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Al pueblo
santiaguero
cuya alegría de vivir comparto
como el mejor rasgo de nuestro carácter
nacional
Mamarrachos
en Oriente, diablitos en La
Habana: una expresión para sintetizar
gráficamente, a partir del fenómeno
festivo, dos elementos que nos remiten a
los dos polos de una cultura nacional
sólidamente levantada sobre un pasado
donde la vida cotidiana fue el caldo de
cultivo para la formación de tradiciones
sin cuyo conocimiento es imposible
entender al cubano de hoy. En nuestro
país la historia y la formación de la
espiritualidad propia han marchado
siempre de la mano; entonces, es
obligado referirnos a esta relación al
estudiar o presentar cualquier aspecto
de nuestra cultura nacional.
Por donde nace el sol en Cuba empezó
todo: el descubrimiento de América por
Colón, el proceso de conquista y
colonización, la instauración de la
Villa primada de Nuestra Asunción de
Baracoa, en el extremo más oriental del
caimán, y las primeras muestras de
resistencia de nuestros nativos
habitantes, entre quienes se destacó el
cacique Hatuey, venido de Haití y
quemado en la hoguera por el fuego
inquisitorial del invasor español. Aquí
surgió también el sentimiento de
patria chica del criollo, por su
apego a la tierra que lo vio nacer y de
la cual aspiró diariamente un humus
especial que lo alimentó hasta provocar
en él la necesidad de la libertad.
[...] Nuestras fiestas de carnaval, en
sentido general, son el resultado final
de un proceso de transculturación que
arranca en la Europa occidental del
Medioevo. En definitiva, debe tomarse
muy en cuenta que fueron los hijos de la
España de finales de ese periodo
histórico quienes establecerían aquí su
cultura. Intento significar con esta
afirmación algo que con cierta
frecuencia se olvida: de su visión del
mundo, sentimientos, ideas y patrones de
comportamiento se partiría en aquel
referido proceso que, en verdad, a la
larga tomaría rumbos y vericuetos
insospechables.
Esto lo ilustra lo que sucedió con el
Corpus Christi, nombre de la celebración
establecida por la Iglesia Católica para
honrar la Eucaristía o comunión
sacramental con que esta renueva el
sacrificio propiciatorio de Cristo en el
objeto de su cuerpo y de su sangre.
Aquel acto se hizo de obligación pública
y regular, fue declarado Día Santo,
devino en un enseriamiento dramático e,
incluso, fue acompañado de una procesión
que se extendió por todo el mundo del
Occidente cristiano. La institución
oficial eclesiástica movilizó siempre
todos sus recursos para eliminar el
fondo ancestral de paganismo que
envolvía la mentalidad del hombre
marcado por el Medioevo, pero nunca se
hizo efectiva total ni radicalmente esta
intención o voluntad. De acuerdo con E.
O. James (Cuban Festival,
1993:67/68), la procesión del jueves
después del Domingo de la Trinidad, en
que se portaba la Hostia y el Santísimo
Sacramento a través de las calles
medievales, era seguida de príncipes, de
magistrados y del clero y miembros de
las Ordenes religiosas. Y en nuestra
ciudad santiaguera ocurriría tiempo
después un fenómeno similar, aunque
matizado por elementos propios de estas
latitudes tórridas, como fue la
participación de los negros africanos
arrancados de su tierra natal por la
violencia e introducidos aquí en
condición de esclavos, entre otros
factores étnicos y culturales de no
menor relevancia.
La procesión terminaría por imponerse
como el motivo central de la celebración
litúrgica y —cosa muy importante—
devendría en un espectáculo que
cautivaría a la gente común y encendería
el imaginario colectivo. Las
representaciones escénicas que
acompañaban a la extensa variedad de
ritos de estas celebraciones, lejos de
erradicar sentimientos profundamente
arraigados en el inconsciente, se
convertirían en las avenidas secretas y,
a su vez, en el terreno fértil donde se
sembraría y fructificaría la cultura del
pueblo español, que luego sería
trasplantada al Nuevo Mundo. Esto
implicó, como ha señalado David H. Brown
(Cuban Festivals, 1993: 68), una
inevitable secularización y un hecho
parecido a una “carnavalización” del
Corpus Christi. El drama litúrgico
realizado en los predios del edificio
eclesiástico pasó a manos de actores
legos que lo realizaban en las calles y
en las plazas de mercado, mientras se
movía la procesión. En el ínterin, se le
incorporaron episodios burlescos y
cómicos de las representaciones
callejeras propias de lo vernáculo.
Permítaseme una pausa para apuntar que
aquí estamos ante algunas de las formas
y motivos que conducirían a la creación
de un tipo de teatro sui generi
surgido en los barrios del Santiago de
Cuba colonial durante la celebración
carnavalesca y que perduraría hasta el
siglo XX: son aquellos que están en la
base del denominado teatro de
relaciones, fuente de inspiración de
las obras cumbres de la compañía
profesional Cabildo Teatral Santiago.
Por fortuna de Dios o no sé debido a que
extraño sortilegio, todavía este
sobrevive en nuestra ciudad o, al menos,
sobrevive su aliento o espíritu en la
voluntad de un grupito de actores que se
han aferrado al teatro de relaciones
como a lo más importante de sus vidas.
Tal vez en sus conciencias, o en el
concepto de la responsabilidad social
que en ellos es manifiesta, esté la
importancia de mantener lo más viva
posible una tradición y una de las
expresiones estéticas más auténticas y
definitorias del santiaguero. Esa
tradición, de profunda raíz de pueblo,
hizo posible la puesta en escena de una
obra, entre otras memorables, que pasó a
la historia del teatro nacional como uno
de sus hitos más importantes: De cómo
Santiago Apóstol puso los pies en la
tierra, con texto original de Raúl
Pomares. En esta obra no solo se pone de
manifiesto magistralmente la conjunción
historia/cultura apuntada más arriba,
sino también algunos de los rasgos del
santiaguero, visibles en su forma
peculiar de asumir valores fundamentales
y en su singular manera de desarrollarse
en la vida cotidiana.
El grupo de actores aferrados a este
tipo de teatro callejero está liderado
por el dramaturgo y también actor
Rogelio Meneses, quien ha puesto las
manos encima de las brazas para
reafirmar esa línea estética en su
Laboratorio Teatral Palenque, cuyos
integrantes desfilan cada año frente al
jurado del carnaval, acompañados en
algunas ocasiones por algunos
extranjeros que viajan a la ciudad para
disfrutar de estas fiestas inigualables
y para tomar clases de danza o de
percusión. Estos, atónitos, descubren un
comportamiento festivo original y la
excelencia del teatro de relaciones, y
terminan enrolándose en esta troupe
[...].
Si he llamado la atención acerca del
tema, es por un solo motivo: porque el
carnaval es una fiesta que
necesariamente implica una forma de
representación teatral y, además, porque
difícilmente podrá encontrarse en otro
sitio de Cuba, y creo que tampoco en
ningún otro de las Américas, un fenómeno
teatral similar surgido del pueblo, del
sujeto que creó
el carnaval para entregarse a él con
toda el ímpetu o impulso creador del ser
humano, y de la comunidad que es capaz
de edificar con su accionar permanente,
sea dirigido conscientemente o
inconscientemente. Porque de ambas
clases de batientes debe hablarse al
tratar de este singular fenómeno, no
reducible a sus apariencias de mero
folklor.
Parto del principio de que cada fenómeno
de la cultura debe ser estudiado a
partir de su historia y nuestro carnaval
local no puede ser entendido si dejamos
de referirnos al entramado social
inicial que rigió durante mucho tiempo
la vida de la colonia española que era
Cuba y, en ella, la de Santiago de Cuba.
Recordemos a propósito que los cabildos
africanos surgieron en el marco legal
establecido en la península ibérica y
que desde allí fueron trasladados al
Nuevo Mundo. En la añeja ciudad de
Sevilla se registra su existencia en
fecha tan temprana como el Siglo XIV y,
en opinión de Fernando Ortiz, “de
Sevilla vinieron los cabildos y
cofradías negras a las Indias,
reproduciéndonos la organización
metropolitana donde hubo un núcleo de
africanos” (Ensayos etnográficos,
1984:15).
Los primeros esclavos africanos fueron
introducidos en Cuba en el siglo XVI y
procedían de España, donde sus ideas,
costumbres y tradiciones habían recibido
la influencia de la cultura
eurooccidental. Siguiendo un patrón
preestablecido, los esclavos de una
misma nación fundaron cabildos homólogos
en el poblado, la villa o la ciudad
donde residían. Sus integrantes, de
ambos sexos, se reunían en casas propias
o alquiladas en los días festivos en que
eran autorizados a tocar sus atabales y
tambores, así como a cantar y a bailar.
Además de estas actividades musicales y
danzarias que contribuían a preservar
sus tradiciones culturales, estas
corporaciones prestaban auxilio o
socorrían a los socios, enfermos y a sus
familiares. Se trataba, pues, de
asociaciones nada sencillas en cuyo
interior pudieron iniciarse complejos
procesos asociados a la génesis y
configuración de un ser social que
concluiría por devenir diferente al del
peninsular, por atisbar superficialmente
una de sus aristas.
Asimismo, el fondo monetario acumulado
mediante el cobro de cuotas individuales
aportadas por sus miembros, en ocasiones
fue empleado para obtener la libertad de
algún asociado cuando esta pudo ser
negociada con los amos. Este hecho, al
parecer desprovisto de alcance, tiene
que ver tanto con su capacidad de
negociación con la clase social
dominante, como con la posibilidad de
servir de marco legal y material para
permitir el cambio de estatus social de
algunos de aquellos siervos o de sus
descendientes inmediatos.
Además de una estructura jerarquizada,
estas asociaciones posibilitaban que se
presentasen en escena algunos figurantes
perfectamente identificados durante las
representaciones danzarias, pantomímicas
y teatrales, como el rey, la reina, el
capataz, el mayordomo, los oficiales y
los vasallos, cuyos nombres nos indican
a las claras el remedo —pero no en pocas
ocasiones la burla— de los cargos y
posiciones sociales de sus
correspondientes en la sociedad colonial
imperante en la época. El reinado, o la
corona que lo simbolizaba, era ostentado
por el individuo más experimentado o
reconocido. Su elección lo elevaba a un
nivel por encima del detentado por el
resto de los miembros del cabildo, pero
su poder estaba drásticamente limitado
por el régimen de esclavitud a que todos
estaban sometidos. La reina estaba
situada en el escalón siguiente al
ocupado por el rey y su función
principal consistía en asistirlo en el
control del fondo de la asociación.
En sus valiosas Crónicas de Santiago
de Cuba (1925), el historiador y
escritor Don Emilio Bacardí nos legó un
bello pasaje referido al entierro
solemne del rey congo José Trinidad XXXV
ocurrido en nuestra ciudad. El hecho
ilustra elocuentemente el significado
relevante en que devenía la muerte de
uno de estos encumbrados personajes de
los cabildos. Estos no eran solo
espacios autorizados por el gobierno
colonial español para la preservación de
tradiciones culturales como las de
índole artística, sino a su vez el
espacio social donde se expresaban otros
elementos tal vez de mayor importancia
social, como el de las costumbres
religiosas. La religión ha ocupado desde
entonces y siempre un lugar principal en
el seno de estas sociedades afrocubanas,
en primer lugar por constituir el vínculo
más directo con el mundo ancestral al
que míticamente era —y es aun hoy—
reducida África y por el papel altamente
cohesionador que desempeñaba entre
aquellos negros africanos sometidos a un
régimen de bárbara opresión [...].
Fernando Ortiz, en su ensayo “Los
cabildos afrocubanos” (Los bailes y
el teatro de los negros,
1981:440/41) lo ha analizado claramente
cuando escribió a propósito:
“Algunos y tal vez todos los cabildos
tenían carácter religioso [...] y lo
prueba el hecho de portar fetiches en
sus comparsas. Estas manifestaciones
religiosas se prohibieron muy pronto, al
menos en la vía publica, por creerlas
perjudiciales a la religión católica.
Entonces los negros resolvieron el
problema simplemente, adoptando como
patrono algún ídolo del santoral
católico que fuese afín al africano,
transmitiéndole todo el poder de su
fetiche, o mejor dicho, confundiéndole
con aquel. Tan es así, que el fetiche
llevado procesionalmente fue sustituido
por el santo pintado en una bandera;
símbolo este ultimo que sin duda fue
tomado del ejército español, que
deslumbraba el animo [...] de aquellos
negros.”
La decadencia de los cabildos de nación
tuvo un punto de giro con la abolición
de la esclavitud, ocurrida en 1886. En
enero del año siguiente, el gobierno
central obligó a que los cabildos se
inscribieran en el registro civil según
las regulaciones de la Ley de
asociaciones. Finalmente, a partir de
abril de 1888, el gobierno civil
cuestionó el carácter tradicional de
aquellos, cuestionamiento punitivo que
les asestó un duro golpe al atacar el
espacio de relativa libertad en que se
manifestaban algunas de sus costumbres,
muy arraigadas en la conciencia del
grupo étnico y de la comunidad en un
sentido más amplio. En otras palabras,
el puño de la Iglesia daba una vuelta de
tuerca más apoyándose en la legislación
a la que debían ajustarse estas
asociaciones o, por el contrario,
desaparecer. La inscripción debía
hacerse bajo la advocación de un santo
católico y en la parroquia más cercana a
su sede social, para ejercer un mayor
control eclesiástico y, finalmente,
debían comprometerse a transferir todos
sus bienes a la Iglesia católica en caso
de disolución.
[...] Los cabildos adoptaron las
denominaciones que les impuso la
oficialidad, pero el pueblo los siguió
invocando con sus nombres originales. La
memoria colectiva ha conservado en
Santiago de Cuba los del cabildo Cocoye,
el Club Juan de Góngora (reconocido
cabildo de oriundez conga), la Sociedad
el Tibere, el Cabildo Santa Bárbara, el
Cabildo San Salvador de Orta —tras del
cual se mencionaba el Cabildo Vivi—, la
Sociedad Nuestra Señora del Carmen
—actual Cabildo Carabalí Olugo— y la
Sociedad Carabalí Izuama. Tenemos el
excepcional privilegio de contar con
estos dos últimos cabildos más que
centenarios en nuestro carnaval, los que
encabezan el desfile inaugural de estas
fiestas como un modo de reconocimiento a
los altos y significativos valores de
que son portadores. Y en ellos, durante
los últimos años, sus miembros
corporativamente manifiestan los
contenidos y ritos ancestrales que por
largo tiempo les fue prohibido exhibir
públicamente, dentro o fuera de sus
locales.
Durante la colonia, estas asociaciones
intervinieron activamente en los
espectáculos festivos públicos. Entre
estos, el Día de Reyes y las fiestas en
honor del santo patrón de cada villa
constituyeron espacios privilegiados
para la participación de aquellos
cabildos de nación. [...]
También en la memoria colectiva
permanece el recuerdo de las
peregrinaciones del Cabildo congo o Club
Juan de Gongora por las calles
santiagueras. Ha sido el historiador
Jose María Ravelo quien me ha puesto en
evidencia la estrecha conexión existente
entre el comportamiento publico de los
miembros de estos cabildos bajo la
licencia de estas fiestas y el éxtasis
religioso que era imposible reprimir
entre sus miembros. Así lo ha dejado
traslucir él en su libro Medallas
Antiguas (1939:137):
“Desde el amanecer del Día de Reyes
recorrían las calles con gran algazara
que mezclaba las voces con los sonidos
de algunos instrumentos y el ruido [...]
ensordecedor de los atabales. Desfilaban
en grupos bailando y cantando poseídos
de alegría frenética que se
exteriorizaba sin trabas ni disimulo.”
Como veremos más adelante, los cabildos
de nación se transformarían en
comparsas, legándole al carnaval una
fuerte corriente de savia amalgamada por
el ritmo de los tambores africanos y
ayudando a convertirlo en uno de los
espacios festivos más originales y
representativos de la cultura
tradicional del pueblo cubano.
Justamente, la riqueza de su música, sus
instrumentos musicales, el contenido y
la expresividad de sus cantos así como
la variedad de la danza y los bailes
contribuirían a que nuestro carnaval
local alcanzase la condición de ser un
manantial que tributo y aún tributa
importantes valores a una cultura propia
que no se doblegó al dominio ni a la
imposición de la cultura de la clase
dominante, que intentó castrarlo y
hacerlo desaparecer con la arrogancia
del poder. ¿Qué otro sitio si no el más
alto podrían esperarle a los miembros de
la Carabalí Olugo y de la Carabalí
Izuama en estas fiestas de julio con que
el pueblo de Santiago de Cuba, en el
ejercicio libre de su actitud justiciera
y con plena alegría, los reconoce como
aquellos que supieron mantener una
herencia que perdurará en el tiempo?
Me parece que ha valido la pena echar
esta ojeada a tan relevante asunto de
índole histórica y étnico-cultural, sin
cuyo conocimiento difícilmente
estaríamos en condiciones de entender lo
que sucede en la ciudad no solo durante
la realización de varios de los desfiles
que roban el interés de casi toda la
población, sino también lo que
experimenta en su interior cada
ciudadano simple, no importa el color de
la piel ni su estatus social, o la
mayoría de los vecinos de un barrio
cuando vibran al fragor de los golpes
del tambor, del sonido de la estridente
corneta china y de la lucha encarnizada
entre una y otra comparsa o paseo por
hacerse del primer lugar en las
competencias de cada año. Esa vibración,
y en particular ese espíritu que se
apodera del individuo y del colectivo,
nos vienen del fondo de nuestra
historia, son los que nos arrastran con
ímpetu frenético que bordea el delirio
báquico y necesitamos reconocer que
ellos forman parte de una herencia que
se gestó en la confluencia de las
expresiones que nos vinieron de diversas
latitudes del planeta, entre las que
están la hispana, la africana, la
francesa y la asiática, y que tiene
mucho que ver con una vocación
libertaria, que está en la base misma de
nuestro ser nacional.
Desde fecha tan temprana como principios
del siglo XVII, se ha podido documentar
el paso de las procesiones por los
alrededores de la catedral de Santiago
de Cuba, hasta culminar con un acto
solemne frente al Cabildo o Ayuntamiento
de la villa. Frente a este, cada año y
para la fecha de los festejos con que
era honrado el santo patrón de la villa,
o sea Santiago Apóstol, los reyes y
reinas de los cabildos de nación
recibían los correspondientes
aguinaldos, luego de haber desfilado
detrás del cortejo oficial. Pero este
acto pautado en una fecha no era más que
un hito, aunque ciertamente decisivo, de
unas fiestas que arrancaban con la
celebración de San Juan (junio 24),
pasaban por Santa Cristina, Santa Ana
(julio 26) y, con pequeños recesos, se
extendían hasta San Joaquín (agosto 31).
Obviamente, el día más señalado era el
consagrado a honrar a Santiago, fecha
que —desafiando las tempestades del
accionar humano y las turbulencias del
tiempo— se ha mantenido hasta el
presente como la más significativa.
En el lento y profundo proceso de
transculturación ocurrido en la Isla,
según lo definió conceptualmente y trató
de demostrarlo con toda su obra el sabio
cubano Don Fernando Ortiz, en aquellas
celebraciones patronales se
configurarían, hasta llegar a imponerse,
las agrupaciones procedentes de los
cabildos de nación africana, a cuyos
integrantes se les denominó
mamarrachos. Fue tal la fuerza
atronante de estas agrupaciones y su
impacto en la psique y en la imaginación
colectiva, que el carnaval perdió su
nombre para adquirir uno definitivo:
fiesta de mamarrachos o, simplemente,
los mamarrachos. Aunque este es el
componente distintivo o definidor del
carnaval local, reflejo en sí mismo del
carácter del propio santiaguero,
faltaríamos a la veracidad histórica y a
la objetividad si lo considerásemos como
un fruto exclusivo de la herencia
africana, por lo que es acertado
remitirnos al factor de transculturación
para explicarlo.
El brillante pensador cubano Joel James
Figarola ha estudiado en uno de sus
ensayos (recogido también en su libro
En las raíces del árbol, 1993) cómo
la procesión propia del catolicismo
oficial que imperó en Cuba durante la
colonia hizo posible la aparición de la
comparsa, agrupación típica y
definitoria del quehacer carnavalesco
del santiaguero. Remitimos al lector a
esta fuente inestimable para la
comprensión de nuestro objeto de estudio
y aun para diferenciarlo del carnaval
habanero. No siempre, naturalmente, fue
igual, pero, en términos generales, la
comparsa ha conservado un núcleo
esencial hasta el presente, que no niega
que de este pueden haberse derivado
variantes significativas, como el paseo,
que tanta brillantez y plasticidad ha
proporcionado a las fiestas mayores de
julio, según el gusto de amplios
sectores de la población.
El paseo está integrado por figurantes,
bellamente vestidos, que se desplazan a
ambos lados de y en el centro de la vía
ejecutando coreografías deslumbrantes
por su precisión, movimientos
sincronizados y colorido, según una
música de orquestas que la ejecutan en
vivo in situ o, en los últimos años,
grabada en cintas magnetofónicas. Cada
una de estas impresionantes agrupaciones
se hacen acompañar de lujosas carrozas,
en las que también bailan jóvenes de
ambos sexos y de mascaras a pie que
arrancan el aplauso atronante de los
espectadores por el diseño original de
su vestuario y la brillantez y
exuberancia de su colorido, que a veces
alcanza el nivel de lo psicodélico. En
ello se encuentra, entre otras, la
influencia de carnavales foráneos, como
el de Río de Janeiro, por ejemplo. Hay
paseos que combinan muy bien lo
tradicional con lo moderno, pero entre
los más renombrados de la ciudad se
encuentran los de La Placita; el del
barrio de El Tivoli, y el de La
textilera, por citar algunos ejemplos.
La comparsa ha estado conformada por
grupos de personas que desfilaban,
primero a continuación o al final de la
procesión, tras el núcleo
músico-danzario de los cabildos de
nación y que luego, paulatinamente, se
irían integrando a el, no a modo de coda
o apéndice, sino como parte de su
movimiento envolvente en su paso por el
exterior de la villa. Eran figurantes,
enmascarados o no, que no se contentaban
con mirar desde la ventana de la casa
familiar o desde algún otro predio el
espectáculo —como se ha hecho siempre en
La Habana hasta el día de hoy—, sino
que, por el contrario, preferían
incorporarse a la celebración festiva
haciéndolo de la manera más activa. De
ese modo, la conclusión fue que tales
comparsantes terminaron por formar parte
orgánica de unas agrupaciones que no las
puede encontrar el visitante sino es en
esta, la Ciudad Héroe de la República de
Cuba por más de una razón y que, con
toda justicia, debería haber sido
proclamada patrimonio cultural de la
humanidad por hechos de tanta relevancia
universal como el carnaval, entre otras
razones.
La comparsa ha descrito formas muy
definidas en su evolución. Hay quienes
opinan que primero fue la comparsa,
definida como una agrupación musical
dominada por los tambores de oriundez
africana y, mucho más tarde, con la
intervención de la corneta china. Conga
fue un nombre introducido por los
habaneros, en las primeras décadas del
siglo XX, para diferenciar un fenómeno
que podría haber tenido un punto de
semejanza con el tipo de agrupación
propia de las fiestas carnavalescas en
La Habana. Siguiendo esta lógica,
podríamos visualizar que entre las
comparsas se destacan, sin embargo, dos
tipos de agrupaciones carnavalescas cada
vez más radicalmente divergentes: la
primera, la conga, se centra en el
elemento musical, contando como centro
un conjunto de percusión afrocubana que
descansa en los tambores de origen
africano y que puede o no incorporar
bailarines. En cambio, el segundo tipo
ha ido incorporando los bailarines cada
vez más con tanta profusión y peso,
hasta el punto de haber servido de
puente a una tercera forma expresiva del
carnaval: el paseo, arriba descrito.
Si me pidiesen definir lo más
característico del carnaval santiaguero
diría sin vacilar ¡la conga!, que es la
variante original y definitiva de la
comparsa, en tanto entraña un núcleo
percusivo que hace las veces de centro
de un conjunto musical que se desplaza
al toque acompasado de sus instrumentos
por el perímetro urbano de la ciudad,
arrastrando tras de sí, en un movimiento
danzario impresionante, a la mayoría de
la población. Ella es franca hechura
nacional por la participación espontánea
y libre del pueblo, en un ambiente de
entrega absoluta, con la cual se siente
plenamente identificado el barrio y la
comunidad mayor. Eso es lo que se pone
de manifiesto en la comparsa conga, cuyo
epíteto nos remite inequívocamente a la
herencia africana, sin un atisbo de
duda, pero que refleja magistralmente en
su conjunto la versatilidad del cubano
en cuanto productor de arte y maestro
por su capacidad de integrar conjuntos
danzarios sin que medie una organización
profesional en su sentido convencional.
La participación colectiva de amplios
sectores de la sociedad en un hecho
cultural que remite a la identidad de un
pueblo, pudiese ser resumido en el
desplazamiento bamboleante y
enloquecedor de los pies de los
santiagueros por cada milímetro de su
villa, al compás de una música única que
se origina y expande en la conga
—fenómeno que solo podría compararse,
hasta cierto punto, con las escuelas de
zamba del carnaval brasileño.
Este fenómeno colectivo y público, de
participación activa de la gente en el
hecho cultural, tanto en las fases de la
preparación como de la ejecución de la
fiesta, ha tenido otros correlatos
—también espontáneos— en otros niveles
de la colectividad. El pueblo, desde
siempre, se vestía de mujer y salía a
las calles a divertirse con esta
transversión de género, la cual era
aceptada por el “estado llano”, pero no
siempre por los estratos encumbrados de
la clase dominante y mucho menos por el
clero. La represión ejercida con saña
contra las congas alcanzó momentos
virulentos durante la República,
llegando al punto de la suspensión del
carnaval y a la destrucción de los
tambores, cuando el pueblo desafiaba la
autoridad del alcalde de turno y los
sacaba a las calles, hechos que han sido
muy bien documentados por la
investigadora Nancy Pérez en su
importantísimo libro en dos tomos
intitulado El carnaval santiaguero
(Editorial Oriente, 1988).
[...]En el ámbito familiar y
suprafamiliar se articulaban
espontáneamente segmentos más pequeños
de los habitantes de un barrio para
producir fenómenos de tanta
espontaneidad como los descritos. Por
las calles se desplazaban comparsitas
con gente que percutía claves, latas
o incluso cucharas con el mero deseo de
divertirse. Pero existían también las
llamadas parrandas o pequeños
grupos de vecinos que se desplazaban por
su barrio al compás de los pies o de
algún ocasional instrumento musical, a
la vez que cantaban y bailaban con un
aliento de frescura. Debe apuntarse que
algunos de los cantos han sido y son
improvisados y aluden a situaciones
microlocalizadas o propias de la ciudad,
con elementos de crítica social,
expresados abiertamente en sus cantos o
con metáforas o con expresiones de doble
sentido. Es lo más común que sucede hoy
en nuestro carnaval cuando alguna
comparsa atraviesa la urbe, cantando y
bailando del modo más jocoso.
De otro modo no se puede desentrañar el
sentido del sujeto actor de esta
creación cultural, llamado comparsero o
comparsante, heredero de los mamarrachos
o de aquellos figurantes que llenaron de
colorido y gracia la sociedad colonial y
que se prolongaron hasta la República.
Figurante que alcanza su sentido de
completitud con la integración a un
colectivo musico-danzante itinerante,
pero que también puede lograr el nivel
máximo de expresividad individualmente,
con idéntica muestra de su gracia y
desenfado, como mascara a pie o
simplemente como un cubano más que
disfruta sin cortapisas de una fiesta
que tiene un solo actor, al mismo tiempo
que un solo creador de ella: el pueblo,
del cual surgió y al cual tributa
generosamente lo mejor de sí con las
fulguraciones de todo su ser puesto en
perpetua tensión creadora. Por eso es
que, situados en esta perspectiva, es
permisible afirmar que el carnaval
santiaguero, además de ser el más
tradicional de Cuba en el orden del
tiempo y de la herencia africana y
nacional, pudiese ser definido como el
de los mamarrachos: el de los figurantes
plenos de espontaneidad, creatividad y
libertad para expresar, sea colectiva o
individualmente, los contenidos y las
formas que han estado en la base de
nuestra formación nacional tanto en el
orden espiritual como histórico.
El carnaval santiaguero es una fiesta de
pueblo por este motivo y por otros no
menos convincentes. En primer lugar, por
la vocación de participación colectiva
del propio santiaguero que todo lo
contagia con su alegría y espontaneidad.
En segundo lugar, por el ángel musical y
danzario que lleva prendado a su cintura
y a todo su cuerpo, don que le ha
permitido hacer de su entorno social la
cuna de creaciones artísticas puestas
hoy en la cima del reconocimiento
mundial, como el son.
[...] Hoy el carnaval se realiza en dos
arterias principales de la ciudad
cabecera de la provincia: en el Paseo
Martí y en la avenida de Trocha, que en
el imaginario colectivo son como el
resumen bullente, tropeloso y
multitudinario de estas fiestas. A ambos
lados de estas importantes arterias se
construyen quioscos, restaurantes y
otras instalaciones donde se expenden
bebidas alcohólicas —entre ellas la
económica y preferida cerveza a granel o
de pipa— y comidas. En el interior de
estos establecimientos, o en sus
alrededores, suena el traganiquel con
acetatos que soportan piezas de música
cubana, se sitúa un aparato musical
multinstrumental heredado a fines del
siglo XIX de los franceses y surgido en
Manzanillo: el órgano oriental, cuyos
soportes son piezas de cartón perforadas
con música tradicional ejecutada en
vivo. El entramado rústico que se teje
en aquellas arterias incluye tarimas
donde agrupaciones de pequeño formato
ejecutan música, todo esto para ser oído
y, en primer lugar y especialmente, para
bailar. En muchos otros sitios o barrios
de la ciudad ocurre algo semejante,
aunque en menor proporción o medida,
como en el reparto Sueño, adonde acude
mayoritariamente la juventud.
Con la nueva división politico-administrativa
(1976), importantes y vitales poblados
que ostentaban la condición de términos
municipales pasaron a ser barrios de
Santiago y las antiguas, originales y
fuertes tradiciones festivas que
atesoraban como propias desaparecieron,
como lo ilustran el caso del poblado de
El Cobre, sede del santuario de la
famosa Virgen de La Caridad, y de El
Caney, celebre por sus frutas
inspiradoras de un son que, en su
momento, el Trío Matamoros paseó por el
mundo como signo identificativo de la
cultura cubana. El carnaval, por último,
se extiende a los restantes 13
municipios de la provincia santiaguera,
algunos de ellos con tradiciones propias
y a los que viajan los santiagueros con
el mismo entusiasmo con que lo hacen
centenares de miles de paisanos suyos
que habitan en La Habana y para quienes
estas fiestas se sitúan en el sitio
supremo de la escala de su preferencia
en razón de la reafirmación de su
identidad más profunda. No hay para
ellos, pues, ninguna otra celebración de
igual o parecida naturaleza que alcance
tanta importancia.
Pero hasta inicios de la República el
carnaval privilegiaba el casco histórico
de la ciudad, exactamente en los
alrededores del Parque Céspedes y el
jurado era situado en el balcón del
Ayuntamiento, muy cerca de donde se
sentaba el alcalde para ver el desfile.
Fuera de este espacio oficial, las
fiestas transcurrían en el mencionado
Paseo Martí y en otros barrios sedes de
las famosas comparsas de El Tivoli, el
Guayabito y San Agustín. La disputa
principal se centraba en dos barrios: el
de Los Hoyos, liderado por Juan
Gualberto Ortiz, “Chechereku”, y el de
El Tivoli, donde todos los vecinos
seguían entusiastamente a un personaje
cuyo nombre ha pasado a la memoria
colectiva de Santiago: Feliciano Mesa.
Divisiones internas provocaron la
aparición de las dos agrupaciones más
arriba mencionadas (El Guayabito y San
Agustín) y, para entonces, las tres
comparsas más importantes empleaban la
corneta china como una de sus armas
preferidas en las competencias.
Hasta la década del 20, estas fiestas
transcurrieron encima de los carriles de
las tradiciones heredadas de un pasado
colonial y conservaron, más o menos, un
sabor genuino de pueblo. Pero a partir
de la década siguiente, coincidiendo con
el gobierno del General Gerardo Machado,
lentamente el carnaval caería en las
garras de la manipulación de las grandes
empresas capitalistas, como las firmas
roneras y cigarreras. Alberto García
Torres (Millet et al.: Barrio,
comparsa..., 1997:219) fue el
artífice de un evento denominado la Gran
Semana Santiaguera en el que, según sus
propias palabras, “participaban las
fuerzas vivas de la ciudad, como los
Club “Leones” y “Rotario”, la Cámara de
Comercio, los Detallistas, etc.
A partir de 1948 ellos se integraron en
un comité encargado de organizar los
carnavales más modernos de Santiago de
Cuba, antecedidos o preparados por el
evento mencionado antes. En efecto, esa
Gran Semana se inició con propaganda de
la cerveza Hatuey y del ron Bacardí y,
según García Torres, se trataba de un
concurso económico del gobierno, del
municipio, de la industria, del comercio
y también de una competencia del pueblo,
porque no eliminó totalmente su
iniciativa de producir arte y belleza en
el ámbito de cuadra y de barrio, pese a
que todo quiso estar regido por la
competencia económica. El concurso para
elegir la reina del carnaval y sus damas
de compañía era ganado por quienes
acumularan más etiquetas de los
productos de las firmas que entraban en
el juego, El premio de las comparsas,
paseos y mascaras a pie lo daba la
alcaldía y la construcción de las
carrozas la financiaban la industria y
el comercio. Estas terminarían por
imponer hábitos de consumo sustitutivos
de aquellos otros bienes culturales
consagrados por la tradición. Ese fue el
motivo del surgimiento de espacios
competitivos desde el punto de vista
comercial, como la Trocha, de la que, no
obstante, se ha sabido apoderar
gradualmente hasta convertirla en uno de
sus espacios más simbólicos. Diez años
después, se iniciaría un proceso de
cambio social radical que trataría de
revertir esta situación, pero que se
vería enfrentado al deterioro y a los
patrones de consumo material que
gravitaron negativamente en torno a
estas fiestas.
[...]
Este prodigioso fenómeno cultural,
sustentado en el derroche de la
imaginación, la plasticidad y el poder
del arte arrollador de una comunidad,
cuelga de un andamiaje sólidamente
cimentado en el pasado, como puede
apreciarse en algunas puntadas de lo
aquí dicho. La cultura cubana es una
desde su origen y en el punto cimero de
su concreción, sin excluir diversidad ni
multiplicidad creadora. Cuando hablo del
carnaval santiaguero salta a mi lengua
una palabra mágica: conga y, a
continuación, esta otra: corneta china,
que es, quiérase o no, el símbolo de
este carnaval. Sin su inclusión o
análisis no hay una interpretación
correcta de la historia ni mucho menos
una comprensión completa del alcance en
extremo abarcador de estas fiestas.
Música ¿china? Ironía de una realidad
irreductible que, sin proponérselo, me
recuerda que somos un ajiaco, una
síntesis de elementos procedentes de
todos los confines del planeta: de los
nativos de estas tierras denominadas por
el invasor como América; de Europa, de
África, de Asia y de otros lugares no
registrados u olvidados, como nos lo
señaló siempre Ortiz.
En efecto, hubo en Cuba una inmigración
asiática, en la segunda mitad del siglo
XIX, que dejó huella profunda en más de
una esfera de la vida social del pueblo
cubano, sin excluir su historia y su
cultura. En la primera década del XX, se
instaló en Santiago de Cuba —traído
desde La Habana— aquel instrumento
musical, calificado por algunos como
mágico y sin el cual no podría actuar ni
tampoco ser entendida la comparsa conga,
esencial como hemos visto, para la
definición y perfil de nuestro carnaval.
No hay ninguna otra fiesta colectiva en
nuestro país que halla podido combinar
estos dos elementos —el africano y el
asiático— aparentemente tan excluyentes,
como no hay tampoco cultura local ni
regional, también en nuestro país, a la
que se le haya añadido este otro: los
componentes de la cultura “francesa”,
más propiamente definida como la cultura
francohaitiana proveniente del cercano
Haití.
A menudo se echa al olvido que la
segunda lengua hablada en Cuba es el
criollo haitiano, estadísticamente
hablando. Detrás de ello hay una
historia que avala el aserto de que la
francesa sea considerada como la tercera
raíz de nuestra cultura nacional. Todo
ocurrió en este caso, y como casi
siempre con la mayoría de otros muchos,
por el Oriente del archipiélago: con la
ola descomunal de inmigración forzada
francesa, de principios del XIX,
provocada por la insurrección victoriosa
de los esclavos de la colonia francesa
de Saint Domingue. Presencia cercana
pero profunda que se hizo todavía más
avasallante durante las tres primeras
décadas de la centuria siguiente, con el
casi un millón de haitianos que pasaron
por las antiguas provincias de Oriente y
Camagüey, en condición de cortadores de
caña de azúcar y como consecuencia del
boom azucarero provocado en nuestro país
por la I Guerra Mundial. En el orden
cultural, entre otros efectos positivos,
la primera ola migratoria francohaitiana
marcaría el mapa de esta parte del país
con un sello especial, el cual seria
rematado por la segunda ola de
influencia espiritual que calo tan hondo
como para que, por ejemplo, el vodú
pudiese ser considerado como el ultimo
sistema de pensamiento religioso del
pueblo cubano, sin menoscabo de ninguno
de los otros ya aceptados.
Para otro sitio de Cuba resultaría
inusual lo descubierto por la
investigadora cubana Elisa Tamames: el
hecho de que en Santiago de Cuba ya
participaban en su carnaval comparsas
tahonas, de sello francohaitiano, desde
el año 1800. Los “negros franceses”
tocaban sus tumbas en el mismo espacio
en que lo hacían los esclavos africanos
de diversa procedencia étnica con sus
marimbas y otros de sus instrumentos
musicales, además de reportarse para esa
temprana fecha la ejecución del minué,
la contradanza francesa y el rigodón
como manifestaciones que contribuían a
proporcionar una atmósfera especial a
aquellas celebraciones festivas locales.
El folclorista santiaguero Ramón
Martínez y Martínez fue mucho más
concluyente en su afirmación de que las
comparsas cabildos que desfilaban
entonces para los mamarrachos de Santa
Cristina, Santiago y Santa Ana “eran, al
principio, de negros franceses; luego se
cubanizaron; y por ultimo, por los años
1874-75, hubo cabildos de negros y
blancos”. Desde los primeros años del
siglo XIX, en efecto, hubo cabildos que
bailaban “francés” con casacas de lana,
guantes de gamuza y corbatas de cuello
alto, de acuerdo con la moda de la
aristocracia europea. En las zonas
urbanas, tanto negros como mulatos se
recreaban con la contradanza, el minué,
el rigodón y otros bailes de los amos
“franceses”, lo que evidenciaba cuán
acentuado estaba un fenómeno que se
había producido ya en Haití: la
asimilación de ciertos elementos de la
cultura europea dominante.
Justamente, en aquel periodo en la villa
se hablaba tanto castellano como francés
y se experimento en ella un cambio
drástico no solo en las costumbres, sino
también en las ideas y en la mentalidad
de la época, notablemente influenciada
por el espíritu innovador venido de
Francia, como ha sido reconocido desde
entonces. Por tanto, resulta bastante
evidente que se produjesen notables
cambios en el modo de llevar las
fiestas, tanto en lo colectivo pero
sobre todo en el ámbito de las casas
familiares, como lo ha afirmado el
propio Goodman en su libro testimonial
Un artista en Cuba. No sé en que
fue más decisivo ese influjo galo, si en
el ámbito de las creencias religiosas
que tienen que ver con el vodú,
notablemente, o en el ámbito de las
licencias concedidas en el
comportamiento público, muy censurado
por la moral de la timorata sociedad
hispana que entonces ostentaba el poder
ideológico en la colonia de Cuba.
En la villa resultaba notoriamente
importante todo el influjo galo, de
manera especial en la cultura
tradicional del pueblo llano. Ello queda
demostrado no solo por la preeminencia
de la lengua y los modales galos, sino
precisamente por el lugar y el peso de
una institución inicialmente rural: las
sociedades de tumba francesa, surgidas
al abrigo del impetuoso desarrollo de la
agricultura y de la industria
cafetalera, que situarían a la mayor de
las Antillas entre los primeros
productores del grano del mundo. Estas
tumbas luego rodearían la vida urbana
hasta adquirir en ella una fuerza y un
poder no reconocidos hasta hace pocas
décadas por los estudios sociológicos de
la cultura en nuestro país. No existe en
Cuba otra ciudad donde instituciones de
este tipo y estilo hayan influido más y
con mayor arraigo en la sociedad y en la
espiritualidad de sus habitantes que en
Santiago de Cuba. La razón es de
carácter histórico y se refiere a la
larga duración de la presencia francesa
en ella, la que ha permitido un influjo
y una profundización de su cultura como
en ningún otro sitio del archipiélago
cubano.
Las sociedades de tumbas francesas
contribuyeron a dibujar la fisonomía de
la ciudad, incluso delimitando sus
barrios, como en aquellos en que ellas
dejaban sentir decisivamente su influjo.
Así, han sido notables los barrios de El
Tivoli —adonde irían a parar los
celebres personajes escapados de las
páginas de la novela El reino de este
mundo, del escritor Alejo
Carpentier— y de Los Hoyos, sede de la
comparsa conga más famosa de la Isla,
que ostenta el nombre de El Cocoye,
derivado precisamente de una de esas
sociedades de tumba francesa que ha
recorrido con su fama y excelencia
artística todo el territorio nacional, y
allende el mar, en alas de la Conga del
barrio de Los Hoyos, donde tuvo su sede.
Algunas de aquellas tumbas fueron
visitadas asiduamente por notables hijos
de la ciudad quienes, en el proceso por
las guerras por nuestra independencia
nacional, se convertirían en
personalidades políticas de las más
conspicuas de nuestra historia patria,
como el Mayor General Antonio Maceo y
Flor Crombet, por citar solo a dos de
los más nobles paladines.
Más allá de algunos rasgos concordantes,
han sido estos dos barrios
contrincantes, en lo relativo a la
preponderancia e imposición cultural,
oposición manifiesta de manera
irrebatible en el despliegue de energías
e iniciativas para lograr el triunfo de
su comparsa o de su paseo, sea en uno o
en otro caso. Por El Tivoli se introdujo
la corneta china, para quedarse
definitivamente en la cultura
tradicional de Santiago de Cuba y del
cubano. Fue en Los Hoyos donde
cristalizó la conga que alberga la
fuerza de las tradiciones más
radicalmente enraizadas en la conciencia
y en el comportamiento del cubano,
incluyendo en esta aseveración la razón
moral de una sociedad afincada en el
suelo patrio y en el sustrato ancestral
de un espíritu inclaudicable por su
capacidad de resistencia ante las
adversidades y, ambas, por la rebeldía y
la voluntad de luchar. Igual razón las
asiste, aun en su oposición y en la
competencia creadora, en la verdad de
su mundo interior cimentada en la
belleza del arte, la mejor bandera de
triunfo en cualquier combate.
Hay quienes ponen en tela de juicio la
salud del carnaval santiaguero, para mí
el más tradicional y fuerte de Cuba.
Argumentan que la estatalización
excesiva y sofocante se ha impuesto en
las últimas décadas lesionando la
iniciativa de los comparseros en el
ámbito de su célula primaria y a algunas
de sus tradiciones más notables. Hemos
discutido opiniones parecidas en algunos
foros locales patrocinados por la
delegación provincial de la Unión
Nacional de Escritores y Artistas de
Cuba y le hemos concedido alguna cuota
de verdad, en especial a lo concerniente
a la perdida en ocasiones gratuita e
injustificada de tradiciones y de
valores artísticos inherentes a las
mismas. Se han producido efectos
negativos en las tradiciones provocados
por esta clase de problemas y por otros
de diversa naturaleza, uno de los más
notorios es el que se inscribe en el
marco material que rodea y condiciona a
estas fiestas. En fin de cuentas, la
cultura es un organismo vivo sometido a
una dinámica que la hace cambiar o
evolucionar para adaptarse a las
circunstancias diversas a que la somete
la sociedad. El carnaval no escapa a
esta situación.
Nuestro carnaval cuenta con una
estructura o anatomía muy sólida: con
las agrupaciones de origen africano más
antiguas del país, cuales son los
Cabildos Carabalí Olugo y el Izuama, con
basamento en una región de Nigeria; la
Tumba francesa, con más de cien años de
existencia; otras agrupaciones más que
centenarias, como la Conga de Los Hoyos
y otras próximas a cumplir cantidades de
años equivalentes. Desde mediados de los
años sesenta del siglo XX documentamos
la actuación de grupos de gaga haitianos
en las fiestas de julio de Santiago, lo
cual podría ser algo extraño si pensamos
en otras localidades urbanas del país.
Pero no es este aspecto cuantitativo el
que nos indica la fortaleza o debilidad
de una manifestación cultural, sino el
estado emocional y espiritual del sujeto
colectivo que la creo y que la sostendrá
en correspondencia con los factores de
riesgo o con la voluntad y el empeño que
pongan en juego, según se lo exijan las
necesidades del momento. Es la cualidad,
pues, la que debe ser tomada en cuenta
cuando se desea analizar honestamente
ante alguien que no conoce una cultura
su estado actual y su futuro, aunque sea
este inmediato.
He tenido la dicha de volver a
participar recientemente en uno de los
fenómenos que, en mi concepto de la
cultura, podría definir mejor dicho
estado. Me refiero a la invasión, al
recorrido que realiza una comparsa por
el perímetro urbano para medir su fuerza
frente a los grupos carnavalescos de
otros barrios contrincantes y para
mostrarse ante su barrio y, más allá de
este, ante la comunidad total de la
ciudad que establecerá inmediatamente un
diagnostico certero sobre su situación.
Confieso que, para sorpresa mía, no solo
la conga invasora demostró
fehacientemente cuan crecida y fuerte
esta en ella la tradición carnavalesca
que no pocos cuestionan, sino que
también el resto o el conjunto de las
principales agrupaciones carnavalescas
de Santiago también demostró tal arraigo
y poderío. Y, cosa todavía más
importante, he podido comprobar que el
comportamiento festivo típico del
santiaguero —el mismo que he estudiado
en los libros y, sobre todo, en la
realidad enriquecedora de su vida
cotidiana, durante buena parte de mi
vida— se ha mantenido incólume, a pesar,
ciertamente, de múltiples circunstancias
adversas que arrancaron del capitalismo
y que, lamentablemente, también lo han
rodeado en los últimos tiempos.
Es importante, pues, asomarse sin miedo
al pozo de la conciencia o del
inconsciente colectivo, donde laten y
viven estas tradiciones. Yo me he
atrevido a hacerlo y le he tomado el
pulso y he comprobado el ritmo de sus
latidos, y nada me indica la cercanía de
una enfermedad ni mucho menos de una
muerte repentina, como los más
negativistas vaticinan. La sociedad, el
pueblo, el actor principal que rige los
destinos de las costumbres y los
sentimientos, ha sabido retener con gran
sabiduría los contenidos esenciales de
un arte ancestral que se expresa en un
comportamiento individual y colectivo
dirigido a preservar la identidad
cultural de la comunidad, sea la local o
la nacional.
En otras palabras, con la continuidad
del carnaval santiaguero sucede algo
parecido a lo que acontece con la
conciencia y con el comportamiento
religioso, vinculados ambos radicalmente
con ese sentido de la identidad antes
referido. Pueden modificarse sus formas,
los modos y medios a través de los que
ellos se expresan, pero el núcleo
esencial se mantiene como un centro de
resistencia extrema ante el peligro,
como parte inherente o consustancial de
la estrategia de sobrevivencia del ser
humano y de la sociedad frente a los
factores que someten a prueba su ser.
Quiérase, o crease o no, esto es lo que
me dice el individuo en su bregar diario
con la existencia y el sujeto colectivo
con su tesonera lucha por ser cada vez
mejor y con su voluntad de esforzarse
por alcanzar estadios más elevados o, al
menos, cualitativamente, superiores del
vivir. Esta inquietud y esta lucha son
los sintamos inequívocos de ese estado
de salud al que, con satisfacción y
alegría, me he referido siempre que
hablo de la cultura tradicional del
pueblo, no exenta de peligros, riesgos
amenazantes y de retos
insospechablemente poderosos frente a
los cuales se tiene que bregar con buen
tino y sagacidad para no perecer.
Si alguien, dudoso o agnóstico en lo
relativo a nuestra realidad, me
preguntase cuál es el diagnostico
clínico que podría establecer yo acerca
del estado espiritual del cubano, le
sugeriría solo una cosa: visite el
carnaval de Santiago de Cuba y sumérjase
en el accionar permanente de una sola
comparsa, la del barrio de Los Hoyos, y
luego compruebe usted con sus propios
ojos la buena salud física y mental de
la que goza el cubano actual,
enfrentado, no obstante, a los mayores
retos de la historia.
La Habana,
abril 9 de 2001
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