|
No es
muy conocido que la infamante esclavitud
que se padeció en Cuba no fue solo la
inflingida a los negros traídos de
África, o a los coolíes llegados desde
China, muchos años después.
Existen trabajos serios sobre el tema de
la esclavitud ejercida contra hombres
blancos europeos, estudios debidos,
entre otros, al historiador Manuel
Moreno Fraginals, en el capítulo seis
“El mercado de brazos (1790—1860)”, de
El Ingenio, y a la investigadora
Norma Peraza, con su artículo “Esclavos
gallegos en Cuba”, publicado en
el volumen 3 —septiembre-diciembre,
1980— de la Revista de la Biblioteca
Nacional de Cuba.
Sin
embargo, el tema es en verdad casi
desconocido, en parte porque pareciera
escasamente creíble que tales hechos
pudieran suceder a mitad del siglo XIX,
en parte porque la esclavitud negra y
asiática pertenecía al (des) orden
natural que hasta más allá de la mitad
de la centuria se vio como un mal
inevitable para muchos.
La
fuerza que llevó a la explotación de
hombres blancos peninsulares se escondió
detrás de una cortina. Pero fue tan
cierta —matices más o menos: los
llamaban “colonos”— como las otras.
Las
causas se saben: Galicia, hacia 1850,
andaba en la ruina; y muchas de sus
gentes se vieron obligadas a desterrarse
por la hambruna.
En
Cuba los “indios” habían sido
exterminados; el miedo “al negro”, era
desayuno diario, y la trata china estaba
en ciernes. Entonces el viejo concepto
de importar mano de obra barata a tono
con la mejor “teoría colonizadora
hispano-cubana” —según Moreno
Fraginals—, se hizo cargo de canalizar
la desesperación de los gallegos y
hacerlos carenar en Cuba “para utilidad
de los grandes empresarios”.
Y la
idea tomó rumbo cuando en 1854 se aprobó
en las Cortes Españolas un proyecto de
colonos gallegos, impulsado por un tal
Urbano Feijoo y Sotomayor —diputado a
Cortes— de quien se dice sacaría buena
tajada del negocio, bajo licencia para
“transportar trabajadores libres, por
períodos de cinco años, que se
mantendrán bajo la vigilancia de las
autoridades"…las que… "velarán de que a
los inmigrantes se les pague el pasaje,
y se les entregue cada año tres camisas,
un pantalón, una blusa, un sombrero de
yarey y un par de zapatos”, y de que “no
se les pague menos de seis pesos al mes,
y que se abone el pasaje de regreso”.
En un
Pliego de condiciones, “bajo las cuales
se organizará la compañía
Patriótico-mercantil” (¡!), se
consignaban que al llegar a la Isla “los
inmigrados serán recibidos por la
empresa en locales convenientes,
preparados en el campo para la
aclimatación…”.
Sin
embargo, el estatus con que llegaban a
Cuba tenía viso jurídico que impedía la
deserción de la contrata. Y eso daba
mala espina. Para rematar se establecía
bajo rúbrica que “me conformo con el
salario estipulado aunque sé y me consta
que es mucho mayor el que ganan los
jornaleros libres de la Isla de Cuba;
porque esta diferencia la juzgo
compensada con las otras ventajas que ha
de proporcionarme mi patrón…” El sueldo
era de seis pesos mensuales, en tiempos
en que un esclavo negro alquilado
costaba 20.
Pero
desde el momento mismo de la
“aclimatización” comenzaron los
problemas. Según se afirma, un médico de
la compañía dictaminó que “No tienen
temperancia. Gustan demasiado de la
comida, y no atienden a lo que uno le
dice en cuanto a hacer dieta”.
Luego
se redujo el tiempo de descanso de los
domingos, la exigencia de más
rendimiento… hasta que poco tiempo
después comenzaron las deserciones y la
insubordinación.
Llegado el caso, cuando la situación se
volvió execrable en algunos sitios, unos
cuantos colonos fueron enviados ¡al
cepo! de la misma forma que se le hacía
al negro, como le sucedió al “trabajador
peninsular Andrés Mosquera de la brigada
de la Calzada de Jesús del Monte por
haberlo encontrado pidiendo limosna…”,
después de apalencarse por varios días.
¿El
castigo? …enviado al “cepo todas las
horas de descanso por seis días y por la
noches y por espacio de un mes todos los
días que no sean de trabajo…”.
Luego
de varios escándalos y hechos de sangre,
una comisión establecida para “tratar la
trata” dictaminó el 18 de junio de 1855
la liberalización del compromiso
contraído a discreción, razón para que
muchos gallegos llegados a nuestra
tierra como esclavos tomaran rumbos
diversos, y buena parte de ellos se
asentaron en suelo cubano para siempre,
tal y como dijera José Martí años
después.
“Todo
trabajo es santo y cada productor una
raíz; y al que traiga trabajo útil y
cariño venga de tierra fría o caliente,
se le ha de abrir un hueco ancho, como
un árbol nuevo.” |