vinieron a
conocerse muchos años después del asesinato del gran
artista), Federico pregunta al amor si había conocido lo
que él nombra “la ciudad encantada de Cuenca” y alude al
Júcar como elemento esencial del leve misterio.
En las noches se
enciende un castillo que vive frente a nuestros ojos y
que pertenece a los tiempos en que los del imperio
romano andaban por estas tierras de uvas y ovejas.
Si el paisaje y la
historia hacen de este sitio un paraje encantador, tanto
o más he disfrutado de la vida cotidiana entre la
tranquilidad del aislamiento y la fecunda comunicación
con otros creadores. La mayoría de la decena de
compañeros de residencia son artistas plásticos y
proceden de varios países latinoamericanos.
Intercambiamos sobre estética y otros temas, pero
también aprendemos sobre las palabras, los modos y la
tradición espiritual de Chile, Argentina, México,
Uruguay o Colombia. Por ejemplo, resultó muy simpático
que los chilenos llamen a las provisiones, las ricas
cosas que uno consigue para comer “cuestiones”.
A mí, como devorador gustoso de todo alimento
imaginable, me encantó la metáfora. Sí que son
cuestiones de mucha importancia los frijoles negros de
nuestra Cuba o los tacos mexicanos a los que nos
invitaron una noche de largo intercambio.
La primera vez que oí
mencionar el nombre de la Fundación Karrvaz, pensé que
estaría encabezada por algún holandés o alemán. Lucas
Carrión —el destacado escultor que preside y levanta
también con el esfuerzo de sus manos la casa de
artistas— nació cerca de esta zona, y el paisaje, las
costumbres, la historia de la región nutren su obra, su
biografía y los temas más apasionados de conversación.
Si volvemos a cuestiones de alimento, nada como la
paella, tradicionalmente valenciana, que Karrvaz elaboró
para el grupo de artistas que acoge. Si sabroso es el
sabor final, mejor todavía resulta el proceso de
elaboración. Al aire libre, mientras se toma algún vino
y se conversa, el artífice y sus colaboradores alimentan
el fuego con briznas de madera o se encargan de que el
tomate, el agua o el arroz lleguen justo a tiempo a la
cazuela dura y ennegrecida por sucesivas paellas y
conversaciones junto al fuego. El grano debe quedar
exacto y debajo un poquito de raspa. A pesar del frío,
comimos a la intemperie, porque este plato, en su
versión auténtica y original, es de degustación
colectiva. Cada uno toma su cuchara y avanza,
disciplinadamente, hacia el centro. Se recomienda no
entretenerse con las postas de pollo u otro ingrediente,
porque el vecino de yantar puede comer más arroz del que
le toca. La dulce Tania, me miró como diciendo —ante el
avance de mi cuchara ansiosa— me llegó la sugerencia un
poco tarde.
Gente del Caribe y
del sur en esta montaña espléndida que nos acoge, más
cerca del cielo.
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