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En teniendo una chaveta/ que pueda muy bien cortar/
no hace falta otra
herramienta/ para poder trabajar/
Al hacer una perilla/ no hay
quien me pueda igualar/
para mí es cosa sencilla/ y
para otros la mar./
Sepan los malos tacos/ que
me tienen interés/
que hago trescientos tabacos/
desde las nueve a las tres./
Ven, pues, mulata querida,
de mi dicha a disfrutar,/
y pasaremos la vida/ en
delicioso gozar.
Dicen que una mañana Richard Wagner recibió unos habanos
de obsequio.
El genial y controvertido músico alemán no pudo
abstraerse de premiar a su “benefactor” con un cumplido
que parece uno de sus lei motiv musicales:
"Indiscutiblemente ayuda usted a mi ópera El
Crepúsculo de los Dioses. Esta mañana llegaron esas
maravillas de La Habana e inmediatamente me
transportaron a un encanto..."
Para muchos en todo
el orbe fumar un habano es un placer de los dioses.
Se conoce que los dos
primeros europeos que fumaron tabaco en nuestra tierra
rindieron un informe negativo al mismísimo Cristóbal
Colón sobre todo lo relacionado con esta planta como
útil del ritual indo-caribeño. Pero como no todo está
escrito en esta viña del Señor, durante su estancia
aquí, Rodrigo de Jerez —así se nombraba uno de ellos— se
aficionó, ni más ni menos, al producto que
negara.
Y se cuenta que llevó
tabaco escondido al Viejo Mundo.
Sin embargo, como
expresión de mala suerte, su mujer lo sorprendió
“echando humo del infierno por la boca y la nariz”. Tan
asustada quedó la pobre que lo denunció al Santo
Oficio.
Así fue como el
primer europeo que se adicionó al tabaco fue a parar a
las mazmorras de la Santa Inquisición por gustar de lo
que hoy se considera un placer de los dioses. Pero —¡Ah,
paradojas de destino!—, cuando Rodrigo de Jerez tiempo
después salió en libertad, se encontró que, con licencia
eclesiástica, la gente estaba fumando, con igual agrado,
tal y como lo hacía él cuando lo apresaron por el mismo
motivo.
Fumar como “un placer
genial, sensual”, no era todavía letra del cuplet
popularizado por la famosa Raquel Meller, pero esta idea
se estaba adueñando ya del planeta.
Y conste que no salgo
aquí en su defensa, contra los fuertes aires
antitabaquistas que se respiran hoy día. Sencillamente
le rindo homenaje al tabaco como símbolo de nuestra
identidad, y esta memoria va dedicada, pues, al tabaco,
calificado como intrépido diablillo que conquistó al
mundo, y que es, desde los siglos de los siglos, emblema
de nuestra cubanía. Por algo José Martí afirmó que “el
tabaco es compañero del hombre”, y Lord Byron lo
calificó de sublime.
Alrededor
de la hoja amerindia, en Cuba fueron creándose
condiciones que hicieron de su labranza una fuerte
atadura de unión cultural y sentimental entre ambos
mundos. Inmigrantes de las islas Canarias fueron
precisamente quienes cultivaron la fina hoja y elevaron
a categoría de arte la elaboración de los célebres puros
habanos, y porque era —como dijo Reynaldo González— “un
pequeño mundo, cultivado amorosamente, con el ama o el
amo, el marido o la mujer al frente, seguidos por los
hijos, todos sobre el surco, después todos sobre la
hoja; todos haciendo de ese lugar, de esos lugares, lo
que luego fueron la Vuelta de Abajo, la Vueltabajo, la
riqueza de nuestro tabaco actual”.
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Desde 1865 la lectura en las tabaquerías hizo que el
sector tabaquero fuera el más avanzado cultural e
ideológicamente de nuestro país. Identidad que se
respiraba también en esa inmigración tabacalera,
fundamentalmente en zonas como Tampa y Cayo Hueso, y en
la que José Martí encontró refugio y apoyo para preparar
la Guerra Necesaria.
“Descrita por Colón desde el día del primer encuentro
entre europeos y americanos, la hoja del tabaco —al
decir de Miguel Barnet— fue mascada y traficada por
piratas y contrabandistas de los siete mares, satanizada
y prohibida con furia, pero al final fumada con
embriaguez y comerciada legalmente en todos los
continentes”. “El tabaco esparció por el mundo el hálito
de un nuevo espíritu, meditador, crítico y rebelde”.
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