Año VI
La Habana

9 al 15 de AGOSTO
de 2008

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Neoliberalismo en América Latina

Orígenes, evolución y consecuencias

Elier Ramírez • La Habana

 

Orígenes y fundamentos de las ideas neoliberales.

El neoliberalismo, como corpus de ideas, fue un fenómeno que eclosionó con posterioridad a la Segunda Guerra Mundial, teniendo como cuna fundamental a Inglaterra y los Estados Unidos. En esencia, consistió en la articulación de una respuesta teórica y política encaminada contra el estado paternalista y de bienestar general que se había entronizado en la mayoría de los países capitalistas en los años de posguerra. 

El texto canónico que albergó las ideas neoliberales iniciales se tituló: Camino de Servidumbre, y fue elaborado en 1944 por el austríaco Friedrich Hayek. Este documento, arremetía con frenesí contra cualquier tipo de limitación de los mecanismos del mercado por parte del Estado, pues su autor consideraba que dicha intromisión atentaba contra la libertad económica e incluso política de cualquier nación. El blanco inmediato de Hayek fue en aquellos años el Partido Laborista Inglés, con posibilidades muy reales de ganar las elecciones generales en la Inglaterra de 1945. Para Hayek, la socialdemocracia inglesa era algo muy parecido al fascismo. 

Poco tiempo después, en 1947, cuando las bases del estado de bienestar general se extendían por otros países, Hayek convocó a los que compartían sus criterios a un encuentro en la pequeña estación de Mont Pélerin, en Suiza. Entre los asistentes, no estaban solamente los acérrimos enemigos del estado benefactor de los distintos países capitalistas de la Europa Occidental, sino también sus más conspicuos adversarios en los Estados Unidos. Algunos de los participantes en aquella reunión fueron: Milton Friedman, Karl Popper, Lionel Roffins, Ludwing Von Mises, Walter Eukpen, Walter Lippman, Michael Polanyi y Salvador de Madariaga. De esta manera, quedó establecida la Sociedad de Mont Pélerin, una especie de franco-masonería neoliberal, muy bien organizada y dedicada, con reuniones cada dos años. [i] 

La finalidad de esta sociedad era combatir la aplicación en los países capitalistas de las teorías económicas de John Maynard Keynes,[ii] propulsoras de la intromisión estatal en la economía. Sus exponentes, intentaban sentar las bases de otro tipo de capitalismo: salvaje, duro, competitivo y libre de reglas, es decir, sin injerencia estatal en el mercado y sin regulación social; para ellos, la desigualdad era vista como un valor positivo, en realidad imprescindible para el desarrollo de las sociedades occidentales. Así, soñaban con un orden económico natural y espontáneo, donde los niveles salariales brotaran del libre juego de la oferta y la demanda laboral, como resultado de un “equilibrio” que no requería ser regulado. También consideraban imprescindible además de eliminar la intervención gubernamental en la economía: privatizar las empresas estatales, eliminar el déficit público, alcanzar la estabilidad monetaria y lograr una competitividad internacional mediante una apertura productiva, comercial y financiera. Todo lo anterior pudiera resumirse simple y llanamente en un furibundo darwinismo social.  

Sin embargo, el contexto en que surgió esta sociedad no fue el más propicio para que las ideas que esta corporación sustentaba fueran asumidas por los distintos gobiernos capitalistas. Para aquel tiempo, el capitalismo avanzado estaba en una etapa de auge sin precedente, y se encontraba en los inicios de lo que se le ha llamado la “edad de oro del capitalismo”, presentando  el  más rápido crecimiento económico de su historia durante las décadas de los años 50 y los 60. 

El momento ideal para el impulso de los preceptos neoliberales y su asunción por el mundo desarrollado capitalista, llegó con la irrupción de la gran crisis del modelo económico de posguerra, en 1973, cuando todos los países capitalistas avanzados cayeron en una larga y profunda recesión, combinando por primera vez bajas tasas de crecimiento con altas tasas de inflación, proceso que ha sido llamado “estanflación". Fue a partir de esa coyuntura que las ideas neoliberales comenzaron a ganar terreno. 

Hayek y sus principales seguidores sacaron ventajas de la situación, achacando entonces las causas de la crisis al poder excesivo de los sindicatos y a la fuerza del movimiento obrero, quienes habían socavado, según sus criterios, las bases de la acumulación del capital privado, con sus presiones reivindicativas sobre los salarios y con sus exigencias constantes al estado en solicitud de aumentos de los gastos sociales. Para ellos, estos factores habían destruido los altos índices en la tasa de beneficio[iii] de las empresas y desencadenado una inflación desmedida, con la consiguiente crisis generalizada de las economías de mercado. La receta que recomendaban era diáfana, mantener un estado fuerte, pero solo en su capacidad para quebrar el nefasto poder de los sindicatos y para mantener el control del dinero, ya que debía eliminarse su poder a la hora de intervenir en la economía. 

Por otro lado, la estabilidad monetaria debería ser la meta suprema de cualquier gobierno, y para eso, era necesaria una disciplina presupuestaria, con la contención de las asignaciones de beneficio social y la restauración de una “tasa natural de desempleo”, o sea, la creación de un ejército “natural de desempleo” para quebrar la fuerza de los sindicatos. Además, sostenían la necesidad de realizar reformas fiscales para incentivar a los agentes económicos. En otras palabras, esto significaba reducciones de los impuestos sobre las ganancias más altas y sobre las rentas. De esta manera, saldría a flote una favorable desigualdad que volvería a encauzar el avance de las economías capitalistas.[iv] 

Ante aquella situación de crisis sistémica del capitalismo, las ideas neoliberales encontraron muchos simpatizantes, y un considerable número de gobiernos capitalistas comenzaron a enrumbar sus políticas en esa dirección. Entre estos, se destacaron los de: Margaret Thatcher en Inglaterra (1979) y Ronald Reagan en Estados Unidos (1981), así como los de otros países del norte de Europa Occidental.  

La implantación del neoliberalismo por estas administraciones tuvo un fin histórico muy bien determinado: la reanimación del capitalismo avanzado mundial, restaurando altas tasas de crecimiento estable, como las que existían antes de la crisis de los años 70. A su vez, fue en sus inicios, una tendencia teórico-política-ideológica basada en el liberalismo económico más feroz, pero que con el transcurso del tiempo se fue readecuando a las  condiciones de un mundo globalizado, en medio de una revolución tecnológica que impuso y sigue imponiendo en la actualidad nuevos ritmos y lógicas de análisis al capitalismo contemporáneo. Su aplicación fue también el resultado de la intención de los países más avanzados del sistema capitalista por absorber los espacios económicos que aún quedaban en el remanso de “lo público”, con la desembozada intención de ponerlos en manos del sector privado del capital transnacionalizado, que abogaba por borrar los estados nacionales de los países subdesarrollados, y con ello, la jurisdicción de aquellos sobre los recursos naturales y humanos, las empresas y todo el aparato productivo y de reproducción social. 

La ola neoliberal llega a América Latina.

Las dificultades económicas por las que también atravesaba América Latina a inicios de los años 70 fue el momento más propicio para que los tecnócratas neoliberales encontraran el eco esperado a sus recetas en el hemisferio. Así, en América Latina las ideas neoliberales comenzaron a esparcirse con celeridad, bajo el influjo de las lecturas que de estas hicieron  Milton Friedman y sus colegas de la Escuela de Economía de la Universidad de Chicago. 

Dos fueron las causas que coadyuvaron a la implantación del Neoliberalismo en América Latina: el papel desempeñado por los regímenes militares, especialmente en Chile, Argentina, Uruguay y Brasil, y el evidente fracaso del proyecto de desarrollo sobre la base de la “industrialización” y la “sustitución de Importaciones” (ISI). 

Las dictaduras militares entronizadas en la región hicieron el trabajo sucio de las aspiraciones del capital transnacionalizado, ya que, además de comenzar a aplicar esas políticas de modo directo y destruir aquella parte de los sistemas políticos que servían de diques de contención al mercado, abrieron un largo y profundo proceso de desarticulación de los movimientos sindicales y sociales en general. [v] 

A su vez, ya desde fines de la segunda posguerra, pero en especial, a partir de los años 50, las ideas  keynesianas, pasadas por el prisma estadounidense, invadieron el continente. El modelo ISI se convirtió en la alternativa a seguir para alcanzar el crecimiento económico, en él, se resguardaron una serie de teorías como el Desarrollismo y de movimientos políticos de amplia base como el Populismo, al tiempo que impulsó el efímero Estado de Bienestar en la región. 

En busca del soñado desarrollo que se pretendía alcanzar por medio de este modelo se tomaron medidas como:[vi] 

-                      Fuertes inversiones en el tipo de infraestructura requerida para la industria, tales como viales, y servicios de agua y electricidad;

-                      Reducción de los costos de la fuerza de trabajo en las áreas urbanas, sobre la base del subsidio de los artículos de la canasta básica y de la imposición de control de los precios;

-                      Protección de las industrias locales de la competencia extranjera imponiendo impuestos de importación y “barreras no tarifarias” tales como cuotas de importación;

-                      Nacionalización de industrias claves como el petróleo, maquinarias, hierro, acero, y se establecieron otras nuevas. Esto produjo un amplio sector estatal que intentaba desempeñar un rol protagónico en el desarrollo de la economía;

-                      El Estado apoyó una tasa de cambio sobrevaluada, que hizo caras las exportaciones latinoamericanas y baratas las importaciones. Esto afectó las exportaciones, pero ayudó a la industria al reducir el precio de la maquinaria y los insumos importados, mientras las barreras tarifarias y no tarifarias aseguraron que la relativa baratura de las importaciones no recortaran sus producciones. Una tasa de cambio sobrevaluada también contribuyó a mantener la inflación baja y aseguró importaciones más baratas. 

Sin embargo, los escollos que desde un inicio se le presentaron a este modelo fueron insuperables y devinieron en su fracaso, entre ellos: la dependencia periférica de la región  a los centros del capitalismo mundial ―fundamentalmente a los Estados Unidos―  y su desde otrora atraso tecnológico. 

El proyecto, como todos los proyectos dependientes, estaba basado en una entrada considerable de capital foráneo, en este caso destinado al fomento del sector primario de la economía. De esta manera, el modelo traía implícito su carácter enclenque, al depender de un capital inseguro sujeto a las coyunturas del capitalismo desarrollado, al tiempo que la deuda con las instituciones proveedoras del capital crecía aceleradamente. A las dificultades señaladas se le añadió que, la mayor parte del capital que se recibió como préstamo, no se invirtió en el desarrollo de la industria, sino que contribuyó al crecimiento de la oligarquía financiera (de la región, foránea y asociada), dedicada a la especulación y no a la inversión directa en sectores claves para el desarrollo de sus países, así como para incrementar los arsenales y efectivos de los ejércitos latinoamericanos, y en el peor de los casos se volatizó y se fugó hacia los bancos de los países desarrollados.  

Así, la región latinoamericana sufrió desde finales de la Segunda Guerra Mundial hasta los inicios de los años 80, la aplicación deformada del modelo keynesiano bajo una férrea dependencia de los Estados Unidos, con la consiguiente deformación estructural de sus economías y sociedades, en un proceso acumulativo que hizo real explosión en 1982 con la crisis de la  deuda.  

La crisis de la deuda fue el resultado de varios factores, entre ellos: la propia estructura económica deformada que arrastraban desde mucho antes los países latinoamericanos, su incapacidad para generar recursos financieros propios, la excesiva liquidez acumulada durante los años 70 a raíz de las dos crisis del petróleo que se dieron en esa década (1973-1974 y 1979-1980), en las que los precios del oro negro subieron vertiginosamente. 

Ante esta elevación de los precios del petróleo, los países exportadores de este producto en la región (México, Venezuela, Perú, Ecuador, Bolivia) se vieron ante sí con un gran excedente de liquidez y con un volumen considerable de ingresos en divisas a raíz de las exportaciones. A los atractivos que hacían del endeudamiento un gran negocio se le sumó la posibilidad de obtener préstamos con bajas tasas de interés.  

Frente a esta coyuntura, numerosos gobiernos del hemisferio, de una forma miope y en muchas ocasiones también corrupta, comenzaron a endeudarse de una forma imprudente, sin invertir en el desarrollo económico y social de sus países. Al tiempo que gran parte del capital que entraba se invirtió en el agiotaje, y una considerable suma de este voló hacia los bancos del Primer Mundo. Las consecuencias de estas nefastas políticas se hicieron sentir con fuerza, cuando en el período de 1980-1981, las tasas de interés subieron, y el precio de los productos que estos países deudores exportaban cayó considerablemente. Fue en ese momento que estos gobiernos se vieron imposibilitados de cumplir los compromisos de pago de la deuda, y al mismo tiempo, se vieron impelidos a pedir préstamos para pagar los intereses de la propia deuda, quedando así atrapados en un círculo vicioso. En 1982 se desató la crisis con la declaración de no pago de México. 

La deuda externa fue y sigue siendo en lo esencial, un perfecto instrumento de sometimiento. América Latina pagó y sigue pagando varias veces la deuda. En aquel contexto, la crisis de la deuda puso de rodillas a la mayoría de los gobiernos de la región frente a las recetas neoliberales, en tanto que la deuda pagada entró a engrosar el circuito de la especulación en el mercado financiero globalizado y la no pagada también, al ser comprada y vendida especulativamente. 

De esta manera, las recetas neoliberales comenzaron a ser ingeridas por las distintas administraciones de Latinoamérica. Los ajustes aplicados, conocidos también como Consenso de Washington, recogían las medidas ortodoxas del Fondo Monetario Internacional, del Banco Mundial, del Banco Interamericano de Desarrollo, así como la posición del gobierno norteamericano y de los conglomerados transnacionales de mayor influencia global, sobre todo de los Estados Unidos. Algunos componentes básicos de su recetario eran los siguientes: 

·                     Austeridad y disciplina fiscal.

·                     Reestructuración del gasto público.

·                     Reforma Tributaria.

·                     Privatización de las empresas públicas.

·                     Establecimiento de un manejo cambiario competitivo.

·                     Liberalización comercial.

·                     Desregulación del mercado financiero y apertura de las cuentas de capitales.

·                     Apertura sin restricciones a la inversión extranjera directa.

·                     Flexibilización de las relaciones económicas y laborales.

·                     Garantía y cumplimiento de los derechos de propiedad privada.

Así, más allá de desempeñar las funciones para lo que fueron creados, el BM[vii] y el FMI[viii] se convirtieron en los instrumentos fundamentales para poner en práctica el modelo neoliberal en la región latinoamericana. Más de diez mil economistas y unos pocos centenares de cientistas sociales trabajaron acopiando datos y realizando estudios de todo tipo que luego sirvieron de base para apoyar la prédica neoliberal.

En América Latina, la aplicación de la mayoría de estos ajustes de corte neoliberal se habían comenzado ya a ensayar en Chile, luego del golpe de estado fascista dirigido por Pinochet en 1973. Esta fue verdaderamente la primera experiencia neoliberal sistemática del mundo. Bajo la dictadura de Pinochet comenzó la desregulación, el desempleo masivo, la represión sindical, la retribución de la renta a favor de los ricos, la privatización de los bienes públicos. Todo esto se hizo casi una década antes que el experimento Thacheriano. Pero la inspiración teórica de la experiencia pinochetista era más norteamericana que austríaca: Friedman y no Hayek. El neoliberalismo chileno se basó en la abolición de la democracia y la instalación de una de las más crueles dictaduras de posguerra. En este último aspecto la dictadura de Pinochet se ajustó muy bien a los criterios de los ideólogos primigenios del neoliberalismo, quienes veían en la democracia un peligro ante la libertad económica, la cual consideraban madre de todas las libertades.  

En 1974, Uruguay también se encauzó por la ruta neoliberal, y en 1976 Argentina le siguió los pasos. En estos países, dominados por crueles dictaduras militares, se implementó el neoliberalismo esgrimiéndose los postulados de la referida escuela económica estadounidense como una especie de nueva ideología, que todo debía reestructurar: producción, finanzas, comercio, comunicaciones, cultura, política, vida social y relaciones internacionales. El proyecto respondía a una estrategia conscientemente dirigida por los EE.UU. para imponer un nuevo orden mundial, debido al cual se estableciera un régimen de acumulación transnacionalizado, que respondiera en primer lugar a los intereses de las grandes corporaciones bajo el pretexto de aumentar la eficiencia económica mediante el empleo de las ventajas competitivas del mercado.[ix]

En la década de los 80 junto con el ascenso al poder de gobiernos civilistas, en detrimento de las dictaduras militares que habían dominado el ambiente político de los años 70, se continuó aplicando los paquetes de medidas neoliberales en los distintos países de la región latinoamericana. Estos ajustes de corte neoliberal se hicieron ostensibles en Perú bajo el mandato de Fernando Belaunde Terry (1980-1985), en Ecuador durante el gobierno de Osvaldo Hurtado (1981-1984), en Bolivia bajo la presidencia de Víctor Paz Estenssoro (1985-1989), en México con la elección de Carlos Salinas de Gotari (1988-1994), en Venezuela durante el segundo mandato de Carlos Andrés Pérez (1989-1993), en Uruguay, Brasil y Argentina, donde se consolidó el proceso ya iniciado desde la década de los 70 bajo el auspicio de las dictaduras militares, con la llegada al poder respectivamente, de Julio María Sanguinetti y José Sarney en 1985, y del peronista Carlos Saúl Menem en 1989. Todos estos gobiernos y los sucesores aplicaron en menor o mayor medida la medicina neoliberal. Ninguno de los gobernantes de estos países confesó al pueblo, antes de ser electo, lo que efectivamente hizo después. Menem y Carlos Andréz Pérez, prometieron exactamente lo opuesto a las políticas radicalmente antipopulares que implementaron, y sus efectos sombríos se hicieron más notables en los años 90. Salinas ni siquiera fue electo, apelando como es bien sabido, a uno de los tradicionales recursos de la política mexicana: el fraude.

De esta manera, los gobiernos civilistas establecidos en América Latina terminaron abonando la retórica populista electorera que los había conducido al poder y aceptando la profundización del programa de libre mercado. Al aplicar las medidas y reformas condicionadas por el FMI y BM, se comenzaron a desmantelar los programas de ayuda social, a limitar los derechos sindicales y a reducir el área estatal de la economía y los servicios, con lo que se abrió el camino a la privatización de las empresas públicas y se aseguró el pago de la onerosa deuda externa ―entre 1982 y 1990 se enajenaron por este concepto 773 mil millones de dólares y el monto de la deuda en ese lapso pasó de 220 mil millones a 441 mil millones de dólares―en detrimento del nivel de vida de la población y los planes de desarrollo económico y social.[x]

Por primera vez en la historia latinoamericana, no solo la liberalización política se convirtió en una tendencia predominante en todo el hemisferio, con el consiguiente fortalecimiento de la hegemonía de los sectores vinculados al mercado y al gran capital, sino que también las relaciones gubernamentales de América Latina con Estados Unidos alcanzaron un nivel de identificación y sintonía sin precedentes.

Como resultado de estas políticas neoliberales, antes de concluir sus mandatos la mayoría de estos gobiernos surgidos de procesos electorales debió enfrentar profundas crisis, con un cuadro desolador donde primaba el desempleo, el alza de los precios de los productos básicos,  la caída de los salarios reales, el aumento de las enfermedades, la desnutrición de sectores importantes de la población, etc. En ciertos casos, ello se agravó por escándalos de corrupción que socavaron la credibilidad del restablecido sistema “democrático representativo”.

En estos años 80, que los economistas denominaron década perdida, América Latina comenzó a padecer la crisis más profunda y prolongada de su historia desde el crack de 1929. Como prueba de ello, solo entre 1981 y 1991 el PIB per cápita de la región descendió 8,1%, aunque en algunos países el declive fue mucho más acentuado que el indicado por esta cifra promedio: 28% en Perú, 20% en Argentina y 17% en Venezuela. Las implicaciones sociales de este proceso de deterioro constante de la economía fueron verdaderamente alarmantes: en 1980 el 41%, esto es, 136 millones de latinoamericanos vivía en la pobreza, cifra elevada a 170 millones, es decir 43% en 1986.[xi]

Uno de los países donde este descalabro se sintió con mayor intensidad fue Brasil. Según cifras oficiales, en 1987 los brasileños ubicados por debajo de los niveles de pobreza llegaban a 33 millones, o sea el 25% de la población.[xii]

No obstante, a pesar de esta situación caótica que se vivió en la región durante los años 80, en la década de los 90 la ola neoliberal continuó esparciéndose por América Latina, ahora reforzada por el desplome del socialismo en los países de Europa del Este en 1989 y en la URSS en 1991, lo que consolidó la hegemonía estadounidense en el orbe y fundamentalmente en la región latinoamericana, su principal traspatio.

Entre los gobiernos de América Latina que durante los años 90 descollaron en el cumplimiento de los lineamientos del Consenso de Washington, a la hora de implementar los ajustes neoliberales que como condición a su “ayuda” financiera exigían el BM y el FMI podemos mencionar los siguientes: Alberto Fujimori (1990-2000) en Perú, Carlos Salinas de Gotari (1988-1994) y Ernesto Zedillo (1994-2000) en México, Abdalá Bucaram (1996-1997) y Jamil Mahuad (1998-2000) en Ecuador, Fernando Collor de Mello (1990-1992) y Fernando Enrique Cardoso (1996-2002) en Brasil, Carlos Saúl Ménem en Argentina (1989-1999) y Carlos Andrés Pérez (1989-1993) y Rafael Caldera (1993-1999) en Venezuela.

A la hora de hacer un análisis de los efectos nefastos del neoliberalismo en América Latina, no puede obviarse la responsabilidad que en su aplicación tuvieron las oligarquías y elites locales, tanto económicas como políticas, quienes se enriquecieron también de una parte del botín ―en ocasiones de forma corrupta―, que se extrajo de las violentas privatizaciones y de la invasión desmedida de los mercados nacionales por las filiales de las transnacionales, cuyas casas matrices se encontraban fundamentalmente en EE.UU. De no haber contado con estos aliados, las recetas neoliberales no hubieran podido progresar en la región en la forma tan arrolladora en que lo hicieron.

El conjunto de políticas de ajuste de los gobiernos latinoamericanos se plasmó en convenios con el FMI, que imponía dicho condicionamiento como requisito previo para un acuerdo con la banca acreedora. En general, el esquema analítico básico del FMI diagnosticaba el exceso de la demanda interna como causa de los problemas de la balanza de pagos, y obligaba a cualquier propuesta económica nacional a tener priorizadamente en cuenta sus directrices. Desde entonces, los estados latinoamericanos debieron endeudarse más para pagar el servicio de la deuda; reducir el déficit fiscal mediante alzas tributarias, así como disminuir sus gastos en obras públicas y medidas sociales. En consecuencia, se deterioró el nivel de vida de la mayor parte de la población, se detuvo el crecimiento de las economías y se contrajo el comercio exterior de los estados lo cual redujo la participación latinoamericana en la producción y comercio del mundo.[xiii]

La aplicación de las políticas neoliberales por los gobiernos latinoamericanos condujo a un fortalecimiento de la presencia de las empresas transnacionales, cuya participación en las ventas de la región ascendió hasta el 38,7%, mientras que la de las empresas públicas disminuyó hasta el 19,1%. Este fue el resultado de la privatización de los activos estatales, cuya entrega a propietarios foráneos se convirtió en el principal mecanismo de ingreso de las inversiones extranjeras directas. Pero como señalara la CEPAL, a partir de la crisis financiera mexicana en 1994, el llamado “Efecto Tequila” provocó en Latinoamérica una gran inestabilidad de los flujos de capital, debido a la cual se redujo el crecimiento de los PIB, lo que a su vez ocasionó nuevas vicisitudes en el funcionamiento de otros sistemas financieros en países del área.[xiv]

La crisis mexicana fue un reflejo de los desequilibrios de la economía mundial y de la volatilidad de los denominados “capitales golondrinas”, que amplificaban las perturbaciones engendradas en diferentes latitudes y las cuales se propagaban por medio de los mismos canales generados por el proceso de globalización a escala mundial; la estampida de las inversiones en cartera desde los países subdesarrollados y la reevaluación negativa que sufrieron los deudores latinoamericanos por parte de los acreedores internacionales, incrementaron los serios problemas de las balanzas de pagos de los estados de nuestro hemisferio, los cuales acometieron entonces políticas de ajuste aún más draconianas. Esto fue así, hasta que el segundo ataque especulativo contra el real brasileño (enero de 1999) desató  la crisis en su forma más aguda en las repúblicas de la región.[xv]

La década de los 90 en América Latina acentuó el panorama desolador que ya se percibía desde la década anterior en los países que habían adoptado los paquetes de medidas neoliberales, en un camino tortuoso que solo conducía al infierno. Durante esos años, un número muy reducido de productos pudo ingresar al mercado internacional, lo que demostraba que la “libre competencia” como eufemísticamente señalaban los teóricos neoliberales, no era más que una falacia para penetrar los débiles mercados latinoamericanos en beneficio del capital transnacional estadounidense, quedando los países de la región prácticamente atados de manos, pues sus producciones nacionales no podían competir con los productos de alta calidad que invadían sus mercados, al tiempo que sus exiguas producciones para el mercado externo sufrían las exigentes condiciones y dificultades impuestas por las potencias capitalistas que dominaban el mercado internacional. Todo este panorama fatídico condujo a la ruina de numerosas pequeñas y medianas empresas, concentrándose las riquezas cada vez en menos manos, con el consecuente deterioro de la seguridad laboral, el aumento del desempleo, el subempleo y el sector informal, la depauperación de los retiros y las jubilaciones y el incremento de la pobreza. 

Los gobiernos que se sumaron al discurso neoliberal que satanizaba al estado, adoptaron políticas tan salvajes como imprudentes y, en algunos casos, altamente corruptas, como el desmantelamiento de agencias y empresas estatales o paraestatales. Uno de los ejemplos más dramáticos fue en la Argentina de Ménem, cuando se privatizaron las empresas públicas, pero transfiriendo escandalosamente, a precios irrisorios y sin los más elementales recaudos, el patrimonio acumulado por varias generaciones de argentinos, a multinacionales privadas o a monopolios estatales extranjeros.

Argentina es el ejemplo clásico dentro de la región latinoamericana donde se plasmó con mayor agudeza el fracaso eminente del modelo neoliberal, máxime cuando era aludido como “país modelo” por los tecnócratas neoliberales del FMI y el BM. En ese país, bajo la presidencia de Ménem, se produjo la más profunda debacle económica, con el mayor impacto político y social, que conocieron los países latinoamericanos a finales del siglo XX. Ménem había ocupado la presidencia en un momento en que la economía argentina se encontraba en franco descenso, a lo que se le unía una vertiginosa inflación. Ante tal situación, Ménem apostó por aplicar la convertibilidad de la moneda argentina al dólar norteamericano en la proporción de uno a uno,[xvi] y dispuso que la circulación de aquella estuviese garantizada en un 80% con valores extranjeros, con lo cual cortó la política fiscal de imprimir pesos devaluados para financiar el déficit gubernamental. Este “plan de convertibilidad” que establecía la paridad del billete argentino con el estadounidense recibió un amplio apoyo de los más importantes sectores financieros internacionales. En concordancia, pronto los capitales foráneos comenzaron a llegar al país y la economía argentina se reanimó. Pero desde 1994 la sobrevalorada moneda argentina comenzó a perjudicar la competitividad de las producciones de ese país, lo cual originó un desbalance negativo en sus cuentas corrientes, seguido de las consecuencias adversas derivadas del “Efecto Tequila”.[xvii] Este desvaneció el arribo de nuevos capitales provenientes del exterior, lo que indujo al gobierno a emplear sus reservas para sufragar el referido déficit sin aumentar sus emisiones monetarias. Entonces la economía entró en recesión y la percepción de impuestos disminuyó, tras lo cual Ménem decidió eliminar drásticamente más gastos sociales y públicos. A la vez, los caros productos argentinos debían enfrentar en el mercado interno abundantes y baratas mercancías importadas, lo que aumentó el desempleo y provocó quiebras.[xviii]

En esas circunstancias, el gabinete menemista orientó privatizar las empresas estatales para nutrirse de esos fondos. Pero dichas ventas se realizaron a consorcios foráneos que impusieron a los antiguos servicios públicos: agua, electricidad, teléfonos y transporte, altos precios monopolistas, lo cual perjudicó mucho a la población, sobre todo a los estratos más humildes. Ello condujo a crecientes fisuras dentro del Partido Peronista, cuyos sectores sindicalistas fueron endureciendo su oposición al menemismo, sobre todo bajo la influencia del gobernador de la provincia de Buenos Aires, Eduardo Duhalde.

A esta contraproducente situación se le adhirió el ascenso desmedido y veloz de la deuda gubernamental, al acercarse su monto a la mitad del PIB del país. A su vez, la debacle económica argentina se aceleró al devaluar Brasil su moneda, que perdió casi la mitad de su valor. De golpe los productos argentinos se hicieron carísimos en el mercado de su principal socio comercial, por lo cual una parte considerable de las inversiones extranjeras abandonaron el país para establecerse en tierras de su gigantesco vecino, sobre todo en áreas como la industria automotriz. Entonces en la Argentina se dispararon la recesión, el desempleo y el déficit fiscal. La respuesta de Ménem fue anunciar que si la situación continuaba por el mismo rumbo, su gobierno abandonaría el peso para adoptar el dólar como moneda nacional. Mientras esto ocurría el FMI presionaba para que el gobierno redujera sus gastos en educación pública.

En las elecciones de octubre de 1999, la alianza del Partido Radical con el Frente de un País Solidario (FREPASO) triunfó sobre el desgarrado peronismo; aquella heredó una república en profunda crisis, cuya situación económica tendía a empeorar, pues en esos meses se debían pagar 12 300 millones de dólares por concepto de intereses de la deuda externa. Al ocupar el cargo, el presidente Fernando de la Rúa anunció amplias medidas de austeridad, así como alteraciones al Código Laboral en perjuicio de los trabajadores. Luego, debido al rechazo del primer mandatario a enjuiciar a su corrupto predecesor, el vicepresidente ―miembro del FREPASO― renunció a su cargo, lo cual deshizo la alianza electoral. A la vez, los propios radicales incrementaron sus críticas al ejecutivo por el mantenimiento del mismo esquema socioeconómico del “menemismo”. Hasta que a mediados de 2001 se evidenció que el país marchaba hacia un precipicio, pues la fuga de capitales resultaba indetenible. Y en diciembre, ante el rechazo del FMI a una solicitud de ayuda realizada por el gabinete de la Rúa, Argentina anunció que no podría pagar los intereses de la deuda externa.

Los depositarios se precipitaron entonces hacia los bancos y en respuesta el gobierno estableció un “corralito” al congelar todos los activos. La población exasperada se lanzó a la calles, el desempleo ascendía a casi el 20%, los sectores medios desaparecían, la pobreza se multiplicó. Ante tal caótica coyuntura, el presidente de la Rúa optó por renunciar.[xix] Las políticas neoliberales habían lanzado a los argentinos a la desesperación y la incertidumbre. El fracaso del modelo neoliberal en ese país, sumergido en una profunda crisis, fue sin duda el ejemplo más impactante para el resto de los países de la región, así como para los movimientos sociales.

Consecuencias del neoliberalismo en América Latina.

-                      Absolutizó en buena medida el mercado como mecanismo regulador y eje alrededor del cual giraban los procesos sociales.

-                      Creó una férrea política de austeridad monetaria en aras de mantener en el mínimo la tasa de inflación. Lo que podría traducirse en una disminución abrupta e inhumana de los gastos sociales del estado.

-                      Organizó la economía en función de una política netamente exportadora (aquí por supuesto, se hace total abstracción del hecho simple de que el mercado, aun el ideal, pone límites “naturales” como resultado de la ley de oferta y demanda, y que además las exportaciones tercermundistas tienen que competir con las producciones de los países industrializados, que controlan los mercados y de hecho son mercados en sí mismos) 

-                      Aumentó de forma alarmante la especulación financiera.

-                      Se consolidó como sector hegemónico en la región el capital financiero nacional e internacional; unido a la industria más concentrada y selectiva, orientada a la exportación y ampliamente integrada a la economía mundial; y a la vieja oligarquía (latifundista e intermediaria) pero modernizada y diversificada

-                       Se produjo un “corrimiento” del capital del sector productivo al financiero y las inversiones en áreas no conducentes al crecimiento y al desarrollo.

-                      La ausencia de inversiones en sectores clave provocó un mayor atraso económico; de otra parte, sistematizó la volatilización de los capitales y su fuga constante. En 1995 el monto global de los depósitos de las clases dominantes latinoamericanas y caribeñas “fugados” hacia bancos de fuera de la región (en particular, a los de origen estadounidense) ascendió a 366 millones de dólares: cerca del 50% de la deuda externa desembolsada en 1998.[xx]

-                      El modelo económico neoliberal provocó fuertes crisis económicas como la de México en 1994, conocida como “Efecto Tequila” o la argentina que privatizó al país para recoger como resultado el más destacado desempleo conocido en la historia de los países latinoamericanos.  

-                      Aumentó aceleradamente la deuda. Por ejemplo la deuda externa regional ascendió, de cerca de 290 000 millones en 1981 a casi 540 000 millones en 1994.[xxi]Entre 1982 y 1996 el continente pagó por los servicios de esa deuda aproximadamente 706 millones de dólares y en 1998 la deuda desembolsada ascendió a 740 905 millones de dólares, más del triple de su monto en 1980.[xxii]

-                      Se reveló también un mal crónico: el déficit de cuenta corriente que en 1997 fue de 64 000 millones y en 1998 creció hasta 84 000 millones.[xxiii]

-                      Las privatizaciones de empresas estatales y la estrategia exportadora establecidas por el modelo neoliberal privilegiaron ante todo al capital financiero, a la burguesía más concentrada y a la oligarquía agroexportadora modernizada. La hegemonía de estos sectores se definió en la medida en que pudieron acceder al mercado externo, tanto para colocar sus productos como para financiarse, lo cual dejó claro que el Estado no era una institución “débil” frente al mercado, como se pretendía hacer ver, sino que los sectores más débiles que anteriormente gozaban de cierta bonanza proveniente del presupuesto estatal, fueron definitivamente expulsados de ese vínculo y devueltos a su sitio, a su rol de mercancía barata que reproduce el ciclo del capital. Partiendo de su supuesta ineficiencia, se expulsó al Estado de la producción de bienes y servicios, se liquidó cualquier vínculo de este con la distribución de los ingresos, los cuales se concentraron ―legitimados por elecciones y demás procesos formales― en un grupo social muy reducido, se desreguló por completo el sistema de contratación de la fuerza laboral, las jubilaciones y todo el aparato de asistencia social. Se pasó a un régimen económico de exportación masiva de producción primaria y de ciertas ramas industriales, que desligó la producción de la satisfacción de las necesidades de la población.[xxiv]

-                      Aumentó la anarquía en la gestión económica con la ausencia de entidades capaces de controlar las inversiones.

-                      Se fortaleció la presencia de las empresas transnacionales en detrimento de las empresas públicas.

-                      Como resultado de todo el discurso neoliberal los capitalistas locales y sus socios metropolitanos obtuvieron varias ventajas: primero, reforzaron de manera considerable su predominio económico, reduciendo drásticamente el control público de los recursos nacionales y facilitando el accionar del sector privado. Segundo, algo muy importante para el gran capital financiero internacional y del cual se habla muy poco: garantizaron el pago de la deuda externa, destinando a todos los efectos recursos y propiedades de carácter público otrora “intocables”; tercero, modificaron a su favor, y de manera decisiva, la correlación de fuerzas entre el mercado y el estado, condicionando de este modo los grados de libertad que pudiera tener algún futuro gobierno animado por una vocación reformista o transformadora.

-                      Se entronizó un modo autoritario de gobernar, lo que representó una adaptación de las atribuciones dictatoriales a la vida democrática. Cualquiera que accedía al gobierno por medio de los votos quedaba legitimado, no importando si cumplía o no lo prometido, no habiendo otro control social posible que la próxima elección (esto tiene su correlato constitucional en la idea de que el pueblo no delibera ni gobierna sino por medio de sus representantes) Así se dio paso a políticas de tipo gerencial, en las que un grupo de tecnócratas, el ejecutivo, dictaminaba y establecía las medidas pertinentes para el ajuste estructural; en no pocos casos, sobre la base  de un tratamiento tan turbio que estos terminaban en escándalos por corrupción, en los cuales casi siempre el involucrado salía de la palestra pública, pero sin que hubiera un proceso de restitución de “lo perdido” al patrimonio nacional.[xxv]

-                      Se produjo un vaciamiento de la política, crecientemente convertida en un suceso “massmediato” en el cual la televisión reemplazó al ágora, convirtió a los partidos en simples sellos de goma privados de convocatoria y movilización; y la “flexibilización” laboral y la progresiva informalización de los mercados de trabajo destruyeron de raíz los fundamentos mismos de la acción sindical.

-                      A nivel social, la consecuencia máxima y otra de las grandes victorias que obtuvieron los propulsores del neoliberalismo, de acuerdo a los objetivos que se plantearon, fue la creación de un sistema que exacerbaba el individualismo, que privilegiaba y estimulaba la confrontación por encima de la cooperación. Lo que en las décadas de los 50 y 60 se estandarizó como “usted también puede tener un Buick”, se transfiguró en la idea de que no hay salida para todos. Por tanto, había que conformarse con la existencia de excluidos estatales de los beneficios del desarrollo, una noción que indiscutiblemente penetró en las conciencias.[xxvi]

-                      El eufemismo de la flexibilización de los mercados laborales creó en América Latina una situación caótica con la innovación que introdujeron las maquiladoras, mientras que para el capital transnacional esto constituyó el mejor de los negocios, pues se rentaron terrenos poco valorizados, se instalaron industrias desmontables y contrataron fuerza de trabajo con salarios prácticamente simbólicos. Todas estas acciones con la intención de elevar la tasa de beneficio del capital, disminuyendo el costo de producción.

-                      Se produjo un deterioro físico e intelectual de la fuerza de trabajo que se fue haciendo cada vez menos apta para la actividad transformativa.

-                      Según diversos trabajos elaborados por la CEPAL, en 1960 un 51% de personas vivía por debajo de la línea de pobreza en América Latina, lo que equivalía a unos 110 millones de personas. En 1970 esta proporción descendió sensiblemente a un 40%. En la década de los 70 la tendencia positiva se estancó, registrando un ligero aumento hasta llegar a un 41% en 1980. Luego del estallido de la crisis de la deuda y la puesta en marcha de las políticas de ajuste y estabilización, la regresión social cobró más fuerza: la proporción de pobres saltó al 43% en 1986 y un 46% en 1990, esto es, 196 millones de latinoamericanos.[xxvii] En 1980 el número de pobres en la región era de unos 136 millones y ya en 1994 eran 210 millones. Fuentes más recientes señalan que en 1999 había 224 millones de pobres en la región (no incluye al Caribe anglófono).[xxviii]

-                      Un estudio de la Organización Panamericana de la Salud (OPS) y de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), señaló que, a fines de 1999, 267 millones de latinoamericanos y caribeños sufrían exclusión de los servicios de salud relacionados con el déficit de camas en los hospitales; 152 millones no disponían de agua potable y/o alcantarillado y más de 125 millones estaban en condiciones de “inaccesibilidad geográfica” a los servicios de salud.[xxix]

-                      La implantación de las recetas neoliberales en América Latina dejaron como saldo sociedades mucho más heterogéneas y fragmentadas, surcadas por profundas desigualdades de todo tipo: clase, etnia, género, religión, etc.

-                      Los indigentes eran 62 millones en 1980 y para 1994 ya sumaban 98 millones, por lo que el neoliberalismo se anotó 36 millones de indigentes.[xxx] Ya en 1999 la cifra de indigentes se había elevado a 100 millones (no incluye al Caribe anglófono).[xxxi]

-                      El desempleo en 1990 era de 5,9 y para 1998 había ascendido al  8,4%. A su vez, en el decenio de 1990 la mayor parte del empleo generado en América Latina y el Caribe correspondió al llamado “sector informal”.

-                      Aumentó brutalmente la concentración de los resultados de la producción en cada vez menos manos, llevando a niveles pavorosos la brecha económica entre ricos y pobres.

-                      Fortaleció el apego de los individuos a los bienes materiales y al olvido de problemas clave como la justicia social, la desigualdad o la calidad de vida.

-                      Aumentó la corrupción, la drogadicción y la violencia a grados alarmantes.

-                      Para 1997 se calculó que 6 millones de niños y adolescentes de América Latina y el Caribe sufrían agresiones de diversos tipos ―incluido abusos sexuales― y que alrededor de 80 mil morían anualmente como consecuencia de esas prácticas. También se estimó que entre 40 millones y 50 millones de menores de la región (solo ente 6 y 14 años) estaban condenados a intentar sobrevivir en las calles.[xxxii]

-                      Se intensificó la degradación ecológica ocasionada en buena medida por la reducción de los recursos destinados a la protección del entorno dentro del presupuesto de los gobiernos de la región.

-                      Los catastróficos resultados del neoliberalismo en el hemisferio exacerbaron con el transcurso del tiempo las acciones de los movimientos sociales que fueron cobrando cada vez más auge y prosélitos, al unísono que se buscaban alternativas al neoliberalismo. De esta manera, se fue articulando una nueva izquierda latinoamericana. Entre los ejemplos más ilustrativos del auge y la resistencia de los movimientos sociales frente al neoliberalismo, podemos mencionar las pioneras revueltas de los zapatistas en 1994 contrarias a la firma del Tratado de Libre Comercio entre Estados Unidos, Canadá y México, la aparición de los piqueteros argentinos, el Movimiento Sin Tierra (MST) en Brasil, los indígenas cocaleros en Bolivia, el movimiento indígena en Ecuador, los estallidos sociales producidos en Ecuador en el 2000 y en Argentina en el 2001 que dieron al traste con los gobiernos neoliberales de Jamil Mahuad y Fernando de la Rúa respectivamente. El entierro del Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA) en Mar del Plata ―Argentina― en noviembre del 2005,[xxxiii] instrumento neoliberal que trató de imponer el gobierno de los Estados Unidos a los países de la región durante la celebración de la Cumbre de las Américas. Las victorias electorales de Hugo Chávez en Venezuela en 1998,  de Nestor Kirchner en Argentina en el 2003, de Evo Morales en Bolivia en el 2005, de Daniel Ortega en Nicaragua y Rafael Correa en Ecuador en el 2006, entre otros que pudiéramos mencionar, demuestran que la América Latina se ha encauzado por otros rumbos, abandonando paulatinamente el modelo neoliberal que tanto daño le ha causado a los pueblos latinoamericanos. Este proceso ha marchado en unos países con mayor celeridad que en otros, de acuerdo al contexto de cada cual y de la voluntad política de sus administraciones, fundamentalmente de la figura presidencial. En este proceso han sobresalido los presidentes Hugo Chávez y Evo Morales quienes han surcado el camino, avalados por impresionantes y revolucionarios avances sociales, hacia lo que se ha llamado el “Socialismo del siglo XXI”.

 El Neoliberalismo reforzó la idea de la integración latinoamericana como única alternativa posible para superar la difícil situación económica, política y social, acumulada por más de tres décadas de prácticas neoliberales, así como la única vía de enfrentar la hegemonía estadounidense en la región. La materialización de este proceso se ha hecho más notoria en el fortalecimiento del MERCOSUR y el surgimiento de la Alternativa Bolivariana para las Américas (ALBA), integrada inicialmente por Cuba y Venezuela, y a la que se sumaron posteriormente Bolivia y Nicaragua. 

Algunas consideraciones finales.

El neoliberalismo como hemos esbozado fue la alternativa que, ante el agotamiento del modelo keynesiano, se implementó con la intención de mantener la reproducción ampliada del capital, pivote fundamental sobre el que se encumbra el sistema capitalista mundial. Sin embargo, los efectos más atroces de ese neoliberalismo o capitalismo salvaje y duro como también podríamos denominarlo, fueron los que impactaron a América Latina, continuando su nada loable papel de periferia al servicio de los centros del capitalismo mundial. La lógica del capitalismo que reconoce la desigualdad como un axioma para su propio funcionamiento ―pese a los cambios de patrones de acumulación― implica la eterna sobreexplotación de las periferias, en las que los países centros del capitalismo mundial encuentran mercados, recursos naturales y humanos. Ese continuó siendo el rol de América Latina durante la aplicación de los ajustes estructurales, fundamentalmente en función del capitalismo norteamericano.

Las recetas neoliberales, después de haber sido aplicadas de forma violenta por las dictaduras militares, invadieron la región latinoamericana en la década de los 80, protegidas por un manto de sofismas y por las alevosas oligarquías regionales interesadas en mantener sus vínculos con el gran capital, y obtener una parte de las ganancias. A esto se le sumó, la ausencia de alternativas visibles, a lo que también contribuyó posteriormente el derrumbe del campo socialista.

Después de transcurrir los años 80 y 90 del siglo pasado, o lo que se ha llamado décadas perdidas para América Latina, se puede decir que el neoliberalismo fracasó desde el punto de vista económico, pues no condujo a ninguno de los países de la región al desarrollo, sino que los  hundió aún más en el subdesarrollo. Sin embargo, al mismo tiempo se puede argüir que socialmente logró muchos de sus objetivos, creando sociedades marcadamente desiguales, así como que política e ideológicamente logró un éxito quizá jamás soñado por sus fundadores, diseminando que no había alternativa para sus principios y que todos, partidarios u opositores tenían que adaptarse a sus normas.

No obstante este escenario, en mi opinión, la forma tan indiscriminada en la que los Estados Unidos, por medio de los organismos internacionales como el BM y el FMI, y con el apoyo de las oligarquías locales, aplicaron las recetas neoliberales en la región durante la década de los años 80, y de forma menos embozada después del desmoronamiento del sistema socialista en los años 90, condujo al surgimiento de una conciencia antineoliberal  y a la formación de una nueva izquierda latinoamericana, que está encauzando hoy al hemisferio hacia una realidad pos-neoliberal. Los nefastos efectos que ha dejado la aplicación del neoliberalismo en  América Latina constituye hoy la principal razón para que los pueblos de la región opten por enrumbarse por otros caminos. Sin embargo, la realidad es que no puede haber otra elección que abandonar para siempre el polarizante sistema capitalista mundial, en el que a los países de América Latina les ha tocado siempre el papel de servir la mesa a los países desarrollados. La disyuntiva sigue siendo a inicios del siglo XXI: socialismo o barbarie.  

En la actualidad, algunos gobiernos populares de la región como los de Hugo Chávez en Venezuela y Evo Morales en Bolivia, han entendido esta realidad ―como hace cuatro décadas lo entendió Cuba― y comenzado ha desconectarse de ese sistema que los discrimina y explota,  al mismo tiempo que han enrumbado el destino de sus países hacia el socialismo del siglo XXI, con la intención de darle a sus pueblos un futuro justo, humano y prometedor. Sin embargo, además de abrazar como bandera el socialismo, se hace imprescindible para lograr sacar de la oscuridad a los países del hemisferio y superar los innumerables escollos que, de hecho, ya están poniendo en sus caminos las potencias capitalistas, fundamentalmente los Estados Unidos, la materialización del sueño de integración latinoamericana que, desde antaño, delinearon Bolívar, Martí y otros próceres latinoamericanos. En el siglo XIX, Bolívar vio en la integración de nuestros pueblos la única vía para poder sostener con dignidad la independencia americana ante las voraces pretensiones colonialistas de las potencias de la época. Hoy, este peligro, adecuado a las nuevas circunstancias, se respira aún de forma profusa, por lo que integración latinoamericana continúa siendo nuestra única salvación y verdadera fortaleza.


Notas 

IVeáse Perry Anderson, “Neoliberalismo: un balance provisorio”, en: La Trama del Neoliberalismo, La Habana, Editorial de Ciencias Sociales, p.17-18.

II Estas teorías surgidas a raíz de la Gran Depresión (1929-1933), fundamentan la necesidad de la participación del Estado capitalista en los procesos económicos de forma activa, lo cual era considerado la única forma de garantizar el equilibrio macroeconómico y la estabilidad social del sistema. Bajo la égida de este pensamiento se establecieron en casi todos los países capitalistas los conceptos del capitalismo monopolista de estado y los estados asistencialistas o de bienestar con un amplio sistema de presentaciones. Esta corriente de pensamiento se encaminó a garantizar la hegemonía capitalista en el enfrentamiento entre los sistemas y la paz social interna.

III La tasa de beneficio es igual a la tasa de explotación dividida por la composición orgánica del capital más uno. De manera que los tecnócratas neoliberales recomiendan que para que esta tasa creciera debía lograrse el aumento de la tasa de explotación a través de la reducción del valor de la fuerza de trabajo ―lo cual resulta posible sobre la base de la disminución de los salarios reales, las prestaciones de la seguridad social, las pensiones, los gastos sociales del estado, etc― y una mayor intensidad en la explotación de los trabajadores para aumentar la productividad; lo que se logra con inversiones que sustituyan la fuerza de trabajo humana por máquinas, con un cambio en la organización del trabajo y otros. A su vez, señalan que se debía favorecer la reducción de la composición orgánica del capital medio de la economía, lo que implica que tal política debería permitir la desaparición de las empresas menos competitivas, incentivar la reestructuración del aparato productivo con cargo al empleo, etc.

IV Veáse Perry Anderson, “Neoliberalismo: un balance provisorio”, en: Ob.Cit.

VEl Banco Mundial fue creado a la luz de los acuerdos de Bretton Woods, en 1944 con la función de proporcionar capital para la reconstrucción de pos-guerra, promover y completar los ahorros privados extranjeros y favorecer la expansión de los recursos mundiales y de la capacidad productiva en particular de los países subdesarrollados. Lejos de apoyar el desarrollo de los países del Tercer Mundo, se ha convertido en un mecanismo de dominación al servicio de los Estados Unidos.

VI Organización del sistema de Naciones Unidas creada al calor de los Acuerdos de Bretton Woods, en 1945. Funciona como un gran banco o fondo de monedas nacionales de cada uno de los países miembros. Cada país debe aportar al fondo el 25% de su cuota en dólares o divisas convertibles y el resto en moneda nacional. Su principal objetivo es evitar que se produzcan crisis y desequilibrios financieros, tales como la falta de medios para cubrir las  deudas externas y aquello que pueda poner en peligro la marcha del comercio y las finanzas internacionales capitalistas. Lejos de cumplir este objetivo, se ha convertido en un instrumento de los Estados Unidos para aplicar el neoliberalismo en los países del Tercer Mundo, muchos de los cuales han sido conducidos por medio de estas recetas a profundas crisis económicas.

VII Humberto Miranda, “La utopía neoliberal o la ruleta rusa de las economías de la región. Análisis sobre el ajuste estructural en América Latina”, en: Las trampas de la globalización. Paradigmas emancipatorios y nuevos escenarios en América Latina, La Habana, Editorial José Martí, p.58.

VIII Ver Ibídem, p. 59.

X Alberto Prieto, Ideología, economía y política en América Latina. (Siglos XIX y XX), La Habana, Editorial de Ciencias Sociales, 2005, p. 203-204.

XISergio Guerra Vilaboy, Breve Historia de América Latina, Ciudad de la Habana, Editorial de Ciencias Sociales, 2006, p. 291-292.

XII Ibídem, p.292.

XIIIIbídem

XIV Ibídem, p.204.

XV Ibídem, p. 204-205.

XVIIbídem, p.205.

XVII La cantidad de pesos argentinos que podían circular dependían de la cantidad de dólares en poder del Banco Central de Argentina en una relación de uno a uno. Para sacar un peso del Banco Central de Argentina tenía que entrar un dólar y si salía un dólar había que retirar un peso. De esta manera se le cercenó al Banco Central Argentino sus funciones esenciales ya que no podía regular la oferta monetaria, ni utilizar instrumentos como la tasa de cambio, ni el crédito bancario, o el interés. Todo eso quedaba en manos de la Reserva Federal de los Estados Unidos y la economía argentina quedaba sujeta en su nivel de actividad al ingreso de dólares desde el exterior. Dependía excesivamente del capital internacional, del Fondo Monetario Internacional y se hacía más vulnerable a la economía internacional ante cualquier crisis que estallara.

XVIII Consecuencias provocadas por la crisis financiera y económica de México (1994-1995) cuyo alcance fue parcial y de corto plazo y que el país recibió financiamiento por un valor superior a los 50 millones de dólares.

IXXIbídem, p.203-204.

XX Ibídem, p.206-207.

XXI Luis Suárez Salazar, Madre América. Un siglo de violencia y dolor (1898-1998), La Habana, Editorial de Ciencias Sociales, 2006, p.447 (segunda edición).

XXIIHumberto Miranda, Ob.Cit, p. 93

XXIII Luis Suárez Salazar, Ob.Cit, p.446

XXIV Osvaldo Martínez Martínez, “El neoliberalismo en su laberinto”, en: Economía Mundial. Los últimos 20 años, Ciudad de la Habana, Editorial de Ciencias Sociales, 2002, p. 26.

XXV Humberto Miranda, Ob.Cit, p.78.

XXVIIbídem, p.79.

XXVIIIbídem.

XXVIIIAtilio Borón, “La sociedad civil después del diluvio neoliberal”, en: La Trama del Neoliberalismo, La Habana, Editorial de Ciencias Sociales, 2003, p. 52.

XXIX Luis Suárez Salazar, p.434.

XXXIbídem, p.441.

XXXIAtilio Borón, Ob.Cit, p.28.

XXXII Luis Suárez Salazar, Ob.Cit, p.434.

XXXIIIIbídem, p. 435-436.

XXXIVEn Mar del Plata se libró una fuerte batalla contra el ALCA los días 4 y 5 de noviembre del 2005 en ocasión de la Cumbre de las Américas. La lucha se produjo en dos escenarios, una en el recinto donde se reunieron los mandatarios y otra en la calle y en el estadio de Mar del Plata, como parte de la Cumbre de los Pueblos, donde se reunieron miles de personas e integrantes de movimientos sociales para exponer su rechazo al ALCA.

 

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La Habana, Cuba. 2008.
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