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El hecho de que el gran
compositor y cantante Fito Páez
haya dicho que lo que queda de
la Revolución Cubana son muertos
en el mar, me llena de tristeza.
Porque es triste sentir lo que
se llama vergüenza ajena.
Cuando una vez dijo que "venía a
ofrecer su corazón", todos los
cubanos lo ovacionamos, y su
público de entonces era
compuesto mayoritariamente por
quienes nacimos después del
triunfo de 1959.
Nosotros cultivamos la devoción
hacia sus maravillosas
canciones, y la transmitimos a
nuestros hijos (nacidos en medio
de la terrible crisis de los
años 90), de modo que ahora
mismo en Cuba existe una
multitud de admiradores de Fito.
Sus textos (inolvidables y
también nuestros ya) pertenecen
a una época, a varios momentos
de nuestras vidas impregnadas
para siempre en pasiones,
entregas y esclarecedoras formas
de ver el mundo, que nada tenían
ni tienen que ver con
deleznables tergiversaciones de
las realidades de nuestros
pueblos.
Su amigo Silvio Rodríguez lo ha
dicho: Somos un sistema
perfectible.
Plagados de errores hemos
transitado los caminos de una
resistencia que parece no
reconocer ahora nuestro ídolo
argentino. Sí, se han cometido
equivocaciones (hemos
contribuido de alguna forma a
ellas, o no hemos hecho lo
suficiente por evitarlas), no
podemos estar satisfechos ni
orgullosos de lo que no hemos
sido capaces de enmendar; pero
si algo tenemos clarísimo los
cubanos de aquí es que la opción
del futuro no puede ser la del
pasado.
Si solo quedaran, como parece
haber dicho Páez (la duda de que
tal vez sean palabras
manipuladas o extraídas de
contexto lo que ha llegado a
nuestras manos se convierte en
esperanza) muertos en el mar,
entonces nos preguntamos, ¿y
nosotros qué somos?,
¿sobrevivientes terrestres?,
¿dónde quedamos nosotros, los
que permanecemos en este lado,
los que seguimos creyendo en un
cambio que no ofrezca
concesiones basadas en el
mercado?, ¿dónde nos ubica a
quienes hemos echado suerte en
este costado de Cuba a pesar de
las infinitas limitaciones
porque nos negamos a renunciar a
los sueños que un día
enarbolaron nuestros padres, y
cuyas banderas dejaremos a
nuestros hijos?
Tristeza es lo que queda después
de leer sus declaraciones,
aunque reconoce que no es quién
para emitir un juicio histórico.
Ojalá no fueran salidas de su
boca, ojalá siga creyendo Fito
Páez que "todo lo que hicimos,
la mentira y la verdad, todo lo
que hicimos sigue vivo en un
lugar", para que no
contribuya él mismo a hacer
creer que en Cuba es imposible,
con todo y todos, "el salto
mortal de sobrevivir". Con
dignidad.
* 21 de agosto,
2008 |