Año VI
La Habana
2007

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Nuevas cartografías latinoamericanas
Prólogo entre cubanos
Alfredo Prieto • La Habana

Para Ana López, desde el barrio

Conocí a Román de la Campa hace unos años en Nueva Orleans, durante un evento sobre estudios cubanos auspiciado por la Universidad de Tulane. Dos cosas suyas me impresionaron entonces: un pensamiento sistémico, categorial y enjundioso, escoltado por un  carisma expositivo que le hizo sobresalir ―pese a su modestia― en medio de varios ponentes impenitentes que casi llegaron “a poner mala” la reunión a fuerza de libreteos y mojigangas. Y casi olvido una tercera: una picardía muy cubana que pude corroborar de muchas maneras después de un peregrinaje a la inevitable Bourbon Street, en el French Quarter o Barrio Francés, un lugar de los Estados Unidos ―el otro es la Misión, en San Francisco― donde uno se siente como si estuviera en una especie de Habana Vieja clonada, excepto por el jazz y algunas pequeñas perversidades. Recuerdo que una noche me dedicó un texto suyo, publicado en Apuntes Posmodernos/Postmodern Notes, que todavía conservo y leí en casa de una colega, no sólo porque me interesaba el tema mismo, sino por su originalidad y las maneras de enfrentarse a un problema que para muchos sigue siendo controvertido: la cultura latina en los Estados Unidos. “Norteamérica y su mundo latino”, al que volveré después, conjuga, a mi juicio, dos dimensiones inusuales en muchos buenos expertos: un conocimiento de primerísima mano sobre los problemas asociados a la latinidad norteamericana y un peculiar sentido del humor. El autor discutía, con sobradas razones y dentro de la seriedad de la mejor academia, la importancia que el culo o nalgatorio estaba adquiriendo en la cultura norteamericana, dominada durante mucho tiempo por un puritanismo ahora en crisis por los comerciales de los blue jeans, la manera de bailar salsa, Jennifer López y otras concurrencias, al margen de la historia de Elvis Presley, personaje que definía como “un rockero proletario predispuesto a pulsaciones pélvicas”.

   Nuevas cartografías latinoamericanas tiene una intrigante peculiaridad: es un libro demasiado “sociológico” para ser “literario”, y demasiado “literario” para ser “sociológico”, pero siempre afincado en los flujos culturales de la cotidianidad, una de sus mayores virtudes y un rasgo que me llevó a no dudar ni por un segundo acompañar su edición y escribir este prólogo. Visto desde este ángulo, en un panorama como el nuestro, donde sociólogos, politólogos y escritores andan a menudo por jardines y senderos que se bifurcan, no es en modo alguno un mérito menor la integración y articulación efectiva de saberes provenientes de la filosofía, el posmodernismo, los estudios poscoloniales, la politología, la economía política, la teoría literaria, la literatura misma y otros con los que estos textos dialogan creadoramente, apropiándose de muchas maneras de sus aparatos categoriales, pero también posicionándose de manera crítica frente a ellos y tratando de construir, al fin, una posición propia. Por estas páginas, eclécticas en el buen sentido, escritas con una indudable vocación humanista, desfilan con toda naturalidad Marx, Foucault, Baudrillard, Derrida, Lyotard, Said, Bhabha, Hall, Bloom, Hardt, Negri, y latinoamericanos no menos clásicos como Ortiz, Rama, Rincón, García Canclini, Cornejo Polar y Benítez Rojo, decodificados en una lectura siempre inteligente, para nada mimética ni epidérmica, como suele ser usual en ciertos epígonos.

   Dice la tradición que todo escritor tiene sus obsesiones. Veo en de la Campa varias que, a riesgo de omisión, me atrevería a resumir. Una es la voluntad de deconstrucción, entendida básicamente como el desmontaje de un discurso para denotar sus silencios y omisiones. Este rasgo de su ensayística, que le viene del posmodernismo y de la crítica metanarrativa, no puede verse aisladamente de otro no menos importante: su perspectiva antietnocéntrica. Como advertirá el lector, uno de los leitmotivs de los textos aquí reunidos consiste justamente en señalar la invalidez de teorías culturales y construcciones académicas pretendidamente universales y, por consiguiente, extendibles o aplicables en América Latina, un problema de la mayor importancia en el que, sin embargo, echo de menos que el autor no aluda a los aportes de su compatriota Roberto Fernández Retamar, sobre todo de su Calibán, y a las polémicas a propósito de su Para una teoría de la literatura hispanoamericana, publicado en la década de los 70.[i] De cualquier manera, de la Campa escribe: “la crítica latina o latinoamericana dentro de los Estados Unidos con frecuencia produce y promueve criterios con valor de uso que luego son transferidos a América Latina como universalmente válidos”, para luego anotar el gap entre dos lecturas condicionadas por contextos distintos: “un ejemplo fehaciente lo brinda el testimonio de Rigoberta Menchú, catalizador de las causas multiculturales y feministas en los Estados Unidos, y que funciona de manera diferente en América Latina”.[ii] Ese antietnocentrismo lo conduce también a una mirada crítica al canon occidental de Harold Bloom, y sobre todo a cuestionar la validez de ese planteo elitista anglosajón, que toma como rasero la conocida fórmula de “lenguaje metafórico, originalidad, poder cognitivo y elegancia en la dicción”, y excluye tanto el carácter “canónico” de ciertas expresiones de la cultura popular como la validez misma de los estudios culturales, que reivindican  Stuart Hall y otros autores. Desde este prisma, se acerca a la academia norteamericana y sus maneras de imaginar América Latina y su literatura como lo resumió el editor de su libro Latin Americanism: preguntándose en qué medida esa América Latina que se estudia en los Estados Unidos es una entidad made in USA. [iii] En los ensayos allí reunidos están entre las investigaciones más agudas que he visto en los últimos años sobre los criterios actuantes en la recepción y codificación de autores latinoamericanos ―Borges, Cortázar, Barnet, Galeano, Ernesto Che Guevara― en los Estados Unidos. Probablemente su espíritu se resuma en el caso de Joan Didion, autora por demás de un notable libro sobre Miami, pero que escribía sobre las guerrillas salvadoreñas sin haber pisado nunca un campamento. Román desarma su discurso con una eficiencia realmente aterradora.[iv]

   Por otra parte, no es usual el empleo del término “neoliberalismo” en los Estados Unidos, que como el mismo autor explica, tiene allí otras connotaciones. De la Campa, sin embargo, lo valida e incorpora a su aparato categorial tal como lo conocemos en América Latina, e incluso lo emplea para explicar procesos internos en las universidades como instituciones que producen y reciclan el saber. Tal vez esto constituya una consecuencia de su in-out (Román es un frecuente viajero por los países de Nuestra América, de cuyos ensayistas, escritores y culturas se nutre), pero en todo caso ese es otro de los méritos que percibo en Nuevas cartografías latinoamericanas, es decir, el hecho de que su pasión por el conocimimiento lo lleva a examinar y contrastar las prácticas académicas en ambas Américas. En ese sentido, no es este un texto teórico a secas, sino también puede considerarse lo que los antiguos llamaban un status questionis de la disciplina. Resulta particularmente valiosa para nosotros su discusión sobre el surgimiento de los estudios latinoamericanos en los Estados Unidos y la creación de estructuras docentes y de investigación como consecuencia de la Guerra Fría, en las que el maridaje entre política y cultura llegó a crear, como él escribe, “una demanda de capital simbólico nunca antes vista en los Estados Unidos”. Y también su análisis sobre los factores que inciden en la actual problemática universitaria norteamericana, caracterizada entre otras cosas por la tensión del mercado, los recortes en la educación y los quiebres disciplinarios, sobre todo, como nos explica, en el área de las humanidades: estas dependen como nunca antes de los filántropos (tanto nacionales como extranjeros) que ven la cultura en tanto depósito de textos fundacionales. De ahí las tensiones que atenazan a las instituciones que buscan sostener las tradiciones humanísticas, entre las cuales la literatura ocupa un lugar especial, al tiempo que el capitalismo global promueve una nueva imagen del ciudadano-consumidor de clase media, cuya educación e imaginario emanan de una antología de formas culturales masivas, una educación vocacional orientada a las tecnologías de punta y a las industrias de servicios financieros. De manera creciente, los donantes y las fundaciones reaccionan a estas tendencias con intentos de influir sobre los nombramientos del profesorado en las mejores universidades de investigación en los Estados Unidos. The Chronicle of Higher Education informa sobre esta tendencia en un artículo de fondo: la Fundación Olin, de inclinación profundamente conservadora, ofreció a la Universidad George Washington cien mil dólares anuales para un puesto en Historia de los Estados Unidos con la condición de que se contratara a un candidato preseleccionado por la Fundación; la Universidad de Princeton se encuentra bajo investigación respecto al nombramiento de los profesores como resultado de un donativo del gobierno turco de setecientos cincuenta mil dólares; y la Universidad de Yale se vio obligada a devolver a Lee M. Bass un donativo de veinte millones de dólares, como consecuencia de presiones ejercidas para contratar a cierto tipo de especialistas para impartir cursos de carácter canónico sobre cultura occidental. [v] 

   Merece mención específica su exégesis identitaria desde luego, despojada de cualquier esencialismo, en particular sobre la “latinidad norteamericana”. El autor despliega aquí un análisis histórico de buena ley, lo cual supone un discurso sobre la génesis, diferencias e inserción socioclasista de los distintos flujos migratorios latinoamericanos en la sociedad receptora, enfoque imprescindible para entender las concreciones de lo latino  diversas, pero que se mueven en un espectro que va de la resistencia al crossover, el biculturalismo y la asimilación. Esto se afinca en procesos sociodemográficos originados en la década de los 80 del siglo xx: entonces, por primera vez en la historia de los Estados Unidos, la mayoría de los inmigrantes no procedía de Europa, sino del Tercer Mundo, liderados en lo cuantitativo por mexicanos, filipinos, chinos, y seguidos por vietnamitas, coreanos, hindúes, jamaicanos, camboyanos, laosianos, tailandeses, iraníes, paquistaníes e incluso cubanos.[vi] Y conduce a una serie de preguntas de plena actualidad y vigencia: ¿Son los Estados Unidos una sociedad multicultural? ¿Qué significa, en todo caso, el multiculturalismo? ¿Se debe seguir utilizando únicamente el inglés en las escuelas y documentos oficiales? ¿Cómo entender el reclamo de una escuela de Oakland, California, en el sentido de que el ebonics una palabra que designa el inglés que hablan los afroamericanos se utilizara en las clases, en vez del American standard English? ¿Perderemos la hegemonía ideocultural ante el impacto de eso que en California se denomina “the brown threat”? [“la amenaza mestiza”]. ¿Qué hacer con esta creciente avalancha de indocumentados mexicanos, más allá de muros fronterizos y de otras medidas que, al final del día, no nos están resolviendo el problema, sobre todo reconocen los cínicos porque los necesitamos y reportan beneficios netos para nuestra economía? Decir que los Estados Unidos siempre han tenido una relación paranoica con los emigrantes, más allá del discurso sobre la tierra de las oportunidades y del American dream que quienes trabajan en un Mc Donald´s o en una factoría no llegan ni siquiera a rozar con los dedos sería un lugar común. (La televisión me acaba de informar la constitución de “patrullas civiles” para, literalmente, dar caza a los ilegales en varios puntos de la frontera con Arizona; uno de sus integrantes calificó ante las cámaras a la cultura mexicana como “asquerosa”). El hecho es que hoy día los latinos ascienden a cuarenta y cinco millones de personas y han irrumpido, más allá de los enclaves tradicionales, en localidades y centros urbanos donde su presencia era, cuando menos, poco común. El moderno Miami, edificado por los cubanos de las “clases vivas”, ya es, desde el ángulo étnico-demográfico, muy distinto.

   Estas y otras realidades alteran dramáticamente la fisonomía y el ser mismo del país, y plantean un conjunto de problemas para una clase dominante que se mueve entre dos polos: por un lado, el temor a perder “la identidad histórica norteamericana”, el llamado “credo americano”,[vii] los hard core values, el idioma inglés y, por otro, el impacto de este dato demográfico sobre la producción, los servicios y el consumo ―un verdadero bombón para el sector corporativo― e incluso sobre las elecciones presidenciales. De la Campa documenta, contextualiza y discute lo que nunca hubiera imaginado el más previsor de los “pioneros” cuando le arrebataron a México la enorme tajada: desde las elecciones presidenciales que llevaron a William Clinton al poder ejecutivo, el uso del español ha sido creciente en las carreras hacia la Casa Blanca, no solo mediante el empleo de infomercials políticos que tratan de persuadir al receptor con las razones por las cuales la “comunidad hispana” debe votar por demócratas o republicanos, sino también en alocuciones verbales directas de los propios candidatos en las cadenas de televisión y radio latinas.

   El término “latino”, que para empezar De la Campa considera con razón “impreciso, dudoso”, remite a una connotación de superioridad civilizatoria y etnocéntrica, puesto que simplifica y homogeniza, desde la mirada anglo, la diversidad de las distintas culturas u orígenes nacionales que lo integran. Escribe un analista: “a causa de la historia de nuestra nación, a causa de los orígenes de la mayoría de las personas que ejercen el poder ―es decir, gente de ascendencia europea―, nuestra visión sigue siendo eurocéntrica [...] En las escuelas de los Estados Unidos a los estudiantes se les  enseña con la mayor frecuencia que América Latina es un monolito. Más o menos, un solo país. Un solo idioma. Una sola cultura”.[viii] En otras palabras, para un anglo de a pie (si es que esto existe) no hay diferencias sustanciales entre puertorriqueños, argentinos, españoles, portugueses, bolivianos, brasileños, cubanos o mexicanos. El American slang ha acuñado una expresión políticamente incorrecta para designarlos ―spiks, cuya génesis se remite a principios del siglo xx, en el contexto de la expansión imperial al traspatio y el Destino Manifiesto―, como la ha acuñado para los italianos, los judíos, los japoneses e incluso para los afroamericanos.[ix] (El lenguaje, como es ley, remite siempre a un sistema de relaciones sociales y de poder).

   De cualquier manera, en la dinámica norteamericana interna, las categorías “latinos” o “hispanos” suelen asumirse hoy por ellos mismos para marcar diferencias identitarias y hasta resistencias culturales. En los Estados Unidos se encuentran a menudo organizaciones sociales e incluso spots televisivos que esgrimen el “orgullo latino” como un modo de pararse frente a la sociedad tradicional, blanca y de ojos azules, que si por una parte los incorpora —como a los afroamericanos u otras minorías a los programas de acción afirmativa, por otra muy a menudo los sigue viendo con distanciamiento o recelo de otredad (sí, porque el país es de una complejidad tremenda y no todo se reduce a Nueva York o San Francisco). El paradigma del hispano asociado con la delincuencia, el crimen y las drogas ―tres de los problemas fundamentales en la Norteamérica de hoy― es consistente con el socializado, una y otra vez, por la industria hollywoodense,[x] algo con lo que una revista como Hispanic Business no puede sino estar en desacuerdo. Del mismo modo, no es posible desatender la emergencia de una rica y complejísima literatura latina en los Estados Unidos que, como bien subraya De la Campa, desafía la manera histórica de entender la relación entre lengua, literatura y nación. Resultan entonces lícitas preguntas como estas: ¿Escribir en inglés, soñar en cubano? ¿Puede considerarse a Oscar Hijuelos y Cristina García como integrantes de ese conjunto denominado literatura cubana? ¿Se puede venir desde tan lejos para poder vestir así y seguir escribiendo como cubana? ¿Es legítimo el empleo del Spanglish o Ingleñol como lengua literaria? ¿Se puede llover al revés, intentar el regreso a Cuba en un bote desde el sur de la Unión y bautizar a la ciudad de Cienfuegos como One Hundred Fires sin escandalizar al prójimo? ¿Qué implica exactamente el estatuto bicultural? Las polémicas sostenidas hasta hoy entre ambos lados del Estrecho, y las que seguramente sobrevendrán, constituyen un claro indicador al respecto, pero también evidencias de un diálogo necesario entre dos culturas, durante mucho tiempo separadas por la incomunicación y los estereotipos mutuos.[xi]

   Dado que  menciono a Cuba y escribo este prólogo desde el centro de La Habana, no puedo dejar de detenerme en las reflexiones de Román sobre los cubanos en los Estados Unidos. De un tiempo a esta parte, la diáspora ha venido produciendo relatos propios que dan cuenta de nuevas identidades y conceptos. Se trata de un conjunto de textos que no puede ser entendido cabalmente si se desconocen los procesos de construcción de identidades y subidentidades típicos de la sociedad global norteamericana, en la que categorías como descentralización, multiculturalismo, fragmentación, diversidad y pluralidad constituyen movidas de péndulo ante el ideal del melting pot, uno de los más socorridos del imaginario WASP[xii] y, en definitiva, de la cultura dominante desde que Thomas Jefferson y los fundadores del país visualizaran la asimilación como salvaguarda para seguir siendo en el futuro, esa, sobre la que ahora Samuel Huntington se vuelve para decir que no estaban equivocados. Este debate se encuentra a su vez sobredeterminado por los  procesos de construcción de identidades en el contexto de un mundo globalizado, fenómeno que ha alterado los mapas culturales tradicionales y, por supuesto, las maneras de pensarlos. En este punto se inserta el ensayo que mencioné al inicio, que entre otras cosas aborda el llamado “excepcionalismo cubano” y la “condición cubano-americana”, no ya en términos estructurales pues se conocen sobradamente las causas de la recepción privilegiada de los cubanos en relación con otros grupos hispanos, que el autor muy bien subraya, sino en sus construcciones identitarias, un tema sobre el que necesitamos conocer más en Cuba para poder estudiar con mayor profundidad esa literatura que allá se escribe.

   Se sabe de antemano: la percepción más generalizada entre aquellos deja a un lado, tajantemente, la condición de latinos o hispanos que le otorga el mainstream y reclama para sí, a secas, el gentilicio de cubano. “Yo no soy latino, soy cubano”, se lee con frecuencia en camisetas y calcomanías que pululan por el South West de Miami. Partiendo de ese sustrato, el profesor, poeta y ensayista Gustavo Pérez-Firmat, por ejemplo, no acepta la etiqueta y de hecho la deshilacha, porque

en los años que han transcurrido, y a pesar del influjo masivo de exiliados cubanos a este país, el desconocimiento de lo cubano poco ha disminuido, y quizá hasta ha empeorado. En parte, eso se debe a la contumacia de los viejos estereotipos —whatever Lola wants, Lola gets—; en parte, al hecho de que actualmente las nacionalidades hispanas en los Estados Unidos se hallan asediadas por el impulso asediador de la etnicidad [...] Es curioso: los mismos grupos que se han quejado justamente de las ingenuidades de Hollywood ahora promueven una nueva ingenuidad: la latinidad o latinoness, esa flamante identidad cultural que nos representa a todos porque no representa a nadie. A medida que los hispanos en este país abandonan sus gentilicios para conformar una sola etnia, la diferencia se diluye en diversidad, y lo cubano pierde sus contornos.[xiii] 

   Incluso no es raro escuchar autodefiniciones distintas entre gente que asiste al exclusivo restaurante YUCA —las siglas en inglés de Young Urban Cuban-Americans—, famoso por sus peculiares ofertas de la llamada New Cuban Cuisine, compuesta, entre otros platos, por yuca rellena con picadillo de champiñones, costillas BBQ con salsa de guayaba, y frijoles negros servidos con pancakes y sour cream, a todas luces una herejía para los moradores de la Calle Ocho y el Parque del Dominó. YUCA es un símbolo de la cultura de la hibridez, esa que caracteriza a una segunda generación que ya va teniendo una identidad diferenciada. Nacidos en los Estados Unidos, se educaron en inglés y no vivieron en carne viva la construcción de su cubanidad dentro de la Isla, que le ha sido transmitida mediante la oralidad familiar, la tradición y la reproducción cultural del enclave. Se consideran a sí mismos cubano-americanos —y en algunos casos, adviértase, simplemente miamenses o Miami Cubans—, y su relación con la tierra de sus abuelos y padres no está muy mediada por la obsesión de los micrófonos abiertos, sino por una extraña mezcla de curiosidad, imaginación y búsqueda de sus raíces. De la Campa pone a distancia una narrativa que elucubra a una “generación 1.5” mediante presupuestos dudosos, afincada en la mambomanía de los años 50 y en un personaje como Desi Arnaz, el protagonista cubano de la popular serie televisiva I Love Lucy, convertido en una suerte de arquetipo que se encarnaría después en Miami Sound Machine, Gloria Estefan y otros. No se trata de que esta transición generacional no exista: es, de hecho, una realidad y un hallazgo de la sociología, locus desde donde el propio Pérez Firmat edifica su Life on the Hyphen; pero es importante notar que en los Estados Unidos buena zona de la crítica ha bombardeado este constructo por considerarlo light, clase media, psicológicamente proyectivo, personalista, por excluir a la gran variedad racial y social de los cubano-americanos que allá viven, trabajan, pagan impuestos y, en fin, por constituir —como dice nuestro ensayista— un ejercicio nostálgico del Miami anterior al Mariel.[xiv]

   De aquí se derivan sus incursiones a la latinidad otra, ejemplificadas en este libro en la discusión de uno de los fenómenos de recepción cultural más interesantes de los últimos años: Buena Vista Social Club. Con singular puntería, De la Campa procede a desmontar el discurso del filme homólogo de Wim Wenders, a su juicio una “ficción poscolonial” que, si bien se mira, recicla en más de un sentido la idea del buen salvaje, nacida al encuentro de los europeos con el Nuevo Mundo y ahora de vuelta en medio de la nostalgia por la inocencia perdida a fuerza de tecnologías, globalización, segmentaciones y rupturas. El filme se inserta así en un conjunto cultural —de la literatura de viajes a las fotos de Cuba— por el que circula toda una imaginería de viajeros apurados, a veces soberbios, como los describió en su momento José Martí, desconocedores de las dinámicas y los códigos del otro, pero portadores de una “verdad” que no se cuestiona, justamente por haber tocado en vivo esa manzana que a muchos se les prohíbe cuando se está sujeto a leyes norteamericanas que datan de la época de la Revolución de Octubre. Hacerse filmar en una una oscura locación marina y en una toma donde figura un instrumento africano totalmente ajeno a la tradición musical nacional, no solo evoca el clásico síndrome de Gungha Dihn,[xv] como sugiere nuestro autor, sino que no denota diferencias esenciales respecto a los buenos samaritanos que vienen a posar en el Prado junto a uno de esos carros yumas viejos, hiperabundantes en postales y guías para no iniciados. Retratados de una manera “natural”,  que apela a lo típico y lo exótico, no suele repararse —como siempre— en las perlas del collar: la inventiva y el capital humano que los mantiene funcionando. El resto es una especie de apeiron compuesto por edificios semiderruidos, callejuelas oscuras, gente mal vestida, anillos como moscas en la cara y un tanque de 55 galones desafiando las leyes físicas, vistos como metáforas de un sistema que cayó con el Muro, pero que todavía pervive en una singular isla intocada por la globalización y donde todo es baile, música, meneo de caderas y pigmentación subida de tono. El lente demiurgo deja a la sombra las complejidades propias de todo tejido social, y el dedo sobre el obturador oculta la existencia de una heterogeneidad racial que es resultado de una historia desconocida por el otro. Esto comporta un corolario obvio: se borra casi medio siglo de cambio cultural, cual si nada hubiera pasado. Como subraya De la Campa, la Isla atemporal se ve presupuestada por los ángeles igualmente atemporales y oblicuos de la filmografía de un realizador alemán de indiscutible talento, pero que llegó a la Isla y no vio sino lo que quería ver.

   Por último, no se me ocultan las aristas controversiales de este libro. En Cuba, como en otras partes, este idiolecto tiene partidarios y críticos. Asumo, sin embargo, en positivo la idea de un gran maestro decimonónico, en el sentido de que cada inspiración tiene su lenguaje, y de que leer es horadar. El lenguaje de Román de la Campa es, de primera y pata, difícil, pero a mi modo de ver perfectamente asimilable una vez que el no iniciado llega a familiarizarse con su manera. Relacionarlo con el hermetismo de Julia Kristeva, o con el lirismo teórico de Hommi Bhabha, olvidaría que su discurso, en todo caso, denota y no difumina. El problema es que a Román no hay que imaginarlo o intuirlo, sino entenderlo. Se precisa dejar a un lado las preconcepciones y entrarle como decía Lezama: solo lo difícil es estimulante. Creo que sus propuestas son siempre interesantes y bien fundamentadas, aun cuando puedan dar pie a matices diferentes o discrepantes, lo cual en definitiva determina que un libro rebase las oscuras manos del olvido —o el mero aburrimiento. Queda entonces en las del lector decidirlo. Vale la pena. 

La Habana, abril de 2005


[i] Roberto Fernández Retamar, Para una teoría de la literatura latinoamericana, Casa de las Américas, La Habana, 1975. Una de la contrapartes en Guillermo Rodríguez Rivera, “América Latina y la ciencia de la literatura”, en Ensayos voluntarios, Letras Cubanas, La Habana, 1984.

[ii] Román de la Campa, “Globalización y estudios culturales”,  ensayo incluido en este libro.

[iii] Román de la Campa, Latinamericanism, University of  Minnesota Press, Minneapolis, 1999.

[iv] Román de la Campa, “Posmodernism and Revolution: Borges, Che and Other Slippages”, en Latinamericanism, cit., pp. 31-56.

[v] Román de la Campa, “Globalización....”, cit.

[vi] Véase al respecto George B. Tindall y Davis Shi, Historia de los Estados Unidos, t. 2, TM Editores, Bogotá, 1995, pp. 478-482.

[vii] Véase Samuel Huntington, Who Are We? The Challenges to America´s National Identity, Simon and Schuster, Nueva York, 2004.

[viii] David Lawrence, The Miami Herald, 17 de noviembre de 1996.

[ix] En su novela When I Was Puerto Rican, Esmeralda Santiago lo resume de la siguiente manera: “We call them gringos, they call us spiks. “What does it mean?” “Well, there are many Puerto Ricans in New York, and when someone asks them a question they say I don spik inglish instead of  I don´t speak English. They make fun of our accent”. [Nosotros les decimos gringos, ellos nos dicen spiks. ¿Y qué significa? Bueno, hay muchos puertorriqueños en Nueva York, y cuando alguien les pregunta algo, responden I don spik inglish en vez de I don´t speak English. Hacen cómico nuestro acento].

[x] Véase Chon A. Noriega, “Hollywood Narratives about Mexican-Americans”, en John King, Ana M. López y Manuel Alvarado, eds., On Mediating Two Worlds. Cinematic Encounters in the Americas, BFI Publishing, Londres, 1993, pp. 52-66. Una experiencia personal: en 1997, encontrándome de visita en casa de un famoso profesor norteamericano, en un exclusivo barrio de MA, salí repetidas veces al exterior debido a mi mal hábito de fumar. Esa tarde-noche, antes de que hubiera pasado mucho tiempo, un vecino lo llamó por teléfono advirtiéndole la presencia de “un hombre hispano” en los alrededores de su casa, a lo cual el profesor respondió: “sí, es un ilegal que acabo de contratar para que me pode las rosas del jardín, pero no hay problema: está desarmado”.

[xi] Esas polémicas ya exhiben un buen número de líneas cruzadas. Para un resumen de textos y autores, véase Ambrosio Fornet, “Soñar en cubano, escribir en inglés: una reflexión sobre la tríada lengua-nación-literatura”, Temas, no. 10 (la sección Enfoque está dedicada íntegramente a la cultura cubano-americana), La Habana, abril-junio de 1997, nota 3, p. 11.

[xii] Siglas en inglés de Blanco, Anglosajón y Protestante.

[xiii] Gustavo Pérez Firmat, “Con la lengua afuera”, Encuentro de la Cultura Cubana, no.15, Madrid, invierno de 1999-2000, pp. 142-143.

[xiv] Véanse, por ejemplo, Jorge Duany, “Reconstructing Cubanness. Changing Discourses of National Identity on the Island and the Diaspora during the Twentieth Century”, en Damián J. Fernández y Madelín Cámara, eds., Cuba, The Elusive Nation. Interpretations of a National Identity, University Press of Florida, Gainesville, 2000. Sobre todo el implacable ensayo de Max Castro sobre el  libro de Pérez-Firmat.

[xv] Véase Rufo Caballero, “La excusa. Semiosis, ideología y montaje en Buena Vista Social Club”, Temas, no. 27, La Habana, octubre-diciembre de 2001, pp.133-140.

 

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