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…he comprendido que la
Literatura
tiene un secreto
y
solo uno
[…]:
el agente.
…la
edición es una epifanía, algo
que ilumina y subvierte a la vez
ese
triángulo equilátero, siempre
vibrante,
cuyos ángulos son el autor, el
editor y el lector…
El editor
[…]
no es un anacoreta,
sino un cruzado en plena
guerra santa de papel.
Severo Sarduy
Solo en Frankfurt
Por un error de traducción, se
escuchó en un foro de la Feria
del Libro de Frankfurt que allí
lo más visible eran los
escritores. Yo había afirmado
algo diferente. Consultando el
programa, de visita en los
stands expositivos y
conversando con otros
asistentes, no me era difícil
comprender que la de Frankfurt
—y no es una excepción— resulta
más que nada una feria de
negocios.
No pretendo emprenderla contra
Frankfurt. Una movilización de
tal magnitud a favor de los
libros lo es más o menos
directamente a favor de la
lectura, y la entrada en masa
del público a la Messe —como
dicen los alemanes— durante los
últimos días del cónclave,1
resultó una muestra de
aceptación. Pero el público,
naturalmente, asistía a un hecho
consumado. No es raro ni lo fue
ahora, que las ferias de libros
estén diseñadas y gobernadas por
los editores. Por los dueños de
las casas editoriales, para que
se me entienda mejor, y también,
de una manera acaso más sutil,
por los agentes literarios. Es
decir —y excusándome de antemano
por el posible pecado de
generalizar—, que en la mayoría
de los casos un escritor sin
respaldo de una editorial o de
una agencia andará por una feria
de libros como por un
aeropuerto. Puede asistir en
función de lector, y no sería
poco, pero si no ha sido
promovido de antemano, si no
sube al estrado en compañía de
su editor o de su agente, ha de
tener escasos interlocutores en
tanto creador.
Las políticas de las grandes
editoriales pueden parecer de
una irónica solidez. Nadie es
capaz de sostener que no
promueven una literatura de
calidad, pero hasta cierto
punto, pues tampoco a nadie
escapan los tópicos que las
sustentan. Supongo que en los
negocios jugar al seguro es una
condición de naturaleza
elemental, pero referirse a los
libros con un entusiasmo
estrictamente remunerativo no
deja de ser sospechoso. Tras los
ecos de Frankfurt se comienza a
hablar de “los libros que
estallarán en 2009”, y esa
expresión tan grandilocuente
como ridícula tiene su base en
las cifras contratadas durante
los días de feria. Es
comprensible que esos libros
fulminantes no gocen en todos
los casos de una importancia
estrictamente estética. El
diario español El País,
que acoge la impresionante frase
sobre el estallido, menciona la
novela Julieta, de Anne
Portier. Así lo presenta: “…otro
de los best sellers más
deseados… Es un thriller
que combina el mito de Romeo
y Julieta con El código
da Vinci.” Perdón por
la sonrisa, pero en todo caso la
melindrosa síntesis del
periódico es la que acorrala
cualquier perspectiva seria.
Aun cuando el dinero mande,
incluso con plena conciencia de
que un diario no es un púlpito,
vender libros como si fueran
perfumes sigue oliendo a
descrédito. Admitir que todo
consiste en aplicar fórmulas es
una ofensa a los rastreadores de
la buena literatura: mezcle
usted un cuarto de El
alquimista con tres cuartos
de Hércules y yo, y acate
la propaganda de El País
y compañía. Lo demás
llega solo.
La cuestión, obviamente, no
radica en confinar la producción
literaria al gusto de los
eruditos. Desde hace siglos no
lo está. Pero me pica la
tentación de saber si alguno de
los libros más promocionados hoy
tiene la enjundia de un folletín
como —es apenas un ejemplo—
Los miserables, del gran
Hugo. Admitido que en cuestiones
de enjundia casi siempre media
el tiempo, mucho de lo mejor
anunciado de hoy delata el
commonplace y la fórmula, el
llover sobre mojado que se
asombra de que para el 2009 aún
no tengamos pistas sobre cuál
será
“el nuevo Harry Potter o, en su
defecto, el ambivalente libro
para jóvenes-adultos que rompa
barreras” (otra vez El País
dixit), como si se
tratara de una necesidad
ineludible de nuestras adictas
mentes de lector.
Hay editores soberbios —y
escritores soberbios, of
course, aunque de momento no
hablemos de ellos—, de
cuyo esfuerzo depende en
considerable medida el reinado
de la novela en la demanda de
literatura de ficción. Incluso
cuando algunos vislumbren una
posibilidad menos indecorosa
para el cuento en lo tocante a
ediciones, promoción y —claro—
ventas, la novela sigue siendo
un género cuya demanda es
estimulada visiblemente en
contra de sus congéneres. Leer
novelas es, en verdad, uno de
los ejercicios intelectuales de
mayor seriedad. Idealmente, ese
artefacto textual al que
llamamos en español "novela",
resulta una combinación profunda
de argumento, caracteres y un
pensamiento tan afinado que
punza con un irónico sentido
filosófico cualquier saber de
los que podamos preciarnos. Pero
da la impresión de que las
grandes casas editoriales de hoy
están más empeñadas en estimular
el bovarismo, que como
sabemos es una especie de
lectura compulsiva —si las hay—,
en busca de emociones rápidas.
De tal manera hacen prevalecer
determinadas modas, y todavía se
las arreglan para que la oferta
parezca un simple asunto de
relación entre el escritor y su
público. De forma que el diario
El País no hace más que
enrolarse en una consabida
operación de marketing
para vender libros, que es en
realidad hacia lo que ha
derivado la crítica literaria en
la mayoría de los grandes medios
de comunicación de masas, como
han observado muchos
comentaristas. Cada vez menos
crítica. Cada vez menos
literaria. El que se haya
acercado al mundo editorial lo
sabe. Algunos lectores también.
Así que el hecho de pasar a ser
representado por una editorial
de envergadura no apunta
necesariamente a un vínculo por
la calidad. Esa especie de
ruleta rusa tiene una lógica tal
vez compleja, pero la tiene. Un
escritor no puede ser, por
definición, un tipo de éxito. O
al menos a eso no debiera
limitarse el problema de ser un
escritor. Intrínsecamente, serlo
no depende de las editoriales,
ni grandes, ni minúsculas, pero
sin las editoriales nadie es
escritor por mucho tiempo. A eso
me refería en la Feria del Libro
de Frankfurt cuando la
traductora tuvo a bien trocar
aquellos términos: escritor,
editor. Después recordé una
sentencia de Erich Hackl sobre
la dificultad que tienen los
latinoamericanos para ser leídos
en Europa. Algunos hemos
repetido esa idea del notable
austriaco, supongo que con la
esperanza de que no se sospeche
inmediatamente de lo que
afirmamos. Versa sobre lo que es
casi una ley: que solo si ha
sido filtrado a través del
mercado español, un escritor de
este lado tendrá la ocasión de
ser traducido a otras lenguas
europeas. No creo que la frase
sea demasiado recalcitrante,
pero nuevamente la traductora
suplantó mis palabras: donde
dije "latinoamericano" ella
tradujo "cubano", lo cual
—no asevero que a propósito—
aligeraba mis afirmaciones y las
dotaba de paso de una recelosa
ramplonería. Se sabe que el
mercado español es capaz de
emitir una colosal cantidad de
libros, pero se sabe también que
no es capaz de procurar que se
lean como algunos de ellos
merecen. En eso de conseguir
lectores el marketing no
ha sido tan eficiente como
hubiera querido, a causa de lo
cual —y si fuésemos a dejarlo
todo en manos del marketing—
el paso de un título dado por
los escaparates de una librería
es algo cuasi furtivo. El
paso —incluso— hacia la
despulpadora. Tiene poca lógica
entonces que el resto de Europa
acepte que el mercado español
haga de tamiz para la literatura
de América Latina. Poca lógica,
al menos desde una posición
cultural. Sobre el forcejeo
entre cultura y rentabilidad se
ha dicho bastante (casi todo lo
que puede ser dicho), y uno va
dando por fatal el resultado de
esa pugna. Pues demasiadas veces
redunda en el macabro juego con
los pececillos de oro que, por
otros motivos —el metal del
guerrero es el hierro, no el
oro— fundía el coronel Aureliano
Buendía. Pero quien mete oro en
el crisol, espera un oro
inmediato, poco metafórico. En
el caso de Cuba, por ejemplo,
hay escritores que admiten que
el llamado anticastrismo puede
ser una garantía de publicación.
Que lo admitan hoy no significa
que el asunto sea nuevo. Con
demasiada frecuencia las
editoriales europeas se han
dejado conducir a esa laguna
cuyas aguas no se cansan de ser
recicladas, y si falta lo que se
dice holgura estética, la suplen
con publicidad o con premios,
según dicen ahora, "amañados".2
Parecen saber cómo tiene que
escribir un cubano, y cómo hay
que publicitarlo.
A estas alturas del texto, tal
vez convendría matizar, recordar
lo de las excepciones; que el
mundo en realidad no es tan
diabólico como lo pintan los
desesperados. Pues, qué
entendemos por Europa cuando
vemos en el mercado español del
libro una especie de agente de
aduanas, ¿toda Europa, o solo su
parte "más integrada"? ¿Qué
entendemos por un escritor
cubano? ¿Son acaso más leves las
complicaciones de un mexicano,
de un panameño, de cara al
mercado europeo? ¿Es que "trascender", esa aspiración
tremebunda y desilusionante,
resulta posible solo a través de
un pulpo editorial? La
complejidad no es poco compleja.
Pero ante la bien pensada
maquinaria que no se niega a
relegar a la verdadera
literatura si se huele que no
habrá magnos dividendos, bien
poco ha podido hasta ahora la
diplomacia.
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