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Es tan proverbial su timidez que rara
vez ha dado una entrevista. Cuando
aparece en un diálogo para la prensa es
porque ha sido testigo de alguno en el
que el protagonista ha sido su esposo,
Cintio Vitier, “el Presidente de la
República de las Letras cubanas”, como
lo ha llamado Roberto Fernández
Retamar.
Su sigilosa presencia pública no la hace
menos conocida. Fina García Marruz es
autora de una obra en la que se
reconocen algunos “de los poemas de más
apasionada belleza que se hayan
compuesto en lengua española desde que
se asomó el milnovecientos”, diría otro
grande de su espléndida generación
vinculada a la Revista Orígenes,
Eliseo Diego.
Madre de dos músicos geniales, Sergio y
José María Vitier, a la poesía y a la
ensayística de Fina no le ha faltado el
reconocimiento internacional ni la
lectura apasionada de sus
contemporáneos. Difícilmente quien ame
nuestra literatura desconozca, por
ejemplo, los versos de Visitaciones
y los de Créditos de Charlot,
o sus juicios martianos, publicados
en coautoría o no con Cintio, que los
convierte a los dos en genuinos
descubridores de nuestro Héroe Nacional.
“Apóstoles del Apóstol”, diría, otra
vez, Retamar. A sus premios ahora se
suma el Iberoamericano de Poesía Pablo
Neruda, que recibirá en junio, en Chile,
de manos de la Presidenta Michelle
Bachelet.
Blindada con este pretexto para intentar
la entrevista tantas veces deseada,
llegué la misma tarde del anuncio del
Premio al apartamentito del Vedado que
comparten los esposos Vitier-García
Marruz. No hay paz en los teléfonos y
todavía Fina no sale de la sorpresa,
mientras Cintio se balancea en su
sillón, feliz como un niño.
El diálogo se prolongó por dos horas y
aunque muchas preguntas quedaron en mi
agenda, dejé que la entrevista siguiera
su propio rumbo, bordeando a veces
ámbitos de intimidad, fascinada no solo
por lo que decía, sino por cómo lo
decía. Fina recuerda de memoria, sin
esfuerzo, versos de Neruda, de Gabriela
Mistral, de Vallejo, de Lezama, e imita
las voces conocidas. Cuando habla de
música, tararea las notas. Es imposible
apresar tanto talento solo con palabras.
Podrían, si acaso, asomarnos a la otra
orilla de la timidez de esta mujer que
en abril cumplirá 84 años y que sigue
entrando con el alma tremolante, como
una lengua de fuego, en toda empresa: un
libro, una carta, una conversación, un
verso.
NERUDA
Fina, se impone hablar de Neruda…
Fina García Marruz:
Es un gran poeta, eso no cabe la menor
duda. Como todos los jóvenes de mi
época, me sabía de memoria los 20
poemas de amor y una canción desesperada.
Es un clásico del romanticismo
americano, que no era de escuela, sino
de esencias. Venía del romaticismo
libertario. También leí con gusto
Crepusculario y La tentativa de
un hombre infinito, pero sobre todo
Residencia en la tierra.
Tanto Tala, de Gabriela Mistral,
como Residencia… son libros
focales de la poesía americana. Cuando a
Cintio le dieron la Medalla de Honor por
el Centenario de Pablo Neruda, terminó
su discurso con los versos de
Residencia…
Cintio Vitier:
Del poema “Entrada en la madera”, que
cierra con ese verso relampagueante: “y
ardamos, y callemos, y campanas.”
¿Han visitado Chile?
Fina García Marruz:
Estuvimos en Santiago y en Valparaíso.
Cintio Vitier:
Visitamos la casa de Neruda en Isla
Negra, que más que una casa es un
castillo.
Fina García Marruz:
Isla Negra es impresionante, con ese mar
dando sobre aquellas soledades. No sé
cómo se puede vivir contemporáneo con
ese mar. La casa está llena de objetos
marinos de toda especie y mascarones de
proa bellísimos. Aquella casa parecía en
sí misma los restos de algún naufragio.
Hablando alguna vez por usted y por él,
Cintio dijo que “desde La Araucana,
de Alonso de Ercilla, profunda es
nuestra deuda con la cultura chilena”.
¿Ratifica esas palabras?
Fina García Marruz:
Absolutamente. Leí esa obra en el
bachillerato y allí descubrí el valor
arauco que admiró a Ercilla, como
también sorprendió al cubano Manuel de
Zequeira, que hablaba de “esos indios
que llevan penachos de plumas”,
enfrentados a un ejército mucho mejor
armado. Ese valor ha persistido en el
pueblo chileno, que dio a un líder tan
entrañable como Salvador Allende.
¿Usted conoció a Neruda personalmente?
Fina García Marruz:
Solo lo vi una vez, y fue aquí, en La
Habana, en marzo de 1942. Hizo una
lectura preciosa de los sonetos de amor
y muerte, de (Francisco de) Quevedo.
Cintio Vitier:
En la Academia de Artes y Letras de
Cuba, al amparo del Arco de Belén,
centro mágico de La Habana Vieja. Dijo
algunas palabras de presentación, pero
su homenaje fundamental fue recitar,
inolvidablemente, los poemas de Quevedo.
Fina García Marruz:
¿Te acuerdas, Cintio? Recorría la sala
de un extremo a otro, recitando de
memoria. Recuerdo, como si lo estuviera
oyendo: Cerrar podrá mis ojos la
postrera/ sombra que me llevaré el
blanco día… Aspiraba la
última sílaba, pero mucho más débilmente
que Gabriela Mistral, sin esa voz
declamatoria que adquirió después y
hemos escuchado por la televisión,
recitando el Canto General.
Perdóneme la pregunta obvia: ¿qué se
siente con un premio que lleva el nombre
de Pablo Neruda?
Fina García Marruz:
Un honor, una sorpresa. Estoy muy
agradecida, pero ante un premio,
cualquiera que sea, uno piensa siempre
en tantos escritores que lo merecían, y
no lo recibieron. Martí, “el hombre más
puro de nuestra raza”
―como
lo llamó Gabriela―,
no tuvo sobre su pecho más que una
medallita escolar que recibió a sus
nueve años. Eso obliga a una gran
humildad.
PROFECÍAS MARTIANAS
En el argumento del jurado se reconoce
su “espiritualidad cristiana, abierta a
las preocupaciones sociales del mundo.”
¿Qué es para usted lo más urgente hoy?
Fina García Marruz:
Permíteme responder con dos profecías
que hizo Martí para Nuestra América. La
primera está en la frase, “Ya se probó
el odio, ahora se prueba el amor”. Me
extrañó siempre esa frase, porque da por
sentado que el amor ya está instalado en
el presente. Pero es que el tiempo de su
prosa
―como
en los profetas―
es el del presente que será,
porque, como tú sabes, el odio se probó
y se sigue probando. No ha quedado
atrás. Tengo la impresión de que él
alude aquí a su discurso fundacional,
que conocemos como “Con todos y para el
bien de todos”, donde dice que habrá que
poner alrededor de la estrella, la
fórmula del amor triunfante
―con
todos y para el bien de todos. Ese amor
triunfante no excluirá absolutamente a
ningún país. Él habla de un presente un
poco más lejano al tiempo que vivimos
hoy en Nuestra América, donde vemos un
indudable alborear. Él habla para ese
momento en que todos puedan vivir
pacíficamente. Tiempo que llega.
Sobre este sentido del presente en
Martí, Cintio ha recordado esta
anécdota, que me parece hermosísima. El
padre de Martí, que era un militar
escaso de luces, aunque con la “honradez
en la médula”
―decía
Martí―,
temía por su hijo desde niño, como Doña
Leonor que le dijo “acuérdate de lo que
desde niño te estoy diciendo, que quien
se mete a redentor sale crucificado”.
Cuando Martí publica La Patria Libre
―como
sabes, él tenía 16 años―,
Mariano también trata de advertirle a su
hijo los enormes riesgos que se corría
en una cárcel a la que podían llevar
hasta niños pequeños. Los dos temían por
su vida. Años después, Mariano le
increpa: “Pero tú eres solo de
‘presente”. Sin quererlo, fíjate qué
clase de elogio.
¿Cuál es la segunda profecía?
Fina García Marruz:
Tiene que ver con la gran esperanza en
el progreso de la Ciencia que
caracterizó al siglo XIX, que la ve solo
como fuente del Progreso y de libertad
absoluta. Pero Martí escribe: “Riesgo de
la ciencia sin el espíritu”, que vio
simbolizado en el personaje Wagner del
Fausto, de Goethe, lo que estaba
ya en el Génesis, en lo del árbol de la
Ciencia del Bien y del Mal, situado en
el Paraíso frente al Árbol de la Vida.
Libertad no absoluta, sino con ese
límite
―señalado
en el Libro de la Sabiduría
salomónica―,
que lo había puesto en los cuatro
elementos para que no inundaran,
arrasaran o hicieran arder la tierra. La
idea no era nueva, y estaba ya en el
libro de Job y en los griegos. Pero
cuando Martí señala esto, el tema estaba
muy lejos de ser preocupación para los
ecólogos de su tiempo. Hoy es el tema
central del nuestro.
Estas no parecen ser preocupaciones
urgentes del imperio que domina hoy.
Fina García Marruz:
La primera víctima del imperio fue
Cristo, y sus seguidores, a los que con
crueldad característica el imperio echó
a los leones en lo que Martí llamó “los
primeros cinco siglos puros” de la
Iglesia
―a
los que acaso añadió uno, ya que fue en
el siglo IV que el Emperador Constantino
se proclamó cristiano sin serlo. Él puso
a la Iglesia al servicio del imperio, y
no al revés. El nada “católico” Rey
Fernando
―no
así la Reina Isabel que sí se preocupó
por los indios―,
trajo a la América un Cristo “impío”,
“inquisitorial”, y no al de los “brazos
abiertos”, como diría Martí. Fue una
gran traición al verdadero legado de
Moisés, guía político y religioso de su
pueblo, a quien, a su llegada a Caracas,
Martí dedicara un gran discurso,
desdichadamente perdido.
Dice Ernesto Sábato que si vamos a
juzgar a la humanidad por lo que ha
hecho hasta hoy, tendríamos que admitir
que ella ha dado más pruebas de locura
que de cordura. ¿Lo cree usted?
Fina García Marruz:
No hay nada más parecido al
Apocalipsis que los titulares de la
prensa de hoy: inundaciones nunca
vistas, terremotos, guerras, la miseria
apoderada de medio planeta; los Cuatro
Jinetes, en fin… Pero no te olvides de
que el Apocalipsis termina bien.
Cristo dijo: “cuando vean que suceden
estas cosas, sepan que el reino de Dios
está cerca.” Reino que habría de empezar
en la tierra, no extraña a ella, ya que
enseñó el “Venga a nosotros tu Reino”.
Ya en nuestra América empiezan a surgir
fuerzas que están tratando de encontrar
una solución a la ambición imperial, y
aun en los propios EE. UU.
―antes
que se acabe el mundo. La catástrofe
ecológica alcanzaría por igual a todos.
GABRIELA
Hablemos de Gabriela Mistral. ¿Cuándo la
conoció?
Fina García Marruz:
Ella vino en 1934, cuando yo solo tenía
once años, pero cuando regresó a Cuba,
en 1938, le llevé al entonces Hotel
Vedado
―donde
residieron Juan Ramón Jiménez y su
esposa Zenobia por tres años―
mi ejemplar de Tala, como le
llevaban otros. La Editorial Sur acababa
de publicarle su libro Tala. Ella
me lo dedicó bondadosamente.
Usted tenía entonces solo 15 años…
Fina García Marruz:
Era una adolescente que hacía mis
primeros versos y ella se comportaba
como la generosa maestra que era para
todos. Con sus letras anchas, abiertas,
fluidas, que se tomaban casi entera la
página, me escribió: “Para Fina García
Marruz, compañera en el amor de nuestra
madre la poesía. Gabriela Mistral.”
Cintio Vitier:
¡Qué linda dedicatoria!
Fina García Marruz:
Esa tarde también estaban allí el poeta
Emilio Ballagas, un grupo de damas del
Lyceum de La Habana y otros poetas
mayores que ya conocía. Tú no estabas,
Cintio. Aunque Cintio y yo nos habíamos
visto en la Hispano-Cubana de Cultura,
en el 36, cuando Fernando Ortiz invitó
a Juan Ramón y otros exiliados de la
Guerra Civil española, mi hermana y yo
los tratamos realmente
―también
a Eliseo―
en nuestra entrada en la Universidad, en
1940.
En aquella ocasión en que conocí a
Gabriela, desde donde yo estaba sentada,
en una sillita un poco retirada, no
podía oírla del todo bien, pero sí lo
suficiente para que me sorprendiera su
voz lenta, aindiada…
Que algunos dijeron que era monótona…
Fina García Marruz:
Yo no lo creo. Tenía, si acaso, la
monotonía del paisaje andino. Yo tengo
muy mala memoria visual, pero muy buena
memoria auditiva. Y recuerdo cómo ella
leía su propia poesía. Me parece que
tengo todavía en el oído su peculiar
cadencia, silabeada, con aquella ligera
entonación hacia arriba: Tengo –la
-di–cha fi–el/ y la di–cha per-di-
da. Son muy frecuentes esos
cambios acentuales en la poesía popular
anónima española y en la
latinoamericana, como cuando dice
(Rubén) Darío: Francisca Sánchez,
acompaña-mé, volviendo aguda la
entonación llana. O (César) Vallejo:
cuando habráse quebrado el propio hogar…
¿Qué fue lo que más le impresionó del
primer encuentro con Gabriela?
Fina García Marruz:
Su físico. Era una mujer que parecía una
montaña, no solo por lo grande y recia,
sino por esa sensación que daba de
pureza elemental. Tenía la risa niña,
una risa que me recordaba lo blanco de
la sal, o cuando rompe el agua entre
peñascos oscuros.
Gabriela regresó en 1953 a La Habana,
para asistir a la conmemoración del
Centenario de Martí. ¿La vio entonces?
Fina García Marruz:
Yo no asistí, desgraciadamente, a la
conferencia que ella dio. Aunque mi
nombre aparece en una larga lista de
personas que colaboraron en esa
celebración, no recibí invitación
alguna, ni tuve nada que ver con esas
fiestas que se celebraron. La fecha,
por supuesto, no podía dejarse pasar, en
una República que estuvo lejos de la que
quiso Martí. En el primer ensayo que
escribí, dedicado a él y publicado en
1952, me referí precisamente a la
“tristeza del homenaje oficial”. Fue
Fidel quien dio a la Generación del
Centenario su verdadero sentido.
Cintio Vitier:
Aunque estaba Batista en el poder, el
Centenario había que celebrarlo y hubo
aportes importantes, como el estudio de
Fernando Ortiz y el de Anderson Imbert,
quien prácticamente descubrió la novela
de Martí Amistad funesta. Aún en
medio de la política andando y ardiendo.
Fina García Marruz:
Desde luego que los que fueron invitados
a hablar hicieron bien en saltar por
encima de la situación política del país
y rendirle
―a
él solo―
una recordación y homenajes tan
necesarios en aquel momento.
En esa época Gabriela colaboró con
Orígenes.
Fina García Marruz:
Cintio y yo la vimos en casa de Dulce
María Loynaz, donde ella residía. Le
pedimos una colaboración para la
Revista y ella, con una gran
sencillez, nos dijo: “espérense”, y fue
un momento a su cuarto y regresó con
varios manuscritos. Elegimos el poema
que figura, en lugar principal, en el
número que Orígenes dedicó al
Centenario de Martí. Número, por
cierto, en el que (José) Lezama publica
sus comentadísimas palabras que
avizoraban las “cúpulas de los nuevos
actos nacientes”, que como ha dicho
Cintio, en esa época nadie podía
imaginar cuáles eran esos nuevos actos
nacientes que se gestaban. Fue
profético.
Cintio Vitier:
Ella vino con una bandeja cubierta con
un montón de poemas y dijo: “escojan el
que quieran”.
Fina García Marruz:
Otra vez más la vimos, creo que en el
Ateneo, donde Dulce María leyó los
versos de Gabriela. No recuerdo si fue
en esa ocasión, o en otra posterior, que
pude oírle a ella misma leer fragmentos
de su bellísimo poema inédito dedicado a
la geografía de Chile. ¿Qué pasó con
este poema que nunca se ha publicado
completo? ¿Qué pasó con las notas que
dejó para una biografía de Martí, que ni
siquiera la entrega del Nobel hizo
posible que se rescatara? Son preguntas
que nos hemos estado haciendo todos
estos años.
¿Por qué este homenaje tan sentido a
Gabriela en el momento en que usted
recibe el Premio Pablo Neruda?
Fina García Marruz:
Por causas obvias, estuvimos muy cerca
de la poesía de Gabriela. Y de algún
modo ella es Chile para nosotros.
Cintio Vitier:
Es que a ella también le debemos el
mejor ensayo que se ha hecho a los
Versos sencillos, de Martí.
Fina García Marruz:
Y también, Cintio, su texto “La lengua
de Martí”. Son dos clásicos de la
estimativa martiana. En el ensayo que
hace tiempo estoy preparando sobre
Gabriela, me detengo bastante en su
lenguaje. No se trata de lo que Juan
Ramón llamaba “acento”, que tiene que
ver más con la escritura. En ella se
aprecia más el “tono”, que en el
lenguaje americano se expresa como
“deje”, que es lo que quedó de la
Conquista en la lengua indígena. Es
decir, el traspaso al habla del signo
escrito. Está en el “parla y parla” de
la “tarde cocinera” de Vallejo y en la
Gabriela de “El ruego” por su novio
suicida, por el que reza a Dios
familiarmente “parlándote un
crepúsculo entero”. Gabriela tomó muchas
de sus palabras del vocabulario
hogareño. Ella dice, cuando llevan a la
tierra “humilde y soleada” al que perdió
para siempre, “luego iré espolvoreando
tierra y polvo de rosas”, con el gesto
del que esparce canela sobre una masa de
sabor insípido. Ella es, a mi juicio,
nuestra Teresa americana, recia como la
de Ávila. Es extraordinaria como poeta.
SER POETISA NO ES UNA DEBILIDAD
¿Poeta o poetisa?
Fina García Marruz:
Hay algunas escritoras a las que no les
gusta la palabra “poetisa”, porque
piensan que es más débil que poeta, que
afortunadamente termina en “a”. Yo creo
que son dos cosas completamente
distintas. La poetisa deja el idioma tal
como estaba. A la que se pudiera llamar
“poeta” es a alguien que crea un
idioma y Gabriela creó uno. No porque
“invente” vocablos, sino porque toma
mayor conciencia del instrumento de su
trabajo, que es el lenguaje, que ¿quién
no sabe
―como
decía Martí―
que “es el jinete y no el caballo del
pensamiento?” Es esta la diferencia
entre Desolación y Tala.
Sor Juana Inés de la Cruz, por la que
siento una admiración enorme, con toda
la riqueza personal de su sensibilidad y
estilo, es una poetisa porque su
lenguaje no se parece al del uso diario,
es más confesional que consciente de su
capacidad creadora. Es una poetisa, lo
cual no es una debilidad. Sor Juana no
es débil en lo absoluto. Un poema es un
poema, no tiene adjetivos: tan grande es
un poema suyo, como de Gabriela. Lo que
quiero distinguir es que como indica la
palabra poiesis, la poesía como
creación, es algo muy
diferente. James Joyce es un creador de
idioma, lo que no son otros excelentes
novelistas. Eliseo Diego decía, con toda
razón, que había que poner a Gabriela
más que en la Historia de la Literatura,
en la Historia de la Lengua.
¿Usted se siente poeta o poetisa?
Fina García Marruz:
Soy más bien una poetisa, si nos
atenemos a este análisis.
LA MÚSICA
Una vez le pregunté a Cintio cuál era su
mayor orgullo, y me dijo, sin pensarlo:
“mis hijos músicos.”
Doy por descontado que la madre de las
criaturas va a decir lo mismo, pero me
gustaría que explicara por qué.
Fina García Marruz:
Tengo que decir lo mismo.
Cintio Vitier:
Me estás plagiando… (ríe)
Fina García Marruz:
Sí, tengo que plagiarte. Tú sabes que
nosotros somos de un pájaro las dos
alas. Lo que él siente, es exactamente
lo que siento yo.
Cintio Vitier:
En mi caso hay una razón: yo quise ser
músico y no lo fui, y mis hijos lo han
cumplido.
Fina García Marruz:
La música quizá fue en nosotros la
primera poesía. Mi madre y mis hermanos,
mi casa toda
―como
ha contado Cintio―
era “musical”. Estaban todos los géneros
representados: Cintio, violinista; mamá
(Josefina Badía) lo acompañaba al piano
con un amplio repertorio clásico; mi
hermano, Felipe Dulzaides, fue uno de
los que introdujeron en Cuba el jazz
latino; mi otro hermano Sergio, que era
médico, tenía una voz preciosa.
Con 15 años, mi madre fue Premio del
Conservatorio Orbón, de La Habana, en un
certamen al que llegaban muchachas de
toda la Isla que habían estudiado con
maestros particulares. Era tan niña
cuando empezó que el maestro tenía que
cargarla, pues no llegaba a los pedales.
Decía que en Cárdenas no había otra que
hacer que tocar el piano, año tras año,
y se los enseñaba sin llamarlos primero
ni octavo. Así cuando llegó al último
año, fue examinarse la guajirita de
Cárdenas con trencitas y vestidita de
blanco, al Conservatorio de Benjamín
Orbón
―el
padre de Julián, que como se sabe
perteneció a Orígenes―,
las habaneras le preguntaban: “¿Y tú no
estás nerviosa? ¿Tú sabes qué va de
Chopin?”. Y ella: “¿Yo? No. Mi maestro
me lo hizo aprender todo.” Y ganó el
Premio, que era ofrecer un concierto por
la noche con Don Benjamín, en la fiesta
de graduación. Mi hermana Bella conserva
el suelto del periódico con el
comentario que él hizo de nuestra madre:
“Puede llegar a ser una concertista.”
Esa fue su formación, al igual que
Cintio, que estudió por años y años el
violín. De hecho, me ha dicho, que él
tenía más ambiciones como músico, que
como escritor.
Cintio Vitier:
Pero ahí está, difunto, mi violín (se
ríe).
Fina García Marruz:
Un violín, que creo que es alemán, con
una sonoridad muy buena. A mamá le
gustaba tocar con “su yerno violinista”.
¿Te acuerdas?
Cintio Vitier:
Ella tocaba perfectamente a primera
vista.
¿Estudió usted algún instrumento?
Fina García Marruz:
No, por razones largas de explicar. Pero
lo que más amo sobre la tierra, después
de la luz, es la música, igual que
Cintio. Para mí es más fuerte, casi, que
la poesía. La música es mi madre, mis
hermanos, mis hijos, mi familia.
¿Y su padre?
Fina García Marruz:
Era médico y mi hermano no se dedicó a
la música porque mi padre le inculcó su
pasión por la Medicina y por los libros.
Y como a él no lo conocían como el
Doctor García, sino como el Doctor
Marruz, y dijo siempre: “Yo quiero que
mi hijo sea partero como yo”, y fue al
juzgado a cambiarle su apellido por
“García-Marruz”, cuando el niño llevaba
poco de nacido. Pero mamá le dio el amor
por la música. Y él no solo se sabía las
óperas que todos se saben, sino otras,
raras. A casa iba el barítono Hugo
Marcos, a quien le gustaba conversar y
hasta algo cantar con mi hermano, que
tenía una voz linda… No tenía tanta
extensión, como un timbre muy bonito. De
modo que mi hermano Sergio aportó el
gusto por la música italiana; Felipe, la
música norteamericana con sus “blues”,
la comedia musical de los años 30, y
mamá, el repertorio clásico, las danzas
cubanas, la zarzuela española y Manuel
de Falla, de quien nos enseñó las Siete
canciones. Hasta Cintio cantaba en el
coro de la casa…
Cintio Vitier:
Sí, y hasta Eliseo, que en el coro de
las sobrillas baritoneaba: “¡Yo soy un
caballero español!”
Fina García Marruz:
Y a eso se sumaría que Alfredo
Hernández, el esposo de mamá
―ella
se casó tres veces―
era uno de los mejores trompetistas de
Cuba, al extremo de que cuando fueron a
filmar El Manicero, en Hollywood,
lo mandaron a buscar a él, aunque su
preferencia era la música de Cámara y un
cuarteto de Mozart, cuyo nombre,
Divertimentos, inspiró a Eliseo el
título de su libro. Alfredo nació en
Remedios. Sus hermanos eran todos
músicos y tocaban de oído los
instrumentos. Mamá tocaba de Cuba más
bien las danzas de Saumell y Cervantes,
y la canción romántica o trovadoresca.
Cuando ellos venían a La Habana
conocimos entonces lo que nos faltaba en
casa: el danzón y el son.
Cintio Vitier:
Ellos eran de Remedios, como Alejandro
García Caturla…
Fina García Marruz:
…donde casi todos fueron discípulos de
un cura que enseñaba el solfeo que
llaman rezado, que es el más difícil.
Podían cantar una partitura viendo solo
las notas. Esta es una de las razones
que me alejó algo del aprendizaje de la
música. Tenía buen oído y en el primer
año completo de solfeo podía repetir de
memoria las distancias entre las notas,
pero no cantar sin ellas el solfeo mudo.
Además mi hermana y yo tuvimos un
maestro que no nos gustaba nada como
tocaba.
¿Se distanció de la música?
Fina García Marruz:
Por esa dificultad y porque yo me
abstraigo. A mí me cuesta mucho trabajo
atender dos cosas a la vez y para tocar
ese instrumento se requiere
independencia de las manos, leer a la
vez la clave de sol y la de fa.
Eso no lo hace ni el violinista, ni el
saxofonista. Solo el pianista. Y mamá
nos enseñaba mucha música, pero a ella
no le gustaba dar clases, sino
repertorio. Además de todo eso, tuve
desde niña gran afición a la lectura. Me
era más apasionante que jugar, y eso
también me alejó del aprendizaje de la
música
Cintio Vitier:
Fina, el orgullo por nuestra familia
“musical” se extiende también al amigo
genial que los dos tuvimos.
Fina García Marruz:
Sí, nuestro entrañable Julián Orbón, que
como dice Cintio “es el único genio que
había conocido”.
Cintio Vitier:
No solo como músico, sino como persona.
Fina García Marruz:
Lezama mortificaba a veces a Julián y
decía: “Cintio siempre dice que es
músico, pero nadie le ha oído tocar
nunca el violín.”
Cintio Vitier:
Es verdad que no toqué nunca delante de
él ni tampoco delante de Julián, por lo
que este me dijo: “Cintio, trae el
violín un día…”
Fina García Marruz:
Una noche fuimos al “Palacio Orbón”,
como llamaba Lezama, con sus hipérboles,
a la casa de Julián medio deshabitada.
Cintio tenía una característica: nunca
tocaba el violín, pero cuando lo sacaba
no lo soltaba. Recuerdo repasaron sus
dos sonatas preferidas: la “Primavera” y
la “Kreutzer”, de Beethoven, y con mamá,
además, la de César Franck, que nos
entusiasmaba.
Cintio Vitier:
Julián me hizo el honor de darme, para
que yo lo tocara, el único cuarteto que
él escribió, cubanísimo…
Fina García Marruz:
Después de aquella experiencia Julián le
dijo a Lezama: “Cintio domina el
violín... Puede tocar como primer violín
en la Sinfónica…”
Cintio Vitier:
La música para nosotros es un alimento.
Fina García Marruz:
A veces siento una pequeña depresión y
cuando busco el porqué me doy cuenta de
que hace algún tiempo que no escucho
música. Siento entonces cuánto la
necesitaba.
EL SILENCIO
Hablemos de su poesía, que ha recibido
las mejores críticas que podría esperar
un autor.
Fina García Marruz:
He tenido suerte, porque nunca necesité
llevarle a nadie mis poemas. Tenía en la
casa a Cintio y a Eliseo, y como amigo a
José Lezama Lima.
Si me deja elegir una frase de los
críticos que han escrito sobre su
poesía, quisiera recordarle las palabras
de Cintio, en la antología Diez
poetas cubanos (1948): “Fina hace de
sus poemas verdaderos movimientos del
alma.”
Fina García Marruz:
El elogio viene de muy cerca.
A la opinión de Cintio podríamos añadir
la de María Zambrano: “Ella escribe sin
romper el silencio…”
Cintio Vitier:
Eso aparece en un artículo de María,
bellísimo: “La Cuba secreta”.
Fina García Marruz:
Sin embargo, críticos muy apreciados en
su país no entendieron el lenguaje nuevo
de los extraordinarios Sonetos de la
muerte, de Gabriela, que la
darían a conocer en el mundo de las
letras.
Sé que Gabriela le escribió una
dedicatoria muy especial, que usted
comenta en un poema.
Fina García Marruz:
A las jóvenes que iban a verla, ella les
dedicaba siempre estímulos, en
tarjetones en que su amplia letra
ocupaba casi toda la página. En el que
me dedicó, lo que me impresionó fue solo
esto: “Escriba solo por urgencia del
alma.” Es lo que recuerdo en el poema
que le habría de dedicar, tanto tiempo
después.
A Juan Ramón Jiménez
―que
había pedido que los jóvenes le llevaran
sus versos―
sí le mostré algunos poemas, cosa que me
avergüenza. Cuando se los entregué, yo
no había leído nada de él todavía.
Cintio sí lo había leído un año entero
antes de que llegase y por tanto, tuvo
la posibilidad de un aprendizaje directo
de su obra. Pero yo solo había leído
poesía en los libros del colegio y en
textos de poca calidad. Aunque conocía a
Bécquer
―tengo
todas sus Rimas copiadas por mamá―,
según costumbre de los jóvenes de la
época, yo no sabía qué era realmente la
poesía. Y se puede leer la poesía buena
como si fuera mala y no descubrir qué es
lo esencial en un poema. Lo
“herédico”
―como
decía Martí―.
Yo no sabía qué era lo
becqueriano. No hay que aprender el
griego, decía él, sino saber qué es
lo griego.
En Hablar de poesía usted niega
que exista una “poética”.
Fina García Marruz:
Digo que no se debiera tener "una"
poética. En la poética personal debieran
entrar todas las otras poéticas
posibles. Juan Ramón nos enseñó a
buscar: no una poética en general, sino
la característica principal de cada
poética.
Cintio Vitier:
Lezama decía: “Juan Ramón no nos enseñó
su poesía, sino la
poesía.”
Fina García Marruz:
Exactamente eso fue lo que nos enseñó.
Fina, ¿qué le falta por escribir?
Fina García Marruz:
Desearía terminar algunos trabajos que
tengo inconclusos, por ejemplo, uno
acerca de José Asunción Silva, poeta que
me interesa mucho. También, el de
Gabriela… Cintio y yo tenemos dos tomos
aún inéditos de Temas Martianos y
yo otro sobre las ideas educacionales de
Martí. Cintio llama la “Cueva de
Montesinos” al lugar en que guardo mis
trabajos.
Nunca me apuré por publicar. En el
tiempito que nos queda, me gustaría
tener alguna paz para terminar al menos
algo que no he dicho ni en la poesía, ni
en el ensayo, que tienen que ver con las
relaciones de Religión y Revolución,
pero que forma parte de la contribución
que me pidiera el Padre Jesús Espeja
para su coloquio sobre ateos y
creyentes, que se dio en el aula
“Bartolomé de las Casas”, de San Juan de
Letrán, bajo el título El rumor del
alma cubana, y que no pude terminar
de leer por el apagón más grande que ha
conocido el Vedado.
¿Sigue escribiendo poesía?
Fina García Marruz:
Muy poca, aunque no he dejado de
escribirla del todo, pero no la busco:
la espero cuando viene, aunque es bien
huidiza.
¿A qué se debe esa resistencia suya,
desde muy jovencita, a publicar sus
obras?
Fina García Marruz:
Siempre me costó mucho trabajo
decidirme. Si te fijas, suelen pasar
años desde que he terminado un libro a
la fecha en que se publica. Pero ahora
“antes de morirme quiero” decir algunas
cosas. Solo algunas. Veremos si el
tiempo me lo permite.
¿Por qué le cuesta tanto trabajo dar
entrevistas y hablar de sí misma?
Fina García Marruz:
Me siento en esos casos como una
violinista a la que le piden un
concierto de flauta. Yo me comunico
mejor con el silencio, sin el que no se
podrían dar la poesía, la música, ni el
encuentro con uno mismo. |