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Un
alegrón estar aquí, no sé si lo merezco.
Siempre habrá otros para hablar del
libro, del portento del libro, del
futuro del libro, esa especie de
arcángel que vino del papiro y que ya
empieza a ser proscrito del planeta por
obra de la hibridez, la malversación del
pensamiento, de la plata y la muerte.
Usura, usura, caos tecnolátrico,
globalización. Áspera conjetura, una vez
hubo libros, empresas temerarias de
renombre a todo vuelo, en todos los
idiomas, casas editoras de máximo
prestigio en Buenos Aires, en México, en
Madrid, en París. Ahora revenden su
destello, se comen, se devoran entre sí
en la era convulsa de los lagartos
venenosos.
Libro, ¿qué será libro?, ya no queda:
ese es el vaticinio amenazante en las
próximas décadas cuando el pantallazo
informático lo haya consumado todo.
Una
vez hubo Alejandría, Pérgamo, ya no
quedan, pero eso fue ejercicio de las
llamas.
Divertido todo, y pavoroso, como la vida
misma. Ya no queda, o no va quedando, y
no es nostalgia de perdedor. ¿Exterminio
o relevo?, esa más bien es la pregunta.
Moraleja, oyentes míos, no le tengan
miedo al miedo, lean, sigan leyendo
hasta el amanecer, hasta que se les
reseque el seso sigan, sigan leyendo,
apréndanle a ese flaco prodigioso, que
prefirió volverse loco leyendo y
releyendo, y lo dio todo por la
caballería, la nariz y el “celebro”,
como decía él. Personalmente yo soy
libro y vivo libro, su aroma, su frescor
y su sabor, su zumbido precioso, su
secreto.
¿A la
basura entonces el pantallazo vil? No me
crean tanta perplejidad. Feria del libro
para qué, no, no me crean. No soy ave de
mal augurio. Soy loco pero eso es otra
cosa. Por último los empresarios del
libro que se coman entre ellos, los de
allí, los de allá. Que se lo coman todo
y acabemos, como rió César Vallejo.
Hablando del poeta César Vallejo, el más
grande poeta del idioma, de Darío para
acá, esta conversación a todo sol debió
haber entrado por ahí, ¿no les parece?
Pues la Patria Grande de Simón Rodríguez
—maestro de Bolívar—, esa Patria Grande
que nos dijo también Martí, nos exige
nacer y renacer los unos de los otros en
una dinastía de galaxias. Lezama,
Carpentier, por decir dos estrellas, dos
sistemas imaginarios únicos en su luz,
gente grande como Cervantes, Góngora,
Quevedo, paridos aquí, dos resurrectos
de esos que no mueren. Los poetas no
mueren, quedan encantados.
Octubre del 59, me parece estar viéndolo
al Carpentier: —“No te vine a invitar,
hombre, te vine a llevar. En dos semanas
más nos juntamos todos los escritores
allá abajo en América del Sur. América
es la casa”. “Lo sé, me dijo Alejo: voy”
y fue. Coraje y sacrificio, fue hasta el
remoto Concepción de Chile. Allí nos
dijo el Mundo, dialogó, polemizó,
ventiló finísimo el gran juego de lo
real maravilloso, nos deslumbró hasta el
portento. Ahí tienen, dijo un minero de
esos de Lota que andaba por ahí, “¿no
querían oír a uno bueno? Ese sí que sabe
hablar en español”.
Por
su parte, Carpentier extendió una
alabanza impresionante sobre aquellos
grandes encuentros de escritores y
científicos que me tocó dirigir, al
compararlos con los de
la
Abadía
de Pontigny al cierre de la Primera
Guerra Mundial.
Como
nunca falta lo mísero y lo pintoresco,
tuve el honor de ser excomulgado de la
universidad aquella, cuando el rector de
dijo: “Ahora se va por querer
cubanizarnos. No vuelva más”. Otro
exilio, pensé yo.
A lo
mío otra vez: Nacemos y desnacemos pero
nos quedamos, ya se ve. Hablo de los
poetas, se me entiende —Alejo es un
poeta como Rulfo lo es—, de los que
fundan lo permanente como dijera
Hölderlin: “Was bleibt aber stiften die
Dichter”. Pero lo permanente, eso, lo
fundan los poetas, conforme a la versión
original.
Más
claro, y vamos viendo, ¿quién fundó
México para empezar a enumerar las
patrias destartaladas? ¿Algún virrey
peninsular, algún Emperador recién
llegado de París? ¿O los mayas que
inventaron el "cero" hará milenios, o
los aztecas, o los tarahumaras que
siguen siendo mis hermanos allá arriba
en Chihuahua? Porque yo soy de ahí y
tengo hambre de México como Buñuel o
como Artaud.
¿Y el
Perú, para seguir por la otra punta?,
¿otro virrey?, ¿o más bien el que fundó
al Perú fue Vallejo, ya dije, sin el
cual no anda el Mundo?, ¿o Jorge Eduardo
Eielson que se nos fue recientemente en
el 2006? (Por apurón, se nos habrá ido,
pienso). ¿Quién inventó al Perú?, ¿César
Moro?, ¿Adolfo Von Westphalen? ¿Nada más
los ríos profundos, los grandes ríos,
José María Arguedas?
O,
volviendo al gran México, que no termina
nunca, ¿qué haríamos sin Paz, sin
Octavio Paz que nos vio la suerte en el
laberinto de la soledad a escala de
Occidente? ¿Y Rulfo, qué haríamos sin
Rulfo y no me importa nada que no haya
escrito nunca un verso?, ¿y Sor Juana y
Alfonso Reyes, el de Monterrey?, ¿y
Ramón López Velarde?, ¿y todavía,
todavía?, ¿y algún Cardoza y Aragón que
no será de ahí pero sigue siendo?, ¿y
Elizondo?
Pampa
abajo por el Río de la Plata allá por la
mitad del XIX, ¿quién inventó el
surrealismo avant la lettre sino
ese loco de Lautréamont? A ver,
¿monsieur Breton, quien lo inventó, con
humor negro y todo, y dictado
automático?
¿Y
Darío, Darío, que dijo el fundamento
como nadie, desde Juan de la Cruz?,
¿quién se atrevió a llamarlo poeta de
segunda clase cuando su centenario?
¿Quién sino el aullido del rencor? ¿Y
Borges, Borges, primo de Macedonio el
grande?, ¿qué haríamos sin Borges, sin
El Aleph? ¿Y sin Lezama?, ¿qué?,
¿quién nos diría el Mundo, el caracol
del universo desde la inmensidad de un
rectángulo de agua?
Todo
ello sin insistir en los cronistas,
deslumbrantes precursores de Neftalí, de
Vicente, de Gabriela Mistral, con Nobel
o sin él, o de algún otro de cuyo nombre
no me acuerdo, o no quiero acordarme.
¡Esos
cronistas deslumbrantes del XVII y del
XVIII que dijeron los mares y las
cumbres de esta América hermosa, sin
excluir a los adivinos de ayer y a los
de hoy igualmente adivinos, pero sin
directorios telefónicos ni descaros
panópticos, ni figurones de ninguna
especie! Total, uno escribe 5 ó 6
poemas, a lo áspero y largo de su vida,
25 páginas como dijera Gottfried Benn,
¿quién ha leído a Gottfried Benn? Eso de
obras completas es cosa discutible, ¿no
les parece? Juan de Yepes hizo 17
poesías —ahora les dicen textos—, Rulfo
hizo 17 cuentos igual, fuera de
Pedro Páramo. México, México, el
otro México que somos todos, del Río
Grande hasta la Antártica. De ahí vino
el Granma aquella vez, de ahí
estará viniendo.
Nademos hondo en ese oleaje. ¿Usted cree
que es chileno por mistraliano?, ¿que es
argentino por borgiano, lezámico por
Paradiso o por Dador,
carpenteriano por El Reino de este
mundo, cree usted?, ¿que es peruano
por vallejiano, que es dariano por esa
curva preciosa, martiano por coraje y
por martirio, guimeraesrosiano por
fluminense, lautreamoniano por
montevideano, costino, andino por mero
azar; que vino en burro o a caballo
porque sí, paisano de paisanería de esas
patrias despedazadas, cree usted?
—No,
mi señor, usted anda con su México a
cuestas desde los grandes días
presurosos desde hace tres milenios, su
México en el seso y en el corazón, su
Perú, su Colombia, su Tiahuanaco airoso,
su Venezuela, su Brasil anchuroso, su
Chile parto de volcanes. Y sus islas,
sus islas, sus bellísimas islas. Esa
nariz siempre adivina de lo uno y lo
múltiple. Óigalo bien: América es la
casa.
Paro
aquí. Entro en las aguas de una vez.
Lafkenche como soy, sigo en lafkenche,
sigo en lafkenche la ventolera de decir
el mundo.
Desde
hace 90 años ando en las aguas, vivo de
ellas, muero de ellas: las amnióticas
ciegas —9 meses diez mil—, las mágicas a
lo largo de esas infancias que no
terminan nunca, las diamantinas, las
secretas —rigor y frenesí—, las obsesas,
las ásperas —cuadernas, chumaceras—, las
precipicias, las convulsas, todo ese río
en fin que somos todos y por lo visto el
mar que también somos todos. Me piden
que entre en el oleaje de la prosa
sesuda y diga qué es el agua, todas las
aguas. Que las diga de veras. No lo sé:
¿átomos o subátomos?, ¿materia diáfana?,
¿número pitagórico?, ¿impaciencia
memoriosa? Dos versos al azar de mi
Renata de Chihuahua única, la poeta más
bella que habré visto:
“Los
niños en el río
miden
el fondo de la transparencia”
¡Ella
y las aguas vaticinias, mi posesa! Las
habré visto sollozar, dormir, reír,
extasiarse, aquietarse, remecerse,
discurrir sigilosas Leufü abajo, gemir,
bailar, ir y más ir, ser este mismo que
es mi pensamiento parado en la roca de
la identidad. ¿Las habré visto
respirantemente? Difícil. Dicen que
viene el páramo y empezarán a retirarse
a corto plazo desde el viejo 2007. Que
ya viene el gran hueco. Confianza. Dios
quiere dioses, dice Novalis. En el
principio fueron las aguas y andamos
todavía en el principio.
Agua
libre libérrima, la habrán pintado los
maestros por ahí: un Homero, un Ovidio,
un Virgilio, un Catulo, y por qué no un
fenicio o algún cartaginés, o estos
otros nautas más próximos a nosotros: un
San Juan de la Cruz, Castilla adentro,
con murmurio (“aquella eterna fonte está
escondida”), un Baudelaire albatros, un
Conrad, un Hugó, un de repente Valéry
buzo del sol: ¡cementerio marino!,
un Celan subnadando Sena abajo, un Rilke
más hondo y torrencial que el mismo
Duino, un éxtasis de Duino, un
Lautréamont, un Pund más veneciano que
Venecia al que le puse aquella rosa en
ese mármol a un metro de Diaghilev. Aún
oigo el tableteo fresco de aquellas
aguas. ¡Lo único que nos queda de la
Roma imperial!
El
otro día me leí un verdadero libro
grande que me ventiló el seso, me lo
intenté leer a nado, trepidante: Dios
creó los números, el hombre todo lo
demás. Autor: Stephen Hawking, a
quien vi hará tres días allá abajo en
Valdivia por azar. Un verdadero príncipe
de las galaxias, ligeramente parapléjico
—tetrapléjico, me aclaran por aquí. Todo
se junta siempre. Parece poesía pero no
es poesía.
No
habré entendido nada o casi nada de
tanto y tanto número pero sí el ritmo,
¡el Ritmo! Si es que viene de lo más
alto de aquellas otras aguas invisibles.
Palinurus me salve, misterio y más
misterio.
¿Qué
entonces, señores, le voy a hacer? Así
se me dio siempre la poesía. Oscura pero
no confusa, si entenderla con
entendederas lúcidas. Y siempre me gustó
el aforismo del ítalo-argentino Antonio
Porchia: “La poesía se hace no
sabiéndola hacer.”
No
sabiéndola, pero eso sí sabiéndola
porque sin oficio, ¿cómo? Nunca fue la
palabra mero fulgor de iluminados y nada
más.
¿Quién dijo el mar entre nosotros?
¿Huidobro,
por ejemplo, en “Monumento al mar”?,
¿Neruda en “El fantasma del buque de
carga”?, ¿la Mistral en “Beber”, una
pequeña pieza cumbre de las que no hay
en español? Transcribamos sin
hermenéutica, esa ráfaga única, para que
se oiga y se reoiga 70 veces siete como
habrá que leer siempre la poesía alta.
Por puro encantamiento transcribámosla.
Son
cuatro movimientos casi músicos de
apariencia dispersa y, sin embargo,
urdidos en una sola trama enigmática a
contar de las dos líneas balbuceantes
del principio. Una tetravisión.
Cada
lector podrá elegir la que más le guste,
o todas si prefiere. Por mi parte, me
quedo con las dos cuerdas perplejas,
casi al cierre, que ni afirman ni
niegan:
“Será
esto la eternidad
que
aún estamos como estábamos”
Ni
Teresa la de Ávila lo dijera mejor.
BEBER
Recuerdo gestos de criaturas
y
son gestos de darme agua.
En el
valle de Río Blanco,
donde
nace el Aconcagua,
llegué a beber, salté a beber
en el
fuete de una cascada,
que
caía crinada y dura
y se
rompía yerta y blanca.
Pegué
mi boca al hervidero,
y me
quemaba el agua santa,
y
tres días sangró mi boca
de
aquel sorbo del Aconcagua.
En el
campo de Mitla, un día
de
cigarras, de sol, de marcha,
me
doblé a un pozo y vino un indio
a
sostenerme sobre el agua,
y mi
cabeza, como un fruto,
estaba dentro de sus palmas.
Bebía
yo lo que bebía,
que
era su cara con mi cara,
y en
un relámpago yo supe
carne
de Mitla ser mi casta.
En la
Isla de Puerto Rico,
a la
siesta de azul colmada,
mi
cuerpo quieto, las olas locas,
y
como cien madres las palmas,
rompió una niña por donaire
junto
a mi boca un coco de agua,
y yo
bebí, como una hija,
agua
de madre, agua de palma.
Y más
dulzura no he bebido
con
el cuerpo ni con el alma.
A la
casa de mis niñeces
mi
madre me llevaba el agua.
Entre
un sorbo y el otro sorbo
la
veía sobre la jarra.
La
cabeza más se subía
y la
jarra más se abajaba.
Todavía yo tengo el valle,
tengo
mi sed y su mirada.
Será
esto la eternidad
que
aún estamos como estábamos.
Recuerdo gestos de criaturas
y
son gestos de darme agua.
No es
cosa de eficacia de adjetivos e
imágenes. Los poemas se "arman". Este
poema está bien armado.
Prolijo sería descubrir el tratamiento
del agua en un Neruda o un Huidobro, o
en otros anteriores del país longilíneo
como Pedro Prado o Magallanes Moure o
Diego Dublé Urrutia. No sé si proceda.
Bueno ese “Monumento al mar”, de
Huidobro, ¿qué les parece a ustedes?,
para mí hizo diana como se dice en buen
español: ¿¡monumento al mar!? monumento
(estaticidad), mar (dinamicidad). Un
hallazgo a escala de Apollinaire.
¡Digo
yo! Igual y si queremos, oigamos cuatro
cuerdas elégicas del mejor Neruda en
“Alberto Rojas Jiménez viene volando”:
(Imita la voz de Pablo Neruda, risas en
el público)
“Ahí
está el mar, bajo de noche y te oigo
venir
volando bajo el mar sin nadie,
bajo
el mar que me habita oscurecido:
vienes volando”
Remontemos las aguas, hablemos de otros
dioses.
Digamos Humboldt sin parar. Los grandes
ríos arrastran la sabiduría. La frase es
buena y responde a los enigmas que
discurren a lo largo de la historia. Así
el Nilo con sus 6 700 kilómetros que van
a dar al Mediterráneo; o el Amazonas al
Atlántico con sus 6 280 o el Missouri-Missisippi
que entra al golfo de México con los 6
266. O el Yang-Tze Kiang al mar oriental
de la China con sus casi 5 000 (encima
de cuyo lomo habré navegado una semana
con la Hilda), o el Paraná o el Volga o
el Bravo o Río Grande del Norte, o el
Danubio musical o el Orinoco espléndido
o el Ganges que va a parar a Bengala o
el Rihn tan amado por Víctor Hugo, o el
Ródano o el Tigris o el Éufrates o de
repente el Támesis. O por qué no el Buy-Buy
antes que se llamara Bío-Bío cuando
todavía era fiel a la onomatopeya de las
aguas, sin olvidar por un minuto al
Caroní donde vuela el Salto del Agua rey
de la Gran Sabana por donde anduvo Alejo
Carpentier y vio como ninguno la
belleza.
Literalmente los habré nadado a todos "a
lo" Alejandro, "a lo" humano, "a
lo" Cervantes que seguro nadó el
Pisuerga, río pobre del gran Valladolid
cuando El coloquio de los perros.
Nademos largo y sin miedo a lo Lautaro,
a lo Picasso nademos, a lo Kafka, a lo
Mao que era un buen nadador según parece
y todavía anda nadando por ahí.
Belleza la de mar, fiereza, riesgo y más
riesgo. Belleza la del río, del
manantial, del ventisquero, de las
grandes corrientes.
¡Adiós por otra parte al charco vil!
¡Adiós esté donde esté! En los Bancos
vistosos, en las bolsas mercantiles, en
la trampa bursátil que no cesa, en la
usura, en todos los petróleos habidos y
por haber. Alguna vez no habrá otro
combustible que el combustible de las
estrellas, ya vendrá.
De
los cuatro elementos que dijeron los
jónicos hará 2500 años, el más mío es el
agua. Cuanto dije o me dictaron los
dioses vino del agua y fue a dar al
agua. Un agua ígnea, a un milímetro a
veces de la lava, cuando pinté el amor —
¿qué se ama cuando se ama?—, un agua a
veces ronca y otras pericolosa, vistosa
unas veces y otras veces callada, sin
excluir el agua gloriosa y seminal de
los cinco sentidos con sexo y todo, que
serán siempre 5 000: táctil, olorosa,
turbulenta, ciega a ratos, viscosa.
Aceite raro el agua de nacer y desnacer.
Échenle agua a los muertos y adiós a la
mortaja. Bendita sea la lluvia porque
moja la cara de los muertos. Eso lo dijo
Lorca y me oxigena.
Por
ahí se anda diciendo que estamos en
plena quemazón y ya no la para nadie.
Déjenlo que se queme al viejo planeta.
Para que se haga hombre de una vez. ¡Ese
Novalis: “el agua es una llama mojada”!
No sé
si todos los ríos son tan grandes pero
mi río Renegado es grande y yo lo quiero
y pasa como loco por mi casa antes que
se suicide tirándose de bruces encima
del Diguillín unos 40 metros malherido.
Lo fugitivo permanece y dura, la
frase es de Quevedo. La otra semana
anduvimos por ahí. Casi nos desnucamos
barranco abajo.
A lo
mejor debiera uno callarse. Pero no.
Todavía no. Por lo menos todavía no.
Estoy viviendo un reverdecimiento en el
mejor sentido, una reniñez, una
espontaneidad que casi no me explico. Es
como si dejara que escribiera el
lenguaje por mí. Parece descuido, y es
el desvelo mayor. Estoy dejando que las
aguas hablen, que suban las aguas, y que
ellas mismas hablen.
Sagitario como soy algo habré navegado
estos 90 en bote, en bergantín, en
trasatlántico, en velero liviano. No hay
lluvia ni tormenta que me haya sido
ajena, ni costa. Agua y agua; a los
cinco a puro llanto; a los ocho el
horror; a los 17 puro desenfreno, a los
cada tres años por el Mundo la palabra
libérrima, hasta esta reniñez.
De
las embarcaciones perdurables en el seso
se me vienen de golpe las pesqueras a la
siga de la corvina, de la sierra, del
congrio, del róbalo sobre el amanecer,
el ventarrón. Todo eso en estos sures
estremecidos, Puluqui, Lebu, alturas de
Coquimbo, Caldera, ¿qué será de Caldera?
¿De Iquique qué será a unos metros de
Humberstone donde fui a parar tan
temprano a todo sol?
Se me
vienen los viajes, ¡cuánto viaje! Se me
viene el olor a mar, a tormenta, a
braveza de mar. No seré Palinurus pero
me sé el chillido de las gaviotas de
Hamburgo, (de Vigo, de Le Havre, de
Tienzing, de La Habana, Buenos Aires,
Rostock, San Francisco, Tirúa, Millaneco
donde llegó mi padre. Donde él y yo
bajamos a la mina, y aún la huelo a la
escoria. Eso era mar de hombre: eso sí
que era mar, carbón y mar. Oxigenazo
para siempre.
Se me
viene la Antártica sigilosa y uno llega
en el Hércules que le compramos a
Vietnam a todo estruendo pavoroso, de
sopetón, a vieja hélice, así es como se
llega. No hay nadie ahí en el blanquerío
del silencio sino otra erosión: la de la
eternidad.
Pinto
la figura y paro. Soy agua y no soy
agua. Tendré 90 en cada uno de estos
dos. No, no es llanto, qué va a ser. Lo
que me pasa es que no veo. Tiene que
estar lloviendo, la oigo al agua. La
escribo en pobre prosa, como puedo.
Un
alegrón estar aquí. Fidel puso a Cuba en
la Historia y eso lo saben las
estrellas.
Yo
estaba en Roma aquella vez leyendo el
diario esa mañana del uno del 59 del
otro siglo cuando le dije al Rodrigo,
primogénito mío de 15 años que iba
conmigo por el Mundo: —“A ver, muchacho,
de las dos noticias ¿cuál?, ¿la
terrestre de Fidel entrando en La Habana
o la otra con lo del razzo en la
Luna?”.
—“La
de Fidel, me dijo, esa no va a pasar
nunca.”
Dio
en el clavo. Nunca iría a pasar. Esa sí
que era “nueva” diría Apollinaire
hablando de lo nuevo, esa sí que era
nueva de novedad heroica.
Ahora
tengo 90 y el otro día los cumplí y sigo
siendo fidelista como sigo siendo
allendero. Mundano de mundanidad, con
todos los riesgos. Habré nacido
carbonífero, tiznado de carbón, pero
mundano. Marítimo y fluvial pero mundano
en ese puerto del extremo sur donde el
gran personaje es el ventarrón.
Ercilla que hizo el mito y le dio el
nombre a Chile lo hubiera hecho suyo más
que el mismo Lautaro. Lautaro, el
ventarrón. Permítanme decirles, de viva
voz, una octava de fuego escrita a
cuchillo en la piel de ese árbol por el
joven Ercilla, ¡un verdadero parte
clínico del gran parto sangriento! Así
se escribe poesía grande. A lo Homero,
compañero.
Aquí
llegó donde otro no ha llegado
Don
Alonso de Ercilla que el primero,
En un
pequeño barco deslastrado
Con
solo diez pasó el Desaguadero,
El
año cincuenta y ocho entrado
Sobre
mil y quinientos por febrero,
A las
dos de la tarde el postrer día
Volviendo a la dejada compañía.
Me
parieron mundano y sigo siéndolo,
mundano como todos los poetas, con
fascinación de mundo y no de villorrio.
Nunca fui del villorrio ni para qué
decir del vecindario. Nací tierra, comí
tierra, pensé tierra, hice hijos de
tierra, me acostaré así mismo tierra, y
eso será pronto. Cuanto vengo diciendo
es pura tierra.
Ahí
también, a un paso en el submar de Lebu,
ahí, en ese ahí duerme mi padre que
anduvo siempre a un metro del grisú
antes del estallido.
Oleaje, oleaje, de ahí vengo yo, de ahí
tengo que estar viniendo todavía
libérrimo y esquizo, inconcluso y
larvario. Y por añadidura asmático de
asma grande, eso sí. Y, otra cosa, que
bien me sé, y ya en el diálogo con mi
Heráclito de hará 2 500: seremos
villorrio, todo lo que se quiera, pero
villorrio traslaticio ¡y el sol, el
sol!
Digámoslo a escala de vaticinio:
“Un aire, un aire, un aire,
un
aire,
un
aire nuevo,
no
para respirarlo
sino
para vivirlo.”
No es
que me canse de estar en pie, eso nunca.
Sigo en pie como el gran Quevedo del
XVII: —“Nada me desengaña, el mundo me
ha hechizado”. El que dijo lo otro fue
Borges cuando afirmó con ironía que
nunca fue feliz. Allá él. ¡Gran mortal
ese Borges!
Mi
hartazgo es otro. Lo que me cansa es
tanto y tanto riquerío mercader a costa
de las costillas de tanto y tanto
pobrerío en el planeta de norte a sur,
del este hasta el oeste. De eso es lo
que me canso. Apúrate le digo entonces a
la Historia.
Cuesta, la cosa cuesta.
¿Qué
hago en fin para seguir en esto de
respirar?
Mortal y todo, ¿qué hago? Digo el Mundo.
Todo lo más, digo el Mundo con la
palabra que me dieron. Aunque me consta
que no la merezco.
Oficio y más oficio, mis oyentes, y no
solo iluminación o inspiración como
dicen los necios por ahí. Los poemas se
arman. Oficio y más oficio. Poe lo
sabía, Edgar Allan Poe. Lo demás son
oficios pasables: médico, bioquímico,
cuántico y más cuántico, experto en
nada, banquero, buzo, equilibrista,
inversionista, aeronauta, zapatero,
granjero, tabernero, arqueólogo,
cineasta, figurón.
Oficio y más oficio, ese es el juego de
la poesía, el gran juego incurable:
encantamiento y condena. Nadie se cura
de ella si te la dan a la palabra.
Pero
gánala, hombre, con imaginación y con
coraje.
Claro, también puedes callar pero
siempre habrá tiempo para el gran
callamiento, si es que no hay
eternidad.
Soy
un desinstalado en fin y sigo siéndolo.
El ocio es mi negocio, la libertad, la
imaginación, el riesgo y hasta el
descaro. No hablo de eso. Un aprendiz,
eso soy. Otros serán videntes. Dicen que
son videntes. Dicen que son.
Yo no
soy vidente, no alcanzo, me gusta eso de
Goethe: “Que no puedas llegar nunca, eso
es lo que te hace grande”.
Pero
yo no lo soy, ¿grande de qué? Tendré 90,
siempre andaré en las pubertades
cíclicas. De niño olí la escoria del
carbón allá en Millaneco —Arauco abajo—
cuando bajé a la mina, olí la asfixia.
Ahora huelo la transparencia. Adoro a
Cuba.
Un
alegrón estar aquí. Vuelvo al 72 y estoy
aquí después de tanto después. Y antes y
antes, vuelvo al sesenta y tantos con
Cortázar, con Matta vuelvo, con Darío en
Varadero. Todo eso a los 100 años.
¿Quién no cumple 100 años?
Vuelvo al martes fatídico del 73, entro
en el callamiento. ¡Nos mataron
sangrientamente la nieve! Arriemos la
bandera ensangrentada con un inmenso
viva Chile.
Aquí
aprendí la Tierra. Cuánto y cuánto
aprendí. De las estrellas aprendí. Y
claro de la grandeza, de la dignidad,
del gran pacto solidario. Aquí me dieron
ustedes de comer o más bien los padres
de ustedes de comer mi hambre y mi pena
en los abismos del exilio pero siempre
estuve aquí: durmiera donde durmiera; en
Rostock o en la Antártica, siempre
durmiera aquí; o en Berlín, o en Caracas
durmiera esos 10 años indocumentado, o
en París o en Madrid o en Manhattan
mismo o en San Francisco o algo así
¿dónde no? Nadara por nadar la
inmensidad de los desnudos y los muertos
o de los perdedores, me aullara seco el
mar, el Báltico, el Yang-Tsé, el Orinoco
enorme, tan lejos del Buy-Buy, tan lejos
del Buy-Buy antes que fuera Bío-Bío.
Paro
aquí. Ay, mis hermanos, ya me estoy
yendo, ténganme por diáfano.
Palabras pronunciadas por
Gonzalo Rojas en la sala Che Guevara de
la Casa de las Américas, el lunes 21 de
enero de 2008 durante la inauguración de
la 49 edición del Premio Literario Casa
de las Américas. |