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En
estos días la televisión cubana ha
transmitido diversas noticias,
reportajes y entrevistas sobre mi vida
de escritor. En ellas han incluido
numerosas fotografías personales. Una de
estas fotos llamó mi atención, la miré
como si nunca la hubiera visto, y
adquirió
una fuerza desconocida que me hizo
recordar un hecho casi olvidado de mi
infancia.
La
foto muestra a un joven, el que sin duda
era yo, acostado en una cama, estiradas
las piernas, la espalda sobre una
almohada, vestido y con zapatos, entre
las manos un libro abierto.
Antes
que la imagen desapareciera, me paré de
un salto frente a la pantalla. No fue el
título lo que me interesó descifrar, ni
que leyera acostado, lo que no hago
desde hace tiempo, lo más importante de
esta foto es un hecho que no debe llamar
la atención de nadie y que en mi
infancia, sin embargo, fue decisivo:
leer con espejuelos.
Aprendí muy tarde a leer, cuando ya mi
familia desesperaba y comenzaba a
creerme un retrasado mental.
Oficialmente nací en el 35 del siglo
pasado, expresión terrorífica esta, que
me impresiona como si tratara con una
persona antiquísima, pieza digna de la
vitrina de un museo. Si nací en tal
fecha, un 14 de agosto, lo que
aseguraban mis padres y atestigua la
inscripción del juzgado, vine al mundo
por segunda vez en el dichoso momento en
que por fin aprendí a leer. Volví a
nacer ese año, ese mes.
Resultó tardío ese nacimiento: era miope
y mi familia no lo había descubierto.
Mis padres no necesitaban espejuelos y
la herencia procedía del abuelo paterno
que vino desde Cataluña en el vientre de
su madre, y ya era miope en ese recinto
dichoso.
Fue
el profesor quien descubrió la verdad:
redactó una nota para mis padres y me la
entregó para que yo mismo se la llevara.
La curiosidad ha logrado siempre
vencerme, y camino de casa abrí el
sobre, y de nada pude enterarme.
Cuando me pusieron los primeros lentes,
nací entonces a una existencia doble, la
que se vive y la que se transfigura. Y
en tal espacio y en ese tiempo dúplice
todavía permanezco.
Con
mis lentes redondos y de aro dorado (se
usaban en aquella época y han vuelto a
usarse, así es de reciclada la moda),
salía a las calles de Santiago a batear
las piedras que tiraba al aire, a correr
por las calles, empapado en sudor, a
fajarme y boconear si me llamaban
“cuatro ojos”.
Nadie
se atrevería a apostar que tal
mataperros gritón y miope, sucio, sin
bañarse, pudiera de pronto desaparecer
con un libro para leerlo en secreto.
Leer
me hizo participar en una acción
opuesta: la de pasar las páginas y
entrar en relación con ambientes, casas
y paisajes, con personajes y
pensamientos que intentaban explicar,
expresar al menos, estructurados
mágicamente, la luminosa oscuridad que
hay en nosotros y en el mundo, mientras
llegaba emocionado al final de cada
página.
De
muchacho tuve pocos libros y poco dinero
para comprarlos. Hablo de los que se
leen por placer, por puro hedonismo, no
de los que me servían de texto en la
escuela y mis padres me compraron
siempre, como decía mi madre, sacándole
la plata al vientre de la ballena.
En mi
casa se escuchaban novelas radiales y se
conversaba, papá leía el periódico y oía
la transmisión de la pelota. Los
primeros libros los llevé yo, para
sorpresa de todos. Las horas de la
tarde, al regresar de las clases, se
convirtieron en las más favorables. Mi
madre andaba en la cocina y mi padre no
había regresado del trabajo. Eran el
tiempo, la soledad y el silencio
propicios, hasta que venían a sacarme
del mundo de Julián Sorel o de mi
existencia junto al Floss, para que me
bañara o fuera a la bodega, “ahora que
no estás haciendo nada”.
Cuando conocí en 1970 la edición cubana
de la primera parte de la autobiografía
inconclusa de Sartre, me sorprendió este
hecho: “empecé mi vida como sin duda la
acabaré: en medio de los libros”. Yo no
nací rodeado de libros, pero, sin duda,
moriré rodeado de ellos. “En el despacho
de mi abuelo ―cuenta Sartre— los había
por todas partes. Reverenciaba esas
piedras venerables, derechas o
inclinadas, apretadas como ladrillos en
la estantería de la biblioteca de mi
abuelo”.
Mis
libros eran de uso, comprados en los
baratillos, a los vendedores de los
portales, ediciones baratas de Tor y
Sopena Argentina. Si me interesaban
otros, los buscaba en las bibliotecas
públicas, húmedas y polvorientas, con
los estantes medio vacíos. En esa etapa
no leí muchos libros, releía una y otra
vez aquellos que me gustaban, unos 10 ó
12, y eran suficientes. De ellos estaba
enamorado, los sacaba a la calle, abría
en los parques, los marcaba, dormía con
ellos y me encerraba en el inodoro, de
los lugares más solitarios que conozco,
y durante horas los leía sentado en la
taza. Colette llamaba a esto “una pasión
razonada”. Así conocí y practiqué el
arte supremo de leer y de releer.
Ustedes no ignoran por qué estoy en
esta inauguración, las razones que tuvo
el jurado para entregarme el Premio
Nacional de Literatura y las que
tuvieron los organizadores para
dedicarme esta Feria, junto a Graziella
Pogolotti, que también ha forcejeado
múltiples horas con las palabras y la
quimera.
Las
cosas decisivas para nuestra vida,
principalmente las relacionadas con la
cultura espiritual, requieren del
transcurso del tiempo, como el
crecimiento de los árboles o de nuestro
cuerpo, para crear un humus
significativo…. Durante estos 17 años
cumplidos, y sobre todo desde la época
en que comenzó a celebrarse en esta
antigua fortaleza, la Feria ha
conseguido despertar la curiosidad
popular, el deseo de venir, la
conversación entre lectores… Decenas de
miles, cruzando el mar, vienen durante
los 10 días y a toda hora, desde las
nueve hasta el anochecer, y si no todos
compran libros, todos miran comprar
libros.
Tal
animación espiritual, el acercamiento al
conocimiento escrito, pues no se trata
de exhibir las últimas tecnologías de
nuestra época, resulta insólita para
muchos y entre ellos para mí mismo. Si
comparo esta Feria con las ferias de mi
juventud, resultaría risible la
comparación. En la década del 50,
aquellas ferias duraban un fin de
semana, se realizaban en un área
diminuta del Parque Central, y formaban
un conjunto de cuatro o cinco quioscos
de madera, pintados de verde, y en el
medio un círculo de sillas donde al
mediodía tocaba la Banda Municipal.
Nadie daba una conferencia ni se hablaba
de escritor alguno. No había actividades
colaterales, ni exposiciones de pintura,
no había funciones de cine. Vender era
el fin último de todo aquel conjunto
deslucido, donde a veces un Cuadro de
declamación, compuesto por actores
aficionados, representaba un paso de
Lope de Rueda o un entremés de
Cervantes.
“Oiga, figura, consígame una
invitación”. En los días previos a la
inauguración de la Feria, múltiples
veces oigo en mi cuadra este reclamo con
variantes
en su expresión, pero con un
invariable deseo: participar, venir con
la familia, traer a los hijos pequeños,
formar un grupo de amigos o dos o tres
parejas de novios. Visitar la Feria
tiene algo de paseo extramuros, de
excursión al otro lado de La Habana. Es
hermoso ver a los niños sentados sobre
el césped o sobre las aceras con libros
en las manos, mostrárselos unos a otros,
como si fueran joyas curiosas.
Esta
Feria ocurre en días cruciales para la
nación. Nadie ignora la importancia que
tienen estas horas. Se siente en el aire
que respiramos, se oye en las voces de
todos y en cualquier parte. Varias veces
a lo largo de estos años nuestra
sociedad ha sentido, del modo en que se
siente el compromiso social y el deseo
de mejorar nuestras vidas, como un
viento que suena y vibra entre todos, y
no fuimos remisos ni sordos. No lo
seremos tampoco en el presente. En
momentos cruciales semejantes a este,
supimos encontrar, inaugurar caminos,
rectificar y enderezar lo torcido. En
ese momento estamos, lo oímos sonar
incesante, sale de nuestras bocas y se
plasmará con nuestras manos, con las
manos de todos.
Si
leía desde niño, desde niño escribí,
mirando a través de mis lentes y en mis
libretas de clase, poemas, piececitas
teatrales, relatos. Tracé para mi uso un
destino de escritor, y después, a
semejanza del fatum en las
tragedias griegas, lo volví de
inflexible cumplimiento. Sin posible
remedio pertenezco a esos seres que se
forjan “su” destino, y luego, como si
trataran con un dios inexorable y de
hierro, lo cumplen hasta sus últimas o
graves consecuencias.
Desde
ese instante no he dejado de responder
con la escritura a las infatigables
señales y provocaciones de las cosas del
mundo y de las palabras humanas. Fiel al
destino que elegí y me forjé con mano
férrea, no fui ni seré más que un
escritor.
Pido
disculpas por mi insistencia.
Palabras de presentación
en la inauguración de la XVII Feria
Internacional del Libro de La Habana. |