Año VII
La Habana

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de 2009

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Entrevista con Luis Marré, Premio Nacional de Literatura 2008

Soy un poeta lírico y revolucionario

Johanna Puyol • La Habana

Fotos: Kike (La Jiribilla)

El poeta cubano Luis Marré (La Habana, 1928) obtuvo el Premio Nacional de Literatura 2008 a la obra de toda una vida cuando celebra también su 80 cumpleaños.

Nos recibe en su casa con calidez y nos inunda de anécdotas y memorias con agudeza y guiños de humor que parecen burlar los años y la debilidad de la vista y el oído.

Ha ejercido como narrador, editor, crítico y traductor; pero la poesía ha sido su arte mayor, y dentro de nuestra literatura ha ganado su lugar entre los más prestigiosos poetas de la Generación del 50.

El jurado que le otorgó el premio, presidido por otro Premio Nacional de Literatura, el escritor Humberto Arenal, destaca los valores de sus textos narrativos y críticos, pero se refiere especialmente a su poesía: "Con un lenguaje de seductora maestría, elegante y equilibrado, supo conjugar la inspiración clásica con los aires renovadores de la vanguardia", señala el acta con la firma, además, de Nara Araújo, Basilia Papastamatíu, Waldo Leyva, Francisco López Sacha, Omar Felipe Mauri y Sigfredo Ariel.

Entre sus libros publicados, que comprenden una decena de poemarios, dos antologías de su propia poesía y una novela, destacan Los ojos en el fresco (1963), Habanera y otras letras (1970), Voy a hablar de la dicha (1977) y A quien conmigo va (2001).

La entrega oficial del Premio Nacional tendrá lugar en la 18 Feria Internacional del Libro de La Habana.

Su historia familiar, el mundo de su infancia, han sido un eco constante en sus poemas. ¿Qué recuerda de ellos?

Tuve una infancia campesina en Guanabacoa. Mis primeros recuerdos son de la finca donde nací, que estaba en lo que es ahora la Rotonda de Cojímar, nací ahí, así que soy guanabacoense porque vivíamos en la rivera occidental del río Cojímar. Cuando tenía cinco años nos mudamos para otra finca en las afueras de Guanabacoa. Más tarde, para que pudiéramos ir a la escuela, papá compró una casita muy pequeña también en la afueras de Guanabacoa, en el reparto Nalón, porque para salir de la finca había que recorrer un camino de más de un kilómetro y cuando llovía el fango le daba a uno por la rodilla. Todavía viven allí dos hermanos míos.

Me acuerdo que cuando tenía cinco años, por la noche, desde la finca se veían cruzarse en el cielo las luces del Morro y del Capitolio, que encendía su farola los días festivos. Y yo le decía a papá: "Parecen dos viejas abanicándose", por las varillas de los haces de luz. Papá me dijo: "Oye, eres poeta". Esa fue la primera imagen que creé.

Éramos muy pobres, pero éramos una familia muy bien llevada. Éramos felices dentro de la pobreza. En casa, mis abuelos maternos eran analfabetos, pero el abuelo paterno tenía instrucción. Papá fue quien me enseñó a leer y a escribir. Entré a la escuela en 3er grado, con siete años.

Papá estuvo muy orgulloso de mi poesía. Antes yo había intentado dibujar, pero después llegó una época mala y me dijo que dejara todo aquello  que  no  daba  nada, y  que  tenía  que  empezar  a  trabajar. Yo ayudaba en la finca y empecé a trabajar en una fábrica textil como plomero, porque allí las máquinas eran muy viejas y las agujas había que ponerlas en un molde y echarles plomo, y luego cortarlas con un alicate y se añadían entonces a las máquinas para hacer camisetas. Con ese trabajo me volví daltónico y todavía tengo deformados los dedos por el calor.

(Sabes que en el campo cubano la jiribilla es una hierba muy dura que no se puede matar. El arado la rompe pero quedan las raíces y sale otra vez y otra vez. Mi padre le tenía mucho odio, porque en la finca era horrible sacarla de la tierra. En eso se parece al ángel de la Jiribilla de Lezama, en que es inmortal.)

¿Cómo se inició en la poesía después de aquella imagen precursora?

En casa había algunos libros, papá tenía La Biblia, la poesía de Espronceda, la de Núñez de Arce, los  poemas de Campoamor y una edición muy fea y barata de la poesía de Heredia. Yo los leía, y todavía recuerdo que de Heredia me gustaron nada más los versos decasílabos, entre ellos "La estrella de Cuba" y el "Himno del desterrado".

Porque ni la "Oda al Niágara" ni "Teocalli de Cholula " me gustaron nada; aquello de: "Dadme mi lira, dádmela, que siento en mi alma…" me pareció tan raro en la boca de un poeta revolucionario… No me interesa nada que Heredia tratara de imitar el sonido de la "sirte rugiente", el ruido del agua cayendo. Me interesa lo que es verdaderamente poético y en sus poemas de verso decasílabo está lo que yo estimo que es verdadera poesía. Por ejemplo, cuando habla de Cuba en uno de esos poemas y dice: "como el aire de luz que respiras". Esto, en un romántico como Heredia, suena a poesía del modernismo, de 70 u 80 años después.

También estaban en casa Antología de poetas líricos castellanos, la antología de Don Marcelino Menéndez y Pelayo. De ella hice mi propia antología: me gustaban Góngora, Lope, Herrera y Garcilaso; de los románticos no me gustaba casi ninguno, solo Nicomedes Pastor Díaz, y un verso del último poeta, que tiene una imagen que dice algo así como: "el agua del río solloza cuando la roza la caña".

El poeta hace poesía porque antes hubo otros poetas, eso lo dijo Eliot, así que mi verdadero shock con la poesía fue cuando leí a Bécquer, cuando tenía 14 años, porque era diferente a todo lo que había leído. Son poemas muy sencillos y casi todos los temas son amorosos. El otro impacto fue Juan Ramón Jiménez, que no lo leí en ningún libro, sino que lo oí por radio, en la CMZ, una estación del Ministerio de Educación en los años 40. Oí declamar a una locutora, me gustó mucho y fui por las librerías buscándolo. Encontré su segunda antología poética. Después entré en contacto con la poesía de Vallejo, que fue para mí un descubrimiento tremendo, pero eso fue ya con cierta instrucción sobre literatura.

No estudié bachillerato, sino comercio, porque padecía de dolores reumáticos en los pies y no podía trabajar con mi familia en el campo. Tuve suerte en la escuela de comercio porque la profesora de Inglés me prestó la antología de Cintio Vitier Diez poetas cubanos, y ahí aprendí cuál era la poesía que se estaba haciendo en Cuba. Me di cuenta de que debía conocer más de la historia literaria de la lengua  y compré conferencias de literatura y de historia, hasta donde me llegaban mis posibilidades económicas en aquellos momentos. Al principio no sabía hacer versos de arte mayor, mi retórica la aprendí leyendo a otros poetas.

¿Qué significó ser un escritor cubano de los años 50, formar parte de aquel grupo que ya marcaba la diferencia?

En la Feria del Libro del año 50 conocí a los primeros poetas con los que hice amistad: Fayad Jamís, Pedro de Oraá, José Álvarez Baragaño, Heberto Padilla y un crítico de arte llamado Joaquín Texidor, quien era dueño de un mostrador improvisado con libros viejos llamado La Oreja. Allí encontré el primer libro de Fayad Jamís, llamado La brújula, del que ya había tenido noticias. Había leído algunos de sus poemas y visto algunos de sus dibujos en los periódicos. Otra persona que conocí en aquella época fue Rolando Escardó, que me prestó el primer libro de Vallejo que leí.

Luego me enteré de que estos poetas se reunían en el Café de Las Antillas, en la calle San Miguel entre Prado y Consulado. Era un café tipo español con mesas de hierro y mármol y sillas muy cómodas. Ahí se reunían muchos artistas de la radio, de la incipiente televisión, escultores, músicos, etcétera. Recuerdo que allí conocí a Agustín Pí, un amigo muy cercano de la gente de Orígenes, sobre todo de Lezama y de Cintio, y también a Octavio Smith, poeta importante de aquel grupo; conocí a jóvenes músicos como Carlos Fariñas, que murió hace unos años, y a Héctor Angulo; a pintores como Guido Llinás y a Raúl Martínez; del teatro, a Abelardo Estorino… Había otros grupos allí de la farándula a los que no les hacíamos mucho caso. Me acuerdo que iban mucho Olga y Toni, muy populares por la radio y la televisión, con programas muy cursis.

Mis amigos me recomendaron una serie de ensayos sobre literatura española de aquella época y otras lecturas. Y yo me iba todos los sábados por las librerías a comprar lo que podía con el sueldo que ganaba. Tenía que dar dinero en la casa y todo lo demás lo gastaba en libros. Vestía muy mal. Una vez salí a la calle con un pantalón verde y una camisa de rayas rojas y azules. Virgilio Piñera  me conoció ese día y me  dijo:  "Pareces  un   papagayo",   me   ofendió   horriblemente. Todos mis amigos eran muy pobres, pero viendo cómo se vestían me di cuenta de que uno debía tener cuidado al ponerse cierta ropa, sobre todo en este ambiente donde iba gente de toda condición.

Luego, cuando comencé a dar a conocer los primeros poemas en Orígenes, los publicó Rodríguez Feo que ya se había distanciado de Lezama, y también publiqué en la revista Ciclón. Allí había gente rica y gente muy pobre como Pedro de Oraá, Fayad y yo, también algunos que no tenían talento pero que hacían sus pinitos en la literatura.

¿Por qué tardó hasta los años 60 en publicar su primer libro, Los ojos en el fresco?

El libro se iba a publicar en Buenos Aires en el año 54 ó 55, en una colección llamada Poetas de España y de América, donde se publicó a Alberti y a Neruda, entre otros. Virgilio Piñera llevó la copia a Argentina, pero esa colección la dirigía Don Guillermo de Torres, el ensayista, y encontró que mi libro no era solo de versos sino que tenía además poemas en prosa. El pretexto que puso fue que el libro no era uniforme por esta causa. Después me di cuenta de que no quería arriesgarse a publicar un poeta cubano desconocido en una colección de nombres muy conocidos.

En el 56 se publicaron dos poemas míos en la revista Sur de Buenos Aires, que en aquellos momentos, junto a la Orígenes de Cuba, era la revista literaria más famosa publicada en lengua española. Allí salieron estos dos poemas muy breves, con dos erratas que me erizaron. También publiqué en México, en la revista Estaciones, gracias a la gestión de Rodríguez Feo, que además de editor era un gran publicista y repartía los poemas nuestros por muchos lugares. Así, a través de él, obtuve libros dedicados por Octavio Paz y cartas de Vicente Aleixandre.

Luego llegó la época de Batista. Virgilio, que había estado trabajando en el consulado cubano en Buenos Aires, volvió para trabajar con Rodríguez Feo en Ciclón, pero regresó a Argentina para buscar algunas cosas que había dejado y trajo mi libro de vuelta en el 58. Después en el 62 se publicó Los ojos en el fresco, en ediciones Erre, con unos cuantos poemas nuevos que agregué a la copia original, y otros que quité. Fue una bella edición con portada y diseño de Raúl Martínez, es una joyita.

En los años de Girón, de la Ciénaga, de la lucha contra bandidos… ¿continuó escribiendo?

Me fui para la Ciénaga de Zapata a trabajar con Rolando Escardó en el 59. Estuve hasta el 62 en el Escambray y participé en Girón. En esa época escribí muy pocos poemas porque el trabajo era muy intenso. Escribí algunos que después publiqué en la versión final de Los ojos… Regresé a La Habana en el 62 después de la invasión y empecé a trabajar en una fábrica metalúrgica, como contador.

Después publiqué Habanera y otras letras, donde traté de ponerme en "la onda", como dice Retamar en su poema, con la poesía coloquial. Cambié un poco mi temática y mi estilo. Siempre manteniendo ciertos principios, mi sello personal en la poesía, aunque traté de ponerme a tono con la poesía que escribían los de mi generación.

Tenía entonces más de 80 poemas inéditos, cosas que escribí bajo la influencia de Juan Ramón Jiménez, Lorca, Alberti… los poetas españoles que leí antes de conocer la poesía que se estaba escribiendo en Cuba. Publiqué 32 de ellos en el año 81, como homenaje al centenario de Juan Ramón Jiménez. Escogí los que, dentro de la influencia ramoniana, tenían más sello personal. El libro se publicó en Extramuros, aunque salió ya en el año 82.

¿En qué consiste ese sello personal de su forma de escribir?

Trato de escribir en correcto castellano aunque tengo, claro, giros que son cubanos. Por ejemplo, yo escribo "tropilla", porque en español la palabra manada se puede aplicar a muchos animales, pero los argentinos le dicen tropilla específicamente a la manada de caballos. Luego me enteré que José Kozer hace lo mismo.

Trato de escribir correctamente en mi lengua. Estudié las gramáticas de Amado Alonso y Enríquez Ureña, entre otras, y trato de evitar los vicios del habla que tienen la mayoría de mis amigos cubanos. También uso arcaísmos y algún que otro galicismo, pero siempre lo subrayo.

¿Qué atracción tiene para Ud. la poesía en prosa, que muchas veces prefiere sobre el verso?

La poesía con anécdota casi siempre la escribo en prosa, y la de verso siempre es más lírica. Para mí la poesía en prosa no debe estar llena de imágenes, sino que debe ser más directa.

¿Qué reacción le ha provocado obtener el Premio Nacional de Literatura luego de 59 años de quehacer literario y 80 de vida?

Mi primer premio fue en junio del año pasado: el Premio Rafael Alberti, otorgado por Andalucía, que me entregaron en el XIII Festival Internacional  de  Poesía  de  La Habana.  Ese  sí  me  sorprendió.  Nunca he concursado, aunque he sido jurado de cuanto premio hay en Cuba y de dos internacionales.

Hacía siete u ocho años que me nominaban todos los años al Premio Nacional de Literatura, hasta que coincidió un jurado de personas que conocían mi poesía. Hay otros que también merecían el premio, como Nersys Felipe, Ambrosio Fornet, María Elena Llana y Reina María Rodríguez, entre otros muchos.

Soy un poeta lírico y revolucionario. El premio no me va a hacer mejor ni peor poeta, ahora que estoy al final de mi vida. No voy a ser mejor militante  ni  mejor  revolucionario, porque siempre he tratado de serlo. El premio se lo agradezco al jurado que me lo otorgó.

¿Qué escribe en la actualidad?

Ahora estoy escribiendo una novela cuyo personaje principal es un joven nacido en el año 1960. Publiqué un adelanto en La Gaceta. Es un fragmento de la vida de este joven en los años 80, la época de los frikis.

Sigo escribiendo, aunque hace tres días que no lo hago. Escribo a mano y luego paso el texto a máquina o se lo dicto a mi hijo y él envía los textos a la editorial. Puedo trabajar una hora y pico por la mañana y una por la tarde, y para leer también. Con estos ojos que van a cumplir 80 años tengo que administrar muy bien lo que hago con ellos.

 
 

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La Habana, Cuba. 2009.
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