Año VI
La Habana

5 al 11 de ABRIL
de 2008

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¿DÓNDE QUIERES QUE
TE PONGA EL PLATO?

 

Plan contra plan

Alpidio Alonso • La Habana

 

Más allá de los aspectos que deben abordar la Comisión de relación con los jóvenes escritores y artistas y algunas otras comisiones que también lo harán, y motivado especialmente por el informe leído aquí por Helmo, quisiera expresar algunas ideas que quizás puedan ser útiles en una discusión como la que nos proponemos realizar durante estos días.  

Comenzaría por una cuestión de orden conceptual que, tal como le he escuchado a varios compañeros, pienso que su reconocimiento no admite más dilación entre nosotros: tenemos que lograr que funcione una única política cultural a todos los niveles, la Política Cultural de la Revolución, establecida con claridad y apoyada por todos nosotros. Sin esa coherencia, sería imposible enfrentar los desafíos que tenemos en el orden cultural e ideológico.

De esa falta de coherencia se derivan muchísimos de los problemas que presenta hoy no solo el funcionamiento de parte de las instituciones del MINCULT, sino los medios de difusión, la prensa plana, nuestro sistema de educación, la Brigada de Instructores de Arte y las propias organizaciones de creadores en la construcción de una hegemonía socialista en el terreno cultural. A mi juicio, esa sería una primera prioridad que para implementarse no tendría que esperar por ninguna otra decisión. Hasta tanto no articulemos un mismo discurso en materia de política cultural, estaremos culpándonos unos a otros de nuestros desatinos, mientras la tontería y la banalidad continúan ganando terreno.

Sobre la manera de implementar esa política, me permito apuntar un elemento que acentúa algo planteado por Helmo en su informe: todo cuanto hagamos debe tomar en cuenta el momento de desarrollo tecnológico y el papel creciente que viene jugando el uso de las nuevas tecnologías en la sociedad contemporánea. Es decir, no podemos fajarnos con la tecnología. La tecnología no es el enemigo. Tenemos en ella un eficaz instrumento que nos permitiría, usando la inteligencia y el potencial cultural que hemos desarrollado, enfrentar la avalancha del discurso colonial que nos llega por todas las vías. Derrotar esos contenidos solo es posible hoy mediante una sistemática labor cultural que trasciende cualquier restricción; el éxito depende, sobre todo, de lo coherentes que seamos en la aplicación de esa política. Es en el interior de las personas donde hay que ganar la batalla. Si la cultura actúa (y sobre todo, los medios) para transformar y mejorar los gustos del público, la parte más compleja de la contienda estaría ganada. 

Vinculado con lo anterior, quisiera, en segundo lugar, llamar la atención sobre un aspecto recogido en los informes de varias Comisiones, acerca del que le he escuchado opiniones a distintos compañeros durante todo este proceso y que me parece uno de los grandes temas a discutir en este Congreso; me refiero a lo relacionado con la presencia entre nosotros de las expresiones estandarizadas de la cultura y, en particular, a la reproducción acrítica en nuestros medios del modelo de vida yanqui.  Tomando en cuenta la cantidad de vectores ideológicos que por distintas vías inciden hoy sobre un joven en nuestro país, no albergo dudas de que está ahí el mayor desafío de nuestra cultura para los próximos años. No es difícil advertir nuestra falta de intencionalidad en la construcción de una alternativa mediática a la propuesta cultural y con ella, al modelo de felicidad establecido como patrón en el mundo. Si hay un frente en el que estamos a la defensiva es en este. Muy poco hacemos por evitar que se siga banalizando nuestro modo de vida. Persiguiendo lo coyuntural, perdemos de vista lo estratégico. Preocupados únicamente porque no se nos filtre un mensaje político explícitamente negativo, descuidamos la sutileza a través de la cual se expresa lo banal, a la larga más eficaz en su labor desmovilizadora. ¿Qué expectativas estamos creando? ¿Qué referentes ofrecemos todos los días a nuestros niños y jóvenes para formar en ellos las mejores virtudes? ¿Cuál modelo de éxito estamos proponiendo?

Cierto que no son los medios los únicos responsables de construir un imaginario colectivo en el que se corporicen los valores socialistas que nos interesa cultivar, pero seríamos muy ingenuos si no consideramos el peso decisivo que tienen  (sobre todo la televisión) en el diseño y fijación de ese imaginario. Nada que hagamos en el terreno cultural puede ignorar su papel en estos tiempos. Tal es su presencia en la vida de la sociedad contemporánea. En el Informe de la Comisión de Cultura y Sociedad se reconoce que los modelos reduccionistas y banalizadores, lamentablemente ya han configurado las aspiraciones y proyectos de vida de amplios sectores de la población cubana en contradicción flagrante con los principios de nuestra política educacional y cultural. Busquemos las causas. Tratemos de encontrar en qué hemos estado distraídos para que los ídolos de nuestros niños y jóvenes hayan pasado a ser las deidades impuestas por la llamada industria del ocio sin que logremos allegarles ninguna alternativa propia, y para que se generalice cada vez más la frivolidad y la cultura de las marcas, exhibidas como credenciales de modernidad y distinción social.

Tenemos que desterrar los caminos trillados, el paternalismo, la mojigatería y el exceso de ceremonia y solemnidad  de nuestras formas de relacionarnos con los jóvenes. Si una lección nos deja una telenovela como “Doble Juego”, amén de su valentía y rigor para abordar artísticamente nuestro contexto, es que están precisamente ahí, en ese fermento complejo, contradictorio y diverso de nuestra realidad y nuestra cultura, las reservas para movilizar sus expectativas, y que no es necesario hacer concesiones para convocarlos. ¿O es que vamos a seguir con la visión paternalista de que debemos ofrecer aquello que supuestamente prefiere y solicita el público cuyo gusto ya ha sido previamente modelado por nuestros propios errores? En ese sentido, las encuestas y estudios que hagamos, tienen que servirnos no solo para conocer, sino para ayudarnos a modular y transformas esos gustos.

Por otra parte, ganados por esa estética de lo banal y reproduciendo lo que ya han consagrado previamente los circuitos de legitimación comercial europeos y norteamericanos, salvo contadísimas excepciones que no hacen sino confirmar la regla, es muy difícil encontrar un artista latinoamericano, africano, árabe, o de otras regiones del llamado Tercer Mundo, en toda nuestra programación; haciendo la salvedad de aquellos que ya han sido domesticados por las transnacionales. De esta manera (a lo que se suma el retroceso experimentado en el funcionamiento de espacios que fomenten la apreciación y el análisis), se hace muy difícil lograr el espectador crítico, en posesión de una visión cultural descolonizada como el que queremos. Hemos sido especialmente eficaces reproduciendo materiales audiovisuales de los llamados enlatados (seriales sobre todo), que resultan exquisitos cursos de capitalismo idílico para adolescentes.

No menos importante para la formación del público y de ese espectador al que aspiramos, sería aplicarnos con más rigor en tratar de lograr una mayor eficacia comunicativa en el lenguaje audiovisual, gráfico y de otro carácter que utilizamos para expresar las ideas que defendemos. El teque y el almidonamiento que padecen algunas de nuestras acciones de divulgación y diseño,  espacios informativos, y de otra índole, (incluso algunas galas y espectáculos), provocan muchas veces un rechazo en bloque y contribuyen a crear una sensación de sobresaturación política que termina por empujar al público hacia el otro extremo en sus preferencias. Aprovechando la gran tradición de nuestro diseño, y atendiendo a códigos mediáticos más eficaces y atractivos, si en algo debemos esmerarnos es en tratar de mejorar esas imágenes. Sin renunciar a los contenidos, estamos obligados a curarnos en salud, pues tratándose, como es el caso, de una batalla de símbolos, nada resultaría más dañino a que llegara a identificarse nuestra propuesta con lo aburrido y monótono, mientras lo divertido y cautivante se viera como algo que solo puede venirnos de otra parte.

Sobre esto, tampoco creo que nos aporte mucho la comparación ingenua que solemos hacer con la programación de los medios, la publicidad y los espectáculos que se producen en otras partes del mundo para inmediatamente concluir que lo hecho aquí logra, como promedio, un nivel superior. Por esencia manejan objetivos distintos. De lo que se trata entonces es no solo de que sean mejores, sino de que sean otros. 

Por último, quisiera referirme a la necesidad de asumir la recreación con un criterio diferente. Tanto en un sentido más abierto y abarcador, como en el de otorgarle una mayor prioridad.

En la clausura del octavo Congreso de la UJC, Fidel se refirió a ello. Desde entonces acá, es indudable que se ha avanzado mediante un grupo de respuestas que han contribuido a operar cierto cambio. Hay provincias donde ese cambio es muy visible y la población ha sentido el impacto de las opciones que se han ido creando. No obstante, persisten insatisfacciones, sobre todo entre la juventud, respecto a las posibilidades de acceso a espacios recreativos cuyo servicio se cobre en pesos cubanos. Específicamente en los pequeños pueblos y los bateyes (grupos aparentemente menores, pero que sumados superan los núcleos de la ciudad y que padecen un mayor olvido), las opciones se reducen todavía, por lo general, al consabido audio que amplifica música los sábados por la noche. Llamarle recreación a la bulla y el molote, es una de nuestras chapucerías habituales que habla de la falta de rigor con que asumimos una de las principales demandas de nuestra juventud y, al propio tiempo, la demostración del modo en que desconocemos los resortes profundos de la cultura para, indirectamente, mediante acciones que pueden asumir los más diversos matices, sembrar hábitos, formas de conducta y valores entre quienes participan de ellas.

Por sobre todo, debemos procurar que sea la diversidad el rasgo que caracterice lo que hagamos en este campo. La variedad que puede lograrse aplicando soluciones locales apropiadas, particularmente las que se consiguen en los que llamamos pequeños espacios, pueden ayudarnos a evitar la pobreza de lo repetitivo. Sería la riqueza de lo diverso, de lo auténtico, frente a la homogeneidad y el mal gusto estandarizado que proliferó y se impuso en los 90 con la llegada del turismo y el dólar, y que todavía hoy no hemos logrado modificar.

Se precisa de un cambio de perspectiva que acabe por otorgarle a la recreación la prioridad superior que merece, donde se sume a todo el que pueda aportar sobre la base de una misma política. En esa línea, la dimensión cultural no puede seguir viéndose como un requisito incómodo o, en el mejor de los casos, como una exigencia menor a la hora de poner en práctica una iniciativa en el campo del llamado entretenimiento. En esto la UNEAC puede ayudar mucho. Mientras la recreación sea una tarea de segundo orden para organismos que por su perfil debieran tenerla como una prioridad, y sobre todo, mientras sigamos viéndola como parte de una labor contingente, coyuntural, y no como algo más complejo y sistemático, integrado orgánicamente a la cotidianeidad de las personas, estaremos dando solo respuestas muy parciales, frente a las que continuarán proliferando iniciativas de todo signo donde la estridencia kistch y la banalidad quedan libres para continuar haciendo lo suyo.

Muy relacionado con lo anterior, subrayaría, para finalizar, que no podemos subestimar el valor de los símbolos, cundo justamente son el centro de la confrontación cultural e ideológica a la que asistimos. “Plan contra plan”, según la lógica de Martí. Necesitamos pasar a la ofensiva en la construcción de portadores del imaginario nacional y latinoamericano atractivos para las jóvenes generaciones. Por insignificante que parezca, tenemos que terminar de aprender a trabajar con las grandes ideas mediante las pequeñas cosas, esas que tienen una dimensión humana y que pueden participar con más facilidad de la intimidad de los individuos. Hay en ello, un campo inmenso por explorar para nuestra Industria Cultural y para el Diseño, llamados a familiarizar a los grandes sectores de nuestra población con los códigos estéticos de vanguardia y, junto a los medios, las instituciones culturales y la escuela, sin retórica ni afectación, contribuir  a sembrar el amor por lo nuestro entre los más jóvenes. No hay que olvidar que ya otros lo subestimaron y no sobrevivieron al error. De manera sutil, sin que apenas nos demos cuenta, a veces suele ser por esas  pequeñas cosas queridas por donde más entrañablemente nos llega la Patria.

Intervención en la plenaria sobre Cultura y Sociedad, VII Congreso de la UNEAC.
1ro de abril de 2008. Palacio de las Convenciones, La Habana.

 

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La Habana, Cuba. 2008.
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