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En el Museo Nacional de Bellas Artes,
cerca una de otra, a la vista de los
transeúntes que utilizan cotidianamente
el pasaje peatonal frente al Edificio de
Arte Universal y de los visitantes a la
colección que atesora el Edificio de
Arte Cubano, dos obras hablan del
compromiso de la creación con su tiempo
y su destino histórico.
Cinco Palmas, el conjunto escultórico
que evoca desde el título y su misma
corporeidad, el histórico encuentro en
la serranía oriental de los
expedicionarios del Granma tras
la dispersión de Alegría de Pío, reunió
a 30 pintores de diversas generaciones,
coordinados por el escultor José Villa
Soberón y el arquitecto José A. Choy, en
una obra donde los distintos quehaceres
visuales confluyeron en una alegoría
llena de vida, inaugurada en la jornada
final del coloquio Cuba y Fidel: Memoria
y futuro, que organizó en La Habana la
Fundación Guayasamín.
Bajo el nombre de Arca de la Libertad,
por iniciativa de Alexis Leyva Machado
(Kcho) y a manera de regalo a Fidel
Castro por su 80 cumpleaños, 15 artistas
reinterpretaron la gesta del yate
Granma y su trascendencia simbólica
en un mural contenido en la misma forma
de la embarcación.
Ambas obras destacan por su
originalidad, su esteticidad y su
vocación de servicio. Originalidad
expresada a través de la imbricación de
las singularidades creadoras en el
trabajo colectivo. Realidad estética al
no permitirse ninguno de los
participantes en los proyectos la menor
concesión. Vocación de servicio
encauzada a favor de la pertinencia de
conjugar la sed de belleza con los
ideales de justicia.
Alguien, presente en la instalación del
Arca de la Libertad, hizo memoria de una
idea comentada por Fidel en 1961, cuando
pronunció en la Biblioteca Nacional el
discurso conocido como Palabras a los
intelectuales. Entonces, Fidel dijo: “Si
a un hombre de la generación venidera, a
un hombre de dentro de 100 años le dicen
que un escritor, un intelectual de esta
época vivió en la época de la Revolución
fuera de ella y no expresó la Revolución
y no fue parte de la Revolución, será
difícil que lo comprenda, cuando en los
años venideros habrá tantos y tantos que
quieran pintar la Revolución y quieran
escribir sobre la Revolución y quieran
expresarse sobre la Revolución…”
Justamente, la presencia de creadores de
varias generaciones y diferentes credos
estéticos en los colectivos bajo el
denominador común de esa vocación
participativa, se corresponde con aquel
reclamo incitador.
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Se trata de una demostración evidente de
cómo el arte puede comprometerse sin
dejar de ser arte, y de cómo la
vanguardia formal al intercambiar con la
vanguardia política está en condiciones
de enriquecer el experimentalismo
artístico.
Viendo una y otra obra, nos nace repetir
la última estrofa de un conocido poema
de Paul Eluard: “Sobre la calma que
retorna, / sobre los extintos pavores, /
sobre el anhelo sin memoria, / escribo
tu nombre. / Y en el poder de tu palabra
/ mi vida vuelve a comenzar: / he
renacido a tu llamada / para invocarte:
¡libertad!”. |