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Más allá de los aspectos que deben
abordar la Comisión de relación con los
jóvenes escritores y artistas y algunas
otras comisiones que también lo harán, y
motivado especialmente por el informe
leído aquí por Helmo, quisiera expresar
algunas ideas que quizás puedan ser
útiles en una discusión como la que nos
proponemos realizar durante estos días.
Comenzaría por una cuestión de orden
conceptual que, tal como le he escuchado
a varios compañeros, pienso que su
reconocimiento no admite más dilación
entre nosotros: tenemos que lograr que
funcione una única política cultural a
todos los niveles, la Política Cultural
de la Revolución, establecida con
claridad y apoyada por todos nosotros.
Sin esa coherencia, sería imposible
enfrentar los desafíos que tenemos en el
orden cultural e ideológico.
De esa falta de coherencia se derivan
muchísimos de los problemas que presenta
hoy no solo el funcionamiento de parte
de las instituciones del MINCULT, sino
los medios de difusión, la prensa plana,
nuestro sistema de educación, la Brigada
de Instructores de Arte y las propias
organizaciones de creadores en la
construcción de una hegemonía socialista
en el terreno cultural. A mi juicio, esa
sería una primera prioridad que para
implementarse no tendría que esperar por
ninguna otra decisión. Hasta tanto no
articulemos un mismo discurso en materia
de política cultural, estaremos
culpándonos unos a otros de nuestros
desatinos, mientras la tontería y la
banalidad continúan ganando terreno.
Sobre la manera de implementar esa
política, me permito apuntar un elemento
que acentúa algo planteado por Helmo en
su informe: todo cuanto hagamos debe
tomar en cuenta el momento de desarrollo
tecnológico y el papel creciente que
viene jugando el uso de las nuevas
tecnologías en la sociedad
contemporánea. Es decir, no podemos
fajarnos con la tecnología. La
tecnología no es el enemigo. Tenemos en
ella un eficaz instrumento que nos
permitiría, usando la inteligencia y el
potencial cultural que hemos
desarrollado, enfrentar la avalancha del
discurso colonial que nos llega por
todas las vías. Derrotar esos contenidos
solo es posible hoy mediante una
sistemática labor cultural que
trasciende cualquier restricción; el
éxito depende, sobre todo, de lo
coherentes que seamos en la aplicación
de esa política. Es en el interior de
las personas donde hay que ganar la
batalla. Si la cultura actúa (y sobre
todo, los medios) para transformar y
mejorar los gustos del público, la parte
más compleja de la contienda estaría
ganada.
Vinculado con lo anterior, quisiera, en
segundo lugar, llamar la atención sobre
un aspecto recogido en los informes de
varias Comisiones, acerca del que le he
escuchado opiniones a distintos
compañeros durante todo este proceso y
que me parece uno de los grandes temas a
discutir en este Congreso; me refiero a
lo relacionado con la presencia entre
nosotros de las expresiones
estandarizadas de la cultura y, en
particular, a la reproducción acrítica
en nuestros medios del modelo de vida
yanqui. Tomando en cuenta la cantidad
de vectores ideológicos que por
distintas vías inciden hoy sobre un
joven en nuestro país, no albergo dudas
de que está ahí el mayor desafío de
nuestra cultura para los próximos años.
No es difícil advertir nuestra falta de
intencionalidad en la construcción de
una alternativa mediática a la propuesta
cultural y con ella, al modelo de
felicidad establecido como patrón en el
mundo. Si hay un frente en el que
estamos a la defensiva es en este. Muy
poco hacemos por evitar que se siga
banalizando nuestro modo de vida.
Persiguiendo lo coyuntural, perdemos de
vista lo estratégico. Preocupados
únicamente porque no se nos filtre un
mensaje político explícitamente
negativo, descuidamos la sutileza a
través de la cual se expresa
lo banal, a la larga más eficaz
en su labor desmovilizadora. ¿Qué
expectativas estamos creando? ¿Qué
referentes ofrecemos todos los días a
nuestros niños y jóvenes para formar en
ellos las mejores virtudes? ¿Cuál modelo
de éxito estamos proponiendo?
Cierto que no son los medios los únicos
responsables de construir un imaginario
colectivo en el que se corporicen los
valores socialistas que nos interesa
cultivar, pero seríamos muy ingenuos si
no consideramos el peso decisivo que
tienen (sobre todo la televisión) en el
diseño y fijación de ese imaginario.
Nada que hagamos en el terreno cultural
puede ignorar su papel en estos tiempos.
Tal es su presencia en la vida de la
sociedad contemporánea. En el Informe de
la Comisión de Cultura y Sociedad se
reconoce que los modelos
reduccionistas y banalizadores,
lamentablemente ya han configurado las
aspiraciones y proyectos de vida de
amplios sectores de la población cubana
en contradicción flagrante con los
principios de nuestra política
educacional y cultural. Busquemos
las causas. Tratemos de encontrar en qué
hemos estado distraídos para que los
ídolos de nuestros niños y jóvenes hayan
pasado a ser las deidades impuestas por
la llamada industria del ocio sin que
logremos allegarles ninguna alternativa
propia, y para que se generalice cada
vez más la frivolidad y la cultura de
las marcas, exhibidas como credenciales
de modernidad y distinción social.
Tenemos que desterrar los caminos
trillados, el paternalismo, la
mojigatería y el exceso de ceremonia y
solemnidad de nuestras formas de
relacionarnos con los jóvenes. Si una
lección nos deja una telenovela como
“Doble Juego”, amén de su valentía y
rigor para abordar artísticamente
nuestro contexto, es que están
precisamente ahí, en ese fermento
complejo, contradictorio y diverso de
nuestra realidad y nuestra cultura, las
reservas para movilizar sus
expectativas, y que no es necesario
hacer concesiones para convocarlos. ¿O
es que vamos a seguir con la visión
paternalista de que debemos ofrecer
aquello que supuestamente prefiere y
solicita el público cuyo gusto ya ha
sido previamente modelado por nuestros
propios errores? En ese sentido, las
encuestas y estudios que hagamos, tienen
que servirnos no solo para conocer, sino
para ayudarnos a modular y transformas
esos gustos.
Por otra parte, ganados por esa estética
de lo banal y reproduciendo lo que ya
han consagrado previamente los circuitos
de legitimación comercial europeos y
norteamericanos, salvo contadísimas
excepciones que no hacen sino confirmar
la regla, es muy difícil encontrar un
artista latinoamericano, africano,
árabe, o de otras regiones del llamado
Tercer Mundo, en toda nuestra
programación; haciendo la salvedad de
aquellos que ya han sido domesticados
por las transnacionales. De esta manera
(a lo que se suma el retroceso
experimentado en el funcionamiento de
espacios que fomenten la apreciación y
el análisis), se hace muy difícil lograr
el espectador crítico, en posesión de
una visión cultural descolonizada como
el que queremos. Hemos sido
especialmente eficaces reproduciendo
materiales audiovisuales de los llamados
enlatados (seriales sobre todo), que
resultan exquisitos cursos de
capitalismo idílico para adolescentes.
No menos importante para la formación
del público y de ese espectador al que
aspiramos, sería aplicarnos con más
rigor en tratar de lograr una mayor
eficacia comunicativa en el lenguaje
audiovisual, gráfico y de otro carácter
que utilizamos para expresar las ideas
que defendemos. El teque y el
almidonamiento que padecen algunas de
nuestras acciones de divulgación y
diseño, espacios informativos, y de
otra índole, (incluso algunas galas y
espectáculos), provocan muchas veces un
rechazo en bloque y contribuyen a crear
una sensación de sobresaturación
política que termina por empujar al
público hacia el otro extremo en sus
preferencias. Aprovechando la gran
tradición de nuestro diseño, y
atendiendo a códigos mediáticos más
eficaces y atractivos, si en algo
debemos esmerarnos es en tratar de
mejorar esas imágenes. Sin renunciar a
los contenidos, estamos obligados a
curarnos en salud, pues tratándose, como
es el caso, de una batalla de símbolos,
nada resultaría más dañino a que llegara
a identificarse nuestra propuesta con lo
aburrido y monótono, mientras lo
divertido y cautivante se viera como
algo que solo puede venirnos de otra
parte.
Sobre esto, tampoco creo que nos aporte
mucho la comparación ingenua que solemos
hacer con la programación de los medios,
la publicidad y los espectáculos que se
producen en otras partes del mundo para
inmediatamente concluir que lo hecho
aquí logra, como promedio, un nivel
superior. Por esencia manejan objetivos
distintos. De lo que se trata entonces
es no solo de que sean mejores, sino de
que sean otros.
Por último, quisiera referirme a la
necesidad de asumir la recreación con un
criterio diferente. Tanto en un sentido
más abierto y abarcador, como en el de
otorgarle una mayor prioridad.
En la clausura del octavo Congreso de la
UJC, Fidel se refirió a ello. Desde
entonces acá, es indudable que se ha
avanzado mediante un grupo de respuestas
que han contribuido a operar cierto
cambio. Hay provincias donde ese cambio
es muy visible y la población ha sentido
el impacto de las opciones que se han
ido creando. No obstante, persisten
insatisfacciones, sobre todo entre la
juventud, respecto a las posibilidades
de acceso a espacios recreativos cuyo
servicio se cobre en pesos cubanos.
Específicamente en los pequeños pueblos
y los bateyes (grupos aparentemente
menores, pero que sumados superan los
núcleos de la ciudad y que padecen un
mayor olvido), las opciones se reducen
todavía, por lo general, al consabido
audio que amplifica música los sábados
por la noche. Llamarle recreación a la
bulla y el molote, es una de nuestras
chapucerías habituales que habla de la
falta de rigor con que asumimos una de
las principales demandas de nuestra
juventud y, al propio tiempo, la
demostración del modo en que
desconocemos los resortes profundos de
la cultura para, indirectamente,
mediante acciones que pueden asumir los
más diversos matices, sembrar hábitos,
formas de conducta y valores entre
quienes participan de ellas.
Por sobre todo, debemos procurar que sea
la diversidad el rasgo que caracterice
lo que hagamos en este campo. La
variedad que puede lograrse aplicando
soluciones locales apropiadas,
particularmente las que se consiguen en
los que llamamos pequeños espacios,
pueden ayudarnos a evitar la pobreza de
lo repetitivo. Sería la riqueza de lo
diverso, de lo auténtico, frente a la
homogeneidad y el mal gusto
estandarizado que proliferó y se impuso
en los 90 con la llegada del turismo y
el dólar, y que todavía hoy no hemos
logrado modificar.
Se precisa de un cambio de perspectiva
que acabe por otorgarle a la recreación
la prioridad superior que merece, donde
se sume a todo el que pueda aportar
sobre la base de una misma política. En
esa línea, la dimensión cultural no
puede seguir viéndose como un requisito
incómodo o, en el mejor de los casos,
como una exigencia menor a la hora de
poner en práctica una iniciativa en el
campo del llamado entretenimiento. En
esto la UNEAC puede ayudar mucho.
Mientras la recreación sea una tarea de
segundo orden para organismos que por su
perfil debieran tenerla como una
prioridad, y sobre todo, mientras
sigamos viéndola como parte de una labor
contingente, coyuntural, y no como algo
más complejo y sistemático, integrado
orgánicamente a la cotidianeidad de las
personas, estaremos dando solo
respuestas muy parciales, frente a las
que continuarán proliferando iniciativas
de todo signo donde la estridencia
kistch
y la banalidad quedan libres para
continuar haciendo lo suyo.
Muy relacionado con lo anterior,
subrayaría, para finalizar, que no
podemos subestimar el valor de los
símbolos, cundo justamente son el centro
de la confrontación cultural e
ideológica a la que asistimos. “Plan
contra plan”, según la lógica de Martí.
Necesitamos pasar a la ofensiva en la
construcción de portadores del
imaginario nacional y latinoamericano
atractivos para las jóvenes
generaciones. Por insignificante que
parezca, tenemos que terminar de
aprender a trabajar con las grandes
ideas mediante las pequeñas cosas, esas
que tienen una dimensión humana y que
pueden participar con más facilidad de
la intimidad de los individuos. Hay en
ello, un campo inmenso por explorar para
nuestra Industria Cultural y para el
Diseño, llamados a familiarizar a los
grandes sectores de nuestra población
con los códigos estéticos de vanguardia
y, junto a los medios, las instituciones
culturales y la escuela, sin retórica ni
afectación, contribuir a sembrar el
amor por lo nuestro entre los más
jóvenes. No hay que olvidar que ya otros
lo subestimaron y no sobrevivieron al
error. De manera sutil, sin que
apenas nos demos cuenta, a veces suele
ser por esas pequeñas cosas queridas
por donde más entrañablemente nos
llega la Patria.
Intervención en la plenaria sobre
Cultura y Sociedad, VII Congreso de la
UNEAC.
1ro de abril de 2008. Palacio de las
Convenciones, La Habana. |