Año VI
La Habana
2008

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“De cuando un corsario francés se apoderó
de La Habana en 1555”
Josefina Ortega • La Habana
 

“Este capitán se llamaba Jacques de Sores; era, según dicen, picardo o normando, grandísimo hereje luterano él, y todos los que con él venían, lo cual se parecía en las palabras que decían y obras que hacían. Porque, además de quemar los templos, se hallaron las imágenes acuchilladas (…), y robó la custodia y cálices, y de los ornamentos de la iglesia hicieron los soldados ropas y vestidos”. (De un informe enviado sobre estos sucesos por el cabildo de La Habana al rey de España).

Profusas son las historias llegadas a nuestros días de cuando corsarios y piratas desde los primeros tiempos de la conquista, aterrorizaron a los puertos del Caribe, y, muy en especial, al de La Habana, tenida entonces como la capital marina de América.

Aquellos eran los tiempos en que las flotas se reunían aquí, en ocasiones en espera de meses, acumulando los metales preciosos de las Indias que luego escoltarían a Madrid.

Personajes tan tristemente célebres como Jacques de Sores, Henry Morgan, o Francois Cleark, el mismísimo Pata de Palo, arribaron a nuestra tierra, unas veces, para emprender el ataque en busca de un fabuloso botín, y en otras, para efectuar el intercambio o simplemente en busca de un abrigo seguro.

Así lo contó en su interesante libro Piratas y corsarios en las costas de Cuba el escritor Francisco M. Mota, quien llegó a ser un acucioso

investigador del tema.  Muchos fueron los artículos periodísticos que publicó en nuestro país y también los apasionados al conocimiento de  la piratería a partir de entonces, entre los que me cuento.

Piratas y corsarios en las costas de Cuba me permitió profundizar en esta historia tan amplia y compleja, en la que se destaca el famoso ataque de Jacques de Sores a La Habana, aquel fatídico miércoles 10 de junio de 1555.

Un año antes, el corsario francés había saqueado a Santiago de Cuba. El asalto a San Cristóbal de La Habana sería el más trágico suceso.

Por esa época estaban en guerra los reyes de Francia y de España, así no es de extrañar que aquel desalmado sujeto se lanzara a la toma de una de las más codiciadas plazas de América.

Cierto es que La Habana no era todavía la capital oficial de la Isla, pero por razón de su estratégica importancia como centro de reunión de las flotas, el gobernador había establecido en ella su lugar de residencia.

La población había crecido en algo y la ciudad había mejorado, pero aún necesitaba de un adecuado sistema de fortificaciones apto para su defensa así como también de una tropa profesional, pues los propios vecinos eran entonces los responsabilizados de su custodia.

Tal era la situación que ofrecía La Habana cuando Jacques de Sores y sus hombres se presentan, “en 10 días de julio, miércoles, antes que saliera el sol, y la vela del Morro alce bandera y haga señal de que aparecía navío y la fortaleza disparó un tiro, al cual el gobernador cabalgó y salió a la playa”.

Pero nada, mucho ruido y pocas nueces. El gobernador en cuestión, el doctor Gonzalo Pérez de Angulo, en lugar de organizar la defensa de la villa como era su obligación, pone pies en polvorosa y huye hacia Guanabacoa acompañado de su familia y de algunos vecinos prominentes, sin dejar atrás sus más preciados bienes.

Así, en media hora, el francés se apodera de la ciudad, salvo la primitiva fortaleza, que sostiene heroicamente la defensa bajo el mando de su alcaide Juan de Lobera, quien con apenas 16 hombres, entre ellos blancos, indios y negros, enfrenta “a los más de doscientos arcabuceros, armados los más de petos y de cascos”.

En realidad, poco puede hacer el valiente soldado ante el empuje de los agresores y el desamparo del lugar.

De madrugada, el corsario amenaza a los defensores que si no se entregan antes del amanecer, serán todos muertos. Lobera se ve obligado a pactar “con la condición de que guardase la honra de cinco o seis mujeres que se habían acogido a la fortaleza y otorgase la vida a él y a las demás gentes”.

Entregada la guarnición, Jacques de Sores reclama su rescate: 30 mil pesos, 100 cargas de pan y 200 arrobas de carne.

Entretanto, el cobarde gobernador Pérez de Angulo retrasa el pago ofreciendo una suma irrisoria.

En este tira y encoje el agresor responde “que no pensaba que había locos sino en Francia, y que si no entregaban lo que él había pedido abrasaría la tierra y mataría a los prisioneros”.

Con estas largas, Pérez de Angulo, ya repuesto un poco del susto,  intenta sorprender a los franceses mientras duermen, pero estos rechazan el contraataque que, se dice costó a los piratas algunos muertos y el mismo Sores salió levemente herido en el pecho, “de un bote de lanza que un negro le dio”.

Según cuenta Francisco M. Mota: “Cuando los españoles se retiraron, Jacques de Sores hizo matar a los rehenes que tenía bajo custodia y a unos cuantos españoles más que había aprisionado después. Solamente respetó la vida de Juan de Lobera por el comportamiento heroico que le reconocía.

“Como los vecinos siguieran escatimando el rescate pedido el 28 de julio, Sores mandó poner fuego a todo el pueblo, y quemó con alquitrán y brea las casas de piedra y teja, sin exceptuar iglesias ni hospitales”.

“De tal manera fue el fuego, que se abrasó todo, sin quedar en él casa cubierta, si no fueron las paredes de la iglesia nueva y el hospital y la tapicería de algunas casas.

“Asoló las estancias de los alrededores, e hizo algunos prisioneros nuevos, por lo que volvió a reclamar rescate. Y no habiéndolo conseguido a tiempo, ahorcó a los negros esclavos antes de hacerse a la vela.  (…) Esto sucedió el cuatro de agosto, cuando se acercaba al mes el tiempo que el francés había sido dueño de La Habana.”

Tales hechos tuvieron una particular importancia en la historia de Cuba. En especial, porque las diferentes conductas del gobernador Pérez de Angulo y la del alcaide Juan de Lobera, marcaron el contraste de actitudes y pasiones entre los vecinos “del lugar” y un comisionado del rey extraño a la suerte de la villa.

Se asegura que después del asalto de Jacques de Sores la ciudad quedó tan desolada que durante un mes fue pasto de los aventureros, puerto franco a toda la piratería y el corso del Caribe.

Los vecinos quedaban en la miseria y blasfemando del corsario francés y de su pusilánime gobernador, quien, por cierto, fue el último letrado en el cargo, que a partir de entonces, fue ocupado por militares, procedimiento que se inició con Diego de Mazariegos, nombrado en 1556.

 

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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
La Habana, Cuba. 2008.
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