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Al
sobrenombre de Laidi regresó ya como
adulta. Así la llamaba su hermana en la
infancia para diferenciarla de la madre,
pues llevan el mismo nombre. Luego,
quedó como esos apodos cariñosos que
solo saben los más cercanos, para
volverse público por la misma necesidad
de evitar las confusiones al convertirse
ella, al igual que su madre, en
escritora.
Nacida en cuna de letras, Adelaida
Fernández de Juan resulta una de las
narradoras cubanas contemporáneas de
obra más significativa. Su profesión es
la Medicina y a ella pensó dedicarse por
entero hasta que un día el duende de la
escritura llegara para salvarla de la
soledad mientras cumplía misión
internacionalista en África. Desde
entonces ha publicado tres libros de
cuentos: Dolly y otros cuentos
africanos (Premio Pinos Nuevos,
1994), Oh vida (Premio Luis
Felipe Rodríguez de la UNEAC 1998) y
La Hija de Darío (Premio Alejo
Carpentier 2005), la novela Nadie es
profeta y ha formado parte de varias
antologías en Cuba y en el extranjero.
Sus ficciones refieren el mundo de lo
femenino, de lo cotidiano, de la
maternidad y de la cubanía, matizados
con la ingeniosa utilización del humor.
Dividida entre sus muchas
responsabilidades, Adelaida la doctora,
la hija, la madre de dos varones
adolescentes; confiesa alcanzar su
libertad cuando se convierte en Laidi la
escritora. La casa en que nos recibe es
la misma donde naciera y está llena de
libros y cuadros, típico en un hogar de
intelectuales. Como puede inferirse tras
la lectura de su prosa, la anfitriona
resulta una conversadora divertida y
audaz, que no pone reparos en responder
las muchas preguntas de una periodista
declarada admiradora de su trabajo.
Llama la atención que alguien tan
cercano a la literatura desde la
infancia se decidiera a cultivarla solo
en una edad ya madura, luego de
recibirse en una profesión como la
Medicina. ¿Dónde estaba la Laidi
escritora cuando actuaba la médica?
Ese
análisis tan bonito que has hecho es
para evadir los años que tengo y el
hecho de que efectivamente, llegué a la
literatura un poco tarde. Nunca pensé
ser una escritora. Tenía una gran
vocación de médico, aunque no me queda
muy claro de dónde me vino, pues no hay
antecedentes en mi familia.
Mi
relación con la literatura fue
absolutamente natural. Debido a la
profesión de mis padres conocí a muchos
escritores cuando niña; pero aquella
actividad me parecía demasiado seria
como para que yo pudiera enfrentarla.
También pienso que tal vez,
psicológicamente, buscaba separarme de
mis padres, cuestión en la que fracasé
rotundamente, pues he terminado junto a
ellos. Me propuse ser médico, fui una
estudiante pertinaz e intenté darme a
conocer, no como la hija de los
escritores, sino como la doctora. Cuando
lo logré, entonces me decidí por la
literatura.
La
razón de por qué sucedió en África se lo
debo a mi padre, como tantas de las
cosas buenas de mi vida. La noche antes
de irme de misión, me entró pánico a la
nostalgia y le dije: “¿Papá, qué yo hago
si de pronto una madrugada tengo unos
deseos irrefrenables de estar en Cuba y
hay tanto mar y tanta tierra por medio?
Él me respondió: “Escribe”. Yo pensé:
“Bueno, ¿cómo la escritura me puede
curar la añoranza?” y él me volvió a
decir: “Ponte a escribir”.
Había
tenido una correspondencia intensa con
mis padres mientras estuve becada.
Montones de cartas en las que quizá se
notaba alguna facilidad para contar
historias. Cuando llegué a Zambia, un
buen día en que me entraron esos deseos
irrefrenables de estar en esta casa
donde nací, me puse a escribirles
nuevamente descomunales montañas de
cartas, que pensé se iban a perder entre
los correos y el tiempo; pero ellos las
habían guardado todas y cuando llegué,
las convertí en un libro.
¿Cómo se desenvuelve entre tantas
ocupaciones?
En
realidad, el destino me ha puesto en la
tesitura de tener varias vidas y he
aprendido a concentrarme en cada una de
ellas. Mi condición de mujer casi
siempre sin pareja me ha conminado a
criar a mis hijos sola. Soy una
aguerridísima madre de dos varones, soy
una hija dulcísima con mis padres, soy
una doctora muy consagrada con sus
pacientes, y soy una loquísima
escritora, momento que, debo declarar,
es donde mejor me siento.
Dolly
y otros cuentos africanos,
su
primer libro, habla de su estancia en
ese continente. ¿Responde siempre su
literatura a motivaciones contextuales?
Ese
libro me sirvió como catarsis para los
demonios que yo traía y sí tiene mucho
de testimonial aunque no es
estrictamente un testimonio. Sus
cuentos, reflejan las angustias que pasé
en ese país, con el uso de algunas
pinceladas de humor; pero se le notan
las costuras dolorosas porque necesitaba
desahogarme los sufrimientos que traía
de África.
Ya en
mi libro Oh vida, recreo aún más
y empiezo a escribir no como la mujer
que soy, sino como la que quisiera ser y
en La hija de Darío, empiezo a
utilizar la literatura como un arma de
denuncia. Este tema me interesa mucho,
pues yo me siento profundamente
identificada con esta Revolución y creo
que mi aporte a ella será criticarla
desde la postura de una mujer que cree
en el progreso social de Cuba y que
además va a permanecer en este país
hasta el fin de sus días. No busco
solución a los problemas, sino dejar una
huella, una marca de algo que me
lastimó; o sea, en mis cuentos soy
víctima y soy victimaria.
Tengo
que escribir sobre lo que me duele,
sobre lo que he vivido o sobre alguna
vida que me presten y que me motive
particularmente.
Este
año, si los dioses de la literatura
quieren, va a salir un cuarto libro de
cuentos titulado La vida tomada de
María E. Actualmente me estoy
concentrando en este personaje.
¿Quién es María E.?
María
E. surge en La hija de Darío en
un cuento bien duro que se llama “La
Habana y María Eugenia”. Luego se quedó
en María E. para aligerarla un poco.
Ella es una mujer muy graciosa, muy
luchadora y muy dramática también, una
mujer cubana, madre, que forma unos líos
tremendos y se reúne con varias mujeres
a conversar desde lo mal que sabe la
pasta perla hasta qué vamos a hacer con
los papás que se van y luego quieren
regresar como Santa Claus a conquistar a
los hijos. Ella es un poco yo, no como
soy, sino como quisiera ser. Es un
símbolo, por eso no importa cuándo nació
ni cuántos hijos tiene, un personaje que
ojalá cobre cada vez más fuerza como la
protagonista de mis cuentos. Siempre
será una mujer de más de cuarenta años,
sin una pareja estable, muy criticona y
que se me está haciendo entrañable.
Después que salga este cuarto libro, van
a empezar a hablar sus hijos que están
también en otros cuentos como “Para
olvidarte mejor” o “Piña colada”.
Aspiro a que después que me satisfaga en
la voz de ella, hablen los que la
rodean. A lo mejor hasta alguna de sus
parejas.
En
una entrevista dijo que le molesta que
no se valore a la mujer en toda su
dimensión. ¿Posee su literatura un
interés reivindicativo?
Por
supuesto y absolutamente. Sobre el tema
de la mujer tendríamos que estar
hablando mucho tiempo. Me interesa
particularmente tratar la violencia
contra la mujer, su discriminación,
porque considero que todavía hoy
seguimos siendo víctimas. Sucede que es
una violencia de una sutileza que a
veces no percibimos. Tenemos igualdad de
salario, de condiciones laborales y
aparentemente sociales; pero seguimos
estando en un segundo plano. Por
ejemplo, a una mujer que se destaque en
una actividad intelectual le es muy
difícil encontrar una pareja estable,
por la razón de que muy pocos hombres
tolerarían el éxito de una mujer. Sin
embargo, lo contrario está muy bien
visto. En ese caso la mujer se convierte
en una adoradora de ese hombre exitoso.
Mirta
Yánez y Marylin Bobes labraron un camino
muy trabajoso contra la tradicional
preponderancia de lo masculino en las
publicaciones, lo cual nos ha favorecido
a las actuales escritoras. Cuesta que
los hombres reconozcan que existe una
literatura femenina en Cuba y que esta
es pujante, denunciatoria, muy bien
hecha, elegante, contestataria. La lucha
es ardua y hay que desarrollar nuestras
artes para conseguir ser verdaderamente
escuchadas, y decirles entre risas,
muchos aretes y muchos perfumes: “aquí
estamos y les vamos a ganar, o por lo
menos vamos a competir como iguales”.
Estas mismas preocupaciones sobresalen
en algunos de sus cuentos como “Piña
Colada” o “Tiempo de Rosas”, además
porque sus personajes casi siempre son
femeninos. ¿Cuánto cree que influya la
literatura en alcanzar los derechos de
las féminas?
Creo
que a través de la literatura se pueden
decir muchas cosas, lo mismo
dificultades sociales que el dolor de
las separaciones por el tema migratorio
cubano o los conflictos que tuvimos,
sobre todo las mujeres, en el período
especial. Las mujeres sufrimos doble en
los 90 porque no eran solamente los
problemas que ya conocemos de la luz, la
comida, etc.; sino que era la mujer la
que tenía que poner el plato en la mesa.
La
literatura, entonces, puede ser una
manera de sensibilizar a los lectores
masculinos y el camino que yo encuentro
es el de ir tangencialmente, ya sea en
la voz de un niño o a través de un
cuento muy gracioso. Como la barrera
masculina es tan fuerte y los hombres al
mismo tiempo son tan débiles, utilizando
estos pequeños artilugios intento que se
rían, pero incorporen mi mensaje.
En el
cuento “Piña Colada”, por ejemplo,
presento otra de mis preocupaciones:
¿cómo los hijos varones ven a las madres
escritoras? No solamente se trata de
luchar contra la barrera de los hombres
que tienen el poder en la literatura,
porque no hacemos nada si los niños
varones no los educamos con el respeto a
las niñas. Para colmo yo tengo dos
hijos, así que debo luchar doblemente:
con esos niños que ya crecieron y que
hoy ocupan altos cargos en el mundo de
la literatura y con esos pequeños míos
que aspiro a que cuando crezcan y se
encuentren con una mujer escritora, la
sepan valorar.
En
los 90, existió una profusión de
escritoras en Cuba sin precedentes
históricos. ¿Cree que pueda hablarse de
una generación? ¿Cuáles son sus
cercanías con estas escritoras?
Hay
una frase que a mí me gusta mucho y es
que los hijos se parecen más a su tiempo
que a sus padres. Creo que es innegable
que a partir de los 90, y tal vez la
única cosa buena que nos puede haber
dejado ese período desastroso que no sé
a quién se le ocurrió llamar especial;
surgimos una gran cantidad de escritoras
y escritores. Como sabemos, grandes
crisis conllevan grandes fenómenos
sociales, y así como todo el mundo busca
una forma emergente de sentirse mejor,
muchos escritores sentimos la necesidad
de denunciar, reflejar, dejar constancia
de la circunstancia que estábamos
viviendo.
En
cuanto a los temas, hubo una especie de
catarsis necesaria en la que por un
momento todos hablábamos de lo mismo.
Eran los balseros, las jineteras, la
falta de luz, hasta llegar a ser un poco
reiterativos. Hoy en día leerlo me
molesta, porque creo que no solo el país
lo ha superado, sino que nosotros
también hemos alcanzado nuevos
horizontes espirituales.
A mí
no me gusta clasificarnos porque yo no
estudié Literatura, solo soy una mujer
intuitiva con alguna gracia para
escribir. Evidentemente, hay una
generación de escritoras porque nos
reunimos juntas, tenemos preocupaciones
comunes; pero cada una ha ido definiendo
su propio estilo. Por ejemplo, Ana Lidia
Vega Serova es la que a mi juicio mejor
trata el tema de la violencia y de la
sexualidad; Mylene Fernández Pintado
escribió una novela que maneja muy bien
el tema de las relaciones entre Miami y
La Habana; Marilyn Bobes es un poco la
maestra de todas nosotras y sus cuentos
son los más cultos, los más refinados;
Mirta Yáñez mantiene una frescura
extraordinaria; Ena Lucía Portela ha
logrado un éxito reconocido
internacionalmente. Quizá, me dedico más
al tema de la maternidad, de la
feminidad, sin dejar de ser una
aguerridísima leona. Es un abanico de
temas y estilos que nos hace diversos y
uniformes a la vez.
¿Son la ironía y el humor, recursos o
necesidad?
Más
que la ironía yo diría el humor y eso se
lo debo a mi madre. Ella fue la primera
persona que en la universidad estudió y
defendió el humor como una manifestación
de la inteligencia. Cuando me leí sus
primeros libros, fue una sorpresa. Si
una mujer tan seria, de tanto respeto,
se dedicaba a defender el humor como
género, entonces debía ser importante.
Por otro lado, mi padre es una persona
con un sentido del humor muy criollo,
muy cubano, y nosotros nos pasamos la
vida haciendo chistes, buscando
referencias. En mi casa nos gusta reír.
Uní
ambas cosas, la tradición de hacer
chistes con el estudio profundo de mi
madre. Además, he leído mucha literatura
humorística tanto cubana, como
extranjera. Mezclando todo eso con la
autenticidad a la que aspiro, he
utilizado el humor como recurso. Me
gusta divertir a las personas, que se
rían conmigo. A veces no estoy
planteando una situación básicamente
graciosa; pero si la cuento de una
manera que pueda sacar una sonrisa,
logro que me lean. Puede ser un arma muy
eficaz.
Recientemente se publicó su primera
novela, Nadie es profeta, luego
de habérsele conocido básicamente como
cuentista. ¿Con cuál de los géneros se
identifica?
Considero que no soy una novelista. El
tempo de vida que llevo y llevaré por lo
menos en los próximos 15 años no me
permitirá volver a esa aventura. Dice
Cortázar que la novela se gana por
puntos y el cuento por knock out
y me parece una definición bien concisa.
Hay escritores que son novelistas; pero
eso requiere de un tiempo, de una
concentración, de una paz, de un
aseguramiento de la retaguardia para
poder estar un año o dos absolutamente
concentrada en esos personajes y en esa
trama. Así que una mujer que es médico,
sin una pareja estable, dos hijos
varones, que vive con sus dos padres que
son ancianos; o sea, con un ritmo de
vida acelerado; difícilmente disponga de
tanto tiempo para dedicarse a un solo
personaje.
Yo
escribí Nadie es profeta y si se
fijan bien está como interrumpida en
varios cuentecitos, a los que intercalo
las cartas. La hice para demostrarme que
no soy una novelista; pero, aunque le
puedo ver las costuras, no me encuentro
insatisfecha. Tenía muchas deudas
pendientes y muchas gratitudes con
personajes de mi vida que no me iban a
caber en cuentos, y aproveché esa novela
para volcarlas. No obstante, sigo siendo
una cuentista y que el Dios de los
cuentos me perdone, que no lo vuelvo a
traicionar.
Esas elipsis, esas historias soslayadas
en algunos de los personajes de la
novela, ¿responden a una voluntad
expresa de decir o esconder algo, o
están dadas por esa falta de tiempo a la
que se refería?
No
puedo atribuirlo todo a la falta de
tiempo porque después de todo nadie me
puso un límite. Tal vez sea mi falta de
entrenamiento para alargar una historia.
Estoy acostumbrada a hacer cuentos donde
el espacio es mínimo, donde tengo que
ser capaz de regalarle el personaje al
lector y además decirle quién es con la
menor cantidad de datos posibles.
Eso
se nota en la novela. Las historias
están amputadas a golpe de machetazos
porque es la técnica del cuento. No sé
si llamarle entonces una cuenti-novela o
un cuento más largo que los anteriores.
Sé que la novela adolece de falta de
espacio y yo misma me quedé con deseos
de desarrollarlos más. Ahora, prefiero
dar machetazos que alargar demasiado,
porque me molestaba dilatar las
historias.
Una investigadora canadiense ha dicho
que su literatura da voz a nuevos
sujetos y discursos sociales. ¿Cuál
sería ese sujeto al que da voz y cuál
ese discurso?
“La” sujeto a quien yo doy voz es
básicamente la persona que yo quiero que
me escuche. Escribo desde la voz de
quien se quiere oír. Sigo creyendo en la
función social del escritor con todos
sus matices, así que escribo desde la
perspectiva de lo que yo misma soy: una
persona con arraigo en lo popular
grande, con unas profundas convicciones
revolucionarias, un afán en la defensa
de todos nuestros logros sociales porque
Cuba es un país privilegiado; pero al
mismo tiempo sin ningún tipo de
fanatismo. El sujeto que habla en mis
cuentos es el que yo quiero que me lea.
Los escribe alguien que pretende leerse
en sus textos. |