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No hace mucho la televisión exhibió un
filme en el que un malvado, mediante el
uso de drogas, idiotizó y esclavizó a
adultos de un poblado a los que una vez
utilizados, arreaba hacía un abismo.
Mientras avanzaban rumbo a la muerte los
infelices cantaban: “Viva nuestra
perdición.” Para quien supiera leerla,
la metáfora revelaba un hecho dramático:
en materia política, sobre todo
electoral, no es extraño que parte de
las masas y los pueblos, actúen en
contra suya.
Dado la evolución del sistema político
basado en la democracia liberal, el
único poder político de la oligarquía es
el que, mediante el voto, le otorgan las
masas. Los burgueses y los oligarcas no
son mayoría en ninguna parte, como
tampoco lo son los ponentes de las
opciones neoliberales ni los demagogos y
los corruptos que reiteradamente
resultan elegidos.
En los regimenes esclavista y feudal el
despotismo era la regla porque el poder
de esclavistas o monarcas no dependía
del acatamiento ni de la simpatía de la
gente. Dado que los gobernantes no eran
electos, no existía la política como
profesión ni la demagogia como
procedimiento para el engaño y la
manipulación; entonces la cohesión
social no se alcanzaba sobre la base de
las ideas compartidas, sino por métodos
y medios brutales y expeditos. El látigo
y el cepo fueron abandonados porque eran
incompatibles con la condición humana.
El capitalismo liberal terminó con
semejantes arbitrariedades y creó un
modelo político coherente con la
realidad económica, tan indoloro como
eficaz, basado no en la compulsión
física, en la obediencia admitida o en
el sometimiento abierto, sino en
derechos, ilusiones y mitos, sustentados
en que la gente participa, vota y elige.
El procedimiento es extraordinariamente
eficaz, entre otras cosas porque las
clases dominantes se reservan el poder
económico que es ajeno a la democracia y
porque esa circunstancia convierte en
dominante a sus ideas. La misma lógica
doctrinaria que otorga a los pueblos el
derecho a elegir a sus gobernantes,
condiciona esa prerrogativa, la
mediatiza y la manipula. Nadie puede
votar por alguien que no haya sido
previamente postulado, cosa que
corresponde a las maquinarias políticas
que arrebatan con la mano derecha lo que
otorgaron con la izquierda.
No se trata por supuesto de dispositivos
simples, aislados o de naturaleza
mecánica, instalados a capricho y que
operan automáticamente ni siempre de la
misma manera, sino de complejos procesos
desplegados a escala social que, a lo
largo de grandes períodos condujeron a
la formación de las estructuras
ideológicas y políticas vigentes, de las
que forman parte no sólo las ideas de
todo tipo, sino de los comportamientos.
Definitivamente: “Todo lo que los
hombres hacen pasa antes por sus
cabezas”
Apreciada en grandes períodos de tiempo,
a escala de las formaciones económicas
sociales, el factor económico es
inequívocamente determinante, lo que no
necesariamente se expresa en cada acto y
en cada coyuntura. Aunque unos se
percaten y otros no, la conciencia
social y la ideología, en interacciones
muy complejas con la realidad y las
circunstancias económicas, influyen e
incluso determinan los comportamientos
políticos de las clases y los
individuos.
Eso explica que siendo clases opuestas y
según se dice antagónicas, los
trabajadores voten y elijan a los
burgueses y muchos compatriotas
latinoamericanos le hayan dado su voto a
políticos neoliberales que sostienen la
tesis de que el gobierno no debe
entrometerse en la economía y que el
destino de los pueblos debe quedar al
arbitrio del mercado. La manipulación
actúa en intrincadas zonas de la
conciencia ciudadana produciendo
comportamientos torcidos e inaplicables.
Es exactamente lo que está ocurriendo en
Bolivia, aunque esta vez se han pasado
todos los límites. Nunca antes la
oligarquía criolla había propuesto al
mismo pueblo que despreció durante
trescientos años, una alianza para
deshacer a su país, renegar de sus
compatriotas y traicionar las ideas y
los valores acerca de la Nación y la
Patria que han sostenido a todas las
generaciones precedentes.
No es la primera vez que una parte de un
pueblo, seducido por cantos de sirenas o
cortejado con propuestas mezquinas, teje
soga para su cuello, pero es la más
insólita y vergonzosa. La gente tiene
derecho a votar pero no a usar el voto
para traicionar y conspirar contra su
país.
En horas de definiciones nadie tiene
derecho a olvidar que no hace mucho, en
Estados Unidos, el separatismo originó
una guerra civil de cinco años y casi un
millón de muertos, el separatismo fue el
detonante de la Primera Guerra Mundial y
la plaga que convirtió la historia de
los Balcanes en una interminable
sucesión de tragedias.
Sin ánimos de emitir un pronóstico ni
hacer de oráculo, ateniéndome
estrictamente a los hechos y a la
experiencia histórica, puedo afirmar que
ahora y siempre, quienes votan con la
oligarquía, tienen tiempo para
lamentarlo. La historia de la naranja
exprimida no es una metáfora, sino una
realidad.
1-. Federico Engels |
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