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Los
integrantes del jurado que otorgó el
Premio Nacional de Ciencias Sociales
2007 al Dr. Rolando Rodríguez García me
pidieron que hiciera el elogio del
premiado.
Suelen decir los designados para cumplir
este encargo, que les resulta muy grato,
pues se trata de elogiar a quien lo
merece, en un acto de esencial justicia
y reconocimiento a méritos indudables.
Algunas veces esa fórmula repetida
encubre el simple cumplimiento de una
tarea más, o incluso el refugio retórico
para llenar un elogio del que no siempre
está convencido el que lo hace.
En
este caso ni cumplo una tarea más, ni
abrigo duda alguna, ni oculto mi sincera
alegría, por hacer este elogio que es la
derivación lógica del acuerdo unánime
del jurado de entregar el Premio a
Rolando Rodríguez.
Es
así porque en Rolando se combinan sin
conflictos ni desmayos, obra y vida,
como corresponde a un Premio de Ciencias
Sociales que se otorga no en tierras de
Jauja o en un limbo académico abstracto,
sino en Cuba 2008, en guerra económica e
ideológica, mostrando la patria en carne
viva sus aciertos y sus yerros, en
tiempos cruciales para la Revolución que
nos ha traído hasta aquí y queremos
defenderla quitándole lo que pueda
revelarse superfluo o desfasado,
multiplicando su gran saldo favorable de
justicia, soberanía, defensa de la
cultura y resistencia frente a la Roma
Americana que no ha perdido un átomo de
su apetito imperial.
En
Rolando hay una obra académica sólida y
hay una vida en relación coherente con
las ideas que como cientista social ha
defendido, con pasión a veces inflamada,
aunque siempre elegante y con el dominio
expresivo que lo caracteriza.
En
él, la intensa vida como participante en
la larga lista de trabajos,
movilizaciones, responsabilidades de
dirección, asesorías, militancias y un
inabarcable etcétera que nos ha
zarandeado a todos, en estas
irrepetibles casi cinco décadas, no le
impidió escribir, profesar y pronunciar
una obra académica con valores para
merecer el Premio.
De
igual modo, la investigación histórica
en archivos, bibliotecas o la solitaria
angustia del escritor frente a la página
en blanco, no impidieron a Rolando
zambullirse hasta más allá del cuello en
el descomunal esfuerzo por alcanzar toda
la justicia, ese que lo alcanza en 1959
con 18 años y ya con una visita forzada
en 1957 a una estación de policía en
Santa Clara por oponerse a la dictadura.
En la
obra escrita de Rolando, que tiene su
espacio propio en la investigación
histórica de la colonia y de la
República neocolonial, intervienen
varios ingredientes felices.
Uno
de ellos es la formación marxista del
autor, quien desde sus años juveniles de
intensa actividad como miliciano, fue
profesor de Filosofía y aprendió a
valerse del Marxismo no como
determinismo absoluto o repetición de
enigmáticos desarrollos en espiral, sino
como instrumento analítico fundamental,
en combinación enriquecedora con las
ideas de Martí, Che, Fidel. Es el
Marxismo que permanece soterrado y desde
el subsuelo del pensamiento va
macerándose con la práctica social y la
cultura para sorprendernos con
resultados tan espléndidos como esa
República angelical que todos leímos
con deleite.
En
ella, la garra literaria que tiene la
novela se da la mano con la garra de la
ancha investigación histórica sobra la
Revolución del 30, en la que brilla la
literatura en tanto novela y brilla no
menos la investigación de la historia.
Otro
ingrediente feliz es el amplio diapasón
cultural y de experiencias prácticas en
que se mueven Rolando y su obra. Él no
es solo un investigador de la Historia,
o un profesor de Filosofía, o un
dirigente institucional que fundó el
Instituto del Libro y fue Viceministro
de Cultura, o un asesor de gran utilidad
en la Secretaría del Comité Ejecutivo
del Consejo de Ministros, o un escritor
de elegante estilo en el que se
advierten las mejores resonancias de la
prosa revolucionaria de los años ´30. Él
es todo eso en una pieza y es también un
apasionado de la literatura y el arte,
en especial la pintura, para regocijo de
Minerva a lo largo de varias décadas de
venturosa unión.
De
los ingredientes felices en la vida y
obra de Rolando, creo que el más feliz,
el que más debemos agradecer, es el
sentido esencial de la investigación
histórica de su vida y su obra todas.
Se
trata de la defensa comprometida y culta
de la mejor tradición de cubana, en su
profunda base patriótica,
independentista, martiana,
antimperialista, fidelista.
La
simple mención de algunos de sus títulos
indica el rumbo de sus afanes y el
sentido de su obra: Bajo la piel de
la manigua, Cuba: la forja de una
nación, La revolución inconclusa.
La protesta de Baraguá contra el Pacto
del Zanjón, Dos Ríos: a caballo y
con el sol en la frente, Cuba,
las máscaras y las sombras: la primera
ocupación y la obra en proceso de
edición Cuba: en busca de las claves
de su historia.
A
propósito de esas claves de la historia
cubana buscadas por Rolando, ellas,
serán siempre temas de indagación por
unas y otras generaciones, pero nuestro
premiado de hoy nos ha entregado ya
claves profundas a las que agarrarnos
para nuestra defensa.
La
historia cubana colonial moviéndose en
el triángulo de relaciones entre la
colonia antillana, su metrópolis europea
subdesarrollada ella misma y la
creciente gravitación del vecino cercano
y voraz, es analizada por Rolando con el
rigor académico que no impide, sino que
por el contrario, alimenta, la
exaltación de los mejores valores
presentes en la forja de la Nación y la
crítica merecida a las apetencias
imperiales que amenazaron y amenazan
ahogarla.
En la
forja de la nación que él nos entrega,
en ese libro torrencial en argumentos,
fuentes, valoraciones apasionadas aunque
generalmente justas y también en
cantidad de páginas, hay un aporte,
entre otros, que me parece de singular
valor.
Es la
indagación más profunda en los procesos
económicos, sociales, políticos,
culturales de España y de EE.UU., que
explican hechos de nuestra historia que
sin esa indagación resultarían
inexplicables. En especial, el ingreso
de EE.UU. a su fase imperialista, con la
fuerza ascendente de los monopolios y de
la política y los políticos
correspondientes, es presentada en su
urdimbre interna y en sus
manifestaciones externas hacia la
cercana isla ambicionada y en manos de
una decrépita ex potencia.
Como
Rolando ha hurgado a fondo en los
materiales diversos que participaron en
la forja de la nación, su obra tiene
plena actualidad y utilidad combativa
frente a los que sostienen que la
poderosa corriente antimperialista en
nuestra historia ha sido una insensatez.
Recibimos hoy las cubanas y cubanos de
inicios del siglo XXI los argumentos
reciclados de los anexionistas, ahora
con nuevas formas de eruditos académicos
titulados en universidades
estadounidenses o europeas, de
escritores ávidos de mercado, que nos
aseguran hemos incurrido en el grave
error de permitir que revolucionarios
exaltados hayan perturbado con su
prédica y acciones violentas, el
matrimonio natural y feliz entre EE.UU.
y Cuba.
Nos
proponen que la resistencia cubana a la
expansión de los EE.UU. sobre la Isla,
ha sido un costoso malentendido
histórico atizado por extremistas y
revoltosos que no han apreciado las
ventajas de una relación económica como
la alcanzada por Puerto Rico, en su
inteligente posición de socio asociado
en sociedad.
Como
la reciedumbre del pensamiento
antimperialista martiano les resulta
imposible de asimilar, han llevado su
miseria moral hasta montar una campaña
anti José Martí, tratando de rebajarlo,
presentándola como un tejedor de
quimeras de pensamiento zigzagueante,
obsedido por ideas erróneas que
influyeron de modo lamentable en una
tradición de crítica y desconfianza
hacia la gran democracia de mercado a
cuya sombra bienhechora debemos
retornar.
Son
las versiones contemporáneas maquilladas
y siempre peligrosas de la fruta madura,
del destino manifiesto, de la Enmienda
Platt, del Tratado de Reciprocidad, de
los memorandos de Crowder, de la entrega
de armas a Batista para combatir el
comunismo.
Es
fácil ver que en los neoanexionistas
negadores de Martí tenemos ahora
modernos bribones de la misma estirpe de
aquellos aludidos por Villena. La carga
que él pedía, sigue siendo necesaria. No
se trata de matarlos en sus personas,
sino de dar merecida muerte moral,
ética, a sus ideas y despropósitos.
En la
batalla de nuestras Ciencias Sociales
contra los modernos bribones, en la
carga necesaria, la vida y la obra de
Rolando Rodríguez son armas de buen
filo. Su efectividad está en razón
directa con la siembra de su apasionada
forja de la nación en el conocimiento y
en la subjetividad de nuestro pueblo y
en especial, de nuestros jóvenes, los
que no se dejarán seducir por los que
quieren rendir la Nación, rebajar su
historia y subastar su cultura.
Surgen bribones, es cierto, pero
proliferan en la Patria los dispuestos a
entonar —si me permiten esta licencia
literaria— la “Canción de Rolando” no en
su clásica versión gala, sino en la voz
de digna cubana con que lo hace nuestro
Rolando.
El
premiado de hoy y su obra están
colocados en el bando de los que aman y
construyen, de los que quieren la Nación
fundada en el respeto pleno a la
dignidad del hombre, con independencia y
justicia social, de los que hemos
encontrado en la Revolución Cubana de
Martí y Fidel el más grande impulso
histórico para alcanzar esos altos
fines.
Al
honrar al ganador del Premio Nacional de
Ciencias Sociales 2007 nos honramos
todos y nos damos el gusto de premiar el
mérito y abrazar con admiración al
compañero que conocí 46 años atrás
cuando empezamos a estudiar en una
Escuela de Instrucción Revolucionaria,
donde él y Fernando Martínez, ganador de
este Premio el año anterior, estudiaban
Filosofía Marxista y yo Economía
Política.
Qué
alegría tener a ambos peleadores, ya con
plisados en el rostro, pero aportando a
nuestras Ciencias Sociales, nutriendo la
buena utopía; esa que nos mantiene
erguidos y en movimiento. |