Año VI
La Habana

13-24 de FEBRERO
de 2008

SECCIONES

Página principal Enlaces Favoritos Enviar correo Suscripción RSS

EL GRAN ZOO

PUEBLO MOCHO

NOTAS AL FASCISMO

LA OPINIÓN

APRENDE

LA CRÓNICA

EN PROSCENIO

LA BUTACA

LETRA Y SOLFA

LA MIRADA

MEMORIA

LA OTRA CUERDA

FUENTE VIVA

REBELDES.CU

LA GALERÍA

EL CUENTO

POESÍA

EL LIBRO

EPÍSTOLAS ESPINELAS

EL PASQUÍN

EN FOCO

POR E-MAIL

¿DÓNDE QUIERES QUE
TE PONGA EL PLATO?

 
Elogio de Rolando Rodríguez,
ganador del Premio Nacional de Ciencias Sociales 2007

Forjador de una nación

Osvaldo Martínez • La Habana
Fotos: Kaloian, Eglys, Víctor Junco (La Jiribilla)

 

Los integrantes del jurado que otorgó el Premio Nacional de Ciencias Sociales 2007 al Dr. Rolando Rodríguez García me pidieron que hiciera el elogio del premiado.

Suelen decir los designados para cumplir este encargo, que les resulta muy grato, pues se trata de elogiar a quien lo merece, en un acto de esencial justicia y reconocimiento a méritos indudables. Algunas veces esa fórmula repetida encubre el simple cumplimiento de una tarea más, o incluso el refugio retórico para llenar un elogio del que no siempre está convencido el que lo hace.

En este caso ni cumplo una tarea más, ni abrigo duda alguna, ni oculto mi sincera alegría, por hacer este elogio que es la derivación lógica del acuerdo unánime del jurado de entregar el Premio a Rolando Rodríguez.

Es así porque en Rolando se combinan sin conflictos ni desmayos, obra y vida, como corresponde a un Premio de Ciencias Sociales que se otorga no en tierras de Jauja o en un limbo académico abstracto, sino en Cuba 2008, en guerra económica e ideológica, mostrando la patria en carne viva sus aciertos y sus yerros, en tiempos cruciales para la Revolución que nos ha traído hasta aquí y queremos defenderla quitándole lo que pueda revelarse superfluo o desfasado, multiplicando su gran saldo favorable de justicia, soberanía, defensa de la cultura y resistencia frente a la Roma Americana que no ha perdido un átomo de su apetito imperial.

En Rolando hay una obra académica sólida y hay una vida en relación coherente con las ideas que como cientista social ha defendido, con pasión a veces inflamada, aunque siempre elegante y con el dominio expresivo que lo caracteriza.

En él, la intensa vida como participante en la larga lista de trabajos, movilizaciones, responsabilidades de dirección, asesorías, militancias y un inabarcable etcétera que nos ha zarandeado a todos, en estas irrepetibles casi cinco décadas, no le impidió escribir, profesar y pronunciar una obra académica con valores para merecer el Premio.

De igual modo, la investigación histórica en archivos, bibliotecas o la solitaria angustia del escritor frente a la página en blanco, no impidieron a Rolando zambullirse hasta más allá del cuello en el descomunal esfuerzo por alcanzar toda la justicia, ese que lo alcanza en 1959 con 18 años y ya con una visita forzada en 1957 a una estación de policía en Santa Clara por oponerse a la dictadura.

En la obra escrita de Rolando, que tiene su espacio propio en la investigación histórica de la colonia y de la República neocolonial, intervienen varios ingredientes felices.

Uno de ellos es la formación marxista del autor, quien desde sus años juveniles de intensa actividad como miliciano, fue profesor de Filosofía y aprendió a valerse del Marxismo no como determinismo absoluto o repetición de enigmáticos desarrollos en espiral, sino como instrumento analítico fundamental, en combinación enriquecedora con las ideas de Martí, Che, Fidel. Es el Marxismo que permanece soterrado y desde el subsuelo del pensamiento va macerándose con la práctica social y la cultura para sorprendernos con resultados tan espléndidos como esa República angelical que todos leímos con deleite.

En ella, la garra literaria que tiene la novela se da la mano con la garra de la ancha investigación histórica sobra la Revolución del 30, en la que brilla la literatura en tanto novela y brilla no menos la investigación de la historia.

Otro ingrediente feliz es el amplio diapasón cultural y de experiencias prácticas en que se mueven Rolando y su obra. Él no es solo un investigador de la Historia, o un profesor de Filosofía, o un dirigente institucional que fundó el Instituto del Libro y fue Viceministro de Cultura, o un asesor de gran utilidad en la Secretaría del Comité Ejecutivo del Consejo de Ministros, o un escritor de elegante estilo en el que se advierten las mejores resonancias de la prosa revolucionaria de los años ´30. Él es todo eso en una pieza y es también un apasionado de la literatura y el arte, en especial la pintura, para regocijo de Minerva a lo largo de varias décadas de venturosa unión.

De los ingredientes felices en la vida y obra de Rolando, creo que el más feliz, el que más debemos agradecer, es el sentido esencial de la investigación histórica de su vida y su obra todas.

Se trata de la defensa comprometida y culta de la mejor tradición de cubana, en su profunda base patriótica, independentista, martiana, antimperialista, fidelista.

La simple mención de algunos de sus títulos indica el rumbo de sus afanes y el sentido de su obra: Bajo la piel de la manigua, Cuba: la forja de una nación, La revolución inconclusa. La protesta de Baraguá contra el Pacto del Zanjón, Dos Ríos: a caballo y con el sol en la frente, Cuba, las máscaras y las sombras: la primera ocupación y la obra en proceso de edición Cuba: en busca de las claves de su historia.

A propósito de esas claves de la historia cubana buscadas por Rolando, ellas, serán siempre temas de indagación por unas y otras generaciones, pero nuestro premiado de hoy nos ha entregado ya claves profundas a las que agarrarnos para nuestra defensa.

La historia cubana colonial moviéndose en el triángulo de relaciones entre la colonia antillana, su metrópolis europea subdesarrollada ella misma y la creciente gravitación del vecino cercano y voraz, es analizada por Rolando con el rigor académico que no impide, sino que por el contrario, alimenta, la exaltación de los mejores valores presentes en la forja de la Nación y la crítica merecida a las apetencias imperiales que amenazaron y amenazan ahogarla.

En la forja de la nación que él nos entrega, en ese libro torrencial en argumentos, fuentes, valoraciones apasionadas aunque generalmente justas y también en cantidad de páginas, hay un aporte, entre otros, que me parece de singular valor.

Es la indagación más profunda en los procesos económicos, sociales, políticos, culturales de España y de EE.UU., que explican hechos de nuestra historia que sin esa indagación resultarían inexplicables. En especial, el ingreso de EE.UU. a su fase imperialista, con la fuerza ascendente de los monopolios y de la política y los políticos correspondientes, es presentada en su urdimbre interna y en sus manifestaciones externas hacia la cercana isla ambicionada y en manos de una decrépita ex potencia.

Como Rolando ha hurgado a fondo en los materiales diversos que participaron en la forja de la nación, su obra tiene plena actualidad y utilidad combativa frente a los que sostienen que la poderosa corriente antimperialista en nuestra historia ha sido una insensatez.

Recibimos hoy las cubanas y cubanos de inicios del siglo XXI los argumentos reciclados de los anexionistas, ahora con nuevas formas de eruditos académicos titulados en universidades estadounidenses o europeas, de escritores ávidos de mercado, que nos aseguran hemos incurrido en el grave error de permitir que revolucionarios exaltados hayan perturbado con su prédica y acciones violentas, el matrimonio natural y feliz entre EE.UU. y Cuba.

Nos proponen que la resistencia cubana a la expansión de los EE.UU. sobre la Isla, ha sido un costoso malentendido histórico atizado por extremistas y revoltosos que no han apreciado las ventajas de una relación económica como la alcanzada por Puerto Rico, en su inteligente posición de socio asociado en sociedad.

Como la reciedumbre del pensamiento antimperialista martiano les resulta imposible de asimilar, han llevado  su miseria moral hasta montar una campaña anti José Martí, tratando de rebajarlo, presentándola como un tejedor de quimeras de pensamiento zigzagueante, obsedido por ideas erróneas que influyeron de modo lamentable en una tradición de crítica y desconfianza hacia la gran democracia de mercado a cuya sombra bienhechora debemos retornar.

Son las versiones contemporáneas maquilladas y siempre peligrosas de la fruta madura, del destino manifiesto, de la Enmienda Platt, del Tratado de Reciprocidad, de los memorandos de Crowder, de la entrega de armas a Batista para combatir el comunismo.

Es fácil ver que en los neoanexionistas negadores de Martí tenemos ahora modernos bribones de la misma estirpe de aquellos aludidos por Villena. La carga que él pedía, sigue siendo necesaria. No se trata de matarlos en sus personas, sino de dar merecida muerte moral, ética, a sus ideas y despropósitos.

En la batalla de nuestras Ciencias Sociales contra los modernos bribones, en la carga necesaria, la vida y la obra de Rolando Rodríguez son armas de buen filo. Su efectividad está en razón directa con la siembra de su apasionada forja de la nación en el conocimiento y en la subjetividad de nuestro pueblo y en especial, de nuestros jóvenes, los que no se dejarán seducir por los que quieren rendir la Nación, rebajar su historia y subastar su cultura.

Surgen bribones, es cierto, pero proliferan en la Patria los dispuestos a entonar —si me permiten esta licencia literaria— la “Canción de Rolando” no en su clásica versión gala, sino en la voz de digna cubana con que lo hace nuestro Rolando.

El premiado de hoy y su obra están colocados en el bando de los que aman y construyen, de los que quieren la Nación fundada en el respeto pleno a la dignidad del hombre, con independencia y justicia social, de los que hemos encontrado en la Revolución Cubana de Martí y Fidel el más grande impulso histórico para alcanzar esos altos fines.

Al honrar al ganador del Premio Nacional de Ciencias Sociales 2007 nos honramos todos y nos damos el gusto de premiar el mérito y abrazar con admiración al compañero que conocí 46 años atrás cuando empezamos a estudiar en una Escuela de Instrucción Revolucionaria, donde él y Fernando Martínez, ganador de este Premio el año anterior, estudiaban Filosofía Marxista y yo Economía Política.

Qué alegría tener a ambos peleadores, ya con plisados en el rostro, pero aportando a nuestras Ciencias Sociales, nutriendo la buena utopía; esa que nos mantiene erguidos y en movimiento.

 

ARRIBA

Página principal Enlaces Favoritos Enviar correo Suscripción RSS
.

© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
La Habana, Cuba. 2008.
IE-Firefox, 800x600