|
Tengo la costumbre, en eventos como
este, mientras transcurren las
intervenciones de escribir mis impresiones,
y cuando se terminan los eventos,
consciente de que no tiene ningún valor,
las rompo. En esta ocasión, me siento en
la obligación de decir algo y como no se
me ocurre otra cosa, voy a leer estas
notas que escribí mientras escuchaba las
intervenciones de ustedes.
He leído con detenimiento todos los
documentos de este Congreso incluyendo
los de cada comisión y no tengo dudas en
calificarlos de profundamente
revolucionarios y, en consecuencia,
críticos.
Estoy satisfecho con haber dedicado unas
pocas horas de mi tiempo a lo que vine:
a escuchar, a aprender. Me ha sido útil
oír ideas nuevas y otras, no tan nuevas;
me ha sido útil escuchar conceptos que
me parecen correctos y otros, que
necesito más tiempo para meditarlos. Me
distancio del pesimismo de unos pocos
—dos o tres, por suerte—; me identifico
con el optimismo de muchos, la inmensa
mayoría. Comprendo la impaciencia de
todos porque es la nuestra. Me alienta
la fe de muchos, la inmensa mayoría, o
todos. Me preocupan los que piensan que
bajos precios y altos ingresos son fruto
de decisiones burocráticas y no de lo
posible.
Nada puede entenderse ni nada puede
criticarse con la crudeza necesaria si
olvidamos nuestro pasado reciente, si
olvidamos de dónde venimos.
Venimos de la ausencia dramática de
alimentos y medicamentos, de calles
desoladas, de noches oscuras, de doble
moneda, que es como doble bandera, con
la atenuante de que ambas son nuestras.
Venimos, y en alguna medida aún estamos,
en un período histórico de casi dos
décadas en que nos propusimos sostener
un ideal de justicia que ya no era
posible defender. Y lo logramos, para
asombro de todos y de nosotros mismos.
¿Por qué? Porque creemos en lo que
defendemos. Porque no tememos. Porque
hemos tenido a Fidel.
La doble moral, las prohibiciones, una
prensa que no refleja nuestra realidad
como queremos, una desigualdad
indeseada, una infraestructura
deteriorada, son las heridas de la
guerra, pero de una guerra que hemos
ganado.
Estoy convencido de que la Revolución
tiene hoy más fuerza que nunca para
encontrar respuestas a las preguntas y
solución a los problemas; incluso, a las
preguntas y los problemas que brotan de
las fecundas y lúcidas mentes de los
delegados al Congreso de la UNEAC. Lo
haremos.
Me siento hoy, lo digo sinceramente, más
orgulloso que nunca de los escritores y
artistas de Cuba.
Muchas gracias.
Intervención de Carlos Lage Dávila,
vicepresidente de los Consejos de
Estados y de Ministros, en la tercera
jornada del VII Congreso de la
UNEAC.
3 de abril de 2008. Palacio de las
Convenciones, La Habana. |