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I
Finalizando la década del 70 del
siglo pasado, todavía abrigado en
los senos inspiradores de esa
libertad moderno-vanguardista y
cubano-barroca con que Ricardo Porro
diseñó en los 60 la Escuela de Artes
Plásticas de Cubanacán y antes de
instruirse bajo los rígidos
parámetros de estudio de las
academias soviéticas, Arturo Montoto
volatilizaba su ingénita angustia
existencial en la concreción de un
ensayo pictórico sobre gallos, una
serie de bocetos que se debatían
entre la continuidad de ciertos
cánones considerados representativos
de las llamadas vanguardias cubanas
y una elaboración visual que ya
conocía de las bifurcaciones
artísticas de la neoexpresionista
Europa y la abstracto-expresionista
Norteamérica. Bastante informalista
se mostraba el talentoso estudiante
en sus experimentos para egresar de
la Escuela Nacional de Arte de La
Habana con una independencia en el
ejercicio del dibujo y la pintura
que más tarde resultó irritante para
los duros ojos azules de una pétrea
maestra rusa a quien, recién llegado
como becario a la desaparecida URSS,
le mostró su Jaula1
y ella le incriminó su libertinaje
expresivo.
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Montoto no reniega de las ventajas
del rigor académico, el oficio
ortodoxo y la contención estilística
que le impusieron sus profesores de
Pintura Mural en el Instituto
Súrikov de Moscú, bastantes frutos
ha sabido recoger de esa formación
clásica que su intuición y
temperamento manierista2
cultivó de intelecto y
preocupaciones artísticas
contemporáneas hasta convertirla en
un barroco protervamente
conceptualizado que lo ha
glorificado como un controversial,
señero y admirado espécimen del
finisecular arte cubano
contemporáneo.
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Pero no obstante a ese respeto
obstinado hacia “el buen pintor de
escuela”, su perenne desasosiego
ante el arte y la vida lo conduce
circunstancialmente al tratamiento
insubordinado de la configuración
formal que nunca abandonó. La
practicó con perspicacia, parco
lirismo y como un vital respiro en
sus Paisajes durante esa
estancia en la Rusia soviética,
influenciado por el acercamiento a
los underground movimientos
neovanguardistas que se expandían
con los deshielos y las agitaciones
ideológicas de la Perestroika; le
fue necesaria para ejercitarse en el
pincel mientras se recontextualizaba
nacionalmente mediante la fotografía
en su regreso a una Cuba eufórica,
desconcertante e irreverente en
materia de artes visuales bajo la
impronta de la Generación de los 80
—transvanguardista y abstracto-neoexpresionista
por mucho en la gestación de sus
rupturas; e incluso, a finales de
los 90 cuando sus archiconocidos y
demandados “bodegones metafísicos”
comenzaban una exitosa cosecha
avalados por el neohistoricismo,
retomó lo antiacadémico para
resolver sobre papel periódico un
grupo de muy abstractas3
pero sutilmente multilingüísticas
Lecturas… que expuso en 1998 en
la galería Concha Ferrant de
Guanabacoa, acción colateral al II
Salón de Arte Contemporáneo.
Y
aunque estas variaciones en el
oficio han conllevado a movimientos
internos aparentemente súbitos en su
colección personal —sobre todo para
aquellos que no sobrepasan el
mediano conocimiento y la
observación más mediática a su
imagen masificada de artista—, en
esencia esta otra manera de pintar
no es una cara oculta de su luna que
hoy se revela con estridencia en
grandes formatos. En estas otras
maneras como mismo no hay de bonito
ni de nuevo y mucho menos de
escandaloso, también hay un mismo,
incluso originario, Montoto.
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II
Entender estas sinuosas variaciones
de forma sería lo apropiado antes de
entablar una recepción abrupta de la
Conversación
en el huerto
de Arturo Montoto, e implica un
exequible y juicioso alejamiento de
todo lo pintado para hurgar en los
modos con que el arte opera en el
pintor y el pintor opera con el
arte. Existen suficientes criterios
concomitantes acerca de la perversa
y juiciosa manipulación que Montoto
realiza con la pintura clásica y la
representación verista para
dramatizar conjeturas y
conocimientos esenciales del arte y
la vida que descubre con mayor
facilidad el curtido observador y
que simplemente seducen y perturban
la psiquis del espectador ingenuo.
Ese proceder intencionado de
utilizar el formato pictórico y las
habilidades que de pintor ostenta
para dar imagen y símbolo a sus
retruécanos filosóficos y
fabulaciones culturales, es lo que
realmente caracteriza toda su
creación, no exenta en su progresión
de otras múltiples apropiaciones
estilísticas y maneras menos
populares en su reconocida
trayectoria.
Su maniobra de irónico, inteligente
y embaucador reformista del modo
tampoco es excepcional dentro de la
historia del arte, bastante
argüidos, famosos y no siempre bien
entendidos fueron desde manieristas
en el Alto Renacimiento y dentro del
Barroco —considerados después como
gérmenes de la modernidad— hasta
otra más reciente saga de
rehacedores polémicos de la pintura
aparecida con los transvanguardistas
alrededor del bastante discutido y
mal llamado período de la
Postmodernidad4.
Estos dos momentos históricos han
sido incluso hasta concertados
teóricamente tras determinados
pronunciamientos de Achille Bonito
Oliva5.
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El historiador y teórico italiano ha
considerado que el surgimiento y
desarrollo en la europea década del
80 de una Transvanguardia —concepto
que gusto de entender mejor como
aptitud artística desfronterizada
que como formalidad factual y
grupal—y su devolución historicista,
intelectual y desprejuiciada a la
pintura como vital formato, le deben
en su fenomenología a la crisis
propiciada por la aplicación al arte
de un pensamiento darwinista-evolutivo
vinculado con los procesos
vanguardistas de la modernidad.
Situación que puso en un atolladero
a los más ortodoxos conceptualistas
y que estuvo acompañada de un
período mundial de nuevas dudas
socio-filosóficas y descreimientos
políticos. Bajo esta hipótesis de
condicionantes establece una
asociación manierista con la
Transvanguardia como corrientes
determinadas por un resguardo del
nuevo intelecto humano bajo la
sensibilidad expresiva de la pintura
y debido a contextuales angustias
gnoseológicas del hombre.
Aceptando la verosimilitud de estas
disertaciones neomanieristas de
Bonito Oliva en relación a la
transvanguardia y atendiendo a la
epistemología creativa de Montoto en
su más reconocida obra pictórica
—aparentemente hecha a la maniera
de… pero indiscutiblemente
provocadora de intranquilidades
sumergidas y extrañezas sugerentes
de indagaciones conceptuales y
estudios de alta cultura— se denota
entonces una natural exégesis y
procedencia de otro hecho consumado:
que ante momentos muy deleznables
Arturo opta por resolver su agonía
pintando diferente y para nada
clásico, desatando ataduras de
estilo como lo está haciendo ahora.
Porque si el uno neomanierista juega
más con la
techne
bien instruida como el subterfugio
para resolver las interrogantes de
un período que ganó innegable fuerza
comunicativa, el otro es la manera
más innata de Montoto de
exteriorizarse con la poesis
de la pintura no ceñida a la
reglamentación preciosista, y ambos
no dejan de ser apropiación y
síntesis de modos históricos y de la
cercana vanguardia.
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III
Igualmente veraz es que ninguna de
estas yuxtaposiciones anula otra
certidumbre que singulariza a su más
reciente producción de grandes
lienzos: el actual período tiende a
alejarse del accionar contingente
que pudo prevalecer en similares
transiciones antiacadémicas
precedentes. Madurez de praxis y
conciencia de identidad en esa
ambivalencia entre “bien o mal”
asientan por muchas más horas al
artista sobre estos preceptos
retomados luego de exponer en el
2003 en salas del Edificio de Arte
Cubano del Museo Nacional de Bellas
Artes.
Agobiado de aquella intensa
preparación y demostración resumen
de su obra de prodigioso oficio que
supuso ser La lección de pintura
y ante la incertidumbre y la
inamovilidad que acompaña a estos
tiempos, la transformación de la
maniera le ha sido a Montoto
auténticamente necesaria. Ya en
El Proceso mismo de la La
lección…
asomó nuevamente el otro costado de
su pintura como recurso posible,
reconocido y asumido dentro de su
evolución. Y en los propios estudios
preliminares a esta colección, a
medida que el artista investigaba la
inserción protagónica del objeto
acometió transformaciones notables
de la armonía férrea que había
estructurado durante los años de
éxito.
Una vez finalizado este crucial
momento museográfico y durante un
reposo físico se produjo un aumento,
hasta desbordarse, del peso objetual
dentro del obsesivo subconsciente
montotiano. Y paralelo a una
creciente concienciación del
trascendental significado del objeto
para todos los campos de lo moderno
fue emergiendo su recóndita
disposición para detestarse como
clásico pintor. Hasta me confesó un
día ciertas cavilaciones de
dedicarse totalmente a lo objetual
conceptualista.6
La primera resultante práctica de
esa otra confrontación crítica entre
él, la pintura, el objeto y el
contexto apareció públicamente en la
serie Retratos insólitos, un
grupo de medianas telas trabajadas
entre acrílico y carboncillo,
abstracción y figuración, rigor y
desobediencia. Un proceso
confrontado con mayor ilación en el
tránsito del trompe l´oeil y
la incorrección clásica, asumido
ensortijadamente y no como elipsis
de lo uno e hipérbole de lo otro o
viceversa, una ambivalencia sujetada
a esas dudas entre obviar la pintura
y reconceptualizar el espacio del
objeto o recontextualizar la
representación pictórica-objetual de
un artefacto hasta sugerir otras
denotaciones.
Al final del bosquejo y como era de
esperar, Montoto no pudo negarse del
todo a su principal ejercicio
creador y nuevamente ha emergido de
su angustia y su desasosiego
reestructurando un oportuno sistema
de pintura para la traslación de sus
más incontenibles preocupaciones y
desvelos. Su urgencia de liberar
tensiones y nostalgias acumuladas lo
ha llevado a despojar su tropología
de interrelaciones complejas y
formas recargadas. Ha preferido
apostar por el objeto como aparente
vencedor pero a su vez vencido, solo
pero pintujado7,
magnificado pero envejecido y
maltrecho, casi moribundo en algunas
piezas, requiriendo a lo único que
le resta: que se le recuerde, que su
persistencia en la memoria active un
discurso de sí, más allá de si
mismo.
Entonces lo que el dibujo evidencia
cuasi iconográficamente como
un rastrillo puede no ser una
herramienta actuante en las posibles
sugerencias del todo. Como escasa
pintura, Arrastres, es sin
embargo una simbolización plena de
acciones abstractas, la zaga de un
instrumento en todo sentido y
expansión de su corpus, nada “otro”
lo acompaña, ningún lugar le ata y
su figura misma está instituida de
lacónicos artificios visuales y
textuales que atemporalmente
encausan el pasado inclemente,
posibles hechos y ocurrencias que no
se han de olvidar porque a veces se
proponen volver.
—la re(conceptualización) de Montoto—
Para la filosofía oriental llegar a
morderse la cola es hacer del
retorno un ascenso, cumplir un
transcurso que puede ser una vida
misma y el comienzo de otro anillo,
de otra vida sin morir. Que Arturo
Montoto esté decidido a cerrar el
círculo de su pintura menos conocida
y codiciada significa una
oportunidad de crecer luego de
conseguir equilibrio y paz con una
profunda parte de sí que trascurría
contrariada en su aura. El ensayo
purgatorio de sus desasosiegos
incluye en esta ocasión un viaje
referencial al campo natal, al dolor
degenerativo y una buena dosis
existencialista. Tal vez sí o tal
vez no sea suficiente y eficiente
esta Conversación en el huerto8
para redimir íntegramente esas
angustias que provocan al más
informalista Montoto. Habrá que
esperar para saber cuanto de
expresionismo contenido ha sido
capaz de lavar la Tortura
rosa,
cuantas cábalas abstraídas guarda la
pared de Maleficios y cuantos
moldes rígidos habrán de gastarse
para encontrar el verdadero
Tránsito. Pero tras esta serie
de criptográficas y gnómicas
metáforas, donde el artista se
devuelve a un pretérito irresuelto
desde una desfiguración
antinarrativa y mordaz, ya se va
haciendo impostergable un futuro
donde habrá que reconceptualizar
mejor a Montoto y evitar ese
reiterativo uso y abuso del juicio
sobre su condición clásica, barroca
y académica, haciéndose necesario el
asumirlo omnímodamente, como el de
siempre y por completo en el cultivo
inteligente de la pintura.
Notas
1
En está pieza se
reconoce el significado
referencial que tuvo la obra
pictórico-objetual de Angel
Acosta León durante el proceso
de formación de Montoto en la
Escuela de Artes Plásticas de
Cubanacán.
2 Lo
manierista visto desde su
análisis contemporáneo y para
nada peyorativo que considera a
este modo de crear surgido entre
el Renacimiento y el Barroco
como la primera orientación
estilística moderna a partir de
reconocer en la imitación, a
veces minuciosa, de los modelos
clásicos una compensación con
creces del íntimo
distanciamiento respecto a ellos
sobre todo en aquellos artistas
que se propusieron romper la
regularidad y armonía del arte
clásico, sustituir la
normatividad suprapersonal por
rasgos más sugestivos y
subjetivos y consiguieron
extender la conciencia del
artista no solo a la selección
de los medios que corresponden a
su intención artística, sino
también a las determinaciones de
esa misma intención. Con el
manierismo se consolida en
ciertos artistas un estilo
privado de toda ingenuidad y la
conversión en ellos de su
condición de artesanos pintores
a intelectuales elitistas.
Resumen de las consideraciones
realizadas por Arnold Hauser en
su libro Historia Social de la
Literatura y el Arte para el
cual utiliza y revalida
determinados criterios de
Bellori, Broghini, Vasari, Max
Dvorák y Wilhelm Pinder, entre
otros.
3
Observando minuciosamente toda
la obra de Montoto puede
advertirse la abstracción como
el más común de los modos con el
artista se libera y expande
subjetiva y existencialmente.
Llegó a creer que dentro de él
habita un profundo pintor
abstracto que aún no se ha
develado en toda su
grandilocuencia.
4 La idea
del fin de la modernidad y por
tanto la existencia de un
período post a ella
están totalmente en crisis y su
reevaluación acepta como
indiscutible la continuidad de
lo moderno. Por tanto un término
como transmodernidad parece más
apropiado para sustituir los
análisis de estos movimientos
transvanguardistas y el arte más
contemporáneo.
5 Achille
Bonito Oliva es considerado el
creador de la teoría de la
transvanguardia. En su visita a
Cuba en 1997 ofreció en la
Fundación Ludwig de Cuba su
conferencia Del manierismo
histórico al manierismo de la
transvanguardia, la cual se
encuentra publicada en
Cuadernos de Arte 1. Achille
Bonito Oliva. Ensayos y
Conferencias. Fundación
Ludwig de Cuba. Instituto Cubano
del Libro. La mirada que ofrece
aquí este crítico, ensayista y
profesor italiano de su propia
teoría de la transvanguardia
evidencia una toma de
conciencia del autor sobre la
evolución de un proceso que lo
llevó a reconsiderar algunas de
sus ideas iniciales. El término
transvanguardia es mucho más
abierto y presupone una actitud
de reconsiderar el arte en la
pintura atendiendo a todo
pasado, incluso el más cercano
y hasta al propio presente.
6 Durante
la 9na Bienal de La Habana
realizada en el 2006, Arturo
Montoto generó una instalación
interdisciplinaria que mezclaba
reproducción fotográfica de su
obra pictórica,
video-instalación y elementos
del arte conducta.
7
Pintujos: terminología con que Montoto
denomina informalmente a esta
actual resolución pictórica de
sus obras.
8 La
confabulación de esta
objetualidad instrumental bajo
el título de Conversación en
el huerto le confiere no
solo un carácter más intimista a
sus lecturas sino que sugiere,
en cuanto espacio, una
circunscripción delimitada del
tropo ilustrado. Esta sugerencia
espacial pudiera inducir a la
insularidad como una referencia
habitual en el contexto cubano,
pero ante su reiterada y
desmedida explotación en los
campos reflexivos de nuestras
artes, esta connotación pudiera
diluirse ante mayor
trascendencia actual de otros
tropos universales como la
perdida de la memoria y la
necesidad del diálogo ante la
creciente agresividad inhumana.
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