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“Este capitán se llamaba
Jacques de Sores; era, según dicen,
picardo o normando, grandísimo hereje
luterano él, y todos los que con él
venían, lo cual se parecía en las
palabras que decían y obras que hacían.
Porque, además de quemar los templos, se
hallaron las imágenes acuchilladas (…),
y robó la custodia y cálices, y de los
ornamentos de la iglesia hicieron los
soldados ropas y vestidos”. (De un
informe enviado sobre estos sucesos por
el cabildo de La Habana al rey de
España).
Profusas son las historias llegadas a
nuestros días de cuando corsarios y
piratas desde los primeros tiempos de la
conquista, aterrorizaron a los puertos
del Caribe, y, muy en especial, al de La
Habana, tenida entonces como la capital
marina de América.
Aquellos eran los tiempos en que las
flotas se reunían aquí, en ocasiones en
espera de meses, acumulando los metales
preciosos de las Indias que luego
escoltarían a Madrid.
Personajes tan tristemente célebres como
Jacques de Sores, Henry Morgan, o
Francois Cleark, el mismísimo Pata de
Palo, arribaron a nuestra tierra, unas
veces, para emprender el ataque en busca
de un fabuloso botín, y en otras, para
efectuar el intercambio o simplemente en
busca de un abrigo seguro.
Así
lo contó en su interesante libro
Piratas y corsarios en las costas de
Cuba el escritor Francisco M. Mota,
quien llegó a ser un acucioso
investigador del tema. Muchos fueron
los artículos periodísticos que publicó
en nuestro país y también los
apasionados al conocimiento de la
piratería a partir de entonces, entre
los que me cuento.
Piratas y corsarios en las costas de
Cuba
me permitió profundizar en esta historia
tan amplia y compleja, en la que se
destaca el famoso ataque de Jacques de
Sores a La Habana, aquel fatídico
miércoles 10 de junio de 1555.
Un
año antes, el corsario francés había
saqueado a Santiago de Cuba. El asalto a
San Cristóbal de La Habana sería el más
trágico suceso.
Por
esa época estaban en guerra los reyes de
Francia y de España, así no es de
extrañar que aquel desalmado sujeto se
lanzara a la toma de una de las más
codiciadas plazas de América.
Cierto es que La Habana no era todavía
la capital oficial de la Isla, pero por
razón de su estratégica importancia como
centro de reunión de las flotas, el
gobernador había establecido en ella su
lugar de residencia.
La
población había crecido en algo y la
ciudad había mejorado, pero aún
necesitaba de un adecuado sistema de
fortificaciones apto para su defensa así
como también de una tropa profesional,
pues los propios vecinos eran entonces
los responsabilizados de su custodia.
Tal
era la situación que ofrecía La Habana
cuando Jacques de Sores y sus hombres se
presentan, “en 10 días de julio,
miércoles, antes que saliera el sol, y
la vela del Morro alce bandera y haga
señal de que aparecía navío y la
fortaleza disparó un tiro, al cual el
gobernador cabalgó y salió a la playa”.
Pero
nada, mucho ruido y pocas nueces. El
gobernador en cuestión, el doctor
Gonzalo Pérez de Angulo, en lugar de
organizar la defensa de la villa como
era su obligación, pone pies en
polvorosa y huye hacia Guanabacoa
acompañado de su familia y de algunos
vecinos prominentes, sin dejar atrás sus
más preciados bienes.
Así,
en media hora, el francés se apodera de
la ciudad, salvo la primitiva fortaleza,
que sostiene heroicamente la defensa
bajo el mando de su alcaide Juan de
Lobera, quien con apenas 16 hombres,
entre ellos blancos, indios y negros,
enfrenta “a los más de doscientos
arcabuceros, armados los más de petos y
de cascos”.
En
realidad, poco puede hacer el valiente
soldado ante el empuje de los agresores
y el desamparo del lugar.
De
madrugada, el corsario amenaza a los
defensores que si no se entregan antes
del amanecer, serán todos muertos.
Lobera se ve obligado a pactar “con la
condición de que guardase la honra de
cinco o seis mujeres que se habían
acogido a la fortaleza y otorgase la
vida a él y a las demás gentes”.
Entregada la guarnición, Jacques de
Sores reclama su rescate: 30 mil pesos,
100 cargas de pan y 200 arrobas de
carne.
Entretanto, el cobarde gobernador Pérez
de Angulo retrasa el pago ofreciendo una
suma irrisoria.
En
este tira y encoje el agresor responde
“que no pensaba que había locos sino en
Francia, y que si no entregaban lo que
él había pedido abrasaría la tierra y
mataría a los prisioneros”.
Con
estas largas, Pérez de Angulo, ya
repuesto un poco del susto, intenta
sorprender a los franceses mientras
duermen, pero estos rechazan el
contraataque que, se dice costó a los
piratas algunos muertos y el mismo Sores
salió levemente herido en el pecho, “de
un bote de lanza que un negro le dio”.
Según
cuenta Francisco M. Mota: “Cuando los
españoles se retiraron, Jacques de Sores
hizo matar a los rehenes que tenía bajo
custodia y a unos cuantos españoles más
que había aprisionado después. Solamente
respetó la vida de Juan de Lobera por el
comportamiento heroico que le reconocía.
“Como
los vecinos siguieran escatimando el
rescate pedido el 28 de julio, Sores
mandó poner fuego a todo el pueblo, y
quemó con alquitrán y brea las casas de
piedra y teja, sin exceptuar iglesias ni
hospitales”.
“De
tal manera fue el fuego, que se abrasó
todo, sin quedar en él casa cubierta, si
no fueron las paredes de la iglesia
nueva y el hospital y la tapicería de
algunas casas.
“Asoló las estancias de los alrededores,
e hizo algunos prisioneros nuevos, por
lo que volvió a reclamar rescate. Y no
habiéndolo conseguido a tiempo, ahorcó a
los negros esclavos antes de hacerse a
la vela. (…) Esto sucedió el cuatro de
agosto, cuando se acercaba al mes el
tiempo que el francés había sido dueño
de La Habana.”
Tales
hechos tuvieron una particular
importancia en la historia de Cuba. En
especial, porque las diferentes
conductas del gobernador Pérez de Angulo
y la del alcaide Juan de Lobera,
marcaron el contraste de actitudes y
pasiones entre los vecinos “del lugar” y
un comisionado del rey extraño a la
suerte de la villa.
Se
asegura que después del asalto de
Jacques de Sores la ciudad quedó tan
desolada que durante un mes fue pasto de
los aventureros, puerto franco a toda la
piratería y el corso del Caribe.
Los
vecinos quedaban en la miseria y
blasfemando del corsario francés y de su
pusilánime gobernador, quien, por
cierto, fue el último letrado en el
cargo, que a partir de entonces, fue
ocupado por militares, procedimiento que
se inició con Diego de Mazariegos,
nombrado en 1556. |