|
El poeta cubano Luis Marré (La
Habana, 1928) obtuvo el Premio
Nacional de Literatura 2008 a la
obra de toda una vida cuando
celebra también su 80
cumpleaños.
Nos recibe en su
casa con calidez y nos inunda de
anécdotas y memorias con agudeza
y guiños de humor que parecen
burlar los años y la debilidad
de la vista y el oído.
Ha ejercido como
narrador, editor, crítico y
traductor; pero la poesía ha
sido su arte mayor, y dentro de
nuestra literatura ha ganado su
lugar entre los más prestigiosos
poetas de la Generación del 50.
El jurado que le
otorgó el premio, presidido por
otro Premio Nacional de
Literatura, el escritor Humberto
Arenal, destaca los valores de
sus textos narrativos y
críticos, pero se refiere
especialmente a su poesía: "Con
un lenguaje de seductora
maestría, elegante y
equilibrado, supo conjugar la
inspiración clásica con los
aires renovadores de la
vanguardia", señala el acta con
la firma, además, de Nara Araújo,
Basilia Papastamatíu, Waldo
Leyva, Francisco López Sacha,
Omar Felipe Mauri y Sigfredo
Ariel.
Entre sus libros
publicados, que comprenden una
decena de poemarios, dos
antologías de su propia poesía y
una novela, destacan Los ojos
en el fresco (1963),
Habanera y otras letras
(1970), Voy a hablar de la
dicha (1977) y A
quien conmigo va (2001).
La entrega
oficial del Premio Nacional
tendrá lugar en la 18 Feria
Internacional del Libro de La
Habana.
Su historia
familiar, el mundo de su
infancia, han sido un eco
constante en sus poemas. ¿Qué
recuerda de ellos?
Tuve una
infancia campesina en Guanabacoa.
Mis primeros recuerdos son de la
finca donde nací, que estaba en
lo que es ahora la Rotonda de
Cojímar, nací ahí, así que soy
guanabacoense porque vivíamos en
la rivera occidental del río
Cojímar. Cuando tenía cinco años
nos mudamos para otra finca en
las afueras de Guanabacoa. Más
tarde, para que pudiéramos ir a
la escuela, papá compró una
casita muy pequeña también en la
afueras de Guanabacoa, en el
reparto Nalón, porque para salir
de la finca había que recorrer
un camino de más de un kilómetro
y cuando llovía el fango le daba
a uno por la rodilla. Todavía
viven allí dos hermanos míos.
Me acuerdo que
cuando tenía cinco años, por la
noche, desde la finca se veían
cruzarse en el cielo las luces
del Morro y del Capitolio, que
encendía su farola los días
festivos. Y yo le decía a papá:
"Parecen dos viejas
abanicándose", por las varillas
de los haces de luz. Papá me
dijo: "Oye, eres poeta". Esa fue
la primera imagen que creé.
Éramos muy
pobres, pero éramos una familia
muy bien llevada. Éramos felices
dentro de la pobreza. En casa,
mis abuelos maternos eran
analfabetos, pero el abuelo
paterno tenía instrucción. Papá
fue quien me enseñó a leer y a
escribir. Entré a la escuela en
3er grado, con siete años.
Papá estuvo muy
orgulloso de mi poesía. Antes yo
había intentado dibujar, pero
después llegó una época mala y
me dijo que dejara todo aquello
que no daba
nada, y que tenía
que empezar a
trabajar. Yo ayudaba en la finca
y empecé a trabajar en una
fábrica textil como plomero,
porque allí las máquinas eran
muy viejas y las agujas había
que ponerlas en un molde y
echarles plomo, y luego
cortarlas con un alicate y se
añadían entonces a las máquinas
para hacer camisetas. Con ese
trabajo me volví daltónico y
todavía tengo deformados los
dedos por el calor.
(Sabes que en el
campo cubano la jiribilla es una
hierba muy dura que no se puede
matar. El arado la rompe pero
quedan las raíces y sale otra
vez y otra vez. Mi padre le
tenía mucho odio, porque en la
finca era horrible sacarla de la
tierra. En eso se parece al
ángel de la Jiribilla de Lezama,
en que es inmortal.)
¿Cómo se
inició en la poesía después de
aquella imagen precursora?
En casa había
algunos libros, papá tenía La
Biblia, la poesía de
Espronceda, la de Núñez de Arce,
los poemas de Campoamor y una
edición muy fea y barata de la
poesía de Heredia. Yo los leía,
y todavía recuerdo que de
Heredia me gustaron nada más los
versos decasílabos, entre ellos
"La estrella de Cuba" y el
"Himno del desterrado".
Porque ni la "Oda al Niágara" ni
"Teocalli de Cholula " me
gustaron nada; aquello de:
"Dadme mi lira, dádmela, que
siento en mi alma…" me pareció
tan raro en la boca de un poeta
revolucionario… No me interesa
nada que Heredia tratara de
imitar el sonido de la "sirte
rugiente", el ruido del agua
cayendo. Me interesa lo que es
verdaderamente poético y en sus
poemas de verso decasílabo está
lo que yo estimo que es
verdadera poesía. Por ejemplo,
cuando habla de Cuba en uno de
esos poemas y dice: "como el
aire de luz que respiras". Esto,
en un romántico como Heredia,
suena a poesía del modernismo,
de 70 u 80 años después.
También estaban
en casa Antología de poetas
líricos castellanos, la
antología de Don Marcelino
Menéndez y Pelayo. De ella hice
mi propia antología: me gustaban
Góngora, Lope, Herrera y
Garcilaso; de los románticos no
me gustaba casi ninguno, solo
Nicomedes Pastor Díaz, y un
verso del último poeta, que
tiene una imagen que dice algo
así como: "el agua del río
solloza cuando la roza la caña".
|
 |
El poeta hace
poesía porque antes hubo otros
poetas, eso lo dijo Eliot, así
que mi verdadero shock
con la poesía fue cuando leí a
Bécquer, cuando tenía 14 años,
porque era diferente a todo lo
que había leído. Son poemas muy
sencillos y casi todos los temas
son amorosos. El otro impacto
fue Juan Ramón Jiménez, que no
lo leí en ningún libro, sino que
lo oí por radio, en la CMZ, una
estación del Ministerio de
Educación en los años 40. Oí
declamar a una locutora, me
gustó mucho y fui por las
librerías buscándolo. Encontré
su segunda antología poética.
Después entré en contacto con la
poesía de Vallejo, que fue para
mí un descubrimiento tremendo,
pero eso fue ya con cierta
instrucción sobre literatura.
No estudié
bachillerato, sino comercio,
porque padecía de dolores
reumáticos en los pies y no
podía trabajar con mi familia en
el campo. Tuve suerte en la
escuela de comercio porque la
profesora de Inglés me prestó la
antología de Cintio Vitier
Diez poetas cubanos, y ahí
aprendí cuál era la poesía que
se estaba haciendo en Cuba. Me
di cuenta de que debía conocer
más de la historia literaria de
la lengua y compré conferencias
de literatura y de historia,
hasta donde me llegaban mis
posibilidades económicas en
aquellos momentos. Al principio
no sabía hacer versos de arte
mayor, mi retórica la aprendí
leyendo a otros poetas.
¿Qué
significó ser un escritor cubano
de los años 50, formar parte de
aquel grupo que ya marcaba la
diferencia?
En la Feria del
Libro del año 50 conocí a los
primeros poetas con los que hice
amistad: Fayad Jamís, Pedro de
Oraá, José Álvarez Baragaño,
Heberto Padilla y un crítico de
arte llamado Joaquín Texidor,
quien era dueño de un mostrador
improvisado con libros viejos
llamado La Oreja. Allí encontré
el primer libro de Fayad Jamís,
llamado La brújula, del
que ya había tenido noticias.
Había leído algunos de sus
poemas y visto algunos de sus
dibujos en los periódicos. Otra
persona que conocí en aquella
época fue Rolando Escardó, que
me prestó el primer libro de
Vallejo que leí.
Luego me enteré
de que estos poetas se reunían
en el Café de Las Antillas, en
la calle San Miguel entre Prado
y Consulado. Era un café tipo
español con mesas de hierro y
mármol y sillas muy cómodas. Ahí
se reunían muchos artistas de la
radio, de la incipiente
televisión, escultores, músicos,
etcétera. Recuerdo que allí
conocí a Agustín Pí, un amigo
muy cercano de la gente de
Orígenes, sobre todo de
Lezama y de Cintio, y también a
Octavio Smith, poeta importante
de aquel grupo; conocí a jóvenes
músicos como Carlos Fariñas, que
murió hace unos años, y a Héctor
Angulo; a pintores como Guido
Llinás y a Raúl Martínez; del
teatro, a Abelardo Estorino…
Había otros grupos allí de la
farándula a los que no les
hacíamos mucho caso. Me acuerdo
que iban mucho Olga y Toni, muy
populares por la radio y la
televisión, con programas muy
cursis.
Mis amigos me
recomendaron una serie de
ensayos sobre literatura
española de aquella época y
otras lecturas. Y yo me iba
todos los sábados por las
librerías a comprar lo que podía
con el sueldo que ganaba. Tenía
que dar dinero en la casa y todo
lo demás lo gastaba en libros.
Vestía muy mal. Una vez salí a
la calle con un pantalón verde y
una camisa de rayas rojas y
azules. Virgilio Piñera me
conoció ese día y me dijo:
"Pareces un
papagayo", me
ofendió
horriblemente. Todos mis amigos
eran muy pobres, pero viendo
cómo se vestían me di cuenta de
que uno debía tener cuidado al
ponerse cierta ropa, sobre todo
en este ambiente donde iba gente
de toda condición.
Luego, cuando
comencé a dar a conocer los
primeros poemas en Orígenes,
los publicó Rodríguez Feo
que ya se había distanciado de
Lezama, y también publiqué en la
revista Ciclón. Allí
había gente rica y gente muy
pobre como Pedro de Oraá, Fayad
y yo, también algunos que no
tenían talento pero que hacían
sus pinitos en la literatura.
¿Por qué
tardó hasta los años 60 en
publicar su primer libro, Los
ojos en el fresco?
El libro se iba
a publicar en Buenos Aires en el
año 54 ó 55, en una colección
llamada Poetas de España y de
América, donde se publicó a
Alberti y a Neruda, entre otros.
Virgilio Piñera llevó la copia a
Argentina, pero esa colección la
dirigía Don Guillermo de Torres,
el ensayista, y encontró que mi
libro no era solo de versos sino
que tenía además poemas en
prosa. El pretexto que puso fue
que el libro no era uniforme por
esta causa. Después me di cuenta
de que no quería arriesgarse a
publicar un poeta cubano
desconocido en una colección de
nombres muy conocidos.
En el 56 se publicaron dos
poemas míos en la revista Sur
de Buenos Aires, que
en aquellos momentos, junto a la
Orígenes de Cuba, era la
revista literaria más famosa
publicada en lengua española.
Allí salieron estos dos poemas
muy breves, con dos erratas que
me erizaron. También publiqué en
México, en la revista
Estaciones, gracias a la
gestión de Rodríguez Feo, que
además de editor era un gran
publicista y repartía los poemas
nuestros por muchos lugares.
Así, a través de él, obtuve
libros dedicados por Octavio Paz
y cartas de Vicente Aleixandre.
Luego llegó la
época de Batista. Virgilio, que
había estado trabajando en el
consulado cubano en Buenos
Aires, volvió para trabajar con
Rodríguez Feo en Ciclón,
pero regresó a Argentina para
buscar algunas cosas que había
dejado y trajo mi libro de
vuelta en el 58. Después en el
62 se publicó Los ojos en el
fresco, en ediciones Erre,
con unos cuantos poemas nuevos
que agregué a la copia original,
y otros que quité. Fue una bella
edición con portada y diseño de
Raúl Martínez, es una joyita.
En los años
de Girón, de la Ciénaga, de la
lucha contra bandidos…
¿continuó escribiendo?
Me fui para la
Ciénaga de Zapata a trabajar con
Rolando Escardó en el 59. Estuve
hasta el 62 en el Escambray y
participé en Girón. En esa época
escribí muy pocos poemas porque
el trabajo era muy intenso.
Escribí algunos que después
publiqué en la versión final de
Los ojos… Regresé a La
Habana en el 62 después de la
invasión y empecé a trabajar en
una fábrica metalúrgica, como
contador.
Después publiqué
Habanera y otras letras,
donde traté de ponerme en "la
onda", como dice Retamar en su
poema, con la poesía coloquial.
Cambié un poco mi temática y mi
estilo. Siempre manteniendo
ciertos principios, mi sello
personal en la poesía, aunque
traté de ponerme a tono con la
poesía que escribían los de mi
generación.
Tenía entonces
más de 80 poemas inéditos, cosas
que escribí bajo la influencia
de Juan Ramón Jiménez, Lorca,
Alberti… los poetas españoles
que leí antes de conocer la
poesía que se estaba escribiendo
en Cuba. Publiqué 32 de ellos en
el año 81, como homenaje al
centenario de Juan Ramón
Jiménez. Escogí los que, dentro
de la influencia ramoniana,
tenían más sello personal. El
libro se publicó en Extramuros,
aunque salió ya en el año 82.
¿En qué
consiste ese sello personal de
su forma de escribir?
Trato de
escribir en correcto castellano
aunque tengo, claro, giros que
son cubanos. Por ejemplo, yo
escribo "tropilla", porque en
español la palabra manada se
puede aplicar a muchos animales,
pero los argentinos le dicen
tropilla específicamente a la
manada de caballos. Luego me
enteré que José Kozer hace lo
mismo.
Trato de
escribir correctamente en mi
lengua. Estudié las gramáticas
de Amado Alonso y Enríquez Ureña,
entre otras, y trato de evitar
los vicios del habla que tienen
la mayoría de mis amigos
cubanos. También uso arcaísmos y
algún que otro galicismo, pero
siempre lo subrayo.
¿Qué
atracción tiene para Ud. la
poesía en prosa, que muchas
veces prefiere sobre el verso?
La poesía con
anécdota casi siempre la escribo
en prosa, y la de verso siempre
es más lírica. Para mí la poesía
en prosa no debe estar llena de
imágenes, sino que debe ser más
directa.
¿Qué reacción
le ha provocado obtener el
Premio Nacional de Literatura
luego de 59 años de quehacer
literario y 80 de vida?
Mi primer premio
fue en junio del año pasado: el
Premio Rafael Alberti, otorgado
por Andalucía, que me entregaron
en el XIII Festival
Internacional de
Poesía de La Habana.
Ese sí me
sorprendió. Nunca he
concursado, aunque he sido
jurado de cuanto premio hay en
Cuba y de dos internacionales.
Hacía siete u
ocho años que me nominaban todos
los años al Premio Nacional de
Literatura, hasta que coincidió
un jurado de personas que
conocían mi poesía. Hay otros
que también merecían el premio,
como Nersys Felipe, Ambrosio
Fornet, María Elena Llana y
Reina María Rodríguez, entre
otros muchos.
Soy un poeta
lírico y revolucionario. El
premio no me va a hacer mejor ni
peor poeta, ahora que estoy al
final de mi vida. No voy a ser
mejor militante ni
mejor revolucionario,
porque siempre he tratado de
serlo. El premio se lo agradezco
al jurado que me lo otorgó.
¿Qué escribe
en la actualidad?
Ahora estoy
escribiendo una novela cuyo
personaje principal es un joven
nacido en el año 1960. Publiqué
un adelanto en La Gaceta.
Es un fragmento de la vida de
este joven en los años 80, la
época de los frikis.
Sigo
escribiendo, aunque hace tres
días que no lo hago. Escribo a
mano y luego paso el texto a
máquina o se lo dicto a mi hijo
y él envía los textos a la
editorial. Puedo trabajar una
hora y pico por la mañana y una
por la tarde, y para leer
también. Con estos ojos que van
a cumplir 80 años tengo que
administrar muy bien lo que hago
con ellos. |