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José Toirac (Guantánamo 1966) es uno de
los artistas más prominentes de la
actualidad cubana. Identificado con el
arte conceptual y caracterizado por
utilizar recursos tan heterogéneos como
la pintura, la fotografía, la
investigación histórica, el video o la
curaduría de exposiciones, Toirac
sostiene una poética comprometida con la
búsqueda de la verdad desde el arte. Sus
piezas han sometido a análisis tópicos
tan candentes como la “tradición
selectiva” de la cultura, las complejas
relaciones de la obra de arte y su
contexto, la manipulación de las
imágenes, la coincidencia de mecanismos
entre esferas como la religión y la
política, y las problemáticas en las
políticas institucionales del arte,
entre otros aspectos.
Orbis. Homenaje a Walker Evans
es un proyecto realizado por Toirac
junto a Meira Marrero, en el que los
autores se asoman al ensayo fotográfico
del gran artista norteamericano que
visitara La Habana en 1933. A través de
un acto de desconstrucción, analizan la
mirada de Evans reciclando sus famosas
imágenes, para proponer una visión
particular de la historia y de la
ciudad.
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Llegar
a Walker Evans fue, como todos los
caminos de Toirac, un acto de
transferencias marcado por escalas: la
primera de ellas, la obra de Sherrie
Levine. Por la mano de Levine, quien
citara a Evans a principios de los 80,
conoció Toirac al fotógrafo
norteamericano que hoy cita en Orbis,
y que nos visitara en pleno ardor
antimachadista con el encargo de
testimoniar Cuba[1].
En esas andanzas de rebotes plasma
Toirac su manera distintiva de trabajar
la cultura a contramano. Rememoro piezas
tempranas en las cuales germinaba esta
idea: Homenaje a Juana Borrero y
Viaje pintoresco por la Isla de Cuba,
ambas de la colección del Museo Nacional
de Bellas Artes, donde Toirac se sirve
de íconos de la historia de la pintura
cubana para entablar esos coloquios con
presupuestos esenciales de la cultura a
los que nos convida siempre. Porque está
convencido de que las cosas no pasan,
vuelven. Y en ese “volver” se
verifica toda una concepción cíclica
sobre la esencia del tiempo histórico,
que desemboca en el reciclaje de las
imágenes como recurso creativo.
Reutilizar imágenes es decisivo para el
artista. Hablar desde los íconos que
todos conocemos, desde la visualidad
publicitaria o la historia del arte, le
permite analizar y reformular el sentido
de las cosas, descubriendo las
permanencias universales que se
manifiestan en el flujo de
acontecimientos y que, a veces, echamos
al olvido.
Con
Orbis, se sumergen los autores en el
ensayo visual de Walker Evans y,
también, en una etapa fecunda de la
historia nacional llena de ebullición
revolucionaria. Sorprendidos de que se
conozca tan poco en nuestro ámbito la
colosal serie El crimen de Cuba,
de 1933, se han asomado a ese período
como a un tesoro. Si un joven
norteamericano de inclinaciones
literarias, asimilado al mundo cultural
parisino de los años 20 y apasionado de
Joyce, Flaubert y Baudelaire, comienza
su carrera fotográfica y nos mira a
través de su cámara en los preludios de
la revolución contra Machado, esa mirada
tiene muchas posibilidades de ser
excepcional. Y efectivamente lo fue. Lo
fue para la propia carrera de Evans,
para la historia de la fotografía y para
una puesta en circulación de la imagen
de la Isla hacia el exterior, ajena a
estereotipos turístico-comerciales. La
penetrante mirada de diagnóstico[2]
de Evans no deja de asombrarnos 80 años
después. Y eso ha conmocionado a Toirac,
pero su método de trabajo no le permite
el deslumbramiento. Más bien se ha
puesto a analizar las cosas. Volver a
Evans es volver a una mirada desde fuera
sobre Cuba en una época de crisis
profunda. Es la mirada del otro: una
mirada sagaz, desprejuiciada, voraz,
sensible a los duros contextos de
pobreza y violencia de los años 30. Es
la mirada ajena. Es como no podremos
nunca mirarnos a nosotros mismos. La
penetrante objetividad de las
fotografías de Evans tiene, además,
notables ingredientes de ironía,
sensualidad, intereses sociales,
formación e instinto artístico que la
hacen irrepetible. Y Toirac mira esa
mirada —lo ve mirar— y en ese acto se
centra Orbis.
Este
es un homenaje que se rinde por
desconstrucción. Un volver por el camino
inverso en el que se implican las
metodologías usuales de la obra de
Toirac. La comprensión del efecto de
serialidad es muy importante para el
artista, que es sensible a las series, a
la dimensión estadística de los sucesos
a través de sus imágenes. También la
noción de serie fue crucial para Evans,
quien estuviera profundamente atento a
la publicación de sus fotografías en
conjuntos que expresaran un sentido.
Pero ahora Toirac va a leer el ensayo de
las fotografías habaneras hechas por
Evans de otra manera: extrayendo
fragmentos, detalles de esas fotos, y
aislándolos. Lo que no fue nunca un
arquetipo en aquellas tomas
fotográficas, lo que estaba lejos de
tener matiz costumbrista, ahora Toirac
se lo adjudica al eliminar todo el
tejido icónico original y quedarse con
ciertos personajes y escenas en
miniaturas. Despojadas de su fondo, los
motivos cobran una impresión particular
que hacen recordar las estampas de tipos
y costumbres del siglo XIX. Toda la
sagacidad de Evans se desvanece en el
secuestro que hace Toirac de esos
rostros desconocidos, alejándolos de la
riqueza de su entorno fotográfico
inicial.
Pero
si, además de esta irreverencia, Toirac
remueve las imágenes de su fotográfica
planimetría y las transforma en relieves
de madera, entonces la desconstrucción
sube de tono. Ahora los retratos y los
paisajes semejan esculturillas antiguas,
similares a las graciosas tanagras
romanas, con sus aires decorativos.
Lo más
asombroso viene después: el pan de oro,
las delicadas láminas de oro con las que
Toirac ha revestido esos personajes sin
nombres: esa prostituta o ese fanfarrón,
el mendigo o la niña miserable que nadie
conoce. ¡Un hombre que duerme vestido de
oro sobre un banco del parque! Los
irrepresentados anónimos de siempre en
trajes de riqueza. Una vestimenta de
realeza para los que no tienen nada; un
atuendo para su dignidad; un manto que
los resarza de tanta desventura.
Es el
oro real que también “vuelve”, después
de su gran escapada colonial, a tierras
americanas. Y vuelve — ¿casualmente? —
desde la “madre patria”, porque el
artista lo ha comprado allí, en la misma
Sevilla, donde los maestros doradores le
han enseñado el antiguo oficio de dorar
con pan de (nuestro) oro. Sí, tal vez
sea cierto que vuelven…
Ya
parecía que no podía llevarse más lejos
este homenaje, pero no. Ahora que esas
tablillas flotan sobre la galería
ingrávidas y como salidas de la nada,
mostrando escenas y rostros vueltos
enigmáticos sin su argumento originario;
ahora que se iluminan con tinte dorado
para colmo de esplendor; ahora,
justamente, han alcanzado el aura.
¡Ahora, cuando se suponía que la
fotografía, según W. Benjamin, había
pagado ya su accesibilidad a precio de
prestigio!
Y es
que, mirando mirar a Evans, Toirac ha
emprendido el camino desde las
antípodas: ha vuelto por el sendero de
la originalidad, de la
descontextualización, del arquetipo, del
más rancio métier y del aura,
solo para ensayar la visión del otro. Y
en el análisis de estas visiones,
distintas y tal vez complementarias,
escruta lo permanente, la trascendencia,
lo que siempre está frente a nosotros en
calidad de horizonte inalterable. Eso es
Orbis.
Cuan
lejos de la realidad de hoy pueden estar
las imágenes que tomara Evans en La
Habana hace más de 70 años, lo podemos
apreciar todos los cubanos. Meira y
Toirac han reparado, sin embargo, en lo
increíblemente iguales que seguimos
siendo. Una mujer joven con niña,
detenida en una esquina, que en la
fotografía de Evans se mezclaba con un
grupo de gentes, parece evadir los
cambios de todo tipo para mirarnos desde
el relieve de madera de Toirac como
desde fuera del tiempo, insistiendo,
acaso, en una manera cubana de ser y de
estar sencillamente parados en cualquier
sitio de la ciudad. El hombre de traje
blanco que nos mira retadoramente lo
podemos encontrar ahora mismo caminando
por el barrio. Y el balcón del edificio
centenario en que se acodan unos vecinos
parece albergar hoy las mismas sábanas
de antaño.
Lo que
nos une a nosotros mismos en el tiempo
es también lo que nos une a los otros.
Las similitudes de ciertas escenas de
barrios pobres del New York de Evans con
las de La Habana hablan de permanencias
y semejanzas, de lo que nos iguala como
individuos, del horizonte común en que
se despliega la vida. Escenas de la
ciudad y de sus gentes, de La Habana o
de cualquier otro punto del orbis,
sean de Evans o de Toirac, unidas en la
universalidad social del género, nos
ayudan a sentirnos —como escribiera
Williams Carlos Williams sobre Evans[3]—
validados desde nuestro anonimato.
Porque
Orbis es, en su fondo más sutil, un
volver sobre la ciudad, una reflexión
sobre La Habana y sus moradores. Una
disquisición sobre la condición
histórica de esta insondable villa.
Sobre su resistencia y los perennes
recursos de sus gentes para desafiar la
vida. Sobre su misterio y su sabiduría.
Sobre su profunda humildad y su enorme
belleza. Sobre las muchas ciudades que
la conforman. Sobre su arquitectura y su
mito. Sobre los actores perfectamente
desconocidos que hacemos de ella, día a
día, nuestro escenario definitivo. Sobre
su imaginada eternidad y su fijeza.
[1]
Walker Evans fue contratado por el
editor J. B. Lippincott para tomar
fotografías sobre la Isla durante el
machadato, a fin de que acompañaran
al libro El crimen de Cuba,
del periodista y escritor Carleton
Beals, publicado en 1933.
[2]
Lincoln Kirstein, “Photographs of
America” en Walker Evans,
Americans Photographs, The
Museum of Modern Art, New York,
1938, p.197
[3]
La frase de Williams Carlos Williams
aparece citada por John Szarkowski
en su Introducción para el
libro del Museo de Arte Moderno
Walter
Evans,
New York, 1971, p. 16, y dice
textualmente: “It is ourselves we
see, ourselves lifted from a
parochial setting. We see what we
have not heretofore realized,
ourselves made worthy in our
anonymity”.
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