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Serían más o menos las tres, aunque
supongamos que no eran las tres, o sea,
que fueran las dos, la hora exacta no
importa, el asunto es que había un sol
de las tres, que hacía sudar, delirar,
maldecir, sobre todo si pedaleabas en
una for ever pesada, calculando los
espacios con sombra, como iba yo más o
menos a las tres, o tres y cuarto,
cuando me topé con el tipo, o mejor
dicho, cuando el tipo se topó conmigo,
absorto en mi pedaleo, con el mundo
interior superando al de afuera, a pesar
del calor, de la hora, de las pocas
sombras, intentando en mi mente
encontrar una historia, la buena
historia para componerla despacio,
palabra por palabra, oración por
oración, con un buen tono, un buen
comienzo, pensarla demasiado, escribirla
un par de meses, primero con versiones a
lápiz, innumerables versiones, después
transcribirla en la Remington,
terminarla satisfecho, sin arrepentirme,
leerla a los socios cercanos, cambiarle
palabras, oraciones, escuchar la opinión
de esos socios, sentirme extasiado,
levitante, más absorto todavía en mi
pedaleo, creerme escritor en el tumulto
de bicicleteros, emparentarme con ellos
durante el recorrido, concursar con mi
cuento, esperar el veredicto de cierto
jurado, contemplar mis palabras, mis
giros en las mejores revistas, sentirme
escritor, un gran escritor, un simple
escritor, en eso pensaba cuando alguien
me dijo, mi socio, te llaman, y de
repente salí del letargo, miré afuera,
al mundo de afuera, entonces maldije el
sol de las tres, el calor insoportable,
los baches de las calles, los espacios
sin sombra, la poca suerte de los
bicicleteros, el que me dio la noticia
continuó su pedaleo, no puede ser
conmigo, me dije, pero en vez de seguir
detuve la marcha, justo en setenta y
tercera, cerca de un grupo que arruinaba
su tiempo en la parada, frente a los
enormes carteles que anunciaban cerveza,
increíble, alguien me había llamado
desde un carro brilloso, con música
enlatada, de los que los turistas
alquilan para pasearse por La Habana
como príncipes, perplejo, absorto,
comprendí que el tipo insistía en hacer
señas para que me acercara, pero yo,
Sergio Navarro, quien sudaba a chorros
sobre su bicicleta, jamás había tenido
relaciones con turistas con carros, ni
con las putas que salen con turistas con
carros, ni con las amigas de las putas
que salen con turistas con carros, me
asombró que el tipo tocara el claxon,
que se tomara el trabajo de detenerse
encima de la acera, que me esperara con
toda su calma, y no supe qué hacer,
madre mía, nadie podía decirme qué
hacer, me sequé el sudor, suspiré hondo,
miré el carro, presentí en la parada
los ojos de los curiosos clavados en mi
espalda, debió ser una simple confusión
de ese tipo, pensé, para los extranjeros
en carros los nacionales en bicicleta
suelen ser piezas del mismo engranaje,
entonces, con otra seña, le pregunté si
realmente era conmigo, él movió la
cabeza, no había dudas, era conmigo, qué
rayos quería ese tipo conmigo, me sentí
ridículo, de dónde podría conocerme un
tipo así, yo era centro de atención en
la parada, entretenimiento del grupo de
nacionales ya no tan aburridos, otro
segundo sin acercarme me convertiría en
un ser más ridículo, con la bicicleta a
un lado y un millar de interrogantes
avancé hacia el carro brilloso, hacia la
música enlatada, sentí molestia en mis
ojos por el brillo, pero con la mano
cubriéndome el rostro pude ver la
alegría fugaz de las putas que lo
acompañaban, sus dedos de turista
tamborilear sobre el timón, el anillo de
oro, la cadena de oro, el cuello ancho,
una amplia sonrisa, coño, Sergio, ¿ya no
te acuerdas de mí?, madre mía, esa no
era la voz de un turista, los turistas
no se saben mi nombre, no pueden saberse
mi nombre, los turistas no decían coño
como lo había dicho ese tipo,
desamparado, en medio de setenta y
tercera, junto a los hoteles, cerca del
mar, con mucha duda en el cerebro, me
sentí ridículo, pero sus ojos sí los
había visto antes, la manera de mirar de
esos ojos, cómo no, sin el carro, los
anillos, la cadena, y la voz, ¿de dónde
recordaba esa voz?, perplejo, traté de
hacer memoria justamente a las tres, con
el sol de las tres, pero no me acordaba,
por mi madre que no me acordaba, en mi
vida había tratado con turistas tan
gordos, por mucho que quisiera jamás
podría acordarme, no, no me acuerdo,
entonces, convencido de que no me
acordaba se dio un trago de cerveza,
tocó el muslo de la puta más cercana,
sonrió, y dueño del mundo me dijo:
¿verdad que no te acuerdas, compadre?,
debí decirle no, verdad que no me
acuerdo, pero en vez de responder miré
su cerveza, deseé tener en mi mano su
cerveza, cometí el error de mirar su
cerveza, me traicionó el calor y miré su
maldita cerveza, helada, intocable,
reproducida exacta en los carteles de
enfrente, debió haberlo notado
enseguida, por eso no pudo esperar más,
yo soy Juanelo, compadre, el hijo de
Rosalba, Rosalba, Rosalba, me sonaba
Rosalba, qué Rosalba, ah, sí, Rosalba,
claro, Rosalba, era Juanelo el hijo de
Rosalba, quien podía imaginar, justo en
setenta y tercera, con el sol de las
tres, el maldito sol de las tres, los
curiosos en la parada, los hoteles, el
mar, que ese gordo rodeado de putas
nacionales era Juanelo el hijo de
Rosalba, miré el carro brilloso, miré
las putas, la cerveza, y mi mente fue
veloz, muy veloz, juro que fue veloz, no
para inventarme una historia y después
escribirla despacio, palabra por
palabra, sino para sentir los gritos de
Rosalba desde su balcón, sube a bañarte,
Juanelo, la bata atrapada entre los
muslos, sube a bañarte, inclinada en la
baranda, sube a bañarte, carajo, con
Juanelo sin atender, con nosotros sin
atender, mostrándonos juguetes no
queríamos atender, dueños de la acera no
podíamos atender, aunque un coro de
madres secundara los gritos de Rosalba,
vengan a bañarse, muchachos, tan
disfrazados como estábamos, tan ausentes
del barrio como estábamos, vengan a
bañarse, no podíamos atender, el coro
gritaba, mambises con machetes de
madera, vengan a bañarse, zorros que
marcaron la zeta en cualquier parte,
vengan a bañarse, indios con flechas
peligrosas, vengan a bañarse, el coro
gritaba, inconformes que no tuvieron
suerte esta vez, vengan a bañarse,
malparados por falta de dinero en sus
casas, vengan a bañarse, infelices por
un mal turno en la cola, vengan a
bañarse, el coro gritaba, desgraciados
por descuido de sus padres, vengan a
bañarse, pero nosotros no podíamos
atender, nadie podía atender, yo no
podía atender, entraba en las tabernas,
pedía whisky, sacaba mi revólver más
rápido que el viento, disparaba, evitaba
flechazos, estocadas, machetazos, sin
poder atender, pero por sobre todas las
cosas, lo que más evitaba era prestar mi
revólver al infeliz de Juanelo, al rompe
grupos Juanelo, que tampoco tuvo suerte
esa vez, jamás se vio a Rosalba madrugar
a tiempo, junto al coro de madres
gastadas en la colas de las tiendas,
para que el guajiro Juanelo, el desastre
Juanelo, pudiera repartir la justicia
del zorro por la cuadra, o entrara en
las tabernas del oeste como yo, Billy El
Niño, gracias al esfuerzo de mi madre,
el de las manos más rápidas que el
viento, y me dejara en paz, pero
Juanelo, pobre Juanelo, todavía sin puta
a quien tocar, sube a bañarte, carajo,
demasiado triste en la escalera, echó un
vistazo a mi disfraz, puso sus manos en
forma de bocina, y soltó un grito tan
fuerte, tan desgarrado, tan histórico,
tan retumbante, Tú eres negro, En el
oeste no hay negros, Billy el Niño no es
negro, que no supe qué hacer, con la
mano muy cerca del revólver no supe qué
hacer, en realidad nadie supo qué hacer,
pobre de mí, la poderosa boca de Juanelo
concentró la atención en la escalera,
los muchachos del barrio y el coro de
madres taparon sus oídos, incluida
Rosalba allá arriba, las manos en la
cabeza, la bata levantada, incluida mi
madre acá abajo, con su carga de odio
hacia Juanelo, quedando fragmentado,
hecho trizas el coro, incapaz de mandar
a bañarnos por buen rato, pobre de mí,
frente a la escalera, Billy El Niño, el
de las manos más rápidas que el viento,
debajo de la bata de Rosalba, con el
grito retumbando en las paredes, Tú eres
negro, Tú eres negro, en los muros de
las casas, Tú eres negro, en los tronco
de los árboles, Tú eres negro, Tú eres
negro, hasta que una voz, cállate,
muchacho, salida del coro, trató de
oponerse a ese grito, cállate, muchacho,
primero sin fuerza, cállate, muchacho,
luego secundada por el resto de las
voces, cállate, muchacho, cállate,
muchacho, para que subiera a bañarse de
una vez, para callarlo de una vez, pero
allí mismo, frente a la escalera, la
taberna de mi imaginación desapareció
para siempre, guardé mi revólver para
siempre, no pude dormir durante noches,
y comencé a pensar demasiado, de golpe
había perdido mi inocencia, lo demás,
con el tiempo, me lo explicó mi madre,
fue un buen grito el de Juanelo, me
ayudó a comprender las diferencias del
terreno en que pisaba, nunca lo supo, lo
olvidó enseguida, yo no, cada cual
guarda un grito de infancia y así fue el
mío, cruelmente cierto, era negro y en
el oeste no había negros, a pesar de las
colas de mi madre no había negros,
contaba con un destino cifrado,
histórico, palpable, que algún
blanquillo de barrio tendría la misión
de recordar cuando olvidara, Juanelo,
cará, sentí su mano gorda junto a la
mía sudada, justo en setenta y tercera,
con el sol de las tres, el maldito sol
de las tres, los curiosos de la parada,
las putas, la cerveza, y mi mente fue
veloz, otra vez fue veloz, muy veloz,
juro que fue veloz, y pude verlo menos
gordo, todavía sin carro brilloso,
todavía sin putas, bien sudado, con unas
ganas tremendas de pedirme auxilio, que
lo ayudara, que le tirara un cabo, para
eso éramos del barrio, compadre, aunque
la maestra no nos quitara los ojos de
encima, aunque el tiempo de la prueba
pasara, aunque el resto del aula
entregara, y no pude ayudarte, Juanelo,
por más que quise no pude, de pinga,
negro, por culpa de esa maestra repito
este grado, y nos fuimos separando poco
a poco, cada cual con su destino, sus
gustos, sus canciones, me di cuenta, mi
socio, un negro está obligado a ser
tres veces el mejor para ser bueno, así
decía mi madre, tú no, tú encontraste un
mundo propicio en las esquinas, te
mezclaste con gente de otros barrios,
jugaste al taco todo el tiempo, al
cuatro esquinas todo el tiempo, probaste
el ron primero que nosotros, te casaste
primero, fuimos a tu boda envidiando la
manera en que besabas a otra niña del
barrio, la manera en que cargaste su
cuerpo de hembra rica hasta la máquina,
la manera en que le hiciste un par de
hijos, mientras yo, Sergio Navarro, el
negro Sergio, Navarro el negro, hurgaba
en bibliotecas, entregaba trabajos
prácticos en tiempo, regateaba notas,
estudiaba, quería ser alguien, Juanelo,
desligarme de la escala del barrio,
cambiar las reglas, renegar de los
oficios cifrados, no ser bodeguero,
albañil, panadero, a tiempo comprendí
la maldición de las esquinas, los
oficios se adquirían en la esquina,
durante horas sobre el contén, tiempo
libre que luego se pagaba, yo prefería
el cine, escapar de las esquinas en la
oscuridad de cualquier filme, una vez vi
una película distinta, trataba de dos
negros campeando en el oeste, cada uno
con revólveres abrían indiscretos las
tabernas, tomaban whisky, mataban
malhechores, luego galopaban como yo,
pero ya habías gritado Billy el Niño no
es negro, en el oeste no hay negros, y
los muchachos que taparon sus oídos ya
eran hombres, los más viejos del coro
ya habían muerto, y lo peor, Juanelo, lo
peor, ya lo habías olvidado, yo no, cada
cual guarda un grito de infancia y así
fue el mío, Belafonte y Sidney Potier me
aparecieron tarde, ya no podía responder
con otro grito para silenciar el tuyo,
decirte frente a la escalera que en el
oeste sí había negros, que puede
haberlos, todo depende de la intención
con que se mire, ya no, ya eras padre de
dos hijos, un buen chofer de carga por
camiones que mejoraba por días, descubrí
que en las esquinas también se aprende a
mejorar por días y hubiera sido
ridículo, quién iba a pensarlo, Juanelo,
mientras yo estudiaba la vida ponía un
carro a tu favor, mucha fiesta a tu
favor, en el barrio comentaban lo
increíble que era verte mejorar todos
los días, hasta los tipos que robaron en
tu casa debieron haberlo comentado, no
lo pudiste creer, entraron en plena
tarde, robaron contigo dentro,
despertaste y el televisor ya no estaba,
la grabadora no estaba, las ropas no
estaban, y lo más triste, Juanelo, lo
más triste, los vecinos los vieron
bajar, uno de ellos era negro, te
dijeron, los muchachos que jugaban al
taco los vieron bajar, eran tres tipos
altos que se mostraron familiares, que
parecieron amigos de la casa, como
siempre había amigos en la casa, como
siempre había fiestas en la casa, nadie
pensó que robaban, recostado en la
baranda no lo pudiste creer, en realidad
nadie lo pudo creer, los vecinos te
explicaban desde abajo, pero tú no
podías escucharlos, mirabas a un punto
perdido en la ciudad, esperabas al carro
patrullero, a un antiguo socio de
esquina ahora convertido en policía,
sentiste pánico, tenías el rostro
pálido de los que sienten pánico, pero
tuviste suerte, en vez de estar
descamisado en la baranda podías estar
muerto, amarrado y muerto, golpeado y
muerto, menos mal que tu mujer y los
muchachos no estaban, menos mal que no
despertaste, así te dijo alguien que
después preguntó cuántos eran los tipos,
entonces me contaron que miraste hacia
abajo, hacia la multitud de abajo, y
gritaste que fueron tres negros altos,
eso es triste, Juanelo, pura traición
del subconsciente, donde sólo hubo uno
te aparecieron tres, así le contaste a
tu socio el policía, así lo anotó en su
libreta de apuntes, así le informó a los
otros patrulleros y así comenzó la
pedidera de carné a los negros altos,
los sospechosos fueron negros altos, la
policía buscó negros altos, interrogó
negros altos, pobres negros altos, menos
mal que no estaba en el barrio, soy
negro y soy alto, me hubieran pedido el
carné por ser negro y ser alto, esa
causa impidió que se encontraran los
ladrones, así me dije cuando me lo
contaron, luego pensé mucho en esto, ya
era un Licenciado en Historia para
orgullo de mi madre, un tipo que
disfrutaba en exceso su título colgado
en la pared, profesor con la mochila
repleta de libros, aprendiz de escritor
dedicado a evaluar el pensamiento de los
otros, alguien que había logrado la
distancia deseada con el barrio,
entonces, contemplativo ante el paisaje,
imaginé mi barrio, imaginé a Juanelo
inclinado en la baranda, imaginé tres
negros tristes saliendo de su boca,
imaginé a los policías pidiendo el carné
a los negros altos, sentí lástima, mucha
lástima, cada vez que un policía detiene
a un negro en una esquina del país, sólo
por verlo negro, sospechoso, culpable
hasta que no demuestre lo contrario,
algo anda muy mal entre nosotros, me
dije, luego opté por reír, lejos de
Juanelo y del barrio la carcajada
inmensa era el mejor de los antídotos,
los negros, todos los negros,
absolutamente todos los negros, aunque
la vida demostrara lo contrario, aunque
en las escuelas se explicara lo
contrario, aunque en los discursos se
dijera lo contrario, eran para él, y
para otros que pensaban como él, simples
cazadores de ropita húmeda en las
tendederas, tipos que sudaban, comían,
gritaban, bebían, bailaban y templaban
demasiado, nada más, imaginé a Juanelo
cerca de una botella de ron compartiendo
el criterio con sus socios, como remedos
con ínfulas de antiguos mayorales
evaluaban el barrio de acuerdo al color
de sus actores, otra vez me dio risa,
mucha risa, personas como yo, por esa
causa, crecimos en guardia permanente,
encontramos en el esfuerzo personal el
modo de palear las diferencias, como
diestros cimarrones de este tiempo
aprendimos a burlar ciertas trampitas de
la vida, ah, Juanelo, quien iba a pensar
que ese gordo rodeado de putas
nacionales eras tú, después de tantos
años, necesitado de que te viera feliz,
justo en setenta y tercera, con el sol
de las tres, el maldito sol de las tres,
los curiosos de la parada, los hoteles,
el mar, y ese brillo de tu carro
alquilado, apenas permitiendo mirarte,
alguna vez escribiré sobre ese
encuentro, me dije, sobre tu mano gorda
apretando la mía, el sudor, la música
enlatada, mi sed, el deseo de tener en
mi mano tu cerveza, helada, intocable,
reproducida exacta en los carteles de
enfrente, sobre la maldición que echaste
sobre los negros altos, la rapidez con
que recuperaste las cosas después de
aquel robo, los comentarios, la
denuncia, la investigación que te
hicieron, el desfalco que hiciste, el
juicio, la prisión, tu divorcio, las
canas, las estrepitosas borracheras, de
todo eso tendré que escribir, no por
casualidad nos hemos encontrado, la vida
es un divino guión, así dice un
cantante, no pudo ser casual, insisto,
que yo, sudoroso desde mi bicicleta, te
viera feliz, con puta y con cerveza, en
tu carro brilloso, para que recordara a
los vecinos comentando tu captura en
altamar, el riesgo que corriste en una
balsa endeble, tu regreso a la prisión,
la insistencia en ganarte la otra orilla
cada vez que hubiera un chance, cada vez
que pudieras enrolarte en un grupo de
asfixiados, de inventores de balsas, de
tipos que intuían un paraíso más allá,
pero tenías mala suerte, siempre
terminabas regresado, encarcelado,
frustrado, cogiste fama de tipo con mala
suerte para el mar, nadie te quiso de
tripulante en su aventura, tenías mierda
de tiñosa en el hombro, algunos en el
barrio se volvieron famosos contando tus
miserias, los vecinos le hacían coros,
escuchaban por sus bocas y después las
repetían, las alteraban, las cambiaban,
cierta vez, así me contaron, hiciste
señas a un barco ruso pensando que era
yanqui, otra, saliste por Baracoa
capitaneando un grupo que fue a dar a
Varadero, de playa en playa, de cárcel
en cárcel, tu vida fue ganada por la
angustia, la obsesión, por la
imprudencia, hasta que lograste salir,
cuando por estrategia permitieron salir,
cosas de la vida, Juanelo, de tu vida,
cosas que cuando tenga tiempo tendré que
escribir, tampoco es casual que mi madre
me cuente la noticia que recorre este
barrio, otra noticia sobre ti, como si
aún no te hubieras marchado, como si
todavía salieras del carro brilloso para
que todos contemplaran tu gordura, tu
cerveza, tus cadenas, y luego
comentaran, pero tuviste problemas,
abofeteaste a un tipo, según cuentan,
negro de mierda le dijiste, luego lo
botaste del bar, le diste unas cuantas
patadas y lo botaste del bar, como si
fueras un yanqui del oeste lo botaste
del bar, seguiste tomando con tus
socios, comentando las patadas con tus
socios, y cuando pasaron dos días,
cuando ya casi olvidabas al tipo,
apareció en la entrada de tu casa con
uno de esos revólveres, los mismos que
quisiste tener desde la infancia, dicen
que lo miraste, que no insinuaste
palabras, que sabías que era el fin de
la película, que comprendiste allí
mismo, en la escalera, que en el oeste
si puede haber negros, que todo depende
de la intención con que se mire, pero ya
era tarde, el hueco en la frente te
impidió continuar el pensamiento, eso es
triste, Juanelo, muy triste, yo prefiero
imaginarte bien gordo, justo en setenta
y tercera, con el sol de las tres, el
maldito sol de las tres, pitando para
que me acercara, y te viera feliz, con
puta y con cerveza, y te envidiara un
poco, como aquella vez.
Alberto Guerra
(Ciudad de La Habana, 1963). Escritor. Licenciado en Historia y Ciencias
Sociales. Tiene publicados los cuadernos de
cuentos Disparos en el aula (1994),
Aporías de la feria (1996) y el libro
Blasfemia del escriba. Ha obtenido
diversos premios literarios, entre los que
se destacan el Luis Rogelio Nogueras, 1992 y
el Premio Razón de Ser 1999. Con el cuento
Corazón partido bajo otra
circunstancia obtuvo, en 1999, el Premio La Gaceta de
Cuba. |