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Hace una semana Kelvis Ochoa decidió
realizar su gran concierto en el Karl
Marx. Dijo como Benny Moré a
su llegada a La Habana en las navidades
de 1951: “Yo no las tenía todas conmigo,
quería conquistar La Habana: Lo más
grande”.
Antes de comenzar el concierto, en una
de sus visitas a la Televisión, me
encontré con Kelvis, lo vi más
concentrado en sus ideas, más encaminado
en su trabajo musical. “Voy a presentar
un panorama de mi trabajo y recordar a
mis amigos de la bohemia habanera. Voy a
dedicarme a mi obra personal, sin dejar
a mi gente de Habana Abierta”.
Kelvis Ochoa, como diría un viejo compay:
rajó la leña en el Karl Marx, a golpe de
canciones, montunos y estribillos, en un
concierto que puede catalogarse como uno
de los más resonantes del año. Cantó
hasta el legendario tema de “La
Mateodora”: “¿Dónde está La
Mateodora?/ rajando la leña está”.
Es asombroso como un cantor puede poner
a cantar a los jóvenes, como si fuesen
de aquellos lejanos tiempos de debatida
y legendaria Mateodora.
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El concierto de Kelvis fue un verdadero
espectáculo, bien concebido en la
producción, el montaje, las luces, el
sonido, la escenografía —del artista de
la plástica René Francisco Rodríguez,
que instaló su obra “Taller de
reparaciones” para la ocasión—, la
dirección musical de Harold López-Nusa,
que además de estelar pianista
concertista y jazzista, ahora muestra
una nueva faceta más popular, y la
excelente dirección artística de Jorge
Perugorría, que va ampliando su abanico
creativo: actor, pintor, director de
cine y de espectáculos.
Se observó con toda claridad que al
concierto le pusieron las ganas. A su
vez sirvió para presentar el nuevo disco
de Kelvis con la EGREM.
Después de su etapa de experiencia en
España, trabajando y luchando, entre el
frío, la nostalgia y la incertidumbre,
Kelvis decide engancharse otra vez en su
tierra, en su raíz. Ya en una atmósfera
más propicia: un Goya, junto a sus
colegas Descemer Bueno, X Alfonso, Kiki,
Abad, Garrido y Leyva.
Kelvis con sólo 38 años, es como un
resumen de ese movimiento que se hizo
llamar Habana abierta, que ha dejado una
impronta y como una sed de nuevos
contactos. El público quiso encontrarse
con ese clima de aquellos días
turbulentos de fin de milenio. De
aquellos encuentros locos de la Peña de
13 y 8 del segundo lustro de la década
de 1990 (en pleno boom de la salsa): “La
radio aflojando salsa otra vez”,
dice Kelvis en su canción “Cuando salí
de la Habana”.
Una serie de presentaciones en La Habana
le fueron permitiendo un nuevo tanteo de
la corriente musical contemporánea, bien
compleja. Con ese estudio, ese análisis
musical, Kelvis preparó, apoyado por un
inteligente trabajo de equipo este gran
concierto.
Kelvis resume el mundo
juglaresco (con sus fantasías, sus
arlequines y come candela), el
trovadoresco (con su lírica
santiaguera), el changuí y el son (con
su sabrosura), la guaracha (con su
humorismo y su irreverencia del choteo)
y
la salsa (con su irreverente potencia
rítmica). “Procedo de una familia
musical de allá de Las Tunas y la Isla
de la Juventud, tocaba congas con latas
de aceite y escuchaba el sabroso rock”.
En el espectáculo el pinero echó mano a
casi todos los formatos posibles: se
acompañó solo con su guitarra, con dúo, trío,
cuarteto vocal, bunga (piquete), banda
salsera y conjunto de cuerdas. En determinados
momentos llegó a contar con veinte
músicos en el escenario. Tuvo como invitados,
entre otros muchos la
batería de Samuel Formell y la voz de Yusa. En la fusión musical se siente el
sonido pop, rock, funky a lo cubano,
timbeado y hasta una cosa rara llamada
grunge. El repertorio agrupó a
los compositores amigos: Pepe del Valle, Descemer Bueno y el propio Kelvis.
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El secreto, el logro más concentrado de
Kelvis estriba en su gracia para meter
las canciones en la dulzura de los
montunos y estribillos, quien
maneja estos dos secretos musicales, con
gracia, imaginación e ingenio, tiene
ganada la “Gran Escena”. Todo ello lo
hace con imaginación y mucho ingenio,
son dones naturales que no se aprenden
en la escuela; como diría un bolero
cantinero: “/Eso se aprende en la calle,
en la cantina/”.
Es una trova, nada hermética y
depresiva, más bien soneada, alegre,
amable sin que por ello no se dejen
entrever los problemas actuales del
desarraigo de algunos músicos, de la
nostalgia por la tierra, de la vida
cotidiana. Su público conoce sus
canciones, las tararea, las corea de
pie, las goza; esa es la música.
Hay algunos que esperan una nueva música
que, según ellos, no ha aparecido
todavía pero ésta es, sin dudas, la
llamada “Nueva Canción” de fin de siglo
XX, un siglo que parece no haber
terminado aún. Esta es la nueva música
que se gestó desde aproximadamente 1995
con aquellos estrepitosos discos:
Habana Abierta (1997), 24 horas
(1999), de la firma BMG (Kelvis Ochoa,
Vanito Caballero, José Luis Medina,
Alejandro Gutiérrez, Boris Larramendi y
Athanay. Recordamos aquellos memorables
conciertos tan prometedores en enero
del 2003. Fue como el Team Cuba (Dream
team) de 1998 con el concierto
frente al Capitolio de los mejores
salseros cubanos. En este caso se
trataba de la nueva hornada de jóvenes
músicos que, sencillamente andaban
buscando un lugar bajo el sol.
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El concierto de Kelvis fue un verdadero
regalo de estos primeros meses del 2008,
me imagino que esperan llevarlo por todo
el país, ofrecerlo al exterior; es una
muestra de la música cubana más
renovadora, un plato fuerte que debe
difundirse porque es como un testimonio
de una época.
El espectáculo termina en “Gran Finale”,
con la comparsa de Los Guaracheros de
Regla, Los Tambores de Bejucal y “La
conga de Juana”, una galería de
personajes cubanos, como un adelanto de
los carnavales que renacerán en La
Habana. La gente sale del concierto:
renovada, como si asistiese a una
revolución musical.
Tomado de Cubarte
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