Año VI
La Habana

23 al 29 de JUNIO
de 2007

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¿DÓNDE QUIERES QUE
TE PONGA EL PLATO?

Laidi Fernández de Juan

Una mujer de muchas vidas

Helen Hernández Hormilla • La Habana
Fotos: Kaloian y Cortesía de la autora

Al sobrenombre de Laidi regresó ya como adulta. Así la llamaba su hermana en la infancia para diferenciarla de la madre, pues llevan el mismo nombre. Luego, quedó como esos apodos cariñosos que solo saben los más cercanos, para volverse público por la misma necesidad de evitar las confusiones al convertirse ella, al igual que su madre, en escritora.  

Nacida en cuna de letras, Adelaida Fernández de Juan resulta una de las narradoras cubanas contemporáneas de obra más significativa. Su profesión es la Medicina y a ella pensó dedicarse por entero hasta que un día el duende de la escritura llegara para salvarla de la soledad mientras cumplía misión internacionalista en África. Desde entonces ha publicado tres libros de cuentos: Dolly y otros cuentos africanos (Premio Pinos Nuevos, 1994), Oh vida (Premio Luis Felipe Rodríguez de la UNEAC 1998) y La Hija de Darío (Premio Alejo Carpentier 2005), la novela Nadie es profeta y ha formado parte de varias antologías en Cuba y en el extranjero. Sus ficciones refieren el mundo de lo femenino, de lo cotidiano, de la maternidad y de la cubanía, matizados con la ingeniosa utilización del humor.  

Dividida entre sus muchas responsabilidades, Adelaida la doctora, la hija, la madre de dos varones adolescentes; confiesa alcanzar su libertad cuando se convierte en Laidi la escritora. La casa en que nos recibe es la misma donde naciera y está llena de libros y cuadros, típico en un hogar de intelectuales. Como puede inferirse tras la lectura de su prosa, la anfitriona resulta una conversadora divertida y audaz, que no pone reparos en responder las muchas preguntas de una periodista declarada admiradora de su trabajo.

Llama la atención que alguien tan cercano a la literatura desde la infancia se decidiera a cultivarla solo en una edad ya madura, luego de recibirse en una profesión como la Medicina. ¿Dónde estaba la Laidi escritora cuando actuaba la médica?  

Ese análisis tan bonito que has hecho es para evadir los años que tengo y el hecho de que efectivamente, llegué a la literatura un poco tarde. Nunca pensé ser una escritora. Tenía una gran vocación de médico, aunque no me queda muy claro de dónde me vino, pues no hay antecedentes en mi familia.  

Mi relación con la literatura fue absolutamente natural. Debido a la profesión de mis padres conocí a muchos escritores cuando niña; pero aquella actividad me parecía demasiado seria como para que yo pudiera enfrentarla. También pienso que tal vez, psicológicamente, buscaba separarme de mis padres, cuestión en la que fracasé rotundamente, pues he terminado junto a ellos. Me propuse ser médico, fui una estudiante pertinaz e intenté darme a conocer, no como la hija de los escritores, sino como la doctora. Cuando lo logré, entonces me decidí por la literatura.  

La razón de por qué sucedió en África se lo debo a mi padre, como tantas de las cosas buenas de mi vida. La noche antes de irme de misión, me entró pánico a la nostalgia y le dije: “¿Papá, qué yo hago si de pronto una madrugada tengo unos deseos irrefrenables de estar en Cuba y hay tanto mar y tanta tierra por medio? Él me respondió: “Escribe”. Yo pensé: “Bueno, ¿cómo la escritura me puede curar la añoranza?” y él me volvió a decir: “Ponte a escribir”.  

Había tenido una correspondencia intensa con mis padres mientras estuve becada.  Montones de cartas en las que quizá se notaba alguna facilidad para contar historias. Cuando llegué a Zambia, un buen día en que me entraron esos deseos irrefrenables de estar en esta casa donde nací, me puse a escribirles nuevamente descomunales montañas de cartas, que pensé se iban a perder entre los correos y el tiempo; pero ellos las habían guardado todas y cuando llegué, las convertí en un libro. 

¿Cómo se desenvuelve entre tantas ocupaciones? 

En realidad, el destino me ha puesto en la tesitura de tener varias vidas y he aprendido a concentrarme en cada una de ellas. Mi condición de mujer casi siempre sin pareja me ha conminado a criar a mis hijos sola. Soy una aguerridísima madre de dos varones, soy una hija dulcísima con mis padres, soy una doctora muy consagrada con sus pacientes, y soy una loquísima escritora, momento que, debo declarar, es donde mejor me siento.  

Dolly y otros cuentos africanos, su primer libro, habla de su estancia en ese continente. ¿Responde siempre su literatura a motivaciones contextuales? 

Ese libro me sirvió como catarsis para los demonios que yo traía y sí tiene mucho de testimonial aunque no es estrictamente un testimonio. Sus cuentos, reflejan las angustias que pasé en ese país, con el uso de algunas pinceladas de humor; pero se le notan las costuras dolorosas porque necesitaba desahogarme los sufrimientos que traía de África.  

Ya en mi libro Oh vida, recreo aún más y empiezo a escribir no como la mujer que soy, sino como la que quisiera ser y en La hija de Darío, empiezo a utilizar la literatura como un arma de denuncia. Este tema me interesa mucho, pues yo me siento profundamente identificada con esta Revolución y creo que mi aporte a ella será criticarla desde la postura de una mujer que cree en el progreso social de Cuba y que además va a permanecer en este país hasta el fin de sus días. No busco solución a los problemas, sino dejar una huella, una marca de algo que me lastimó; o sea, en mis cuentos soy víctima y soy victimaria. 

Tengo que escribir sobre lo que me duele, sobre lo que he vivido o sobre alguna vida que me presten y que me motive particularmente.

Este año, si los dioses de la literatura quieren, va a salir un cuarto libro de cuentos titulado La vida tomada de María E. Actualmente me estoy concentrando en este personaje. 

¿Quién es María E.? 

María E. surge en La hija de Darío en un cuento bien duro que se llama “La Habana y María Eugenia”. Luego se quedó en María E. para aligerarla un poco. Ella es una mujer muy graciosa, muy luchadora y muy dramática también, una mujer cubana, madre, que forma unos líos tremendos y se reúne con varias mujeres a conversar desde lo mal que sabe la pasta perla hasta qué vamos a hacer con los papás que se van y luego quieren regresar como Santa Claus a conquistar a los hijos. Ella es un poco yo, no como soy, sino como quisiera ser. Es un símbolo, por eso no importa cuándo nació ni cuántos hijos tiene, un personaje que ojalá cobre cada vez más fuerza como la protagonista de mis cuentos. Siempre será una mujer de más de cuarenta años, sin una pareja estable, muy criticona y que se me está haciendo entrañable. 

Después que salga este cuarto libro, van a empezar a hablar sus hijos que están también en otros cuentos como “Para olvidarte mejor” o “Piña colada”.  Aspiro a que después que me satisfaga en la voz de ella, hablen los que la rodean. A lo mejor hasta alguna de sus parejas.

En una entrevista dijo que le molesta que no se valore a la mujer en toda su dimensión. ¿Posee  su literatura un interés reivindicativo? 

Por supuesto y absolutamente. Sobre el tema de la mujer tendríamos que estar hablando mucho tiempo. Me interesa particularmente tratar la violencia contra la mujer, su discriminación, porque considero que todavía hoy seguimos siendo víctimas. Sucede que es una violencia de una sutileza que a veces no percibimos. Tenemos igualdad de salario, de condiciones laborales y aparentemente sociales; pero seguimos estando en un segundo plano. Por ejemplo, a una mujer que se destaque en una actividad intelectual le es muy difícil encontrar una pareja estable, por la razón de que muy pocos hombres tolerarían el éxito de una mujer. Sin embargo, lo contrario está muy bien visto. En ese caso la mujer se convierte en una adoradora de ese hombre exitoso. 

Mirta Yánez y Marylin Bobes labraron un camino muy trabajoso contra la tradicional preponderancia de lo masculino en las publicaciones, lo cual nos ha favorecido a las actuales escritoras. Cuesta que los hombres reconozcan que existe una literatura femenina en Cuba y que esta es pujante, denunciatoria, muy bien hecha, elegante, contestataria. La lucha es ardua y hay que desarrollar nuestras artes para conseguir ser verdaderamente escuchadas, y decirles entre risas, muchos aretes y muchos perfumes: “aquí estamos y les vamos a ganar, o por lo menos vamos a competir como iguales”.  

Estas mismas preocupaciones sobresalen en algunos de sus cuentos como “Piña Colada”  o “Tiempo de Rosas”, además porque sus personajes casi siempre son femeninos. ¿Cuánto cree que influya la literatura en alcanzar los  derechos de las féminas? 

Creo que a través de la literatura se pueden decir muchas cosas, lo mismo dificultades sociales que el dolor de las separaciones por el tema migratorio cubano o los conflictos que tuvimos, sobre todo las mujeres, en el período especial. Las mujeres  sufrimos doble en los 90 porque no eran solamente los problemas que ya conocemos de la luz, la comida, etc.; sino que era la mujer la que tenía que poner el plato en la mesa.  

La literatura, entonces, puede ser una manera de sensibilizar a los lectores masculinos y el camino que yo encuentro es el de ir tangencialmente, ya sea en la voz de un niño o a través de un cuento muy gracioso. Como la barrera masculina es tan fuerte y los hombres al mismo tiempo son tan débiles, utilizando estos pequeños artilugios intento que se rían, pero incorporen mi mensaje.  

En el cuento “Piña Colada”, por ejemplo, presento otra de mis preocupaciones: ¿cómo los hijos varones ven a las madres escritoras? No solamente se trata de luchar contra la barrera de los hombres que tienen el poder en la literatura, porque no hacemos nada si los niños varones no los educamos con el respeto a las niñas. Para colmo yo tengo dos hijos, así que debo luchar doblemente: con esos niños que ya crecieron y que hoy ocupan altos cargos en el mundo de la literatura y con esos pequeños míos que aspiro a que cuando crezcan y se encuentren con una mujer escritora, la sepan valorar. 

En los 90, existió una profusión de escritoras en Cuba sin precedentes históricos. ¿Cree que pueda hablarse de una generación? ¿Cuáles son sus cercanías con estas escritoras? 

Hay una frase que a mí me gusta mucho y es que los hijos se parecen más a su tiempo que a sus padres. Creo que es innegable que a partir de los 90, y tal vez la única cosa buena que nos puede haber dejado ese período desastroso que no sé a quién se le ocurrió llamar especial; surgimos una gran cantidad de escritoras y escritores. Como sabemos, grandes crisis conllevan grandes fenómenos sociales, y así como todo el mundo busca una forma emergente de sentirse mejor, muchos escritores sentimos la necesidad de denunciar, reflejar, dejar constancia de la circunstancia que estábamos viviendo. 

En cuanto a los temas, hubo una especie de catarsis necesaria en la que por un momento todos hablábamos de lo mismo. Eran los balseros, las jineteras, la falta de luz, hasta llegar a ser un poco reiterativos. Hoy en día leerlo me molesta, porque creo que no solo el país lo ha superado, sino que nosotros también hemos alcanzado nuevos horizontes espirituales. 

A mí no me gusta clasificarnos porque yo no estudié Literatura, solo soy una mujer intuitiva con alguna gracia para escribir. Evidentemente, hay una generación de escritoras porque nos reunimos juntas, tenemos preocupaciones comunes; pero cada una ha ido definiendo su propio estilo. Por ejemplo, Ana Lidia Vega Serova es la que a mi juicio mejor trata el tema de la violencia y de la sexualidad; Mylene Fernández Pintado escribió una novela que maneja muy bien el tema de las relaciones entre Miami y La Habana;  Marilyn Bobes es un poco la maestra de todas nosotras y sus cuentos son los más cultos, los más refinados; Mirta Yáñez mantiene una frescura extraordinaria; Ena Lucía Portela ha logrado un éxito reconocido internacionalmente. Quizá, me dedico más al tema de la maternidad, de la feminidad, sin dejar de ser una aguerridísima leona. Es un abanico de temas y estilos que nos hace diversos y uniformes a la vez. 

¿Son la ironía y el humor, recursos o necesidad? 

Más que la ironía yo diría el humor y eso se lo debo a mi madre. Ella fue la primera persona que en la universidad estudió y defendió el humor como una manifestación de la inteligencia. Cuando me leí sus primeros libros, fue una sorpresa. Si una mujer tan seria, de tanto respeto, se dedicaba a defender el humor como género, entonces debía ser importante. Por otro lado, mi padre es una persona con un sentido del humor muy criollo, muy cubano, y nosotros nos pasamos la vida haciendo chistes, buscando referencias. En mi casa nos gusta reír.  

Uní ambas cosas, la tradición de hacer chistes con el estudio profundo de mi madre. Además, he leído mucha literatura humorística tanto cubana, como extranjera. Mezclando todo eso con la autenticidad a la que aspiro, he utilizado el humor como recurso. Me gusta divertir a las personas, que se rían conmigo. A veces no estoy planteando una situación básicamente graciosa; pero si la cuento de una manera que pueda sacar una sonrisa, logro que me lean. Puede ser un arma muy eficaz. 

Recientemente se publicó su primera novela, Nadie es profeta, luego de habérsele conocido básicamente como cuentista. ¿Con cuál de los géneros se identifica? 

Considero que no soy una novelista. El tempo de vida que llevo y llevaré por lo menos en los próximos 15 años no me permitirá volver a esa aventura. Dice Cortázar que la novela se gana por puntos y el cuento por knock out y me parece una definición bien concisa. Hay escritores que son novelistas; pero eso requiere de un tiempo, de una concentración, de una paz, de un aseguramiento de la retaguardia para poder estar un año o dos absolutamente concentrada en esos personajes y en esa trama. Así que una mujer que es médico, sin una pareja estable, dos hijos varones, que vive con sus dos padres que son ancianos; o sea, con un ritmo de vida acelerado; difícilmente disponga de tanto tiempo para dedicarse a un solo personaje. 

Yo escribí Nadie es profeta y si se fijan bien está como interrumpida en varios cuentecitos, a los que intercalo las cartas. La hice para demostrarme que no soy una novelista; pero, aunque le puedo ver las costuras, no me encuentro insatisfecha. Tenía muchas deudas pendientes y muchas gratitudes con personajes de mi vida que no me iban a caber en cuentos, y aproveché esa novela para volcarlas. No obstante, sigo siendo una cuentista y que el Dios de los cuentos me perdone, que no lo vuelvo a traicionar.  

Esas elipsis, esas historias soslayadas en algunos de los personajes de la novela, ¿responden a una voluntad expresa de decir o esconder algo, o están dadas por esa falta de tiempo a la que se refería? 

No puedo atribuirlo todo a la falta de tiempo porque después de todo nadie me puso un límite. Tal vez sea mi falta de entrenamiento para alargar una historia. Estoy acostumbrada a hacer cuentos donde el espacio es mínimo, donde tengo que ser capaz de regalarle el personaje al lector y además decirle quién es con la menor cantidad de datos posibles.  

Eso se nota en la novela. Las historias están amputadas a golpe de machetazos porque es la técnica del cuento. No sé si llamarle entonces una cuenti-novela o un cuento más largo que los anteriores. Sé que la novela adolece de falta de espacio y yo misma me quedé con deseos de desarrollarlos más. Ahora, prefiero dar machetazos que alargar demasiado, porque me molestaba dilatar las historias. 

Una investigadora canadiense ha dicho que su literatura da voz a nuevos sujetos y discursos sociales. ¿Cuál sería ese sujeto al que da voz y cuál ese discurso? 

“La” sujeto a quien yo doy voz es básicamente la persona que yo quiero que me escuche. Escribo desde la voz de quien se quiere oír. Sigo creyendo en la función social del escritor con todos sus matices, así que escribo desde la perspectiva de lo que yo misma soy: una persona con arraigo en lo popular grande, con unas profundas convicciones revolucionarias, un afán en la defensa de todos nuestros logros sociales porque Cuba es un país privilegiado; pero al mismo tiempo sin ningún tipo de fanatismo. El sujeto que habla en mis cuentos es el que yo quiero que me lea. Los escribe alguien que pretende leerse en sus textos.

 
 

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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
La Habana, Cuba. 2007.
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