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Un fenómeno se nos encima imponiéndonos
esfuerzos colosales; indistintamente y
sin llegar a acuerdos conclusivos, los
teóricos le denominan “globalización o
mundialización”. En un instante de
tensas contradicciones entre las
potencias hegemónicas, entre los países
del llamado ‘Tercer Mundo’ y mucho más
ostensiblemente entre los primeros y los
últimos, la panorámica del proceso en
ciernes trasluce la urdimbre de las
relaciones internacionales en el siglo
XXI.
Insertos en un mundo unipolar solo
criterios avalados con firmes postulados
de identidad y que tengan la suficiente
ductilidad de adecuarse a los retos
actuales, nos permitirán sobrevivir. La
“globalización”, es algo más que la
simple concentración y centralización
del capital, es un fenómeno nuevo de la
expansión capitalista. El propio empleo
del nombre intenta hacernos creer que
estamos ante fuerzas “incontrolables”,
“globales”, capaces de paralizar
nuestras iniciativas autóctonas; este
sello trata de restar toda oposición y
aprovecharlo a la hora de insertarnos en
la “aldea global”, sin atender a
nuestras identidades.
Por otra parte, un grupo de teóricos
intentan minimizar nuestra visión de los
traumas que implementaría un mundo
“globalizado”. Para Paul Hirst y
Grahanme Thompson la “globalización” es
simplemente un mito, es la disculpa
generalizada ante todos los problemas
que ocurren en nuestros países. Lo
actual, según ellos, es un sencillo
cambio de nomenclatura para “la
integración”, dentro de la propia
existencia del capitalismo. No es así,
pues se intentan cambios radicales en
las estructuras económicas que conocemos
y hasta se ha llegado a pensar en un
poder supranacional, pero tomemos solo
como base este elemento ingenuo, “un
nuevo tipo de ‘integración’”.
Una inicial agrupación de nuestros
pueblos en América Latina se produjo,
sin proponérselo, con la espada y el
arcabuz, por los hombres de la
Conquista. De este primer conglomerado
integrador que pronto entró en
desavenencias con su metrópoli surgen
los hombres de la independencia, quienes
puntualizan: “nosotros, que apenas
conservamos vestigios de lo que otro
tiempo fue, [...] no somos ni indios ni
europeos, sino una especie media entre
los legítimos propietarios del país y
los usurpadores españoles”.
Cualquier repaso a nuestra integración
continental nos remite al discurso
independentista. Con un sentimiento de
libertad se abrazaban los territorios
bajo el dominio español en el Nuevo
Mundo. Miranda sueña con la ‘Colombia
hispanoamericana’, O’Higgins aboga por
una ‘Federación de pueblos de América’,
Bernardo Moteagudo con la ‘Federación
general de Estados Hispanoamericanos’,
Juan Egaña, acota: “El día en que
América reunida [...], hable al resto de
la tierra, su voz se hará respetable, y
sus resoluciones difícilmente se
contradirán”.
En 1819 Bolívar funda Colombia, por esta
época eran sus aspiraciones: “ver formar
en América la más grande unión del
mundo, menos por su extensión y riqueza
que por su libertad y su gloria”.
El Congreso de Panamá fue la máxima
expresión de sus esfuerzos a favor de la
integración continental; sin embargo,
luego de la muerte del Libertador, su
obra colosal involucionó. A fines del
siglo XIX, el término “Panamericanismo”
es utilizado por The Evenig Post,
pero a favor de la campaña hacia la
primera Conferencia Panamericana de
Washington, en 1889. El carácter
estratégico afloraba consustancial a los
intereses del país anfitrión. Ese fue un
momento crucial para Martí como defensor
de lo que ha trascendido con el nombre
de Nuestra América.
Interrumpida por la conquista la obra
natural y majestuosa de la civilización
americana, se creó con el advenimiento
de los europeos un pueblo extraño, no
español, porque la savia nueva rechaza
el cuerpo viejo; no indígena, porque se
ha sufrido la injerencia de una
civilización devastadora, dos palabras
que, siendo un antagonismo, constituyen
un proceso; se creó un pueblo mestizo en
la forma, que con la reconquista de su
libertad, desenvuelve y restaura su alma
propia.
Conocedor de nuestras raíces lanzó su
defensa continental hacia una verdadera
integración; “La América ha de promover
todo lo que acerque a sus pueblos, y
abominar todo lo que los aparte”.
Una integración solidaria y sin
exclusiones es lo que propone, hurga en
la autoctonía, pues “La incapacidad no
está en el país naciente, que pide
formas que se le acomoden y grandeza
útil, sino en los que quieren regir
pueblos originales, […] con leyes
heredadas”.
Su estrategia encaminada a erigir la
“república nueva” toma un carácter
ético, defendiendo la autoctonía desde
posiciones nada chovinistas y
aquilatando con justeza las experiencias
de otros pueblos: “Injértese en nuestras
repúblicas el mundo”.
Sin embargo, por más que se han dado
pasos hacia una integración no se
solidifica y a inicios del nuevo milenio
ensombrecen los postulados de Julien
Freud: “El presente toma el aspecto de
una miseria y el porvenir de una
angustia porque el pasado se ha perdido”.
Los desafíos que encaramos brindan
actualidad a las propuestas martianas;
sus directrices sobre este particular
radican en cohesionar estrategias de
equilibrio en las relaciones
internacionales. Hoy que la esencia
hegemónica de la “globalización”
se impone inusitada. Debemos discernir
sobre las transformaciones que operan a
nivel de las mentalidades y en este
mundo unipolar, buscar fórmulas propias
a nuestra integración.
Pobreza y deterioro son en América
Latina las dos caras de la “moneda
global”. Ante este reto tenemos que
recordar la historia común y si nuestra
primera integración fue llevada a cabo
por la violencia de la conquista, y la
segunda puesta en marcha con las armas
de la independencia, la tercera y
definitiva debe basarse en nuestro
filial encuentro. Hoy es obligado buscar
una integración que sea el resultado del
proceso histórico generador de la utopía
iberoamericana, capaz de demostrar que
aún sigue siendo “la hora del recuento,
y de la marcha unida y hemos de andar en
cuadro apretado, como la plata en las
raíces de los Andes”.
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