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He visto casi todos los
espectáculos de estas Jornadas
de Teatro Cubano 2009. Algunos
por primera vez ahora, otros,
que en ciertos casos repetí, en
el camino que los trajo hasta
las salas de El Vedado. Muchos,
muchos más, amén de no estar
presentes, me sirven para pensar
la “totalidad” de la escena
cubana de hoy y no solo estos
días tan teatrales de enero, si
bien es este un objetivo siempre
imposible.
Aunque correré el riesgo de
generalizar, me atrevo en
función de la solicitud de La
Jiribilla y apretado por la
falta de tiempo antes del
cierre. En la edición anterior
llamé la atención sobre las
virtudes y las ausencias de la
Jornadas en términos
conceptuales y organizativos, lo
que me releva de repeticiones,
exceptuando la de mi firme apoyo
a la realización futura de este
evento.
Las Jornadas de Teatro Cubano
cierran un bienio (2007-2008) de
escasa calidad en los resultados
artísticos de esta
manifestación. Contados hechos
han alcanzado probada relevancia
e, incluso, algunas distinciones
han ido a parar a desempeños que
nunca lo habrían merecido en
períodos anteriores. Las
múltiples razones que me doy,
junto a las apreciaciones de
otros, para explicarme esa
afirmación, rebasan esta breve
nota, pero al menos arriesgaré
ciertas observaciones.
Los espectáculos logran muy
pocas veces cumplirse a sí
mismos, que es el punto de
partida de mi valoración,
salvándome de aplicar una
receta, propia o ajena, ante
cada puesta en escena. Considero
el equilibrio (aunque pudiera
ser la asimetría si fuera
pertinente), entre los
propósitos que puedo descubrir
por parte de los creadores y su
concreción real. La mayoría
traiciona los presupuestos
enunciados por incapacidad en el
oficio artesanal, falta de
inteligencia conceptual,
carencia de rigor en el proceso
de trabajo, cuando no por lo
endeble de las bases mismas de
la propuesta.
No adivino por qué se escogió un
texto u otro, por qué no se
perciben fallas tan visibles en
la estructuración de la fábula o
en la relación del texto
literario con su anclaje
escénico; no percibo por qué se
desanda por ciertos caminos que
parecen conducir a ninguna
parte. En el teatro cubano
faltan las ideas y el vínculo de
ellas con las ricas y complejas
intersecciones de nuestra
realidad actual, de resonancias
tan particulares al encarnarse
en la escena.
Sí sé por qué a los grupos
cuesta tanto mantener una
poética singular: porque el
grupo es una célula en crisis
donde, sobre todo en La Habana,
es difícil articular procesos de
trabajo más allá de un
espectáculo, casi siempre
condenado a morir pronto, y a
veces hasta en un solo proceso
de puesta en escena. La excesiva
movilidad de los actores, las
lógicas atracciones de otras
labores mejor remuneradas y la
carencia de apoyos
particularizados al teatro vivo
y de mejores resultados, en
medio de un archipiélago de
proyectos, núcleos y entidades
sin sentido, entre otras
razones, giran en contra de esa
concentración imprescindible a
un arte de naturaleza colectiva.
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Lo anterior explica, en parte,
la perplejidad con que miro las
resoluciones del campo artesanal
del teatro cubano, no únicamente
relacionado con la precariedad
material. Resultados fáciles y
opciones primerizas en la
construcción y uso de códigos y
lenguajes: musicales, sonoros,
visuales, cromáticos, objetuales,
actorales, gestuales, proxémicos,
etcétera, etcétera.
Todo desplaza las miradas hacia
el director, una figura en
crisis y, sin discusión,
decisiva. Urge reabrir la
carrera de dirección de la
Facultad de Artes Escénicas del
Instituto Superior de Arte, y
abandonar discusiones
academicistas y bizantinas, so
pena de poner en riesgo el
futuro mismo del teatro
nacional. Y proyectar además, a
muy alto nivel, otras
estrategias de formación no
académicas para directores
emergentes.
Por último, me permito el
disenso de pensar en que sí hay
buenos actores (y conste que no
me refiero a estrellas ni
primeras figuras ―denominaciones
que eludo― porque en el teatro
lo que hace falta son buenos
actores y actrices para hacer de
todo), unos probados y otros en
desarrollo, solo que viven y
trabajan dispersos,
desgastándose muchas veces en
esas agrupaciones sin sentido ni
rumbo. Si los viéramos juntos
alguna vez, nos evitarían
padecer a quienes han ocupado
sus “puestos” porque, contra
viento y marea, hay que seguir
haciendo teatro en Cuba.
Esa voluntad ha quedado, una vez
más, expresada sobre las tablas
capitalinas, acompañada de estas
duras paradojas sobre las que
vale la pena discutir. Hagámoslo
como tributo final a estas
Jornadas de Teatro Cubano. |