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Es el
narrador italiano más premiado de los
últimos años y se ha convertido en el
candidato más mentado cuando se realizan
predicciones sobre el próximo Premio
Nobel de Literatura. Por primera vez
viaja a nuestro país, al cual describe
“pleno de riquezas literarias y
poéticas. Cuba lo recibe como a quien se
ha esperado siempre. Se presenta su
libro Utopía y desencanto, en una
cuidada edición de Reina del Mar
Editores, a cargo del escritor y también
traductor, Atilio Caballero.
De la
traducción literaria no parece quejarse
Claudio Magris, pero sí de aquella que
rompe a ratos el discurso emotivo de sus
consideraciones sobre la escritura y el
mundo contemporáneo. “Es como si una
declaración amorosa se interrumpiera
constantemente” —confiesa al
público que asiste al Encuentro con… un
italiano universal, nacido en Trieste en
1939, germanista, traductor, crítico de
arte, narrador y ensayista.
La
música de la vida
¿Será que la utopía es inviable para
Magris, ante el desencanto propio de un
mundo cuya crisis es harto visible?
Utopía y desencanto, estas dos palabras
empleadas para titular mi libro, nos son
una oposición como si el desencanto
destruyese a la utopía. Son dos
elementos solidarios que van muy unidos.
En el siglo XX, pasado, hemos visto caer
muchas utopías, proyectos de cambiar el
mundo, de crear un nuevo mundo, más
justo, más libre, sin opresión… Pero una
utopía que se presenta como la receta
perfecta para crear un paraíso, es
ciertamente una utopía fallida. El
desencanto, los errores que cometemos en
nuestro camino, en nuestro proyecto
político o social, en nuestras
revoluciones… no deben esgrimirse como
argumentos para renunciar al ideal de
mejorar el mundo.
Se
debe ayudar a transformarlo, desde la
crítica y la autocrítica, y recordar que
el mundo no es algo simple de
administrar. Pero debemos salvarlo.
Todo
mi libro es la tentativa de demostrar
cómo la continua desilusión y desengaño
que podemos sentir cuando nos sentimos
huérfanos ante cualquier realidad que
creíamos perfecta —ese desencanto—,
nos debe ayudar a reforzar la utopía.
El
ejemplo máximo es Don Quijote, ese
personaje maravilloso de un libro
antiguo pero modernísimo, que ve una
bacinilla de barbero y cree que es el
Yelmo de Mambrino, un objeto mágico y
poético. Sin embargo, Sancho reconoce
que es una bacinilla. Pero El Quijote,
sigue creyendo su propia historia
imaginaria, porque sin esa cuota de
poesía, que anima de un sentido y un
significado, la vida sería muy pobre e
incompleta.
Por
eso, Don Quijote es el símbolo de una
utopía, porque nos prueba que para que
la vida sea más rica, útil, noble y
humana, debe estar llena de esa
sensibilidad y ensoñación.
En la
literatura podemos recordar La
educación sentimental, de Flaubert,
quien asegura que la vida no representa
nada, pero el modo en que
lo dice te hace sentir la música de la
vida y contiene toda la nostalgia del
significado de estar vivo. Eso vale
individualmente, socialmente,
políticamente…
Usted por momentos valida la identidad
como un fenómeno necesario y de
significación para el mundo
contemporáneo; pero en otros se refiere
a una identidad más colectiva y menos
particular. ¿Cuál es por fin la
identidad defendida por Claudio Magris?
La
identidad es algo en perenne movimiento,
para nada rígida e inmóvil. Es algo
complejo que deviene en el tiempo y no
ostenta una etiqueta rígida. Y es
auténtica cuando la vivimos y aceptamos
espontáneamente, y se transforma en algo
peligroso cuando se convierte en una
especie de ideología o distintivo.
Porque la identidad nacional está
alimentando a veces posturas ajenas a un
pensamiento que se integra al mundo todo
y lo toma en cuenta.
Por
ejemplo, la identidad cubana es el
resultado de una gran mezcla de otras
culturas, y puede distinguirse; pero a
pesar de ese elemento que aglutina,
existen diferencias individuales.
Debemos tomar en cuenta la diversidad
que nos transmite el mundo en que
vivimos.
Amo a
Trieste más que a La Habana que es
bellísima, por supuesto, desde mi tierra
natal encuentro el modo de amar al
mundo. Ahora, ser italiano o cubano no
es por sí solo un valor. Por eso la
identidad es la premisa para transformar
el mundo.
Pero
todo esto que digo es para los momentos
en que una identidad no está amenazada.
En el momento en que mi identidad
nacional empiece a sentirse amenazada
tendré la necesidad de defenderla, y el
peligro estaría en que defendiéndola,
ella se transforme en un valor absoluto
o en un acto fanático, porque no podemos
olvidar que la humanidad toda es siempre
un valor superior.
Dante
escribió en su tiempo que “nuestra
patria es el mundo, como para los peces
es el mar”, porque él aprendió a amar a
su Florencia bebiendo el agua de su río
Arno. Pero no debemos olvidar que el río
desemboca en un mar que nos une y
pertenece a todos.
El
modo más exacto de expresar el concepto
identidad está contenido en una hermosa
parábola de Jorge Luis Borges, que
empleo como epígrafe de mi libro
Microcosmos. Borges habla de un
pintor que comienza a pintar un paisaje
y al final se da cuenta de que ha
pintado su propio autorretrato, no
porque había alterado el panorama
natural, sino porque su retrato, su
identidad, nuestra identidad, es el modo
en que miramos al mundo, que dentro de
nosotros asume sus variadas formas.
Dentro de esa diversidad que usted
defiende para el fenómeno identitario,
ha planteado la necesidad de que la
Europa diversa se una. ¿Será esa la
fórmula para el mundo futuro?
La
situación europea posee sus
características propias, como sucede con
el continente latinoamericano. La
dirección justa de este proceso debe ser
el respeto absoluto a la diversidad, lo
cual indica que no necesariamente todas
las naciones coincidan en un estado. En
Europa existe un delirio en eso de
aspirar a una unidad a toda costa que
considero peligrosa. Puede aspirarse a
una unión política basada en el
federalismo, pero con un gran respeto a
las peculiaridades de los grupos que son
más débiles, sobre todo económicamente
que no pueden abandonarse a la jungla de
la demanda y la oferta. Creo en una
unidad de los estados basada en el
respeto de la diversidad, que a su vez
puede ser garantizada solo desde una
sólida unión.
Parábolas de la historia
¿Por qué filósofos de la liberación como
Dusell y Horacio Cerutti insisten tanto
en la utopía como una necesidad para
América Latina?1
Mi
conocimiento del mundo latinoamericano
―debo reconocerlo― es limitado aunque
reconozco que he estudiado mucho su
literatura y ella no puede comprenderse
obviando el contexto social. Y he leído
más a los narradores que a los filósofos
y científicos sociales.
Pero
el sueño de la utopía es válido para
humanidad toda. El mundo no es
simplemente una cosa que podemos
administrar, sino que debemos creer
siempre en la posibilidad de cambiarlo.
El alimento de una revolución es ese
sentimiento vivo de que es posible
cambiar el mundo.
En
América Latina existen notables
diferencias entre una nación y otra,
pero poseen muchos elementos comunes.
Forman parte de un continente relegado y
expoliado, que llegó más tarde a la
industrialización y, sin embargo, ha
mantenido en alto el sentido de lo épico
como en su literatura, que es la única
grande de los últimos 50 años. Han
escrito La Ilíada y La Odisea
de esta región, y mantienen ese sentido
de la utopía necesaria en el mundo
moderno y posmoderno, ese componente
quijotesco y grandioso de la épica
latinoamericana.
Además, las condiciones políticas y
sociales de muchos de estos países se
tornan intolerables e inaceptables, por
lo que se hace necesaria la utopía para
apuntar a un nuevo orden de cosas.
El
retraso político, social y económico ha
estado acompañado de regímenes
dictatoriales, impedimentos de una
economía autónoma, no poder asumir la
propia vida nacional presa y violentada
por otros países o grupos de poder
económico. Y esa es una buena base para
utopía que nace con un NO de frente a la
realidad.
Por
qué nosotros los europeos
centro-occidentales que poseemos una
literatura antigua y diversa, hemos
sentido la necesidad de la literatura
latinoamericana. Por qué entre los
libros que me han dado tanta vida,
destacan Sobre héroes y tumbas,
de Ernesto Sábato, los de Guimaraes
Rosa… Es una literatura de gran fuerza
espiritual, que parte de un mundo muy
diverso y con problemas muy diferentes a
los de mi universo.
Nos ha probado que pudiera quedarse muy
cómodo en la ensayística y en la
reflexión sobre la realidad
contemporánea. Pero ha escrito novelas
imprescindibles para la narrativa
italiana y ha afirmado que “la
literatura le recuerda a la vida la
posibilidad de salvar su caducidad
individual”. ¿A qué se debe su
insistencia en la ficción?
Alessandro Manzoni, un gran escritor
italiano ha dicho algo más o menos así:
Lo histórico es lo que documenta los
hechos y los sucesos. El escritor, el
poeta, deben inventar e imaginar cómo y
por qué los hombres han protagonizado
determinados actos.
La
literatura da voz, no tanto a los
grandes ilustres desaparecidos. Todos
pueden hablar en ella. El conocimiento
histórico no me dice aquello que la
literatura, imaginando, inventando, es
capaz de traducir.
La
gran función de la literatura es
hacernos entender la verdad social,
económica, política, religiosa…mostrando
el carácter de su existencia, cuando nos
reinventa una manera de caminar, de
comer, hacer el amor… Se trata de una
parábola de la verdadera historia.
1-Alguien desde el
público solicita por escrito que se le
pregunte. |