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2006

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Paella cerca del cielo
Amado del Pino La Habana


Escribo abrigado y con nostalgia. Desde hace varios días ando por España tras las huellas del gran poeta Miguel Hernández, soñando con que su vida triste y su deslumbrante obra puedan subir alguna vez a un escenario cubano. En la hermosa y amplia Universidad de Alicante conocí —personalmente, como aclaramos, con cierto candor, los de a pie para dejar constancia  que estrechamos la mano de una celebridad— a los dos grandes especialistas en la obra de Miguel, que, junto a otro sabio de nombre Agustín, lograron la proeza y el regalo que significan los dos tomos de la obra del gran autor de Orihuela, editados por Espasa Calpe en 1992. José Carlos Rovira y Carmen Alemany —al pasar de la referencia  libresca al trato diáfano— han resultado dos esperanzas de avanzar en mi faena y, aún más, dos sostenes espirituales para esta temporada de invierno y lejanía.

Ahora trabajo en una montaña que amenaza con helarse, frente a un árbol que despide las últimas hojas. La residencia para artistas de la Fundación Karrvaz se encuentra en lo alto de La Manchuela, pertenece a la comunidad de Castilla La Mancha, cerca de los molinos de viento que Don Quijote confundió con gigantes. Al precioso paisaje se le conoce como Hoz del Júcar, porque de  verdad se asemeja a una hoz (como la que empleaba mi abuelo para recoger el arroz en viaje hacia nuestra mesa), la que describe el paisaje con el río  como protagonista. Muchas mañanas, al darme de frente con las lentas y preciosas aguas, recuerdo a Lorca, otro de los poetas del alma. En uno de los sonetos llamados del amor oscuro (que vinieron a conocerse muchos años después del asesinato del gran artista), Federico pregunta al amor si había conocido lo que él nombra “la ciudad encantada de Cuenca” y alude al Júcar como elemento esencial del leve misterio.

En las noches se enciende un castillo que vive frente a nuestros ojos y que pertenece a los tiempos en que los del imperio romano andaban por estas tierras de uvas y ovejas.

Si el paisaje y la historia hacen de este sitio un paraje encantador, tanto o más he disfrutado de la vida cotidiana entre la tranquilidad del aislamiento y la fecunda comunicación con otros creadores. La mayoría de la decena de compañeros de residencia son artistas plásticos y proceden de varios países latinoamericanos. Intercambiamos sobre estética y otros temas, pero también aprendemos sobre las palabras, los modos y la tradición espiritual de Chile, Argentina, México, Uruguay o Colombia. Por ejemplo, resultó muy simpático que los chilenos llamen a las provisiones, las ricas cosas que uno consigue para comer “cuestiones”.  A mí, como devorador gustoso de todo alimento imaginable, me encantó la metáfora. Sí que son cuestiones de mucha importancia los frijoles negros de nuestra Cuba o los tacos mexicanos a los que nos invitaron una noche de largo intercambio.

La primera vez que oí mencionar el nombre de la Fundación Karrvaz, pensé que estaría encabezada por algún holandés o alemán. Lucas Carrión —el destacado escultor que preside y levanta también con el esfuerzo de sus manos la casa de artistas— nació cerca de esta zona, y el paisaje, las costumbres, la historia de la región nutren su obra, su biografía y los temas más apasionados de  conversación. Si volvemos a cuestiones de alimento, nada como la paella, tradicionalmente valenciana, que Karrvaz elaboró para el grupo de artistas que acoge. Si sabroso es el sabor final, mejor todavía resulta el proceso de elaboración. Al aire libre, mientras se toma algún vino y se conversa, el artífice y sus colaboradores alimentan el fuego con briznas de madera o se encargan de que el tomate, el agua o el arroz lleguen justo a tiempo a la cazuela dura y ennegrecida por sucesivas paellas y conversaciones junto al fuego. El grano debe quedar exacto y debajo un poquito de raspa. A pesar del frío, comimos a la intemperie, porque este plato, en su versión auténtica y original, es de degustación colectiva. Cada uno toma su cuchara y avanza, disciplinadamente, hacia el centro.  Se recomienda no entretenerse con las postas de pollo u otro ingrediente, porque el vecino de yantar puede comer más arroz del que le toca. La dulce Tania, me miró como diciendo —ante el avance de mi cuchara ansiosa— me llegó la sugerencia un poco tarde.

Gente del Caribe y del sur en esta montaña espléndida que nos acoge, más cerca del cielo.
 

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