Año VI
La Habana
2007

Regresar a la Página principal

SECCIONES

Página principal Enlaces Favoritos Enviar correo Suscripción RSS

EL GRAN ZOO

PUEBLO MOCHO

NOTAS AL FASCISMO

LA OPINIÓN

APRENDE

LA CRÓNICA

EN PROSCENIO

LA BUTACA

LETRA Y SOLFA

LA MIRADA

MEMORIA

FUENTE VIVA

REBELDES.CU

LA GALERÍA

EL CUENTO

POESÍA

EL LIBRO

EPÍSTOLAS ESPINELAS

EL PASQUÍN

EN FOCO

POR E-MAIL

¿DÓNDE QUIERES QUE
TE PONGA EL PLATO?

A PROPÓSITO DE LA EXPOSICIÓN de José Angel Toirac y Meira Marrero
en el museo nacional de bellas artes

Reciclando a Walter Evans

Corina Matamoros • La Habana


José Toirac (Guantánamo 1966) es uno de los artistas más prominentes de la actualidad cubana. Identificado con el arte conceptual y caracterizado por utilizar recursos tan heterogéneos como la pintura, la fotografía, la investigación histórica, el video o la curaduría de exposiciones, Toirac sostiene una poética comprometida con la búsqueda de la verdad desde el arte. Sus piezas han sometido a análisis tópicos tan candentes como la “tradición selectiva” de la cultura, las complejas relaciones de la obra de arte y su contexto, la manipulación de las imágenes, la coincidencia de mecanismos entre esferas como la religión y la política, y las problemáticas en las políticas institucionales del arte, entre otros aspectos. 

Orbis. Homenaje a Walker Evans es un proyecto realizado por Toirac junto a Meira Marrero, en el que los autores se asoman al ensayo fotográfico del gran artista norteamericano que visitara La Habana en 1933. A través de un acto de desconstrucción, analizan la mirada de Evans reciclando sus famosas imágenes, para proponer una visión particular de la historia y de la ciudad.  

Llegar a Walker Evans fue, como todos los caminos de Toirac, un acto de transferencias marcado por escalas: la primera de ellas, la obra de Sherrie Levine. Por la mano de Levine, quien citara a Evans a principios de los 80, conoció Toirac al fotógrafo norteamericano que hoy cita en Orbis, y que nos visitara en pleno ardor antimachadista con el encargo de testimoniar Cuba[1]. En esas andanzas de rebotes plasma Toirac su manera distintiva de trabajar la cultura a contramano. Rememoro piezas tempranas en las cuales germinaba esta idea: Homenaje a Juana Borrero y Viaje pintoresco por la Isla de Cuba, ambas de la colección del Museo Nacional de Bellas Artes, donde Toirac se sirve de  íconos de la historia de la pintura cubana para entablar esos coloquios con presupuestos esenciales de la cultura a los que nos convida siempre. Porque está convencido de que las cosas no pasan, vuelven. Y en ese “volver” se verifica toda una concepción cíclica sobre la esencia del tiempo histórico, que desemboca en el reciclaje de las imágenes como recurso creativo. 

Reutilizar imágenes es decisivo para el artista. Hablar desde los íconos que todos conocemos, desde la visualidad publicitaria o la historia del arte, le permite analizar y reformular el sentido de las cosas, descubriendo las permanencias universales que se manifiestan en el flujo de acontecimientos y que, a veces, echamos al olvido.  

Con Orbis, se sumergen los autores en el ensayo visual de Walker Evans y, también, en una etapa fecunda de la historia nacional llena de ebullición revolucionaria. Sorprendidos de que se conozca tan poco en nuestro ámbito la colosal serie El crimen de Cuba, de 1933, se han asomado a ese período como a un tesoro.  Si un joven norteamericano de inclinaciones literarias, asimilado al mundo cultural parisino de los años 20 y apasionado de Joyce, Flaubert  y Baudelaire, comienza su carrera fotográfica y nos mira a través de su cámara en los preludios de la revolución contra Machado, esa mirada tiene muchas posibilidades de ser excepcional. Y efectivamente lo fue. Lo fue para la propia carrera de Evans, para la historia de la fotografía y para una puesta en circulación de la imagen de la Isla hacia el exterior, ajena a estereotipos turístico-comerciales. La penetrante mirada de diagnóstico[2] de Evans no deja de asombrarnos 80 años después. Y eso ha conmocionado a Toirac, pero su método de trabajo no le permite el deslumbramiento. Más bien se ha puesto a analizar las cosas. Volver a Evans es volver a una mirada desde fuera sobre Cuba en una época de crisis profunda. Es la mirada del otro: una mirada sagaz, desprejuiciada, voraz, sensible a los duros contextos de pobreza y violencia de los años 30. Es la mirada ajena. Es como no podremos nunca mirarnos a nosotros mismos. La penetrante objetividad de las fotografías de Evans tiene, además, notables ingredientes de ironía, sensualidad, intereses sociales, formación e instinto artístico que la hacen irrepetible. Y Toirac mira esa mirada —lo ve mirar— y en ese acto se centra Orbis

Este es un homenaje que se rinde por desconstrucción. Un volver por el camino inverso en el que se implican las metodologías usuales de la obra de Toirac. La comprensión del efecto de serialidad es muy importante para el artista, que es sensible a las series, a la dimensión estadística de los sucesos a través de sus imágenes. También la noción de serie fue crucial para Evans, quien estuviera profundamente atento a la publicación de sus fotografías en conjuntos que expresaran un sentido.  Pero ahora Toirac va a leer el ensayo de las fotografías habaneras hechas por Evans de otra manera: extrayendo fragmentos, detalles de esas fotos, y aislándolos. Lo que no fue nunca un arquetipo en aquellas tomas fotográficas, lo que estaba lejos de tener matiz costumbrista, ahora Toirac se lo adjudica al eliminar todo el tejido icónico original y quedarse con ciertos personajes y escenas en miniaturas. Despojadas de su fondo, los motivos cobran una impresión particular que hacen recordar las estampas de tipos y costumbres del siglo XIX. Toda la sagacidad de Evans se desvanece en el secuestro que hace Toirac de esos rostros desconocidos, alejándolos de la riqueza de su entorno fotográfico inicial. 

Pero si, además de esta irreverencia, Toirac remueve las imágenes de su fotográfica planimetría y las transforma en relieves de madera, entonces la desconstrucción sube de tono. Ahora los retratos y los paisajes semejan esculturillas antiguas, similares a las graciosas tanagras romanas, con sus aires decorativos. 

Lo más asombroso viene después: el pan de oro, las delicadas láminas de oro con las que Toirac ha revestido esos personajes sin nombres: esa prostituta o ese fanfarrón, el mendigo o la niña miserable que nadie conoce. ¡Un hombre que duerme vestido de oro sobre un banco del parque! Los irrepresentados anónimos de siempre en trajes de riqueza. Una vestimenta de realeza para los que no tienen nada; un atuendo para su dignidad; un manto que los resarza de tanta desventura.  

 Es el oro real que también “vuelve”, después de su gran escapada colonial, a tierras americanas. Y vuelve — ¿casualmente? — desde la “madre patria”, porque el artista lo ha comprado allí, en la misma Sevilla, donde los maestros doradores le han enseñado el antiguo oficio de dorar con pan de (nuestro) oro. Sí, tal vez sea cierto que vuelven… 

Ya parecía que no podía llevarse más lejos este homenaje, pero no. Ahora que esas tablillas flotan sobre la galería ingrávidas y como salidas de la nada, mostrando escenas y rostros vueltos enigmáticos sin su argumento originario; ahora que se iluminan con tinte dorado para colmo de esplendor; ahora, justamente, han alcanzado el aura. ¡Ahora, cuando se suponía que la fotografía, según W. Benjamin, había pagado ya su accesibilidad a precio de prestigio!  

Y es que, mirando mirar a Evans, Toirac ha emprendido el camino desde las antípodas: ha vuelto por el sendero de la originalidad, de la descontextualización, del arquetipo, del más rancio métier y del aura, solo para ensayar la visión del otro. Y en el análisis de estas visiones, distintas y tal vez complementarias, escruta lo permanente, la trascendencia, lo que siempre está frente a nosotros en calidad de horizonte inalterable. Eso es Orbis

Cuan lejos de la realidad de hoy pueden estar las imágenes que tomara Evans en La Habana hace más de 70 años, lo podemos apreciar todos los cubanos. Meira y Toirac han reparado, sin embargo, en lo increíblemente iguales que seguimos siendo. Una mujer joven con niña, detenida en una esquina, que en la fotografía de Evans se mezclaba con un grupo de gentes, parece evadir los cambios de todo tipo para mirarnos desde el relieve de madera de Toirac como desde fuera del tiempo, insistiendo, acaso, en una manera cubana de ser y de estar sencillamente parados en cualquier sitio de la ciudad. El hombre de traje blanco que nos mira retadoramente lo podemos encontrar ahora mismo caminando por el barrio. Y el balcón del edificio centenario en que se acodan unos vecinos parece albergar hoy las mismas sábanas de antaño. 

Lo que nos une a nosotros mismos en el tiempo es también lo que nos une a los otros. Las similitudes de ciertas escenas de barrios pobres del New York de Evans con las de La Habana hablan de permanencias y semejanzas, de lo que nos iguala como individuos, del horizonte común en que se despliega la vida. Escenas de la ciudad y de sus gentes, de La Habana o de cualquier otro punto del orbis, sean de Evans o de Toirac, unidas en la universalidad social del género, nos ayudan a sentirnos —como escribiera Williams Carlos Williams sobre Evans[3]— validados desde nuestro anonimato. 

Porque Orbis es, en su fondo más sutil, un volver sobre la ciudad, una reflexión sobre La Habana y sus moradores. Una disquisición sobre la condición histórica de esta insondable villa. Sobre su resistencia y los perennes recursos de sus gentes para desafiar la vida. Sobre su misterio y su sabiduría. Sobre su profunda humildad y su enorme belleza. Sobre las muchas ciudades que la conforman. Sobre su arquitectura y su mito. Sobre los actores perfectamente desconocidos que hacemos de ella, día a día, nuestro escenario definitivo. Sobre su imaginada eternidad y su fijeza.


[1] Walker Evans fue contratado por el editor J. B. Lippincott para tomar fotografías sobre la Isla durante el machadato, a fin de que acompañaran al libro El crimen de Cuba, del periodista y escritor Carleton Beals, publicado en 1933.

[2] Lincoln Kirstein, “Photographs of America” en Walker Evans, Americans Photographs, The Museum of Modern Art, New York, 1938, p.197

[3] La frase de Williams Carlos Williams aparece citada por John Szarkowski en su Introducción para el libro del Museo de Arte Moderno Walter Evans, New York, 1971, p. 16, y dice textualmente: “It is ourselves we see, ourselves lifted from a parochial setting. We see what we have not heretofore realized, ourselves made worthy in our anonymity”.

 
 

ARRIBA

Página principal Enlaces Favoritos Enviar correo Suscripción RSS
.

© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
La Habana, Cuba. 2007.
IE-Firefox, 800x600