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El día 7 de agosto hará un siglo
que un grupo de cubanos fundó
una nueva organización política,
el Partido Independiente de
Color (PIC), en la calle
Amargura 63, en La Habana. Eran
activistas negros y mulatos
opuestos al racismo que
persistía en el país después del
fin de la esclavitud (1886) y de
la gran gesta nacional del 95
que dio origen a la nación y al
Estado republicano. Los negros y
mulatos seguían sufriendo la
situación social muy
desventajosa en que los dejaron
la esclavitud y el colonialismo,
más la dura marca del racismo.
Los antiguos combatientes
mambises y una población humilde
que había ganado su ciudadanía
no podían conformarse con esa
situación.
El objetivo del PIC era
organizar la lucha por sus
derechos específicos, utilizando
las vías legales de expresión,
pública y electorales. Sus
dirigentes principales fueron el
veterano Evaristo Estenoz, el
coronel Pedro Ivonet, un héroe
mambí de la Invasión y de la
campaña de Pinar del Río;
Gregorio Surín, Eugenio Lacoste
y otros. El PIC, que contó con
miles de seguidores a lo largo
del país, formuló demandas
sociales favorables a toda la
población humilde y trabajadora
de Cuba y mantuvo ideas
nacionalistas frente al
imperialismo norteamericano.
El poder burgués neocolonial
atacó sin tregua al PIC desde su
nacimiento, porque lo amenazaba
en el terreno de su hegemonía
política bipartidista,
liberal-conservadora. Acusados
cínicamente de racistas, en 1910
se les declaró ilegales mediante
la Enmienda Morúa a la Ley
Electoral, y se mantuvo presos
durante seis meses a dirigentes
y activistas. Hostigados e
impedidos de utilizar la vía
electoral, optaron por lanzarse
a una protesta armada el 20 de
mayo de 1912, décimo aniversario
de la instauración de la
república. El gobierno de José
Miguel Gómez movilizó miles de
soldados contra ellos, mientras
una sucia campaña de prensa los
satanizaba. Durante junio y
julio fueron asesinados Estenoz,
Ivonet y por lo menos tres mil
cubanos no blancos, la mayoría
en la provincia de Oriente,
principal teatro del alzamiento.
Una ola de represiones,
persecuciones y una
intensificación del racismo se
extendieron por todo el país. La
república oficial celebró el
gran crimen y lo sometió de
inmediato a un olvido al que se
fueron sumando —por la dura
necesidad de sobrevivir y
labrarse algún ascenso social—
la mayoría de los discriminados
y dominados en aquella sociedad.
En diciembre pasado el Partido
Comunista de Cuba convocó a
varias docenas de ciudadanos y
constituyó la Comisión para
Conmemorar el Centenario del
Partido Independiente de Color
en el país durante todo este año
2008. En poco más de siete meses
se ha realizado una apreciable
labor, debida al interés, la
actividad y las iniciativas de
un grupo de instituciones y
numerosas personas, que no
enumeraré por evitar el riesgo
de los olvidos y porque no hemos
terminado este esfuerzo: en
realidad estamos ganando fuerzas
para que continúe todo el tiempo
que sea necesario. Las
publicaciones y las filmaciones
son productos que quedan al
servicio de muchos que no
conocemos, que multiplicarán su
valor. Pero quiero destacar la
gran importancia que tiene un
hecho que se ha repetido en
todos los eventos y reuniones
que se han convocado en estos
meses, y que tiene su raíz en
las labores de los diez años
precedentes. Un público muy
numeroso —a veces un gentío— se
ha reunido a escuchar, a pedir
la palabra y participar, con
verdadero fervor más que con
atención. Esto es muy loable y
alentador; pero también señala
carencias, frustraciones y
realidades negativas que
persisten en nuestro país.
¿Cuál es el sentido último de
estas labores de conmemoración?
Ante todo, la recuperación de
una memoria histórica de las
luchas que ha emprendido y
mantiene el pueblo cubano. En
este caso, la reparación
histórica de acabar con el
olvido de aquellos hechos de
1908-1912 y la socialización de
la comprensión de las realidades
y los papeles que ha tenido el
racismo en la historia de Cuba
ya serán grandes ganancias, que
se multiplicarían y harían
permanentes si entre todos
logramos que se incluyan esos
temas en los contenidos de la
historia nacional que se enseña
en nuestro sistema educacional y
en nuestros medios de
divulgación, información y
formación de opinión pública.
Pero un segundo sentido de la
conmemoración, ligado
íntimamente al primero, es
promover y darle aliento y armas
a la lucha contra el racismo en
la Cuba actual, elusivo pero
pertinaz y que registra cierto
crecimiento.
Como una modesta contribución al
debate de ideas tan necesario
para que avancemos frente a este
problema de la sociedad cubana,
cuya solución es factible y solo
depende de nosotros, completo
este texto con la intervención
acerca del racismo que preparé
para el magnífico 7º Congreso de
la UNEAC del pasado abril, que
no leí allí por el cúmulo de
intervenciones valiosas que se
suscitaron. Sirva también como
homenaje a los que hace un siglo
no consideraron que ya se había
peleado y obtenido bastante, y
siguieron peleando por toda la
justicia.
En la lucha contra el racismo
existen profundas diferencias
entre la posición oficial de la
Revolución y las ideas que
manejamos nosotros, por una
parte, y lo que sucede en la
práctica social, por la otra.
Tiene gran importancia la
dimensión histórica del racismo,
como uno de los elementos que
participó en la construcción de
Cuba como realidad específica,
es decir, en el nacimiento y
primeros desarrollos de la
cultura nacional, y el proceso
histórico de las
transformaciones, las derrotas y
las permanencias del racismo en
la cultura cubana hasta hoy. En
la actualidad es vital que no
nos conformemos con formar parte
de una elite consumidora de las
mejores ideas, satisfecha con el
nivel “superior” que posee, sino
que actuemos como institución en
la lucha contra el racismo, con
la mayor energía y eficacia
posibles.
¿Por qué los debates del VI
Congreso de la UNEAC, y los
innumerables eventos,
divulgaciones y conocimientos
adquiridos sobre este tema en
los últimos años no se
generalizan, y no llegan a
convertirse en sentido común?
¿Por qué no resulta posible
llevarlos a la escala de la
sociedad? ¿Por qué no pueden
llegar a ser la guía de las
instituciones y de las prácticas
de nuestro estado para
escolarizar e instruir a la
población, para divulgar, para
entretener educando? Cansa
repetir que nuestro inmenso
sistema educacional no es un
lugar de formación antirracista,
y nuestro sistema de medios de
comunicación, totalmente
estatal, tampoco lo es.
En esta prolongada etapa de
firmezas y transiciones al mismo
tiempo, en el marco de la lucha
por mantener la soberanía
nacional y la transición
socialista, la justicia social y
la viabilidad económica, las
diversidades sociales siguen
ganando peso, mientras se
mantiene la unidad política.
¿Cómo lograr que unas y otra no
se contradigan, sino que se
complementen y se refuercen? Si
miramos la específica cuestión
de las razas y el racismo desde
esa perspectiva más general,
pueden entenderse mejor sus
problemas y los caminos de su
superación. El racismo hoy, con
todo y sus antiguas raíces, está
ligado a los efectos que ha
tenido la crisis reciente sobre
los grupos menos favorecidos de
nuestra sociedad; pero también a
las necesidades ideológicas de
los que aspiran a un regreso
mediato al capitalismo, porque
el racismo es una naturalización
de la desigualdad entre las
personas, algo que no se
admitiría en Cuba actual si se
plantea respecto al orden
social. La lucha por la
profundización del socialismo en
Cuba está obligada a ser
antirracista.
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