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En el año 1999 comienzan las
excavaciones arqueológicas en el cafetal
Santa Ana de Viajacas o El Padre, como
también se le conoce, en el municipio
habanero de Madruga. Esta plantación
tenía una particularidad: poseía un
poblado de esclavos amurallado. Desde
entonces, la imagen del cafetal o
ingenio con el típico barracón que
habíamos tenido siempre se desvanecía y
comenzamos a cuestionar algunos puntos
sobre la vivienda esclava que hasta ese
momento se consideraban esclarecidos:
¿Cuántas plantaciones poseían bohíos y
cuántas habían implantado el barracón
como medida de seguridad contra las
fugas y los alzamientos? ¿Fueron éstas
las causas del surgimiento de los
grandes barracones en el siglo XIX?
¿Fueron los barracones los que
predominaron en las plantaciones
esclavistas o fueron los bohíos?
El despegue de las plantaciones se
produce a finales del siglo XVIII como
consecuencia de la gran acumulación de
capitales autóctonos en la Isla, la
ruina de Saint Domingue como gran centro
productor de azúcar, la demanda de este
producto y del café por parte del
mercado capitalista mundial y las
posibilidades de concentración de fuerza
de trabajo. Estas industrias tenían
como objetivo primordial la venta de sus
mercancías en el mercado internacional y
funcionaron, principalmente, con mano de
obra esclava hasta 1886.
Honorato Bernard de Chateausalins,
profesor de la Universidad de La Habana
y miembro eminente de la Sociedad
Económica Amigos del País, publica en
1831 su Vademécun de los Hacendados
Cubanos, donde recomienda que las
viviendas de los esclavos “se fabriquen
en forma de barracón con una sola
puerta, cuidando el administrador o
mayoral de recoger la llave por las
noches…"
Por lo tanto, fue el primero que
registró documentalmente el término
barracón para designar estas
construcciones. Sin embargo, a pesar de
la definición de Chateausalins, también
se le llamó barracón al conjunto de
chozas o bohíos destinados a los
esclavos, por lo que podemos
encontrarnos ante la descripción de un
cafetal o ingenio donde se mencione
dicho término y en realidad los negros
podían estar agrupados en poblados de
pequeñas casas. Tal es el caso de las
descripciones pertenecientes al ingenio
Trinitario Buena Vista, donde se
mencionan existían una “casa de
mampostería y tejas, vivienda del
mayoral, otra casa y barracón con 32
habitaciones”;
refiriéndose en este caso al lugar donde
estuvo enclavado el poblado de los
esclavos, el cual contaba con 32 casas.
Según Juan Pérez de La Riva, “la palabra
bohío se usó con gran ambigüedad (…) y
tan pronto designaba la choza del
esclavo como su departamento dentro del
barracón”.
Desde el punto de vista
histórico-arqueológico se han podido
definir dos tipos de barracones en las
plantaciones cubanas: Barracón de Patio
y Barracón de Nave, ambos ampliamente
descritos en la bibliografía
especializada.
La segunda modalidad de vivienda esclava
a la que nos referiremos son los bohíos.
Constituye el tipo de habitación rural
cubana más tradicional y primario,
heredado de nuestros aborígenes. Fue la
vivienda más elemental utilizada por el
esclavo africano en Cuba, que era muy
diferente al construido por el indio. Si
bien en el del aborigen vivía toda la
familia, en éste podía residir desde un
solo individuo hasta un conglomerado que
partía de la pareja como célula
familiar. Posteriormente, los
emigrantes, fundamentalmente los
canarios, adoptaron este tipo de
construcción —con algunas
modificaciones— para asentarse en los
campos cubanos como sitieros; de ahí que
el bohío cubano es todo un compendio
transcultural aborigen-afro-hispánico.
Con el paso del tiempo, los materiales
utilizados en su construcción se fueron
diversificando, aunque lo usual era
erigirlos de yagua o tabla y guano. Sin
embargo, en el siglo XIX también se
consideraban bohíos (o ranchos) las
pequeñas casas de campo edificadas de
embarrado o mampostería, techadas con
tejamaní o tejas. Estos coincidieron
cronológicamente dentro y fuera de las
plantaciones cubanas.
Ahora bien, existe una tercera categoría
de vivienda esclava que hasta el
presente sólo hemos encontrado en una
plantación y nos resulta muy
interesante: los pueblos amurallados de
esclavos. Esta es una modalidad
curiosísima, pues, a nuestro juicio, fue
una combinación entre el barracón de
patio y los caseríos. A ella nos
referiremos posteriormente.
Zonas de gran desarrollo plantacionista
Sin duda alguna, existieron en Cuba
regiones que por las condiciones de sus
suelos, la cercanía con los puertos
—que permitían que la exportación de las
mercancías no constituyera una traba
para la venta de las mismas—, y la
disponibilidad de terrenos suficientes
para los sembrados, se desarrollaron más
que en otras las plantaciones de café y
de azúcar. Según datos históricos que
nos remontan al año 1846, la zona
occidental de la Isla era la de mayor
auge en ambos reglones.
Hacia el oriente de la Sierra del
Rosario, ubicada en la actual provincia
de Pinar del Río, se asentaron en los
inicios del siglo XIX numerosos
caficultores de origen francés y
criollos adinerados, quienes
convirtieron estas lomas en una de las
zonas más florecientes de Cuba. Esta
área cafetalera se desarrolló hasta
mediados de dicho siglo, en la que se
erigieron cerca de cien plantaciones.
Ahora bien, en las jurisdicciones
habaneras fue donde se comenzó a
desarrollar con gran ímpetu la
plantación esclavista azucarera a partir
de los años 1788-1792. Ya en 1762
existían un centenar de ingenios en los
caminos que se alejaban de la ciudad, y
paulatinamente se fueron expandiendo
hacia las zonas donde las tierras no
habían sido cultivadas. En 1804, La
Habana contaba ya con 237 ingenios y
hacia 1817 su número se elevó
considerablemente; solamente en los
territorios correspondientes a Bejucal,
Santiago de las Vegas, Guanabacoa,
Jaruco y Güines existían 312 de ellos.
Estos ingenios, en su mayoría, no
poseían más de 80 esclavos y elaboraban
de 500 a 1 500 cajas de azúcar.
También se desarrolló en el territorio
habanero un fuerte movimiento
cafetalero; recordemos que hacia las
áreas occidentales se asentaron gran
cantidad de colonos procedentes de Saint
Domingue y otras zonas. Por ejemplo, en
la primera mitad del siglo XIX, se
registran en el término municipal de San
José de las Lajas un total de 26
ingenios, pero también 24 cafetales,
plantaciones que coexistieron y se
desarrollaron al unísono.
Mientras se mantuvieron altos los
precios del café, muchas plantaciones
continuaron produciendo y la región
habanera no fue la excepción. Entre la
jurisdicción de Guanajay, Güira de
Melena, San Marcos, Artemisa, Alquízar,
Ceiba de Agua y San Antonio de los
Baños, se ubicaba el famoso “Jardín de
Cuba”, llamado así por la belleza de sus
haciendas cafetaleras. Charles Augustus
Murray, viajero norteamericano que
visitó Cuba en la década de 1830, relata
que los cafetales de esta región, como
lo fueron La Tentativa, La Esperanza, La
Simpatía, La Rotunda, La Matilde, La
Serafina y La Catalina, eran como
jardines-haciendas.
Una vez consolidado el desarrollo
plantacionista en La Habana, éste se
extiende hacia el este, abarcando el
norte y centro de la actual provincia de
Matanzas, sobre todo en los territorios
de Cárdenas y Colón. Aunque se
desarrolló ampliamente la producción de
azúcar en este pedazo de tierra
occidental, los cafetales nunca jugaron
un papel secundario y en regiones como
Bemba (Jovellanos), Cimarrones, La
Guanábana, Limonar e incluso Cárdenas,
había un mayor número de cafetales en
comparación con los ingenios,
existiendo una fuerte presencia
francesa; por ejemplo, en 1827 sumaban
203 las plantaciones caficultoras, todas
ellas fomentadas en la primera mitad del
siglo XIX.
Entre ellas se destacaban el cafetal
Moscú, cuya dotación se sublevó en los
acontecimientos de “La Escalera”, y La
Industria.
Desde bien temprano en el siglo XIX, la
industria azucarera irrumpe en áreas
matanceras, creciendo y convirtiéndose
en la región donde florecieron grandes
colosos cañeros. Hacia 1827, el partido
de Matanzas produce ya el 25 % del
azúcar cubano y en 1859, junto a Colón y
Cárdenas, hacían el 55,5 %.
Y es que este último territorio poseía
en 1852, por sí solo, 221 ingenios y en
él se encontraban los más importantes
del país por sus adelantos, extensión,
mejoras y rendimientos.
En la década de 1858-1868, la expansión
matancera había llegado a su fin como
consecuencia del mismo agotamiento
térreo que se había experimentado hacia
el oeste, sobre todo en el partido de
Colón, que en 1857 llegó a ser la
principal región azucarera de Cuba.
Como un fenómeno independiente del auge
habanero-matancero, surge la industria
azucarera en Trinidad, importantísima
zona productora en relación con la
disponibilidad de sus tierras. Los
sembradíos bordearon las montañas y se
desplazaron por los valles, precisamente
allí se construyeron dos de los gigantes
cubanos: Guáimaro y Güinía de Soto. El
desarrollo trinitario en el renglón
azucarero alcanzó su cenit hacia 1840,
cuando los 43 ingenios que producían en
ese año, sobrepasaban las 8 000 t. Sin
embargo, no se puede obviar el renglón
cafetalero, pues aunque no fue una
industria que floreció tanto como el
azúcar en esta región, los documentos
han dejado constancia de la existencia
de 35 cafetales en el año 1817.
Lo mismo no sucede en la actual región
de Villa Clara, pues en dicho año se
reportan 78 haciendas cafetaleras que
convivían con 14 escasos ingenios.
Así pues, estas tierras, al igual que
las de Cienfuegos, aún se mantenían en
excelentes condiciones para el
desarrollo azucarero, que vendría a
sustituir el practicado en las
desgastadas tierras habaneras,
matanceras y trinitarias, como producto
del uso intensivo de las mismas. Sin
embargo, más que la antigua Villa Clara,
fue Sagua La Grande, villa fundada en
1817, donde invade el azúcar junto a
Cienfuegos, ciudad fundada dos años más
tarde. Las magníficas tierras agrícolas
y los bosques existentes hicieron que a
partir de 1827, los sacarócratas
habaneros y trinitarios de apellidos tan
ilustres como O´Farrill e Iznaga,
pusieran sus ojos y fortunas en estas
zonas.
Hasta la década de 1860 las haciendas
ubicadas en estas áreas se encuentran
produciendo al máximo, aunque nunca
llegan al status alcanzado por las
industrias azucareras ya mencionadas, en
las cuales se elaboró el 90 % de la
producción azucarera cubana del siglo
XIX.
Durante la primera mitad de dicho siglo,
los ingenios continuaron su expansión a
través de todo el territorio nacional,
desarrollándose medianamente esta
industria en los territorios orientales.
El puerto santiaguero siempre constituyó
uno de los principales exportadores de
la isla, más aún después de ser
favorecido comercialmente a finales del
siglo XVIII. Desde fechas bien
tempranas, aparecieron hacia el sur
siembras cañeras que aprovecharon los
valles intramontanos, así como hacia la
zona de El Caney. Ya en 1759 sumaban 38
los ingenios en la jurisdicción
santiaguera, pero el ritmo de
crecimiento se volvió muy lento en
comparación con lo que sucedía hacia
occidente. En 1859, el porcentaje de la
producción con relación al país era
menos de 1 %.
Lo mismo sucedió en los territorios de
la actual provincia de Guantánamo, donde
el fértil valle del Guaso y las montañas
se desarrollan económicamente a mediados
del siglo XVIII como un apéndice de la
región santiaguera. En 1777 solamente
existían tres trapiches que molían con
dotaciones que no llegaban a veinte
esclavos, no siendo hasta 1817, que se
funda el primer ingenio. La mayor
cantidad de plantaciones se concentraron
en el partido de Santa Catalina, donde
se ubicaban, hacia 1841, las únicas
siete industrias azucareras existentes.
En 1860, cuando la mayoría de los
grandes productores azucareros cubanos
se encontraban en descenso, los ingenios
santiagueros llegaron a la cifra de 89 y
continuaban creciendo, mientras que los
guantanameros sumaban 25, la mayoría de
los cuales ya se habían mecanizado.
Esta evolución tardía trae como
consecuencia que el oriente cubano
constituyera la fuente azucarera que
suple, en gran medida, la decadencia de
las producciones de azúcar registradas
hacia el occidente y centro de la isla.
Como un fenómeno paralelo a la vida
azucarera, se desarrolló fuertemente la
producción cafetalera. Este auge lo trae
consigo, fundamentalmente, la
inmigración desde el sur de caficultores
que emigraron luego de los sucesos
acaecidos en Saint Domingue. En 1841
existían 604 haciendas en la región del
cinturón cafetalero de Santiago de Cuba,
siendo éstos los que más se mantuvieron
produciendo, hasta que la Guerra de los
Diez años asestó un duro golpe a los
hacendados establecidos en la cuenca del
Cauto; siendo las plantaciones de más de
100 esclavos, como La Gran Sofía, las
que más resistieron la crisis del
segundo tercio del siglo XIX.
No cabe duda de que las cuatro grandes
zonas donde se concentraron las mayores
plantaciones esclavistas, se ubicaron en
las cercanías de las también cuatro
grandes ciudades portuarias cubanas,
privilegiadas y favorecidas por el
“Reglamento para el Libre Comercio de
España a Indias” de 1778 y la “Trata
Libre” en 1789: La Habana, Matanzas,
Trinidad y Santiago de Cuba.
¿Bohío o Barracón?
Como es lógico que sucediera, durante
los siglos XVI, XVII y XVIII, en los que
se fomentan no pocas plantaciones
esclavistas en Cuba, los hacendados le
daban relativa importancia a la
disposición de las viviendas de los
esclavos, las que en muchos casos se
colocaban ad libitum en los
llamados bateyes. A menudo, las áreas
dentro de éstos eran compartidas con los
monteros u otros trabajadores de la
hacienda, pero en otros se delimitaba un
trozo de terreno donde se erguían
únicamente los escasos ranchos
destinados a los negros, como sucedió en
el ingenio “Nuestra Señora del Rosario y
la Limpia y Pura Concepción”, plantación
más conocida como la de las tierras del
Río Piedras. Esta industria
guanabacoense floreció en la década del
´50 del siglo XVII y contaba con una
reducidísima dotación de 20 esclavos,
los que debían obtener la mayor parte de
su comida en las siembras aledañas a sus
viviendas.
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La tipología de vivienda adoptada fue el
bohío de tabla y guano y, en casos
minoritarios, de embarrado y tejas. El
piso solía ser de tierra apisonada y en
él se clavaban postes de madera
redondeados, cuya función era soportar
los entarimados que servían de camas.
Los bastidores probablemente estuvieron
amarrados con bejuco colorado, tejidos
luego con bejucos de tortuga o tiras de
majagua.
Frecuentemente, estas pequeñas
aglomeraciones de reducidos inmuebles
dieron lugar, en el siglo XVIII, a
caseríos que trascendieron su condición
para convertirse en poblados que han
llegado hasta nuestros días, como por
ejemplo Ranchuelo y Corralillo.
Al igual que en los dos citados
ingenios, todo parece indicar que los
esclavos que habitaban y trabajaban en
estas haciendas no eran muchos, pues
ambas industrias andaban todavía en
pañales en comparación con el desarrollo
que llegan a alcanzar en la primera
mitad del siglo XIX.
El café se fomenta con buenos resultados
con posterioridad a 1750, en cafetales
que carecían de una alta producción,
pues aún el mercado internacional no
respaldaba con altos precios tan
preciado grano. Por lo tanto, es de
suponer que la cantidad de esclavos que
vivían en estas plantaciones era también
muy reducida. Ya en los últimos años del
siglo XVIII comienza para el café un
período de auge económico, y a partir de
entonces empieza a rivalizar con el
azúcar. Como consecuencia, la cantidad
de esclavos que comienzan a convivir en
estas haciendas aumenta
considerablemente, como por ejemplo, la
dotación del ingenio Río Blanco, el que
poseía 99 bohíos para albergar a una
negrada compuesta por 242 esclavos.
Este fue fomentado en 1759 por los
jesuitas radicados en La Habana, los que
también eran propietarios del ingenio
Poveda —32 bohíos para 68 esclavos.
Uno de los factores que frenaba la
expansión de esta industria era la
limitación de la fuerza de trabajo
disponible, situación que se resolvió
con la Real Cédula del 6 de febrero de
1789, y la puesta en vigor de la
autorización para la introducción libre
de esclavos en Cuba y otras colonias.
Por otro lado, la baja de los precios
del azúcar en el mercado era tan
significativa, que hacia 1683 ésta había
hecho desaparecer la tercera parte de
los ingenios cubanos, y los que se
mantenían produciendo no alcanzaban la
rentabilidad.
Otro de los factores que influyeron
grandemente en la expansión azucarera
fue la inclusión del vapor en los
ingenios, posibilitando así un mayor
rendimiento de las zafras y el aumento
de las ganancias de los hacendados. Esto
trajo como consecuencia que se
necesitaran, aún más, brazos fuertes y
ágiles que garantizaran la caña que se
requería para el consumo de las
maquinarias del ingenio, y a partir de
entonces las dotaciones se hicieron
mucho más numerosas. Por lo tanto, los
finales de dicho siglo marcan el término
de una etapa y el comienzo de otra para
el azúcar y el café. Ya en 1821 habían
155 000 esclavos en 750 ingenios; 54 000
en 900 cafetales; 36 000 en fincas
ganaderas, tabacaleras y otros cultivos,
y 20 000 en ocupaciones domésticas.
En 1827 los ingenios sumaban un millar,
existían 2 067 cafetales, 76
algodonales, 60 cacaotales, 3 090
potreros, 5 534 vegas de tabaco y 13 947
sitios de labor y estancias; los que
albergaban a 286 942 esclavos.
Las condiciones de vivienda esclava
hasta el año 1800 se mantuvieron
inalterables, tornándose bastante
complejas durante todo el siglo XIX,
pues los hacendados adoptaban en sus
plantaciones el modo de vida para sus
esclavos de acuerdo con tres factores
fundamentales: las condiciones del
terreno donde se situaba la hacienda, la
situación económica en que se
encontraban y la situación social con
respecto a la actitud de los esclavos
imperante en el país.
Hacia 1804, era de 198 000 el número de
esclavos censados en la isla, como
consecuencia de la gran demanda de
fuerza de trabajo en las plantaciones; y
hacia 1843, ascendían ya a 589 333.
¿Pero influyó definitivamente la
cantidad de esclavos presentes en las
dotaciones como para transformar el modo
de vida de éstos? Hemos constatado que
plantaciones con reducido número de
esclavos poseían barracones de naves en
los que eran encerrados, e ingenios y
cafetales en los que sucedía todo lo
contrario y éstos habitaban en
aglomeraciones de bohíos y casuchas
ubicadas en zonas cercanas a las áreas
industriales de los complejos.
Generalmente, los bohíos dejan de
situarse ad libitum para
acomodarse en lugares previamente
escogidos y muchos de los ingenios
modernizaron sus accesorias y adoptaron
el barracón de patio como método
organizativo eficaz y como medida de
control para la dotación, aunque en este
punto surge una nueva interrogante:
¿Predominaron estos en las plantaciones
cubanas?
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La mayoría de las haciendas ubicadas en
la Sierra del Rosario tenían organizadas
las habitaciones de los esclavos a
partir de bohíos construidos de madera o
embarrado, y en muy pocos casos en
barracones de mampostería naviculares.
Si bien es cierto que los cafetales
acostumbraban a poseer dotaciones
compuestas por números menores de
esclavos que los necesarios en la
industria azucarera, estos cafetales,
que producían en el orden de los miles
de arrobas, poseían dotaciones que
excedían el centenar de esclavos en
múltiples casos. Hasta el momento, en
unas 70 plantaciones localizadas, se ha
detectado solamente un barracón de
mampostería, ubicado en la hacienda
Buena Vista. Esta llegó a tener una
fuerza de trabajo de 130 esclavos y la
nave estaba dividida en 11 habitaciones;
sin embargo, allí también se utilizó el
bohío, coincidiendo cronológicamente con
el barracón. La diferencia de quiénes
vivían en unos y en otros estaba dada
por su status civil dentro del cafetal:
los recién llegados, los solteros y los
más “belicosos” solían ser ubicados en
los barracones, mientras que los que
habían creado familia lo hacían en los
bohíos.
Por su parte, la presencia esclava en el
territorio holguinero asciende a partir
de los primeros años del siglo XIX,
alcanzando su clímax hacia 1866, fecha
en que se reporta el número mayor de
ingenios y trapiches en el llamado eje
azucarero Uñas-Gibara-Fray Benito. Las
plantaciones que producían en dicha
fecha, situadas dentro de este “eje”,
eran donde se ubicaba el 73,14% de todos
los esclavos del área agrícola de la
jurisdicción. Estos ingenios y trapiches
llegaron a sumar 72 en ese mismo año,
sin embargo, no sucedió lo mismo con la
producción cafetalera de la zona, donde
se reportan —como máximo— 11 haciendas
hacia 1827. Estas plantaciones —tanto
las azucareras como las cafetaleras— no
parecen haber conocido el barracón, sino
el conjunto de chozas o bohíos. Dentro
de este ámbito, Gibara constituyó un
área donde se fundaron varios ingenios,
y a su paso por uno de ellos en 1840 un
viajero nos dejó su descripción: “A la
derecha se encontraban los conucos de
los negros o tierras de autoconsumo cuyo
producto es de su propiedad (…). Los
bohíos están todos sobre la misma colina
y forman una pequeña villa…”
La zona santiaguera se caracterizó por
una fuerte presencia industrial
cafetalera, siendo las regiones de El
Cobre y La Gran Piedra las que más se
desarrollaron en este renglón. La
Isabelica, cafetal ubicado en esta
última zona, fue investigada
arqueológicamente en la década de 1960
por Fernando Boytel Bambú, quien afirmó:
“La Isabelica parece no haber tenido
barracón de esclavos construido de
mampostería…
Se encuentran las bases y pisos de una
serie de construcciones correspondientes
sin duda a pequeñas viviendas en la cima
misma de la montaña y a unos 40 metros
de la casa directamente sobre la tahona
o moulin y a un costado de la
caballeriza.
Allí hay huellas de unas seis de estas
construcciones que debieron haber sido
de madera u cuje embarrado acorde con la
influencia andaluza”.
La casi nula presencia de barracones en
estos cafetales indica el predominio de
los bohíos como vivienda esclava en esta
región. La Gran Sofía constituye uno de
los ejemplos de plantación más
significativo en la zona, en el que
todavía se pueden observar las ruinas
del barracón de nave y de la mayoría de
sus fábricas.
Otros datos nos llegan de la mano de
viajeros que visitaron la zona oriental
a mediados del siglo XIX. Hippolyte
Piron nos narra, a partir de su estancia
en el cafetal San Pablo, propiedad de
don José Ramírez, ubicado en el partido
de El Cobre -cuartón Brazo del Cauto,
según la división
político-administrativa vigente desde
1861 hasta 1878-, que “…en la pendiente
de la colina se escalonaban las chozas
donde vivían los negros, miserables
cabañas construidas con un encañado
recubierto de arcilla y techadas con
hoja de palma”.
Además, visitó el cafetal Santa Ana
Margarita, en Juraguá, donde también nos
cuenta cómo “Las chozas de los esclavos
estaban, como en otras partes,
construidas con trenzados recubiertos de
arcilla y techados con hojas de palma".
Igualmente, Walter Goodman, quien vista
Cuba desde 1864 hasta 1869, recorre
Santiago de Cuba y uno de los ingenios
allí localizado
y cita que su dueño “destinaba casitas
de guano, limpias y bien construidas,
colocadas en hilera, a los esclavos que
tienen familia”.
En la región guantanamera se desarrolló
tardíamente la industria azucarera en
comparación con el nivel alcanzado en la
región occidental y central del país,
contando en 1862 con solamente 25
ingenios, los que en su mayoría
utilizaban el buey como fuerza motriz.
Estos hacendados eran también, en su
mayoría, de origen francés, pero el
dueño del ingenio San Idelfonso, el
primero que empezó a producir en esta
zona entre 1815 y 1816, fue Andrés
Yaromir Hadfeg, natural de Viena,
capital del imperio de Austria. En 1818,
esta plantación contaba con: “una casa
de vivienda, caballeriza, vivienda del
mayoral, casa hospital, cárcel, estanque
para miel, casa alambique, almacén,
herrería, casa de pailas, horno de cal,
casa de purga, 31 caballerías montuosas,
una dotación de 164 esclavos, 30 bohíos
y 0.15 cavas. de conucos para los
negros”.
Como puede constatarse, a través de la
documentación histórica nos han llegado
múltiples crónicas sobre la utilización
del bohío en la zona oriental de Cuba,
lo que nos hace pensar que éstos
tuvieron una presencia mayoritaria en
las plantaciones de estos territorios.
Ahora bien, en las regiones habaneras,
matanceras, villaclareñas y
cienfuegueras la “historia” fue
diferente. Todo parece indicar que hasta
finales de la década de 1820, los
barracones que se construyeron en esta
zona fueron del tipo brasileño, o sea,
de nave; mientras que se mantuvieron los
bohíos en la mayoría de las haciendas, a
pesar del aumento en la intensidad de
las rebeliones. Hemos podido recoger
datos que confirman lo anterior; por
ejemplo, el cafetal La Plasencia (a) La
Cuca, ubicado en Artemisa, poseía en la
segunda década del siglo XIX una
dotación cercana a los 100 esclavos, los
que poseían bohíos de madera y guano,
alrededor de un pequeño batey dentro del
espacio doméstico.
Cirilo Villaverde, en su Excursión a
Vueltabajo nos deja constancia de su
visita a Guanajay, donde se encontraba
el San Francisco, ingenio propiedad de
los señores Condes de Herrera. Según el
autor, “…al fondo [de la casa de
vivienda] estaban la casa de molienda y
de caldera, todo en una pieza, y detrás,
a la derecha, los bohíos o moradas de
los esclavos, todos de paja, a la
izquierda, la casa de bagazo, el tejar y
las caballerizas”.
Mientras tanto, florecía cada vez más el
ingenio Alejandría. Fundado en 1797 en
la villa de San Julián de Güines, logró
convertirse en el centro de producción
azucarera más importante de la región
habanera. En 1839 producía ya 1000 cajas
de azúcar y contaba con una dotación de
102 esclavos, llegando a tener 166 en el
año 1863.
A pesar de considerarse un gran
productor y de tener una amplia
dotación, este ingenio tampoco poseía
barracón, sino bohíos de yaguas y guano
con sus respectivos conucos.
Anselmo Suárez y Romero, quien publicó
un artículo en 1859 dedicado
exclusivamente a los ingenios y también
visita esta región, nos describe uno de
ellos, del cual no aparece referencia
alguna. Solamente nos cuenta que “Los
bohíos se hallan a corta distancia
detrás de las fábricas, y pueden por su
miseria y desnudez considerarse como los
suburbios o arrabales del pequeño pueblo
a que un ingenio se parece”.
Este era condueño del Surinam, ingenio
al cual se refiere pormenorizadamente en
una descripción publicada en 1850. Esta
fábrica poseía bohíos como vivienda
esclava y “en vez de hacerlos en calles,
formando un cuadrado u otra cualquiera
figura simétrica, dejan a los negros
levantarlos en el lugar que a cada cual
se les antoja.
Pero, ¿qué había pasado en las
plantaciones para que los hacendados se
decidieran a construir barracones?
El 15 de junio de 1825 ocurrió en
Guamacaro —cerca del actual poblado de
Coliseo— uno de los levantamientos de
esclavos más sangrientos que recuerda la
historia cubana. Iniciado en el cafetal
de Fouquier, la revuelta abarcó 18 o 20
plantaciones de café, alzándose más de
cuatrocientos esclavos, pues el grupo
crecía a medida que los rebeldes
recorrían las fincas cercanas en una
zona tan densamente poblada. Un total de
16 hombres, mujeres y niños blancos
fueron ejecutados, y otros cuatro o
cinco resultaron heridos; muchas
instalaciones, viviendas y parte de las
cosechas fueron también destruidas.
Finalmente, la revuelta fue sofocada y
los rebeldes apresados, la mayoría de
los cuales fueron víctimas del pelotón
de fusilamiento y de los múltiples
azotes, a los que tampoco muchos
sobrevivieron.
Como consecuencia, el Gobernador de
Matanzas, Cecilio Ayllón, pone en vigor
el “Reglamento de Policía Rural de la
Jurisdicción de Matanzas” ese mismo año,
y en el artículo 14 del mismo establecía
que: “De esta fecha a tres años se habrá
construido en toda finca, cuya dotación
exceda de treinta negros edificio a
propósito para que se recojan estos y
reúnan bajo llave, teniendo este los
convenientes alojamientos á fin de que
estén divididos los estados y los sexos.
En las fincas de menor dotación podrán
reconcentrarse lo más posible los
bojíos, poniéndose bajo una estacada
espesa de cuatro á cinco varas de alto
con su puerta y llave segura”.
Por lo tanto, muchos de los hacendados
matanceros decidieron adoptar este
reglamento. Es harto conocido que la
primera descripción de un barracón de
patio la realizó Abiel Abbot, en carta
fechada el 19 de febrero de 1828 desde
el ingenio La Carolina, propiedad de W.
Taylor. En 1831, El Vademécum…, escrito
por H. B. de Chateausalins entusiasmará,
al parecer, a los plantacionistas
cubanos, pues dicho libro se reedita, al
menos, tres veces más.
Sin embargo, no a todos entusiasmó la
idea del barracón. En contestación de
don Jacinto González Larrinaga con
respecto al Expediente instruido por
orden superior para reformar el sistema
moral, higiénico y alimentario de los
siervos que se emplean en la
agricultura, de 1842, afirma que “Es
conveniente y puesto en razón que vivan
los negros con sus familias en sus
bohíos, mejor que en barracones
cerrados…”.
Por su parte, don Rafael O’Farrill
afirma que “Los esclavos casados deben
vivir en bohíos”,
y don Sebastián de Lasa prefería
“continuar con los bohíos en lugar de
los barracones cerrados…”.
En 1843, el Capitán General, don
Gerónimo Valdés, pone en práctica el
“Bando de Gobernación y Policía de la
Isla de Cuba” —había sido redactado un
año antes—, con dos documentos anexos,
uno de los cuales constituía un
Reglamento de Esclavos. Muchos de los
preceptos contenidos en el mismo con
frecuencia no se cumplían, como por
ejemplo:
-
artículo 6: Los amos darán precisamente
á sus esclavos de campo, dos o tres
comidas al día…
-
artículo 25: Los amos cuidarán con el
mayor esmero de construir para los
esclavos solteros habitaciones
espaciosas en punto seco y ventilado con
separación para los dos sexos…
Pero, en este último artículo, también
se señalaba que los esclavos debían
concentrarse en un inmueble, de manera
que pudiesen “…quedar todos en la noche
bajo llave”.
Como consecuencia de ello, las
reacciones de los esclavos y de algunos
plantócratas no se hicieron esperar; ya
en la década de 1830 no habían sido
pocos los motines causados por la
implantación de los barracones. Por su
parte, José Montalvo y Castillo, dueño
de varios ingenios en el occidente del
país, consideraba excesivo que un hombre
forzado al trabajo diurno debiera ser
encerrado en la noche, comunicándoselo
de esta manera al Capitán General en
carta fechada el 15 de agosto de 1843;
en la cual, además, solicita el
consentimiento de éste para mantener el
sistema de bohíos empleado hasta el
momento por él. El Marqués de Campo
Florido, dueño también de varias fincas,
coincidía con Montalvo, y apuntaba que
no por tener bohíos en sus fincas deja
de ejercer una estricta vigilancia en
ellas, en las cuales los esclavos vivían
en familias y amaban como una propiedad
inviolable.
Por su parte, el Capitán General,
preocupado por esta situación, consulta
lo estipulado en el reglamento con don
Domingo Aldama, y este, entre otras
muchas cuestiones, le refiere que está
convencido “de que ningún perjuicio
reporta el dueño con hacerlos vivir por
familias, en bohíos o piezas separadas”,
señalándole que él así lo hace e
hizo siempre.
La construcción de las nuevas
“cárceles”, sin dudas aminoró las
rebeliones y las fugas, pero en modo
alguno las eliminó. Qué mejor ejemplo
que los alzamientos que se sucedieron a
lo largo de 1843 en los ingenios
Alcancía, La Luisa, La Trinidad, Las
Nieves, La Aurora, Triunvirato y Ácana;
plantaciones que se caracterizaban por
sus vastos barracones de patio y que
formaron parte de la llamada
Conspiración de La Escalera. Además, los
esclavos continuaron fugándose en la
noche y escapándose hacia las tabernas
cercanas, donde bebían aguardiente o
vendían productos propios o robados.
Con posterioridad a estos violentos
años, no dudamos que muchos hacendados
hayan optado por garantizar su
seguridad, construyendo grandes
estructuras carcelarias; pero hasta qué
punto pudo haber ocurrido esto. Por
solamente citar un ejemplo, la gran zona
azucarera occidental de Cárdenas poseía
221 ingenios en 1852, pero únicamente en
98 de ellos los esclavos vivían en
barracones y de estos, solamente 73
estaban construidos de mampostería;
por lo tanto, el 60 % de los negros
continuaron habitando en bohíos. Si
bien, este sistema carcelario se
implanta, fundamentalmente, en las
grandes industrias de la llanura
Habana-Matanzas, no en todas ellas se
llevó a cabo su aplicación.
En 1857, ve la luz un libro de vital
importancia para el conocimiento de
nuestras industrias azucareras del siglo
XIX. Esta edición de lujo de Los
Ingenios: Colección de vistas de los
principales ingenios de azúcar de la
Isla de Cuba, redactado por Justo Germán
Cantero —Gentil Hombre de Cámara de Su
Majestad y Alférez Real de Trinidad— e
ilustrado por el dibujante y litógrafo
Eduardo Laplante, nos muestra en
excelentes imágenes una crónica
fehaciente de estos grandes colosos. Se
puede corroborar que en algunos de estos
gigantes como San José (a) La Angosta,
Intrépido, La Amistad, Manaca Iznaga,
Buena Vista y Güinía de Soto, se podían
observar poblados de bohíos que
albergaban numerosas dotaciones de
esclavos, los necesarios para alcanzar
las producciones de dichas plantaciones.
Por lo tanto, no todos los grandes
colosos modernizaron las viviendas de
sus negros a la par de las maquinarias.
La mayoría de los autores consideran que
la fórmula era muy sencilla: grandes y
modernas máquinas = grandes y modernos
barracones; sin embargo, ya hemos visto
que algunos de los grandes y modernos
colosos azucareros de mediados del XIX
no poseían barracones, sino casuchas
para los esclavos. Anselmo Suárez y
Romero, en su Colección de Artículos
publicada en 1859, brevemente nos acerca
a esta temática: “En algunas fincas los
hay [los bohíos] de mampostería y tejas,
mas ahí no ha dominado seguramente otro
móvil que el lujo o el tener más sujetos
a los esclavos, porque en general, si
los hacendados hacen tan grandes y
costosas las demás fábricas, no sucede
lo mismo con los bohíos (…); y menos
buscan albañiles y carpinteros que los
fabriquen,…”.
Y es que hay que tener muy en cuenta
también, que no todos los hacendados
poseían capital destinado al “bienestar”
de su dotación, o no prestaban la debida
importancia a las viviendas de la misma;
un barracón de nave podía llegar a
costar 10 000 pesos y uno de patio 25
000. Por lo tanto, en muchos casos, la
fórmula nunca funcionó.
En 1861, Álvaro Reynoso aconseja
sabiamente a los hacendados cubanos a
que volvieran al sistema de bohíos pero,
propone además, “cercar todo el pueblo
(…) con una gran muralla”, aunque
personalmente estimaba que esta
precaución no era necesaria.
Juan Pérez de La Riva afirma que “en el
barrio negro, los bohíos no estuvieron
nunca cerrados, porque no había
posibilidad técnica de cerrarlos,
tendrían que ser demasiado grandes las
cercas”;
sin embargo, al menos, una
plantación funcionó con este sistema: el
cafetal Santa Ana de Biajacas. Esta
hacienda se encontraba ya bien
establecida en 1822, con una dotación de
102 esclavos,
siendo propiedad del presbítero don
Ignacio O´Farrill; por lo que también se
le conoce con el nombre de El Padre. Se
encuentra alejado 11 Km. del pueblo de
Madruga y se ubica sobre una de las
elevaciones del sistema montañoso
Bejucal-Madruga-Coliseo. En las campañas
arqueológicas efectuadas hasta el
momento se han podido rescatar más de 11
000 artefactos dentro del área del
barracón, y 93 huellas de postes, siendo
estas, según su diámetro, forma y
profundidad, utilizadas para diferentes
funciones. Las mayores fueron,
seguramente, utilizadas para colocar los
postes esquineros que se necesitaban en
la construcción de los bohíos. Según la
información documental hallada, existían
un total de 45 de éstos, “de embarrado
y guano dentro de un cercado de
mampostería”, para una dotación de 77
esclavos (1839).
Este cercado posee 3.35 m de altura y
actualmente puede apreciarse el buen
estado de conservación en que se ha
mantenido desde su construcción.
La descripción citada corresponde con
una tasación perteneciente a la
testamentaría del propietario, escrita
22 años antes de que Reynoso lanzara su
propuesta, aunque estamos completamente
seguros que este cercado existía desde
mucho antes. Es posible que futuras
exploraciones y excavaciones
arqueológicas nos develen una muestra
más amplia de este tipo de
construcciones, pues hasta el momento
este es el único caso conocido en Cuba.
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 |
Reynoso nos cuenta también, con el
objeto de apoyar su propuesta, que en
los bohíos viven los esclavos con gran
comodidad y holgura, rodeados de todos
los objetos necesarios para su
existencia, y que “en todas las fincas
del señor O´Farrill se ha mantenido este
orden y no por eso se ejerce una policía
menos severa”.
Este dato es muy interesante pues, a
cuál de los O´Farrill pudo haberse
estado refiriendo en 1861? Sin duda, no
a Ignacio O´Farrill, ya que este muere
en 1842 y el cafetal rápidamente deja de
funcionar; por lo que tenemos otra
evidencia de la existencia de bohíos en
plantaciones que se encontraban
produciendo en una fecha tan tardía.
Se puede observar también como algunas
plantaciones, además de las existentes
en la Sierra del Rosario, combinaron
barracones y bohíos, como en el caso del
cafetal Santa Brígida, ubicado dentro de
la zona madrugueña. En una tasación
correspondiente a 1860, se describe “un
barracón de mampostería y tejas de
veinte y cinco varas de frente y cinco
de fondo”.
Por lo que se puede observar aún
hoy, esta estructura poseía un tabique
divisorio en el centro, quizás con el
objetivo de fraccionar la dotación —que
por entonces era de 22 negros—,
separando las mujeres y los hombres en
las horas de descanso. Sin embargo,
solamente los solteros habitaban en este
recinto, pues los casados vivían en
bohíos.
En las áreas villaclareñas predominó la
utilización de barracones, sobre todo en
las zonas de Sagua La Grande y Remedios.
Hacia 1846 se encontraban moliendo 71
ingenios en Cienfuegos, los que se
nuclearon alrededor de las tierras que
irrigaban los ríos Damují, Salado,
Arimao y Caonao.
Estudios aislados sobre las ruinas que
pertenecieron a algunas de estas
plantaciones y que aún sobreviven nos
referencian la presencia de barracones
de patio y nave en las llamadas
Carolina, Dos Hermanos, Manuelita y
Caridad;
sin embargo, parece no haber sucedido
igual en los ingenios Soledad,
Hormiguero, Portugalete, Caracas y San
Agustín, pues éstos nunca tuvieron
barracones.
Coincidentemente, Samuel Hazard nos ha
dejado una excelente descripción de una
hacienda llamada Carolina —la que no
necesariamente tiene que ser la ya
mencionada—, situada cerca de la ciudad,
la que tenía fama de ser una de las
mejores administrada de Cuba. Pertenecía
a H. Stewart, natural de Filadelfia y
era muy notable por las viviendas que se
construyeron para la dotación de 500
esclavos. Estos vivían en una especie de
poblado modelo, con casitas de piedra,
“todas dispuestas en orden limpio y
atractivo”.
En el año 1800, los ingenios
trinitarios, ubicados en el llamado
Valle de los Ingenios, contaban ya con
12 000 brazos,
cifra que se refleja en las producciones
alcanzadas en la primera mitad del siglo
XIX. En 1803, varias de estas industrias
poseían dotaciones que sobrepasaban los
100 negros,
y durante las cinco décadas venideras la
cantidad de trabajadores en el
territorio se mantiene por encima de los
10 000, solamente superada —en la región
central— hacia 1861, por los 19 150
siervos que laboraban en la jurisdicción
de Sagua La Grande,
fecha en que la producción trinitaria
había descendido considerablemente.
En opinión de Juan Pérez de La Riva, “En
1855, (…), los principales ingenios de
la región Habana-Matanzas, de Trinidad,
Remedios y Sagua tienen barracones de
patio recién construidos o en vías de
construcción”;
sin embargo, curiosamente en la zona
azucarera de Trinidad no se han hallado
vestigios de este tipo de estructura, y
algunos de los dueños de los grandes
colosos que allí molieron mantuvieron la
costumbre de permitir a sus esclavos
vivir en pequeñas casas de embarrado y
tejas.
En 1854, el ingenio Manaca-Iznaga llega
a poseer 424 esclavos, los que habitaban
en 51 ranchos.
Justo Germán Cantero lo consideraba como
uno de los grandes productores de azúcar
de Cuba, dejándonos la siguiente
descripción de los ranchos donde vivían
los trabajadores: “Las habitaciones de
los negros son de mampostería y teja,
formando cuatro calles, y se componen de
sala, comedor, aposento, recámara y un
portal al frente de sus respectivas
calles”.
|
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Por su parte, el ingenio Guáimaro fue
una plantación fomentada en la década de
1780, logrando en 1827 la mayor zafra
del mundo: 943 toneladas de azúcar
mascabado y purgado,
Esta plantación llega a tener en 1830
una dotación de 300 esclavos hombres.
En un plano realizado en el año 1857,
aparece representado este ingenio con un
poblado de esclavos, que al igual que en
Manaca-Iznaga, fue levantado de
embarrado y guano, pero situado en la
ladera de la loma que servía de base a
la gran casa de vivienda. Tanto el
agrimensor Francisco Lavallee (183?),
como Francisco Laplante (1857),
reflejaron en su obra al ingenio
Guáimaro. En ambas representaciones se
pueden observar perfectamente los bohíos
de los esclavos, ubicados ordenadamente
al pie de la loma, “situados en terreno
alto y seco, aseados y cómodos”; fueron
levantados 32 de ellos y, al igual que
los de Manaca-Iznaga, fueron construidos
de mampostería y tejas.
En el Güinía de Soto vivían también los
esclavos, que por entonces llegaban a
400, en “ranchos sólidos, de
mampostería y teja,…”;
así como en el Magua, el cual en 1798
poseía ya 102 esclavos en la dotación,
llegando a poseer 320 en el año 1830.
San Pablo de Las Lajas fue otro de los
ingenios donde se implantó el rancho
para los esclavos. En 1843 se estaba
reedificando el poblado “de mampostería
y teja en el mismo orden en que ha sido
planteado”.
En este ingenio no solo vivían los
negros en ranchos hasta la mitad del
siglo XIX, sino que se reconstruyeron
para mejorar sus condiciones de
vivienda.
|
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Se han podido encontrar numerosos de
estos poblados en planos realizados
durante el siglo XIX en la región
trinitaria, pero sin duda alguna, el
mapa más significativo y el que más
información de esta índole nos ha
aportado, fue el realizado por Julio
Sagebien y Delgado en 1855, el cual
representa aquellas plantaciones que se
ubicaban en áreas cercanas al lugar
donde se construiría la vía férrea que
atravesaría todo el valle. Este “Plano y
perfil del Ferro-Carril proyectado entre
Trinidad y S. Espíritu” nos muestra un
potrero y 22 haciendas azucareras, en 20
de las cuales son representados los
poblados de bohíos destinados a los
negros esclavos.
Reflexiones finales
El establecimiento de la vivienda
esclava en nuestro país fue mucho más
complejo de lo que hoy imaginamos, y
debemos tener presente que cada
plantación constituía un complejo
autónomo, con sus propias costumbres,
reglas y disposiciones,
independientemente de los reglamentos
establecidos por el gobierno colonial.
En los primeros doscientos años de
desarrollo industrial, en los cuales se
fomentaron no pocas plantaciones
esclavistas en Cuba, la ubicación de los
poblados fue muy sencilla, pues los
ranchos eran colocados, si bien en zonas
predeterminadas por los dueños, donde el
esclavo estimara mejor dentro de ellas.
Al parecer, estas construcciones se
levantaban sin organización alguna,
quizá por su reducido número, pues las
dotaciones eran considerablemente
pequeñas en comparación con las que se
aprecian a partir del último cuarto del
siglo XVIII.
A partir de entonces, los poblados
necesitarían organizarse, pues la
mayoría de los complejos, sobre todo los
azucareros, se amplían y modifican con
la finalidad de aumentar sus
producciones. El entorno jugó un papel
fundamental en la ubicación de los
bohíos, sobre todo en los cafetales,
muchas veces situados en zonas
montañosas y accidentadas, haciendo que
el diseño de la plantación tuviera que
adaptarse a la topografía del terreno.
En la mayoría de los casos, los esclavos
llevaban siempre la peor parte, y sus
viviendas eran situadas, hayan sido
bohíos o barracones, en las áreas de
peores condiciones. Es probable que el
factor topográfico contribuyera, de
manera considerable, a la implantación
de bohíos y no de barracones.
Casi siempre, las habitaciones de los
esclavos se levantaban muy cercanas a
las zonas fabriles, de esta manera se
trasladaban a éstas mucho más rápido y,
por supuesto, no necesitaban desfilar
por los alrededores de la casa de
vivienda.
Mucho influyó también el status
económico de los hacendados y el interés
que estos mostraban por las condiciones
en que vivían sus trabajadores, pues
cuando no se tenía el suficiente dinero
era imposible remodelar construcción
alguna; pero a menudo se mejoraban los
inmuebles pertenecientes a la
plantación, exceptuando las habitaciones
de los esclavos.
No son pocos los plantócratas de las
regiones occidental y central que
optaron por el barracón como medida
preventiva contra fugas y alzamientos,
pero muchos permitieron que sus esclavos
vivieran en pequeñas casas junto a sus
familias. Todo parece indicar que el
elevado número de esclavos presentes en
las dotaciones no constituyó un factor
decisivo en la construcción de naves o
barracones de patio, como no lo fueron
tampoco las disposiciones del gobierno
colonial en la década del ´40 del siglo
XIX. Los esclavos continuaron habitando
en casuchas, bohíos o ranchos —estas
construcciones se pueden encontrar en la
bibliografía bajo estas tres
denominaciones—, con el paso de los
años, el barracón dejó de tener sentido
hasta convertirse en algo obsoleto.
Por lo tanto, es muy probable que los
bohíos, como vivienda esclava, hayan
predominado a lo largo de todo el
territorio nacional; fueron las
construcciones que menos resistieron el
intemperismo, y por consiguiente, el
paso del tiempo. No obstante, falta
mucho camino por andar y solamente
futuras exploraciones e investigaciones
arqueológicas a lo largo de la isla
dirán la última palabra sobre este tema.
Bibliografía
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Nacional de Cuba
-
Escribanía de
Barreto. -
Escribanía de
Galletti.
-
Escribanía de
Nuño. - Escribanía de
Varios.
-
Gobierno Superior
Civil. - Mapas y Planos.
Fondos del Archivo
Histórico de Trinidad
-
Antigua Anotaduría de
Hipoteca. - Escribanía de
Orizondo, Joaquín.
-
Escribanía de Piedra,
José Mariano. - Escribanía de
Villafuerte, Cipriano.
-
Familia Iznaga (fondo no
procesado). - Notaría de Aparicio,
Manuel Néstor.
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y artículos
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los colonos franceses en la Sierra
Maestra”, en Revista de la Junta
Nacional de Arqueología y Etnología,
(separata), Imprenta “El Siglo XX”, La
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Suárez, A.
(1974): “Ingenios”, en Artículos de
costumbres cubanas del siglo XIX,
Editorial Arte y Literatura, La Habana.
A.N.C.: Gobierno Superior Civil,
leg. 871, exp. 29460, año 1822.
A.N.C.: Escribanía de Galletti,
leg. 245, No. 1,
1838-1839, s/p.
Álvaro Reynoso: Ob. cit., p. 61.
A.N.C.: Escribanía de Barreto,
leg. 107, No. 9.
Gabino de la Rosa Corzo; Com.
per., 2004.
Lilia Marín Brito: “Los
barracones de los esclavos en la
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Islas, pp. 77.
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Cienfuegos (período colonial),
anexos 13 y 14.
S. Hazard: “Haciendas e ingenios
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p. 479.
Carmen Alfonso Hernández:
Trinidad. Historia, leyendas y
algo más, p. 45.
Manuel Moreno: Ob. cit., p. 142.
Los Censos de población y
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en Último escalón alcanzado
por la plantación comercial
azucarera esclavista (1827-1886),
p. 57.
Ob. Cit., p. 26.
A.H.T.: Familia Iznaga,
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Tasación de 1854.
Justo G. Cantero: Los
ingenios. Colección de vistas de
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azúcar de la Isla de Cuba,
s/p.
Manuel Moreno: Ob. cit., p. 142.
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s/p.
Ibídem.
Sin referencia de archivo, en
Historia de Trinidad, p. 76.
A.H.T.: Escribanía Joaquín
Orizondo, esc. del 24 de marzo
de 1830.
A.H.T.: Notaría Manuel Néstor
Aparicio, T. II, fol. 733-741v,
18 de noviembre de 1843.
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