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La cultura es un término que va más allá
de las artes y las letras y que encarna
una herencia espiritual y también
material. Desde que Diego Velázquez
llegó a estas tierras, se fue forjando
una cultura de resistencia, cultura de
resistencia engendra una memoria y una
memoria que tiene, como todas, lo bueno
y lo malo. Lo bueno es que nos ha
ayudado a sostenernos en los momentos
más difíciles, lo malo es que también,
reivindica valores que implican, en
muchos casos, el desconocimiento de la
realidad, “la ley se acata pero no se
cumple”, se decía en la colonia, la
exaltación de ese personaje del pícaro,
el bicho, el vividor, el que sabe nadar
en las circunstancias difíciles, el
chicharito o lo que hoy llaman el
luchador. Y estos componentes de valores
negativos, trasladados a través de una
cultura de resistencia, volvieron a
emerger entre nosotros en la década del
90, no solamente, fundamentalmente por
ellas, por razones de orden económico,
por lo mal que lo pasamos todos, en el
momento más difícil del Período
especial, pero también por una crisis de
las certidumbres, una crisis de la
posibilidad del pensar en el mañana, en
el futuro, vivir en el presente, que es
también lo que nos recomienda el
proyecto de vida inscrito en la
globalización. Hacer un país, que es lo
que todos hemos querido, implica
utilizar lentes bifocales, ver a lo
lejos y ver de cerca, tener un proyecto
y también conocer, diagnosticar y
afrontar los problemas más concretos de
la inmediatez. Así lo hizo Martí en las
páginas estremecedoras de su Diario,
en las cuales, reconociendo a los
hombres y mujeres que lo rodeaban
también estaba configurando, a través de
la estrategia militar y del consenso de
todas las fuerzas, la República futura.
Y lo que se debate en el término, en
cuanto a los valores, tiene que ver con
esto, tiene que ver con la conciliación
entre el porvenir y el presente, y el
estar construyendo el porvenir desde el
presente con plena conciencia. Esto
implica desde luego a todas las
instancias de la sociedad, va desde la
familia hasta la ciudad que nos rodea,
que no nos es indiferente puesto que la
ciudad, en el mundo contemporáneo, es la
expresión de la cultura que está más
presente para los hombres y las mujeres,
porque es aquella que transita por
nuestra cotidianidad, y por eso nosotros
hemos priorizado ese tema, porque no
solamente la ciudad implica la
salvaguarda de un patrimonio sino que el
deterioro de ella, contribuye también a
desarrollar valores de la marginalidad y
de la depredación.
Pero de lo que quería hablar
fundamentalmente era de la escuela, de
esa zona a la que me siento tan
entrañablemente vinculada. En estos
días, escuché por la televisión que se
decía que ya en este momento el maestro
no es el protagonista porque el
protagonista va a ser el estudiante, y
en esa expresión, si no hay un error de
concepto hay, por lo menos, una
confusión en el modo de decirlo. El
maestro es el puntal de todo sistema de
enseñanza, su autoridad es la que tiene
que estar presente en el aula, autoridad
inmanente, y es la que contribuye a
preservar valores, conocimiento de la
materia en sí y del modo de enseñarla y,
si efectivamente, el proyecto educativo
debe consistir en que el estudiante
asuma cada vez más responsabilidades,
como corresponde, no debemos olvidar que
enseñar a pensar es lo más difícil y que
la mayéutica socrática también es de una
extraordinaria complejidad y no
desnaturalizará de ningún modo el papel
protagónico del maestro. En los días que
corren, efectivamente, tenemos
dificultades con nuestros maestros,
quizás uno de los componentes del
problema sea el tema salarial, la
realidad es, desde luego, algo a lo que
no podemos escapar y el problema
salarial es un problema a considerar,
pero los seres humanos no nos movemos en
una sola dirección ni con un solo
estímulo, y creo que hay que
reconsiderar el tratamiento al maestro,
el reconocimiento social que merece y
que tuvieron a nivel de comunidad en la
República Neocolonial, aquellos maestros
que siempre eran pobres, mal
remunerados, aquella maestra que iba
todos los días a clases con el mismo
vestido pero que dejó marcas en la
memoria de sus alumnos.
Nosotros tenemos, como decía la ponencia
de “Cultura y sociedad”, una tradición
pedagógica que forma parte de nuestra
cultura, y esa tradición pedagógica hay
que rescatarla. Yo me he preguntado
muchas veces a dónde han ido los
millares de graduados de nuestros
Institutos Superiores Pedagógicos, de
nuestras escuelas de maestros, no solo
en el período especial, sino antes, qué
ha sucedido con todos aquellos que se
formaron para enseñar, dónde están, y
el que está ahí, si tiene una
experiencia válida, debe ser recuperado,
pienso que con la colaboración de la
Asociación de Pedagogos de Cuba.
Reconstruir esa tradición es rescatar un
patrimonio, un patrimonio decisivo en el día que corre.
Intervención en la plenaria sobre
Cultura y Sociedad, VII Congreso de la
UNEAC.
1ro de abril de 2008. Palacio de las
Convenciones, La Habana. |