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Jorge Fornet, más que un literato,
parece un científico. Es paciente ante
la perseverancia ajena y casi siempre
está sonriendo. Su curioso acento no
permite saber con exactitud a qué
latitud del planeta pertenece. La
responsabilidad que significa dirigir el
Centro de Investigaciones Literarias de
Casa de las Américas le ha concedido,
desde hace un tiempo, el excepcional don
de la ubicuidad. Pero sus constantes
viajes no le impiden crear. Por eso, muy
pocos se asombraron cuando su ensayo
“Los nuevos paradigmas.
Prólogo narrativo al siglo XXI”
obtuvo el Premio Alejo Carpentier.
A
Fornet parece no interesarle decir la
última palabra, sino proponer un diálogo
abierto con el lector a través de las
interrogantes. Amén de que coincidamos o
no con todo lo que expone, este texto
resulta revelador y atrayente. Su autor
se aleja de posiciones academicistas y,
con una escritura a ratos envolvente,
convida al debate. Desandemos entonces
el camino de los cuestionamientos.
Después de todo, la polémica ha
resultado ser una de las vías más
expeditas para la construcción del
verdadero conocimiento.
¿De qué criterios parte para distinguir
lo que ha llamado “los escritores del
desencanto” de las más jóvenes
generaciones de autores?
Existe un factor extraliterario que me
sirve como punto de partida: la edad de
los escritores y el momento de su
aparición en el mundo literario. Sé que
es arriesgado y que pueden encontrarse
varias excepciones, pero por lo general
los autores nacidos a la literatura en
los 80 hacen notar un distanciamiento en
sus textos posteriores, en relación con
sus creencias o su visión del mundo. El
89 y sus consecuencias parece haber sido
para ellos un punto de inflexión que los
obligó a formularse nuevas preguntas que
cuestionaban lo vivido. Las respuestas
que proporcionaron (por cierto, a
diferencia de lo que suele decirse, creo
que la literatura no da soluciones, pero
respuestas da muchísimas) partían de una
ruptura, de un
—permíteme
repetirlo—
desencanto con la visión del mundo que
ellos mismos tenían. Sus sucesores, en
cambio, aquellos que nacieron a la
literatura en los 90, no parecen
comprometidos con un pasado que en sus
obras es muy lejano o ajeno; no tienen
nada de qué desencantarse porque, como
escritores, nunca estuvieron encantados
con nada. Si no fuera un término
peyorativo, diría que se manejan con un
cinismo, con una distancia, que sus
antecesores no alcanzan.
¿Desde qué genealogía quieren ser leídos
estos autores?
Nunca es fácil responder a esa pregunta,
pero me ha llamado la atención
—lo
he dicho por alguna parte—
la recurrencia a la conformación de un
canon nacional por parte de varios de
estos autores. En ese gesto puede leerse
tanto un distanciamiento con nombres
consagrados y su sustitución por otros,
como un deseo de encontrar arraigo en un
momento de tantas dispersiones. En
sentido general muchos de los nuevos
autores no encuentran acomodo visible
entre sus predecesores y parecen
entroncar sobre todo con sus homólogos
de otras zonas de la lengua.
Aprecia en la literatura cubana de la
década del 90 un tránsito de la
representación del individuo subordinado
a las masas a uno autónomo que decide
sentarse a escribir la historia. ¿A qué
atribuye este fenómeno?
Todos hemos escuchado miles de veces
acerca del quiebre de los grandes
relatos, la crisis de los grandes
discursos, etcétera. Todo este tipo de
generalización casi siempre es tan
seductora como cuestionable. Pero con la
llegada de la crisis de los 90 a Cuba se
produjo también la crisis de un modelo
de sociedad en que la colectividad y la
solidaridad
—así
como la fe (no sé si es la palabra más
adecuada) en una voz que nos englobaba,
en una historia que nos explicaba—
tenían un peso que se transparentaba
también en las narraciones de la época.
No vale la pena detenernos en fenómenos
conocidos (y vividos) a partir de
entonces. No obstante, la multiplicación
de voces, esa frecuencia, por ejemplo,
con que aparecen en las novelas de los
90 personajes que escriben las
historias, no es casual. Esa
potenciación del individuo frente a la
masa y la multiplicación de historias
contadas por aquellos son, de hecho,
respuestas a un momento específico.
Algunos narradores como Leonardo Padura
y Karla Suárez consideran que la
literatura cubana ha venido reemplazando
al periodismo. Usted como crítico e
investigador literario, ¿qué opina en
este sentido?
Ese es un riesgo del que se habló
bastante hace una década. Ante las zonas
de silencio decretadas por el periodismo
y del interés que muchas de ellas
despertaban en escritores y lectores,
apareció el fantasma de una especie de
devaluación de la literatura cubana por
esa vía. Sé que el fenómeno es más
complejo que esta voluntaria
simplificación, que el buen periodismo
(casi inexistente, lamentablemente,
entre nosotros) puede seguir aportando
mucho a la literatura, y que es una
acusación que aparece también fuera de
nuestro país. Pero a lo que se referían
todos los que se preocuparon entonces no
tenía tanto que ver con la influencia
del periodismo, sino con la mediocridad
y el mercadeo, una especie de
oportunismo literario que alarmó a más
de uno. En ese sentido, pienso que el
fenómeno fue conjurado y nuestra
narrativa sobrevivió al riesgo. Por otra
parte, era inevitable que la literatura
cubana viviera en aquellas
circunstancias su propio "choque de lo
real", como han llamado algunos críticos
brasileños a un fenómeno similar en su
propio país.
Refiriéndose al cuento de Senel Paz
El lobo, el bosque y el hombre nuevo,
ha dicho: “(...) fue tal vez el
último texto sobresaliente de una
perspectiva en la cual la revolución
(tal como la conocíamos) aparecía como
un proyecto viable”. Sin embargo, otros
críticos encuentran en este cuento una
mirada irónica y crítica al proyecto de
revolución tal como se conocía y no una
visión que la afirmaba como un proyecto
viable, al menos del modo en que se
presentaba. ¿Qué dice al respecto?
Como supondrás, no voy a ponerme a
discrepar con esa otra lectura que
parece ser la más frecuente. Cuando
apareció el cuento de Senel, lo que más
nos imantó de él fue lo que vimos de
novedoso, los caminos que abría, lo que
lo diferenciaba de sus antecesores. Pero
cada lectura en perspectiva
—cosa
que he hecho más de una vez—
me inclina a pensar que el cuento fue
una especie de resumen, una suerte de
canto de cisne de una época. Lo que,
dicho sea de paso, no es un defecto. Se
trata solo de que Senel llevó la
discusión a un punto que sería
clausurado por el cuento mismo. Eso no
excluye, naturalmente, la ironía o la
crítica que aparecen en el texto, pero
tengo la sensación de que estamos
hablando de cosas diferentes.
¿Por qué cree que el tema del desencanto
al ser tratado en la narrativa cubana
más actual haya tenido tanto impacto, a
pesar de ser un tópico abordado
anteriormente lo mismo en el ámbito
nacional que continental?
Partiendo de que fuera cierto lo del
impacto, no me quedaría sino atribuirlo
a que llegó en el momento adecuado para
expresar una tendencia o un sentimiento
que se había hecho común entre nosotros.
En
su ensayo Los nuevos paradigmas.
Prólogo narrativo al siglo XXI
afirma que el desencanto no está
relacionado con un cambio de ánimo sino
con un cambio de perspectiva al
historiar el proceso revolucionario. No
me queda lo suficientemente clara esta
afirmación, pues me parece que ese
cambio de perspectiva que usted menciona
se asienta precisamente en un cambio de
ánimo. ¿Podría explicarse mejor?
Yo digo textualmente que ese desencanto
"no está relacionado tanto con un
estado de ánimo
como con un cambio de perspectiva al
historiar el proceso revolucionario",
que se parece bastante pero no es lo
mismo. En ese sentido creo que queda más
claro, pues lo que importa no es ese
supuesto
—e
incomprobable—
"estado de ánimo", sino la nueva
perspectiva al observar un proceso
específico, en este caso, el llevado a
cabo por la Revolución. Cabría
preguntarse, desde luego, qué es lo que
explica ese cambio de perspectiva, pero
esa es otra pregunta: la que motiva, por
cierto, buena parte de mi libro.
¿Cómo ha influido el creciente interés
de editores extranjeros en los temas que
han abordado los escritores de la década
de los 90 y estos primeros años del
siglo XXI?
Nunca es fácil responder una pregunta
como esa porque el margen de
especulación siempre es elevado. No me
cabe la menor duda de que ese interés de
editores extranjeros influye en los
temas o maneras de los escritores
cubanos. Advierto que, por principio,
eso no es un pecado. Ser editado en
grandes o pequeñas editoriales de otros
sitios, llegar a otros lectores
potenciales y otros críticos, puede
llevar a los autores a repensar el
sentido de su obra sin por eso
corromperse. Ya comenté en algún sitio,
por ejemplo, la paradoja de que a muchos
escritores se les reprocha estar
plegados al mercado por eludir la
"realidad" de sus países, mientras que a
los cubanos se les reprocha lo mismo,
exactamente por la razón inversa. Pero
está claro que los riesgos de que el
escritor sea influido negativamente por
los intereses de los editores o agentes
literarios están latentes. Me llama la
atención, por ejemplo, el caso de la
novela de Wendy Guerra
Todos se van.
Durante años Wendy estuvo trabajando en
torno a la figura de Anais Nin y esta
novela era, de hecho, parte de ese
proyecto. Sin embargo, Wendy contó que
en algún momento Carmen Balcells le
había recomendado despojar el texto de
la historia de Anais Nin y concentrarlo
en la figura y el drama de ese personaje
cercano a la autora. ¿Por qué? ¿Por qué
Wendy debe renunciar a aquella historia
y concentrarse en sí misma y en su
entorno? No tenemos modo de saber si el
consejo obedecía exclusivamente a
factores literarios o si respondía a una
idea preconcebida de lo que debe ser (y
a lo que debe dedicarse) un autor
cubano. Es probable que, efectivamente,
la novela de Wendy haya mejorado, pero
es improbable que un editor cubano
hubiera hecho tal petición, lo que
significa que, de haberse publicado
aquí, estaríamos leyendo otro libro.
Usted asegura que novelas históricas de
autores de generaciones anteriores como
Al cielo sometidos, de Reynaldo
González y Un hombre providencial,
de Jaime Sarusky son excepcionales en la
narrativa cubana actual, obviando otras,
como Lances de amor, vida y muerte
del caballero Narciso, de Alfredo
Antonio Fernández.
No es una opinión, sino un hecho, que no
abundan entre nosotros las novelas de
corte histórico, y las que cito son dos
de las más recientes (la de Alfredo
Antonio Fernández, dicho sea de paso,
tiene más de 10 años). Hago referencias
a otros textos que escapan a esos
referentes inmediatos, como los de
Alberto Garrandés, el más persistente
—en
esa dirección—
de los autores de los últimos 20 años. Y
no mencioné, porque no lo conocía al
escribir el libro, la novela de Pedro
Llanes
El fundidor de espadas.
De todos modos, son excepciones que se
alejaban del interés esencial de mi
estudio.
¿Cómo valora el valor simbólico de La
Habana en la literatura actual?
La Habana, sin duda, ha adquirido un
valor simbólico enorme en la percepción
sobre Cuba de los últimos años. Si
durante décadas Cuba fue representada (esencializada
casi) con imágenes de campesinos o
campos de caña, tierras florecientes,
pueblos emergentes, escuelas en el
campo, imágenes, en fin, que mostraban
el costado pujante de la nación, a
partir de los 90 es La Habana (y sobre
todo su lado ruinoso) el que se erige en
símbolo del país. El fenómeno
—que
he llamado "retórica de la demolición"—
no es exclusivo de la literatura y ha
sido explotado hasta el cansancio por el
cine y la fotografía cubanos y
extranjeros, pero es notable su
presencia en nuestra narrativa. En algún
momento me permití incluso una broma a
propósito de títulos como
El Rey de La Habana
y
Trilogía sucia de La Habana.
El hecho es que ese simbolismo
inevitablemente se asocia con el
tránsito de un proceso mayor; de ahí,
creo, la fuerza que adquirió como
metáfora de nuestra sociedad.
¿Cuáles son las características
generales que distinguen al héroe de la
narrativa en Cuba?
Sobre el tema del héroe se ha escrito
tanto y por tantos especialistas, que no
me atrevería a pontificar sobre él. A
riesgo de equivocarme y sin entrar en
consideraciones estadísticas, diría solo
que el héroe cubano de los últimos años
juega con la figura del
outsider
en el sentido de que con frecuencia
parece estar fuera de lugar, que la vida
va pasando mientras él/ella está ocupado
en otras cosas; ya no viaja, digámoslo
así, en sintonía con el gran discurso de
la historia, sino que traza un camino
propio, con frecuencia divergente de
aquel.
Según su criterio, la narrativa cubana
de estos años ha avanzado, a la vez, en
un doble sentido: de un lado un discurso
que pretende llevar al límite la idea de
una crisis y, por consiguiente, de una
clausura; del otro, un discurso que pone
de manifiesto la extenuación de ese
modelo literario que describe su
agotamiento, y por tanto, prefiere optar
por un camino distinto. ¿Cuál es ese
otro camino? ¿Cree que uno termine
imponiéndose sobre el otro? ¿Algún
vaticinio?
Cuando menciono esos dos caminos no me
estoy refiriendo a autores, sino a vías,
tendencias, intereses... Y si a partir
del 90 y durante años, el modelo
esencial de la narrativa cubana fue
aquella que hacía énfasis en el
referente más inmediato, que parecía
acercarse a lo testimonial para, desde
allí, interpretar la crisis (lo que
generó esa preocupación que tú
mencionabas sobre la sustitución de la
literatura por el periodismo), se han
escrito a estas alturas decenas de
textos que se apartan de ese modelo,
como si sintieran que ya dio lo que iba
a dar de sí. Recordarás que, incluso,
menciono autores en los cuales es
visible el tránsito de un lado al otro.
Por otra parte, la emergencia de esa
segunda vía era inevitable, no solo por
razones de evolución literaria, sino
también porque nuestro mundo ha cambiado
y las preguntas que sostienen buena
parte de las preocupaciones de hoy se
han ido modificando. Sé que mi "objeto
de estudio", la narrativa de los últimos
15 años, dio cuenta de un momento
particular y que, por consiguiente,
muchas de mis apreciaciones y
conclusiones no serán válidas para los
autores, pongamos, del 2020. Tampoco es
cosa que me preocupe. Durante años se
habló del privilegio irrepetible que
tuvo la generación que hizo la
revolución, lo cual es cierto; sin
embargo, pienso también en el extraño
privilegio que le tocó en suerte a las
generaciones más recientes y a sus
escritores. Desde sitios más oscuros y
sin duda menos protagónicos, fueron
participantes y testigos de un
inesperado proceso de refundación, y
estuvieron allí para contarlo. |