Año VI
La Habana

3 al 9 de MAYO
de 2008

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Bolivia: soga para su cuello
Jorge Gómez Barata • Visiones Alternativas
 
No hace mucho la televisión exhibió un filme en el que un malvado, mediante el uso de drogas, idiotizó y esclavizó a adultos de un poblado a los que una vez utilizados, arreaba hacía un abismo. Mientras avanzaban rumbo a la muerte los infelices cantaban: “Viva nuestra perdición.” Para quien supiera leerla, la metáfora revelaba un hecho dramático: en materia política, sobre todo electoral, no es extraño que parte de las masas y los pueblos, actúen en contra suya.

Dado la evolución del sistema político basado en la democracia liberal, el único poder político de la oligarquía es el que, mediante el voto, le otorgan las masas. Los burgueses y los oligarcas no son mayoría en ninguna parte, como tampoco lo son los ponentes de las opciones neoliberales ni los demagogos y los corruptos que reiteradamente resultan elegidos.

En los regimenes esclavista y feudal el despotismo era la regla porque el poder de esclavistas o monarcas no dependía del acatamiento ni de la simpatía de la gente. Dado que los gobernantes no eran electos, no existía la política como profesión ni la demagogia como procedimiento para el engaño y la manipulación; entonces la cohesión social no se alcanzaba sobre la base de las ideas compartidas, sino por métodos y medios brutales y expeditos. El látigo y el cepo fueron abandonados porque eran incompatibles con la condición humana.

El capitalismo liberal terminó con semejantes arbitrariedades y creó un modelo político coherente con la realidad económica, tan indoloro como eficaz, basado no en la compulsión física, en la obediencia admitida o en el sometimiento abierto, sino en derechos, ilusiones y mitos, sustentados en que la gente participa, vota y elige.

El procedimiento es extraordinariamente eficaz, entre otras cosas porque las clases dominantes se reservan el poder económico que es ajeno a la democracia y porque esa circunstancia convierte en dominante a sus ideas. La misma lógica doctrinaria que otorga a los pueblos el derecho a elegir a sus gobernantes, condiciona esa prerrogativa, la mediatiza y la manipula. Nadie puede votar por alguien que no haya sido previamente postulado, cosa que corresponde a las maquinarias políticas que arrebatan con la mano derecha lo que otorgaron con la izquierda.

No se trata por supuesto de dispositivos simples, aislados o de naturaleza mecánica, instalados a capricho y que operan automáticamente ni siempre de la misma manera, sino de complejos procesos desplegados a escala social que, a lo largo de grandes períodos condujeron a la formación de las estructuras ideológicas y políticas vigentes, de las que forman parte no sólo las ideas de todo tipo, sino de los comportamientos. Definitivamente: “Todo lo que los hombres hacen pasa antes por sus cabezas”

Apreciada en grandes períodos de tiempo, a escala de las formaciones económicas sociales, el factor económico es inequívocamente determinante, lo que no necesariamente se expresa en cada acto y en cada coyuntura. Aunque unos se percaten y otros no, la conciencia social y la ideología, en interacciones muy complejas con la realidad y las circunstancias económicas, influyen e incluso determinan los comportamientos políticos de las clases y los individuos.

Eso explica que siendo clases opuestas y según se dice antagónicas, los trabajadores voten y elijan a los burgueses y muchos compatriotas latinoamericanos le hayan dado su voto a políticos neoliberales que sostienen la tesis de que el gobierno no debe entrometerse en la economía y que el destino de los pueblos debe quedar al arbitrio del mercado. La manipulación actúa en intrincadas zonas de la conciencia ciudadana produciendo comportamientos torcidos e inaplicables.

Es exactamente lo que está ocurriendo en Bolivia, aunque esta vez se han pasado todos los límites. Nunca antes la oligarquía criolla había propuesto al mismo pueblo que despreció durante trescientos años, una alianza para deshacer a su país, renegar de sus compatriotas y traicionar las ideas y los valores acerca de la Nación y la Patria que han sostenido a todas las generaciones precedentes.

No es la primera vez que una parte de un pueblo, seducido por cantos de sirenas o cortejado con propuestas mezquinas, teje soga para su cuello, pero es la más insólita y vergonzosa. La gente tiene derecho a votar pero no a usar el voto para traicionar y conspirar contra su país.

En horas de definiciones nadie tiene derecho a olvidar que no hace mucho, en Estados Unidos, el separatismo originó una guerra civil de cinco años y casi un millón de muertos, el separatismo fue el detonante de la Primera Guerra Mundial y la plaga que convirtió la historia de los Balcanes en una interminable sucesión de tragedias.

Sin ánimos de emitir un pronóstico ni hacer de oráculo, ateniéndome estrictamente a los hechos y a la experiencia histórica, puedo afirmar que ahora y siempre, quienes votan con la oligarquía, tienen tiempo para lamentarlo. La historia de la naranja exprimida no es una metáfora, sino una realidad.

1-. Federico Engels
 

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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
La Habana, Cuba. 2008.
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