Año VI
La Habana

3 al 9 de MAYO
de 2008

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concierto en el Karl Marx

Kelvis Ochoa: lo más grande la vida

Rafael Lam • La Habana
Fotos: Kaloian 

 

Hace una semana Kelvis Ochoa decidió realizar su gran concierto en el Karl Marx. Dijo como Benny Moré a su llegada a La Habana en las navidades de 1951: “Yo no las tenía todas conmigo, quería conquistar La Habana: Lo más grande”.

Antes de comenzar el concierto, en una de sus visitas a la Televisión, me encontré con Kelvis, lo vi más concentrado en sus ideas, más encaminado en su trabajo musical. “Voy a presentar un panorama de mi trabajo y recordar a mis amigos de la bohemia habanera. Voy a dedicarme a mi obra personal, sin dejar a mi gente de Habana Abierta”.

Kelvis Ochoa, como diría un viejo compay: rajó la leña en el Karl Marx, a golpe de canciones, montunos y estribillos, en un concierto que puede catalogarse como uno de los más resonantes del año. Cantó hasta el legendario tema de “La Mateodora”: “¿Dónde está La Mateodora?/ rajando la leña está”. Es asombroso como un cantor puede poner a cantar a los jóvenes, como si fuesen de aquellos lejanos tiempos de debatida y legendaria Mateodora.

El concierto de Kelvis fue un verdadero espectáculo, bien concebido en la producción, el montaje, las luces, el sonido, la escenografía —del artista de la plástica René Francisco Rodríguez, que instaló su obra “Taller de reparaciones” para la ocasión—, la dirección musical de Harold López-Nusa, que además de estelar pianista concertista y jazzista, ahora muestra una nueva faceta más popular, y la excelente dirección artística de Jorge Perugorría, que va ampliando su abanico creativo: actor, pintor, director de cine y de espectáculos. Se observó con toda claridad que al concierto le pusieron las ganas. A su vez sirvió para presentar el nuevo disco de Kelvis con la EGREM.

Después de su etapa de experiencia en España, trabajando y luchando, entre el frío, la nostalgia y la incertidumbre, Kelvis decide engancharse otra vez en su tierra, en su raíz. Ya en una atmósfera más propicia: un Goya, junto a sus colegas Descemer Bueno, X Alfonso, Kiki, Abad, Garrido y Leyva.

Kelvis con sólo 38 años, es como un resumen de ese movimiento que se hizo llamar Habana abierta, que ha dejado una impronta y como una sed de nuevos contactos. El público quiso encontrarse con ese clima de aquellos días turbulentos de fin de milenio. De aquellos encuentros locos de la Peña de 13 y 8 del segundo lustro de la década de 1990 (en pleno boom de la salsa): “La radio aflojando salsa otra vez”, dice Kelvis en su canción “Cuando salí de la Habana”.

Una serie de presentaciones en La Habana le fueron permitiendo un nuevo tanteo de la corriente musical contemporánea, bien compleja. Con ese estudio, ese análisis musical, Kelvis preparó, apoyado por un inteligente trabajo de equipo este gran concierto.

Kelvis resume el mundo juglaresco (con sus fantasías, sus arlequines y come candela), el trovadoresco (con su lírica santiaguera), el changuí y el son (con su sabrosura), la guaracha (con su humorismo y su irreverencia del choteo) y la salsa (con su irreverente potencia rítmica). “Procedo de una familia musical de allá de Las Tunas y la Isla de la Juventud, tocaba congas con latas de aceite y escuchaba el sabroso rock”.

En el espectáculo el pinero echó mano a casi todos los formatos posibles: se acompañó solo con su guitarra, con dúo, trío, cuarteto vocal, bunga (piquete), banda salsera y conjunto de cuerdas. En determinados momentos llegó a contar con veinte músicos en el escenario. Tuvo como invitados, entre otros muchos la batería de Samuel Formell y la voz de Yusa. En la fusión musical se siente el sonido pop, rock, funky a lo cubano, timbeado y hasta una cosa rara llamada grunge. El repertorio agrupó a los compositores amigos: Pepe del Valle, Descemer Bueno y el propio Kelvis.

El secreto, el logro más concentrado de Kelvis estriba en su gracia para meter las canciones en la dulzura de los montunos y estribillos, quien maneja estos dos secretos musicales, con gracia, imaginación e ingenio, tiene ganada la “Gran Escena”. Todo ello lo hace con imaginación y mucho ingenio, son dones naturales que no se aprenden en la escuela; como diría un bolero cantinero: “/Eso se aprende en la calle, en la cantina/”.

Es una trova, nada hermética y depresiva,  más bien soneada, alegre, amable sin que por ello no se dejen entrever los problemas actuales del desarraigo de algunos músicos, de la nostalgia por la tierra, de la vida cotidiana. Su público conoce sus canciones, las tararea, las corea de pie, las goza; esa es la música.

Hay algunos que esperan una nueva música que, según ellos, no ha aparecido todavía pero ésta es, sin dudas, la llamada “Nueva Canción” de fin de siglo XX, un siglo que parece no haber terminado aún. Esta es la nueva música que se gestó desde aproximadamente 1995 con aquellos estrepitosos discos: Habana Abierta (1997), 24 horas (1999), de la firma BMG (Kelvis Ochoa, Vanito Caballero, José Luis Medina, Alejandro Gutiérrez, Boris Larramendi y Athanay. Recordamos aquellos memorables conciertos tan prometedores en enero del 2003. Fue como el Team Cuba (Dream team) de 1998 con el concierto frente al Capitolio de los mejores salseros cubanos. En este caso se trataba de la nueva hornada de jóvenes músicos que, sencillamente andaban buscando un lugar bajo el sol.

El concierto de Kelvis fue un verdadero regalo de estos primeros meses del 2008, me imagino que esperan llevarlo por todo el país, ofrecerlo al exterior; es una muestra de la música cubana más renovadora, un plato fuerte que debe difundirse porque es como un testimonio de una época.

El espectáculo termina en “Gran Finale”, con la comparsa de Los Guaracheros de Regla, Los Tambores de Bejucal y “La conga de Juana”, una galería de personajes cubanos, como un adelanto de los carnavales que renacerán en La Habana. La gente sale del concierto: renovada, como si asistiese a una revolución musical.

Tomado de Cubarte

 

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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
La Habana, Cuba. 2008.
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