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La dedicatoria de este libro me
dejó el sabor de nuestra
juventud y aquel primer
encuentro de amistad que ya
cumple 43 años. En la kasba, es
decir, nuestros barrios de San
Leopoldo y Los Sitios, las cosas
siguen siendo como los boleros
de antaño y aún en Gervasio una
mujer tiene una peluquería. Al
doblar Silvio y yo por San
Miguel, un hombre todavía nos
mira y nos hace pasar a un
recinto de aserrín y madera.
También viene María, vestida de
uniforme escolar y melancólico,
lejano al bullicio y la
atmósfera de las calles. Todo
está en este libro, incluida la
ausencia y los que quedaron en
el camino, nostalgia de
nosotros, vértigo del tiempo.
Están aquellas mujeres
prohibidas y sus horas de
hombres indecisos, está la casa
de Teté y su deseo de fundar
territorios de amor, la de
Pancho el cojo, sin muebles, con
un piso igual para aquellos que
escuchaban los textos y la
música que hoy son un libro.
Está la casa de Argelia como un
templo y aquella mirada que ya
sabía cuál iba a ser nuestro
destino. Está también, entre las
casas, la de 23, privilegio
compartido, albergue de todo el
que no tuvo un lugar donde amar,
crear y vivir. Han quedado atrás
los días del espacio encima de
la cocina, donde solo cabían la
cama y la guitarra, las
incomprensiones, la sensación de
apestado que no se deja morir,
las canciones contestatarias y
la lucha contra los dueños del
poder burocrático (aún
persistentes): los delimitadores
de la primavera[1].
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Ha pasado el tiempo. Un barco de
pescadores sobre el Atlántico le
cura la enfermedad isleña y le
regala una flor hecha de sangre.
En el tiempo están Haydee[2],
madre y maestra, y su casa, la
de las Américas, donde los
nuevos profetas respiran el aire
continental y el verdadero de la
revolución, los amigos que
experimentaban en grupo en el
ICAIC de Alfredo Guevara y los
músicos sabios: Brower, Smith,
Elósegui, Acosta, Vitier,[3]
que lo eran sobre todo, porque
entendían el arte como un acto
de creación único y no separaban
lo que aquellos creadores
populares hacían de lo que en su
momento hubiera hecho Mozart.
Habían quedado atrás los días de
Coppelia[4]
y aquel grupo generoso de
muchachos enamorados, poetas y
escritores reunidos en la
"Catedral del helado" de L y 23,
donde Silvio tomó en serio a la
literatura. Los días del "traje
que vestí mañana”[5],
de "por oírte orinar, en la
oscuridad, en el fondo de la
casa”[6]
y de "el pasado subía como tus
dulces pechos y eran las seis de
la dulzura con un violento
olvido"[7],
también aquello de que "una cosa
es el amor y otra la cerveza”[8].
Pablo Armando Fernández ha dicho
con certeza que la generación
poética surgida con el triunfo
de la revolución, a diferencia
de otras, aprendió de la poesía
Latinoamericana y creo que es
así en lo fundamental, en su
arranque inicial y sus mejores
influencias, pero vale la pena
decir que aunque en sus primeros
momentos, no tenía la distancia
necesaria para apreciar mejor
los aportes de la Generación del
50, se impresionó con sus
hallazgos y se dejó influir,
particularmente, por la obras de
Roberto Fernández Retamar y
Fayad Jamís, a quienes a veces
oponían. Lo mismo sucedió con
Tallet, un suceso de verdadero
redescubrimiento.
Otro aspecto del mismo asunto es
que esa generación literaria en
la que Silvio se insertó, tenía
sobre todo una formación
política. Cantaron, criticaron a
la revolución y a más de un
personaje, pero sobre todo
participaban, leían, debatían y
tenían una historia de luchas
que había comenzado el primero
de enero del 59. Hoy todos no
estamos en el mismo lado de la
carretera, pero Silvio ha sido
lúcido no solo en su peregrinaje
poético, también en su
compromiso con el pueblo que es
su público y eso se llama
coherencia.
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La poesía de Silvio no se parece
a la de ninguno de los poetas
que conoció y con los que hizo
una fuerte amistad. No se ha
ceñido a una forma concreta o
estructura determinada. La
elaboración estética de la
palabra y su certidumbre en el
discurso vienen del tema que
trata, al menos así yo lo
entiendo. Conoce muy bien a los
clásicos españoles, la poesía
francesa y anglosajona, pero
dedica buena parte de su oído al
folklore de Nuestra América y al
de origen afro español (aunque
algunos no lo descubran). Se ha
hablado de la influencia de
Vallejo en su obra, pero también
hay otras, en la misma
Latinoamérica, menos visibles.
En Silvio lo intimista y lo
erótico se funden en el poema
épico, otras veces se divorcian,
depende de sus propósitos,
porque tiene un estilo que lo
separa de sus propias
influencias.
Silvio, en la música, viene de
muchas partes. El rock que no es
solo el anglosajón, sino el que
oyó a algunos compositores e
intérpretes cubanos en los
finales del 50 y principios del
60, la canción cubana y el filin,
que aprendió de los fundadores,
la danza cubana de origen
francés, la trova tradicional y
particularmente Sindo Garay,
también Corona, los aires del
barroco, la experimentación de
los Beattles en su música más de
vanguardia y muchas otras que se
me escapan. Es un precursor que
lentamente entró en la gran
corriente de la canción cubana.
Si se tiene en cuenta que era
difícil llevar la canción cubana
a estadios superiores, en el
momento en que surge Silvio, se
le debe considerar, al lado de
Pablo Milanés, con quien
comparte el trono, en un
precursor-continuador de algo
que parecía terminado. Es un
excelente intérprete, se atreve
a cantar canciones de Maria
Greever, pero sobre todo lo es
porque no tiene voz. Antes, hace
ya muchos años, todavía gritaba.
Ya no lo hace, ha aprendido a
cantar. Es capaz de colocar la
voz como lo desea y de acompañar
con segundo o falsete lo mismo a
Pablo que a Aute. Canta solo o
con la orquesta sinfónica, algo
que todos no pueden hacer. Su
guitarra le debe mucho a las
enseñanzas de Leo Brower, el
genial músico cubano, pero su
mano derecha, para mí virtuosa,
se la oigo desde que lo conocí.
Valdría la pena agregar que su
obra tiene el valor de
enriquecer los sentimientos del
ser humano, sueña con el ser
humano y sus grandes reclamos
del futuro, esa proyección la
mantendrá intacta en el tiempo
como poesía o como música, que
es lo mismo.
Se justificaría el movimiento
comenzado por Silvio, Pablito y
Nicola en aquel memorable
concierto de Casa de las
Américas, no por todo lo que
aportó y la revolución que
provocó en los textos y la
experimentación musical de la
canción cubana, que como he
dicho ya tenía su gloria bien
ganada, sino por las nuevas
generaciones de compositores e
intérpretes que produjo y sigue
produciendo. Esa crónica de la
sociedad cubana revolucionaria
en tiempos y miradas diferentes,
a ellos se les debe y a las
excelencias estéticas que hoy
admiran públicos de todas partes
del mundo, habrá que sumar el
hecho de vida registrada con
vocación trovadoresca, porque no
se podrá hacer historia en el
futuro sin tener sus obras en
cuenta.
Faltan nombres aquí de
insistentes trovadores (porque
eso de cantautor "me suena
hueco"[9])
que deben acompañar a Silvio en
el día de su libro: Vicente
Feliú, Lázaro García, Sara
González, Augusto Blanca,
Eduardo Ramos, amigos de la
canción y de la vida, marinos de
la misma tormenta, fundadores de
la misma angustia fecunda en la
que nos hemos puesto viejos.
Porque este libro, dedicado a
los cubanos, tiene la rara
virtud de incluirnos a todos sin
que el tiempo, cobrando en la
dimensión de la memoria, excluya
a nadie, absolutamente a nadie.
El hecho de que Silvio haya
escogido mi pequeña voz para
presentar esta obra, habiendo
tantas altas voces que lo
hubieran hecho muy gustosamente,
me permite hacer una anécdota.
Una vez estaba en cama, en casa
de un amigo común, enfermo de
asma y Silvio apareció con la
guitarra. El quería que me
pusiera bien, yo lo sentía, y
entonces me pidió que escuchara
una canción nueva, que quería mi
opinión. La cantó y le dije que
esa pieza no solo la iba a
repetir todo el mundo, sino que
iba a quedar para siempre. Él me
dijo: no jodas. La canción se
llama, “La era está pariendo un
corazón”. El Silvio Rodríguez
que yo quiero tener siempre
conmigo no es el que compuso “La
era está pariendo un corazón”,
sino el que fue a curarme el
asma.
Muchas gracias.
Palabras pronunciadas en la
presentación del Cancionero de
Silvio Rodríguez, efectuada en
la Sala Nicolás Guillén el 16 de
febrero de 2009 en el ámbito de
la XVIII Feria Internacional del
Libro de La Habana.
1Silvio
Rodríguez. "Resumen de
noticias".
2
Haydee Santa maría
(fallecida), directora
de la Casa de las
Américas.
3
Leo Brower, Federico
Smith, Juan Elósegui,
Leonardo Acosta, Sergio
Vitier.
4
Heladería Coppelia en 23
y L lugar donde se
reunía la peña de
poetas, escritores,
estudiantes y profesores
a la que se incorporó
Silvio. Una parte de sus
asistentes firmó el
manifiesto "Nos
pronunciamos" que dio
inicio al grupo del
Caimán Barbudo,
aludiendo a la revista
en el que se había
publicado.
9
Silvio Rodríguez.
"Resumen de noticias".
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