Año VI
La Habana
2008

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¿DÓNDE QUIERES QUE
TE PONGA EL PLATO?

 
 

Sudoroso

Alberto Guerra (Ciudad de La Habana, 1963)

 

Serían más o menos las tres, aunque supongamos que no eran las tres, o sea, que fueran las dos, la hora exacta no importa, el asunto es que había un sol de las tres, que hacía sudar, delirar, maldecir, sobre todo si pedaleabas en una for ever pesada, calculando los espacios con sombra, como iba yo más o menos a las tres, o tres y cuarto, cuando me topé con el tipo, o mejor dicho, cuando el tipo se topó conmigo, absorto en mi pedaleo, con el mundo interior superando al de afuera, a pesar del calor, de la hora, de las pocas sombras, intentando en mi mente encontrar una historia, la buena historia para componerla despacio, palabra por palabra, oración por oración, con un buen tono, un buen comienzo, pensarla demasiado, escribirla un par de meses, primero con versiones a lápiz, innumerables versiones, después transcribirla en la Remington, terminarla satisfecho, sin arrepentirme, leerla a los socios cercanos, cambiarle palabras, oraciones, escuchar la opinión de esos socios, sentirme extasiado, levitante, más absorto todavía en mi pedaleo, creerme escritor en el tumulto de bicicleteros, emparentarme con ellos durante el recorrido, concursar con mi cuento, esperar el veredicto de cierto jurado, contemplar mis palabras, mis giros en las mejores revistas, sentirme escritor, un gran escritor, un simple escritor, en eso pensaba cuando alguien me dijo, mi socio, te llaman, y de repente salí del letargo,  miré afuera, al mundo de afuera, entonces maldije el sol de las tres, el calor insoportable, los baches de las calles, los espacios sin sombra, la poca suerte de los bicicleteros, el que me dio la noticia continuó su pedaleo, no puede ser conmigo, me dije, pero en vez de seguir detuve la marcha, justo en setenta y tercera, cerca de un grupo que arruinaba su tiempo en la parada, frente a los enormes carteles que anunciaban cerveza, increíble, alguien me había llamado desde un carro brilloso, con música enlatada, de los que los turistas alquilan para pasearse por La Habana como príncipes, perplejo, absorto, comprendí que el tipo insistía en hacer señas para que me acercara, pero yo, Sergio Navarro, quien sudaba a chorros sobre su bicicleta, jamás había tenido relaciones con turistas con carros, ni con las putas que salen con turistas con carros, ni con las amigas de las putas que salen con turistas con carros,  me asombró que el tipo  tocara el claxon, que se tomara el trabajo de detenerse encima de la acera, que me esperara con toda su calma, y no supe qué hacer, madre mía, nadie podía decirme qué hacer, me sequé el sudor, suspiré hondo, miré el carro, presentí en  la parada  los ojos de los curiosos clavados en mi espalda, debió ser una simple confusión de ese tipo, pensé, para los extranjeros en carros los nacionales en bicicleta suelen ser piezas del mismo engranaje, entonces, con otra seña, le pregunté si realmente era conmigo, él movió la cabeza, no había dudas, era conmigo, qué rayos quería ese tipo conmigo, me sentí ridículo, de dónde podría conocerme un tipo así, yo era centro de atención en la parada, entretenimiento del grupo de nacionales ya no tan aburridos, otro segundo sin acercarme me convertiría en un ser más ridículo, con la bicicleta a un lado y un millar de interrogantes avancé hacia el carro brilloso, hacia la música enlatada, sentí molestia en mis ojos por el brillo, pero con la mano cubriéndome el rostro pude ver la alegría fugaz de las putas que lo acompañaban, sus dedos de turista tamborilear sobre el timón, el anillo de oro, la cadena de oro, el cuello ancho, una amplia sonrisa, coño, Sergio, ¿ya no te acuerdas de mí?, madre mía, esa no era la voz de un turista, los turistas no se saben mi nombre, no pueden saberse mi nombre, los turistas no  decían coño como lo había dicho ese tipo, desamparado, en medio de setenta y tercera, junto a los hoteles, cerca del mar, con mucha duda en el cerebro, me sentí ridículo, pero sus ojos sí los había visto antes, la manera de mirar de esos ojos, cómo no, sin el carro, los anillos, la cadena, y la voz, ¿de dónde  recordaba esa voz?, perplejo, traté de hacer memoria justamente a las tres, con el sol de las tres, pero no me acordaba, por mi madre que no me acordaba, en mi vida había tratado con turistas tan gordos, por mucho que quisiera jamás podría acordarme, no, no me acuerdo, entonces, convencido de que no me acordaba se dio un trago de cerveza, tocó el muslo de la puta más cercana, sonrió, y dueño del mundo me dijo: ¿verdad que no te acuerdas, compadre?, debí decirle no, verdad que no me acuerdo, pero en vez de responder miré su cerveza, deseé tener en mi mano su cerveza, cometí el error de mirar su cerveza, me traicionó el calor y miré su maldita cerveza, helada, intocable, reproducida exacta en los carteles de enfrente, debió haberlo notado enseguida, por eso no pudo esperar más, yo soy Juanelo, compadre, el hijo de Rosalba, Rosalba, Rosalba, me sonaba Rosalba, qué Rosalba, ah, sí, Rosalba, claro, Rosalba, era Juanelo el hijo de Rosalba, quien podía imaginar, justo en setenta y tercera, con el sol de las tres, el maldito sol de las tres, los curiosos en la parada, los hoteles, el mar, que ese gordo rodeado de putas  nacionales era Juanelo el hijo de Rosalba, miré el carro brilloso, miré las putas, la cerveza, y mi mente fue veloz, muy veloz, juro que fue veloz, no para inventarme una historia y después escribirla despacio, palabra por palabra, sino para sentir los gritos de Rosalba desde su balcón, sube a bañarte, Juanelo, la bata atrapada entre los muslos, sube a bañarte, inclinada en la baranda, sube a bañarte, carajo, con Juanelo sin atender, con nosotros sin atender, mostrándonos juguetes no queríamos atender, dueños de la acera no podíamos atender, aunque un coro de madres secundara los gritos de Rosalba, vengan a bañarse, muchachos, tan disfrazados como estábamos, tan ausentes del barrio como estábamos, vengan a bañarse, no podíamos atender, el coro gritaba, mambises con machetes de madera, vengan a bañarse, zorros que marcaron la zeta en cualquier parte, vengan a bañarse, indios con flechas peligrosas, vengan a bañarse, el coro gritaba, inconformes que no tuvieron suerte esta vez, vengan a bañarse, malparados por falta de dinero en sus casas, vengan a bañarse, infelices por un mal turno en la cola, vengan a bañarse, el coro gritaba, desgraciados por descuido de sus padres, vengan a bañarse, pero nosotros no podíamos atender, nadie podía atender, yo no podía atender, entraba en las tabernas, pedía whisky, sacaba mi revólver más rápido que el viento, disparaba, evitaba flechazos, estocadas, machetazos, sin poder atender, pero por sobre todas las cosas, lo que más evitaba era prestar mi revólver al infeliz de Juanelo, al rompe grupos Juanelo, que tampoco tuvo suerte esa vez, jamás se vio a Rosalba madrugar a tiempo, junto al coro de madres gastadas en la colas de las tiendas, para que el guajiro Juanelo, el desastre Juanelo, pudiera repartir la justicia del zorro por la cuadra, o  entrara en las tabernas del oeste como yo, Billy El Niño, gracias al esfuerzo de mi madre, el de las manos más rápidas que el viento, y me dejara en paz, pero Juanelo, pobre Juanelo, todavía sin puta a quien tocar, sube a bañarte, carajo, demasiado triste en la escalera, echó un vistazo a mi disfraz, puso sus manos en forma de bocina, y soltó un grito tan fuerte, tan desgarrado, tan histórico, tan retumbante, Tú eres negro, En el oeste no hay negros, Billy el Niño no es negro,  que no supe qué hacer, con la mano muy cerca del revólver no supe qué hacer, en realidad nadie supo qué hacer, pobre de mí, la poderosa boca de Juanelo concentró la atención en la escalera, los muchachos del barrio y el coro de madres taparon sus oídos, incluida Rosalba allá arriba, las manos en la cabeza, la bata levantada, incluida mi madre acá abajo, con su carga de odio hacia Juanelo, quedando fragmentado, hecho trizas el coro, incapaz de mandar a bañarnos por buen rato, pobre de mí, frente a la escalera, Billy El Niño, el de las manos más rápidas que el viento, debajo de la bata de Rosalba, con el grito retumbando en las paredes, Tú eres negro, Tú eres negro, en los muros de las casas, Tú eres negro, en los tronco de los árboles, Tú eres negro, Tú eres negro, hasta que una voz, cállate, muchacho, salida del coro, trató de oponerse a ese grito, cállate, muchacho, primero sin fuerza, cállate, muchacho, luego secundada por el resto de las voces, cállate, muchacho, cállate, muchacho, para que subiera a bañarse de una vez, para callarlo de una vez, pero allí mismo, frente a la escalera, la taberna de mi imaginación desapareció para siempre, guardé mi revólver para siempre, no pude dormir durante noches, y comencé a pensar demasiado, de golpe había perdido mi inocencia, lo demás, con el tiempo, me lo explicó mi madre,  fue un buen grito el de Juanelo, me ayudó a comprender las diferencias del terreno en que pisaba, nunca lo supo, lo olvidó enseguida, yo no, cada cual guarda un grito de infancia y así fue el mío, cruelmente cierto, era negro y en el oeste no había negros, a pesar de las colas de mi madre no había negros, contaba con un destino cifrado, histórico, palpable, que algún blanquillo de barrio tendría la misión de recordar cuando olvidara,  Juanelo, cará,  sentí su mano gorda junto a la mía sudada, justo en setenta y tercera, con el sol de las tres, el maldito sol de las tres, los curiosos de la parada, las putas, la cerveza, y mi mente fue veloz, otra vez fue veloz, muy veloz, juro que fue veloz, y pude  verlo menos gordo, todavía sin carro brilloso, todavía sin putas, bien sudado, con unas ganas tremendas de pedirme auxilio, que lo ayudara, que le tirara un cabo, para eso éramos del barrio, compadre, aunque la maestra no nos quitara los ojos de encima, aunque el tiempo de la prueba pasara, aunque el resto del aula entregara, y no pude ayudarte, Juanelo, por más que quise no pude, de pinga, negro, por culpa de esa maestra repito este grado, y nos fuimos separando poco a poco, cada cual con su destino, sus gustos, sus canciones, me di cuenta, mi socio, un negro está obligado a ser  tres veces el mejor para ser bueno, así decía mi madre, tú no, tú encontraste un mundo propicio en las esquinas, te mezclaste con gente de otros barrios, jugaste al taco todo el tiempo, al cuatro esquinas todo el tiempo, probaste el ron primero que nosotros, te casaste primero, fuimos a tu boda envidiando la manera en que besabas a otra niña del barrio, la manera en que cargaste su cuerpo de hembra rica hasta la máquina, la manera en que le hiciste un par de hijos, mientras yo, Sergio Navarro, el negro Sergio, Navarro el negro, hurgaba en bibliotecas, entregaba trabajos prácticos en tiempo, regateaba notas, estudiaba, quería ser alguien, Juanelo, desligarme de la escala del barrio, cambiar las reglas, renegar de los oficios cifrados, no ser bodeguero, albañil, panadero,  a tiempo comprendí la maldición de las esquinas, los oficios se adquirían en la esquina, durante horas sobre el contén, tiempo libre que luego se pagaba, yo prefería el cine, escapar de las esquinas en la oscuridad de cualquier filme, una vez vi una película distinta, trataba de dos negros campeando en el oeste, cada uno con revólveres abrían indiscretos las tabernas, tomaban whisky, mataban malhechores, luego galopaban como yo, pero ya habías gritado  Billy el Niño no es negro, en el oeste no hay negros, y los muchachos que taparon sus oídos ya eran hombres, los  más viejos del coro ya habían muerto, y lo peor, Juanelo, lo peor, ya lo habías olvidado, yo no, cada cual guarda un grito de infancia y así fue el mío, Belafonte y Sidney Potier me aparecieron tarde, ya no podía responder con otro grito para silenciar el tuyo, decirte frente a la escalera que en el oeste sí había negros, que puede haberlos,  todo depende de la intención con que se mire, ya no, ya eras padre de dos hijos, un buen chofer de carga por camiones que mejoraba por días, descubrí que en las esquinas también se aprende a mejorar por días y hubiera sido ridículo, quién iba a pensarlo, Juanelo, mientras yo estudiaba la vida ponía un carro a tu favor, mucha fiesta a tu favor, en el barrio comentaban lo increíble que era verte mejorar todos los días, hasta los tipos que robaron en tu casa debieron haberlo comentado, no lo pudiste creer, entraron en plena tarde, robaron contigo dentro, despertaste y el televisor ya no estaba, la grabadora no estaba, las ropas no estaban, y lo más triste, Juanelo, lo más triste, los vecinos los vieron bajar, uno de ellos era negro, te dijeron, los muchachos que jugaban al taco los vieron bajar, eran tres tipos altos que se mostraron familiares, que parecieron amigos de la casa, como siempre había amigos en la casa, como siempre había fiestas en la casa, nadie pensó que robaban, recostado en la baranda no lo pudiste creer, en realidad nadie lo pudo creer, los vecinos te explicaban desde abajo, pero tú no podías escucharlos, mirabas a un punto perdido en la ciudad, esperabas al carro patrullero, a un antiguo socio de esquina ahora convertido en policía, sentiste pánico, tenías  el rostro pálido de los que sienten pánico, pero tuviste suerte, en vez de estar descamisado en la baranda podías estar muerto, amarrado y muerto, golpeado y muerto, menos mal que tu mujer y los muchachos no estaban, menos mal que no despertaste, así te dijo alguien que después preguntó cuántos eran los tipos, entonces me contaron que miraste hacia abajo, hacia la multitud de abajo, y gritaste que fueron tres negros altos, eso es triste, Juanelo, pura traición del subconsciente, donde sólo hubo uno te aparecieron tres, así le contaste a tu socio el policía, así lo anotó en su libreta de apuntes, así le informó a los otros patrulleros y así comenzó la pedidera de carné a los negros altos, los sospechosos fueron negros altos, la policía buscó negros altos, interrogó negros altos, pobres negros altos, menos mal que no estaba en el barrio, soy negro y soy alto, me hubieran pedido el carné por ser negro y ser alto, esa causa impidió que se encontraran los ladrones, así me dije cuando me lo contaron, luego pensé mucho en esto, ya era un Licenciado en Historia para orgullo de mi madre, un tipo que disfrutaba en exceso su título colgado en la pared, profesor con la mochila repleta de libros, aprendiz de escritor dedicado a evaluar el pensamiento de los otros, alguien que había logrado la distancia deseada con el barrio, entonces, contemplativo ante el paisaje, imaginé mi barrio, imaginé a Juanelo inclinado en la baranda, imaginé tres negros tristes saliendo de su boca, imaginé a los policías pidiendo el carné a los negros altos, sentí lástima, mucha lástima, cada vez que un policía detiene a un negro en una esquina del país, sólo por verlo negro, sospechoso, culpable hasta que no demuestre lo contrario, algo anda muy mal entre nosotros, me dije, luego opté por reír, lejos de Juanelo y del barrio la carcajada inmensa era el mejor de los antídotos, los negros, todos los negros, absolutamente todos los negros, aunque la vida demostrara lo contrario, aunque en las escuelas se explicara lo contrario, aunque en los discursos se dijera lo contrario, eran para él, y para otros que pensaban como él, simples cazadores de ropita húmeda en las tendederas, tipos que sudaban, comían, gritaban, bebían, bailaban y templaban demasiado, nada más, imaginé a Juanelo cerca de una botella de ron compartiendo el criterio con sus socios, como remedos con ínfulas de antiguos mayorales evaluaban el barrio de acuerdo al color de sus actores, otra vez me dio risa, mucha risa, personas como yo, por esa causa, crecimos en guardia permanente, encontramos en el esfuerzo personal el modo de palear las diferencias, como diestros cimarrones de este tiempo aprendimos a burlar ciertas trampitas de la vida, ah, Juanelo, quien iba a pensar que ese gordo rodeado de putas nacionales eras tú, después de tantos años, necesitado de que te viera feliz, justo en setenta y tercera, con el sol de las tres, el maldito sol de las tres, los curiosos de la parada, los hoteles, el mar, y ese brillo de tu carro alquilado, apenas permitiendo mirarte, alguna vez escribiré sobre ese encuentro, me dije, sobre tu mano gorda apretando la mía, el sudor, la música enlatada, mi sed, el deseo de tener en mi mano tu cerveza, helada, intocable, reproducida exacta en los carteles de enfrente, sobre la maldición que echaste sobre los negros altos, la rapidez con que recuperaste las cosas después de aquel robo, los comentarios, la denuncia, la investigación que te hicieron, el desfalco que hiciste, el juicio, la prisión, tu divorcio, las canas, las estrepitosas borracheras, de todo eso tendré que escribir, no por casualidad nos hemos encontrado, la vida es un divino guión, así dice un cantante, no pudo ser casual, insisto, que yo, sudoroso desde mi bicicleta, te viera feliz, con puta y con cerveza, en tu carro brilloso, para que recordara a los vecinos comentando tu captura en altamar, el riesgo que corriste en una balsa endeble, tu regreso a la prisión, la insistencia en ganarte la otra orilla cada vez que hubiera un chance, cada vez que pudieras enrolarte en un grupo de asfixiados, de inventores de balsas, de tipos que intuían un paraíso más allá, pero tenías mala suerte, siempre terminabas regresado, encarcelado, frustrado, cogiste fama de tipo con mala suerte para el mar, nadie te quiso de tripulante en su aventura, tenías mierda de tiñosa en el hombro, algunos en el barrio se volvieron famosos contando tus miserias, los vecinos le hacían coros, escuchaban por sus bocas y después las repetían, las alteraban, las cambiaban, cierta vez, así me contaron, hiciste señas a un barco ruso pensando que era yanqui, otra, saliste por Baracoa capitaneando un grupo que fue a dar a Varadero, de playa en playa, de cárcel en cárcel, tu vida fue ganada por la angustia, la obsesión, por la imprudencia, hasta que lograste salir, cuando por estrategia permitieron salir, cosas de la vida, Juanelo, de tu vida, cosas que cuando tenga tiempo tendré que escribir, tampoco es casual que mi madre me cuente la noticia que recorre este barrio, otra noticia sobre ti, como si aún no te hubieras marchado, como si todavía salieras del carro brilloso para que todos contemplaran tu gordura, tu cerveza, tus cadenas, y luego comentaran, pero tuviste problemas, abofeteaste a un tipo, según cuentan, negro de mierda le dijiste, luego lo botaste del bar, le diste unas cuantas patadas y lo botaste del bar, como si fueras un yanqui del oeste lo botaste del bar, seguiste tomando con tus socios, comentando las patadas con tus socios, y cuando pasaron dos días, cuando ya casi olvidabas al tipo, apareció en la entrada de tu casa con uno de esos revólveres, los mismos que quisiste tener desde la infancia, dicen que lo miraste, que no insinuaste palabras, que sabías que era el fin de la película, que comprendiste allí mismo, en la escalera, que en el oeste si puede haber negros, que todo depende de la intención con que se mire, pero ya era tarde, el hueco en la frente te impidió continuar el pensamiento, eso es triste, Juanelo, muy triste, yo prefiero imaginarte bien gordo, justo en setenta y tercera, con el sol de las tres, el maldito sol de las tres, pitando  para que me acercara, y te viera feliz, con puta y con cerveza, y te envidiara un poco,  como aquella vez.

Alberto Guerra (Ciudad de La Habana, 1963). Escritor. Licenciado en Historia y Ciencias Sociales. Tiene publicados los cuadernos de cuentos Disparos en el aula (1994), Aporías de la feria (1996) y el libro Blasfemia del escriba. Ha obtenido diversos premios literarios, entre los que se destacan el Luis Rogelio Nogueras, 1992 y el Premio Razón de Ser 1999. Con el cuento Corazón partido bajo otra circunstancia obtuvo, en 1999, el Premio La Gaceta de Cuba.

 
 

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