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A la memoria de C. Wright Mills
quien dio su vida por la verdad.
En 1960 cuando la Administración
Eisenhower desplegaba su hostilidad
contra la Revolución Cubana, C. Wright
Mills publicó un texto que alcanzó
envidiable difusión, Listen Yankee. El
gran sociólogo norteamericano escribió
entonces que había dos Cubas: la
nuestra, la real, la de los cubanos y
aquella que otros fabrican con
prejuicios alimentados por el engaño y
la distorsión de los medios de
comunicación.
El recuerdo de Mills me acompaña
tercamente hace varias semanas. Desde
que se produjo un pintoresco alboroto, a
la vez divertido y triste, cuando varios
medios internacionales difundieron un
video de poco más de cuatro minutos,
habilidosamente editado, acerca de la
reunión de dos horas, seis minutos y
treinta segundos que sostuve en enero
con los estudiantes de la Universidad de
Ciencias Informáticas (UCI). Divertido,
porque en esa reunión participaron unos
10 mil estudiantes que saben la verdad y
aprendieron además una lección de
inestimable valor: ahora saben
igualmente para qué sirven ciertos
conglomerados de la información.
Triste, porque de la manipulación se
hicieron eco también otros que se
consideran periodistas serios, ninguno
de los cuales se tomó el trabajo de
acudir a la fuente original. Todos, sin
excepción, silenciaron más de dos horas
de discusión y repitieron con idéntica
obediencia, como loros bien entrenados,
el libreto dictado por la BBC y la CNN.
Por cierto, reuniones como la de la UCI
serán novedad para ellos, pero no para
mí que solo en ese mes tuve otros tres
encuentros semejantes con universitarios
cubanos, de los cuales, como supondrá el
avisado lector, hay incontables
testigos. Encuentros en los que, sin
excepción, incluyendo el de la UCI, se
habló libremente, con franqueza natural
a la que estamos habituados en la Cuba
real y en la que los jóvenes reafirmaron
su adhesión al socialismo.
Pensé en Mills cuando el domingo 24 de
febrero al concluir la sesión del
Parlamento cubano una periodista europea
me expresó su sorpresa pues, según ella,
las decisiones que acabábamos de tomar
no correspondían con lo que se suponía
debía ocurrir. No entendía que “un
desconocido” como Machado Ventura
pudiera ser elegido Primer
Vicepresidente del Consejo de Estado y
del Consejo de Ministros y tampoco
comprendía que yo hubiese sido reelecto
Presidente de la Asamblea contradiciendo
ciertas especulaciones mediáticas. Con
la mayor dulzura posible le respondí que
los medios pueden manipular la realidad,
pero no son capaces de crearla.
Lo que sucedió en La Habana ese día fue
la culminación de un ejercicio
democrático que había empezado en el
verano del año pasado y que hemos
realizado, dicho sea de paso, cada 30
meses desde 1976.
El primer paso fue la colocación en
todos los barrios, en los lugares más
visibles, para que todos pudieran
verlas, las listas provisionales de
electores. Ahí permanecieron varias
semanas, sometidas al escrutinio
público, al control popular. Así se
podía corregir cualquier error, agregar
o suprimir según el caso, para luego,
volver a colocar, en los mismos sitios
de fácil y cotidiano acceso, la lista
casi definitiva. Casi, porque en
vísperas de la elección alguien puede
fallecer, o arribar a la edad electoral
—16 años— o haber cambiado su lugar de
residencia (obviamente son pocos pero
también son tomados en cuenta). Porque
en Cuba los derechos civiles y políticos
se adquieren por nacimiento como algo
natural, gratuito y universal, al igual
que los cubanos nacen y viven toda la
vida con el derecho a la salud y a la
educación, sin pago ni requisito
especial alguno.
El segundo paso fueron decenas de miles
de reuniones públicas y abiertas en todo
el país en las que esos mismos
ciudadanos postularon y eligieron a
quien les pareció mejor para que fuera
su candidato o candidata para que los
representase en la respectiva Asamblea
Municipal. Ninguno de esos candidatos
había sido promovido por un aparato
electoral, ninguno hizo campaña para
ganar el favor de los electores, no
corrió el dinero ni la demagogia,
simplemente la gente decidió entre los
que ella misma había propuesto
directamente. Ninguno tampoco recibe
sueldo o beneficio alguno por el
desempeño de su función.
El 21 de octubre se realizaron los
comicios para elegir los 15 236
delegados municipales. El siguiente
domingo hubo una segunda vuelta en
aquellas circunscripciones donde ningún
candidato había alcanzado la mayoría
absoluta. El voto es, por supuesto,
secreto. Pero el conteo de las boletas
siempre tiene que ser abierto al público
incluyendo a periodistas o visitantes
extranjeros. Los resultados completos
del escrutinio son ubicados en lugares
visibles, para general conocimiento, en
cada uno de los más de 30 mil centros de
votación en todo el país.
Este último dato no carece de
importancia. En Cuba el voto no es
obligatorio, pero es un derecho que cada
ciudadano adquiere automáticamente y si
desea ejercerlo puede hacerlo con gran
facilidad muy cerca de donde resida.
Una vez constituidas las Asambleas
Municipales se dieron a la tarea de
seleccionar a quienes habrían de ser sus
candidatos a las Asambleas Provinciales
y a la Asamblea Nacional. Los
precandidatos habían sido postulados por
los delegados que acababan de ser
elegidos del modo antes descrito y por
las organizaciones sociales (sindicatos
obreros, organizaciones estudiantiles,
campesinas, de mujeres, de vecinos, que
integran las comisiones de
candidaturas). Cada Asamblea Municipal
discutió y aprobó, uno a uno, los
candidatos que sometería al voto
popular.
Después de sostener miles de encuentros
y reuniones con los electores (como los
que mencioné más arriba) efectuamos las
elecciones nacionales el pasado 20 de
enero en las que se aplicaron
procedimientos semejantes a los comicios
anteriores incluyendo la publicación
detallada de todos sus resultados.
Desde esa fecha, otra vez, miles de
consultas y discusiones, con todos los
diputados recién electos, desembocaron
en las candidaturas presentadas a la
sesión del pasado 24 de febrero. Para
nosotros no hubo sorpresas porque todos
participamos en la conformación de las
propuestas que reflejaron el más amplio
consenso como se demostraría en la
votación.
Tampoco nos sorprendió el desconcierto
de algunos autotitulados analistas y
expertos en Cuba. Su especialidad se
contrae a fabricar una Cuba imaginaria y
a imponérsela a audiencias cautivas de
los grandes consorcios manipuladores de
la información. Es comprensible que a
fuerza de inventar mentiras y tonterías
y de repetirlas sin pausa, lleguen a
creérselas.
Una nueva etapa
El 24 de febrero triunfó la unidad de
los patriotas, de las varias
generaciones actualmente activas en la
sociedad cubana. Lo hicimos desafiando
además la insólita amenaza de George W.
Bush, irresponsable y belicoso
personaje, quien había proclamado que no
aceptaría un gobierno presidido por Raúl
Castro y que actuaría “ágil y
decisivamente” para impedir su
instalación.
La arrogancia imperial no tiene límites.
Desde 1996 se concreta en un engendro
antijurídico conocido como Ley Helms-Burton
plenamente en vigor, que regula al
detalle el régimen que imperaría en la
Isla después que Washington consiguiera
realizar sus propósitos. Cuba dejaría de
existir como nación independiente y su
pueblo sería aplastado bajo una
servidumbre insoportable. Está escrito
con todas las letras: el bloqueo
económico, comercial y financiero, que
dura ya casi medio siglo, no cesaría ni
siquiera después que dejase de existir
el Gobierno revolucionario, continuaría
hasta que les fuesen devueltas a los
antiguos dueños las propiedades
nacionalizadas por la Revolución y
entregadas al pueblo, incluyendo sus
viviendas.
Los cubanos conocen perfectamente la
Helms-Burton, pues su texto íntegro, sin
cambiarle ni una coma, ha sido publicado
aquí en sucesivas ediciones y ha sido
objeto de análisis en numerosas
reuniones públicas. Del mismo modo hemos
procedido con los dos planes que el
señor Bush ha aprobado para intensificar
la guerra económica y para precisar
puntillosamente como se propone llevar a
la práctica los siniestros designios de
dicha Ley. Saben que la derrota de la
Revolución significaría el fin de la
independencia nacional, la pérdida
absoluta de todos los logros alcanzados
en educación, salud, cultura y seguridad
social y el regreso del hambre, la
miseria, los desalojos campesinos, los
desahucios y la indigencia.
No se trata de retórica. Lo acaba de
recordar desde Miami, el pasado 22 de
febrero, el señor Nicolás Gutiérrez, uno
de los redactores de la Helms-Burton,
principal dirigente de la Asociación de
antiguos terratenientes en el exilio y
organizador de centenares de ex
propietarios que se alistan para tomar
por asalto la sociedad cubana y
apoderarse de todo con el auxilio de las
bayonetas del ejército norteamericano
que, en sus sueños delirantes, volvería
a ocupar este país.
Según el señor Gutiérrez, su labor ha
recibido un gran estímulo desde que
Fidel delegó sus responsabilidades en
julio de 2006 y hoy maneja un total de
reclamaciones cuyo valor calcula en 200
000 millones de dólares. Esta cifra es
el doble de la estimación del propio
Departamento de Estado cuando antes de
su aprobación por Clinton, expresó
objeciones a la Ley precisamente porque
consideraba la mitad del actual monto
una enormidad que provocaría un
conflicto eterno.
La amenaza que pesa sobre Cuba es muy
grave. El pueblo cubano enfrenta el
genocidio más prolongado de la historia
y que nadie tiene derecho a ignorar.
Informes oficiales norteamericanos,
recientemente desclasificados, revelan
que desde 1959 la política
norteamericana consistía en “causar
hambre y sufrimiento” al pueblo
cubano como único medio para doblegarlo
y castigarlo por “apoyar a Castro”:
contra él se practica el genocidio desde
hace medio siglo para despojarlo de sus
derechos democráticos.
En el exterior los monopolios de la
desinformación engañan a muchos y se
afanan, con la mentira y la
falsificación de los hechos, por
debilitar la solidaridad que el pueblo
cubano necesita y merece. Al infame
juego se prestan algunos gobiernos y
políticos carentes de entereza, sumisos
a la voz de mando del gran genocida.
Pero no engañan a los cubanos.
Imaginaban que podrían dividirnos con su
sarta de especulaciones baratas, que
serían capaces de separarnos entre
veteranos y jóvenes, entre
“conservadores” y “reformistas”. Les
demostramos que todos somos uno.
Elegimos Presidente a Raúl Castro quien
se había ganado esa autoridad luchando
desde la adolescencia hasta convertirse
en el Segundo Jefe de la Revolución
desde los días de la guerrilla
antibatistiana. Dimos nuestro voto como
Primer Vicepresidente a José Ramón
Machado Ventura un revolucionario de
toda la vida cuyo sentido del humor le
permite disfrutar de la etiqueta de
“conservador” que le endilgan
ciertos medios.
Acordamos proceder en el curso de este
año a una reestructuración integral de
la Administración Central del Estado con
vistas a erradicar trabas burocráticas,
simplificarla y hacerla más eficiente.
Aprobamos la solicitud de Raúl de seguir
consultándole a Fidel sobre las
principales cuestiones del país como fue
el caso, por cierto, con las decisiones
de esta sesión de la Asamblea.
Una Asamblea la mayoría de cuyos
miembros no habían nacido o eran niños
cuando triunfó la Revolución, en la que
está representada el conjunto de la
sociedad cubana incluyendo
personalidades cristianas y seguidores
de la religión yoruba. Unidos en la
voluntad común de preservar la
independencia de una Patria en la que
florezca la igualdad y la solidaridad.
Habíamos ofrecido una pista que
descifraba cualquier duda cuando
anunciamos que la sesión de la Asamblea
tendría lugar el 24 de febrero.
Ese día marca la fecha de 1895 cuando
iniciamos la última etapa en la larga
guerra por la independencia frente a
España. La convocó José Martí llamando a
la unión entre los viejos combatientes
que habían peleado por varias décadas y
los jóvenes recién salidos de las aulas.
Otra vez nos levantamos juntos, “los
pinos viejos y los pinos nuevos” según
la metáfora martiana, para asegurar la
continuidad de la Revolución, para
renovar y fortalecer su
institucionalidad, para cambiar todo lo
que haya que cambiar, siempre sobre la
base del consenso más amplio y firme,
para salvar la Patria y perfeccionar el
socialismo.
Revista Punto Final
Marzo 1º de 2008
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